Rusia prepara su respuesta al Armagedón deseado por la administración Biden.

 

El 21 de noviembre, el presidente ruso Vladimir Putin dirigió una alocución a sus conciudadanos y al mundo

En respuesta al ataque de los nacionalistas integristas ucranianos contra el oblast ruso de Kursk, Rusia parece haber desplegado allí varios miles de soldados norcoreanos.

Más que ver esa respuesta rusa como parte de la guerra que libra contra Rusia desde 2022 a través de Ucrania, Washington la ve como parte de otra guerra: aquella que inició en la península de Corea, en 1950, y que técnicamente todavía no ha terminado, a pesar del alto al fuego, contra los comunistas coreanos y chinos.

Viendo las cosas desde esa perspectiva, Washington reaccionó, el 19 de noviembre, guiando hacia el territorio ruso 6 misiles ATACMS (Army TACtical Missile System) que había entregado a Kiev[1]. Esos misiles estadounidenses fueron dirigidos no sólo contra el oblast ruso de Kursk sino también contra el de Briansk, igualmente en territorio de la Federación Rusa. Por su parte, el gobierno de Reino Unido decidió, el 21 de noviembre, guiar hacia suelo ruso los misiles Storm Shadow que había entregado a Kiev. Todos los misiles mencionados, tanto los de fabricación estadounidense como los de fabricación británica, fueron destruidos en vuelo por la defensa antiaérea rusa.

Moscú considera el ataque misilístico contra Kursk como la continuación de la guerra secreta de la CIA estadounidense a través de Ucrania e incluso una continuación de la guerra organizada contra la URSS en los años 1950, realizadas ambas con la participación de los nacionalistas integristas ucranianos de Stepan Bandera, quien colaboró con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

La opinión pública occidental no comprende esos hechos
  • porque ha olvidado el apoyo de China a Corea del Norte,
  • porque no sabe que los oblast de Kursk y de Briansk están en suelo ruso, o sea cree que están en Ucrania,
  • y porque no sabe que los anglosajones se aliaron a los últimos nazis. El desconocimiento de este último hecho impide además a la opinión pública occidental entender el objetivo de la operación militar especial rusa en Ucrania.
Los misiles estadounidenses ATACMS pueden ser lanzados desde las mismas plataformas móviles terrestres que sirven para lanzar los HIMARS, también estadounidenses. Las versiones más avanzadas tienen un alcance de 300 kilómetros y vuelan a 50.000 metros de altitud. En cuanto a los misiles británicos Storm Shadow, el alcance de sus últimas versiones es de alrededor de 400 kilómetros. En definitiva, esos misiles estadounidenses y británicos son incapaces de alcanzar objetivos en la profundidad del territorio ruso.

Rusia dispone de una amplia gama de respuestas posibles ante los ataques de la OTAN:
  • Como represalia, Rusia puede apoyar a adversarios de los anglosajones en otros campos de batalla. Y ya lo ha hecho: cuando Kiev atacó un gasoducto en suelo ruso, Rusia respondió guiando el misil yemenita que alcanzó un oleoducto israelí, el 15 de septiembre[2]. Ese hecho, de importancia capital, fue silenciado por la censura militar de Israel y por la «gran prensa» occidental.
  • El 19 de noviembre, Rusia modificó su doctrina nuclear, abriendo la opción de una respuesta nuclear.
  • Y, finalmente, Rusia puede también hacer valer su predominio militar. Ucrania anunció el 20 de noviembre que Rusia había lanzado un misil balístico intercontinental (ICBM), del tipo RS-26 Rubezh, capaz de alcanzar el territorio de Estados Unidos desde suelo ruso, Hoy sabemos que no fue así.
Sin que la opinión pública occidental se haya dado cuenta, los campos de batalla de Ucrania y del Medio Oriente ya se han reunido, mientras que los neoconservadores estadounidenses (los «straussianos»), los sionistas revisionistas israelíes[3] y los nacionalistas integristas ucranianos[4] han vuelto a reunirse en una alianza, como durante la Segunda Guerra Mundial. Esos 3 grupos, históricamente vinculados al Eje tripartito, son partidarios de una confrontación final. Sólo faltan en esa banda los militaristas japoneses del nuevo primer ministro nipón, Shigeru Ishiba.

Inmediatamente después del ataque realizado con los misiles estadounidenses ATACMS, e incluso antes de la andanada de los Storm Shadow británicos, el presidente ruso Vladimir Putin firmó el decreto que promulga la nueva doctrina nuclear de la Federación Rusa, que ya había anunciado el 24 de septiembre.

Esa nueva doctrina nuclear rusa autoriza el uso del arma nuclear en 5 nuevos casos:
  1. Si se recibe información confiable sobre el lanzamiento de misiles balísticos contra el territorio de la Federación Rusa o de sus aliados.
  2. Si armas nucleares u otras armas de destrucción masiva llegan a golpear el territorio de la Federación Rusa o de sus aliados, o si ese tipo de armas es utilizado para golpear unidades o instalaciones militares rusas en el extranjero.
  3. Si el impacto de un enemigo sobre el gobierno o sobre las instalaciones militares rusas fuera de una importancia crítica susceptible de afectar la capacidad rusa de respuesta nuclear en represalia.
  4. Si la agresión contra Rusia y/o Bielorrusia con armas clásicas hace pesar una grave amenaza sobre la soberanía y la integridad territorial de esos Estados.
  5. Si se recibe información confiable sobre el despegue o el lanzamiento de aviones estratégicos o tácticos, de misiles crucero, de drones, de vehículos hipersónicos o de otros vehículos voladores y de que estos han cruzado las fronteras rusas[5].
El 21 de noviembre, o después del lanzamiento de los misiles británicos, el presidente ruso Vladimir Putin pronunció una alocución transmitida por televisión[6].

En esa alocución, el presidente Putin anunció que las fuerzas armadas rusas habían destruido un centro de producción del complejo industrial-militar ucraniano, pero precisó que no habían utilizado un misil balístico clásico RS-26 Rubezh —el misil que había mencionado Kiev— sino que habían puesto a prueba una nueva generación de armas hipersónicas, específicamente un misil balístico denominado Oreshnik, con capacidad nuclear pero que no portaba cargas atómicas. Este nuevo misil fue lanzado desde la región rusa de Astracán, a orillas del Mar Caspio, contra una fábrica de satélites en la región de Dnipro. La velocidad de este nuevo misil ruso (superior a Mach 10, o sea más de 10 veces la velocidad del sonido) hace imposible su intercepción por el armamento existente. El misil Oreshnik reúne las capacidades del ya conocido misil ruso Iskander y del nuevo misil Kinzhal, con todavía más velocidad y maniobrabilidad.

El presidente Putin recordó en su alocución que Rusia, sin estar obligado a hacerlo, sigue respetando el Tratado INF (sobre los misiles de alcance intermedio) a pesar de que Estados Unidos se retiró de ese tratado en 2019[7]. Desde aquel momento, Estados Unidos, que ha acumulado un grave retraso en el plano técnico, ha desplegado nuevamente misiles de alcance intermedio en Europa y en la región Asia-Pacífico, como en tiempos de la «crisis de los euromisiles». Rusia, en cambio, fabrica ese tipo de misiles… pero no los despliega. En su alocución, el presidente Putin emitió una clara advertencia a las potencias occidentales y sugirió a la población occidental que se aleje de las zonas que Rusia pudiera decidir golpear con misiles Oreshnik en respuesta a nuevas provocaciones.

Es posible que esa alocución del presidente Putin haya tenido como único propósito el de advertir claramente a Occidente sobre la superioridad militar de Rusia, ya reconocida en julio de este año por la Comisión Nacional sobre la Estrategia de Defensa que el Congreso estadounidense había creado al adoptar la ley de programación militar de 2022[8]. A falta de golpes nucleares rusos, la alocución del presidente Putin probablemente dará lugar a un incremento en la demanda de armamento ruso.

El presidente Vladimir Putin ordenó iniciar la producción en serie del nuevo misil hipersónico Oreshnik, capaz de portar cargas nucleares.

En todo caso, no se puede negar que el mundo nunca había estado tan cerca de una guerra nuclear, entre otras cosas porque ninguna de las potencias nucleares había logrado alcanzar sobre las demás la evidente ventaja tecnológica que hoy muestra Rusia.

El 22 de noviembre, el presidente Putin reunió a los desarrolladores de los sistemas rusos de misiles y los responsables de la industria del armamento[9], los felicitó por el éxito del nuevo misil Oreshnik y les solicitó que comiencen a producirlo en serie.

EL MOMENTO LIBERAL: DEL «FIN DE LA HISTORIA» A TRUMP.

 

Charles Krauthammer, un experto estadounidense en relaciones internacionales, escribió un artículo programático titulado «El momento unipolar» en el número de 1990/1991 de la prestigiosa publicación globalista Foreign Affairs, en el que ofrecía una explicación del fin del mundo bipolar. Tras el colapso del bloque del Pacto de Varsovia y la desintegración de la URSS (que aún no se había producido en el momento de la publicación de su artículo) surgiría un orden mundial en el que Estados Unidos y los países del Occidente colectivo (OTAN) serían el único polo que gobernaría el mundo, estableciendo sus reglas, normas, leyes y equiparando sus propios intereses y valores a los del resto del planeta mediante acuerdos vinculantes. Esta hegemonía mundial establecida de facto por Occidente fue denominada por Krauthammer el «momento unipolar».

Poco después, otro experto estadounidense, Francis Fukuyama, publicó un manifiesto similar titulado el «fin de la historia». Pero a diferencia de Fukuyama, que se apresuró a proclamar que la victoria de Occidente sobre el resto de la humanidad ya había tenido lugar y que en adelante todos los países y pueblos aceptarían sin rechistar la ideología liberal y aceptarían el dominio exclusivo de Estados Unidos y Occidente, Krauthammer fue más comedido y cauto y prefirió hablar de «momento», es decir, de una situación de facto con respecto al equilibrio de poder internacional, pero no se precipitó a decir que este orden mundial unipolar sería duradero. Todos los signos de la unipolaridad se encontraban presentes: aceptación incondicional por casi todos los países del capitalismo, la democracia parlamentaria, los valores liberales, la ideología de los derechos humanos, la tecnocracia, la globalización y el liderazgo estadounidense. Pero Krauthammer, observando tal estado de cosas, decidió decir que existía la posibilidad de que no se tratara de una realidad estable, sino sólo de una etapa, una cierta fase, que podría convertirse en un modelo a largo plazo (en cuyo caso Fukuyama tendría razón) o incluso podría llegar a su fin, dando paso a otro orden mundial.

En 2002-2003 Krauthammer retomó su tesis en otra prestigiosa publicación, pero ya no globalista sino realista, National Interest, donde publicó un artículo titulado «Sobre el momento unipolar», argumentando que después de diez años la unipolaridad había sido un momento y no un orden mundial duradero, ya que pronto surgirían modelos alternativos debido a las crecientes tendencias antioccidentales en el mundo que se podían observar en los países islámicos, en China, en una Rusia fortalecida, donde el presidente Putin había llegado al poder. Los acontecimientos posteriores han reforzado aún más la tesis de Krauthammer de que el momento unipolar ha llegado a su fin y que Estados Unidos no ha conseguido que su liderazgo mundial, el cual poseía en la década de 1990, sea duradero y sostenible: el poder de Occidente ha entrado en un periodo de declive y decadencia. Las élites occidentales no supieron aprovechar la oportunidad de dominar el mundo, que estaba prácticamente en sus manos, y ahora es necesario participar en la construcción de un mundo multipolar con estructuras diferentes, sin pretender poseer la hegemonía, en caso de que no se quiera permanecer en absoluto al margen de la historia.

El discurso de Putin en Múnich en 2007, el ascenso al poder en China de un líder fuerte como Xi Jinping y el rápido crecimiento de su economía, los acontecimientos en Georgia en 2008, el Maidan ucraniano, la reunificación de Rusia con Crimea y, finalmente, el inicio del Nuevo Orden Mundial en 2022 y una gran guerra en Oriente Próximo en 2023 no han hecho sino confirmar en la práctica que los prudentes análisis de Krauthammer y Samuel Huntington, siendo este último el que predijo un «choque de civilizaciones», estaban mucho más cerca de la verdad que Fukuyama, que era demasiado optimista (frente al Occidente liberal). Ahora resulta obvio para todos los observadores sensatos que la unipolaridad fue sólo un «momento» y que este momento está siendo sustituido por un nuevo paradigma: la multipolaridad o —más cautelosamente— el «momento multipolar».

El debate sobre si estamos hablando de algo irreversible o, por el contrario, temporal, transitorio e inestable en el caso de tal o cual sistema internacional, político e ideológico tiene una larga historia. A menudo, los defensores de una teoría insisten vehementemente en la irreversibilidad de los regímenes y transformaciones sociales con los que están de acuerdo, mientras que sus oponentes, o simplemente los escépticos y observadores críticos, plantean la idea alternativa de que se trata sólo de una cuestión de momento.

Esto se remonta al marxismo. Mientras que para la teoría liberal el capitalismo y el sistema burgués son el destino de la humanidad que se impondrá y nunca acabará (ya que el mundo sólo puede ser liberal-capitalista y poco a poco todos se convertirán en clase media, es decir, burgueses), los marxistas veían el capitalismo como un momento del desarrollo histórico. Era necesario superar el momento anterior (feudal), pero a su vez el capitalismo debía ser superado por el socialismo y el comunismo y el poder de la burguesía tendría que ser sustituido por el poder de los trabajadores, la destrucción de los capitalistas y de la propiedad privada para que únicamente prevaleciera una humanidad compuesta por proletarios. Para los marxistas, el comunismo no era un momento, sino, de hecho, «el fin de la historia».

Las revoluciones socialistas del siglo XX –en Rusia, China, Vietnam, Corea, Cuba, etc.– contradijeron el marxismo. Pero la revolución mundial no se produjo y empezaron a existir dos sistemas ideológicos en el mundo: el mundo bipolar comenzó a existir desde 1945 (tras la victoria conjunta de comunistas y capitalistas sobre la Alemania nazi) hasta 1991. En esta confrontación ideológica cada bando argumentaba que el bando contrario no era el destino de la humanidad, sino simplemente un momento, no el fin de la historia, sino una fase dialéctica intermedia. Los comunistas insistían en que el capitalismo se derrumbaría y el socialismo reinaría en todas partes y que los propios regímenes comunistas «existirían para siempre». Los ideólogos liberales les respondieron: no, el momento histórico es el comunismo, el comunismo no es más que una desviación frente al camino burgués de desarrollo, un malentendido y el capitalismo existirá para siempre. Esta es, de hecho, la tesis de Fukuyama sobre el «fin de la historia». En 1991 parecía que tenía razón. El sistema socialista se derrumbó y las ruinas de la URSS y China se precipitaron a abrazar el libre mercado, es decir, se pasaron al capitalismo, confirmando las predicciones de los liberales.

Por supuesto, algunos marxistas marginales creen que aún no es de noche, que el sistema capitalista fracasará y entonces llegará la hora de la revolución proletaria. Pero esto no es seguro. Al fin y al cabo, cada vez hay menos proletarios en el mundo y, en general, la humanidad va en una dirección completamente distinta.

Las opiniones de los liberales, que, siguiendo a Fukuyama, consideraban que el comunismo no era más que un momento y que proclamaron que el «capitalismo sería el fin de la historia» al parecer tenían razón. Los parámetros de la nueva sociedad, en la que el capital alcanza la dominación total y real, fueron interpretados de diversas maneras por los posmodernistas, que propusieron métodos extravagantes para luchar contra el capitalismo desde dentro. Entre ellos, el suicidio proletario, la transformación consciente del individuo en un inválido o en un virus informático, la reasignación de género e incluso el especismo. Todo esto se ha convertido en el programa de la izquierda liberal estadounidense y cuenta con el apoyo activo de la cúpula dirigente del partido demócrata: el wokismo, la cultura de la cancelación, la defensa de la ecología, los transgéneros, el transhumanismo, etc. Pero tanto los partidarios como los detractores del capitalismo victorioso están de acuerdo en que no se trata sólo de una fase del desarrollo que será sustituida por otra cosa, sino que es el destino y la etapa final de la formación de la humanidad. Sólo la transición a un estado posthumano —lo que los futurólogos llaman «singularidad»— puede ir más allá. La propia mortalidad del hombre queda aquí superada en favor de la inmortalidad mecánica de la máquina. En otras palabras, bienvenidos a la Matrix.

Sin embargo, la posibilidad misma de aplicar el término «momento» en la época de la «victoria global del capitalismo» abre una perspectiva muy especial, aún poco pensada y desarrollada, pero cada vez más clara. ¿No deberíamos asumir que el colapso franco y evidente del liderazgo occidental y la incapacidad de Occidente para ser una instancia universal de poder legítimo de pleno derecho tienen una dimensión ideológica? ¿No significa el fin de la unipolaridad y de la hegemonía occidental el fin del liberalismo?

Esta consideración se ve confirmada por un acontecimiento político crucial: el primer y segundo mandato de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. La elección de Trump como presidente por parte de la sociedad estadounidense implica una crítica abierta al globalismo y al liberalismo como expresión del Occidente unipolar y revela que ha madurado una masa crítica de insatisfacción tanto ideológica como geopolítica frente al dominio de las élites liberales. Además, el hecho de que Trump eligiera como vicepresidente de EE.UU. a J.D. Vance deja claro que este ha abrazado la «derecha posliberal». El liberalismo fue considerado como un término negativo a lo largo de la campaña electoral de Trump, aunque se utilizó para referirse al «liberalismo de izquierdas» como ideología del Partido Demócrata estadounidense. Sin embargo, en los círculos del «trumpismo de base» el liberalismo se ha ido convirtiendo en un término negativo y ha pasado a verse como algo inseparable de la degeneración, la decadencia y la perversión de las élites gobernantes. En la ciudadela del liberalismo —Estados Unidos— ha triunfado por segunda vez en la historia reciente un político extremadamente crítico con el liberalismo, y sus partidarios no tienen reparos en demonizar directamente esta corriente ideológica.

Así, podemos hablar del fin del «momento liberal», del hecho de que el liberalismo, que parecía haber vencido históricamente y derrotado de una vez por todas a la ideología, resultó ser sólo una de las etapas de la historia mundial y no su fin. Y más allá del liberalismo —después del final del liberalismo y al otro lado del liberalismo— surgirá gradualmente una ideología alternativa, un orden mundial diferente, un sistema de valores diferente. El liberalismo resultó no ser un destino, no el fin de la historia, no algo irreversible y universal, sino sólo un episodio, sólo una época histórica con un principio y un fin, con límites geográficos e históricos claros. El liberalismo se inscribe en el contexto de la modernidad occidental. Ganó batallas ideológicas con otras variedades de esta modernidad (el nacionalismo y el comunismo), pero al final se derrumbó, llegó a su fin. Y con él llegó el fin del momento unipolar de Krauthammer y el ciclo aún más extenso del dominio colonial exclusivo de Occidente a escala planetaria que comenzó con la época de los grandes descubrimientos geográficos.

¿SERÁ DONALD TRUMP UN ANDREW JACKSON 2.0?

Aunque ha participado en tres elecciones presidenciales como candidato del Partido Republicano, Donald Trump no es un republicano, en el sentido estadounidense del término. Trump, que siempre ha multiplicado las referencias a Andrew Jackson, el 7º presidente de Estados Unidos (1829-1837), se define más bien como un «jacksoniano». Para entender a Donald Trump y juzgar su manera de actuar es necesario conocer la de ese predecesor. La figura de Andrew Jackson se destaca en la historia de Estados Unidos como la del hombre que trató de transformar ese país, surgido como una monarquía sin nobleza, en una verdadera democracia y que intentó sustituir las guerras por el comercio.

Durante su primer mandato presidencial, Donald Trump puso en la Oficina Oval de la Casa Blanca un conocido retrato de Andrew Jackson, el séptimo presidente de Estados Unidos.

Si la gran mayoría de los comentaristas no entiende lo que hace el ahora presidente reelecto de Estados Unidos, Donald Trump, es simplemente porque interpretan erróneamente sus acciones a través del prisma de las ideologías republicana o woke. No entienden que Donald Trump, después de haber explorado sucesivamente el Partido Demócrata, el Tea Party y, actualmente, el Partido Republicano, ha optado por una cuarta ideología: el «jacksonismo». Es por eso que, durante su primer mandato presidencial, Donald Trump, hizo emplazar en la Oficina Oval de la Casa Blanca, un retrato de su predecesor Andrew Jackson, el 7º presidente de los Estados Unidos de América.

Ahora bien, ¿qué es el «jacksonismo»?

El precedente del presidente Andrew Jackson
Andrew Jackson (15 de marzo de 1767-8 de junio de 1845), quien perdió prácticamente toda su familia debido a las consecuencias de las guerras contra los ingleses, fue abogado. Precisamente en su calidad de abogado, Andrew Jackson redactó la Constitución del Estado de Tennessee (en 1796). Aquel documento, a pesar de ser criticado por quienes consideraban que ponía demasiado poder en manos del Poder Legislativo y muy poco en manos del Ejecutivo (el gobernador), además de que no instauraba un Tribunal Supremo, fue sin embargo saludado como «la menos imperfecta y la más republicana de las Constituciones» por el presidente Thomas Jefferson.

La 1ª sección del artículo III de aquella Constitución de Tennessee otorgaba el derecho al voto a todos los hombres libres (fuesen blancos o negros), que hubiesen cumplido los 21 años, que tuviesen alguna propiedad o que hubiesen residido en el condado durante 6 meses. También incluía una disposición que otorgaba a los miembros de la milicia el derecho a elegir a sus oficiales. La Constitución de Tennessee redactada por Andrew Jackson precisaba que los agnósticos y los ateos tenían los mismos derechos que los creyentes. Estas tres últimas disposiciones contradecían frontalmente las ideas de los puritanos de la costa este.

En 1812, durante la guerra entre Francia y el Reino Unido, los gobiernos de ambos países instauraron un bloqueo marítimo. Napoleón atacó el Imperio ruso precisamente para obligarlo a respetar aquel bloqueo y Estados Unidos entró nuevamente en guerra contra su antigua metrópolis porque el primer ministro británico había confiscado 900 barcos estadounidenses que intentaban comerciar con Francia.

Durante aquella «guerra anglo-estadounidense de 1812», Andrew Jackson, convertido en general, se destacó simultáneamente por su capacidad como militar y por su habilidad como diplomático, venciendo a las tribus creeks e imponiéndoles un tratado de paz bajo muy duras condiciones. En cuanto a la relación con el Reino Unido, aquella guerra no fue favorable a los colonos ya que se terminó con un tratado que en realidad era un regreso a las condiciones anteriores a la guerra, pero el general Andrew Jackson se había anotado la primera victoria militar de la historia de Estados Unidos.

Posteriormente, Andrew Jackson se retiró a la Florida, donde fue electo gobernador. Allí hizo ejecutar a dos espías británicos, a pesar de que aquello no se mencionaba explícitamente entre sus prerrogativas como gobernador, y sus opositores proclamaron que en realidad había ordenado dos asesinatos.

En 1824, Andrew Jackson es candidato a la presidencia de Estados Unidos. En términos de voto popular, Jackson obtiene la mayoría de los sufragios. También obtiene la mayoría de los grandes electores (designados por los gobernadores de los Estados), pero una maniobra política (un «acuerdo post electoral» entre los otros dos candidatos) lo priva de la presidencia. El «colegio electoral» (o sea, los representantes designados por los gobernadores) designa a John Quincy Adams como ganador de la elección (como en 2020, cuando el «colegio electoral» designó a Joe Biden como ganador frente a Donald Trump). Furioso, Andrew Jackson crea entonces el actual Partido Demócrata para unir a sus partidarios. La realidad de la elección robada por la clase política corrupta serviría después de tema de campaña a Andrew Jackson (al igual que a Donald Trump).

En 1828, Andrew Jackson resulta ampliamente electo —numerosos Estados habían adoptado el voto consultativo, para indicar a los gobernadores quiénes debían ser los miembros del «colegio electoral» (Es muy importante recordar que el presidente estadounidense no es electo por sufragio universal directo o indirecto, sino que, en virtud de la Constitución, el presidente es designado por el «colegio electoral», cuyos miembros son previamente designados por los gobernadores de los Estados. Los «padres fundadores» de los Estados Unidos de América señalaron expresamente que su intención no era instaurar una democracia).

En pocas palabras, Andrew Jackson fue el primer presidente estadounidense electo, no a través del sufragio universal sino con apoyo de este. En su primer discurso como presidente, Andrew Jackson se comprometió a empujar las poblaciones autóctonas (los llamados «indios» o «pieles rojas») hacia el oeste. Los simpatizantes de Jackson acudieron a la Casa Blanca para celebrar su elección, pero eran tan numerosos que la celebración dio lugar a un tumulto que prácticamente devastó el lugar, al extremo que el flamante presidente tuvo que huir por una ventana para evitar ser aplastado por la multitud que lo aclamaba.

Andrew Jackson se había casado con la joven Rachel Donelson, quien se creía divorciada de un esposo anterior, sin saber que aquel divorcio no había llegado a registrarse. Los adversarios de Jackson aprovecharon aquella circunstancia para acusarlo de vivir ilícitamente con una mujer bígama. Rachel Donelson murió antes del segundo mandato presidencial de Jackson, quien confió entonces el papel de «primera dama» a su sobrina Emily. Esta última se casó con su primo, Andrew Jackson Donelson, secretario particular del presidente Jackson.

Como presidente, al conformar su administración Andrew Jackson se deshizo de los funcionarios corruptos. Viendo que se le hacía difícil reemplazarlos, acabó nombrando en sus puestos a sus propios amigos y allegados. Fue así como nombró como secretario de Guerra a John Eaton, uno de sus amigos. Por razones de comodidad, Eaton vivía en la Casa Blanca cuando el presidente Jackson no estaba allí. Los adversarios de Jackson propagaron entonces el rumor de que John Eaton y su esposa llevaban una vida escandalosa. Al mismo tiempo, el presidente Jackson se separó de su vicepresidente, quien pensaba como la élite de la costa este.

En 1830, el presidente Jackson hizo votar la Indian Removal Act, o sea la ley sobre la expulsión de los llamados «indios» o «pieles rojas». Se trataba de dividir el territorio de Norteamérica desplazando los «indios» al oeste del Misisipi. Se firmaron entonces 70 tratados, que incluían indemnizaciones por un monto total de 68 millones de dólares. Jackson se vio enfrentado al legendario David Crockett, quien se había convertido en representante por el Estado de Tennessee. Una cincuentena de tribus, incluyendo a los cherokees que también firmaron un tratado de paz, fueron desplazadas de los territorios que habitaban. Los cherokees recurrieron en dos ocasiones al Tribunal Supremo para precisar el sentido del tratado que habían firmado. El éxodo forzoso de los cherokees, descrito como el «Camino de las Lágrimas», costó la vida a la cuarta parte de los desplazados. Pero el genocidio no tuvo lugar bajo el mandato del presidente Jackson sino bajo la administración de su sucesor, Martin Van Buren. Ciertas tribus cuestionaron los tratados de paz que habían firmado con la administración de Jackson. Los cherokees no lo hicieron y son actualmente la única tribu que ha llegado a conocer una situación de prosperidad

Como George Washington y otras muchas figuras estadounidenses que lucharon contra los ingleses por la independencia, Andrew Jackson era propietario de esclavos. Dos siglos más tarde, el movimiento woke estadounidense lo presenta como un esclavista asesino de indios contrario a las minorías. En realidad, Andrew Jackson tuvo como hijo adoptivo un bebé «piel roja» huérfano, hallado en el campo de batalla, y sus contemporáneos lo acusaron de «corromper» la civilización introduciendo un «indio» en la gobernación de la Florida y, posteriormente, en la Casa Blanca.

Andrew Jackson aprobó la «doctrina Monroe», que en aquella época significaba que las potencias europeas debían abstenerse de colonizar las tierras de las Américas, mientras que Estados Unidos se abstenía de intervenir en Europa. Medio siglo después aquellos principios iniciales de la «doctrina Monroe» se tergiversaron para permitir que Estados Unidos extendiera su dominación sobre las tierras de Latinoamérica sin tener que enfrentar algún tipo de rivalidad europea.

En 1832, Andrew Jackson vetó una ley que prorrogaba la existencia de un banco central simultáneamente público y privado, creado inicialmente por Alexander Hamilton, el primer secretario estadounidense del Tesoro (1789-1795). También utilizó el veto, en 1836, contra la creación de la Reserva Federal y se preocupó por garantizar el pago de toda la deuda pública estadounidense. Fue incluso la única vez en toda su historia que Estados Unidos no estuvo endeudado —la deuda pública estadounidense sobrepasa hoy en día la inimaginable suma de 34.500 millardos de dólares[1], lo cual representa el 122,3% del PIB de Estados Unidos.
[1] 1 millardo = 1 000 millones. O sea, para España son 34,5 billones (con «b» de burro).

La efigie del séptimo presidente de Estados Unidos, Andrew Jackson, aparece en los billetes de 20 dólares estadounidenses. En el imaginario popular, Jackson simboliza la resistencia frente al mundo de las finanzas. Recientemente los demócratas quisieron reemplazar su imagen por la de una mujer negra, que supuestamente simbolizaría la «dignidad» de las minorías.

La oposición de Andrew Jackson a la existencia de un banco central tenía que ver con el conflicto existente entre las élites y los granjeros. Jackson estimaba que ese tipo de banco disponía de poderes monopolísticos y que desempeñaba, indebidamente, un papel en la vida política —en otras palabras, que corrompía a los parlamentarios para que votaran contra los intereses del pueblo.

Como presidente, Andrew Jackson logró ampliar la base electoral en numerosos Estados, de tal manera que cuando salió de la Casa Blanca, la cantidad de estadounidenses que podían participar en las consultas electorales era 7 veces mayor que antes. En 1833, fue reelecto por todo lo alto, con el 55% del voto popular, frente a un 37% de su rival, y en el «colegio electoral» obtuvo el apoyo de 219 delegados, frente a 49 de su adversario. Sus enemigos lo acusaron de «populismo».

Comienza entonces la disputa sobre los aranceles aduanales, que 25 años después provocaría el estallido de la Guerra de Secesión —a pesar de lo que se afirma en la «historia oficial» estadounidense, los dos bandos que se enfrentaron durante la Guerra de Secesión practicaban el esclavismo y la abolición de la esclavitud nada tuvo que ver con el inicio de la guerra. En realidad, Carolina del Norte decidió no aplicar los aranceles federales. Presintiendo el peligro de una guerra civil, el presidente Jackson condenó aquella actitud, así como la idea misma de una eventual secesión, y amenazó de muerte a quienes optaran por aquella vía. Jackson logró restaurar la calma y preservar la unidad de la nación proponiendo con éxito una solución intermedia entre la de los sudistas (partidarios del libre intercambio) y la de los nordistas (proteccionistas).

Andrew Jackson fue el primer presidente estadounidense en ser objeto de un intento de asesinato, el 30 de enero de 1835. En aquella época, los presidentes no disponían de medidas de protección personal.

Andrew Jackson siempre defendió el poder central frente al de los gobernadores, no por quisiese centralizar la dirección del país sino porque desconfiaba de las élites locales. Trató de evitar la guerra civil recurriendo al pueblo. Desde su punto de vista, los campesinos y los primeros obreros tenían intereses concordantes, mientras que los grandes terratenientes y los grandes industriales defendían intereses divergentes. En medio de aquel conflicto, el banco central desempeñó el papel principal especulando en el ámbito internacional y haciendo depender la economía de Estados Unidos de las fluctuaciones de los mercados extranjeros.

Fue Andrew Jackson quien concluyó los acuerdos sobre tarifas con Reino Unido, con Rusia y con el Imperio otomano, concibió una amplia red de vías de comunicaciones a través de todo el país y la extendió a Hispanoamérica para exportar los productos estadounidenses hacia el Extremo Oriente, negoció con las potencias europeas el pago de indemnizaciones por las guerras napoleónicas y fue inflexible frente al rey francés Louis-Philippe. Pero fracasó en su intento de comprar Texas a México, probablemente porque se rodeó de malos diplomáticos.

Aunque la fórmula consagrada apareció después de él, fue Andrew Jackson quien comenzó a pensar en el «destino manifiesto de Estados Unidos», la doctrina formulada por el periodista John L. O’Sullivan en 1845 («El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno»). Pero no fue sino después de Jackson que ese concepto se utilizó para justificar la extensión de «la forma perfecta de gobierno» a todas las regiones del mundo.

En todo caso, los adversarios puritanos de Andrew Jackson presentaron al 7º presidente de Estados Unidos como un ateo que luchaba contra las iglesias y que manipulaba al populacho contra las élites cultivadas.

El 13 de julio de 2024, el candidato Donald Trump fue blanco de un intento de asesinato. El Secret Service, el órgano encargado de garantizar la seguridad de las personalidades estadounidenses, reconoció que la protección de Trump no había funcionado correctamente… pero nadie ha sido sancionado.

Andrew Jackson y Donald Trump
El ejemplo y los principios del presidente Andrew Jackson se convirtieron en una doctrina gracias a su secretario particular, Andrew Jackson Donelson. Esa doctrina se articula alrededor de dos ideas fundamentales:
  • Desde un punto de vista táctico, desplazar los conflictos existentes entre los Estados y el poder federal asentado en Washington hacia la división existente entre el pueblo y las élites puritanas de la costa este.
  • Desde un punto de vista estratégico, reemplazar la guerra por el comercio.
Táctica
Por ejemplo, durante su primer mandato presidencial, Donald Trump empujó el Tribunal Supremo a dejar la cuestión del aborto en manos de las autoridades de cada Estado. Pero sus adversarios woke, incluyendo a Kamala Harris, lo acusan injustamente de haber prohibido el aborto… que sigue siendo legal en 38 Estados.

En su época, Andrew Jackson trató de reformar el sistema electoral de manera que todas las personas del sexo masculino tuviesen derecho a votar, sin importar el color de su piel. Pero sólo logró imponer el sufragio universal para la elección de los senadores. Hoy, Donald Trump quiere extender el sufragio universal a la elección presidencial, suprimiendo el «colegio electoral», cuyos miembros siguen siendo designados por los gobernadores de cada Estado.
No debemos olvidar que la Constitución de los Estados Unidos de América es fruto de las ideas de grandes terratenientes, que no tenían la menor intención de instaurar una democracia sino sobre todo de fundar una monarquía sin nobleza. La mentalidad misma de aquellos personajes, y el texto que legaron al pueblo estadounidense, excluía el sufragio universal.
A pesar de la creencia generalizada, en el debate sobre la elección de 2020 la cuestión del conteo de los sufragios no es tan importante. La cuestión fundamental de ese debate es la evidente ambigüedad de la Constitución estadounidense. La reelección masiva de Donald Trump acaba de demostrar que la realidad del voto popular no tiene absolutamente nada que ver con las impresiones de la clase dirigente.

Donald Trump, al igual que Andrew Jackson, se ha apoyado constantemente en el voto popular. Los dos hicieron campañas electorales que han sido tildadas de «populistas»… porque responden a las esperanzas de la gente en vez de priorizar las «soluciones» que las élites quieren.
Trump se apoyó en las técnicas de Cambridge Analytica, a través de Steve Bannon: «escanear» las redes sociales para analizar lo que quiere la gente y dirigirse después a ciertos perfiles con mensajes concebidos para ellos. Sus oponentes, al contrario, se apoyaron en las técnicas cognitivas y de manipulación del comportamiento de Cass Sunstein.

Debemos incluir aquí una pequeña observación sobre la reacción de las multitudes. Los partidarios de Andrew Jackson no devastaron la Casa Blanca tratando de destruirla sino porque eran demasiado numerosos. Idénticamente, los partidarios de Donald Trump provocaron daños materiales en el Capitolio de Washington, no porque quisiesen destruirlo sino porque eran demasiado numerosos. La traída y llevada «toma del Capitolio» no fue una intentona golpista, como afirmaron los adversarios de Trump, sino el resultado de un mal manejo de la multitud por parte de la policía, como lo demuestra Joshua Philipp en su documental The Real Story of January 6.

Estrategia
Andrew Jackson quiso poner fin a las guerras contra los «pieles rojas» desplazándolos e indemnizándolos y la Historia ha demostrado que los resultados no fueron los mejores. Es de temer que Donald Trump aborde la cuestión israelo-palestina de la misma manera: indemnizando a los palestinos y desplazándolos a la fuerza hacia el Sinaí. Eso sería una manera de poner en el mismo plano el «destino manifiesto» de Estados Unidos y el expansionismo de los sionistas religiosos. Ese riesgo existe, pero por ahora nada permite afirmar que va a convertirse en realidad.

Andrew Jackson desarrolló el comercio de Estados Unidos con el mundo negociando acuerdos bilaterales (no acuerdos multilaterales). Donald Trump, que es un hombre de negocios, se ha retirado de acuerdos comerciales multilaterales, como el de asociación transpacífica (TPP). Sus predecesores querían establecer normas con sus socios económicos, normas que después pretendían imponer a China. Pero a Trump no le interesan las normas internacionales, con tal de que Estados Unidos pueda penetrar en los mercados.

GOTA FRÍA Y CAMBIO CLIMÁTICO

 

La estrategia de los promotores del fraude climático es siempre la misma: aprovechar sistemáticamente el impacto mediático de fenómenos meteorológicos extremos para ligarlos al calentamiento global. Desde su perverso punto de vista, cuanto mayor sea la tragedia que causan, más útiles resultan. En este sentido, que Sánchez haya afirmado en la enésima cumbre del clima que la catástrofe de Valencia es culpa del cambio climático no debe sorprender, pues de paso así se exculpa.

El cambio climático como chivo expiatorio
El primero en comprender el potencial propagandístico de los fenómenos meteorológicos extremos fue Al Gore tras el huracán Katrina, que devastó el sudeste de EE.UU. en 2005. Sacándose de la chistera una inventada relación entre el calentamiento global y un inexistente aumento en el número de huracanes, Gore no perdió el tiempo: en tan sólo nueve meses estrenaba su documental Una Verdad Incómoda, que instrumentalizaba sin pudor los 1.800 muertos y los ingentes daños materiales causados por Katrina.

Más tarde, el propio IPCC (AR5) aclararía que las afirmaciones de Gore eran engañosas: «Los datos muestran que no hay una tendencia significativa de la frecuencia de huracanes en el último siglo (…), y estudios más recientes indican que es improbable que el número de huracanes haya aumentado en los últimos 100 años en la cuenca noratlántica»[1]. Uno de los científicos contratados por el IPCC lo corroboró en un artículo publicado en el Wall Street Journal: «Mis investigaciones, citadas en un reciente informe del IPCC, concluyen que los huracanes no han aumentado en frecuencia o energía acumulada. Al contrario, mantienen una variabilidad natural año tras año. La prevalencia global de grandes huracanes (categoría 4 y 5) tampoco muestra un aumento significativo»[2].
[1] IPCC Quinto Informe, WG 1, Cap. 2.6, p.216-217.

Pues bien, con la misma desfachatez que Gore, algunos han aprovechado la tragedia de Valencia para hacer propaganda de la ideología climática. Esto incluye a políticos inescrupulosos, burócratas globalistas, periodistas indocumentados y sedicentes «expertos» que viven de ello. Para que se hagan una idea, uno de éstos, que se presenta como «experto en cambio climático» a pesar de ser un biólogo especializado en botánica —que no sabe nada de física atmosférica, oceanografía o clima—, ha visto en las imágenes de coches amontonados (dentro de los cuales muchas personas murieron) «una oportunidad histórica para prescindir de los coches»[3], como ha manifestado con total frialdad. Semejante fanatismo, veteado por la ideología comunista que profesan muchas de estas personas, es frecuente.

Los fenómenos meteorológicos extremos no han aumentado
¿Qué nos dice la famosa «ciencia»? En primer lugar, que «si nos atenemos al estado actual de conocimiento de la ciencia, ningún evento meteorológico concreto puede atribuirse al cambio climático inducido por el hombre», según afirmaba la Organización Meteorológica Mundial antes de politizarse[4]. Por lo tanto, atribuir al calentamiento global cada fenómeno meteorológico natural, de un signo y también del contrario (cuando llueve mucho y también cuando llueve poco), es engañar a la población.
[4] Citado por S. Koonin, El Clima: no todo es culpa nuestra, La Esfera de los Libros, 2023

Pero es que además las inundaciones a nivel global no han aumentado. Según el IPCC, «sigue sin haber evidencia (…) respecto al signo de la tendencia en la magnitud y frecuencia de las inundaciones a nivel global»[5]. En su último informe (AR6), el IPCC corrobora que «las afirmaciones generales que atribuyen cambios en la probabilidad o magnitud de las inundaciones al cambio climático antrópico merecen una baja confianza»[6]. Más concretamente, estima que existe una «baja confianza» incluso en el signo de la tendencia observada en «fuertes precipitaciones e inundaciones pluviales»[7] como la que ha sufrido Valencia, es decir, ni siquiera se sabe si están aumentando o disminuyendo. Lo mismo ocurre con las sequías.
[5] IPCC Quinto Informe, WG 1, Cap. 2.6, p.214.
[6] IPCC Sexto Informe, WG 1, Cap. 11.5, p.1567-1569.
[7] IPCC Sexto Informe, WG 1, Tabla 12.12, p.1856.

Hay más. Según el IPCC, «existe una gran confianza en que durante los últimos 500 años se han producido inundaciones mayores que las producidas desde el s.XX en Europa central y el Mediterráneo occidental»[8], es decir, en una época en la que no había calentamiento global (ni periodistas, ni globalistas, imagínense).
[8] IPCC Quinto Informe, WG 1, Cap. 5.5, p.425.

Por último, la temperatura del mar Mediterráneo tampoco ha sido un factor determinante por anómala. En efecto, las temperaturas del mar Balear (que baña las costas de Valencia), aun elevadas, se encontraban a finales de octubre de 2024 dentro de la variabilidad histórica para esas fechas (percentil 95) y eran muy inferiores a la temperatura habitual del mar durante otras gotas frías acaecidas en fechas otoñales más tempranas[9]. Son lamentables, una vez más, las engañosas insinuaciones de la AEMET para dar a entender lo contrario. Por cierto, el supuesto calentamiento superficial del mar Mediterráneo sólo afecta al Mediterráneo Occidental, pues el Mediterráneo Oriental se está enfriando ligeramente[10]. En cualquier caso, el calentamiento del mar Balear resulta inapreciable, pues se estima que la temperatura en superficie se está incrementando a un ritmo de 0,39ºC por década (repito, por década), una variación mínima de cara al ecosistema si la comparamos con las variaciones estacionales de más de 13ºC entre las temperaturas mínimas invernales y las máximas de verano[11].

La gota fría de 2024 no fue un récord meteorológico
La ciencia ordena los fenómenos naturales extremos en función de sus magnitudes físicas: velocidad y sostenibilidad del viento en un huracán, volumen de precipitaciones y caudal en una inundación, magnitud en un terremoto, y viento y altura de las olas en un temporal en la mar, por ejemplo. Sin embargo, las personas de a pie tendemos a clasificar una catástrofe natural en función de la pérdida de vidas humanas y daños materiales que causa, no en función de sus variables meteorológicas. Esto puede llevar a confusión. Existen fenómenos naturales muy potentes que apenas causan víctimas y fenómenos menos potentes que provocan verdaderas catástrofes humanitarias.

Por ejemplo, el terremoto que asoló Haití en 2010 causó 300.000 muertos con una magnitud 7 en la escala Richter, mientras que el mayor terremoto jamás registrado por sismógrafos, con una magnitud 9,5 (es decir, 5.600 veces más potente que el anterior, dado que la escala es logarítmica), causó comparativamente «sólo» 1.700 muertos[12]. Del mismo modo, el mayor tsunami de la historia alcanzó una altura de 524 metros y arrancó de cuajo árboles que estaban en la ladera de un monte a esa altura sobre el nivel del mar,[13] pero se dio en una desierta bahía de Alaska en 1958, causando sólo 5 víctimas. Por el contrario, la altura máxima del tsunami del 2004 en el densamente poblado sudeste asiático fue de «sólo» 51 metros en el epicentro y generalmente no superó los 10 metros, pero acabó con la vida de 227.000 personas.

En este sentido, las torrenciales precipitaciones vividas en la provincia de Valencia en la gota fría del 2024 están lejos de ser un récord meteorológico, aunque hayan sido un triste récord como catástrofe humanitaria en nuestra historia reciente. En efecto, alguna estación alcanzó los 491mm en 24h (1mm=1litro/m2) y otra supuestamente llegó a los 772mm (según la AEMET), cifra enorme, sin duda, pero inferior a la registrada en las gotas frías de 1982 y de 1987, durante las que España quizá vivió las 24 horas más lluviosas de su historia desde que existen registros pluviométricos. En efecto, el 20 de octubre de 1982 cayeron hasta 882mm en Muela de Cortes (Valencia)[14], aunque esas precipitaciones, que provocaron la rotura de la presa de Tous, causaron 40 muertos. Asimismo, en la riada de La Safor del 3 de noviembre de 1987 se registraron 817mm en 24 h en la estación valenciana de Oliva y hasta 1.000mm en 36h en la estación de Gandía[15], aunque sólo murieron 7 personas. También podrían mencionarse las lluvias torrenciales del 19 de octubre de 1973 en Almería, durante las que se registraron 600mm en sólo 7 horas y hasta 420mm en sólo una hora, causando 150 muertos[16]. En 1973, por cierto, el planeta llevaba casi 30 años enfriándose a pesar del aumento de CO2, tendencia que se revertió hacia 1979.
[15] Climatología de España y Portugal, de Inocencio Font, Ediciones Univ. de Salamanca, 2007.

La realidad es que casi todos los años el Levante español sufre una gota fría (expresión popular adaptada del original alemán «depresión fría de altura») que esporádicamente es catastrófica. Como nos recuerda el meteorólogo Inocencio Font en su magnífica obra Climatología de España y Portugal, «desde tiempos inmemoriales los habitantes de las comarcas del litoral mediterráneo de la Península se han visto sometidos ocasionalmente a los efectos desastrosos de grandes y repentinas avenidas y riadas y consecuentes inundaciones causadas por lluvias torrenciales de inusitada intensidad».[17] Aunque no existieran registros pluviométricos en aquel entonces, sabemos que el 27 de septiembre 1517 el Turia se desbordó y causó centenares de muertos y que el 15 de octubre de 1879 la riada de Santa Teresa (antaño las riadas se calificaban según el santoral) causó en Murcia más de 1.000 muertos.
[17] Climatología de España y Portugal, de Inocencio Font, Ediciones Univ. de Salamanca, 2007.

Finalmente, es difícil establecer una tendencia clara en la pluviosidad de la región. En Valencia capital, por ejemplo, ésta es la evolución de las precipitaciones desde 1937, en la que sobresale la gran inundación de 1957:[18]


El factor humano
Pero si las lluvias de hace dos semanas no fueron un récord en cuanto a precipitaciones, ¿por qué hubo tantas víctimas? ¿Fue por una inevitable catástrofe natural de tintes épicos o influyeron errores humanos perfectamente evitables? Como veremos, más allá del triste azar, la dejadez, irresponsabilidad e incompetencia de nuestra clase política han jugado un papel importante.

El primer factor humano ha sido la descontrolada expansión urbana en barrancos y cauces secos naturales, que aumentó el nivel de riesgo de la población. El terreno urbanizado, además, impermeabiliza el terreno y facilita la riada. Sin duda, podrían haberse arbitrado normas urbanísticas especialmente restrictivas, prohibiendo construir en determinadas zonas o limitando la construcción de plantas bajas y subterráneos. También podría haberse sobredimensionado la red de saneamiento público para facilitar la evacuación de las aguas.

La expansión urbana agrava el error por omisión que supone la inexistencia de infraestructuras hidrológicas adecuadas (cauces y diques) para encauzar las aguas y prevenir inundaciones en zonas de alto riesgo. Peor aún: al menos desde 2007 existían proyectos hidrológicos ad hoc de la Confederación Hidrográfica del Júcar (que depende del Ministerio de Transición Ecológica) que no habían merecido la atención de las autoridades políticas[19], sea por razones ideológicas (ecologistas) o políticas. De hecho, algunos expertos califican lo ocurrido como «un desastre anunciado»[20].

Como aclaran ingenieros de Caminos, si los ríos estuvieran debidamente encauzados, la probabilidad de inundaciones tan dañinas se reduciría considerablemente[21]. Por ejemplo, gracias a la canalización del Turia realizada en tiempos de Franco tras la catastrófica inundación de 1957 (81 muertos), la ciudad de Valencia no ha vuelto a sufrir inundaciones significativas. Luego la desidia e incompetencia de nuestra clase política, que valora las inversiones y el gasto público en función de cuántos votos pueden comprar ―algo característico del Estado de Bienestar― en vez de en cuántas vidas pueden salvar, es un factor explicativo.

Finalmente, el fanatismo ecologista, proclive a impedir el mantenimiento de los cauces y a destruir azudes y presas (en vez de construir más), posiblemente haya contribuido a aumentar el caudal de la riada y a producir un aluvión de cañizo que ha incrementado el daño causado.

La incapacidad de la AEMET
En segundo lugar, la población no fue debidamente alertada. En este caso, la responsabilidad es doble: primero, la AEMET ―dependiente del ideológico Ministerio de Transición Ecológica― claramente no supo prevenir del orden de magnitud de las precipitaciones que iban a darse en las siguientes 24 horas en Valencia, pues su previsión estándar de nivel rojo («en estas zonas se podrán superar los 150-180mm en las próximas 12-24 horas») se quedó muy corta frente a la realidad de los más de 700mm. Segundo, las incompetentes autoridades políticas (gobierno autonómico, delegación del gobierno y gobierno nacional) no comunicaron la alerta a tiempo, ni a la población ni a los alcaldes de las zonas afectadas, como ellos mismos han manifestado.

La incapacidad de la AEMET para prever con precisión el nivel de precipitaciones es patente a pesar de la campaña lanzada para proteger a una institución convertida en punta de lanza de la ideología climática. En efecto, la AEMET se limitó a emitir una sucesión de avisos estándar de nivel rojo definidos genéricamente como «riesgo meteorológico extremo (fenómenos meteorológicos no habituales, de intensidad excepcional y con un nivel de riesgo para la población muy alto)», en los que recomiendan «tomar medidas preventivas, mantenerse informado de la predicción meteorológica y no viajar salvo que sea estrictamente necesario». Como ven, no hay ninguna prohibición taxativa ni ninguna advertencia expresa de riesgo de muerte, algo lógico, pues en los últimos 12 meses la AEMET emitió 182 avisos de nivel rojo por distintas causas[22]. ¿Qué diferencia había entre el aviso de nivel rojo de Valencia y los anteriores 182?

Por otro lado, resulta dudoso que la AEMET previera realmente el nivel de precipitaciones más allá de la rigidez del protocolo (¿dónde están los mails internos que lo demuestren?), pues el nivel de conocimiento de la ciencia meteorológica ―un sistema multifactorial, complejo, caótico y no lineal― es aún bastante primitivo y tiene amplios márgenes de error, como admite el propio portavoz de la AEMET: «En meteorología trabajamos siempre con incertidumbres, porque la atmósfera es un sistema caótico y no se puede conocer, a ciencia cierta, la cantidad exacta de lluvia que puede caer en un lugar concreto y en un período de tiempo determinado»[23]. Eso es así. Pero si la incertidumbre impide conocer a ciencia cierta la lluvia que caerá mañana en una localidad de España, ¿acaso no supone una deshonestidad intelectual que dicha incertidumbre desaparezca mágicamente cuando la AEMET realiza afirmaciones dogmáticas sobre el clima del planeta para dentro de 100 años?

No se previno a la población
En tercer lugar, tras el aviso rojo estándar de la AEMET, las autoridades políticas no trasladaron a la población el nivel de alerta correspondiente hasta que ya había comenzado el diluvio, por lo que la gente no tuvo tiempo de prepararse. De hecho, hubo residentes que recibieron un primer mensaje de alerta en sus móviles el jueves 31 a mediodía, según me ha relatado alguno de ellos. La responsabilidad aquí recae en la incompetencia de las autoridades políticas, pero el tema es aún más grave, pues la población no sólo no fue avisada, sino que, tras el desastre, fue completamente abandonada por la dolosa inacción (presumiblemente constitutiva de delito) del gobierno de Sánchez[24].

La población no sabía qué hacer
En cuarto lugar, aunque se hubiera trasladado la alerta a tiempo no existe en España un protocolo de actuación que indique a la población claramente lo que hay que hacer y evitar. Dada la regularidad de las gotas frías otoñales en el Levante sorprende que no se haga una campaña de prevención y concienciación pedagógica en medios de comunicación, colegios y universidades.

Cierto es que Protección Civil hace ciertas recomendaciones en el caso de inundaciones: «Evite cruzar por zonas inundadas, tanto en coche como a pie, y abandone el vehículo por la ventanilla si es necesario si el nivel del agua sube o si llega al eje de la rueda o al nivel de la rodilla»[25]. También recomienda salir de sótanos o garajes inmediatamente.

En este sentido, la Agencia Federal de Gestión de Emergencias norteamericana (FEMA) advierte con mucho mayor detalle del peligro de intentar vadear o conducir en estas circunstancias, pues la letalidad de las inundaciones es función de dos variables y no sólo de una: de la profundidad del agua y de su velocidad: «Aguas poco profundas que se desplazan a gran velocidad pueden ser mortales independientemente de si se sabe nadar bien o no». Además, el nivel del agua puede aumentar considerablemente en cuestión de pocos minutos, y el agua turbia puede arrastrar objetos sólidos y cortantes, que pueden producir heridas graves.

Según la FEMA, «en inundaciones repentinas el 75% de las muertes se producen por ahogamiento (…) porque las personas infravaloran la fuerza de la corriente o la profundidad del agua durante evacuaciones tardías, intentos de salvamento o conductas inapropiadas. El 63% de las muertes ocurren en vehículos, el 14% en personas accidentalmente arrastradas por la corriente y el 9% en personas que intencionadamente se metieron en ella»[26].

Finalmente, la FEMA deja claro que los riesgos de ahogamiento en inundaciones aumentan «en países no desarrollados en los que la gente vive en zonas proclives a inundarse y en los que la capacidad de alertar, evacuar o proteger a las comunidades de las inundaciones es débil»[27].

Desgraciadamente, éste ha sido el caso de España, país al que su clase política está arrastrando poco a poco, pero con paso firme, al tercermundismo.


NO ES VERDAD

 
El fangómetro de Pedro Sánchez: las grandes mentiras de su mandato

Ante la tragedia de Valencia, que ha causado centenares de víctimas, el gobierno de Sánchez intenta engañar a la población con la complicidad de los medios. La situación causa estupor. En efecto, el relato oficial es que el gobierno nacional no podía hacer nada que no le pidiera previamente el gobierno autonómico valenciano.

No es verdad.

Sánchez pudo haber activado desde el minuto uno el Plan Estatal General de Emergencias de Protección Civil (PLEGEM) que define el protocolo de actuación ante emergencias de interés nacional, definidas por la ley 17/2015[1] bajo tres supuestos: cuando exista un estado de alarma, excepción y sitio, cuando las emergencias afecten a varias CCAA, o cuando, «por sus dimensiones efectivas o previsibles, [las emergencias] requieran una dirección de carácter nacional» (art. 28) aunque afecten sólo a una Comunidad Autónoma. Evidentemente, este último supuesto es el aplicable a la mayor catástrofe natural de nuestra historia reciente.

Pues bien, la misma ley deja claro que la declaración de emergencia de interés nacional corresponderá al ministro del Interior, «bien por propia iniciativa o a instancia de las CCAA o de los delegados del gobierno en las mismas» (art. 29). Es decir, que el gobierno nacional perfectamente pudo haber declarado motu propio una emergencia de interés nacional y poner en marcha el Plan de Emergencias, él solito.

¿Por qué no lo hizo? Sólo encuentro una explicación: quizá creyó que era mejor que la responsabilidad de gestionar (mal) semejante catástrofe recayera en un gobierno regional que estaba en manos de la oposición. Siempre podría acudir al rescate más tarde, convirtiéndose en salvador de la situación, como quizá anuncie hoy. De ser así, en vez de intentar salvar vidas, el gobierno de Sánchez presuntamente habría decidido abandonar durante días a su suerte a poblaciones enteras por priorizar el criterio político de dejar que el presidente valenciano del PP se cociera en su propia salsa de presunción e incompetencia. ¿Pero qué conciencia tiene este gobierno, más centrado en realizar cálculos electorales que en ayudar a las víctimas de una catástrofe? «Si quieren ayuda, que la pidan». ¿De verdad?

Sea cual fuera la razón, el gobierno incumplió no sólo un evidente deber moral, sino posiblemente también la ley, al incurrir en una omisión de socorro y vulnerar derechos de los ciudadanos. En efecto, existe «el derecho a la protección en caso de catástrofe», por el que «todos los residentes en territorio español tienen derecho a ser atendidos por las Administraciones públicas en caso de catástrofe» (art.5). Los españoles también tienen «el derecho a ser informados adecuadamente por los poderes públicos acerca de los riesgos colectivos importantes que les afecten, las medidas previstas y adoptadas para hacerles frente, y las conductas que deban seguir para prevenirlos. Dichas informaciones habrán de proporcionarse tanto en caso de emergencia como, preventivamente, antes de que las situaciones de peligro lleguen a estar presentes» (art.6). A estos efectos, ¿qué hizo el gobierno valenciano, salvo verse sobrepasado por los acontecimientos, sin recursos ni capacidad de gestión? ¿Y qué hizo el gobierno nacional ante la incapacidad del gobierno valenciano, con la que contaba? ¿Ayudar a los ciudadanos o intentar obtener rédito político?

Para más inri, ahora el gobierno utiliza políticamente como escudo deflector al Ejército, la institución más valorada en España, instrumentalizando a un militar de prestigio como es el responsable de la UME para defender lo indefendible y transformar lo bochornoso en impecable.

Si Sánchez hubiera cumplido con su deber declarando una emergencia de interés nacional se habría activado el Plan de Emergencias[2], cuya dirección recae en el Ministerio del Interior «en todas sus fases y situaciones operativas» (5.1.1). Así, en vez del caos absoluto que hemos sufrido, se habría creado un mando unificado en el Comité de Coordinación, compuesto por la Secretaría de Estado de Seguridad, la Guardia Civil, la Policía, la DGT, el Departamento de Seguridad Nacional, el Ministerio de Defensa, la AEMET y un representante de la Comunidad Autónoma afectada (en este caso, Valencia).

Este Comité apoyaría la Dirección Operativa de Emergencia, que recaería en el general en jefe de la UME, encargada «del planeamiento, conducción y seguimiento de las operaciones sobre el terreno, de la asignación de misiones, del establecimiento de las prioridades operativas y de la designación de la jefatura del Mando Operativo Integrado» (5.1.3.1). También sería responsable «de recabar la intervención de otras capacidades de las Fuerzas Armadas».

La estructura incluiría dicho Mando Operativo, Puestos de Mando Avanzados, Grupos de Acción, Centros de Logística y Centros de Atención Ciudadana, cuya labor sería «confeccionar los listados de personas afectadas, distribuir alimentos y enseres, facilitar lugares de albergue y abastecimiento de productos esenciales y prestar apoyo psicológico» (5.2.5). ¿Dónde está todo esto?

Lógicamente, además de Protección Civil y más allá de la UME, el Ejército es la institución más preparada para afrontar una emergencia así. Pues bien, en la provincia de Valencia tienen su sede, entre otros, el Cuartel General Terrestre de Alta Disponibilidad (que incluye el Despliegue Rápido de la OTAN), cinco Regimientos y un Batallón de Helicópteros de Emergencia. En Alicante está además el Mando de Operaciones Especiales, y en la vecina Murcia un Regimiento de Infantería[3]. ¿Cuántos miles de soldados suman estas unidades? Todas ellas pudieron desplegarse muy rápidamente requiriendo necesidades logísticas menores, pero el gobierno no quiso dar la orden. Recuerden que con el huracán Katrina EE.UU. ya tenía 10.000 hombres de la Guardia Nacional en alerta antes de su llegada en previsión de la catástrofe[4]; llegarían a desplegarse un total de 61.000 soldados en los siguientes días[5]. En España, durante la riada de Bilbao de 1983 (mucho menos grave y con la décima parte de muertos), en 48h había 2.000 militares desplegados, 200 vehículos y 50 máquinas pesadas, y en 72h, se encontraban sobre el terreno 10.000 soldados[6].

La Policía y la Guardia Civil y muchos parques de bomberos (que sí fueron activados por este gobierno para ayudar en el terremoto de Marruecos) estaban deseando recibir la orden de acudir a ayudar a sus conciudadanos, pero el gobierno tardó cinco días en hacerlo tras rechazar el ofrecimiento del gobierno francés de enviar 200 bomberos. Al parecer, algunos de ellos fueron voluntariamente para encontrarse que, tres días después de la catástrofe, eran la primera ayuda en llegar[7].

Hubo empresarios que pusieron a disposición de las autoridades potentes medios materiales y recibieron el silencio por respuesta. ¿Cuántas víctimas ha causado la negligencia de este gobierno? ¿Cuántos heridos, cuántas personas atrapadas han muerto durante estos días completamente abandonadas sin que nadie acudiera a rescatarlas? ¿Cuánta desesperación, cuánta soledad, cuánto sufrimiento de poblaciones enteras dejadas a su suerte? Y para añadir insulto al dolor, nos ocultan con total opacidad el número de desaparecidos.

En España el hedor de la política y de los medios de comunicación empieza a resultar insoportable. Respecto de estos últimos, vean un ejemplo. Tras la tensísima visita de los reyes y de Sánchez a Valencia, los medios omitieron la presencia de Sánchez (fugaz, pues el cobarde huyó de inmediato) y dieron a entender que el objetivo de la ira de los vecinos habían sido los reyes, que sí afrontaron la situación con valor. Las opiniones de los vecinos eran censuradas si incluían críticas al gobierno[8]. Más tarde los medios cambiaron el relato y, a pesar de las elocuentes imágenes, la nueva consigna fue que los autores habían sido un supuesto grupo organizado de neonazis (a pesar de que el lugar concreto de la visita no había sido previamente anunciado).

Pero no quiero dejar de rendir homenaje a los que verdaderamente importan: a los ciudadanos corrientes. En primer lugar, a las víctimas mortales, a sus desconsolados familiares y a quienes lo han perdido todo, y, en segundo lugar, a los miles de voluntarios de toda España, particularmente jóvenes, capaces de llegar adonde no llegaba el Estado, completamente ausente, y que convirtieron la solidaridad en algo más que una palabra.

Si no se exigen responsabilidades políticas y penales a los presuntos responsables de una negligencia tan extraordinariamente grave, ¿en qué nos habremos convertido? En un Estado fallido donde el gobierno puede actuar al margen de la ley con total impunidad y donde la ciudadanía acepta mansamente que unos tiranos completamente indiferentes al sufrimiento ajeno le pisoteen sus derechos, una y otra vez.

Trump contra el Deep State

 

En España la corrección política exige criticar siempre al candidato republicano en las elecciones de EE.UU. Sin embargo, el rigor y la verdad demandan un análisis un poquito más profundo. Como abordé en mi anterior artículo[1], la cuestión de fondo de estas elecciones es saber qué candidato plantará cara al poder desbocado del Deep State (o complejo militar-industrial, sobre el que nos advirtió Eisenhower), que se ha convertido hoy en una grave amenaza para el proceso democrático y para la libertad de expresión en EE.UU.

Pero comprender bien lo que está en juego exige recordar qué ha ocurrido en aquel país desde la llegada de Trump. Lo que van a leer es la historia fidedigna de lo acontecido, y es muy diferente de lo que han leído en los medios. La diferencia estriba en que esta historia está basada en hechos reales.

El Deep State le declara la guerra a Trump
Ante la inesperada victoria de Trump en 2016, el Deep State, que durante los anteriores ocho años había tenido una fácil cohabitación con un presidente que se limitaba a admirarse en su espejito mágico, reaccionó rápidamente: si no había podido impedir la llegada al poder de quien consideraba un incontrolable outsider, al menos paralizaría su acción de gobierno. Con este objeto, supo tejer una pegajosa telaraña de mentiras que obligó a Trump a estar a la defensiva durante su primer mandato impidiéndole desarrollar su pretendida política de distensión con Rusia, que tanto bien habría hecho al mundo, pero que el Deep State consideraba una amenaza existencial. En efecto, si Rusia dejaba de ser un país enemigo perdería una parte importante de su misión, presupuesto y poder. Ello también afectaría a la OTAN, convertida tras la desaparición del Pacto de Varsovia en un simple mercado cautivo para la industria armamentística norteamericana, es decir, en un puro negocio centrado en la búsqueda de nuevos clientes (o países miembros, como creo que se les llama) y basado en mantener vivo al fantasma de la amenaza «soviética».

La falsa colusión con Rusia: una caza de brujas
El arma principal que utilizó el Deep State para paralizar a Trump fue pregonar, con el apoyo entusiasta de los medios, una supuesta colusión de éste con Rusia. El «complot Trumputin» se convirtió en el relato oficial, aunque ya en 2017 los lectores de este blog sabían que «la supuesta colusión entre el gobierno de Rusia y Trump es tan creíble como las armas de destrucción masiva de Iraq, es decir, una patraña, una invención, una infantilidad, una estupidez, humo[2]». Años después, tuvimos la confirmación oficial: sendas investigaciones realizadas por dos fiscales especiales concluyeron que todo había sido un completo bulo.

El primer fiscal especial, Robert Mueller, había sido director del FBI durante 12 años bajo dos presidentes de distinto signo. Era, por tanto, «uno de los nuestros» para el Deep State, alguien que «removería cielo y tierra[3]» para conocer la verdad. ¿Había habido un complot entre el gobierno de Rusia y Trump? Tras dos años de exhaustiva investigación, el informe Mueller concluyó de mala gana que no[4]. Según el resumen que hizo el entonces fiscal general Barr, «la investigación no ha encontrado que ningún miembro de la campaña de Trump ni ningún ciudadano norteamericano conspirara o se coordinara con el gobierno de Rusia en actividades de interferencia en las elecciones». Tampoco encontró «ninguna conspiración para violar la ley de EE.UU. por parte de personas ligadas a Rusia o de ninguna persona asociada a la campaña de Trump[5]». Todo había sido un invento.

Un FBI politizado
Pero además de la acusación de colusión, a Trump le acusaron de un supuesto delito de obstrucción a la justicia, sospecha creada por el director del FBI James Comey tras ser defenestrado por el presidente. Sobre esta acusación, absurda si no había habido un delito previo de colusión, el dictamen de Mueller fue deliberadamente ambiguo, posiblemente para no dejar en mal lugar a su amigo Comey: «Aunque este informe no concluye que el presidente Trump cometió un delito, tampoco lo exonera[6]». Esta ajurídica conclusión que, sin encontrar indicios de delito, obvia la presunción de inocencia, llevaría al fiscal general Barr a sentenciar que Trump tampoco había intentado obstruir la acción de la justicia.

Posteriormente, una auditoría de la actuación del FBI llevada a cabo por el fiscal especial Durham revelaría que todo había sido una caza de brujas. El FBI «no había respetado su importante misión de mantener una estricta fidelidad a la ley» y había tratado de forma distinta a Hillary Clinton y a Donald Trump. Asimismo, las intrusivas órdenes de vigilancia física, telefónica y electrónica de miembros de la campaña Trump fueron forzadas por el lenguaje manipulador de un abogado del FBI que habría cometido «una infracción penal». Durham también denunció que el FBI continuó con dicha vigilancia a pesar de que ya entonces creía que «no existía causa probable para creer que el objetivo estaba participando a sabiendas en actividades clandestinas de inteligencia en nombre de una potencia extranjera». Finalmente, el FBI también habría omitido «información exculpatoria significativa que debería haber impulsado el reexamen de la investigación[7]».

El Deep State sale del armario
El prestigio del FBI recibió otro varapalo en agosto de este año, cuando, en una carta al Departamento de Justicia[8], Mark Zuckerberg, presidente de Meta, acusó al gobierno Biden de haberle «presionado» para censurar contenidos del covid (muchos de los cuales se comprobaron veraces) y al FBI de advertirle de forma engañosa sobre una supuesta campaña de desinformación rusa sobre Biden y su familia poco antes de la aparición de la noticia del contenido de un portátil del hijo de Biden, que Facebook habría censurado erróneamente por ese motivo[9].

La prensa, cómo no, silenció esta carta. Algunos medios mencionaron el párrafo sobre el covid, pero callaron el siguiente sobre la acusación al FBI[10].

El portátil de Hunter Biden no sólo mostraba explícitamente la adicción del hijo del presidente a la droga, la prostitución y el sexo, sino que «Hunter Biden había utilizado la posición y la influencia de su padre, el ahora presidente Joe Biden, en beneficio propio con el aparente conocimiento del presidente», tal y como resumió el Comité de Inteligencia del Congreso de los EE.UU.[11]. Pues bien, a pesar de la absoluta veracidad de la historia del portátil de Hunter Biden, 51 exfuncionarios de inteligencia (incluyendo exdirectores de la CIA y de la NSA) intentaron desacreditarla para que no perjudicara la campaña de Biden asegurando en una declaración pública que tenía «todas las características clásicas de una operación de información rusa». Algunos de los firmantes seguían en nómina de la CIA[12]. ¿Y algunos aún creen que el Deep State no participa en las elecciones?

Todo lo mencionado pone de manifiesto que el principal papel que ha jugado Donald Trump en la política norteamericana no ha sido su trascendente papel provida, al lograr una mayoría conservadora en el Tribunal Supremo, ni tampoco su afán desregulador o su crítica a la estafa climática y al globalismo de la corrupta OMS, sino el hecho de obligar al Deep State a salir a la luz por primera vez en la historia.

Biden recibe una oferta imposible de rechazar
Durante la presidencia de Biden, que posiblemente no sabía ni lo que firmaba, el Deep State logró el cénit de su poder y se juramentó para evitar a toda costa la vuelta de Trump. Para ello intentó intimidarle con una serie de ofensivas judiciales ad hominem basadas en conductas artificialmente exageradas. Resulta dudoso que, de ser el acusado otra persona, se hubiera puesto en marcha ningún proceso. Sin embargo, Trump no se arredró, y sus procesos judiciales ―alguno de los cuales está pendiente de sentencia― fueron arrastrados por el viento, algo lógico, dada su liviandad.

Una vez quedó claro que Trump iba a presentarse y que las encuestas le daban ganador, el Deep State y la otra parte interesada, el Partido Demócrata, hicieron lo imposible por lograr que Biden dejara paso a otro candidato. Aprovecharon su penosa actuación en un debate para evidenciar un deterioro cognitivo que llevaba años siendo más que evidente para cualquiera que tuviera ojos, y ocultaron la razón real, que era simplemente que las encuestas le mostraban como claro perdedor[13]. Sin embargo, no contaban con la arrogancia de Biden, su adicción al poder y su miedo a que las dudosas actividades económicas de su familia pudieran ser objeto de escrutinio público.

Por ello se aferró de tal modo a la presidencia que hizo falta un golpe de Estado palaciego muy poco democrático para «convencerle» de que no debía presentarse a la reelección. Así, en unos días en los que se mantuvo aislado y encerrado en su casa de Delaware por un supuesto covid, Biden probablemente recibió «una oferta que no podía rechazar» y, tras sólo cuatro años en el poder y tras ganar las primarias de su partido, comunicó que no se presentaría (algo sin precedentes en la historia de EE.UU.) un día después de haber asegurado exactamente lo contrario. De forma ciertamente opaca, utilizó para renunciar un texto de su cuenta de Twitter en vez de hacerlo en persona, como habría sido lógico. De forma más extraña aún, en dicho texto no anunció su apoyo a Harris, lo que hizo la misma cuenta 24h después. De forma elocuente, Obama tardaría cinco largos días en apoyar públicamente a Harris.

La probable victoria de Trump
Y así llegamos a las vísperas de unas elecciones sobre las que parece obligado realizar un innecesario pronóstico, pues basta con esperar unos días para conocer los resultados. En mi opinión, Trump ganará. Estos son mis argumentos.

Primero, Kamala Harris es una mala candidata elegida sólo porque no había tiempo ni consenso para elegir otro. Por distintas razones, varios medios afines han decidido no respaldarla explícitamente, como el Washington Post, que no va a apoyar a ningún candidato por primera vez en 36 años[14]. Esto tiene mérito, pues sólo el 3% de los periodistas norteamericanos se identifica como republicano[15] (en España, el porcentaje será inferior, aunque en el gremio no sepan muy bien lo que es un porcentaje).

Harris siempre fue una vicepresidenta de doble cuota (por sexo y raza), y ha sido siempre muy impopular, sea por su izquierdismo radical, por su insondable vacío intelectual o porque no transmite confianza. Cuando se retiró de las primarias del 2020 que ganaría Biden, Harris se encontraba en sexta posición con sólo un 3,9% de apoyo de votantes de su partido[16], y una vez en el poder las encuestas han mostrado repetidas veces que ha sido la vicepresidenta más impopular de la historia de EE.UU.[17]. Esta impopularidad sólo se vio frenada cuando Biden fue forzado a retirarse, pues el factor novedad y el apoyo entusiasta de los medios de comunicación contrarios a Trump (casi todos) aupó temporalmente a Harris en las encuestas. Sin embargo, los medios están hoy muy desacreditados (el 70% de los norteamericanos desconfía de ellos, con razón[18]), y el bluf dependía de mantener a la candidata escondida del ojo público. El tiempo jugaba en su contra. Ahora el soufflé ya se ha desinflado, como pronosticaban no pocas voces de su propio partido.

En segundo lugar, en estas elecciones no existe la brutal censura que existió en el 2020 para favorecer a Biden. Por cierto, el hecho de que existiera una censura destinada a favorecer al líder de la oposición y no al presidente en ejercicio supone otro indicio más de la existencia de un Estado dentro del Estado. Cuatro años más tarde Twitter es de nuevo una red social libre gracias a ese gran defensor de la libertad de expresión llamado Elon Musk (que apoya a Trump), y Facebook ha decidido ser más prudente tras entonar su mea culpa de agosto.

Dos extraños intentos de asesinato
Otro factor que va a influir en las elecciones es el valor demostrado por Trump tras sobrevivir a su primer atentado, resumido en su icónica imagen, desafiante, con sangre en la cara y el puño en alto. El hecho de sufrir no uno sino dos intentos de asesinato, y las circunstancias que rodean a ambos, resulta extraño: los medios han corrido rápidamente un tupido velo y seguimos sin conocer los motivos de los autores ni ningún detalle sobre sus vidas pasadas. Tampoco sabemos cómo llegaron tan cerca de Trump.

Respecto al primer atentado, cualquiera que conozca de cerca cómo funciona el Servicio Secreto estará de acuerdo en que tal fallo de seguridad resulta difícil de creer. La entonces directora del Servicio Secreto, tan woke como incompetente, esgrimió que en aquel tejado no había agentes «porque estaba inclinado»[19], declaraciones ridículas y, por tanto, poco aclaratorias. Fue obligada a dimitir. Tampoco despejaron las dudas las politizadas declaraciones del director del FBI, que defendió que no estaba claro si lo que hirió a Trump en la oreja fue una bala o un trozo de cristal (declaraciones que el propio FBI se vio obligado a desmentir a las pocas horas)[20]. El hecho es que Trump tenía una protección claramente deficiente y que los motivos de que así fuera son turbios, pues había solicitado repetidas veces mayor seguridad y se le había denegado[21]. Asimismo, se le denegó protección del Servicio Secreto al candidato independiente Robert Kennedy (que acabó apoyando a Trump) a pesar de solicitarlo en seis ocasiones[22].

Por otro lado, el segundo intento de atentado también genera interrogantes: ¿cómo sabía el tirador, que no era local, que Trump iba a jugar al golf en ese club ese día? No nos han dado ninguna respuesta y el caso se ha enterrado con igual rapidez, pero el hecho es que, de no ser por la profesionalidad de un agente del Servicio Secreto, pocos minutos después el tirador habría tenido un blanco sencillo.

La sombra del 2020
Otra cuestión que marca una diferencia con las elecciones del 2020 es la inexistencia de agitación en las calles como la de Black Lives Matter. Este movimiento típicamente marxista, supuestamente surgido a raíz del homicidio de un hombre negro por parte de un policía blanco, no tenía nada de espontáneo y desapareció mágicamente el día que Biden ganó las elecciones. Ahora su fundadora ha sido acusada de usar como vivienda personal una mansión comprada gracias a las ingenuas donaciones recibidas por su movimiento[23] (comportamiento típicamente marxista).

Pero quizá el elemento que más apunta a una victoria de Trump es la motivación de una gran masa electoral que cree que en el 2020 hubo fraude. En efecto, más del 36% de los norteamericanos cree que las elecciones del 2020 fueron fraudulentas y que Biden ganó ilegítimamente[24], y no les culpo. Los resultados definitivos tardaron semanas en conocerse, y en estados clave se dieron vuelcos estadísticamente extraños (de una probabilidad a priori enormemente baja), por lo que la duda es racional y no fruto de ninguna fiebre conspiratoria. No debe sorprender, por tanto, que las más recientes encuestas muestren que casi el 60% de los norteamericanos (y el 88% de los republicanos[25]) están preocupados por la posibilidad de que también pueda haber fraude electoral en estas elecciones. No obstante, la existencia de un precedente disminuye la probabilidad de que se repita, y el voto por correo, punto flaco de cualquier proceso electoral (al no garantizarse la cadena de custodia) ha vuelto a niveles normales tras doblarse en 2020 por el covid.

Finalmente, la Administración Biden-Harris ha sido muy mediocre en todo salvo en su agresiva promoción de la barbarie woke, y la población le culpa de la empobrecedora inflación post-covid, la mayor en los últimos 40 años, y del increíble aumento de la inmigración ilegal, causada en gran medida por la derogación de varias órdenes ejecutivas de Trump. Se calcula que en los últimos cuatro años han podido entrar ilegalmente en EE.UU. entre 10 y 20 millones de personas[26], más del triple que durante la presidencia de Trump[27].

Termino recordando que estas elecciones son entre Trump y «Deep State» Harris y no entre Trump y la Madre Teresa de Calcuta, como parecen creer algunos que se centran en críticas ad hominem de uno solo de los candidatos. En EE.UU. (al contrario que en España) sí hay diferencias acusadas entre ambas alternativas. Como han entendido muchos, Trump significa menos regulaciones y menos impuestos, una reversión de la perversa ideología woke, un freno al globalismo de Davos, con su estafa del cambio climático y su intento de golpe de Estado de la OMS y, ante todo, una defensa de la libertad de expresión y una contención del poder del Deep State. Harris personifica exactamente lo contrario. Quizá por ello, el respetado historiador británico Niall Ferguson ha escrito que Harris supone una mayor amenaza para la democracia que Trump, en EE.UU. y en el resto del mundo[28].

Por todo ello, a pesar de los obvios defectos de Trump, de sus jactanciosos simplismos en política exterior, de su afán proteccionista y de su imprudente expansionismo fiscal (algo que comparte Harris), reconozco que, si fuera norteamericano, tendría meridianamente claro a quién votar la semana que viene.