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EL MOMENTO LIBERAL: DEL «FIN DE LA HISTORIA» A TRUMP.

 

Charles Krauthammer, un experto estadounidense en relaciones internacionales, escribió un artículo programático titulado «El momento unipolar» en el número de 1990/1991 de la prestigiosa publicación globalista Foreign Affairs, en el que ofrecía una explicación del fin del mundo bipolar. Tras el colapso del bloque del Pacto de Varsovia y la desintegración de la URSS (que aún no se había producido en el momento de la publicación de su artículo) surgiría un orden mundial en el que Estados Unidos y los países del Occidente colectivo (OTAN) serían el único polo que gobernaría el mundo, estableciendo sus reglas, normas, leyes y equiparando sus propios intereses y valores a los del resto del planeta mediante acuerdos vinculantes. Esta hegemonía mundial establecida de facto por Occidente fue denominada por Krauthammer el «momento unipolar».

Poco después, otro experto estadounidense, Francis Fukuyama, publicó un manifiesto similar titulado el «fin de la historia». Pero a diferencia de Fukuyama, que se apresuró a proclamar que la victoria de Occidente sobre el resto de la humanidad ya había tenido lugar y que en adelante todos los países y pueblos aceptarían sin rechistar la ideología liberal y aceptarían el dominio exclusivo de Estados Unidos y Occidente, Krauthammer fue más comedido y cauto y prefirió hablar de «momento», es decir, de una situación de facto con respecto al equilibrio de poder internacional, pero no se precipitó a decir que este orden mundial unipolar sería duradero. Todos los signos de la unipolaridad se encontraban presentes: aceptación incondicional por casi todos los países del capitalismo, la democracia parlamentaria, los valores liberales, la ideología de los derechos humanos, la tecnocracia, la globalización y el liderazgo estadounidense. Pero Krauthammer, observando tal estado de cosas, decidió decir que existía la posibilidad de que no se tratara de una realidad estable, sino sólo de una etapa, una cierta fase, que podría convertirse en un modelo a largo plazo (en cuyo caso Fukuyama tendría razón) o incluso podría llegar a su fin, dando paso a otro orden mundial.

En 2002-2003 Krauthammer retomó su tesis en otra prestigiosa publicación, pero ya no globalista sino realista, National Interest, donde publicó un artículo titulado «Sobre el momento unipolar», argumentando que después de diez años la unipolaridad había sido un momento y no un orden mundial duradero, ya que pronto surgirían modelos alternativos debido a las crecientes tendencias antioccidentales en el mundo que se podían observar en los países islámicos, en China, en una Rusia fortalecida, donde el presidente Putin había llegado al poder. Los acontecimientos posteriores han reforzado aún más la tesis de Krauthammer de que el momento unipolar ha llegado a su fin y que Estados Unidos no ha conseguido que su liderazgo mundial, el cual poseía en la década de 1990, sea duradero y sostenible: el poder de Occidente ha entrado en un periodo de declive y decadencia. Las élites occidentales no supieron aprovechar la oportunidad de dominar el mundo, que estaba prácticamente en sus manos, y ahora es necesario participar en la construcción de un mundo multipolar con estructuras diferentes, sin pretender poseer la hegemonía, en caso de que no se quiera permanecer en absoluto al margen de la historia.

El discurso de Putin en Múnich en 2007, el ascenso al poder en China de un líder fuerte como Xi Jinping y el rápido crecimiento de su economía, los acontecimientos en Georgia en 2008, el Maidan ucraniano, la reunificación de Rusia con Crimea y, finalmente, el inicio del Nuevo Orden Mundial en 2022 y una gran guerra en Oriente Próximo en 2023 no han hecho sino confirmar en la práctica que los prudentes análisis de Krauthammer y Samuel Huntington, siendo este último el que predijo un «choque de civilizaciones», estaban mucho más cerca de la verdad que Fukuyama, que era demasiado optimista (frente al Occidente liberal). Ahora resulta obvio para todos los observadores sensatos que la unipolaridad fue sólo un «momento» y que este momento está siendo sustituido por un nuevo paradigma: la multipolaridad o —más cautelosamente— el «momento multipolar».

El debate sobre si estamos hablando de algo irreversible o, por el contrario, temporal, transitorio e inestable en el caso de tal o cual sistema internacional, político e ideológico tiene una larga historia. A menudo, los defensores de una teoría insisten vehementemente en la irreversibilidad de los regímenes y transformaciones sociales con los que están de acuerdo, mientras que sus oponentes, o simplemente los escépticos y observadores críticos, plantean la idea alternativa de que se trata sólo de una cuestión de momento.

Esto se remonta al marxismo. Mientras que para la teoría liberal el capitalismo y el sistema burgués son el destino de la humanidad que se impondrá y nunca acabará (ya que el mundo sólo puede ser liberal-capitalista y poco a poco todos se convertirán en clase media, es decir, burgueses), los marxistas veían el capitalismo como un momento del desarrollo histórico. Era necesario superar el momento anterior (feudal), pero a su vez el capitalismo debía ser superado por el socialismo y el comunismo y el poder de la burguesía tendría que ser sustituido por el poder de los trabajadores, la destrucción de los capitalistas y de la propiedad privada para que únicamente prevaleciera una humanidad compuesta por proletarios. Para los marxistas, el comunismo no era un momento, sino, de hecho, «el fin de la historia».

Las revoluciones socialistas del siglo XX –en Rusia, China, Vietnam, Corea, Cuba, etc.– contradijeron el marxismo. Pero la revolución mundial no se produjo y empezaron a existir dos sistemas ideológicos en el mundo: el mundo bipolar comenzó a existir desde 1945 (tras la victoria conjunta de comunistas y capitalistas sobre la Alemania nazi) hasta 1991. En esta confrontación ideológica cada bando argumentaba que el bando contrario no era el destino de la humanidad, sino simplemente un momento, no el fin de la historia, sino una fase dialéctica intermedia. Los comunistas insistían en que el capitalismo se derrumbaría y el socialismo reinaría en todas partes y que los propios regímenes comunistas «existirían para siempre». Los ideólogos liberales les respondieron: no, el momento histórico es el comunismo, el comunismo no es más que una desviación frente al camino burgués de desarrollo, un malentendido y el capitalismo existirá para siempre. Esta es, de hecho, la tesis de Fukuyama sobre el «fin de la historia». En 1991 parecía que tenía razón. El sistema socialista se derrumbó y las ruinas de la URSS y China se precipitaron a abrazar el libre mercado, es decir, se pasaron al capitalismo, confirmando las predicciones de los liberales.

Por supuesto, algunos marxistas marginales creen que aún no es de noche, que el sistema capitalista fracasará y entonces llegará la hora de la revolución proletaria. Pero esto no es seguro. Al fin y al cabo, cada vez hay menos proletarios en el mundo y, en general, la humanidad va en una dirección completamente distinta.

Las opiniones de los liberales, que, siguiendo a Fukuyama, consideraban que el comunismo no era más que un momento y que proclamaron que el «capitalismo sería el fin de la historia» al parecer tenían razón. Los parámetros de la nueva sociedad, en la que el capital alcanza la dominación total y real, fueron interpretados de diversas maneras por los posmodernistas, que propusieron métodos extravagantes para luchar contra el capitalismo desde dentro. Entre ellos, el suicidio proletario, la transformación consciente del individuo en un inválido o en un virus informático, la reasignación de género e incluso el especismo. Todo esto se ha convertido en el programa de la izquierda liberal estadounidense y cuenta con el apoyo activo de la cúpula dirigente del partido demócrata: el wokismo, la cultura de la cancelación, la defensa de la ecología, los transgéneros, el transhumanismo, etc. Pero tanto los partidarios como los detractores del capitalismo victorioso están de acuerdo en que no se trata sólo de una fase del desarrollo que será sustituida por otra cosa, sino que es el destino y la etapa final de la formación de la humanidad. Sólo la transición a un estado posthumano —lo que los futurólogos llaman «singularidad»— puede ir más allá. La propia mortalidad del hombre queda aquí superada en favor de la inmortalidad mecánica de la máquina. En otras palabras, bienvenidos a la Matrix.

Sin embargo, la posibilidad misma de aplicar el término «momento» en la época de la «victoria global del capitalismo» abre una perspectiva muy especial, aún poco pensada y desarrollada, pero cada vez más clara. ¿No deberíamos asumir que el colapso franco y evidente del liderazgo occidental y la incapacidad de Occidente para ser una instancia universal de poder legítimo de pleno derecho tienen una dimensión ideológica? ¿No significa el fin de la unipolaridad y de la hegemonía occidental el fin del liberalismo?

Esta consideración se ve confirmada por un acontecimiento político crucial: el primer y segundo mandato de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. La elección de Trump como presidente por parte de la sociedad estadounidense implica una crítica abierta al globalismo y al liberalismo como expresión del Occidente unipolar y revela que ha madurado una masa crítica de insatisfacción tanto ideológica como geopolítica frente al dominio de las élites liberales. Además, el hecho de que Trump eligiera como vicepresidente de EE.UU. a J.D. Vance deja claro que este ha abrazado la «derecha posliberal». El liberalismo fue considerado como un término negativo a lo largo de la campaña electoral de Trump, aunque se utilizó para referirse al «liberalismo de izquierdas» como ideología del Partido Demócrata estadounidense. Sin embargo, en los círculos del «trumpismo de base» el liberalismo se ha ido convirtiendo en un término negativo y ha pasado a verse como algo inseparable de la degeneración, la decadencia y la perversión de las élites gobernantes. En la ciudadela del liberalismo —Estados Unidos— ha triunfado por segunda vez en la historia reciente un político extremadamente crítico con el liberalismo, y sus partidarios no tienen reparos en demonizar directamente esta corriente ideológica.

Así, podemos hablar del fin del «momento liberal», del hecho de que el liberalismo, que parecía haber vencido históricamente y derrotado de una vez por todas a la ideología, resultó ser sólo una de las etapas de la historia mundial y no su fin. Y más allá del liberalismo —después del final del liberalismo y al otro lado del liberalismo— surgirá gradualmente una ideología alternativa, un orden mundial diferente, un sistema de valores diferente. El liberalismo resultó no ser un destino, no el fin de la historia, no algo irreversible y universal, sino sólo un episodio, sólo una época histórica con un principio y un fin, con límites geográficos e históricos claros. El liberalismo se inscribe en el contexto de la modernidad occidental. Ganó batallas ideológicas con otras variedades de esta modernidad (el nacionalismo y el comunismo), pero al final se derrumbó, llegó a su fin. Y con él llegó el fin del momento unipolar de Krauthammer y el ciclo aún más extenso del dominio colonial exclusivo de Occidente a escala planetaria que comenzó con la época de los grandes descubrimientos geográficos.

¿UN NUEVO CAOS MUNDIAL?

 
¿Un nuevo caos mundial? | Alexander Dugin

El conflicto entre dos órdenes mundiales distintos
Parece que el SVO (Operación militar especial por sus siglas en ruso) se refiere a un conflicto de dos órdenes mundiales: uno unipolar, representado por el Occidente colectivo + Ucrania, y otro multipolar, defendido por Rusia y los que de alguna manera están de su lado (principalmente China, Irán, Corea del Norte, algunos Estados islámicos, en parte India, Turquía de alguna manera, pero también países iberoamericanos, y de África). Este es precisamente el caso. Pero veamos el problema desde una perspectiva que nos interese y averigüemos qué papel desempeña aquí el caos.

Subrayemos de inmediato que el término orden mundial, apela claramente a la estructura explícita, es decir, es la antítesis del caos. Así pues, nos enfrentamos a dos modelos de cosmos: unipolar y multipolar. Si es así, se trata de una colisión entre mundos, entre órdenes, estructuras, y el caos no tiene nada que ver.

Occidente ofrece su propia versión: el centro frente a la periferia, donde el centro es Occidente mismo y su sistema de valores, y por otro lado la periferia... Rusia, y (más a menudo de forma pasiva) los países que la apoyan defienden un cosmos alternativo: tantas civilizaciones, tantos mundos. Una jerarquía contra varias, organizadas sobre principios autónomos. La mayoría de las veces sobre una base histórico-religiosa. Así es exactamente como Huntington imaginó el futuro.

El choque de civilizaciones es una competición de mundos, de órdenes. Existe una occidental-céntrica y otra pluralista.

En este contexto, el SVO (Operación Especial Militar) aparece como algo bastante lógico y racional. El mundo unipolar, casi establecido tras el colapso del modelo bipolar desde 1991, no quiere renunciar a su posición de liderazgo. Los nuevos centros de poder luchan por liberarse del poder de un «hegemón» en decadencia. Incluso Rusia puede tener prisa por desafiarlo directamente. Pero nunca sabrá lo débil (o fuerte) que es realmente hasta que lo intente. En cualquier caso, está bastante claro: hay dos modelos de mundo enfrentados, uno con un centro claro y otro con varios.

En cualquier caso, aquí no hay caos. Y si nos encontramos con algo así, es sólo como una situación de transición de fase. Eso explicaría en parte la situación en Ucrania, donde el caos se hace sentir plenamente. Pero el problema tiene también otras dimensiones.

El caos hobbesiano: el Estado Natural y/o el Leviatán
Echemos un vistazo más de cerca a lo que constituye un orden mundial unipolar centrado en Occidente. No se trata sólo de la dominación militar y política de EE.UU. y de sus Estados vasallos, sobre todo de los países de la OTAN. Es también la puesta en práctica de un proyecto ideológico. Este proyecto ideológico corresponde al de una democracia progresista. El significado de la democracia progresista es que debería haber cada vez más democracia, y el modelo vertical de sociedad debería ser sustituido por uno horizontal —en el caso extremo, uno de red, uno rizomático.

Thomas Hobbes, el fundador de la ciencia política occidental, imaginó la historia de la sociedad de la siguiente manera. En la primera fase, la gente vive en un estado natural. Aquí, «el hombre es un lobo para el hombre» (homo homini lupus est). Es un caos social inicial agresivo basado en el egoísmo, la crueldad y el poder. De ahí el principio de la guerra de todos contra todos. Esta es, según Hobbes, la naturaleza del hombre, ya que el hombre es intrínsecamente malo. Malvado, pero también inteligente.

La inteligencia en el hombre le dijo que, si continuaba en su estado natural, la gente tarde o temprano se mataría. Entonces se decidió crear un terrible ídolo artificial, el Leviatán, que impondría las normas y las leyes y se aseguraría de que todo el mundo las siguiera. Así la humanidad ha resuelto un problema de coexistencia de lobos. Leviatán es un superlobo, sin duda más fuerte y cruel, que cualquier hombre. El Leviatán es un Estado.

La tradición del realismo político —en primer lugar, en las relaciones internacionales— se detiene ahí. Sólo existe el estado natural y el Leviatán. Si no quiere una, tendrá la otra.

El caos en las relaciones internacionales en la tradición del realismo
Este modelo es bastante materialista. El estado natural corresponde al caos agresivo, la enemistad (νεῖκος) que representa la alternativa de Empédocles al amor/amistad. La introducción del Leviatán equilibra la enemistad imponiendo reglas y normas a todos los «lobos», que no se atreven a violar so pena de castigo. De ahí la fórmula que planteó Max Weber mucho más tarde: «el Estado es el único sujeto que debe asumir la violencia». Leviatán (el Estado) es a sabiendas más fuerte y más terrible que cualquier depredador y por ello es capaz de detener una serie de agresiones irreversibles. Pero Leviatán no es amor, ni Eros, ni psique. Es sólo una nueva expresión de enemistad, una enemistad total elevada de grado.

De ahí el derecho de cualquier Estado soberano (y el Leviatán es soberano y ésta es su principal característica) a iniciar una guerra con otro Estado. Una vez pacificada la enemistad interior, el Leviatán es libre de desatar una guerra exterior.

Es este derecho a ir a la guerra el que se convierte en la base del caos en las relaciones internacionales, según la escuela del realismo. Las relaciones internacionales son un caos precisamente porque no puede existir una autoridad suprema entre varios Leviatanes. Están a nivel macro repitiendo el estado natural: el estado es egoísta y malvado porque egoísta y malvado es el hombre que lo fundó. El caos interior se congela para revelarse en una guerra entre Estados.

A día de hoy, el realismo político tampoco ha sido totalmente superado en las democracias y se considera un punto de vista legítimo en las relaciones internacionales.

La orden de Locke
Pero eso no es todo. A Hobbes le siguió otro importante pensador, John Locke, que creó una escuela diferente de pensamiento político: el liberalismo. Locke creía que el hombre en sí no era malo, sino éticamente neutro. Es tabula rasa, una pizarra en blanco. Si el Leviatán es malvado, sus ciudadanos también lo serán. Pero si Leviatán cambia su temperamento y sus orientaciones, es capaz de transformar la naturaleza de las personas. Las personas en sí mismas no son nada —se pueden hacer lobos u ovejas de ellas. Se trata de la élite gobernante.

Si Hobbes piensa en el Estado antes del Estado y predetermina su carácter monstruoso (de ahí el caos hobbesiano), Locke examina el Estado ya existente y lo que podría seguir, si el propio Estado deja de ser un monstruo maligno y se convierte en una fuente de moralidad y educación, y luego desaparece del todo, habiendo pasado la iniciativa a los ciudadanos reeducados. Hobbes piensa en términos de pasado/presente. Locke piensa en términos de presente/futuro. En el presente, el Estado es malvado, egoísta y cruel (de ahí las guerras y el caos en las relaciones internacionales). Sin embargo, en el futuro está destinada a convertirso en bueno, por lo que sus ciudadanos dejarán de ser lobos y cesarán las guerras, ya que prevalecerá la comprensión mutua en las relaciones internacionales. En otras palabras, Hobbes propone una dialéctica del caos y su relativa eliminación en el Leviatán (con una nueva invasión de las relaciones interestatales), mientras que Locke propone arreglar la naturaleza violenta del Estado rehaciendo (reeducando, ilustrando) a sus ciudadanos y aboliendo la guerra entre naciones. Pero la enemistad inherente a Hobbes, Locke propone sustituirla no por el amor y el orden, sino por el comercio, el intercambio, la especulación. El comerciante (y no el profeta, el sacerdote o el poeta) sustituye al guerrero. Al mismo tiempo, el comercio se denomina douce commerce, «comercio suave». Es suave en comparación con la brutal incautación del botín por parte del guerrero tras la captura de la ciudad. Pero lo brutal que es se evidencia en El mercader de Venecia de Shakespeare.

Es importante destacar que Locke piensa en el orden comercial puro post-estatal como algo que sigue a la era de los estados. Esto significa que la mente colectiva hipostasiada en el Leviatán no está en absoluto abolida, sino sólo rebajada a un nivel inferior. Un ciudadano reeducado e ilustrado (antiguo lobo) es ahora él mismo un Leviatán. Pero sólo uno nuevo. Al reeducar a sus súbditos, el monarca ilustrado (sinónimo de Estado ilustrado) se reeduca a sí mismo.

El Gobierno Mundial como proyecto de la Ilustración
A partir de aquí comienza la teoría de la democracia política. El Estado educa a sus ciudadanos, desarraiga la agresividad y el egoísmo y se convierte él mismo en altruista y pacifista. De ahí la principal ley de las relaciones internacionales: las democracias no luchan entre sí.

Y aún más. Si los Estados dejan de ser egoístas (soberanos), son capaces de establecer democráticamente una autoridad supranacional o Gobierno Mundial. Se encargará de que todas las sociedades sean buenas y sólo comercien entre ellas y nunca entren en guerra. Poco a poco se irán aboliendo los Estados y surgirá una sociedad civil global.

Economía: el caos de Locke
Parecería que en Locke y en la tradición posterior del liberalismo que continúa sus ideas, se ha eliminado el caos. Pero no es así. No hay caos militar, pero sí económico. Por lo tanto, no hay agresión, pero permanece el caos. Sí, y la agresión y la hostilidad permanecen, pero adquieren un carácter diferente, a saber, el que impuso a la sociedad el Estado comercial (capitalista). Concretamente, el estado europeo occidental de la Nueva Era.

Que el mercado debe ser libre y la economía desregulada es la tesis central del liberalismo, es decir, de la democracia moderna. Así se reintroduce el caos, pero sólo tomado en un corte transversal diferente: con la agresión cortada y el egoísmo sin más. El Leviatán se identifica con la razón (se estableció sobre su base), y se piensa en la razón como algo universal. De ahí Kant, su razonamiento trascendental y sus llamamientos a la paz universal. Este razonamiento no es abolido (junto con la superación del Leviatán), sino transformado, suavizado, colectivizado (el Leviatán es colectivo), y luego atomizado en muchas unidades, escritas sobre pizarras en blanco de individuos atómicos. El hombre post-estado difiere del hombre pre-estado en que la mente es a partir de ahora su dominio individual. Así entendía Hegel la sociedad civil. En él, la racionalidad común de la antigua monarquía se transmite a la multitud de ciudadanos: los burgueses, la gente del pueblo.

Por lo tanto, en la teoría liberal, puesto que el Leviatán es la racionalidad, la distribución de la racionalidad a todos los individuos elimina la necesidad de la misma. La sociedad será pacífica tal y como es (lo que ya preveía el Leviatán), y realizará sus tendencias lobunas de forma eliminada: mediante la competencia comercial. El teórico liberal racista darwinista social Spencer dice lo mismo de forma descarnada.

El comercio suave, el douce commerce, es el caos suave, el caos en el contexto de la democracia liberal.

Nueva democracia y gobernanza: el suave caos de la disipación
En Occidente existe un equilibrio entre Hobbes y Locke, una comprensión pesimista y retrospectiva del Estado (y de la propia naturaleza humana) y otra optimista y progresista. El primero se denomina realismo, el segundo liberalismo. Ambas teorías modernas, occidentalocéntricas y modernistas coinciden en lo general, pero difieren en lo particular. En primer lugar, en la interpretación del caos. Para los realistas, el caos es intrínsecamente malvado y agresivo. Y fue para combatirlo que se creó el Estado: el Leviatán. Pero el caos no desapareció, y del caos interno se pasó al externo. De ahí la interpretación de la naturaleza de la guerra en el realismo.

El liberalismo comparte la interpretación de la génesis del Estado, pero cree que el mal en el hombre puede ser superado. Con la ayuda del Estado, que transforma (ilumina) y luego ilumina también a sus ciudadanos, hasta el punto de penetrar en su código, en su naturaleza. En esto, el Estado, sobre todo el Estado ilustrado, actúa como programador para instalar un nuevo sistema operativo en la sociedad.

Con el éxito del liberalismo, empezó a tomar forma la teoría de una nueva democracia o globalismo. Su esencia es que los Estados-nación son abolidos y las guerras desaparecen con ellos, mientras que la naturaleza agresiva y egoísta del hombre se cambia mediante la ingeniería social, que transforma al hombre, y convierte al lobo en oveja. El Leviatán ya no existe y el antiguo caos —militar-agresivo y lobuno— queda abolido. Comienza el caos del comercio mundial, la mezcla de culturas y pueblos, los flujos migratorios incontrolados, el multiculturalismo, la fusión de todos y de todo en un sólo mundo.

Pero esto crea un nuevo caos. No agresivo, sino suave, «gentil». Al mismo tiempo, el control no se suprime, sino que desciende a un nivel inferior. Mientras que el gobierno, incluso en la antigua democracia, era una estructura elegida pero jerárquica y vertical, ahora es la gobernanza, o el «gobernar», donde el poder se adentra en el sujeto gobernado, fundiéndose con él hasta hacerlo indistinguible. No censura, sino autocensura. No control desde arriba, sino autocontrol. Así, el Leviatán vertical se plasma en el horizonte de los individuos atómicos dispersos y entra en cada uno de ellos. Es un híbrido de caos (estado natural) y Leviatán (racionalidad universal). De hecho, así es como Kant pensaba en la sociedad civil. Lo universal se derrama en los átomos, y ahora ya no es una instancia externa, sino el propio razonamiento individual del ciudadano ilustrado el que frena su propia agresividad y modera su propio egoísmo. Así es como la violencia se instala en el interior del individuo. El caos no divide al poder y a las masas, ni a los Estados entre sí, sino al hombre mismo. Es la Sociedad del Riesgo (Risikogeselshcaft) de Ulrich Beck: el peligro emana ahora del yo y de sus propias escisiones esquizofrénicas, que se convierten en la norma. Así llegamos al esquizoindividuo, portador del caos particular de la nueva democracia liberal progresista. En lugar de dañar a los demás, el «caotista» liberal se daña a sí mismo, se golpea, se divide y se divide. La cirugía de reasignación de sexo y la promoción de las minorías sexuales en general no podían llegar en mejor momento. La opcionalidad del género, la libertad de elección, enfrenta dos identidades autónomas en un mismo individuo. La política de género permite que el «caos» surta pleno efecto.

Pero es un caos especial, desprovisto de formalización en forma de agresión y guerra.

«Caótica» como norma humana de la nueva democracia
Es precisamente este orden de la nueva democracia el que Occidente pretende imponer a la humanidad. El globalismo insiste en el caos comercial (libre mercado) combinado con la ideología LGBT+, que normaliza la escisión dentro del individuo, postula el «caotismo» como modelo antropológico. Esto supone que la racionalidad y la prohibición de la agresión ya están incluidas en el «caotismo», a través de la demonización masiva del nacionalismo y el comunismo (sobre todo en la versión soviética, estalinista).

Resulta que el mundo unipolar y el orden mundial correspondiente es un orden de caos progresivo. No es un caos puro, pero tampoco un orden en el pleno sentido de la palabra. Es una «gobernanza» que tiende a desplegarse horizontalmente. Así que la tesis de un Gobierno Mundial resulta ser demasiado jerárquica, leviatánica. Gilles Deleuze señaló acertadamente que durante la época del capitalismo clásico la imagen del topo es óptima: el capital trabaja de forma invisible para socavar las estructuras tradicionales premodernas y construir su propia jerarquía. La imagen de la serpiente se adapta mejor a la nueva democracia. Su flexibilidad y sus contorsiones apuntan al poder oculto que ha penetrado en la masa atomizada de los liberales del mundo. Cada uno de ellos por separado es portador de espontaneidad e imprevisibilidad caótica (bifurcación). Pero al mismo tiempo, se construye en ellos un programa rígido que predetermina toda la estructura del deseo, el comportamiento y la fijación de objetivos, como una fábrica con máquinas de deseo en funcionamiento. Cuanto más libre sea el átomo en relación con la constelación, más previsible será su trayectoria. Esto es lo que Putin quiso decir al citar «LOS DEMONIOS» de Dostoievski en su pasaje sobre Shigaliov: «Empiezo con la libertad absoluta y termino con la esclavitud absoluta». El Leviatán como ídolo global, un demonio omnipotente creado por el hombre, ya no es necesario, puesto que los individuos liberales se convierten en pequeños «Leviatanes» —«caóticos» ejemplares, liberados de religión, clases, nación, género. Y la hegemonía de ese Occidente progresista-democrático no sólo representa el orden en el sentido antiguo o incluso el orden democrático, sino precisamente la hegemonía del caos «pacífico».

Los pacifistas van al frente
¿Hasta qué punto es pacífico este caos lockeano? Hasta el punto de no encontrar ninguna alternativa, es decir, ningún orden. Puede tratarse de órdenes occidentales, incluso de la vieja democracia hobbesiana (que podría denominarse colectivamente trumpismo o viejo liberalismo), y aún más de otros tipos de órdenes, generalmente no democráticos, que Occidente denomina colectivamente «autoritarismo», es decir, los regímenes de Rusia, China, muchos países árabes, etc. En todas partes vemos otras articulaciones del orden que se oponen abierta y explícitamente al caos.

Y aquí hay un punto interesante: cuando se enfrenta a la oposición, el pacifista liberal neodemócrata occidental enloquece y se vuelve extremadamente militante. Sí, las democracias no luchan entre sí, pero con los regímenes no democráticos, por el contrario, la guerra debe ser despiadada. Sólo un «caótico» sin género ni otra identidad colectiva es un ser humano, al menos un ser humano en el sentido progresista. Todos los demás son las masas atrasadas y no ilustradas sobre las que se basa el orden vertical, ya sea el Leviatán cínico o versiones aún más autónomas y autárquicas del orden. Y hay que destruirlos.

Después del pedido
Así, el mundo unipolar entra en una batalla decisiva con el mundo multipolar, precisamente porque la unipolaridad es la culminación de una voluntad de acabar con el orden en absoluto, sustituyéndolo por un post-orden, un Nuevo Caos Mundial. La interiorización de la agresión y la esquizocivilización del «caos» sólo son posibles cuando no existen fronteras en el mundo: ni naciones, ni Estados, ni «Leviatán», es decir, ningún orden como tal. Y hasta que no lo haya, el pacifismo seguirá siendo totalmente militante. Los transexuales y los pervertidos reciben uniformes y son enviados a la batalla escatológica contra los adversarios del caos.

Los cerdos de Gadara
Todo ello arroja una nueva luz conceptual sobre la SVO (Operación militar especial, por sus siglas en ruso), la guerra de civilización de Rusia contra Occidente, contra la unipolaridad y a favor de la multipolaridad. La agresión aquí es multidimensional y tiene diferentes niveles. Por un lado, Rusia está demostrando su soberanía, lo que significa que está aceptando el imperio del caos en las relaciones internacionales. Se mire como se mire, se trata de una guerra real, aunque no sea reconocida por Moscú. Moscú vacila por una razón: no se trata de un conflicto militar clásico entre dos Estados nación, es algo más: es una batalla del orden multipolar contra el caos unipolar, y el territorio de Ucrania es precisamente la frontera conceptual en este caso. Ucrania no es el orden, ni el caos, ni un Estado, ni un territorio, ni una nación, ni un pueblo. Es una niebla conceptual, un caldo filosófico en el que se desarrollan los procesos fundamentales de la transición de fase. Cualquier cosa puede nacer de esta niebla, pero hasta ahora se trata de una superposición de diferentes caos, lo que hace que este conflicto sea único.

Si se considera a Rusia y a Putin como realistas, la SVO es una continuación de la batalla para consolidar la soberanía. Pero implica una tesis realista del caos de las relaciones internacionales y, por tanto, la legitimación de la guerra. Para un Estado verdaderamente soberano, nadie puede prohibir hacer o no hacer algo, ya que esto contradiría la noción misma de soberanía.

Pero Rusia lucha claramente no sólo por un orden nacional contra el caos dirigido de los globalistas, sino también por la multipolaridad, es decir, el derecho de las distintas civilizaciones a construir sus propios órdenes, es decir, a superar el caos con sus propios métodos. Así pues, Rusia está en guerra con el Nuevo Caos Mundial sólo por el principio del orden, no sólo por el suyo propio, el ruso, sino por el orden como tal. En otras palabras, Rusia pretende defender el propio orden mundial que se opone a la hegemonía occidental, que es la hegemonía del caos interiorizado, es decir, el globalismo.

Y hay otro punto importante. La propia Ucrania es una entidad puramente caótica. Y no sólo ahora, en su historia, Ucrania fue un territorio de anarquía, una zona donde prevalecía el «estado natural». Ucrania es una zona natural de libre albedrío anárquico, un Campo de Cócteles total, donde los autonomistas regordetes atomizados buscan el beneficio o la aventura, sin estar limitados por ningún marco. Ucrania también es un caos, espantoso, inhumano y sin sentido. Es ingobernable y difícil de manejar. Un caos de cerdos desbocados y sus novias.

Se trata de los cerdos de Gadara, en los que entraron los demonios expulsados por Cristo y que se precipitaron al abismo. El destino de Ucrania —como idea y como proyecto— se reduce a ese mismo símbolo.

Uno de los más preciosos milagros del Señor tuvo lugar en Gadara. Hay algunas cosas curiosas y de aplicación que podemos apreciar en este relato del Evangelio según Mateo.

SVO, la guerra del caos polisemántico
Por lo tanto, no es sorprendente que diferentes tipos de caos chocaran concretamente en Ucrania. Por un lado, el caos global controlado de la nueva democracia occidental ha apoyado y orientado a los «caoticistas» ucranianos en su enfrentamiento con el orden ruso. Sí, esa orden sigue siendo sólo una promesa, sólo una esperanza. Pero Rusia, de vez en cuando, se comporta precisamente como su portador. Hablamos de imperio, de multipolaridad y de confrontación frontal con Occidente. La mayoría de las veces, sin embargo, este vector se expresa en forma de soberanía (realismo), que ha hecho posible el Nuevo Orden Mundial ruso. No debemos perder de vista la profunda penetración de Occidente en el seno de la sociedad rusa —el caos en la propia Rusia tiene su propio y serio apoyo, que socava el vector de identidad de Rusia y la afirmación de su orden. La quinta y sexta columnas en Rusia son partidarias del caos occidental. Ambos están agudizando y corroyendo la voluntad del Estado y del pueblo para vencer en el NWO.

Por lo tanto, Rusia en la SVO, estando prioritariamente del lado del orden, actúa a veces según las reglas del caos, impuestas tanto por Occidente (Nuevo Caos Mundial) como por la propia naturaleza del enemigo.

Caos ruso. El caos ruso. Debe ganar, creando un orden ruso
Y lo último. La sociedad rusa lleva en sí misma un comienzo caótico. Pero se trata de otro caos: el caos ruso. Y este caos tiene sus propias características, sus propias estructuras. Es opuesto al Nuevo Caos Mundial de los liberales, porque no es individualista ni material. También es diferente del pesado, carnoso y sádico caos corporal de los ucranianos, que naturalmente engendra violencia, terrorismo, pisoteando todas las normas de la humanidad. El caos ruso es especial, tiene su propio código. Y este código no coincide con el Estado, se estructura de forma totalmente independiente de él. Este caos ruso es el más cercano al griego original, que es un vacío entre el Cielo y la Tierra, que aún no está lleno. No es tanto una mezcla de las semillas de las cosas que guerrean entre sí (como en Ovidio) como un anticipo de algo grande: el nacimiento del Amor, una aparición del Alma. Los rusos son un pueblo precoz para algo que aún no se ha dado a conocer plenamente. Y es precisamente este tipo de caos especial, preñado de nuevos pensamientos y nuevas acciones, lo que el pueblo ruso lleva dentro.

Para este caos ruso, el marco de la estatalidad rusa moderna es estrecho e incluso ridículo. Lleva las semillas de alguna gran realidad imposible inconcebible. Una estrella rusa del baile.

Y el hecho de que el Nuevo Orden Mundial ruso incluya no sólo al Estado, sino al propio pueblo ruso, lo hace todo aún más complejo y complicado. Occidente es un caos. Ucrania es un caos. El pueblo ruso es un caos. Occidente tiene orden en el pasado, nosotros tenemos orden en el futuro. Y estos elementos de orden —fragmentos del orden del pasado, elementos de futuro, esbozos de alternativas, aristas conflictivas de proyectos— se mezclan con la batalla del caos.

No es de extrañar que la SVO parezca tan caótica. Se trata de una guerra del caos, con el caos, por el caos y contra el caos.

El caos ruso. Es él quien debe ganar, creando un Orden ruso.

Traducción de Enric Ravelló Barber

LA GUERRA DEL CIELO CONTRA EL INFIERNO

 ¡Viva el Señor!

Queridos sacerdotes, hermanos y hermanas aquí presentes,

En estos momentos estamos librando una guerra que no sólo se libra en el plano militar, es decir, humano, sino, principalmente, en el plano espiritual. Es muy importante que comprendamos esto último, ya que existe un plano horizontal de la guerra donde nuestros soldados luchan contra la OTAN (no contra Ucrania, algo que es muy importante tener en cuenta) y un plano vertical donde chocan el Cielo y el Infierno. Ahora mismo dos ejércitos angélicos luchan entre sí: las legiones de San Miguel Arcángel enfrentan a los seguidores del demonio. Esta dimensión vertical de la guerra puede ser considerada como el reino de las ideas y la ideología, siendo este ámbito del espíritu el principal escenario de nuestra lucha. De hecho, en su discurso del 30 de septiembre de este año, el presidente Putin habló abiertamente de la naturaleza satánica de la actual civilización occidental, lo cual no podemos entender como una simple metáfora.

El arcángel Miguel es, ante todo, el enemigo de Satanás. También es el ángel de la muerte ya que se dice que le ofrece a las almas la oportunidad de redimirse antes de morir. Su tercera labor es la de pesar las almas en una balanza perfecta en el día del Juicio Final. Es también el guardián de la Iglesia universal.

Además, el Santo Patriarca de todas las Rusias ha señalado indirectamente en su maravilloso discurso de hoy quién es el que inspira, ayuda y alienta a nuestros enemigos: tal figura es muy conocida. Nosotros los mortales desconocemos cuando llegará el momento exacto del Fin de los Tiempos, ni siquiera el Hijo del Hombre sabe cuando será. No obstante, podemos reconocer las señales que preparan la llegada de este Fin de los Tiempos. Es aquí donde resulta importante que opongamos a nuestros enemigos una idea propia. Occidente es una ideología que promueve el liberalismo, el globalismo, el laicismo y el posthumanismo. Esta ideología opera principalmente en el reino de las ideas y no en el de la materia, los cuerpos o la tecnología. Además, esta ideología se basa en la mentira, promoviendo la inversión total de las mentalidades, las ideas y los fundamentos religiosos.

Ahora bien, hoy se enfrentan dos ideas, dos ejércitos de ángeles y demonios (los ángeles son antes que nada espíritus e ideas). El campo de batalla de esta guerra es Ucrania, donde por un lado tenemos a la Santa Rusia –como la llama nuestro Santo Patriarca– y, por el otro, a las fuerzas del Maligno. Es por esa razón que hablamos del Armagedón, el Fin de los Tiempos y el Apocalipsis. Estos acontecimientos precisamente están ocurriendo frente a nuestros ojos y ahora participamos de la última (o quizás la penúltima, nadie lo sabe) gran batalla del mundo. Jamás podremos obtener la victoria si primero no ganamos a nivel espiritual, ideológico e intelectual.

Quisiera, por tanto, hablar sobre todo del laicismo tal y como fue definido por nuestro Santo Patriarca: el Maligno vino a nosotros –muchísimo antes de que la civilización antihumana y abiertamente satánica de Occidente hablará de los derechos LGTBI y el transhumanismo– presentándose como alguien neutral. Lo primero que nos dijo fue «dejemos de lado al Cielo y a Dios y solo pensemos en los hombres y la realidad material». En ese entonces muchos creyeron en esas promesas.

Esta ideología se construyó sobre las tesis de Averroes de que existían dos verdades: por un lado, estaba la verdad teológica y, por el otro, la verdad mundana que solo afectaba a la sociedad, al hombre y a la tierra. Fue de ese modo que surgió el laicismo y el humanismo: «la eternidad se encuentra muy lejos de nosotros y solo importa vivir el tiempo presente». Poco a poco fuimos concentrándonos en la realidad material y las preocupaciones humanas, intentando resolver nuestros problemas recurriendo al liberalismo, el comunismo y el nacionalismo. Sin embargo, nos fuimos alejando cada vez más y más de Dios hasta que nos hundimos por completo en la nada, adentrándonos poco a poco en los abismos del Infierno. Si ya no estamos con Dios entonces no podemos sino estar con el diablo. El Evangelio dice que los hombres debemos decidir entre el «sí» rotundo y el «no» rotundo. La iglesia de calcedonia fue reprendida por el Señor precisamente por ser tibia y no fría o caliente. Fue de esta forma que nuestro mundo fue engullido por los males del humanismo, la secularización, la globalización, el progreso económico, el confort y el capitalismo después de que los seres humanos dijeran no a Dios y sí a los bienes materiales. Pero resultó que una vez dejamos a Dios de lado terminamos por caer en el Infierno.

No podemos seguir viviendo en este plano horizontal de la existencia. Por otro lado, es imposible ganar esta guerra sin la ayuda divina. Debemos afirmar la dimensión vertical del espíritu, el mundo celestial, la realidad y el ser angélico y cristiano dentro de nosotros si es que queremos ganar la guerra. No solo debemos oponer la naturaleza a lo patológico, sino, antes que nada, la Verdad y las enseñanzas cristianas y de otras confesiones tradicionales al mundo moderno. Solo defendiendo esta realidad vertical y divina podremos pelear. Es muy importante que tengamos esto último en cuenta. Además, tanto la ciencia como la política, las leyes y las ideologías deben basarse en este plano vertical de la existencia: una ciencia que no parta de Cristo, la Verdad y la moral es simplemente diabólica. Es imposible ser neutral en esta lucha entre el Cielo y el Infierno. Nosotros somos la Santa Rusia y nuestro Santo Patriarca ha hablado mucho de esto en su bellísimo discurso. Oramos y rezamos por eso. Somos la Santa Rusia, ¿pero realmente somos tan santos? Es necesario primero vernos a nosotros mismos y darnos cuenta si estamos realmente siguiendo el camino de la Santa Rusia, pues si no seguimos el camino de la santidad jamás podremos prevalecer.

Fuente: Geopolitica.ru

LA CONTROVERSIA DE LA OPOSICIÓN EUROASIÁTICA EN RUSIA HOY.

 

En los últimos tiempos, el delicado equilibrio perceptible en el campo de la oposición política e ideológica en Rusia ha comenzado a verse perturbado por una creciente polémica entre «etnocentristas» y «eurasiáticos», «rojos» y «blancos», etc.

Por un lado, esta polémica ha aclarado los principios doctrinales de estas diversas tendencias, movimientos y partidos que antes eran demasiado vagos y formulados inconscientemente. Es un aspecto positivo. Por otro lado, este proceso es el signo de la entrada de la oposición en un esquema elaborado por el sistema, es decir su «convencionalización», su domesticación y su «castración» en «juegos» de parlamentarios y partidarios estériles. Cabe señalar que este proceso de eliminación de la oposición no a través de la represión, sino a través de la domesticación, la corrupción progresiva y la «esterilización» ha sido brillantemente trabajado en el occidente globalista. En palabras de Jean Thiriart: «Hay dos formas de destruir una ideología revolucionaria (especialmente el comunismo): la burocracia y el parlamentarismo».

Es bastante significativo que en las sociedades globalistas desarrolladas no haya una oposición que realmente cuestione los principios mismos del sistema. La derecha y la izquierda son solo partes de un juego engañoso y deliberadamente fabricado. Por otro lado, nuestra oposición a nosotros en Rusia, que tomó forma después de agosto de 1991, es una oposición real que encarna el profundo rechazo de ciertos segmentos de la sociedad, no sólo a las acciones específicas del grupo en el poder, sino también a los principios mismos de la cosmovisión que triunfó en el país tras la derrota del golpe de Estado.

El surgimiento de tan amplias polémicas dentro de la oposición podría conducir a su fragmentación y posterior integración en nichos políticos especialmente preparados por el propio régimen. Por ello, es muy importante esclarecer aquí y ahora las diferencias de perspectiva que están surgiendo en el seno de la oposición y formular hipótesis sobre la lógica de su desarrollo potencial.

El inicio de la polémica: eurasianistas y etnocentristas
La principal línea de división que está surgiendo en la oposición opone a los «eurasianistas», los «estatistas» y los «nacional-comunistas» por un lado, y los «nacionalistas», los «paneslavistas» y los «monárquicos» por otro. El criterio principal y el motivo central de este debate es la cuestión de nuestro enfoque del estado y de la etnia. Es precisamente esta concepción la que divide a la oposición hoy, y no la cuestión de la actitud hacia el comunismo, la religión, el marxismo, etc.

En ambos lados hay una extrema derecha (compuesta por antimarxistas, ortodoxos, fascistas, etc.) y una extrema izquierda (compuesta por ex miembros del aparato del partido, comunistas, socialistas, etc.). Los euroasiáticos y los «estatistas» afirman la superioridad del estado sobre la etnicidad. Su nacionalismo es abiertamente imperial, supra étnico y geopolítico y, a menudo, se combina con el mesianismo tradicionalmente ruso, ortodoxo y estatal, específico del pueblo portador de Dios (theophorus). Para este sector, el desmembramiento de la Unión Soviética es un mal absoluto, y los autores de esta aberración deben ser claramente identificados como criminales nacionales con los que no es posible el diálogo, la conciliación o el compromiso constructivo. Se trata de una «oposición radical e irreconciliable», dotada de una fuerte determinación política para luchar contra el Sistema hasta el final. En esta lucha, los euroasiáticos están dispuestos a unir fuerzas con todas las fuerzas religiosas, nacionales y geopolíticas, tanto en Oriente como en Occidente, que puedan ayudar en la lucha contra la globalización y contribuir a la reconstrucción del mundo. En términos geopolíticos, los «estatistas» ven el globalismo y los Estados Unidos talasocráticos como el principal enemigo.

Los «nacionalistas eslavófilos», por su parte, afirman la primacía del factor étnico. Este nacionalismo se limita a la etnia de la Gran Rusia o la defensa de una unión paneslava. Este campo alberga dos polos: el polo «étnico minimalista», encarnado por los proyectos de la organización ROD con sede en Petersburgo, que propone establecer un estado mono étnico de la Gran Rusia, y el polo «étnico maximalista», que a veces incluso propone restaurar la Unión Soviética, pero solo en el contexto y durante la expansión militar y económica nacional de Rusia en las repúblicas separatistas (por ejemplo, con el pretexto de defender a la población rusa). Los nacionalistas eslavófilos no excluyen la posibilidad de diálogo y cooperación con el gobierno con la condición de limitar la influencia de los rusófobos abiertos y odiosos y los pueblos no rusos. En todo caso, para ellos, el principal enemigo son los demás pueblos, los judíos, etc. Para ellos, los factores geopolíticos son secundarios y tienen un valor puramente práctico.

Reproches mutuos
Los dos polos de oposición tienen una serie de reclamos fundamentales entre sí que son fácilmente distinguibles. Los euroasiáticos han hecho una serie de afirmaciones contra los etnocentristas. Acusan a este último: a) haber facilitado el colapso de la Unión Soviética al exigir la soberanía de Rusia y la creación de bases estatales dentro de la RSFSR (que solo les hizo el juego a los demócratas y los globalistas); b) provocar tensiones dentro de la población rusa en las repúblicas (ya que limitar la nación rusa a un marco étnico estrecho solo puede conducir a su alienación de los demás pueblos del imperio); c) privar al movimiento patriótico de la conciencia geopolítica de la estrategia estadounidense de conquista de Eurasia (que los estadounidenses aprovechan para extender sus manos a las regiones que los rusos dejan desprotegidas al decidir «centrarse en sus propios problemas»); d) haber reducido el nacionalismo «universal», «imperial» y «mesiánico» de los rusos al nivel de fronteras puramente étnicas (haciendo así que el nacionalismo ruso sea impotente, pasivo e incapaz de cumplir su misión como Estado); e) haber promovido un compromiso conformista en el diálogo con el gobierno ruso antinacional, globalista y pro estadounidense cada vez que hace gestos hipócritas hacia las tradiciones rusas (folclore nacional-religioso arcaico e inofensivo); f) haber idiotizado las tradiciones rusas defendiendo la restauración de los aspectos arcaicos y sombríos de la Rusia prerrevolucionaria y renunciando a los logros tecnológicos, estratégicos e industriales del período soviético; g) por haber defendido con demasiada frecuencia la propiedad privada (capitalismo nacional), que está en contradicción con las tradiciones sociales de Rusia; h) finalmente, por ser los principales artífices de la escisión en la oposición, por haber rechazado la alianza que constantemente les proponían los euroasiáticos, de acuerdo con la apertura y el pragmatismo de su ideología, que se fijaba como principales objetivos la reconquista del Estado y la restauración del Imperio.

En este contexto: ¿Quiénes son los bolcheviques? ¿Quiénes son los mencheviques?
Estas son las razones fundamentales de la creciente polémica dentro de la oposición, que difícilmente puede detenerse al nivel de líderes autoritarios que llaman a la concordia y la unidad y ofrecen advertencias y simpatías personales. En esta cuestión, sin embargo, estas contradicciones son de carácter fundamental y pueden compararse circunstancialmente con la disputa entre bolcheviques y mencheviques. Los euroasiáticos son los bolcheviques que se niegan a comprometerse con el corrupto gobierno globalista, se rebajan a la demagogia parlamentaria, buscan la conciliación con el sistema y no están dispuestos a optar por compromisos limitados y ambiguos. Los etnocentristas son los mencheviques que se contentan con llevar a cabo reformas incrementales a nivel nacional y abandonar la revolución nacional planetaria a cambio de pequeñas concesiones de los globalistas, que están dispuestos a presentar a los rusos un «ser nacional» folclórico en las reservas euroasiáticas.

Además, es extremadamente importante que el campo euroasiático se involucre en un proceso de creatividad ideológica que conduzca a la formación de nuevos conceptos, como el «futurismo eslavófilo» y la gran idea del «Imperio euroasiático», que, en futuro, será capaz no sólo de recuperar el poder geopolítico perdido de Rusia, sino también de convertirse en un centro de doctrina antiglobalista capaz de estimular el proceso planetario de liberación ideológica y geopolítica de la dominación bancaria estadounidense. Esta ideología es ofensiva, virulenta y de aplicación universal, tanto en Europa como en el tercer mundo.

Los «nacionalistas» se centran únicamente en la resistencia pasiva y defensiva. Miran hacia atrás con nostalgia apasionada y nostalgia sentimental por el pasado. Son fieles no tanto al espíritu y la esencia de la tradición rusa como a sus formas externas. Sin embargo, el modelo mono étnico de Rusia es, sin duda, una idea totalmente «modernista», ya que nunca ha existido nada parecido en Rusia en toda su historia.

Sin embargo, sería erróneo asociar a los «bolcheviques» de la oposición (los euroasiáticos) con el «modernismo» y a los «mencheviques» con el «arcaísmo». En realidad, ambos polos contienen elementos modernos y tradicionales, aunque combinados de diferente manera. Orientación imperial, apertura a grupos étnicos no rusos, elitismo y tradiciones económicas comunales contra constituyen los aspectos profundamente tradicionales del lado euroasiático. Sin embargo, los euroasiáticos son modernistas en términos de proyectos industriales, tecnológicos y militar-industriales y en el apoyo a la creación de sistemas informáticos y sistemas de comunicación globales modernos. Los «nacionalistas» puros son modernistas en su «mono etnicidad», en su aversión a las élites (que es evidencia de individualismo e igualitarismo) y en su simpatía por el capital nacional. Por otro lado, su rechazo a la industrialización y al desarrollo tecnológico es una característica puramente arcaica.

OPERACIÓN ESPECIAL MILITAR (OME): ¡LA BATALLA POR «EL FIN DE LA HISTORIA»!

 

OME (Operación Especial Militar) es el nombre que dio Putin a la intervención militar rusa en Ucrania.

La OME está inseparablemente conectada con el concepto de «fin de la historia». Y es que no sólo Francis Fukuyama, que escribió el famoso texto con ese título, se unió activamente a la lucha ideológica contra Rusia del lado de los ucranianos, sino que también se unió personalmente a la organización terrorista Bellingcat, que intentó secuestrar un avión militar en Rusia, por cierto. El hecho es que Rusia se opone directamente al globalismo, a ese «totalitarismo liberal», como lo calificó el presidente Putin abiertamente. Y en ese totalitarismo, el concepto de «fin de la historia» juega un papel fundamental, claro.

El hecho es que el globalismo, que tiene su máxima representación en organizaciones internacionales como el Foro de Davos de Klaus Schwab con su «Gran Reinicio», la Comisión Trilateral, el Consejo Americano de Relaciones Exteriores (CFR) y/o la Fundación Sociedad Abierta de George Soros insiste en: la completa unificación de la humanidad bajo un Gobierno Mundial, con la ideología liberal y un sistema de reglas y normas basadas en ella, —incluyendo la política de género, LGBT+, el individualismo extremo y el transhumanismo— extendiéndose por todas partes (algo que recuerda bastante aquel episodio bíblico de la Torre de Babel). Y este es el «fin de la historia», que es claramente prematuro, pero que sigue siendo bastante lógico y fue descrito a principios de los años 90 por Francis Fukuyama. El fin de la historia es la victoria del liberalismo y de Occidente a escala mundial, lo que implica la abolición de cualquier alternativa ideológica, geopolítica, económica y sociocultural. Fukuyama escribía en una época en la que la URSS se había derrumbado y Rusia parecía que no volvería a levantarse, y China seguía obedientemente las estrategias de las potencias económicas occidentales en esa etapa de aceleración de la globalización. Más tarde, Fukuyama admitió, incluso en una conversación conmigo, que se había precipitado, pero el fin de la historia sea como sea seguía siendo y sigue siendo el objetivo de los globalistas.

La Rusia de Putin se ha convertido en un obstáculo evidente para el supuesto fin de la historia, y desde el inicio de la OME ha supuesto un desafío directo a este proyecto. De ahí la rabia de Fukuyama: el proyecto del fin de la historia no sólo se aplazó, sino que se derrumbó definitivamente. Esto también explica el frenesí y la extrema intensidad de la rabiosa rusofobia de las élites occidentales. Putin y Dombás han asestado un golpe mortal al plan de civilización global: el dominio planetario del Occidente liberal, o peor aún, de una élite satánica y muchas veces satanista.

Sin embargo, el concepto del fin de la historia ni siquiera es un concepto genuinamente liberal. Además, lo adoptaron bastante tarde.
El filósofo Alexandre Kojeve fue el primero en articular la próxima victoria global del Occidente liberal, Fukuyama sólo lo tomó prestado de él. Por su parte, Kojeve lo tomó prestado de Marx, sustituyendo el triunfo del comunismo mundial (la versión marxiana del fin de la historia) por el del capitalismo mundial, una sociedad civil planetaria y la ideología de los «derechos humanos». De hecho, todo el movimiento comunista, incluida la URSS, luchó por la concepción marxista del fin de la historia en el siglo XX. En la Guerra Fría estalló una disputa sobre la interpretación del fin de la historia: si sería comunista o capitalista. No es casualidad que Fukuyama escribiera el texto de su programa cuando la URSS se derrumbó. En ese momento parecía que la cuestión estaba resuelta y que el liberalismo había ganado definitivamente.

Sin embargo, el propio Marx, por su parte, también tomó prestado este concepto en una ideología política completamente diferente: del pensador monárquico e imperial profundamente conservador Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Si profundizamos aún más, llegaremos a la escatología cristiana e incluso precristiana (en primer lugar iraní), a la doctrina del fin de los tiempos. Pero esto nos llevaría demasiado lejos. En la Nueva Era fue Hegel quien propuso y fundamentó la tesis del fin de la historia, y en el sistema de su filosofía desempeña un papel clave.

Según Hegel, la historia es un proceso de despliegue del Espíritu, que pasa por la naturaleza, el cambio de las religiones y las civilizaciones, hasta llegar a su clímax: el final se encuentra con el principio, el alfa se encuentra con el omega. A través de muchas pruebas y giros dialécticos, el Espíritu que impulsa a la humanidad se encarnará finalmente en una Monarquía Absoluta, un imperio mundial que será un imperio del Espíritu. Su poder será transferido a un autócrata supremo, un monarca-filósofo ilustrado. El capitalismo y la sociedad civil sólo serán una etapa en el desarrollo de este proceso, y el materialismo científico pasará a la ciencia angélica puramente espiritual. Hegel creía que esto ocurriría en Alemania (el Imperio Alemán aún no existía entonces) y que sería un triunfo de la cultura espiritual y la filosofía alemanas. Hegel en el sentido filosófico fue también la base de Bismarck, que creó el Segundo Reich.

Así que el creador del concepto de interpretación auténtica del «fin de la historia» es el triunfo de la Monarquía Espiritual Mundial. Y los hegelianos de derecha —eslavófilos rusos o seguidores de Giovanni Gentile en Italia— creían exactamente lo mismo. Los propios alemanes creían en la misión de su Reich. Los eslavófilos lo interpretaron como una predicción del destino del Imperio Ruso, cuando se convertiría en espiritual y popular. Los italianos relacionaron el fin de la historia con el renacimiento de la tradición romana y la grandeza de Italia.

El concepto de «fin de la historia» va incluso mucho más allá de lo que expone Alejandro Dugin, tiene su origen primero en el rey Nemrod y su Torre de Babel, donde pretendía que todo el mundo se uniera en un mismo culto a Satanás como trasfondo. Es pura ideología satánica.

Marx (otro anticristo), que transformó la dialéctica espiritual de Hegel en su materialismo histórico (pervirtiendo significativamente el original), aceptó que el capitalismo liberal era sólo una etapa intermedia, pero puso el comunismo y una visión materialista del mundo en lugar del Imperio del Espíritu. La escatología se mantuvo: todo lo que hicieron los comunistas estaba dirigido precisamente al futuro, es decir, al fin de la historia.

La victoria soviética sobre el Tercer Reich en la Gran Guerra Patria eliminó la interpretación alemana del fin de la historia. El hegelianismo de izquierdas ha triunfado sobre el hegelianismo de derechas. Y en otro nivel... el Imperio ruso (aunque implícitamente) derrotó al alemán.
Fue entonces cuando apareció Kojeve con su interpretación liberal del fin de la historia. Esta teoría había estado esperando en el éter, y tras el colapso de la URSS Fukuyama se la recordó a Occidente, y los centros globalistas la recogieron y comenzaron a ponerla en práctica. El orden mundial unipolar se basaba en una versión liberal de la escatología hegeliana.

Y luego estaba Putin. Putin es un fenómeno filosófico, un punto de inflexión en la historia del pensamiento, en la compleja batalla de las ideas y las visiones del mundo. Desde su primer momento en el poder, comenzó a restaurar la soberanía de Rusia... Pero esto significaba posponer el fin de la historia, oponerse al totalitarismo liberal, al globalismo y al Gobierno Mundial. Putin siguió esta línea con cautela, disfrazando a menudo sus intenciones y planes. A veces parecía dispuesto a satisfacer las exigencias de los globalistas, pero al momento siguiente resultaba ser una maniobra más. De ahí la desconcertante pregunta: «¿Quién es usted, señor Putin?»

No fue hasta el 24 de febrero de 2022 cuando el inicio de la OME en Ucrania puso las cosas en su justa perspectiva con toda claridad. Ha comenzado una nueva era de la filosofía. Una nueva fase de la historia mundial. Putin ha desafiado la interpretación liberal del fin de la historia, es decir, el principal proyecto globalista, el Gobierno Mundial. Pero aquí empieza lo más importante: refutar la lectura liberal del fin de la historia no significa rechazar a Hegel. Después de todo, todo el mundo sabe que a Putin le gusta citar a Ivan Ilyin, que no era más que un hegeliano de derechas, partidario de la monarquía rusa y del gran imperio. Las teorías de los eslavófilos se acercan claramente a las del propio Putin. No se puede negar una idea filosófica sobre la base de algunos factores puramente prácticos, por ejemplo, los puramente económicos. No es grave. Una idea sólo puede ser derrotada por una idea. Y eso significa...

Significa que el NWO como fenómeno filosófico marca el retorno del Imperio. El retorno de Rusia al Imperio, la plena restauración de nuestro destino mesiánico futurista. Alemania, en su estado actual, ya no es un competidor. La versión alemana del Reich Mundial está irremediablemente fuera de la agenda. El proyecto comunista del fin de la historia también ha sido abandonado, y en sus mejores aspectos podría incorporarse fácilmente a una nueva síntesis imperial (como el «estalinismo de derechas»). Sólo se nos oponen Kojeve y Fukuyama, que se basan en las mismas fuentes mucho más cercanas a nosotros. Nosotros somos los portadores ortodoxos del Imperio Euroasiático del Fin, ellos son los usurpadores.

La OME es una batalla por el significado del fin de la historia. Una gran batalla filosófica. Es hora de cerrar la página de las interpretaciones exclusivamente materialistas, energéticas y económicas; no sólo es vulgar, sino que es falaz. La historia es la historia de las ideas.

Uno puede preguntarse, ¿qué tiene que ver Ucrania con esto? No tiene nada que ver con Ucrania. No existe. Pero será parte de nuestro nuevo imperio. Sólo allí, en el reino filosófico de un espíritu desplegado, en el imperio de los significados, revivirá y florecerá. Pero por ahora, qué queremos de un régimen terrorista dirigido por un cómico... Es un malentendido. Pero la propia Ucrania está destinada a convertirse en un teatro de lucha metafísica fundamental. Creo que todo es cuestión de geografía. Luchamos por el retorno de nuestra cuna histórica de Kiev, desde el poder de los globalistas al poder del Imperio del Espíritu. Kiev es el principio de nuestra historia. Y de ahí el fin de la misma.


DE LA ARQUEOMODERNIDAD AL IMPERIO

 

Mi libro ARQUEOMODERNISMO, en el cual describo detalladamente este fenómeno, acaba de ser reimpreso en nuestro país. Puede decirse que Rusia vive bajo el influjo de la arqueomodernidad, la cual es un proceso donde la sociedad se encuentra dividida por dos interpretaciones completamente distintas de la política, la cultura, la vida cotidiana, etc… El fenómeno consiste en que la sociedad sigue viviendo según patrones arcaicos premodernos mientras que el Estado ha adoptado formas modernas occidentalizadas. En este sentido, podemos decir que nuestra Constitución, organización política y élite siguen las ideas liberales europeas. El problema radica en que estas ideas funcionan en la práctica de una forma muy diferente en Rusia porque son reinterpretadas según los modelos arcaicos de nuestra sociedad. Es así como nace la arqueomodernidad, un sistema que exteriormente es modernista, pero interiormente es arcaico.

Este proceso se nota bastante en la actitud del pueblo frente al poder: mientras que en Europa, y sobre todo desde Montesquieu y los teóricos ingleses, el poder ha sido despojado de todo elemento sagrado, siendo limitado por la separación de poderes y la rotación constante de la clase dirigente entre distintos órganos gubernamentales —un modo de dispersar el poder entre la clase oligárquica occidental que solo acepta «sangre nueva» en sus filas cuando se siguen sus reglas— no se puede aplicar a Rusia, pues nuestro país siempre tiende hacia el autoritarismo y la autocracia. Esto no se debe tanto a la usurpación de un individuo concreto como a las exigencias de la misma sociedad que en el fondo es patriarcal, tradicional y ve al gobernante como una figura mística. Este modelo del gobernante como un Katechon, «el que tiene», fue defendido por todos los teóricos rusos hasta 1917 y tiene sus orígenes en el siglo XV después de la caída del Imperio Bizantino (la idea de Moscú como la Tercera Roma). Sin embargo, esta idea no desapareció con la llegada del comunismo y se vio más bien el ascenso de «monarcas rojos» en la forma de un culto cuasi religioso a Lenin y la divinización de la figura de Stalin. Incluso un personaje como Yeltsin —débil y dependiente de los oligarcas— fue en su momento alabado como un «zar liberal». La llegada de Putin vio la imposición de una serie de reformas patrióticas y el restablecimiento de la autocracia en nuestro país en contra de la misma voluntad de su mayor promotor. Por eso no sorprende a nadie que el pueblo ruso esté dispuesto a que Putin cambie la Constitución y haga todo lo posible por transformar el sistema. Putin es visto por el pueblo como el gobernante supremo y salvador de Rusia, siendo esta una idea muy arcaica. Tal idea se extiende a la Operación Militar Especial que es vista con buenos ojos por la mayor parte de la población —la élite rusa, por el contrario, la ve de forma muy negativa—.

El pueblo ruso es defensor de una forma de monarquía popular que es incompatible con las ideas de la élite. La clase dominante rusa —como muy bien decía Pushkin— es lo «único propiamente europeo que existe en nuestro país» y por eso una y otra vez intenta crear una democracia formal y moderna (subordinada a las oligarquías globalistas mundiales) que termina por fracasar siempre. No obstante, esta fachada occidentalista y moderna es incapaz de cambiar el núcleo conservador y arcaico de nuestro pueblo, por lo que nuestra oligarquía espera que llegue un momento donde este principio se debilite o se produzca un cataclismo que finalmente permita extirpar de forma definitiva la identidad ruso-eurasiática de nuestro país. Después de todo, el objetivo de la Federación de Rusia, surgida en 1991 de las ruinas de la Gran Rusia (URSS, Imperio ruso), era modernizarnos e integrarnos dentro de la globalización. Este proceso fue logrado mediante la tortura y destrucción material y espiritual de nuestro pueblo, aunque no ha servido de mucho, pues nuestra esencia ha permanecido inalterada.

La arqueomodernidad es una enfermedad, una especie de esquizofrenia social donde en una misma sociedad coexisten dos formas muy distintas y diametralmente opuestas de ver las cosas. La élite ve al Estado como una democracia liberal moderna según los principios occidentales, mientras que el pueblo intenta volver al Imperio, los gobernantes divinos, los valores tradicionales y el rechazo de toda forma de progresismo (LGTBI, feminismo, etc.). Esto genera un conflicto de las interpretaciones (P. Ricoeur) que termina por imponer toda clase de mentiras. El gobierno miente sobre todo lo que sucede, generando una especie de mentalidad inestable y dolorosamente distorsionada con toda clase de contradicciones. Además, nunca se busca conciliar lo moderno con lo arcaico, de allí que las élites liberales intenten constantemente destruir los principios arcaicos de nuestro pueblo, mientras que los gobernantes —que están por encima de ellas— terminan por defenderlo y se apoyan en estos principios monárquicos con tal de mantener la estabilidad del sistema. Una vez más, esto provoca que las cosas terminen por estancarse.

La solución que las élites liberales proponen al dilema de la arqueomodernidad es simplemente la «modernización», el «progreso» y la integración de Rusia dentro de Occidente. Sin embargo, de vez en cuando las mismas élites liberales rusas terminan por adoptar principios arqueomodernos, como sucede con Dimitri Medvedev, uno de los representantes más acérrimos del occidentalismo liberal y que en su momento promovió la modernización y la democratización de nuestro país. La reelección de Medvedev como presidente de Rusia fue apoyada por los atlantistas Biden y Brzezinski. Lo curioso es que este destacado liberal hoy se dedique a publicar en las redes sociales consignas ultra-patrióticas e imperialistas que incluso el Ministerio de Rusia se ven obligados a censurar o considerar que sus «cuentas han sido hackeadas». Pero no se trata de eso, sino de una demostración de la practica de la arqueomodernidad. Por supuesto, esto no descarta el cálculo político o la estrategia, pero sí confirma nuestro diagnóstico: los gobernantes rusos siempre se ven obligados a apelar a los principios arcaicos que defiende el pueblo, los cuales promueven un poder fuerte y la justicia social en todas sus formas. 

El problema de la arqueomodernidad subyace en que es un callejón sin salida donde todo es reducido a la modernización y la explotación cínica de esta condición mental por parte de los poderosos para sus propios fines, obligándonos a vivir una falsa identidad. De todos modos, algunos de nuestros pensadores han propuesto una solución a este problema: en lugar de seguir pensando como las élites liberales deberíamos abrazar los principios arcaicos de nuestra sociedad, reconociendo la autocracia, el patriarcado y nuestras tradiciones autoritarias no solo de facto sino de iure. De este modo la Iglesia y las instituciones tradicionales de nuestra sociedad recuperarán su posición dominante y de ese modo las tendencias tradicionales vencerán a las tendencias liberales incluso en los medios eclesiásticos. Todo esto permitirá la implementación de una revolución conservadora y epistemológica tanto en la ciencia como la educación y el pensamiento. La única forma de llevar a cabo esto es destruyendo a la oligarquía liberal y jurando lealtad al pueblo en lugar de a principios globales abstractos. Esta solución fue propuesta por muchos pensadores rusos tanto durante la Rusia zarista como durante la Rusia soviética: los primeros en proponerla fueron los eslavófilos, luego la filosofía religiosa rusa, los poetas de la Edad de Plata, los nacional-bolcheviques (Ustrialov, Lezhnev) y los eurasiáticos que buscaron superar este problema recurriendo al elemento ruso como medio de renovar el Imperio. Sin embargo, todos los monarcas Romanov desde Pedro el Grande han asumido las consignas arqueomodernas sobre el poder sagrado de los reyes como un modo de conciliar ambos extremos. Podemos decir que este escenario ha sido recurrente en nuestra tradición nacional y han sido muchos los pensadores rusos que han propuesto abandonar las ideas arqueomodernas de nuestra élite a favor de la instauración de formas patrióticas y espirituales propias. Solo esta forma de conservadurismo o, mejor dicho, conservadurismo-revolucionario ya que el conservadurismo a secas es insuficiente, podrá darnos la victoria en la Operación Militar Especial. Debemos superar la arqueomodernidad y restaurar el orden sacral de nuestro pueblo.

Fuente: Alexander Dugin


LA CREACIÓN DE UN ESPACIO IMPERIAL ABIERTO

 

Creo que los temores –o esperanzas, dependiendo de a quién se le pregunte– de que Rusia detenga la operación militar en Ucrania resultan ridículos. Eso no sucederá, pues ya no se trata de algo subjetivo sino de una realidad objetiva que funciona por inercia. Además, todavía no sabemos a ciencia cierta hasta dónde avanzarán las tropas rusas. Novorrusia ahora comprende –aunque no en su totalidad– las regiones de Jersón, Zaporiyia y gran parte de Járkov. Estoy seguro de que este proceso de ampliación continuará en un futuro, pero por ahora es suficiente.

Ahora bien, ¿qué es Novorrusia? Responder esta pregunta es importante, ya que en primer lugar significa que la Federación de Rusia ha trascendido el marco del Estado-nación liberal y se ha convertido en otra cosa. Podemos decir que se trata del nacimiento de un Espacio Imperial Abierto, es decir, de Rusia-Eurasia. En semejante espacio tanto los rusos como los chechenos y demás pueblos se han hermanado con la intención de crear una entidad imperial. Incluso muchos ucranianos han elegido ponerse de parte de Eurasia. En cambio, quienes defienden el naZionalismo ucraniano, o separatismo se han convertido en traidores. El gran filósofo francés Alain de Benoit ha dicho que «el actual conflicto en Ucrania es la lucha entre un Imperio contra un Estado-nación».

El nuevo Espacio Imperial Abierto no solo incluirá nuevas tierras, sino que cada ampliación implicará una modificación de los límites de todo el conjunto y su esencia misma. La forma siempre afecta todo lo demás: si la figura que se forma es circular, entonces la identidad será circular; si la figura es cuadrada, entonces la identidad será cuadrada. Si Zaporiyia, Jersón, Dombás y Crimea quedan de nuestro lado, entonces su identidad tomará un aspecto muy diferente al que tomaría si no fueran parte de nosotros. Por eso resulta muy diciente que Novorrusia sea ahora administrada por los organismos políticos internos de Rusia: ellos son ahora ciudadanos, combatientes y luchadores de nuestro país.

El otro problema a resolver de ahora en adelante será el de crear una federación eurasiática, ya que las zonas que estaban fuera de nuestro control cambiarán la configuración del conjunto. Tomemos el ejemplo del Cáucaso: hace veinte años existían graves problemas allí, pero Putin, de forma brillante, logró suprimir el separatismo checheno y consolidó nuestro control en la región. Hoy en día los que luchan más fervientemente junto a nosotros son los chechenos y los pueblos del Norte del Cáucaso. El hecho de que Rusia ahora incluya dentro de sus territorios a Novorrusia producirá cambios cualitativos y afectará a zonas como Siberia, Orel, Krasnodar y el Ártico: todos esos territorios harán parte, de ahora en adelante, del Espacio Imperial Abierto de Rusia-Eurasia y no del Estado-nación residual que nació de las ruinas del Imperio ruso y la URSS. De ahí la necesidad de que cambiemos la política de integración de todo nuestro continente, no solo con respecto a las zonas nuevas que vamos adquiriendo, sino también con respecto a las que ya poseemos. 

Este proceso de integración se puede hacer de dos maneras: por medio de la rusificación forzada o mediante la preservación de la diversidad euroasiática conservando la unidad estratégica del conjunto. En caso de que elijamos el primer camino, los grandes rusos solamente estarán creando una versión ampliada del Estado-nación y los únicos cambios que se producirán serán a nivel cuantitativo, pero no cualitativo. En cambio, el camino eurasiático significa rechazar la rusificación forzada de las poblaciones, permitiendo que los pueblos conserven su autonomía cultural y religiosa como ha sucedido con la Chechenia de los Kadirov que es profundamente musulmana. Este modelo eurasiático, que permite preservar la identidad local y mantener un fuerte poder vertical, es el modelo que debemos seguir. En otras palabras, se trata del arte de construir un Imperio.

Ha llegado el momento de que la política interior rusa tome un rumbo diferente ahora que Novorrusia hará parte de nosotros. El pragmatismo y la tecnocracia solo serán útiles tomando en cuenta estas ideas. Rusia debe convertirse en un Espacio Imperial Abierto que vaya mucho más allá de un aspecto puramente técnico, el cual es puramente secundario. Mientras más se alargue la operación militar especial en el tiempo, más urgente se hace esta reflexión. Nuestras fronteras ya han cambiado irreversiblemente y este proceso seguirá adelante en un futuro próximo. Esta homología (homotética, dicen los matemáticos) nacerá de nuestro pensamiento y nuestra forma de ser. Pero la pregunta permanece: ¿existe una institución gubernamental que tenga esto claro? Tal vez sí o tal vez no, pero llegará el momento en que se tenga que asumir esta tarea. Sin embargo, podemos dejar de lado esta pregunta por ahora, lo más importante es que estamos creando las condiciones para que se produzcan tales cambios.

Fuente: Alexander Dugin

SOBRE LA SUSTITUCIÓN DE IMPORTACIONES Y TODO LO QUE VENDRÁ.

 

Tanto las autoridades como la sociedad están intentando adaptarse a la situación actual producida por la guerra. Quizás lo más significativo de todo lo que ha sucedido es que Occidente ha terminado por excluirnos y nosotros hemos hecho lo mismo. Sin embargo, hemos pasado por esta misma situación muchas veces, aunque eso no niega el hecho de que nuestra forma de vida actual se vea sometida a muchos cambios.

Lo primero que se nos ocurre es que debemos sustituir las importaciones que recibíamos de Occidente con las de otros países que nos sean aliados. El problema de esto último radica en que nos llegarán de contrabando y de tercera mano todo el veneno occidental con el subsiguiente riesgo de que terminemos reproduciendo sus patrones de comportamiento. También existe el problema de creer que este enfrentamiento con Occidente es solo temporal y que finalmente todo se resolverá, pero eso es no tener en cuenta que la actual ruptura se está volviendo cada vez más y más irreversible y que es imposible volver a como todo era antes de la guerra: al menos de que Occidente o Rusia cambien por completo es imposible que se lleve a cabo una reconciliación. De todas maneras, debemos superar la brecha creada por este problema y enfrentar la realidad.

La disyuntiva que enfrentamos es la siguiente: o sustituir de forma indefinida lo que recibíamos de Occidente recurriendo a otros actores o crear un modelo diferente. Estas opciones sin duda tendrán un impacto importante en nuestras vidas y asumir cualquiera de ellas será difícil.

Lo mejor sería sustituir de forma permanente cualquier cosa que venga desde Occidente, pues es obvio que para bien o para mal seguirá siendo un faro y punto de referencia para muchos. Occidente tarde o temprano se le ocurrirá como meter su mercancía de contrabando, por lo que no es una tarea sencilla llevar a cabo la sustitución. En caso de que tengan éxito en esto último terminaremos dependiendo una vez más de Occidente, aunque de una forma nueva. Cuando nos demos cuenta de lo que ha sucedido tal vez sea demasiado tarde.

En caso de que vayamos a sustituir por completo las importaciones, tendremos que crear un plan estratégico que nos permita crear nuevos modelos y formas alternativas de desarrollo. Nuestra sociedad está acostumbrada a convertir estos modelos teóricos en realidad. Siempre nos hemos adaptado perfectamente a las condiciones adversas que nos han impuesto y estoy seguro que lo lograremos nuevamente. Claro, algunas veces hemos fallado y sufrido por ello, pero nunca hemos claudicado.

Seguir el camino de la autonomía implica grandes retos: lo primero es decidir qué y cómo debemos hacer las cosas. En caso de que tomemos este camino Rusia tendrá que crear un mundo y una realidad que siga sus propias leyes e ideas. No contaremos con escenarios o libros para usar de modelos, aunque podremos recurrir a la historia y los ejemplos de los países no occidentales (que en algunos casos han logrado transformaciones impresionantes). Sin embargo, todo esto requerirá de crear, recrear o inventar de la nada muchas cosas.

Por supuesto, Occidente intentará por todos los medios evitar que hagamos eso. Incluso ahora la ruptura de Occidente con Rusia y el apoyo incondicional que brindan al régimen de Kiev ha comenzado a afectar la política y la economía de los países occidentales hasta el punto de que varios de sus líderes se han visto obligados a renunciar, han estallado protestas masivas e incluso se han desatado crisis políticas. Occidente ha sido incapaz de detener a Rusia y hemos cruzado todas las líneas rojas que nos han impuesto. Esto deja claro que gracias a la guerra que han desatado, entre otros factores, es muy posible que Occidente o, más bien, la demente élite globalista que hoy lo gobierna, terminará colapsando. De todos modos, no podemos contar con que ese colapso se produzca pronto y Rusia carece de los recursos para asestar el golpe mortal necesario: existe una manera de hacerlo, pero en caso de que la usáramos nadie sobreviviría. Este último escenario también deberá ser sopesado, aunque para evitarlo.

La omnipotencia de Occidente terminará tarde o temprano, con o sin nuestra ayuda. Eso no significa que el mundo cambiará de un momento a otro. No obstante, es obvio que Occidente, por inercia, seguirá dominando el mundo por mucho tiempo.

Ahora bien, tomando en cuenta todo lo anterior nuestro primer objetivo será: sustituir a corto plazo todos las importaciones occidentales, este es un imperativo necesario. A largo plazo debemos eliminar la posibilidad de crear un «simulacro de Occidente» en nuestro propio país. China ha comenzado a hacer esto, pero no ha roto de forma tan brusca con Occidente como lo hemos hecho nosotros: en caso de que Taiwán se convierta en un problema les sucederá lo mismo que a nosotros —hasta ahora los chinos simplemente se dedican a observarnos y sacar conclusiones de lo que nos ocurre—. Finalmente, podemos comenzar a pensar y construir de forma voluntaria un modelo sociopolítico y económico alternativo e independiente para Rusia, aunque quizás este termine por imponerse por la fuerza de las circunstancias cuando todos los demás caminos se hayan cerrado. Quizás pasemos por estos tres procesos de forma simultánea, pero en teoría es posible que se produzca algo diferente.

En la medida en que aceptemos que nuestra lucha contra Occidente es un hecho irremediable y que no hay «marcha atrás», entonces seremos capaces de pensar en las alternativas. Por supuesto, ya algunos de nuestros lideres están diciendo esto y creo que no se equivocan —aunque puede tratarse de una estrategia retórica para encubrir la sustitución de importaciones, especialmente porque nuestra clase dirigente solo sabe vivir el momento y no tienen consciencia a futuro—. Grandes cambios políticos y económicos están sucediendo. Ahora bien, lo más estúpido que podemos hacer es seguir creyendo que todo volverá a ser como antes del 24 de febrero de 2022. Esa posibilidad se esfumo hace mucho tiempo y solo dándonos cuenta de que es imposible seremos capaces de enfrentar la realidad.