EL MOMENTO LIBERAL: DEL «FIN DE LA HISTORIA» A TRUMP.
¿UN NUEVO CAOS MUNDIAL?
LA GUERRA DEL CIELO CONTRA EL INFIERNO
¡Viva el Señor!
Queridos sacerdotes, hermanos y hermanas aquí presentes,
En estos momentos estamos librando una guerra que no sólo se libra en el plano militar, es decir, humano, sino, principalmente, en el plano espiritual. Es muy importante que comprendamos esto último, ya que existe un plano horizontal de la guerra donde nuestros soldados luchan contra la OTAN (no contra Ucrania, algo que es muy importante tener en cuenta) y un plano vertical donde chocan el Cielo y el Infierno. Ahora mismo dos ejércitos angélicos luchan entre sí: las legiones de San Miguel Arcángel enfrentan a los seguidores del demonio. Esta dimensión vertical de la guerra puede ser considerada como el reino de las ideas y la ideología, siendo este ámbito del espíritu el principal escenario de nuestra lucha. De hecho, en su discurso del 30 de septiembre de este año, el presidente Putin habló abiertamente de la naturaleza satánica de la actual civilización occidental, lo cual no podemos entender como una simple metáfora.
Además, el Santo Patriarca de todas las Rusias ha señalado indirectamente en su maravilloso discurso de hoy quién es el que inspira, ayuda y alienta a nuestros enemigos: tal figura es muy conocida. Nosotros los mortales desconocemos cuando llegará el momento exacto del Fin de los Tiempos, ni siquiera el Hijo del Hombre sabe cuando será. No obstante, podemos reconocer las señales que preparan la llegada de este Fin de los Tiempos. Es aquí donde resulta importante que opongamos a nuestros enemigos una idea propia. Occidente es una ideología que promueve el liberalismo, el globalismo, el laicismo y el posthumanismo. Esta ideología opera principalmente en el reino de las ideas y no en el de la materia, los cuerpos o la tecnología. Además, esta ideología se basa en la mentira, promoviendo la inversión total de las mentalidades, las ideas y los fundamentos religiosos.
Ahora bien, hoy se enfrentan dos ideas, dos ejércitos de ángeles y demonios (los ángeles son antes que nada espíritus e ideas). El campo de batalla de esta guerra es Ucrania, donde por un lado tenemos a la Santa Rusia –como la llama nuestro Santo Patriarca– y, por el otro, a las fuerzas del Maligno. Es por esa razón que hablamos del Armagedón, el Fin de los Tiempos y el Apocalipsis. Estos acontecimientos precisamente están ocurriendo frente a nuestros ojos y ahora participamos de la última (o quizás la penúltima, nadie lo sabe) gran batalla del mundo. Jamás podremos obtener la victoria si primero no ganamos a nivel espiritual, ideológico e intelectual.
Quisiera, por tanto, hablar sobre todo del laicismo tal y como fue definido por nuestro Santo Patriarca: el Maligno vino a nosotros –muchísimo antes de que la civilización antihumana y abiertamente satánica de Occidente hablará de los derechos LGTBI y el transhumanismo– presentándose como alguien neutral. Lo primero que nos dijo fue «dejemos de lado al Cielo y a Dios y solo pensemos en los hombres y la realidad material». En ese entonces muchos creyeron en esas promesas.
Esta ideología se construyó sobre las tesis de Averroes de que existían dos verdades: por un lado, estaba la verdad teológica y, por el otro, la verdad mundana que solo afectaba a la sociedad, al hombre y a la tierra. Fue de ese modo que surgió el laicismo y el humanismo: «la eternidad se encuentra muy lejos de nosotros y solo importa vivir el tiempo presente». Poco a poco fuimos concentrándonos en la realidad material y las preocupaciones humanas, intentando resolver nuestros problemas recurriendo al liberalismo, el comunismo y el nacionalismo. Sin embargo, nos fuimos alejando cada vez más y más de Dios hasta que nos hundimos por completo en la nada, adentrándonos poco a poco en los abismos del Infierno. Si ya no estamos con Dios entonces no podemos sino estar con el diablo. El Evangelio dice que los hombres debemos decidir entre el «sí» rotundo y el «no» rotundo. La iglesia de calcedonia fue reprendida por el Señor precisamente por ser tibia y no fría o caliente. Fue de esta forma que nuestro mundo fue engullido por los males del humanismo, la secularización, la globalización, el progreso económico, el confort y el capitalismo después de que los seres humanos dijeran no a Dios y sí a los bienes materiales. Pero resultó que una vez dejamos a Dios de lado terminamos por caer en el Infierno.
No podemos seguir viviendo en este plano horizontal de la existencia. Por otro lado, es imposible ganar esta guerra sin la ayuda divina. Debemos afirmar la dimensión vertical del espíritu, el mundo celestial, la realidad y el ser angélico y cristiano dentro de nosotros si es que queremos ganar la guerra. No solo debemos oponer la naturaleza a lo patológico, sino, antes que nada, la Verdad y las enseñanzas cristianas y de otras confesiones tradicionales al mundo moderno. Solo defendiendo esta realidad vertical y divina podremos pelear. Es muy importante que tengamos esto último en cuenta. Además, tanto la ciencia como la política, las leyes y las ideologías deben basarse en este plano vertical de la existencia: una ciencia que no parta de Cristo, la Verdad y la moral es simplemente diabólica. Es imposible ser neutral en esta lucha entre el Cielo y el Infierno. Nosotros somos la Santa Rusia y nuestro Santo Patriarca ha hablado mucho de esto en su bellísimo discurso. Oramos y rezamos por eso. Somos la Santa Rusia, ¿pero realmente somos tan santos? Es necesario primero vernos a nosotros mismos y darnos cuenta si estamos realmente siguiendo el camino de la Santa Rusia, pues si no seguimos el camino de la santidad jamás podremos prevalecer.
LA CONTROVERSIA DE LA OPOSICIÓN EUROASIÁTICA EN RUSIA HOY.
OPERACIÓN ESPECIAL MILITAR (OME): ¡LA BATALLA POR «EL FIN DE LA HISTORIA»!
OME (Operación Especial Militar) es el nombre que dio Putin a la intervención militar rusa en Ucrania.
La OME está inseparablemente conectada con el concepto de «fin de la historia». Y es que no sólo Francis Fukuyama, que escribió el famoso texto con ese título, se unió activamente a la lucha ideológica contra Rusia del lado de los ucranianos, sino que también se unió personalmente a la organización terrorista Bellingcat, que intentó secuestrar un avión militar en Rusia, por cierto. El hecho es que Rusia se opone directamente al globalismo, a ese «totalitarismo liberal», como lo calificó el presidente Putin abiertamente. Y en ese totalitarismo, el concepto de «fin de la historia» juega un papel fundamental, claro.
El hecho es que el globalismo, que tiene su máxima representación en organizaciones internacionales como el Foro de Davos de Klaus Schwab con su «Gran Reinicio», la Comisión Trilateral, el Consejo Americano de Relaciones Exteriores (CFR) y/o la Fundación Sociedad Abierta de George Soros insiste en: la completa unificación de la humanidad bajo un Gobierno Mundial, con la ideología liberal y un sistema de reglas y normas basadas en ella, —incluyendo la política de género, LGBT+, el individualismo extremo y el transhumanismo— extendiéndose por todas partes (algo que recuerda bastante aquel episodio bíblico de la Torre de Babel). Y este es el «fin de la historia», que es claramente prematuro, pero que sigue siendo bastante lógico y fue descrito a principios de los años 90 por Francis Fukuyama. El fin de la historia es la victoria del liberalismo y de Occidente a escala mundial, lo que implica la abolición de cualquier alternativa ideológica, geopolítica, económica y sociocultural. Fukuyama escribía en una época en la que la URSS se había derrumbado y Rusia parecía que no volvería a levantarse, y China seguía obedientemente las estrategias de las potencias económicas occidentales en esa etapa de aceleración de la globalización. Más tarde, Fukuyama admitió, incluso en una conversación conmigo, que se había precipitado, pero el fin de la historia sea como sea seguía siendo y sigue siendo el objetivo de los globalistas.
La Rusia de Putin se ha convertido en un obstáculo evidente para el supuesto fin de la historia, y desde el inicio de la OME ha supuesto un desafío directo a este proyecto. De ahí la rabia de Fukuyama: el proyecto del fin de la historia no sólo se aplazó, sino que se derrumbó definitivamente. Esto también explica el frenesí y la extrema intensidad de la rabiosa rusofobia de las élites occidentales. Putin y Dombás han asestado un golpe mortal al plan de civilización global: el dominio planetario del Occidente liberal, o peor aún, de una élite satánica y muchas veces satanista.
DE LA ARQUEOMODERNIDAD AL IMPERIO
Mi libro ARQUEOMODERNISMO, en el cual describo detalladamente este fenómeno, acaba de ser reimpreso en nuestro país. Puede decirse que Rusia vive bajo el influjo de la arqueomodernidad, la cual es un proceso donde la sociedad se encuentra dividida por dos interpretaciones completamente distintas de la política, la cultura, la vida cotidiana, etc… El fenómeno consiste en que la sociedad sigue viviendo según patrones arcaicos premodernos mientras que el Estado ha adoptado formas modernas occidentalizadas. En este sentido, podemos decir que nuestra Constitución, organización política y élite siguen las ideas liberales europeas. El problema radica en que estas ideas funcionan en la práctica de una forma muy diferente en Rusia porque son reinterpretadas según los modelos arcaicos de nuestra sociedad. Es así como nace la arqueomodernidad, un sistema que exteriormente es modernista, pero interiormente es arcaico.
Este proceso se nota bastante en la actitud del pueblo frente al poder: mientras que en Europa, y sobre todo desde Montesquieu y los teóricos ingleses, el poder ha sido despojado de todo elemento sagrado, siendo limitado por la separación de poderes y la rotación constante de la clase dirigente entre distintos órganos gubernamentales —un modo de dispersar el poder entre la clase oligárquica occidental que solo acepta «sangre nueva» en sus filas cuando se siguen sus reglas— no se puede aplicar a Rusia, pues nuestro país siempre tiende hacia el autoritarismo y la autocracia. Esto no se debe tanto a la usurpación de un individuo concreto como a las exigencias de la misma sociedad que en el fondo es patriarcal, tradicional y ve al gobernante como una figura mística. Este modelo del gobernante como un Katechon, «el que tiene», fue defendido por todos los teóricos rusos hasta 1917 y tiene sus orígenes en el siglo XV después de la caída del Imperio Bizantino (la idea de Moscú como la Tercera Roma). Sin embargo, esta idea no desapareció con la llegada del comunismo y se vio más bien el ascenso de «monarcas rojos» en la forma de un culto cuasi religioso a Lenin y la divinización de la figura de Stalin. Incluso un personaje como Yeltsin —débil y dependiente de los oligarcas— fue en su momento alabado como un «zar liberal». La llegada de Putin vio la imposición de una serie de reformas patrióticas y el restablecimiento de la autocracia en nuestro país en contra de la misma voluntad de su mayor promotor. Por eso no sorprende a nadie que el pueblo ruso esté dispuesto a que Putin cambie la Constitución y haga todo lo posible por transformar el sistema. Putin es visto por el pueblo como el gobernante supremo y salvador de Rusia, siendo esta una idea muy arcaica. Tal idea se extiende a la Operación Militar Especial que es vista con buenos ojos por la mayor parte de la población —la élite rusa, por el contrario, la ve de forma muy negativa—.
El pueblo ruso es defensor de una forma de monarquía popular que es incompatible con las ideas de la élite. La clase dominante rusa —como muy bien decía Pushkin— es lo «único propiamente europeo que existe en nuestro país» y por eso una y otra vez intenta crear una democracia formal y moderna (subordinada a las oligarquías globalistas mundiales) que termina por fracasar siempre. No obstante, esta fachada occidentalista y moderna es incapaz de cambiar el núcleo conservador y arcaico de nuestro pueblo, por lo que nuestra oligarquía espera que llegue un momento donde este principio se debilite o se produzca un cataclismo que finalmente permita extirpar de forma definitiva la identidad ruso-eurasiática de nuestro país. Después de todo, el objetivo de la Federación de Rusia, surgida en 1991 de las ruinas de la Gran Rusia (URSS, Imperio ruso), era modernizarnos e integrarnos dentro de la globalización. Este proceso fue logrado mediante la tortura y destrucción material y espiritual de nuestro pueblo, aunque no ha servido de mucho, pues nuestra esencia ha permanecido inalterada.
La arqueomodernidad es una enfermedad, una especie de esquizofrenia social donde en una misma sociedad coexisten dos formas muy distintas y diametralmente opuestas de ver las cosas. La élite ve al Estado como una democracia liberal moderna según los principios occidentales, mientras que el pueblo intenta volver al Imperio, los gobernantes divinos, los valores tradicionales y el rechazo de toda forma de progresismo (LGTBI, feminismo, etc.). Esto genera un conflicto de las interpretaciones (P. Ricoeur) que termina por imponer toda clase de mentiras. El gobierno miente sobre todo lo que sucede, generando una especie de mentalidad inestable y dolorosamente distorsionada con toda clase de contradicciones. Además, nunca se busca conciliar lo moderno con lo arcaico, de allí que las élites liberales intenten constantemente destruir los principios arcaicos de nuestro pueblo, mientras que los gobernantes —que están por encima de ellas— terminan por defenderlo y se apoyan en estos principios monárquicos con tal de mantener la estabilidad del sistema. Una vez más, esto provoca que las cosas terminen por estancarse.
La solución que las élites liberales proponen al dilema de la arqueomodernidad es simplemente la «modernización», el «progreso» y la integración de Rusia dentro de Occidente. Sin embargo, de vez en cuando las mismas élites liberales rusas terminan por adoptar principios arqueomodernos, como sucede con Dimitri Medvedev, uno de los representantes más acérrimos del occidentalismo liberal y que en su momento promovió la modernización y la democratización de nuestro país. La reelección de Medvedev como presidente de Rusia fue apoyada por los atlantistas Biden y Brzezinski. Lo curioso es que este destacado liberal hoy se dedique a publicar en las redes sociales consignas ultra-patrióticas e imperialistas que incluso el Ministerio de Rusia se ven obligados a censurar o considerar que sus «cuentas han sido hackeadas». Pero no se trata de eso, sino de una demostración de la practica de la arqueomodernidad. Por supuesto, esto no descarta el cálculo político o la estrategia, pero sí confirma nuestro diagnóstico: los gobernantes rusos siempre se ven obligados a apelar a los principios arcaicos que defiende el pueblo, los cuales promueven un poder fuerte y la justicia social en todas sus formas.
El problema de la arqueomodernidad subyace en que es un callejón sin salida donde todo es reducido a la modernización y la explotación cínica de esta condición mental por parte de los poderosos para sus propios fines, obligándonos a vivir una falsa identidad. De todos modos, algunos de nuestros pensadores han propuesto una solución a este problema: en lugar de seguir pensando como las élites liberales deberíamos abrazar los principios arcaicos de nuestra sociedad, reconociendo la autocracia, el patriarcado y nuestras tradiciones autoritarias no solo de facto sino de iure. De este modo la Iglesia y las instituciones tradicionales de nuestra sociedad recuperarán su posición dominante y de ese modo las tendencias tradicionales vencerán a las tendencias liberales incluso en los medios eclesiásticos. Todo esto permitirá la implementación de una revolución conservadora y epistemológica tanto en la ciencia como la educación y el pensamiento. La única forma de llevar a cabo esto es destruyendo a la oligarquía liberal y jurando lealtad al pueblo en lugar de a principios globales abstractos. Esta solución fue propuesta por muchos pensadores rusos tanto durante la Rusia zarista como durante la Rusia soviética: los primeros en proponerla fueron los eslavófilos, luego la filosofía religiosa rusa, los poetas de la Edad de Plata, los nacional-bolcheviques (Ustrialov, Lezhnev) y los eurasiáticos que buscaron superar este problema recurriendo al elemento ruso como medio de renovar el Imperio. Sin embargo, todos los monarcas Romanov desde Pedro el Grande han asumido las consignas arqueomodernas sobre el poder sagrado de los reyes como un modo de conciliar ambos extremos. Podemos decir que este escenario ha sido recurrente en nuestra tradición nacional y han sido muchos los pensadores rusos que han propuesto abandonar las ideas arqueomodernas de nuestra élite a favor de la instauración de formas patrióticas y espirituales propias. Solo esta forma de conservadurismo o, mejor dicho, conservadurismo-revolucionario ya que el conservadurismo a secas es insuficiente, podrá darnos la victoria en la Operación Militar Especial. Debemos superar la arqueomodernidad y restaurar el orden sacral de nuestro pueblo.
LA CREACIÓN DE UN ESPACIO IMPERIAL ABIERTO
Creo que los temores –o esperanzas, dependiendo de a quién se le pregunte– de que Rusia detenga la operación militar en Ucrania resultan ridículos. Eso no sucederá, pues ya no se trata de algo subjetivo sino de una realidad objetiva que funciona por inercia. Además, todavía no sabemos a ciencia cierta hasta dónde avanzarán las tropas rusas. Novorrusia ahora comprende –aunque no en su totalidad– las regiones de Jersón, Zaporiyia y gran parte de Járkov. Estoy seguro de que este proceso de ampliación continuará en un futuro, pero por ahora es suficiente.
Ahora bien, ¿qué es Novorrusia? Responder esta pregunta es importante, ya que en primer lugar significa que la Federación de Rusia ha trascendido el marco del Estado-nación liberal y se ha convertido en otra cosa. Podemos decir que se trata del nacimiento de un Espacio Imperial Abierto, es decir, de Rusia-Eurasia. En semejante espacio tanto los rusos como los chechenos y demás pueblos se han hermanado con la intención de crear una entidad imperial. Incluso muchos ucranianos han elegido ponerse de parte de Eurasia. En cambio, quienes defienden el naZionalismo ucraniano, o separatismo se han convertido en traidores. El gran filósofo francés Alain de Benoit ha dicho que «el actual conflicto en Ucrania es la lucha entre un Imperio contra un Estado-nación».
El nuevo Espacio Imperial Abierto no solo incluirá nuevas tierras, sino que cada ampliación implicará una modificación de los límites de todo el conjunto y su esencia misma. La forma siempre afecta todo lo demás: si la figura que se forma es circular, entonces la identidad será circular; si la figura es cuadrada, entonces la identidad será cuadrada. Si Zaporiyia, Jersón, Dombás y Crimea quedan de nuestro lado, entonces su identidad tomará un aspecto muy diferente al que tomaría si no fueran parte de nosotros. Por eso resulta muy diciente que Novorrusia sea ahora administrada por los organismos políticos internos de Rusia: ellos son ahora ciudadanos, combatientes y luchadores de nuestro país.
El otro problema a resolver de ahora en adelante será el de crear una federación eurasiática, ya que las zonas que estaban fuera de nuestro control cambiarán la configuración del conjunto. Tomemos el ejemplo del Cáucaso: hace veinte años existían graves problemas allí, pero Putin, de forma brillante, logró suprimir el separatismo checheno y consolidó nuestro control en la región. Hoy en día los que luchan más fervientemente junto a nosotros son los chechenos y los pueblos del Norte del Cáucaso. El hecho de que Rusia ahora incluya dentro de sus territorios a Novorrusia producirá cambios cualitativos y afectará a zonas como Siberia, Orel, Krasnodar y el Ártico: todos esos territorios harán parte, de ahora en adelante, del Espacio Imperial Abierto de Rusia-Eurasia y no del Estado-nación residual que nació de las ruinas del Imperio ruso y la URSS. De ahí la necesidad de que cambiemos la política de integración de todo nuestro continente, no solo con respecto a las zonas nuevas que vamos adquiriendo, sino también con respecto a las que ya poseemos.
Este proceso de integración se puede hacer de dos maneras: por medio de la rusificación forzada o mediante la preservación de la diversidad euroasiática conservando la unidad estratégica del conjunto. En caso de que elijamos el primer camino, los grandes rusos solamente estarán creando una versión ampliada del Estado-nación y los únicos cambios que se producirán serán a nivel cuantitativo, pero no cualitativo. En cambio, el camino eurasiático significa rechazar la rusificación forzada de las poblaciones, permitiendo que los pueblos conserven su autonomía cultural y religiosa como ha sucedido con la Chechenia de los Kadirov que es profundamente musulmana. Este modelo eurasiático, que permite preservar la identidad local y mantener un fuerte poder vertical, es el modelo que debemos seguir. En otras palabras, se trata del arte de construir un Imperio.
Ha llegado el momento de que la política interior rusa tome un rumbo diferente ahora que Novorrusia hará parte de nosotros. El pragmatismo y la tecnocracia solo serán útiles tomando en cuenta estas ideas. Rusia debe convertirse en un Espacio Imperial Abierto que vaya mucho más allá de un aspecto puramente técnico, el cual es puramente secundario. Mientras más se alargue la operación militar especial en el tiempo, más urgente se hace esta reflexión. Nuestras fronteras ya han cambiado irreversiblemente y este proceso seguirá adelante en un futuro próximo. Esta homología (homotética, dicen los matemáticos) nacerá de nuestro pensamiento y nuestra forma de ser. Pero la pregunta permanece: ¿existe una institución gubernamental que tenga esto claro? Tal vez sí o tal vez no, pero llegará el momento en que se tenga que asumir esta tarea. Sin embargo, podemos dejar de lado esta pregunta por ahora, lo más importante es que estamos creando las condiciones para que se produzcan tales cambios.
SOBRE LA SUSTITUCIÓN DE IMPORTACIONES Y TODO LO QUE VENDRÁ.
Tanto las autoridades como la sociedad están intentando adaptarse a la situación actual producida por la guerra. Quizás lo más significativo de todo lo que ha sucedido es que Occidente ha terminado por excluirnos y nosotros hemos hecho lo mismo. Sin embargo, hemos pasado por esta misma situación muchas veces, aunque eso no niega el hecho de que nuestra forma de vida actual se vea sometida a muchos cambios.
Lo primero que se nos ocurre es que debemos sustituir las importaciones que recibíamos de Occidente con las de otros países que nos sean aliados. El problema de esto último radica en que nos llegarán de contrabando y de tercera mano todo el veneno occidental con el subsiguiente riesgo de que terminemos reproduciendo sus patrones de comportamiento. También existe el problema de creer que este enfrentamiento con Occidente es solo temporal y que finalmente todo se resolverá, pero eso es no tener en cuenta que la actual ruptura se está volviendo cada vez más y más irreversible y que es imposible volver a como todo era antes de la guerra: al menos de que Occidente o Rusia cambien por completo es imposible que se lleve a cabo una reconciliación. De todas maneras, debemos superar la brecha creada por este problema y enfrentar la realidad.
La disyuntiva que enfrentamos es la siguiente: o sustituir de forma indefinida lo que recibíamos de Occidente recurriendo a otros actores o crear un modelo diferente. Estas opciones sin duda tendrán un impacto importante en nuestras vidas y asumir cualquiera de ellas será difícil.
Lo mejor sería sustituir de forma permanente cualquier cosa que venga desde Occidente, pues es obvio que para bien o para mal seguirá siendo un faro y punto de referencia para muchos. Occidente tarde o temprano se le ocurrirá como meter su mercancía de contrabando, por lo que no es una tarea sencilla llevar a cabo la sustitución. En caso de que tengan éxito en esto último terminaremos dependiendo una vez más de Occidente, aunque de una forma nueva. Cuando nos demos cuenta de lo que ha sucedido tal vez sea demasiado tarde.
En caso de que vayamos a sustituir por completo las importaciones, tendremos que crear un plan estratégico que nos permita crear nuevos modelos y formas alternativas de desarrollo. Nuestra sociedad está acostumbrada a convertir estos modelos teóricos en realidad. Siempre nos hemos adaptado perfectamente a las condiciones adversas que nos han impuesto y estoy seguro que lo lograremos nuevamente. Claro, algunas veces hemos fallado y sufrido por ello, pero nunca hemos claudicado.
Seguir el camino de la autonomía implica grandes retos: lo primero es decidir qué y cómo debemos hacer las cosas. En caso de que tomemos este camino Rusia tendrá que crear un mundo y una realidad que siga sus propias leyes e ideas. No contaremos con escenarios o libros para usar de modelos, aunque podremos recurrir a la historia y los ejemplos de los países no occidentales (que en algunos casos han logrado transformaciones impresionantes). Sin embargo, todo esto requerirá de crear, recrear o inventar de la nada muchas cosas.
Por supuesto, Occidente intentará por todos los medios evitar que hagamos eso. Incluso ahora la ruptura de Occidente con Rusia y el apoyo incondicional que brindan al régimen de Kiev ha comenzado a afectar la política y la economía de los países occidentales hasta el punto de que varios de sus líderes se han visto obligados a renunciar, han estallado protestas masivas e incluso se han desatado crisis políticas. Occidente ha sido incapaz de detener a Rusia y hemos cruzado todas las líneas rojas que nos han impuesto. Esto deja claro que gracias a la guerra que han desatado, entre otros factores, es muy posible que Occidente o, más bien, la demente élite globalista que hoy lo gobierna, terminará colapsando. De todos modos, no podemos contar con que ese colapso se produzca pronto y Rusia carece de los recursos para asestar el golpe mortal necesario: existe una manera de hacerlo, pero en caso de que la usáramos nadie sobreviviría. Este último escenario también deberá ser sopesado, aunque para evitarlo.
La omnipotencia de Occidente terminará tarde o temprano, con o sin nuestra ayuda. Eso no significa que el mundo cambiará de un momento a otro. No obstante, es obvio que Occidente, por inercia, seguirá dominando el mundo por mucho tiempo.
Ahora bien, tomando en cuenta todo lo anterior nuestro primer objetivo será: sustituir a corto plazo todos las importaciones occidentales, este es un imperativo necesario. A largo plazo debemos eliminar la posibilidad de crear un «simulacro de Occidente» en nuestro propio país. China ha comenzado a hacer esto, pero no ha roto de forma tan brusca con Occidente como lo hemos hecho nosotros: en caso de que Taiwán se convierta en un problema les sucederá lo mismo que a nosotros —hasta ahora los chinos simplemente se dedican a observarnos y sacar conclusiones de lo que nos ocurre—. Finalmente, podemos comenzar a pensar y construir de forma voluntaria un modelo sociopolítico y económico alternativo e independiente para Rusia, aunque quizás este termine por imponerse por la fuerza de las circunstancias cuando todos los demás caminos se hayan cerrado. Quizás pasemos por estos tres procesos de forma simultánea, pero en teoría es posible que se produzca algo diferente.
En la medida en que aceptemos que nuestra lucha contra Occidente es un hecho irremediable y que no hay «marcha atrás», entonces seremos capaces de pensar en las alternativas. Por supuesto, ya algunos de nuestros lideres están diciendo esto y creo que no se equivocan —aunque puede tratarse de una estrategia retórica para encubrir la sustitución de importaciones, especialmente porque nuestra clase dirigente solo sabe vivir el momento y no tienen consciencia a futuro—. Grandes cambios políticos y económicos están sucediendo. Ahora bien, lo más estúpido que podemos hacer es seguir creyendo que todo volverá a ser como antes del 24 de febrero de 2022. Esa posibilidad se esfumo hace mucho tiempo y solo dándonos cuenta de que es imposible seremos capaces de enfrentar la realidad.






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