JOHN DEE, MACKINDER Y LA IMAGINACIÓN GEOPOLÍTICA

La historia está llena de sorprendentes continuidades intelectuales que se extienden a lo largo de los siglos y conectan a pensadores de distintas épocas, sus ambiciones y sus utopías sobre el dominio mundial. También se trata de la imaginación geopolítica: de cómo se ha concebido, cartografiado y justificado el poder.

La política, la geografía y el pensamiento más esotérico se entrelazan de manera especialmente clara en la historia británica. En el Museo de Historia de la Ciencia de Oxford se conserva una copia en mármol de la tabla de John Dee, en la que está grabado el alfabeto enoquiano que él mismo creó: un vestigio concreto de una época en la que las ciencias ocultas y la política del poder caminaban de la mano.

Matemático, astrólogo, ocultista y consejero de la reina Isabel I, Dee no era solo el sabio de la corte, sino un realista mágico que comprendía que los grandes objetivos requerían un gran poder. Buscaba «verdades puras», un conocimiento trascendente de formas divinas, y el poder sobre el destino de la humanidad que ese conocimiento secreto podía otorgar. Su biblioteca era la más extensa de Gran Bretaña, y se movía con soltura entre las élites intelectuales y políticas de Europa.

La obra más famosa de Dee, publicada en 1564, Monas Hieroglyphica (La mónada jeroglífica), es tanto un libro esotérico como un símbolo en sí mismo: un intento de condensar los principios fundamentales del universo en una sola imagen. Con esta clave simbólica, Dee construyó su metafísica política, cuyo núcleo era la unificación de pueblos y culturas bajo la corona británica. Se dice que Dee acuñó el concepto de «Imperio Británico», y creía que concentrar el poder traería orden y paz a todo el mundo conocido.

El legado de Dee continuó vivo en el pensamiento geopolítico anglosajón. Fue el primero en esbozar para Gran Bretaña una estrategia global centrada en el control del Polo Norte. Quien controle el polo, controla el mundo, no solo físicamente, sino también metafísicamente, como parte de un sistema simbólico mayor. Dee unió las leyendas medievales del rey Arturo y los mitos del monte Meru, Arctogaia y Ultima Thule con los objetivos políticos de su tiempo.

Esta visión se concretó especialmente en el argumento legal que Dee presentó a la reina Isabel en 1578, Brytanici Imperii Limites. Allí, Dee afirmaba que Isabel tenía un «derecho real» (title royall) sobre todas las costas de América del Norte y las islas septentrionales, hasta las fronteras de Rusia, basándose en las conquistas del rey Arturo, que, según él, se habían extendido hasta Groenlandia e incluso el Polo Norte. Para Dee, la historia mítica de Arturo era la clave para justificar el poder global británico.

Sin embargo, el plan no se realizó. Sir Francis Drake propuso a la reina una alternativa más atractiva: rutas marítimas hacia el sur y el este. Así nacieron las compañías de las Indias Orientales y Occidentales, que expandieron el poder británico mediante el comercio y las armas. Gran Bretaña giró su atención del norte hacia el sur, mientras Rusia aprovechó la oportunidad para iniciar su expansión a través de Siberia, llegando hasta Alaska en el siglo XVIII.

De ahí surgió la larga confrontación anglo-rusa, el «Gran Juego» geopolítico que nunca terminó del todo. Aunque el liderazgo del mundo anglosajón pasó tras la Segunda Guerra Mundial a Estados Unidos, el legado cultural y jurídico británico —especialmente la tradición del common law— mantuvo su influencia en las antiguas colonias del imperio. Como ya sabían los romanos, el poder duradero no puede basarse solo en las armas, sino en leyes y costumbres arraigadas en la vida cotidiana.

En este punto aparece Halford Mackinder, de origen escocés, considerado el padre de la geopolítica occidental. Como defensor apasionado del Imperio, temía que Gran Bretaña quedara eclipsada por Alemania y Rusia. Sus teorías sobre el «heartland» estratégico de Eurasia inspirarían a generaciones de estrategas militares, incluso en las operaciones estadounidenses en Afganistán e Iraq.