¿Vivimos más que antes?

 

Luigi Cornaro vivió en la ciudad de Padua a caballo entre el siglo XV y el XVI. Obeso y plagado de enfermedades con 35 años, decidió cambiar radicalmente de estilo de vida y comenzó a seguir una dieta hipocalórica con la que adelgazó enormemente. Tras lograrlo, vivió en perfecta salud hasta los 100 años.

Luigi Cornaro vivió en la ciudad de Padua a caballo entre el siglo XV y el XVI. Obeso y plagado de enfermedades con 35 años, decidió cambiar radicalmente de estilo de vida y comenzó a seguir una dieta hipocalórica con la que adelgazó enormemente. Tras lograrlo, vivió en perfecta salud hasta los 100 años.

Basándose en su propia experiencia, y pionero sin saberlo de la teoría social de la medicina (teoría —recalco— que defiende que el factor más importante de longevidad es un estilo de vida adecuado), dejó escritos sus consejos de salud en una simpática obra titulada Cómo vivir 100 años o Discursos sobre una vida sobria. En ella critica a aquellos «que defienden que vivir una larga vida no es una bendición porque el estado de salud del hombre que alcanza los 75 no puede llamarse vida» (nótese que toma los 75 como una edad normal de la vejez en pleno siglo XV).

Cornaro se rebelaba ante esta creencia y afirmaba rotundamente que podía llegarse a la ancianidad en buen estado de salud. Así, relataba que, a pesar de su edad (escribió la obra con 83 años), «monto a caballo sin ayuda, subo las escaleras o una colina con facilidad, paso mis horas con espíritu alegre y bienhumorado conversando con personas de buen sentido o leyendo algún libro, escribiendo (…) y jugando con mis once nietos». Siendo creyente, Cornaro daba gracias a Dios constantemente por no caer enfermo, «dado que he eliminado todas las causas de enfermedad por mi regularidad y moderación». Comía muy poco, aunque bebía cerca de medio litro de vino joven al día, pues afirmaba que el vino añejo le sentaba peor. Siempre recomendó ingerir sólo aquellos alimentos «con los que el estómago no está en desacuerdo», recomendando que se buscara la intersección de dos conjuntos: lo que le gustara al paladar y lo que le sentara bien al estómago. De joven sólo comía dos veces al día, rutina que en su vejez amplió a cuatro comidas en cantidades mucho menores, pero con una dieta variada: «Pan integral, yemas de huevo, sopas; cordero, pollo y pescado, (…) teniendo en cuenta que lo que daña no es tanto la ingesta de comida inadecuada como una cantidad excesiva». El italiano consideraba que cada uno debía observar su propio cuerpo, «pues lo que a otros no hace daño a mí puede hacerlo», y viceversa[1].
[1] L. Cornaro. How to live 100 years or Discourses on the sober life.

Hace un siglo, el sacerdote jesuita Edward Garesché —que vivió hasta los 84—, también dedicaría un capítulo de su extraordinario manual de vida a realizar una serie de recomendaciones para vivir una vida físicamente sana: «No pensar demasiado en la propia salud (…); realizar suficiente ejercicio al aire libre, pero no demasiado; comer suficiente comida saludable, pero no demasiada; dormir suficiente, mucho aire libre, una abundancia de agua pura, exponerse a tanta luz solar como se necesite, tener un ocio razonable y edificante y mantener un espíritu sereno y alegre». Finalmente, enfatizaba que «una vida religiosa plena, llena de fe, esperanza y caridad, tiene una influencia maravillosa en la salud del cuerpo tanto como en la del alma»[2]. Estudios recientes, por cierto, le dan la razón[3].
[2] E. Garesché. How to live nobly and well (Sophia Institute Press, 1999).

Esperanza de vida y longevidad
Si he mencionado estos dos casos (naturalmente, anecdóticos) es porque existe la creencia generalizada de que en tiempo pretéritos nadie llegaba a edades avanzadas. Sin embargo, según el Libro de los Salmos —escrito hace 3500 años—, las personas robustas vivían en aquel entonces hasta los 80 años. Asimismo, entre los sabios de la Antigua Grecia —hace unos 2500 años—, Demócrito vivió hasta los 90 y Platón hasta los 81. San Juan evangelista murió a los 94 años de edad —hace 2000 años—, y pensadores estoicos de la misma época, como Epicteto, alcanzaron los 80. Y hace 500 años algunos de los miembros de la Escuela de Salamanca, como Juan de Mariana o Martin de Azpilicueta, vivieron 88 y 94 años, respectivamente. Entre los papas hay varios casos de extrema longevidad por ejemplo, san Agatón murió con 104 años en el siglo VII, y Celestino III superó los 90 en el  siglo XII. Y en la Inglaterra victoriana de 1855, la edad más común a la que morían los ingleses eran los 76 años[4].

Si le han sorprendido estos datos, no está usted solo: el espectacular aumento de la esperanza de vida al nacer acaecido en los últimos cien años ha provocado la generalización de dos ideas erróneas. La primera es creer que, si a principios del siglo XX la esperanza de vida al nacer era, por ejemplo, de 35 años y hoy ha pasado a más de 80, esto significa que en aquel entonces la gente solía morirse a los 35, de modo que una persona de 45 o 50 era considerada una persona muy mayor. Este error parte de la habitual confusión entre la esperanza de vida al nacer y la longevidad del ser humano, definida como la edad máxima que este puede esperar vivir.

La esperanza de vida es el número de años que le queda de vida a una población, de media, a una edad determinada. Por lo tanto, el concepto de esperanza de vida debe siempre ir unido a un corte de edad: hay esperanza de vida al nacer, esperanza de vida a los 25 años, a los 65, a los 80, y así sucesivamente. El tremendo aumento de la esperanza de vida al nacer, la más mencionada, se ha visto enormemente distorsionada por la mayor mortalidad infantil y maternal (en el parto) que había en épocas pretéritas. Pero, conforme las personas sobrevivían al nacimiento, a la infancia y a la juventud, la esperanza de vida de los supervivientes de aquella época se iba asemejando más y más a la actual.