Al igual que ocurrió en el 2010, el éxito de la selección nacional en el Mundial 2026 ha reavivado algo que parece dormitar en la conciencia de los españoles: las ascuas de un fuego aún no extinguido del todo, esto es, nuestro orgullo nacional. ¿Por qué resurge sólo en estas ocasiones?
Al igual que ocurrió en el 2010, el éxito de la selección nacional en el Mundial 2026 ha reavivado algo que parece dormitar en la conciencia de los españoles: las ascuas de un fuego aún no extinguido del todo, esto es, nuestro orgullo nacional. ¿Por qué resurge sólo en estas ocasiones?
El logro de un grupo de jugadores procedentes de todos los rincones de España, unidos por un mismo objetivo y que se sienten parte de un mismo equipo, es todo un símbolo. Sin embargo, la identidad de una nación no puede nutrirse sólo de esporádicos éxitos deportivos, sino que, como un árbol, requiere de raíces profundas, es decir, de un pasado de cuyos éxitos pueda sentirse genuinamente orgullosa y de un destino compartido. También necesita de un tronco común, que incluye una lengua común, una religión, una ética, unas costumbres compartidas y una forma determinada de entender la sociedad y la familia. De ese tronco saldrán luego distintas ramas cuya diversidad embellece el conjunto, pero sin raíz y tronco comunes, ¿qué queda del árbol?
Pues bien: España es una nación maltratada a la que desde hace décadas se le niegan sistemáticamente sus raíces y su tronco, por lo que no es de extrañar que haya perdido su sentido de pertenencia, su identidad y su autoestima.
En efecto, las raíces de una nación son su historia. En este sentido, los dos principales hitos de nuestra Historia, unánimemente considerados como tales hasta bien entrado el s.XX, son la Reconquista y la Conquista de América. Estos éxitos, de extraordinario calado, constituyen los cimientos sobre los que se basa nuestra nación y, precisamente por serlo, han sido denigrados durante las últimas décadas por los enemigos de España, conscientes de que, si destruyes los cimientos identitarios de un país, éste se desmoronará como un castillo de naipes.
La Reconquista
En el 711 España sufre una primera invasión musulmana bajo el califato omeya. En dos décadas, las tropas norteafricanas logran conquistar toda la Península salvo la cornisa cantábrica, y, en su empuje, llegan hasta Francia, donde son brusca y definitivamente frenadas por Carlos Martel en la batalla de Poitiers (732). Los franceses tuvieron más suerte entonces que ahora.
Desde ese momento y hasta la toma de Granada por parte de los Reyes Católicos en 1492, la marea musulmana será contrarrestada por una marea cristiana que reconquistará todo el territorio perdido. Para el historiador norteamericano Stanley Payne, «no ha habido ningún otro caso en el que, después de que un reino fuera conquistado por cualquier otra civilización extranjera para ser no sólo sometido, sino profundamente transformado y aculturado por esa civilización foránea, dicho reino fuera, sólo siglos después, totalmente recuperado por los vestigios del reino conquistado, que no se conformó con imponerse a los invasores, sino que aculturó de nuevo todo el territorio extirpando finalmente la civilización atacante»[1].
[1] S. Payne. España: una historia única (Espasa, 2020), 117.
Sin duda, la reconquista no fue lineal en el tiempo, manteniendo siempre una vertiente política de lucha de poder entre reyes cristianos —muchas veces por conflictos hereditarios—, de alianzas temporales entre cristianos y musulmanes para combatir a sus respectivos enemigos y de vasallajes económicos que sustituían al conflicto armado y ralentizaban el ritmo de la Reconquista. De hecho, ésta prácticamente había finalizado en 1270 tras la toma de Sevilla por parte del rey Fernando III el Santo y las posteriores conquistas de su hijo Alfonso X el Sabio, y, sin embargo, la conquista del reino de Granada se retrasaría aún dos siglos.
Dicho eso, la columna vertebral de ese movimiento de liberación multisecular llamado Reconquista fue el rechazo a un sistema político-religioso (una hierocracia) tremendamente opresivo para la población cristiana. En este sentido, la ocupación musulmana de España tuvo muchas más sombras que luces. Si bien no se produjo una persecución sangrienta sistemática de cristianos —como sí se produciría de forma salvaje en el genocidio católico perpetrado por socialistas, comunistas y anarquistas en pleno siglo XX—, la mayoría cristiana fue sometida y discriminada por la minoría musulmana en el poder. Esto ocurrió desde el principio, pues la dinastía omeya, con sus «inquisiciones, decapitaciones, empalamientos y crucifixiones»[2], no fue más permisiva y avanzada que la posterior dominación de almorávides y almohades, como suele argumentarse. Entre otras cosas, «bajo los Omeyas, Al-Ándalus se convirtió en un centro mundial para el comercio y distribución de esclavos: muy jóvenes esclavas sexuales, esclavos castrados para servir de eunucos en los harenes, niños utilizados como juguetes sexuales de los poderosos…»[3].
[2] D. Fernández-Morera. El mito del paraíso andalusí (Almuzara, 2023).
[3] Ibid. 220.
