El ayatola Alí Khamenei era un erudito musulmán que defendió lo que creyó haber entendido de la revolución islámica de su predecesor, el imán Ruhollah Khomeiny.
Alí Khamenei comenzó su carrera a la sombra de Hachemi Rafsanyani (presidente del parlamento iraní de 1980 a 1989, beneficiario personal del IránGate y presidente de la República Islámica de 1989 a 1997). Con ayuda de Rafsanyani, Khamenei fue designado Guía de la Revolución. A partir de entonces, Khamenei elaboró el concepto denominado Velayet-e faqih, o sea la «Tutela del Sabio», mediante el cual privó a Rafsanyani de todo poder. Contrariamente a lo que todo el mundo cree, Velayet-e faqih no es un viejo principio de la fe chiita sino una idea moderna, de hecho, es un concepto de Platón, reformulado en términos religiosos chiitas.
Alí Khamenei dotó su función de Guía de la Revolución –sin relación con la de su predecesor el imam Khomeiny– de un presupuesto propio, independiente del presupuesto del Estado. Ese presupuesto se alimentaba de la diferencia entre los precios internacionales del gas y del petróleo y los precios que servían de referencia para determinar el presupuesto del Estado. El Guía de la Revolución disponía así de fondos extremadamente altos, que no estaban sometidos al escrutinio público.
Alí Khamenei impulsó el desarrollo de Irán, tratando de que el país se desarrollara sin occidentalizarse, según la tradición del escritor Jalal Al-e-Ahmad.
Khamenei convirtió los Guardianes de la Revolución (también denominados «pasdaran») en un superjército, dirigido esencialmente hacia el exterior, que eclipsaba el papel del ejército regular.
Desde su funcion, Alí Khamenei torpedeó las reformas liberales del presidente Mohammad Khatami (1997-2005) y favoreció la elección del ingeniero nacionalista Mahmud Ahmadineyad, miembro de los Guardianes de la Revolución, como presidente de la República (2005-2013), pero rápidamente se opuso a Ahmadineyad, cuando este trató de favorecer la laicización de la sociedad iraní.
Esforzándose por evitar las divisiones internas, Khamenei favoreció la creación de comisiones de arbitraje para resolver los conflictos que surgían entre diferentes sectores de la sociedad. Pero la proliferación de ese tipo de comisiones llegó a paralizar prácticamente la adopción de decisiones políticas, al extremo que sólo funcionaban correctamente las actividades de los Guardianes de la Revolución.
Alí Khamenei vivía muy modestamente, pero se rodeó de un gobierno oculto conformado por «consejeros» que disponían de poderes muy superiores a los de los ministros. Algunos de esos personajes enviaron sus familias al extranjero, donde dilapidaban los fondos públicos.
Khamenei se preocupó por garantizar que la clase clerical chiita contara con el apoyo del pueblo y la reorganizó aplicando el principio de antigüedad. De esa manera, Khamenei asignó la conducción de esa clase a sus miembros de más edad, pero dejó el sistema de justicia en manos de la facción más oscurantista, abriendo así el camino a la elección del fanático Ebrahim Raissi como presidente de la República (2021-2024).
A partir de 2011, siendo ya el Guía de la nación iraní, Alí Khamenei, quiso convertirse también en guía del conjunto del mundo musulmán, organizando frecuentes conferencias internacionales a las que invitaba a todas las denominaciones y facciones existentes en el mundo musulmán, incluyendo la Hermandad Musulmana.
En definitiva, Alí Khamenei convirtió la función de los Guardianes de la Revolución en una gerontocracia religiosa, que comenzó a anteponer el «orden moral» al papel revolucionario de sus primeros tiempos.
En realidad, Alí Khamenei no fue un dictador sino un clérigo hábil que puso su país en manos de una justicia oscurantista que lo estaba llevando a la ruina.
