LA GEOPOLÍTICA DE LA 3GM.

 

Muchos analistas plantean actualmente la hipótesis de que la 3GM ya ha comenzado y que nos encontramos en su primera fase. Sea cierto o no, lo comprobaremos en breve, pero por ahora admitamos la validez de esta hipótesis e intentemos esbozar sus contornos geopolíticos.

El sentido de la 3GM radica en un cambio radical de toda la arquitectura de la política mundial. Las instituciones internacionales existentes hoy en día hace tiempo que ya no se ajustan a la realidad. Siguen organizadas según la lógica del sistema de Westfalia y de un mundo bipolar. El modelo de Westfalia se basa en el reconocimiento de la soberanía de todos los Estados reconocidos a nivel internacional. La ONU se sustenta sobre los mismos fundamentos.

Sin embargo, en la práctica, en los últimos cien años, el principio de soberanía se ha convertido en pura hipocresía. En la década de 1930 se configuró en Europa un sistema en el que solo tres potencias eran soberanas y todas ellas estrictamente ideológicas: 1) el Occidente burgués y capitalista (Gran Bretaña, EE. UU., Francia, etc.); 2) la URSS comunista; 3) los países del Eje de ideología fascista.

Esta situación se mantuvo tras el fin de la 2GM, pero solo uno de los polos ideológicos —el fascista— desapareció. En cambio, los otros dos —el capitalista y el socialista— se fortalecieron y expandieron. Pero, de nuevo, ningún Estado nacional era soberano por sí mismo. Unos eran gobernados desde Moscú, otros desde Washington. El Movimiento de No Alineamiento oscilaba entre ambos polos.

La autodisolución del Pacto de Varsovia y el colapso de la URSS acabaron con la bipolaridad, y a partir de ese momento solo los EE.UU. asumieron el papel de portador de la soberanía. La ONU y el modelo de Westfalia se convirtieron en una mera fachada de la hegemonía global. Así surgió el mundo unipolar.

Ya en la década de 1990 quedó claro que era necesaria una revisión del derecho internacional a favor de un gobierno mundial (la variante liberal del «fin de la historia» de Francis Fukuyama) o de la hegemonía occidental directa (los neoconservadores estadounidenses). Los países europeos siguieron el guion del gobierno mundial y, como etapa preparatoria para ello, cedieron su soberanía a la UE. A todos los demás se les sugirió discretamente que se prepararan para lo mismo.

Sin embargo, a principios de la década de 2000 se manifestó una nueva tendencia: la voluntad de resurgimiento de la soberanía en Rusia y China. Moscú y Pekín se encaminaron hacia convertir la soberanía no en una ficción, sino en una realidad. Así se hizo patente la multipolaridad. A partir de entonces, se propuso que los portadores de la soberanía fueran los Estados-civilización, tanto los ya consolidados (Rusia, China, India) como los potenciales (el mundo islámico, África, América Latina). Estos fueron los que conformaron los BRICS.

Como consecuencia, el proyecto unipolar entró en conflicto con el multipolar. Tanto los globalistas como los neoconservadores se opusieron a la multipolaridad. El potencial de conflicto era evidente, y las viejas normas y reglas, heredadas de épocas geopolíticas anteriores, ya no funcionaban.

No importa si la 3GM ya ha comenzado o no, pero su contenido geopolítico es evidente: se trata de una guerra entre la unipolaridad y la multipolaridad por una nueva arquitectura mundial, por la distribución de los centros soberanos de toma de decisiones en el mundo —ya sea Occidente como el gobernante de todo o entre los Estados-civilizaciones que están ganando fuerza—.

Donald Trump llegó a la Casa Blanca para un segundo mandato en 2024 con un programa que daba motivos para pensar que aceptaría la multipolaridad: el rechazo a las intervenciones, la crítica a los globalistas, el conflicto directo con los liberales y los ataques contundentes a los neoconservadores, la concentración en los problemas internos de EE.UU., un llamamiento a volver a los valores tradicionales: todo ello permitía suponer que Trump y su administración se pondrían del lado de la multipolaridad, pero que intentarían asegurar a Estados Unidos las posiciones más ventajosas posibles en este nuevo orden.

Sin embargo, muy pronto la administración estadounidense comenzó a acercarse a los neoconservadores y a alejarse de su posición inicial. A continuación, vinieron el apoyo al genocidio en Gaza, la continuación del suministro de información de inteligencia a Kiev, el derrocamiento de Maduro, los preparativos para la invasión de Cuba y, por último, la guerra contra Irán con el asesinato de los dirigentes políticos de la República Islámica. Ahora Washington se ha alineado por completo con las posiciones de los neoconservadores y se comporta como si fuera el único en todo el mundo que poseyera verdadera soberanía: ya sin ninguna referencia a las normas ni al derecho internacional, reivindica el poder absoluto sobre todo el mundo. Y trata de demostrarlo con hechos: guerras, invasiones, secuestros de jefes de Estado y organización de operaciones para el cambio de régimen.

La 3GM la han iniciado los Estados Unidos con el objetivo de preservar, reforzar e incluso consolidar definitivamente el modelo unipolar del orden mundial. A todos los demás se les propone ser o bien vasallos obedientes o bien enemigos. Es contra estos adversarios del mundo unipolar contra quienes Washington libra la 3GM. Y por eso está en juego la soberanía. Por el momento no existe una sola fuerza capaz de hacer frente a los Estados Unidos de manera simétrica, por lo que EE.UU. despliega acciones militares en varios frentes a la vez.

El primer frente de la guerra del mundo unipolar contra el multipolar es Ucrania. Esta guerra fue provocada por los neoconservadores ya en la época de Obama, y quienes más se involucraron en ella fueron precisamente los globalistas, que veían en Rusia no solo un obstáculo geopolítico para el establecimiento de un gobierno mundial, sino también una amenaza ideológica. Trump heredó esta guerra y no le hace mucha gracia (Rusia es una potencia nuclear con una ideología conservadora contra la que el presidente estadounidense no tiene nada que oponer). Pero Moscú claramente no está dispuesta a reconocer su vasallaje ante Washington, insistiendo en la soberanía y la multipolaridad y esto ya es incompatible con la hegemonía unipolar. En cualquier caso, Washington sigue sin dejar de apoyar al régimen de Kiev, aunque cede la iniciativa a los países europeos de la OTAN, para los que este conflicto tiene un carácter de principio e ideológico. Este frente conserva su importancia, y cuanto más defienda Moscú su soberanía, más dura será la postura de Washington hacia Rusia.

El segundo frente de EE.UU. es el hemisferio occidental: el secuestro de Maduro y el establecimiento del control sobre Venezuela, la preparación de una invasión de Cuba, las acciones contra los cárteles en México, Colombia, Ecuador, etc. En esencia, se trata de una guerra contra toda América Latina, si tan solo un país de la región intenta resistirse al dictado directo de los Estados Unidos.

El tercer frente, que se encuentra ahora en su fase más candente, es el ataque israelí-estadounidense contra Irán, que ha incendiado todo Oriente Próximo. Aquí también se incluye la continuación de las operaciones militares de Tel Aviv en Gaza, Líbano y Yemen, y la reestructuración de todo el mapa de Oriente Próximo.