Como adelanté en mi anterior artículo, mi primer libro, Una vida tranquila y sosegada, acaba de ser publicado por Unión Editorial. Puede adquirirse en la página web de la editorial (pinche aquí), en Amazon (pinche aquí) o en librerías. He aquí un fragmento de su introducción y epílogo. Espero que mis lectores disfruten leyéndolo tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.
Introducción
Hace casi dos mil años Pablo de Tarso pedía en su primera carta a Timoteo que se rezara «por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada» (1 Tim 2, 2). Cabe preguntarse si, al utilizar la expresión «para que podamos llevar», san Pablo más bien quería decir «para que nos dejen llevar», pues muchas veces no es la inacción de las autoridades sino su acción y, sobre todo, su abuso, lo que provoca que perdamos la tranquilidad y el sosiego en nuestras vidas. Una vida tranquila y sosegada, ¿no es acaso una condición necesaria para la felicidad que todos anhelamos? No deja de resultar interesante que san Pablo, a quien no se le escapaba que la tranquilidad última reside en esa paz interior que sólo puede ofrecer Dios, relacionara una vida sosegada con la acción y virtud de las autoridades, a las que reconocía, por tanto, una gran potestad para facilitarnos o dificultarnos llevar una vida tranquila. Sin duda, tener un gobierno bueno y justo o no tenerlo influye enormemente en nuestras vidas.
Esta idea no es nueva. Mil años antes de que naciera el santo de Tarso, el sabio rey Salomón exclamaba en el Libro de Proverbios: «Cuando gobierna el honrado, el pueblo se alegra, cuando domina el malvado, el pueblo se queja. Un rey justo consolida el país, el amigo de impuestos lo arruina» (Prov 29, 3-4). Y mil quinientos años después de que muriera san Pablo, el Catecismo de Trento afirmaba que «ninguno ignora lo mucho que interesa al bien común tener príncipes piadosos y justos».
Occidente ha sufrido una enorme transformación en el último siglo. Una sucesión de ideologías y experimentos de ingeniería social ha permeado la sociedad a través de la política y los medios de comunicación. Es el caso del marxismo cultural, del igualitarismo, del estatismo, del ecologismo radical o de la ideología de género. Simultáneamente, el desarrollo del espejismo democrático ha ido acompañado de un gigantesco aumento del peso del Estado y de la presión fiscal y de un empobrecimiento relativo de la población: un somero vistazo a nuestro alrededor nos muestra que los gobernantes «amigos de impuestos» sobre los que nos prevenía el rey Salomón se aferran al poder en todo Occidente y lo están arruinando.
También hemos sufrido una paulatina disminución de nuestra esfera de libertades en la vida cotidiana. Como escribía preocupado hace ya setenta años el filósofo católico Gustave Thibon, «asistimos en todos los terrenos, bajo una forma ya violenta, ya insidiosa, a la regresión de las libertades». Hoy esta amenaza, entonces inminente, se está haciendo realidad delante de nuestros propios ojos. Vivimos el gradual renacer de un totalitarismo blando que, «mientras asesina la libertad, se escuda hipócritamente en su nombre»[1].
[1] G. THIBON, Cristianismo y libertad (Ed. O crece o muere, Madrid, 1954).
