Lo sucedido el 11 de septiembre de 2001 no es cosa del pasado. Aquellos acontecimientos se prolongan directamente en las actuales guerras de Ucrania, Palestina e Irán. Equivocarse de enemigo es tan posible como seguir sintiendo una admiración injustificada por una potencia que siembra caos y desgracia. Pero negarse a ver la verdad sólo conduce a aceptar vivir sumidos en el caos y la desgracia.
Al denunciar el golpe de Estado del 11 de septiembre, el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad garantizó la paz a su país. Por desgracia, una parte de la dirigencia iraní lo apartó de la vida política… y ahora el país se ve obligado a enfrentar la agresión estadounidense.
El 25º aniversario de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 dio lugar, en Europa, a la incansable repetición de las incoherencias que la propaganda atlantista ha remachado constantemente desde el momento mismo de aquellos atentados.
Si hay quienes se ocupan de mentir, de mentir siempre, y de volver a mentir, incluso 25 años después de aquellos hechos, es porque el objetivo de aquellas mentiras sigue existiendo: las matanzas continúan en Ucrania, en Palestina, en Líbano, en Siria, en Iraq, en Yemen y en Irán, pero resultan incomprensibles si no las relacionamos con lo que se puso en juego desde aquel día.
Hoy en día, cientos de millones de personas ya han llegado a la conclusión de que los tres edificios del World Trade Center no se derrumbaron bajo los impactos de dos aviones de pasajeros y que ningún avión se estrelló realmente contra el Pentágono. Pero son pocos los que reconocen que aquellos atentados fueron sólo un montaje destinado a camuflar un golpe de Estado.
En efecto, aquel día el presidente George W. Bush fue separado de sus funciones, a las 9:35 de la mañana, y reemplazado por su consejero para el antiterrorismo, Richard Clarke[1]. La Casa Blanca fue enteramente evacuada. Todos los miembros del Congreso, los senadores y los miembros de la Cámara de Representantes, fueron llevados por el Servicio Secreto al búnker de Greenbrier, a 40 kilómetros de Washington, donde quedaron encerrados para «garantizar su seguridad».
[1] Against All Enemies: Inside America’s War on Terror—What Really Happened, Richard A. Clarke, Free Press, 2004.
Durante horas, un «gobierno de continuidad» tomó las riendas del poder en Estados Unidos. El presidente Dwight Eisenhower había creado ese gobierno bis en tiempos de la guerra fría[2]. Pero, el decreto presidencial de Eisenhower precisaba que ese órgano sólo podía activarse en caso de guerra nuclear y únicamente si el presidente, el vicepresidente y los presidentes del senado y de la Cámara de Representantes estuviesen muertos o incapacitados para seguir ejerciendo sus funciones.
[2] The Government of Emergency: Vital Systems, Expertise, and the Politics of Security, Stephen J. Collier y Andrew Lakoff, Princeton University Press, 2021.
Al presidente George W. Bush lo pasearon de una base militar a otra hasta que acabó aterrizando en la base Offutt, donde se halla el cuartel general del Mando Estratégico de Estados Unidos (StratCom). Allí lo esperaban el multimillonario Warren Buffet y los patrones de las grandes firmas que ocupaban los pisos superiores del World Trade Center[3].
El presidente George W. Bush se vio sometido a 7 horas de negociación y aceptó cobardemente aplicar el programa que le presentaban a cambio de conservar el poder. Sólo después de haber aceptado someterse, Bush junior fue reinstaurado en sus funciones, hacia las 16:30 horas de aquel día, y se le permitió regresar a Washington.
El libro de cabecera de los implicados en aquellos hechos, Coup d’état: A Practical Handbook de Edward Luttwak (traducido al francés como Coup d’état, mode d’emploi), estudia varios ejemplos de golpes de Estado para llegar a la conclusión de que estos tienen las mayores garantías de éxito cuando son invisibles[4]. Y fue eso lo que sucedió el 11 de septiembre de 2001: un golpe de Estado invisible ya que el presidente fue mantenido en el cargo.
[4] Coup d’état: A Practical Handbook, Edward Luttwak, Penguin, 1969. Edición francesa: Coup d’état, mode d’emploi, Odile Jacob, 2025.
Sin embargo, Estados Unidos cambió a partir de aquel día. El país regresó a su pasado criminal, el del genocidio contra sus pobladores originarios y de guerras sucesivas. Se dotó de una policía política secreta, que cuenta con 112000 funcionarios[5]. Generalizó la tortura[6], llegando a practicarla hasta en la Casa Blanca[7]. Estados Unidos secuestró no menos de 280000 personas, que fueron torturadas en barcos de la US Navy en aguas internacionales[8] y asesinó más de un millón de seres humanos en Afganistán y en Iraq[9].
[5] Top Secret America: The Rise of the New American Security State, Dana Priest y William M. Arkin, Little, Brown and Company, 2011.
[6] Committee Study of the Central Intelligence Agency’s Detention and Interrogation Program, United States Senate Select Committee on Intelligence (SSCI), 2012. Lo que la senadora Dianne Feinstein publicó sobre las prácticas de la CIA es sólo lo que pudo descubrir sobre los casos de unos pocos cientos de víctimas. Como resultado de un arreglo con la administración de George W. Bush, la senadora Feinstein se abstuvo de publicar lo que descubrió sobre las 17 cárceles flotantes de la marina de guerra estadounidense (US Navy).
Alemania y Francia fueron los únicos países que se opusieron a la guerra contra Iraq. Pero el 9 de diciembre de 2003, el noticiero de la noche del canal France2 transmitía una entrevista del estadounidense Edward Luttwak, quien hablaba del presidente de Francia Jacques Chirac en los siguientes términos: «¡Chirac tiene una cuenta pendiente en Washington! Tiene una larga cuenta pendiente en Washington y en Washington, evidentemente, existe la decisión de hacérsela pagar. Chirac quiso comer y llenarse a expensas de Estados Unidos en el escenario diplomático y, evidentemente, ¡lo pagará!»
Los crímenes horrendos perpetrados por Estados Unidos tendrían que haber terminado con la elección presidencial de 2021. Así lo había prometido Donald Trump en múltiples ocasiones. Es cierto que puso fin al financiamiento que Estados Unidos aportaba a toda la galaxia terrorista que giraba alrededor de Al-Qaeda, pero las masacres continuaron bajo apelaciones diferentes. Enredado en todo tipo de escándalos y manejos turbios en su contra —incluyendo dos intentos de revocarlo—, traicionado por casi todo su equipo y a pesar de que se impidió su reelección, Donald Trump logró volver a la Casa Blanca en 2024.
Hoy, todos hemos podido ver cómo, renunciando a los principios que había defendido, Trump ha desatado contra Irán una guerra inútil e injusta. ¿Por qué contra Irán?
El 23 de septiembre de 2010, Estados Unidos se preparaba para atacar Irán. Pero ese día el presidente Mahmud Ahmadineyad pronunció un discurso histórico ante la Asamblea General de la ONU[10].
El presidente iraní explicó en aquel discurso que si la razón oficial de las guerras estadounidenses contra Afganistán y contra Iraq era una supuesta participación de sus gobiernos en los atentados del 11 de septiembre de 2001, aquellos hechos no podían verse sólo como acontecimientos internos estadounidenses sino que la ONU debería considerarlos actos de guerra de carácter internacional, y solicitó que las Naciones Unidas abrieran una investigación internacional sobre lo sucedido el 11 de septiembre. El presidente Ahmadineyad expuso además su visión personal de la política como un sacerdocio al servicio de su pueblo.
Al día siguiente, el entonces presidente de Estados Unidos Barack Obama, ex agente de la CIA, corrió a tratar de retomar la iniciativa a través de las transmisiones de la BBC en farsi (la lengua de los persas)[11].
