El comportamiento anticristiano y antimusulmán de la gran mayoría de los israelíes, influenciados por la cultura asquenazi, es una realidad que salió bruscamente a la luz durante el genocidio contra la población de Gaza y que hoy vuelve a mostrarse con toda crudeza durante la agresión de Israel contra el Líbano. Es fundamental extraer conclusiones de estos hechos y reformar esa cultura.
Un soldado israelí destruye una estatua de Cristo con un mazo en Debel, Líbano. La fotografía fue publicada el 20 de abril de 2026.
Durante la reciente —y enésima— invasión de Israel contra el Líbano, uno de sus soldados talmúdicos usó un mazo para destruir la cara de la estatua de Cristo crucificado. Ya que las guerras que emprende el jázaro no semita Netanyahu son escatológicas, se pudiera aducir teológicamente que se trata de la «segunda crucifixión» de Cristo, de acuerdo con las respetables creencias de los cristianos en el planeta: ¡2 600 millones, casi un 33% de la población global! (Católicos: 1300 millones. Protestantes: 1100 millones. Ortodoxos: 300 millones).
Llamó la atención que Larry Johnson, ex-agente de la CIA, sentenciara que Israel «odia a los cristianos» como también «odia a los musulmanes»[1]. Cabe señalar que los musulmanes son un 26% de los habitantes de la Tierra.
Suena muy suicida que una de las más pequeñas religiones del planeta, con 16 millones de adherentes, ¡alrededor de 0,2% global!, se atreva a insultar al 59% que representan las religiones cristiana y musulmana, de no ser por su supuesto control de las finanzas globales/multimedia[2] de Occidente, además de las como mínimo 90 ojivas nucleares de Israel, único país que las detenta en el «clásico Medio Oriente» —sin contar a Pakistán, país musulmán que ostenta 170 bombas nucleares y forma parte del «Gran Medio Oriente».
[2] The Federal Reserve Conspiracy, Eustace Mullins, Martino Fine Books, 2014.
De los casi 16 millones de «judíos» en el mundo, el 90% (¡megasic!) pertenece a la denominación ashkenazi que, de acuerdo con el libro El invento del pueblo judío[3] del historiador israelí Shlomo Sand, no es semita y habla «yiddish», que tampoco es un idioma semítico, como el hebreo, sino que sus raíces son alemanas.
[3] The Invention of the Jewish People, Shlomo Sand, Verso, 2010.
Vale la pena resaltar la honestidad intelectual de Shlomo Sand, quien es ashkenazi jázaro no semita…
En Israel, los ashkenazis jazaros no semitas y los «judíos orientales» semitas misrahim/sefarditas (casi 50%) se encuentran en empate demográfico técnico cuando los ashkenazis constituyen un 32% que, sumados de la reciente migración jázara de Rusia, representa alrededor de un 45%[4].
Es sabido que en Israel existe una severa discriminación de los gobernantes «ashkenazis-jázaros (no semitas)» de Israel contra los «misrahim-sefarditas (sí semitas)».
En fechas recientes, Ziv Agmon, jefe de gabinete de Netanyahu, tuvo que renunciar debido a los insultos que profirió contra la respetable comunidad judía de Marruecos (los misrahim) a la que vituperó de «babuinos»[5].
La «segunda crucifixión» de Cristo fue perpetrada en Debel, villorrio católico-maronita de Líbano Sur, cuyos habitantes conviven con los perseguidos chiítas, tildados por la poderosa maquinaria de propaganda israelí de «terroristas», vinculados con la guerrilla libanesa de Jezbolá y a Irán[6].
