Donald Trump percibe los límites del «jacksonianismo».

La secuencia de acontecimientos no es favorable. El grave fracaso de Donald Trump ante Irán llega en el preciso momento en que el presidente de Estados Unidos emprende su Kulturkampf contra la iglesia católica para reafirmar el carácter anglosajón (no azteca) de su país. El presidente Trump se ve ante el hecho que la diplomacia no puede manejarse igual que un negocio —al menos no con el interlocutor iraní. Y que su ideología «jacksoniana», eficaz en la política interior estadounidense, no permite responder a los problemas estratégicos. Atrapado en un callejón sin salida, Donald Trump trata de adaptarse a la situación y cambia radicalmente.

El 21 de abril de 2026, el presidente Trump se hallaba en Louisville (Kentucky) para celebrar el recuerdo de Henry Clay (1777-1872), el adversario histórico del presidente Andrew Jackson (1767-1845), en un esfuerzo por dar a entender que ha escuchado las voces de sus electores y de sus consejeros y que está tratando de cambiar de método.

Este artículo es continuación de «El profundo cisma que enfrenta al Pentágono contra el Vaticano», 21 de abril de 2026.

El 21 y el 22 de junio de 2025, la fuerza aérea estadounidense bombardeó las instalaciones nucleares de Irán, por orden del presidente Donald Trump. Oficialmente se trataba de privar a Irán de la posibilidad de producir armas nucleares. En realidad, el presidente Trump estaba eliminando el pretexto que Israel podría utilizar para justificar el uso de armas nucleares contra la República Islámica, posibilidad que varios políticos ya habían mencionado.

En todo caso, el Pentágono estadounidense comprobó entonces que aquellas instalaciones iraníes estaban enterradas tan profundamente que sus bombas no podían alcanzarlas. Por cierto, nadie se ha atrevido a hablar de las consecuencias que habrían tenido aquellos bombardeos si las bombas estadounidenses hubiesen alcanzado realmente esas instalaciones nucleares.

El resultado de aquellos bombardeos deberían haber llevado Washington a interrogarse sobre su capacidad para derrocar el gobierno de Teherán y, principalmente, sobre la pertinencia de toda la estrategia estadounidense.

En el momento de conformar su administración, el presidente Trump había aceptado que su vicepresidente, J.D. Vance, pusiera uno de sus amigos, Elbridge Colby, como subsecretario de la Guerra. Colby ya había sido miembro de la administración Trump bajo el primer mandato del presidente y había explicado a este su «teoría de la negación», tendiente a garantizar que China no llegara a convertirse en una potencia superior a Estados Unidos. Según la visión de Elbridge Colby, no se trata de luchar militarmente contra China sino de «negarle», o sea cerrarle, el acceso a la energía y a las materias primeras necesarias para su desarrollo[1].
[1] The Strategy of Denial: american defense in an age of great power conflict, Elbridge Colby, Yale University Press, 2021.

Elbridge Colby es la única personalidad vinculada a la era Obama-Biden que ha logrado hacerse un espacio en las administraciones del presidente Trump —antes fue un personaje influyente en la política de los demócratas hacia Irán y trabajó para WestExec Advisors, la firma de Antony Blinken, el secretario de Estado de la administración Biden.

A partir de los bombardeos que ordenó contra las instalaciones nucleares de Irán, Donald Trump comenzó a modificar su retórica. Hasta entonces Trump se había preocupado sobre todo de tratar de salvar el dólar de la deuda abismal de Estados Unidos, había solicitado el apoyo financiero de Emiratos Árabes Unidos y de Arabia Saudita y multiplicado las declaraciones apresuradas asegurando que no tenía problemas de fondos. También había anunciado inversiones faraónicas para proyectos como su «Cúpula dorada» (defensa antimisiles) y su «Flota dorada» para la US Navy. En realidad, Trump estaba dibujando castillos en el aire —las monarquías del golfo Pérsico ya consumieron sus reservas en efectivo y los proyectos de armamento ni siquiera tienen visos de comenzar a concretarse.

Elbridge Colby se acercó entonces al director de la CIA, John Ratcliffe, para planear cómo «negarle» a China el acceso a los recursos. Elbridge Colby es nieto de William Colby, el director de la CIA del presidente Richard Nixon. Fue su abuelo quien plagó Latinoamérica de dictaduras militares, junto con el general francés Paul Ausaresses[2].

En septiembre-octubre de 2025, Colby y Ratcliffe envían a Qatar agentes encargados de reunirse allí con la vicepresidente de Venezuela, Delcy Rodríguez, y con Yussef Abou Nassif Smaili, el compañero sentimental de la dirigeante venezolana. Se trata de tantear el terreno para determinar cómo podría Delcy Rodríguez ayudar a poner fin a la dirección autoritaria del presidente Nicolás[3].
[3] Información 4655, «Interés de la DEA estadounidense por la vicepresidente de Venezuela», Voltaire, Actualidad Internacional, N° 159, 23 de enero de 2026.

Luego de verificar que la vicepresidente está en condiciones de controlar la situación en Caracas, el SouthCom estadounidense[4] se encarga de preparar el secuestro del presidente de Venezuela mientras que la CIA se ocupa de hacer creer a la opinión pública que Estados Unidos trata de poner fin a un tráfico de droga. Para satisfacer esa necesidad propagandística, la marina de guerra estadounidense simplemente ataca y destruye en el mar embarcaciones que supuestamente transportaban droga. Pero el verdadero objetivo final de todo esto es garantizar que China no tenga acceso al petróleo de Venezuela… como aconseja Elbridge Colby en su «estrategia de la negación». El 3 de enero de 2026, fuerzas especiales estadounidenses secuestran al presidente de Venezuela en medio de una operación que incluye bombardeos contra Caracas, la capital, y contra otras ciudades venezolanas.
[4] Se trata del Mando de las fuerzas estadounidenses en Sudamérica, la estructura militar que los latinoamericanos llaman «Comando Sur». Nota de Red Voltaire.

Pero el subsecretario de la Guerra Elbridge Colby y el jefe de la CIA John Ratcliffe también preparan otra operación. Esta vez se trata de privar a China del acceso al petróleo de Irán, que representa un 40% de las importaciones chinas vinculadas a la producción de la energía. Con ese objetivo, el subsecretario de la Guerra y el jefe de la CIA recurren a sus contactos en Israel para sugerir al primer ministro, Benyamin Netanyahu, que Washington le dará vía libre si decide atacar Irán. Por supuesto, Netanyahu propone inmediatamente a Estados Unidos organizar un «cambio de régimen» en Irán.

Tanto el subsecretario de la guerra Elbridge Colby como el jefe de la CIA John Ratcliffe tienen la íntima convicción de que no habrá cambio de régimen en Teherán y de que Irán no pretende obtener la bomba atómica. Pero el verdadero objetivo de estos dos personajes no es otro que «estrangular» la economía china. El presidente Trump está convencido de que los países de la OTAN ayudarán, una vez más, a orquestar un cambio de régimen en Irán… y logra que Francia garantice el entrenamiento, en Iraq, de francotiradores kurdos que se encargarán de disparar simultáneamente contra manifestantes y policías, durante las manifestaciones inicialmente pacíficas iraníes de diciembre de 2025 y enero-febrero de 2026, para provocar «la caída de los ayatolas». Mientras tanto, otro miembro de la administración estadounidense, el secretario del Tesoro Scott Bessent, organiza la quiebra del banco iraní Ayandeh[5]donde están depositados los ahorros de la gran mayoría de los comerciantes «del bazar».

El 23 de octubre de 2025 el banco Ayandeh se declara en bancarrota. Sus clientes, algunos ricos comerciantes «del bazar» iraní, bruscamente arruinados, se lanzan a las calles… pero nadie cuestiona «el régimen». En enero de 2026, los francotiradores kurdos secretamente infiltrados en Irán comienzan a asesinar simultáneamente policías y manifestantes. Cada bando cree que el otro lo agrede, cuando en realidad el autor de los disparos es un tercer bando que los ataca subrepticiamente.

Donald Trump proclama entonces que no permitirá que los Guardianes de la Revolución asesinen a los manifestantes. En los países occidentales, la opinión pública, convencida de que no ser occidental equivale a no ser civilizado, apoya la «defensa de la democracia». La mesa está servida. Israel, que siente el mayor desprecio por cualquier líder religioso no judío, asesina al Guía Supremo iraní. Estados Unidos sigue inmediatamente los pasos de Israel en su agresión contra Irán.