Con el asesinato de Khamenei, Tel Aviv y Washington hacen posible lo que dicen haber querido evitar.

Los bombardeos que Estados Unidos e Israel perpetraron contra Irán el 28 de febrero fueron ataques coordinados pero no conjuntos. Cada uno de los dos agresores tenía sus propios objetivos y Washington estaba interesado en limitar los de Israel. El asesinato de Alí Khamenei es una victoria personal para Benyamin Netanyahu y una catástrofe para todos los que veían a Khamenei como un jefe espiritual.

Manifestación de apoyo a la República Islámica en Teherán, el 1º de marzo de 2026

Los medios internacionales comentan ampliamente los bombardeos israelíes y, posteriormente, estadounidenses contra Irán, iniciados el 28 de febrero. Y es sorprendente comprobar que la mayoría de sus periodistas no conocen Irán y que interpretan los acontecimientos desde una perspectiva totalmente obsoleta. La mayoría de esos comentaristas conciben sus elucubraciones a partir de la relación privilegiada entre los gobiernos de Israel y de Estados Unidos. Sólo algunos han entendido el análisis de John Mearsheimer y Stephen Walt, quienes demuestran que el grupo de presión israelí controla el Congreso estadounidense.

El problema es que todo eso data del año 2007 y los actores ya no son los de antes.

Israel se ha convertido en un Estado autoritario y ya no lo gobiernan «sionistas» (seguidores de Theodor Herzl) sino los «sionistas revisionistas» (discípulos de Vladimir Zeev Jabotinsky). Este nuevo Israel practica la tortura, ha masacrado decenas de miles de civiles palestinos en la franja de Gaza y tiene intenciones de expulsar a los demás mediante el uso de la fuerza.

El movimiento sionista cristiano ya no es el mismo. Desde el asesinato de Charles Kirk, un movimiento contrario a Israel ha venido desarrollándose entre los cristianos estadounidenses.

El Congreso de Estados Unidos también se ha transformado. Desde la época del Tea Party, los «jacksonianos» han tomado por asalto el Partido Republicano. El financiamiento de sus campañas electorales ya no depende tanto del American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) sino que está, cada vez más, en manos de los trumpistas.

Pero lo más importante es que el mundo ha cambiado. La supremacía de Estados Unidos ha desaparecido. Hoy la Federación Rusa es la principal potencia. El presidente Trump está tratando por todos los medios de salvar su país de la bancarrota y de la guerra civil. Y se repliega hacia el continente americano, con la esperanza de que Groenlandia e Islandia se den cuenta de que son parte de ese continente. También es importante darse cuenta de que, aunque se jacta de disponer de medios financieros ilimitados, Donald Trump está reduciendo discretamente los gastos del «Imperio estadounidense», planea poner fin al apoyo de Estados Unidos a Europa a mediados de 2027 y también prevé eliminar el respaldo de Estados Unidos a Israel, para el año 2035.