LOS BÁRBAROS ESTAN A LAS PUERTAS.

 

Decía el Quijote que «de los moros no se puede esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas». Del gobierno español puede decirse lo mismo. Sus ridículas explicaciones exonerando a toda prisa a Marruecos de cualquier responsabilidad en los gravísimos acontecimientos de Ceuta son un ejemplo más de su sospechoso entreguismo (y complicidad) a los intereses marroquíes.

Decía el Quijote que «de los moros no se puede esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas»[1]. Del gobierno español puede decirse lo mismo. Sus ridículas explicaciones exonerando a toda prisa a Marruecos de cualquier responsabilidad en los gravísimos acontecimientos de Ceuta son un ejemplo más de su sospechoso entreguismo a los intereses marroquíes. ¿Qué le debe a Marruecos? En este sentido, la postura corporal de Sánchez cuando se presenta ante Mohamed VI resulta esclarecedora: generalmente chulesco en su rol de macho alfa, ante el rey marroquí el presidente español adopta la postura del colegial que va a ver al director a su despacho para ser reprendido, o la del subordinado sumiso esperando órdenes. ¿Cuándo nos van a explicar el brusco abandono del Sahara a cambio de nada, la dejación ante las narcolanchas que zarpan de Marruecos y el incomprensible desmantelamiento del OCON-Sur, la unidad especializada de la Guardia Civil en la lucha contra el narcotráfico en el Estrecho?
[1] M. Cervantes. Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, cap. III (Biblioteca Castro).

Respecto a lo ocurrido en Ceuta, ¿no resulta extraño que el gobierno español no haya formalizado en ningún momento una protesta diplomática ni exigido explicación alguna al gobierno marroquí? ¿No resulta extraño que, si es inocente, Marruecos, lejos de disculparse, haya tildado de «ciudades ocupadas» a Ceuta y Melilla y que el Consejo de Derechos Humanos marroquí (un gracioso oxímoron) acuse a la policía española de «agresiones», a supuestos «grupos extremistas» de «insultos y palizas» a los intrusos, y a la ciudad de Ceuta de no cuidar adecuadamente de aquellos?[2]

La invasión de alrededor de 80.000 individuos (¿cuántos infiltrados y delincuentes habrá entre ellos?) gracias a la pasividad y colaboración de las fuerzas policiales marroquíes resultó en un centenar de muertes ante el absoluto desinterés de Marruecos por su suerte. Un mes más tarde, miles de intrusos continúan malviviendo en la ciudad y provocando problemas evidentes de orden y salud pública que están haciendo la vida imposible a nuestros conciudadanos ceutíes.

Algunos de los invasores han cometido serios delitos, dato que ya no puede sorprendernos. En efecto, según las estadísticas oficiales, los inmigrantes marroquíes delinquen (en proporción a su población) mucho más, en orden de magnitud, que otros subsegmentos de inmigrantes o que la población española autóctona, como tuve ocasión de mostrar en un artículo anterior[3].
Convendría que los periodistas de nuestro país —tras realizar un cursillo de respeto a la verdad y otro de matemáticas elementales— reflejaran este hecho en vez de repetir consignas.

Inicialmente, Sánchez tildó el incidente de «violación de la integridad territorial», ofensa grave a la soberanía de un país que suele constituir un casus belli. Más tarde, la ministra de Defensa hablaría de un «ataque híbrido por parte de un actor interesado» (¿identidad del actor?) Sin embargo, poco después, el ministro del Interior y el propio Sánchez corrían a alabar y absolver a Marruecos («socios fiables») de toda culpa, actitud que mantienen contra toda evidencia.

Anatomía de una agresión
¿Qué ha ocurrido? Para comprenderlo, hay que partir de varias premisas. La primera es que los acontecimientos de Ceuta nada tienen que ver con la inmigración, sino con un pulso geoestratégico: constituyen a todas luces un serio paso adelante en la reclamación marroquí de las ciudades españolas situadas en la costa sur del Mediterráneo. Marruecos tiene un proyecto; España, no.

La segunda reflexión es que Marruecos es el principal, único y obvio sospechoso, y cuenta con antecedentes, como tendremos ocasión de explorar. Lo tercero es que, a pesar de ser un país pobre, corrupto y gobernado por un régimen autoritario escasamente ejemplar, Marruecos ha ido tejiendo alianzas con padrinos poderosos con las que alcanza un peso que no se corresponde con su modesta realidad política, social y económica. Así, jamás actúa sin contar con la cobertura de las grandes potencias, con cuyos intereses siempre busca alinearse.

Finalmente, debemos comprender que Marruecos cuenta con una élite políglota y bien preparada que ha desarrollado una hábil y consistente política exterior en las últimas décadas dedicando esfuerzo y dinero para comprar voluntades a ambos lados del océano (en EEUU, en la UE y también entre políticos y periodistas de este país). Por el contrario, la política exterior española ha carecido de rumbo, consistiendo en una combinación de seguidismo, complejo de inferioridad y bandazos en función de las simpatías políticas o ideológicas de los distintos gobiernos, es decir, de las filias y fobias de sus presidentes, en perjuicio de los intereses a largo plazo de España. En este sentido, la aspaventera hostilidad de los gobiernos del PSOE de Zapatero y Sánchez hacia una gran potencia como EEUU, aliada de Marruecos, nos ha hecho un daño enorme que el país magrebí ha sabido aprovechar. Hostilidad innecesaria, por otra parte, pues, aunque los intereses de España —que son los únicos que debemos defender— no tengan por qué coincidir con los de EEUU, existen cauces para gestionar las diferencias sin necesidad de acudir a la provocación.

Una vez dicho esto, existen sobrados indicios para especular que lo ocurrido este mes de julio ha sido un claro ataque híbrido de Marruecos. ¿Por qué ahora? En el orden global de las cosas, Marruecos es consciente de la ventana de oportunidad que supone la presidencia de Trump-Israel y la extrema debilidad política de Sánchez. También ha tenido en cuenta su aislamiento internacional tras sus fricciones con EEUU y con la UE, por sus suicidas políticas migratorias.

Por otro lado, la coincidencia con el día del Trono, lejos de exonerar a Marruecos, refuerza la sospecha. En efecto, no hay que olvidar que la invasión de Perejil tuvo lugar la víspera del comienzo de los fastos de la celebración pública de la boda de Mohamed VI (12-14 julio de 2002), por lo que parece una costumbre suya hacerse regalos a sí mismo en fechas señaladas. Además, el día del Trono es precisamente el día en que el rey marroquí recibe las felicitaciones de sus aliados. Este año se conmemoraba además el 250 aniversario de la fundación de los EEUU y, habiendo sido Marruecos el primer país del mundo en reconocer la independencia de EEUU en 1777, el mensaje de felicitación del presidente Trump al rey Mohamed era este año particularmente elocuente: «El sabio liderazgo de Su Majestad ha sido una piedra angular de la estabilidad. El firme compromiso de Marruecos con el fomento de la paz, la lucha contra el extremismo y la protección de la seguridad estadounidense y marroquí —entre otras cosas, a través de su papel fundamental en los Acuerdos de Abraham— refleja una valiosa colaboración para Estados Unidos»[4].

Por otro lado, la sentencia del Supremo del 29 de junio[5] permitió a Marruecos contar con una coartada: la burda cortina de humo de la movilización espontánea. También es posible que Marruecos eligiera el final de julio anticipando que el presidente del gobierno iba a hacer gala de su nulo amor por España al no interrumpir sus vacaciones bajo ningún concepto. Los países árabes atacaron a Israel en la fiesta del Yom Kipur; Marruecos lo ha hecho justo antes de agosto.

Los indicios que apuntan a Marruecos son abrumadores. En primer lugar, Marruecos tiene un móvil claro (testar y desestabilizar) del que carece cualquier otro «actor interesado»: ¿qué interés tendrían unas mafias o unos individuos anónimos en provocar una avalancha? Por otro lado, es absolutamente imposible que una movilización de 80.000 personas le pasara desapercibida al controladísimo estado policial marroquí, y mucho menos si se dirigían a una ciudad situada a escasos kilómetros de donde el rey Mohamed celebraba el día del Trono. Del mismo modo, es imposible que las 80.000 personas coincidieran casualmente en Ceuta el mismo día. Si hubiera sido una movilización espontánea por redes sociales se habría producido un goteo incesante durante semanas, pero no una avalancha en 24 horas. Está claro que fue un movimiento organizado, y no por unas mafias, innecesarias para que alguien coja el autobús o el tren dentro del propio Marruecos.

En segundo lugar, la policía de fronteras marroquí adoptó la misma pasividad que había adoptado en el incidente fronterizo del 2021, permitiendo y dirigiendo, según diversos informes policiales, la entrada de los invasores. Estos quizá conocían la sentencia del Supremo, pero ¿cómo sabían que la policía marroquí les permitiría cruzar la frontera ese día? Cuando Marruecos no quiere, nadie cruza, como comprobamos el 15 de agosto. ¿Quién dio las órdenes a la policía marroquí de no hacer nada —ni enviar refuerzos— durante al menos 24 horas?

Finalmente, el hecho de que Marruecos accediera al retorno en caliente de la inmensa mayoría de los invasores no prueba nada. Exactamente lo mismo ocurrió en el incidente del 2021, cuya autoría marroquí nadie puso en duda.