Sentencia sabia es la que afirma que el que trata de probar demasiado, no llega al fin a probar nada. El profesor W. B. Carpenter, F. R. S., nos da un ejemplo evidente en su contienda con hombres que valen más que él. Sus ataques acumulan rencores con cada nuevo periódico que hace órgano suyo, y a medida que aumenta sus injurias, sus argumentos pierden fuerza y evidencia. ¡Y, sin embargo, sermonea a sus antagonistas por su falta de calma en la discusión, como si él no fuese el mismísimo tipo de la nitroglicerina en controversia!
Abalanzándose contra ellos con sus pruebas, que son incontrovertibles sólo en su propia opinión, él mismo se hace coger más de una vez. De una de tales cogidas pienso aprovecharme hoy citando algunas experiencias curiosas mías.
Mi objeto al escribir lo presente está muy lejos de ser el de tomar parte alguna en esta embestida a las reputaciones. Los Sres. Wallace y Crookes pueden muy bien defenderse. Cada uno de ellos ha contribuido, dentro de su propia especialidad, al verdadero progreso de los conocimientos útiles, más que el Dr. Carpenter en la suya. Ambos han adquirido gloria por valiosas investigaciones y descubrimientos originales, mientras que su acusador ha sido tachado con frecuencia de no ser otra cosa más que un compilador muy hábil de las ideas de otros hombres. Después de leer las hábiles réplicas de los acusados y la destructora revista del aplastante profesor Buchanan, todos, excepto sus amigos los psicofobistas, pueden ver que el Dr. Carpenter está completamente por los suelos. Está tan muerto como el clavo de puerta tradicional (doornail).
En el suplemento de diciembre de The Popular Science Monthley, aparece (Pág. 116) la interesante concesión de que un pobre juglar indo puede ejecutar una suerte que ¡casi le corta la respiración al profesor! Comparados con ella los fenómenos mediumnísticos de Miss Nichol (Mrs. Guppy) no son nada. Dice el Dr. Carpenter:
La célebre suerte del árbol —que la mayoría de las personas que han estado mucho tiempo en la india han visto— según la describen varios de nuestros funcionarios civiles y científicos más distinguidos, es verdaderamente la maravilla mayor que he oído hasta ahora. Que un mangle crezca de un golpe, primero a la altura de seis pulgadas en un trozo de terreno cubierto de hierba, no visitado antes por los exorcistas, debajo de un cesto cilíndrico invertido, después de haberse adquirido la certeza de que estaba vacío, y que este árbol parezca crecer en el transcurso de media hora, desde seis pulgadas hasta seis pies, bajo una sucesión de cestos más y más grandes, es cosa que deja pequeñita a Miss Nichol.
Ciertamente que sí. En todo caso, pone fuera de combate todo cuanto cualquier F. R. S. (Miembro de la Royal Society) pueda enseñar a la luz del día, o en la obscuridad, en la Institución Real, o en otra parte cualquiera. ¿No debería suponerse que semejante fenómeno atestiguado de tal modo, y teniendo lugar en condiciones que excluyen toda superchería, provocaría la investigación científica? De no ser así, ¿qué otra cosa podía promoverla? Pero obsérvese de qué modo un F. R. S. se escapa entre los dedos. Pregunta irónicamente el profesor:
¿Atribuye Mr. Wallace esto a una causa espiritual? ¿O cómo el mundo en general (por supuesto, refiriéndose al mundo que la ciencia ha creado, y al que vigoriza Mr. Carpenter) y los actores en el consabido juego de manos en particular, lo atribuye él a una habilísima superchería?
Dejando a Mr. Wallace, si es que sobrevive a este fulminante rayo joviano, que conteste por sí mismo, tengo que decir por parte de los actores que éstos contestarían con un No enfático a ambas preguntas. Los juglares indos no tienen la pretensión de que intervengan en sus operaciones agentes espirituales, ni conceden que sean juegos de manos hábiles. Lo que sostienen es que los fenómenos son producidos por ciertos poderes inherentes al hombre mismo, quien los puede usar con fines malos o buenos.
