EL ESTANCAMIENTO Y EL FIN DEL CRECIMIENTO COMO PROMESA CIVILIZATORIA.

 

Gran parte de la agitación que ahora fractura el orden internacional que antes supervisaba Estados Unidos no puede entenderse simplemente como el resultado de rivalidades geopolíticas, fracasos políticos o crisis transitorias. Bajo estas perturbaciones superficiales se esconde una condición más profunda e inquietante: el agotamiento de la dinámica de crecimiento que, durante gran parte de la era moderna, dotó al capitalismo tanto de coherencia histórica como de autoridad moral. Lo que ahora parece una convergencia de crisis financieras, sociales, ecológicas e institucionales se entiende mejor como la expresión de una transformación estructural de trascendentales consecuencias.

No se trata de una interrupción temporal que pueda corregirse mediante un nuevo ciclo tecnológico o un cambio en la gestión macroeconómica, sino de una mutación en las condiciones mismas que en su día hicieron del crecimiento el principio organizador de la vida social.

Este ensayo no sostiene que el capitalismo esté al borde del colapso inmediato, ni que su agotamiento dé paso automáticamente a un orden más justo, sino que su capacidad para estabilizar las relaciones sociales mediante una expansión sostenida ha disminuido hasta tal punto que ya no se puede dar por sentado su futuro. Durante gran parte del siglo XX la industrialización sirvió como mecanismo a través del cual el capitalismo, de forma precaria pero eficaz, concilió sus tensiones internas.

La expansión de la industria manufacturera absorbió a grandes cohortes de mano de obra; el aumento de la productividad permitió que los salarios subieran sin erosionar los márgenes de beneficio; y la continua ampliación de los mercados generó incentivos para nuevas inversiones. Este círculo frágil, pero que se reforzaba a sí mismo, proporcionó la base material para los estados del bienestar, la negociación colectiva y la integración política de las masas. La promesa de una prosperidad compartida, por muy desigualmente distribuida que fuera, permitió que la acumulación se presentara como una fuerza histórica progresista, capaz de convertir sus propias contradicciones en motores de desarrollo.

Sin embargo, esta dinámica se basaba en condiciones históricas que ahora han desaparecido en gran medida. La frontera cada vez más lejana de los mercados, la disponibilidad de energía barata, la relativa homogeneidad de las poblaciones nacionales y la capacidad del Estado para redistribuir parte de las ganancias a cambio de disciplina social formaban juntos un equilibrio que ya no se puede reproducir.

El empleo industrial ha disminuido no solo en las economías avanzadas, sino también en grandes regiones del Sur global, donde las esperanzas de una industrialización impulsada por las exportaciones se han visto frustradas por la automatización, la saturación del mercado y la intensificación de la competencia internacional. La desindustrialización en el Norte y la desindustrialización prematura en el Sur no son historias separadas, sino expresiones gemelas de un único desplazamiento estructural. Su consecuencia más profunda no es solo la pérdida de puestos de trabajo en el sector manufacturero, sino la erosión de un régimen de crecimiento capaz de integrar la mano de obra en circuitos de producción y consumo en expansión.

Los sectores de servicios que han absorbido gran parte de la mano de obra desplazada no han generado ganancias de productividad comparables ni una base estable para el empleo masivo. Muchas de estas actividades se caracterizan por salarios bajos, alta rotación y capacidad limitada para impulsar una expansión económica más amplia. Así pues, la economía mundial se define cada vez más por la infrautilización crónica tanto de la mano de obra como del capital, ya que la capacidad productiva instalada supera sistemáticamente la demanda efectiva.

En este contexto, la innovación tecnológica ya no funciona como motor general de la prosperidad, sino que se convierte en un mecanismo de expulsión. Las mejoras de la productividad desplazan a los trabajadores más rápidamente de lo que los nuevos sectores pueden absorberlos, mientras que los mercados necesarios para justificar las inversiones a gran escala no se materializan. El estancamiento, que antes se concebía como una anomalía, surge ahora como una condición estructural que remodela las coordenadas de la vida económica.

Como consecuencia, el centro de gravedad se desplaza de la oferta a la demanda. El capitalismo contemporáneo se caracteriza por una insuficiencia crónica de la demanda efectiva, arraigada en la moderación salarial, el aumento de la desigualdad y la concentración de los ingresos entre los grupos con menor propensión al consumo. Las empresas se enfrentan a oportunidades cada vez más limitadas para la expansión rentable de la producción, lo que debilita los incentivos para invertir en capacidad productiva.

Incluso cuando los Estados intentan intervenir mediante estímulos fiscales o expansión monetaria, los efectos tienden a ser efímeros o atenuados, ya que los recursos financieros fluyen hacia activos especulativos, arbitrajes transfronterizos o reservas preventivas, en lugar de hacia usos socialmente productivos.

Este prolongado estancamiento no solo ralentiza las economías, sino que corroe los cimientos morales y políticos sobre los que se ha sustentado durante mucho tiempo el capitalismo moderno. Durante gran parte de la era moderna, su legitimidad se derivaba de la promesa de un aumento del nivel de vida y de la ampliación de las oportunidades. Cuando esa promesa se tambalea, el sistema pierde una de sus principales fuentes de consentimiento y el orden social entra en una situación de tensión crónica. Sin embargo, no existe ninguna lógica histórica que transforme el agotamiento del crecimiento en un camino hacia la emancipación.

La disminución del dinamismo no abre automáticamente un horizonte de igualdad. Por el contrario, intensifica los conflictos distributivos, agudiza la competencia por los recursos escasos y exacerba los antagonismos basados en la identidad. Mientras que el crecimiento permitía trasladar las tensiones al futuro, el estancamiento las obliga a permanecer en el presente.

En lugar de producir una política de solidaridad, esta condición a menudo genera presiones para el cierre, la exclusión y la jerarquía. La erosión de la legitimidad no disuelve las estructuras de poder existentes, sino que las reconfigura en formas más coercitivas. En este sentido, el estancamiento prepara el terreno para lo que podría describirse como una mutación autoritaria del capitalismo contemporáneo. Cuando la prosperidad generalizada ya no es viable, la desigualdad deja de justificarse como un coste temporal en el camino hacia el avance colectivo y se naturaliza como una expresión de diferencias supuestamente inherentes.