La visita del Papa León XIV a España dejó recuerdos imborrables. Para los católicos como yo, la Vigilia en la Plaza de Lima de Madrid siempre ocupará un lugar especial en nuestra memoria. Presenciar cómo medio millón de jóvenes rebosantes de alegría en el Paseo de la Castellana, en Madrid, pasaban de corear «¡Viva!» y cantar a guardar silencio, adorando el Santísimo Sacramento de rodillas en un silencio sobrecogedor —interrumpido solo por el canto vespertino de los pájaros que se despedían del día— fue inolvidable. Si la juventud del Papa es la juventud de España, entonces hay esperanza.
La imagen de la incontable multitud de fieles que se congregaron para la hermosa Misa del Corpus Christi en la Plaza de Cibeles también impactó a medio mundo: más de un millón de católicos, levantándose en plena noche y desafiando el calor del verano madrileño, dando testimonio de su fe, y un Papa de 70 años recorriendo las calles de Madrid en procesión, portando él mismo el Santísimo Sacramento.
Otro recuerdo inolvidable fue la misa en la espectacular Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona, escenificada con extraordinaria belleza y elegancia. La música sacra, con orquesta y órgano —instrumento musical por excelencia en la liturgia—, contribuyó al carácter devocional de la ceremonia, que se vio reforzada por la intervención policial (que impidió su instrumentalización política por parte de los habituales agitadores separatistas catalanes). Finalmente, el crescendo de luz y música, que evocaba la liturgia de la Vigilia Pascual, puso de relieve la relación entre la verdad, el bien y la belleza.
En resumen, la visita del Papa León XIV ha sido un catalizador inesperado. Para los católicos, ha sido como «rocío que refresca nuestra sequedad», una llama de esperanza a través de la cual el Papa ha enfatizado la centralidad de la Eucaristía frente a las modas ideológicas pasajeras que recientemente han empañado a la propia Iglesia.
Pero más allá de la perspectiva católica —que puede parecer insignificante o incomprensible para los no católicos— creo que este ha sido un camino que ha dejado huella en muchos que no creen o se han distanciado de la Iglesia.
Esta receptividad refleja la sed de verdad de una sociedad, una sociedad cansada de ser alimentada con un torrente de mentiras; una sociedad privada de puntos de referencia duraderos y trascendentes que, sin embargo, continúa buscando el sentido último de la vida; una sociedad que, en resumen, anhela a Dios.
Por lo tanto, el éxito del viaje del Papa León XIV ha sido total, al igual que la respuesta de los fieles cristianos en España —quizás el protagonista más destacado de la visita—, que ha dejado una profunda impresión en el Papa.
Anécdotas de la visita
Dicho esto, la visita papal también ha servido para resaltar ciertas realidades de nuestro país, aunque de forma anecdótica. Por ejemplo, la irreligiosidad de nuestra clase política se ha hecho evidente; de ninguna manera representa al 17% de la población adulta que se identifica como católica practicante, es decir, 7 millones de votantes «huérfanos»[1].
Asimismo, la visita papal ha suscitado dudas sobre la existencia de cierta desconexión entre algunos enfoques pastorales de ciertos obispos y las verdaderas inquietudes espirituales de los fieles, o del propio Papa, quien en ocasiones prefirió eludir las preguntas que se le planteaban. En efecto, la selección de ciertos testimonios que, por su carácter extremo, resultan poco representativos de la realidad cotidiana del pueblo cristiano, el sesgo en algunos enfoques y la elección de algunas actuaciones de dudoso gusto han sido sorprendentes, aunque en ningún caso han empañado la visita.
Asimismo, se evidenciaba un marcado contraste entre la experiencia del Romano Pontífice en Madrid y la que vivió en Barcelona. Madrid exhibía la fe del pueblo cristiano con multitudes impresionantes, algo que brillaba por su ausencia en una Cataluña secularizada, convertida casi en tierra de misiones; no es de extrañar que las espinas del nacionalismo y las ideologías ahoguen la fe.
Madrid también demostró su hospitalidad y su espíritu de acogida incondicional. Esta cálida bienvenida se hizo patente entre los relativamente menos numerosos fieles catalanes que acudieron a ver al Papa, pero lamentablemente no entre las autoridades locales, que lo presionaron groseramente para que utilizara, de forma extensa y desproporcionada, un idioma que desconocía: el catalán. Así, resultó ridículo que el Papa no pudiera hablar el idioma común a él y a su audiencia, obligándolo a soportar momentos visiblemente incómodos. Una vez más, la obsoleta victimización lingüística del nacionalismo catalán —también evidente en el Monasterio de Montserrat—, característica de su narcisismo estrecho de miras, ha priorizado el nacionalismo sobre las normas más básicas de cortesía. Supongo que un Papa cuyo lema alude a la unidad y que utiliza la imagen de la Torre de Babel para enseñarnos de qué debemos huir no habría pasado por alto el uso del lenguaje para dividir.
Finalmente, la elegancia y la gracia de ciertos eventos —llenos de contemplación y centrados en la espiritualidad, especialmente las misas en la Plaza de Cibeles y en la Sagrada Familia— contrastaban marcadamente con el carácter profano y banal de algunas representaciones —particularmente en Madrid—, para disgusto de los fieles presentes. Asimismo, la discreta presencia del Cardenal Arzobispo de Barcelona contrastaba con la extraña prominencia del Cardenal Arzobispo de Madrid, que en ocasiones daba la impresión de que no era el cardenal quien acompañaba al Papa, sino el Papa quien acompañaba al cardenal.
Discurso del Papa ante el Congreso
Sin embargo, en una sociedad tan politizada, ha sido imposible evitar que el discurso que el Pontífice pronunció en el Congreso se convirtiera en el discurso más comentado, un discurso que, no obstante, fue criticado por algunos periodistas que ejemplifican las plagas que asolan la profesión (con algunas raras excepciones): arrogancia, ignorancia y «esa frivolidad que es como una calabaza seca con semillas bailando dentro»[2].
[2] The Wild Bunch (Sam Peckinpah, 1962).
