SOBRE LA JUSTICIA SOCIAL


La artificial controversia generada por la sobrerreacción del gobierno a unas palabras del presidente de Argentina ha opacado su mensaje de firme defensa de la libertad y desacomplejada crítica del socialismo, un soplo de aire fresco y un verdadero shock para nuestra inculta clase política.

Uno de los debates suscitados por el argentino ha girado alrededor de sus críticas a la justicia social. Algunos se han escandalizado, pero antes de criticarle o aplaudirle convendría definir qué es la justicia social, y aquí nos topamos con un serio obstáculo. En efecto, aunque el concepto clásico de justicia quedó definido por Ulpiano (y luego por Santo Tomás de Aquino) como «dar a cada uno lo que le corresponde», la justicia «social» nunca ha sido claramente definida, como censuraba Hayek. Por este motivo, sólo podemos analizarla por aproximación.

La justicia social como igualitarismo
La justicia social está muy relacionada con el igualitarismo, una ideología muy reciente. En efecto, la sociedad actual, dominada por la propaganda y la adulación de las masas consustanciales al sufragio universal, ha olvidado que la igualdad del hombre se circunscribe a su inalienable dignidad como ser humano y a la deseable igualdad de todos ante la ley. Toda igualdad que trascienda estos dos conceptos suele ir contra el orden natural de las cosas y ser injusta: prueba de ello es que debe ser impuesta por la fuerza.

En efecto, Dios no repartió sus talentos por igual, ni los atributos físicos, ni la salud, ni la inteligencia, ni la virtud, y los resultados diferentes que proceden de talentos diferentes sólo pueden ser calificados de justos. Es justo que el estudiante que dedique muchas horas al estudio saque mejor nota que uno que no lo hace, o que el estudiante inteligente y con mayor capacidad de concentración necesite menos horas que el que es menos dotado o adolece de atención dispersa. También resulta justo que el adulto trabajador y frugal obtenga unos resultados mejores que el zángano derrochador, o que el que arriesga su patrimonio para montar un negocio obtenga más recompensas económicas que el empleado, el directivo o el funcionario que valora la seguridad en el empleo y una jornada laboral corta.

También es justo que el Real Madrid haya ganado 14 (o 15) Copas de Europa* y Novak Djokovic 24 Grand Slam, pero en el deporte, misteriosamente, nadie cuestiona la justicia del palmarés ni propone redistribuir los trofeos a otros equipos o jugadores, aunque la distribución de trofeos sea tan asimétrica como la de la riqueza (ley de Pareto)
* Odio a muerte al RM, y me niego a ponderarlo de ninguna manera.

Siendo un signo de los tiempos tener que explicar lo obvio, reitero que las diferencias en capacidades físicas, intelectuales o morales, y las diferentes circunstancias de cada uno, pertenecen al orden natural de las cosas. Pero es que, además, dichas diferencias son enriquecedoras, pues alientan a las personas «a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación»[1], es decir, al servicio a los demás.
[1] Catecismo de la Iglesia Católica n. 1937.

Naturalmente, en ciertas ocasiones la diferencia de resultados proviene de condiciones apriorísticas contrarias a la justicia, como veremos más adelante.

La justicia social como redistribución de la riqueza
Una concreción del igualitarismo es la corrección de la desigualdad económica mediante la redistribución de la riqueza, que se equipara a la justicia social e incluso a la justicia distributiva. Aquí tropezamos con varios escollos. Primero, tachar de injusta la desigualdad económica es algo que dista mucho de ser evidente[2]. Segundo, redistribuir la riqueza significa la redistribución coercitiva de la riqueza por parte del Estado, lo que implica una vulneración de la libertad y de la propiedad privada mediante el uso de la violencia, o sea, lo que antaño se denominaba robo.

Resulta patente que en las democracias actuales la redistribución de la riqueza tiene poco que ver con una actitud benéfica o virtuosa del Estado y mucho con la compra de votos por parte de los políticos, que empujan a las masas a la codicia de los bienes ajenos y a la envidia «de la que tan hábilmente abusan los agitadores de la lucha social»[3]. En este sentido, conviene constatar que el Estado de Bienestar no se ocupa primordialmente de los pobres o indigentes, una minoría cuyos votos cuentan poco, sino de la población en su conjunto, cuyos votos sí cuentan.
[3] Quadragesimo anno n. 137, Pío XI.

Por último, la redistribución coercitiva por parte del Estado ―bajo un disfraz altruista que oculta un espurio afán de poder― vulnera también los esenciales principios de solidaridad y de subsidiariedad, pilares básicos de un orden social justo y bueno.

El principio de solidaridad
El principio de solidaridad hace referencia al vínculo que nos une a los demás. El hombre no puede aislarse y encerrarse en sí mismo, pues ha nacido para la unión y la ayuda mutua. Nadie es una isla en medio del océano: todos caminamos juntos por la incierta travesía de la vida, necesitándonos mutuamente.

Esta dependencia mutua permite desarrollar la virtud de la caridad y de la generosidad y tiene la maravillosa característica de ser bidireccional, pues beneficia tanto al ayudado como al que ayuda (en palabras de Cristo, «hay más dicha en dar que en recibir»[4]). Sin embargo, por su propia naturaleza, la solidaridad está unida al don de la libertad. De este modo, cuando a través de unos impuestos que no son precisamente voluntarios el Estado suplanta al individuo y lo sustituye por una masa burocrática que no actúa bajo el impulso de la virtud sino como parte de un engranaje ciego e impersonal, la solidaridad queda destruida.

La acción redistributiva del Estado también produce un efecto de expulsión o de crowding out de la acción caritativa del individuo, pues quien ha pagado un 65% de su renta en todo tipo de impuestos directos e indirectos (porcentaje medio que paga el trabajador español cada año[5]) sentirá que ya ha ayudado suficiente a los demás.

El principio de subsidiariedad
La redistribución coercitiva de la riqueza por parte del Estado también vulnera el «gravísimo, inamovible e inmutable» principio de subsidiariedad[6], que establece que «una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias». De ello se colige que no es legítimo que el Estado absorba y suplante al individuo o a la comunidad en aquellas actividades que éstos pueden llevar a cabo con su propio esfuerzo e industria.

Sin duda, toda sociedad civilizada tiene el deber de proteger a sus miembros más débiles (empezando por el nasciturus), pero el Estado no debe hacerlo con carácter universal (a todos los ciudadanos, lo necesiten o no), sino sólo a los más necesitados, y sólo con carácter suplente o subsidiario. Este matiz es crucial. Así, la actuación del Estado como ente protector debería reducirse a un papel limitado enfocado a aquellos a los que el individuo, la familia, la comunidad o la sociedad civil no alcancen a proteger con sus actos de solidaridad voluntaria.

Incluso cuando el Estado dota de una pensión a un individuo que podía haber ahorrado, vacía de contenido la virtud de la frugalidad, pero también de la generosidad y de la justicia, al obstaculizar que los hijos cuiden de sus padres mayores con reciprocidad: «Pan por pan, protección por protección, cuidado por cuidado, sacrificio por sacrificio»[7].
[7] Carta pastoral por la Cuaresma, 1976, Juan Pablo II.

Desgraciadamente, la coartada de los servicios públicos ha permitido un crecimiento desorbitado y sin precedentes del tamaño del Estado. No debemos olvidar que lo que tomamos por normal dista mucho de serlo. En efecto, «la evidencia histórica indica que, desde la Antigüedad clásica hasta el siglo XX, la tributación directa regular en el mundo occidental (a diferencia de una emergencia) se consideraba ilegal excepto para los pueblos sometidos, hasta el extremo de que en la antigua Atenas los impuestos eran considerados un rasgo típico de la tiranía»[8].
[8] Propiedad y libertad, Richard Pipes, Turner 2002.

Solidaridad y subsidiariedad están interrelacionadas. La subsidiaridad sin solidaridad corre el peligro de alimentar formas de individualismo egoísta que empobrecen a todos, comenzado por el propio sujeto, mientras que la solidaridad sin subsidiaridad puede degenerar fácilmente en ese asistencialismo tan dañino del Estado de Bienestar[9], generador de dependencias y servidumbres (que son su verdadero objetivo). Así, «al intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado asistencial provoca la pérdida de energías humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados por lógicas burocráticas más que por la preocupación de servir a los usuarios, con enorme crecimiento de los gastos»[10]. Sin duda, la concentración de funciones y tareas en el Estado «es la gran tara de nuestro tiempo»[11].
[9] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia n. 351.
[10] Centesimus annus n. 48 Juan Pablo II.
 
Finalmente, dar por sentado que la distribución espontánea de la renta es, por defecto, un error, un mal y una injusticia que el Estado debe corregir, contiene un mensaje subliminal enormemente destructivo, esto es, que todo aquello que no nos satisface, todo deseo insatisfecho, es un derecho conculcado, una injusticia de la que otros son culpables. Culpar automáticamente de nuestros males a otros es una cómoda tentación que nos aleja de la verdad, y pretender que tenemos derechos que pasan por violar los de los demás nos conduce a la barbarie.

La justicia social como bien común
Ni el igualitarismo ni la redistribución coercitiva de la riqueza por parte del Estado parecen responder a la definición clásica de justicia. Sin embargo, existe una equivalencia que, con todas sus limitaciones ―pues cae también en la indefinición del concepto― propone relacionar la justicia social con el bien común, y ésta merece una opinión mucho más positiva.

El bien común no significa comunidad de bienes ni colectivismo, como equivocadamente se cree, sino el «conjunto de condiciones sociales que permiten a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección»[12]. Cada ser humano es «una obra a realizar»[13], «una lámpara creada por Dios para brillar y dar luz al mundo»[14], y las condiciones ambientales idóneas que le facilitan esa tarea de construcción de sí mismo se denominan bien común. En otras palabras, el bien común es el conjunto de principios, valores, instituciones, normas y estructuras que facilitan que cada individuo pueda realizarse plenamente y hacer florecer sus talentos, que no sólo le beneficiarán a él, sino también a los demás. Naturalmente, esto sólo podrá ocurrir si el individuo así lo elige libremente, es decir, si decide aceptar su papel en la Historia, minúsculo o enorme, pero siempre —y aquí reside la belleza de la individualidad— único e irrepetible.
[12] Mater et Magistra n. 65; Catecismo de la Iglesia Católica n. 1906.
[13] Centesimus Annus n. 39.
[14] Vida y palabras de sabiduría de San Chárbel, de Hanna Skandar, Nueva Era, 2014.

Forma parte del bien común, en primer lugar, el respeto de los derechos y de la dignidad del ser humano partiendo del respeto a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. No olvidemos que los derechos del ser humano son previos y están por encima de la existencia de cualquier Estado.

También es bien común la preservación de la paz, entendida no sólo como ausencia de guerra, sino como concordia entre los ciudadanos desde el respeto a las diferencias.

También forma parte del bien común la libertad en su sentido más amplio: libertad religiosa, libertad de opinión y de expresión, y libertad de mercado, puesto que el libre mercado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades materiales de la sociedad[15]. En este sentido, como afirma el sacerdote y filósofo Martin Rhonheimer, un referente en ética económica, «la evidencia histórica es clara: durante los dos últimos siglos, la economía de libre mercado y la libertad de comercio han mejorado continuamente las condiciones de vida de todos los niveles sociales, siempre y en todas partes. Por el contrario, todo tipo de intervencionismo estatal, todo tipo de planificación económica y todo tipo de socialismo han deteriorado las condiciones de vida y el bienestar de todos los niveles sociales, siempre y en todas partes»[16].
[15] Centesimus Annus n. 34.
[16] The Common Good of Constitutional Democracy, M. Rhonheimer 2013, p. 480.

Asimismo, forma parte del bien común la existencia y preservación de un marco jurídico estable y justo, de un Estado de Derecho sostenido sobre el imperio de la ley que obligue por igual a gobernantes y gobernados y que defienda el derecho natural a la propiedad privada, «que tiene un valor permanente»[17] y sin la cual no puede haber libertad ni progreso económico, no en balde los fenómenos de pobreza suelen estar ligados a los obstáculos a la misma[18].
[17] Mater et Magistra, n. 109, Juan XXIII.
[18] Centesimus Annus n. 6.

La primera institución que conforma el bien común es la familia, formada por un padre y por una madre, en la que los hijos puedan crecer en un ambiente de amor, seguridad y estabilidad. Una sociedad que busque el bien común hará lo imposible por proteger a la familia. Un Estado que quiera dominar a sus súbditos hará lo posible por destruirla, pues se interpone entre él y el individuo.

El acceso a una educación independientemente de las condiciones económicas de la persona forma también parte integrante del bien común. Esto no implica que sea el Estado el que provea este servicio, realizado con mayor calidad y menor adoctrinamiento por el sector privado, sino que lo financie de modo subsidiario, es decir, sólo en aquellos casos en que la familia, la comunidad o la sociedad civil no alcancen a hacerlo. La educación tampoco debería ser un derecho independiente del resultado académico, sino dependiente del esfuerzo y del mérito. Obviamente, el bien común engloba también el acceso a unos servicios de salud básicos, de nuevo desde el respeto al principio de subsidiariedad.

Por último, debe subrayarse que el bien común también está conformado por una sociedad que fomente la virtud, la verdad, la responsabilidad, el compromiso y el sacrificio.

La ausencia del bien común genera pobreza material, pero también humana, pues tapona y obstaculiza el crecimiento y la fecundidad de la persona. Ésta no sólo tendrá dificultades para realizarse completamente, sino que no podrá comunicar sus talentos a los demás en el grado en que podría haberlo hecho de contar con un ambiente más propicio. El bien común, por tanto, es la tierra buena y la lluvia generosa que permiten que los individuos puedan florecer y dar el fruto que cada uno está llamado a dar, con sus diferentes características individuales, talentos y circunstancias.

Pobreza voluntaria e involuntaria
Si no se fomenta el bien común, se da una pobreza remediable y, por tanto, injusta. Pero existe también una pobreza irremediable que tiene que ver con la incertidumbre de la vida, con la falibilidad del ser humano y, sobre todo, con su naturaleza caída, pues la carencia de virtudes individuales convierte frecuentemente la pobreza en pobreza voluntaria.

«Manos perezosas generan pobreza; brazos diligentes, riqueza», escribió el sabio en el s. IV a. C[19]. Esta afirmación, hoy casi revolucionaria, habría sorprendido a pocos antes del advenimiento del igualitarismo en el s.XX. En efecto, la condición necesaria (pero no suficiente) de la prosperidad económica de los pueblos son las cualidades personales de sus miembros, esa constelación de virtudes al margen de las cuales «ningún sistema o estructura social puede resolver, como por arte de magia, el problema de la pobreza: laboriosidad, competencia, orden, honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro, espíritu de servicio; cumplimiento de la palabra empeñada, audacia; en suma, amor al trabajo bien hecho»[20]. Estas virtudes conforman la cultura de una sociedad y determinan en gran medida su nivel de progreso económico, que varía de región en región y de país en país, con resultados fácilmente constatables.
[19] Prov. 10,4.
[20] Discurso con Ocasión del 350 Aniversario de la Publicación de Galileo, Juan Pablo II, 1983.

Por consiguiente, la pobreza relativa no puede ser calificada por regla general de injusta en una sociedad que respeta el bien común. Quizá por ello, el filósofo Julián Marías ―uno de los observadores más lúcidos de la realidad española del s.XX― disociaba pobreza de injusticia: «La pobreza puede coexistir con un estado satisfactorio de justicia, mientras que su eliminación puede dejar intactas muchas injusticias o incluso producirlas». Marías tildaba la justicia social de «falacia» y describía con humor una sociedad igualitarista como «una granja avícola bien administrada»[21].
[21] La justicia social y otras justicias, Julián Marías, Austral 1979.

¿Qué es injusticia social?
Dado que el difuso concepto de justicia social se identifica con demasiada frecuencia con el igualitarismo o la redistribución coercitiva de la riqueza por parte del Estado, contrarios ambos al bien común, podemos redefinir la injusticia social a la luz de éste.

Es injusticia social el ataque a la familia mediante el divorcio exprés o la perversa ideología de género, el aborto y la eutanasia.

Es injusticia social la persecución de la libertad de opinión, de expresión y religiosa, en particular, del cristianismo.

Es injusticia social poner trabas al libre mercado y al libre comercio.

Es injusticia social que se incentive vivir sin trabajar fomentando la holgazanería mediante paguitas y subsidios con cuantías parecidas a las de un salario.

Es injusticia social tener que pagar un nivel de impuestos abusivo que socava el derecho a la propiedad privada y sólo sirve para mantener un Estado elefantiásico que ocupa parcelas propias del individuo, de la familia y de la sociedad civil, apoyado en un «oneroso y opresivo sistema de control burocrático que esteriliza toda iniciativa y creatividad»[22].
[22] Centesimus annus n. 25.

Es injusticia social el grotesco número de regulaciones y normas liberticidas creadas por dicha burocracia, una verdadera dictadura legislativa que asfixia la actividad cotidiana de los ciudadanos y expone a éstos a todo tipo de sanciones injustas.

Es injusticia social que la tasa de desempleo medio en España desde 1978 hasta hoy haya sido del 17% (período que nuestra clase política denomina ridículamente el de mayor prosperidad de nuestra historia), y que hoy dos sueldos apenas puedan mantener una familia con dos hijos cuando una o dos generaciones atrás un sueldo bastaba para mantener una familia de cuatro hijos. La causa final está en el deterioro del bien común, el declive moral, el socialismo cultural y el Estado de Bienestar.

Es una injusticia social aberrante, en fin, que un gobierno se dedique constantemente a provocar la discordia y el enfrentamiento civil, a atizar el odio a quien piensa diferente y a dividir a la población para perpetuarse en el poder.

Podemos aspirar a una sociedad mejor.


EMOCRACIA: LA NUEVA ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA DEL SIGLO XXI.

 

El historiador estadounidense Niall Ferguson señaló sobre Estados Unidos en 2019 que «ya no vivimos en una democracia. Vivimos en una sociedad democrática donde gobierna la emoción, no la mayoría, y los sentimientos importan más que la razón. Cuanto más fuertes sean tus sentimientos, cuanto mejor sepas conducirte a la indignación, más influencia tendrás. Y nunca utilices palabras donde valgan emoticonos».
Ferguson pone ejemplos de los últimos años en Estados Unidos, desde debates entre políticos hasta titulares a medida en los medios de comunicación políticamente comprometidos para crear una tormenta de indignación y, por tanto, polarización social.

Otro autor profundiza en este tema: «Cuanto más alto expreses tus emociones incontrolables, ¡más creíble serás! Así es nuestro mundo hoy. Dios nos dio las emociones, pero también nos dio su ley que nos muestra lo que está bien y lo que está mal para que podamos controlar nuestras emociones. De lo contrario, las emociones descontroladas y desenfrenadas nos llevarán al desastre».

Ambos autores escribían en el contexto de la administración Trump y los furibundos ataques de los demócratas contra él. Sin embargo, no se trata solo de la oposición republicanos vs. demócratas. Parece que el razonamiento y la racionalidad en Occidente se han olvidado (así como Dios), dejando espacio a las emociones. De ahí el grotesco discurso de Greta Thunberg en la ONU, que se convirtió en meme y motivo de burla. O los gritos del artista polaco Bartosz Bielenyi en el Parlamento Europeo, que fueron aplaudidos por los eurodiputados. Muy cercano a la emocracia es el comportamiento de políticos y activistas ucranianos que gritan a sus oponentes durante los debates o escenifican actuaciones demostrativas en ciudades europeas con pintura roja.

Incluso el Secretario de Estado de EEUU, en lugar de hablar de temas serios, a su llegada a Kiev se va a un bar donde toca la guitarra y canta una canción. Puede que no sea tan emotivo como los discursos de ecologistas o activistas políticos (uno de ellos se clavó el escroto en la Plaza Roja en noviembre de 2013). Pero Anthony Blinken ha demostrado, de alguna manera, que él también ha caído en el pantano de la emocracia.

«Para ponerlo en terminología, la emocracia es una ilusión de democracia en la que la fuente de opinión no es un conjunto compartido de valores, sino ciertas emociones. Éstas evocan fuertes sentimientos ante unas elecciones, una represalia militar o un acontecimiento deportivo».

Pero no se trata sólo de un elemento del populismo político, como podría parecer a primera vista. El teórico político australiano Stephen Chavurah amplía el concepto de emocracia describiendo el «cambio sutil pero increíblemente profundo» que se ha producido en Occidente en las últimas décadas: «Del derecho a buscar la felicidad al derecho a ser feliz». Chavurah sostiene que para muchos hoy en día, «el resto de la sociedad gira en torno a mis sentimientos, asegurándose de que no soy infeliz».

«En otras palabras, se trata de narcisismo hipertrofiado y egocentrismo, como dirían los psiquiatras. En resumen, una situación en la que alguien cree que el mundo entero le debe algo y que es libre de hacer lo que quiera».

Así es como se comportan los liberales progresistas, conocidos como woke, en Estados Unidos. Debido a su falta de educación y de un comportamiento cultural básico, estos individuos derriban monumentos a figuras históricas, muestran falta de respeto por los puntos de vista de sus compatriotas que difieren de los suyos (y, por supuesto, de todos los demás en el extranjero) y hacen propuestas ridículas bajo la apariencia de una patética preocupación por un tema.

Pero no sólo en Estados Unidos el alarde de emociones negativas ha provocado la muerte de procedimientos democráticos bien conocidos. En particular, la salida británica de la UE se ha examinado precisamente en el contexto de la política emocional. Una publicación académica sobre el tema observó acertadamente que «la ansiedad lleva a la gente a buscar más información, mientras que la ira hace que se cierren a nuevas fuentes de información y confíen en actitudes preexistentes». Del mismo modo, la esperanza y el entusiasmo se asocian con mayores niveles de interés y participación en las campañas, mientras que la ansiedad y la ira afectan a la tolerancia política.

«Así lo confirman las prácticas manipuladoras, también en lo que se refiere a Rusia: toneladas de publicaciones en los últimos años han tenido como objetivo despertar la ira en los consumidores de información y, en consecuencia, conducirlos a determinados marcos de prejuicios para mantenerlos en un estado de neurosis permanente».

Profundizando en el análisis de la relación entre emociones y política, otra publicación académica sobre el tema afirma que «las emociones individuales y colectivas se entrelazan en los nodos de las estructuras sociales, influyendo en las percepciones y acciones de la política global». El autor describe el proceso de múltiples capas de las emociones en la vida cotidiana a través de una red de nodos interconectados e interrelaciones bajo cuatro temas dominantes: la confrontación colectiva, la participación política, la legitimidad del Estado y el uso que éste hace de los medios de comunicación para expresar determinadas emociones.

Este tema se desarrolla afirmando que «las emociones no existen de forma aislada, sino que operan dentro de un marco geopolítico y geocultural más amplio que depende de las condiciones espaciales y temporales que conforman su interpretación e identificación». En este contexto, se argumenta que el estudio de la «sensibilidad y la emoción» es fundamental para comprender la sociedad.

Para entender la relación entre emociones y sensibilidad, se introduce el concepto de «ecología emocional», destacando tres de sus características: las emociones colectivas derivadas de similitudes compartidas, el «marco de referencia» asociado a cada emoción y que le confiere un significado particular, y los grupos de prácticas emocionales. Diferentes aspectos confluyen para facilitar la configuración de experiencias e interacciones sociales, dotando de significado a los sentimientos y sus resultados, lo que se asemeja a la asociación emocional.

Ambos conceptos, asociación emocional y ecología emocional, tienen importantes implicaciones para comprender la dinámica del miedo y la ansiedad en el contexto de las zonas de guerra, las violaciones de los derechos humanos, la trata de personas, las disparidades sanitarias y la discriminación racial y étnica.

La autora cree que la investigación futura en este ámbito puede profundizar en varias direcciones.

  • En primer lugar, explorar las interrelaciones entre las emociones, en lugar de basarse únicamente en un aspecto emocional, supondría un importante paso adelante en la comprensión de las complejidades de la política. En la vida cotidiana, las personas experimentan y expresan una serie de emociones, a menudo simultáneamente. Entender cómo estas emociones múltiples interactúan e influyen en las actitudes y percepciones políticas representa un área de investigación prometedora para los académicos.
  • En segundo lugar, los investigadores también podrían estudiar la interconexión de las emociones. La interacción entre diferentes identidades sociales como la raza, la clase, el género y las emociones en un contexto político requiere más investigación.
  • En tercer lugar, se necesitan estudios comparativos transculturales y transnacionales que exploren cómo influyen las emociones en la política en diferentes sociedades, culturas y sistemas políticos.
  • En cuarto lugar, e igualmente importante, se exploran las dimensiones emocionales de las cuestiones medioambientales.
La investigación sobre cómo emociones como el miedo, la esperanza o la apatía influyen en las percepciones públicas, la elaboración de políticas y la acción colectiva relacionadas con el cambio climático o las cuestiones medioambientales merece más atención. Por último, es necesario investigar más sobre cómo afectan las emociones a la resolución de conflictos, la consolidación de la paz y los procesos de negociación.
«Comprender cómo afectan las emociones a los esfuerzos de reconciliación y a los acuerdos de paz puede mejorar las estrategias de resolución de conflictos. La emoción en la política sigue siendo un campo de estudio emergente, que ofrece ricas oportunidades para la investigación interdisciplinar y una mayor exploración de la compleja interacción entre los sentimientos, el poder y la dinámica social».

Sin duda, estas sugerencias son importantes para comprender lo que le ha ocurrido a la sociedad occidental. Pero si se lee entre líneas, es fácil ver que las orientaciones de esta investigación también proporcionarán herramientas sobre cómo gestionar mejor las emociones y hacia dónde dirigirlas. Y en el contexto del aturdimiento general en Occidente, esto hará que el electorado de estos países sea aún más vulnerable a la casta de los tecnólogos políticos locales.

Fuente: Leonid Savin

Immanuel Kant va a la guerra: ¿se ha apropiado Putin de su filosofía?

 

Si bien Kant es tan innegablemente alemán como el oleoducto Nord Stream, Putin (y todos los demás, en todas partes) tienen derecho a citarlo mañana, tarde y noche.

En primer lugar, me quito el sombrero ante Russia Today (y a la VPN que me permite acceder a él) por informarme que el canciller alemán Olaf Scholz ha arremetido contra el presidente ruso Vladimir Putin, quien, según él, es culpable de citar el icónico filósofo alemán Immanuel Kant. Dado que Putin había citado al filósofo en un acto conmemorativo del 300 aniversario del nacimiento de Kant, Scholz acusó a Putin de haber intentado «apropiarse» del gran pensador y tergiversar sus ideas.

La historia, a primera vista, es tan ridícula que tuve que buscarla en Google para asegurarme de que no me estaba engañando ese voluble camaleón de la OTAN llamado «desinformación rusa». Sin embargo, dado que muchas fuentes occidentales han verificado la historia desde entonces, podemos continuar.

Die Zeit cita a Scholz en la Academia de Ciencias de Berlín-Brandenburgo: «Putin no tiene el menor derecho a citar a Kant, pero el régimen de Putin sigue apoderándose de Kant y de su obra, casi a cualquier precio».

Detengámonos por un momento. Kant nació en 1724 en Koenigsberg (hoy Kaliningrado), que en ese momento pertenecía al Reino de Prusia, antes de pasar a formar parte del Imperio Ruso. El filósofo, famoso por sus trabajos sobre ética, estética y ontología filosófica, es considerado, con razón, uno de los pilares de la filosofía clásica alemana. Si bien es innegablemente alemán como el oleoducto Nord Stream, Putin (y todos los demás, en todas partes) tiene derecho a citarlo mañana, tarde y noche. Incluso si Kant es alemán como Tolstoi (que se consideraba un filósofo y no un escritor) es ruso, su genio pertenece al mundo. En otras palabras, Scholz es libre de citar a Tolstoi, desde el momento en que, por supuesto, ha aprendido a leer.

Dado que Putin había pronunciado su discurso en el famoso lugar de nacimiento de Kant, obviamente era totalmente apropiado que Putin citara al gran filósofo y Scholz, si no fuera un ignorante, debería haber aprovechado esto para su beneficio, en lugar de aparecer como el obvio babuino que es.

Da la casualidad de que Putin ha pasado gran parte de su vida laboral en Alemania y habla el idioma de Kant, Schiller y Goethe al menos con tanta fluidez como Scholz. No sólo eso, sino que Putin ha elogiado y citado a Kant durante décadas e incluso llegó a decir que el filósofo debería convertirse en un símbolo oficial de la región de Kaliningrado. Alemania y alemanes como Kant han tenido un efecto profundo y a menudo benévolo en Rusia desde antes de que Vasili III, Gran Príncipe de Moscú, fundara el Barrio Alemán de Moscú en el siglo XV. Catalina la Grande, que en realidad nació en Prusia, y el alemán Putin, admirador de Kant, han llevado estos vínculos hasta tiempos más modernos.

Y, aunque Catalina la Grande, lamentablemente, ya no está con nosotros, Putin sí, y sus comentarios de que Kant es «uno de los más grandes pensadores de su tiempo y del nuestro» no sólo son dignos de respeto, sino que también son consideraciones que más líderes alemanes cultos que Scholz habría explotado en su beneficio.

Scholz, que se considera una especie de filósofo de bar, no quiere ni oír hablar de ello. Considera que el papel de Rusia en las zonas de habla rusa de Ucrania contradice las enseñanzas fundamentales de Kant sobre la interferencia de los Estados en los asuntos de otras naciones y defiende la decisión de Kiev de no entablar conversaciones de paz con Moscú a menos que estén en las condiciones de la rendición incondicional de Rusia ante la OTAN. Scholz, sin sentido de ironía o timidez respecto de los fallidos acuerdos de Minsk, dijo que Kant creía que los tratados impuestos por la fuerza no eran la manera de lograr la «paz perpetua» (una referencia directa a Por la paz perpetua, una de sus obras más influyentes).

Pero Kant era un filósofo, no un estadista, y había escrito esa tesis en 1795, justo cuando las Guerras Revolucionarias Francesas y un tal Napoleón Bonaparte comenzaba a asomar la cabeza.

Gracias a Alemania, que incumplió los acuerdos de Minsk, que fue cómplice del ataque del Nordstream y que armó hasta los dientes al régimen nazi de Kiev, ahora se están intensificando otras guerras. Pero la charla, como la filosofía, nos lleva hasta cierto punto y no más allá. Para bien o para mal, el Koenigsberg de Kant es ahora el Kaliningrado de Rusia e, independientemente de lo que se piense, la sabiduría de Stalin al llevar a cabo ataques preventivos contra Finlandia y los estados bastardos del Báltico es evidente porque, sin esos ataques, probablemente la «generación alemana más grande» (de los nazis) habría logrado lo que el malvado Scholz está tratando de hacer ahora: poner a Rusia de rodillas y mucho más.

Scholz puede afirmar que Kant es exclusivamente alemán o, como es costumbre en el Dniéper, reclamarlo como propio de Ucrania. Pero lo que no puede ni debe hacer es alentar al régimen nazi de Estonia a atacar los monasterios cristianos ortodoxos sólo porque no quieren romper con el Patriarcado de Moscú. Y, si Scholz quiere sonar como Kant, debería refrescar su memoria sobre lo que tanto Kant como Mendelssohn dijeron sobre el tipo de opresión religiosa que vemos que los estados de Estonia, Ucrania y otros similares practican contra los cristianos ortodoxos.

Pero vayamos al grano. Scholz y los estadounidenses ante quienes debe responder no tienen ningún interés en Kant, Mendelssohn o cualquier otro filósofo alemán u otro notable. Si Putin se refiere favorablemente a Kant, Mendelssohn, Goethe, Schiller o cualquier otro alemán universalmente admirado de antaño, entonces se le debe abordar en este nivel en el espíritu de la Oda a la alegría de Schiller, que se refleja en la Novena (la alemana) de Beethoven y, tal vez con razón, en lo que respecta a Scholz, en los himnos racistas de Rodesia y de Europa, que difaman a Schiller, a Beethoven y a todo lo bueno de Alemania.

Si los occidentales quieren citar a Pushkin, Dostoievski, Tolstoi o cualquier otro gran ruso para criticar a Putin, entonces deberían, como dicen los estadounidenses, hacerlo. Pero el compromiso ya no parece ser su punto fuerte. Atrás quedaron los días en que el más grande de los alemanes (y europeos), Leibniz, daba protagonismo a la corte de Pedro el Grande, ahora vienen payasos como Zelenski, que bailan como una Salomé barata para excitar, pagando una tarifa, a Scholz y su congregación de los incultos.

Llámenme anticuado, pero preferiría que Putin y todos los demás leyeran a los grandes de Alemania, en lugar de tener a alemanes vergonzosos como Scholz y ese insufrible parásito de von der Leyen, que no sólo arrastran lo que había sido una gran nación, sino que ahogarla en su ignorancia y su miopía.

Elección del Parlamento Europeo, una mascarada muy costosa.

Las elecciones europeas no tienen otro objetivo que hacernos creer que la Unión Europea es una entidad democrática… sólo porque hace elecciones. Por supuesto, el Parlamento Europeo no cuenta con las mismas prerrogativas que los parlamentos nacionales. En realidad, no sirve prácticamente para nada y su única utilidad es esa… ser electo. Pero su mandatura costará 15 millones de euros, sin entrar a contabilizar lo que cuesta la elección misma.


La elección del nuevo Parlamento Europeo tendrá lugar del 6 al 9 de junio, según los Estados miembros. El poder del Parlamento Europeo es muy limitado: los eurodiputados sólo votan los proyectos de leyes ya redactados por la Comisión Europea. Desde que fue creada, la Comisión Europea es sólo la correa de transmisión de la OTAN en las instituciones europeas y se apoya simultáneamente en el Consejo Europeo —que reúne a los jefes de Estado y/o de gobierno de los países miembros de la UE— y en los dueños de empresas europeos (Business Europe). Los eurodiputados sólo pueden emitir resoluciones, aprobadas por mayoría simple, que expresan opiniones, opiniones que nadie lee y que nadie trata de convertir en acciones concretas. Dado el hecho que la mayoría de los eurodiputados son atlantistas, las opiniones expresadas en esas resoluciones reproducen la propaganda de la OTAN.

Tradicionalmente, las elecciones europeas sirven de válvula de escape para las tensiones existentes en los diferentes Estados miembros de la UE. Por esa razón, los gobiernos siempre temen lo que pueda pasar en esa consulta y favorecen una multiplicación de listas alternativas en los territorios de sus adversarios políticos. En Francia, país con leyes muy restrictivas sobre el financiamiento de las campañas políticas, el dinero que Estados Unidos y la presidencia de la República inyectan en esas campañas «europeas» proviene sobre todo de otros Estados —generalmente de países africanos— y de quienes imprimen la propaganda electoral de los candidatos. El resultado de esa estrategia es una impresionante multiplicación de la cantidad de listas —en Francia ya son 21… ¡y en Alemania se cuentan 35!

Las elecciones europeas se hacen siempre mediante la presentación de listas electorales por cada partido, pero cada país tiene su propio sistema de escrutinio. En la mayoría de los casos se trata de listas «cerradas»[1], como en Francia y Alemania. En otros países, como en Irlanda y/o en Malta, los puestos disponibles se disputan uno por uno, lo cual reduce el papel de los partidos. Otros países practican el sistema de listas «abiertas», donde cada partido presenta una lista de candidatos, pero los electores pueden modificar el orden de los candidatos en la lista, como en Suecia y en Bélgica. En Luxemburgo, los electores pueden escoger candidatos en listas diferentes. Cada uno de esos sistemas tiene sus ventajas e inconvenientes, pero no miden lo mismo.
[1] En el sistema de listas cerradas, los partidos establecen un orden de prioridad que determina cuáles de sus candidatos recibirán los votos de sus electores. De esa manera, los candidatos que ocupan los primeros lugares en las listas de sus partidos tienen la elección prácticamente garantizada. Nota de Red Voltaire.

Los tratados sobre la creación de la Unión Europea preveían la creación de partidos «europeos». Pero en la práctica no se han creado partidos de envergadura internacional… lo cual indica que no existe un «Pueblo europeo».

Por consiguiente, en cada país miembro de la UE, se invita los partidos nacionales a reunirse en alianzas por tendencias, dentro de alianzas europeas que van a designar «su» candidato a la presidencia de la Comisión Europea. Y quien decide finalmente cuál de esos candidatos se convertirá en presidente de la Comisión Europea [el puesto que hoy ocupa la alemana Ursula von der Leyen/La gárgola] es el Consejo Europeo, conformado por los jefes de Estado y/o de gobierno de los diferentes países miembros de la Unión Europea.

Ese modo de elección indirecta se estableció en 2014. En la práctica, ya se sabía de antemano cuál era la «coalición» de mayor envergadura. Así que Jean-Claude Juncker, y después la señora Ursula von der Leyen, ya estaban designados… antes de que su coalición obtuviese una mayoría relativa.

La posible designación de Mario Draghi como próximo presidente de la Comisión Europea, significaría que la coalición que lo presenta ha cambiado de opinión a última hora. En principio, la designación había recaído nuevamente en la señora Ursula von der Leyen, pero el informe de Mario Draghi sobre la competitividad de las empresas europeas vino a modificar el panorama… e incluso los objetivos de la Comisión. En efecto, esta manipulación en la designación del candidato permitiría un brusco cambio en los temas de discusión: con vista a las elecciones se ha hablado de los resultados de la gestión de la señora von der Leyen a la cabeza de la Comisión Europea, pero el objetivo es ahora la federalización de la Unión Europea, en detrimento de la soberanía de los Estados miembros.

Este último tema es algo que escapa totalmente a la comprensión de los electores. Estos pueden pensar, con cierta lógica, que «en la unión está la fuerza», pero ciertamente todavía no perciben lo que significaría para ellos la desaparición de las prerrogativas nacionales de los Estados, que sería de hecho la desaparición de los propios Estados. En este momento, la Unión Europea ya no es democrática. Pero el «Estado Europa» sería aún menos democrático.

La interrogante fundamental del momento, aunque nadie la menciona, es la siguiente: ¿Deben las poblaciones de los diferentes países miembros de la Unión Europea formar, sí o no, un Estado único, aunque hasta ahora no constituyen un solo Pueblo?

Dicho de otra manera: ¿Aceptarán esas poblaciones que les impongan decisiones tomadas por una mayoría de «regiones» (ya no se podría hablar de «países» ni de «Estados» miembros), con intereses y visiones diferentes a los de su propia «región»?

Esta problemática ya fue planteada explícitamente, en 1939, por el canciller alemán Adolf Hitler, quien pretendía crear una «Gran Alemania», con todos los pueblos germanoparlantes, mientras que alrededor de esa «Gran Alemania» gravitaría una constelación de pequeños Estados europeos, creados cada uno para una etnia. Después de la caída del Reich, en 1946, el primer ministro británico, Winston Churchill, deseaba la creación de los «Estados Unidos de Europa» —entidad en la que sin embargo el Reino Unido se cuidaría mucho de participar[2]. El objetivo de Churchill era que el Reino Unido tuviese en Europa un solo interlocutor, que nunca llegaría a poder rivalizar con el poderío británico. Aquel proyecto tampoco llegó a realizarse, en su lugar apareció un «mercado común», pero hoy la Unión Europea actual vuelve enfilarse hacia aquel rumbo.

En el plano económico, la Unión Europea se dirige hacia la especialización de cada uno de sus miembros en una actividad precisa. Por ejemplo, Alemania se dedicaría al sector automovilístico, Francia a los artículos de lujo y Polonia a la producción agrícola. Pero, ¿qué pensarían de eso los agricultores alemanes y franceses? ¿Qué pasaría cuando se viesen sacrificados, al igual que los cuadros y trabajadores de la industria automovilística polaca?

En cuanto a la política exterior y la defensa, la Unión Europea ya está aplicando la doctrina atlantista. O sea, la UE defiende las mismas posiciones que Washington y Londres. Pero esa línea sería impuesta a los pueblos de todos los miembros de la Unión, incluyendo a los húngaros, que hoy se niegan a convertirse en «antirrusos», y a los españoles, que niegan su apoyo a los genocidas israelíes. Según los tratados, la OTAN es responsable de la defensa de la Unión Europea. Como presidente de Estados Unidos, Donald Trump exigía que los europeos asuman por entero el costo de esa defensa aumentando sus presupuestos militares hasta dedicarles al menos un 2% de su PIB, para que la defensa de los europeos no costara ni un centavo a los estadounidenses. Hasta el día de hoy sólo 8 de los 27 Estados miembros de la Unión Europea han cumplido esa exigencia de Washington, planteada a través de la OTAN. Si la UE se convirtiese en un solo Estado, ese deseo de Washington se convertiría en una obligación para todos los europeos. Para ciertos Estados, como Italia, España y Luxemburgo, eso implicaría una súbita reducción de los fondos disponibles para los programas sociales nacionales. Es poco probable que los pueblos afectados estén de acuerdo con eso.

Está, además, el caso particular de Francia, país miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y que dispone de la bomba atómica. Francia tendría que poner esas prerrogativas al servicio del Estado único europeo, abriendo así la posibilidad de que el Consejo Europeo las utilice en contra de las opiniones e intereses de los franceses. También parece difícil que la población interesada, en este caso los franceses, acepte tal cosa alegremente.

En todo caso, el Estado-Europa —téngase en cuenta que no estamos hablando del continente europeo sino de los países miembros de la Unión Europea— sería en realidad un imperio, aunque una parte de su territorio —el norte de Chipre— vive desde 1974 bajo la ocupación turca, lo cual no parece preocupar a la UE.

Ninguno de esos problemas es nuevo. Pero son esos problemas los que llevaron a que ciertos políticos, como el general Charles de Gaulle, aceptaran el «mercado común» mientras que rechazaban la «Europa federal». Los dirigentes atlantistas europeos tienen todas esas cuestiones en mente, pero no sucede lo mismo con los pueblos que ellos supuestamente representan, así que esos dirigentes tratarán por todos los medios de ocultar esos problemas a los electores europeos en plena campaña electoral.

A esos problemas políticos se agrega otro, de naturaleza organizacional. La era industrial deja hoy su lugar a la era de la informática y de la inteligencia artificial. En lugar de las organizaciones verticales del inicio del siglo XX, hoy se imponen, tanto en la economía como en la política, las organizaciones horizontales en red. Por esa razón, el modelo vertical del futuro Estado-Europa ya es obsoleto en este momento, cuando ese Estado-Europa ni siquiera se ha instaurado aún. Todos los que conocen la enorme y pesada maquinaria administrativa característica de la Unión Europea ya han podido comprobar que esta no logra, a fin de cuentas, otra cosa que obstaculizar el crecimiento económico que supuestamente debería estimular. En este momento, la Unión Europea se ha quedado muy por detrás de China, de Rusia y de Estados Unidos. El proyecto federal en definitiva no sólo no le permitirá volver a levantarse sino que le hará perder todavía más terreno ante las potencias emergentes.

Podría pensarse que los partidarios del Estado-Europa deberían estar interesados en estimular la más amplia participación de las poblaciones para legitimar su proyecto. Pero ya puede verse que no es así, dado el hecho que en esta campaña electoral europea nadie habla del proyecto de federalización de la UE. Los dirigentes están dejando ese tema para después, para abordarlo cuando Mario Draghi ya haya sido entronizado. Y también están haciendo todo lo posible para destacar que la institución supranacional organiza elecciones —lo cual supuestamente bastaría para hacerla «democrática»—, pero a la vez tratan de garantizar que participe la menor cantidad posible de gente. La participación en todo el conjunto de la Unión Europea podría incluso quedarse por debajo de la mitad de los electores.

LA SOLEDAD DE «OCCIDENTE»: UN CONGLOMERADO COMANDADO POR ESTADOS UNIDOS.

 

Occidente es hoy un conglomerado de estados comandados, con mano de hierro, por los Estados Unidos. El bloque más grande y cohesionado lo forma la Anglosfera: los propios Estados Unidos, Canadá, Reino, Unido, Australia, Nueva Zelanda así como numerosas colonias y excolonias británicas, que, siendo pequeñas, pueden ser muy relevantes en el ámbito estratégico, paradisíaco-fiscal, etc.

En un segundo nivel, pero muy integrado con la Anglosfera, se hallan los Estados derrotados en 1945: Alemania y Japón son, de facto, enormes bases militares al servicio de la OTAN y de los Estados Unidos.

En tercer lugar, en constante expansión y fortificación, se hallan los países asiáticos pro-yanquis, llamados a formar la «OTAN del Pacífico», estados cada vez más agresivos que cercan a China, en una actitud de estrangulamiento enteramente similar y paralela a la que la OTAN propiamente dicha exhibe en torno a Rusia.

En cuarto lugar, tenemos lo que el analista Pepe Escobar llama los «chihuahuas europeos»: un pintoresco elenco de estados y microestados que enseñan sus dientes a Rusia, constituyendo estas mascotas un caso insoportable de soberbia y ausencia de realismo. Ahí los tienen: sin contar propiamente con ejércitos ni presupuestos, pero gesticulando «bajo el paraguas de la OTAN»; aquí metan también, entre los perrillos ladradores, al Reino de España.

Todos estos estados juntos forman una parte minoritaria de la humanidad, y representan solamente un trozo del territorio planetario. Menos de la mitad. Todos ellos, haciendo gala de un incurable etnocentrismo, pretenden orientar a sus poblaciones hacia una posible guerra generalizada, previsiblemente nuclear. Orientar a las poblaciones hacia la aceptación de esa guerra, la conveniencia de esa guerra, la posibilidad de vencer en esa guerra… ¿Están locos?

Pero una guerra OTAN-Rusia, directa y generalizada, no por interposición y circunscrita a Ucrania, como ocurre ahora, es una locura. Esa guerra no se puede aceptar, no es conveniente, y es imposible vencerla.

No se puede aceptar porque aquí son los Estados Unidos los que se juegan existencialmente su poderío, sólo ellos. Los europeos solo podemos encontrar lluvia radiactiva, ciudades devastadas, hambre y retroceso a la prehistoria durante siglos. Europa debe incluir a Rusia entre sus aliados y socios. Toda existencia futura a espaldas de Moscú es una quimera.

No es conveniente. Europa está sumida en el caos demográfico y migratorio. De ella se ha ausentado el sentido común, el espíritu crítico, el instinto de la autodefensa. Los capitales extraeuropeos (ya sean yanquis, ya sean árabes) están estrangulando sus posibilidades productivas y reproductivas. A los Estados Unidos les da igual que una Europa concebida como enorme base de la OTAN evolucione en el futuro hacia un Califato de Europistán.

Es imposible vencer esta guerra. Todos los analistas independientes coinciden en señalar que aquí ha muerto el talento, se ha instalado la pereza. Las carencias tecnológicas son ruidosamente evidentes: los universitarios más cualificados de Occidente aprenden hoy lo que en China y Rusia han desarrollado ya hace diez años. Lo más dramático de los europeos y, en general, «occidentales» es esto: por una dosis más de placer, venderían a sus propias madres. Las naciones clásicas defienden sus valores. China, Rusia, Irán son naciones clásicas, dotadas de unos valores que a lo mejor no gustan aquí, pero los poseen y luchan por ellos. En este Occidente de una OTAN de chatarra, peligrosa pero de chatarra, la base social se educa en la lujuria, drogas blandas y molicie.

Es una guerra que no conviene y no se puede ganar. Pero tampoco, y sobre todo, no se puede aceptar. Ese Occidente no tiene razón: tira piedras y luego contrata a matones y bufones para responder a sus propias gamberradas. El gamberro ha sido «pillado in fraganti», y estará solo, nadie le defenderá.

Como los de Berlín, en 1936, los Juegos Olímpicos de París 2024 están al servicio de un imposible sueño imperial.

La afirmación puede parecer chocante, pero lo cierto es que la organización de los próximos Juegos Olímpicos de París recurre a trucos propagandísticos utilizados en los Juegos de 1936, en el Berlín del III Reich. Como el canciller Adolf Hitler, el presidente francés Emmanuel Macron, quiere aplicar el proyecto de «Nuevo Orden Europeo». Sólo los diferencia que el presidente francés no habla de recurrir a la guerra. Pero, al igual que su predecesor en 1936, Macron está condenado al fracaso porque, también como su predecesor, Macron siente desprecio por los pueblos. Además, su proyecto ya es obsoleto, no corresponde a las estructuras de las organizaciones de la era numérica.

Mario Draghi y Emmanuel Macron instalarán el Nuevo Orden Europeo bajo los auspicios del fondo de inversiones KKR.

Emmanuel Macron no ha respetado nunca la cultura francesa. Durante su primera campaña electoral no dejó pasar la menor oportunidad de ridiculizarla. Para satisfacer su ambición, Emmanuel Macron necesitaba pasar por la presidencia de la República Francesa, pero para él eso sólo tenía sentido en el marco de la Unión Europea. Durante sus mandatos como presidente de Francia, Emmanuel Macron ha resuelto muy pocos problemas franceses, pero ha construido pacientemente la transformación de la Unión Europea en un imperio de una treintena de Estados.

En su mente, los próximos Juegos Olímpicos serán la oportunidad para manipular las masas, magnificando los «Estados Unidos de Europa», para llevarlas a aceptar espontáneamente la disolución de los Estados miembros de la Unión Europea.

En su discurso programático de la Sorbona, el que pronunció hace siete años, Emmanuel Macron declamaba: «Varias semanas después de las elecciones europeas [de 2024], París acogerá los Juegos Olímpicos. Pero no es París quien recibe. Es Francia y con ella Europa, quienes harán vivir el espíritu olímpico nacido en este continente. Será un momento de reagrupamiento único, una oportunidad magnífica de celebrar la unidad europea. En 2024, el Himno a la Alegría resonará y la bandera europea podrá ser orgullosamente enarbolada junto a nuestros emblemas nacionales»[1].

Sí, los Juegos Olímpicos de 2024, en París, serán para Emmanuel Macron la oportunidad de poner en escena su visión personal del mundo. Cada victoria de un Estado miembro de la Unión Europea se acompañará con la ejecución del himno de la UE. No cabe duda de que la Unión Europea será la potencia victoriosa. Emmanuel Macron concretará así el sueño del canciller Adolf Hitler, cuyos códigos por cierto ya ha adoptado. Por ejemplo, el recorrido de la llama olímpica —que no existía en los Juegos de la Antigüedad— es una invención del nazismo. El canciller alemán quiso magnificar los cuerpos de los arios haciéndolos atravesar los Balcanes, prefigurando las conquistas que ya proyectaba. El presidente francés espera alinear a los franceses tras su imposible sueño europeo para manipularlos mejor. Por cierto, la confección de la antorcha olímpica la puso en manos del grupo Usinor, que ahora se llama ArcelorMittal. Su predecesor alemán la había confiado al fabricante de cañones Krupp.

No se inquiete usted, querido lector. Si comparo a Emmanuel Macron con Adolf Hitler no es para dar a entender que el presidente francés sea racista. Pero esa referencia histórica tiene que ver con mi razonamiento. Por ahora, tenga usted en mente que en estos JO de París habrá deportistas rusos… pero no se oirá el himno de Rusia. En cambio, no habrá deportistas inscritos a nombre de la Unión Europea… pero sí se oirá el himno europeo.

Para entender la trampa que se está preparando, y en la que probablemente caeremos todos, tenemos que recordar sus etapas anteriores.

En su discurso del 27 de septiembre de 2017, Emmanuel Macron declaraba: «Hemos dado vuelta a la página de una forma de construcción europea. Los padres fundadores construyeron Europa al abrigo de los pueblos porque ellos eran una vanguardia preclara, porque quizás podía hacerse, y avanzaron, demostrando después que aquello funcionaba.» Emmanuel Macron planteaba así los principios de una puesta en escena que [los franceses] hemos visto, participando a veces, pero sin entenderla.
  • El 25 de junio de 2018, el presidente Macron presentaba la Iniciativa Europea de Intervención. No se trataba de un programa de la Unión Europea. Al menos la mitad de los Estados miembros de la UE —como Alemania— no deseaban esa «iniciativa» de carácter militar. Al principio sólo participaron en ella 9 miembros de la UE, incluyendo el Reino Unido —que sin embargo estaba a punto de salir de la Unión Europea. Ahora participan 14 Estados. La Iniciativa Europea de Intervención está ahora en aplicación en el Golfo Pérsico —bajo la denominación European Maritime Awareness in the Strait of Hormuz (EMASoH). Supuestamente es el inicio de una «capacidad de acción autónoma de Europa, como complemento de la OTAN».
Pero es importante aclarar aquí que no se ha hablado nunca de crear un ejército para garantizar la defensa colectiva de los Estados miembros de la Unión Europea. De hecho, lo que estamos viendo es precisamente lo contrario: la guerra en Ucrania está sirviendo de pretexto para traslados gigantescos de armamento, de manera que en este momento ningún Estado miembro de la Unión Europea cuenta con los medios necesarios para defenderse por más de 2 días ante un ataque convencional de un Estado desarrollado.

De hecho, mientras se habla de fortalecer el poderío militar, acabamos de enterarnos, a través del Tribunal de Cuentas [institución encargada de fiscalizar el uso de los fondos públicos por parte del Estado], de que el ministerio de Defensa de Francia suprimió el año pasado 3.599 puestos de militares [2]. En definitiva, la defensa de Francia ya depende, y dependerá aún más en el futuro, de Estados Unidos y del Reino Unido… o sea, de la OTAN.
  • El 4 de marzo de 2019, el presidente Emmanuel Macron publicaba un texto donde llamaba a la creación de una «Conferencia por Europa para proponer todos los cambios necesarios para nuestro proyecto político». Esa conferencia debía «asociar paneles de ciudadanos, hacer audiencias con universitarios, con los socios sociales, con representantes religiosos y espirituales». Su objetivo sería definir «una hoja de ruta para la Unión Europea que traduzca en acciones concretas esas grandes prioridades»[3]. Obsérvese que el presidente Macron no escribía «sus grandes prioridades» sino «esas grandes prioridades», con lo cual precisaba que la conferencia debía encontrar cómo alcanzar objetivos que no determinaría por sí misma sino que le serían impuestos.
Se trataba de retomar el Gran Debate Nacional que el gobierno francés promovió después de la revuelta de los Chalecos Amarillos. En el marco de aquel «Gran Debate Nacional» se hicieron 10.134 reuniones públicas, se presentaron 19.899 listados de quejas y reclamos, 16.337 alcaldías participaron en todo ese proceso y se redactaron 569.000 contribuciones detalladas. El resultado de todas esas discusiones fue nulo y todo ese enorme papeleo acabó en la papelera.
  • Varios meses después, el 16 de julio de 2019, la presidente alemana de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentó su programa, donde decía que «Europa es como un largo matrimonio. El amor no crece necesariamente desde el primer día, pero eso depende»[4].
A partir de aquel momento, la presidencia de Francia y la administración de la Unión Europea comenzaron a trabajar juntas para convertir la UE en un «imperio» —los comunicadores dicen, más elegantemente, en una «federación». Era evidente que no será posible hacer que los pueblos acepten esa «transformación» en un referéndum. Así que la señora Von der Leyen/(La Gárgola) y su equipo pensaban proceder por etapas: modificar las reglas para la adopción de las decisiones pasando a un procedimiento simplificado, para luego ir disolviendo los Estados-miembros y sustituirlos por un Estado centralizado.
  • Durante su primer mandato, el presidente francés visitó una por una las capitales de los 28 países miembros de la Unión Europea. Estaba haciendo su «campaña electoral» para justificar su próxima designación.
  • Desde abril de 2021 hasta mayo de 2022, 830 «ciudadanos» europeos se reunieron para debatir sobre «El futuro de Europa», una conferencia —inaugurada por el presidente Emmanuel Macron— que arrojó 49 proposiciones y 326 medidas, las cuales fueron enviadas a los presidentes del Parlamento Europeo, del Consejo Europeo y de la Comisión Europea[5].
Primeras observaciones: esta presentación de los hechos pasa por alto verdaderos problemas. Para dar al proceso en marcha una apariencia de legitimidad se trata de crear la ilusión de que el «Imperio» europeo es una idea que no viene «de arriba» sino que es un ardiente deseo de los pueblos europeos.
Por ejemplo, se habla de «ciudadanos» europeos cuando en realidad no hay Estado europeo ni Pueblo europeo sino Estados nacionales.
Los participantes en la famosa conferencia salieron de un sorteo, lo cual aporta una apariencia de representatividad y de legitimidad a sus decisiones. Pero, en la práctica, esas personas fueron remuneradas, con nuestros impuestos, cuando en realidad no eran parte de ninguna institución europea. Lo que hicieron fue avalar un grupo de medidas, ya ampliamente discutidas de antemano, y sobre todo votaron apresuradamente lo que París y Bruselas querían que aprobaran… aunque se trata de cosas que contradicen sus intereses.
  • El 25 de marzo de 2022, el Consejo Europeo —entonces bajo la presidencia del presidente francés Emmanuel Macron— adoptaba la «Brújula Estratégica». Esta, después de haber definido una serie de amenazas, trazó las líneas directivas de su estrategia, desembocando en la creación de una Fuerza de Acción Rápida de 5.000 efectivos.
  • El 9 de junio de 2022, el Parlamento Europeo, después de haber adoptado varios textos relativos a la mencionada Conferencia por el Futuro de Europa, adoptó también una resolución (P9_TA(2022)0244) que convoca una «Convención para la Revisión de los Tratados», en aplicación del artículo 48 del Tratado de Niza.
  • El 10 y el 11 de marzo de 2022, Emmanuel Macron convocaba una reunión informal del Consejo Europeo, realizada en Versalles. Los jefes de Estado y de gobierno de los países miembros de la UE aprobaron allí la creación de un presupuesto de apoyo a Ucrania y el programa de cambio de dependencia energética.
  • El 30 de noviembre de 2022, el Consejo Europeo —o sea, los jefes de Estado y de gobierno de los países miembros de la UE— hicieron una lista de las 18 medidas propuestas por el panel de «ciudadanos» —los participantes en la Conferencia sobre el Futuro de Europa— que necesitarían una revisión de los Tratados (ST 10033 2022). Esas medidas van desde «garantizar de manera obligatoria en toda la UE la creación de jardines de infancia a precios abordables y servicios gratuitos de guardería de niños» hasta… «pasar de la unanimidad al voto por mayoría cualificada en el Consejo Europeo», en otras palabras, despojar a los Estados-miembros de su soberanía.
  • Hace sólo días, el 25 de abril de 2024, el presidente Emmanuel Macron pronunció solemnemente un segundo discurso en la Sorbona[6].
1- Se felicitó por haber logrado un endeudamiento común de 800.000 millones de euros durante la epidemia de Covid, algo que Olaf Scholz —entonces ministro de Finanzas de Alemania— llamó «un momento hamiltoniano», por analogía con la puesta en común de las deudas de la guerra de independencia que condujo a la creación de los Estados Unidos de América. Exactamente como en aquella época, la epidemia de Covid propició una estrategia europea de adquisición de vacunas, objetivo que no estaba cubierto en los Tratados de la UE. Por supuesto, Emmanuel Macron no mencionó el hecho que las supuestas «vacunas» eran inservibles contra la enfermedad, cosa que ahora está saliendo a la luz. Lo importante para él es sólo que los Estados-miembros de la Unión Europea hayan comprado en común las supuestas «vacunas».
2- También se congratuló por haber logrado la unidad de la Unión Europea en ocasión de la guerra en Ucrania. Los Estados-miembros sustituyeron su dependencia del gas ruso [barato] por su actual dependencia del gas [caro] estadounidense. Y también lograron sacrificar todos juntos sus propios medios de defensa para enviarlos a Ucrania, que los ha consumido totalmente. Ahora la Unión Europea es totalmente dependiente —en lo económico y también en lo militar— de los Estados Unidos de América.
3- Igualmente se felicitó después por haber sentado «las bases de una mayor soberanía tecnológica e industrial» —con Alemania en sectores como las baterías, el hidrógeno, la electrónica y en la salud, así como con el proyecto del «Tanque del Futuro» y el sistema de combate aéreo del futuro, en lo militar, y con Países Bajos en los submarinos. Emmanuel Macron mencionó también el proyecto de escudo antimisiles europeo. Al día siguiente, el ministro de Defensa de Alemania, Boris Pistorius, proponía un sistema elaborado en conjunto por Alemania, Estados Unidos e Israel —una muestra de lo que podemos esperar de la UE cuando se habla de «independencia europea».
4- La Comisión Europea adoptó el «Green Deal» (en inglés en el texto), amplio programa ecológico que echa abajo sectores enteros de la economía. En este momento, debido a la proximidad de las elecciones europeas, se han eliminado del «Green Deal» las medidas más importantes contra los agricultores.
5- La Unión Europea reafirmó sus fronteras e implantó a la vez una política de lucha contra algunos miles de migrantes clandestinos y de apertura de sus fronteras a varios millones de inmigrantes escogidos.
6- La Unión Europea ha «comenzado a repensar su geografía en los límites de nuestra vecindad. Europa se ve ahora como un conjunto coherente después de la agresión rusa, afirmando que Ucrania y Moldavia forman parte de nuestra familia europea y que están llamadas a incorporarse a la Unión, cuando llegue el momento, como los Balcanes occidentales». Al principio de este artículo mencioné una Unión de más de 30 miembros, eso es lo que están preparando.

Reflexionemos ahora sobre el significado de esa estrategia. Sus defensores nos dicen que quieren crear una entidad capaz de competir con los Estados Unidos de América y con China.

Hay que observar que la Unión Europea apareció como sucesora de la Comunidad Económica Europea (CEE), cuya creación ya respondía a los deseos de Estados Unidos y del Reino Unido —los 6 miembros fundadores de la CEE se habían comprometido a crearla a cambio de tener acceso al Plan Marshall. Después, cuando se creó la OTAN, se instauró también la Comisión Europea para introducir las normas de la alianza atlántica en las legislaciones nacionales. Esa dependencia sigue existiendo en nuestros días. Es por eso que:
  • la Unión Europea y la OTAN tienen sus sedes en la misma ciudad, que es Bruselas;
  • el secretario general de la OTAN es invitado frecuentemente a participar en el Consejo Europeo, que es la asamblea de los jefes de Estado y/o de gobierno de la Unión Europea;
  • quien anunció la ampliación de la Unión Europea a los países que habían sido miembros del «bloque del este» fue… el secretario de Estado estadounidense, James Baker, quien, por cierto, hizo el anuncio sin esperar siquiera a que el Consejo Europeo se reuniese para abordar el asunto;
  • el Tratado de Niza dispone que la OTAN garantiza la defensa de los Estados-miembros de la Unión Europea. Los términos de esa «protección» aparecen en la Declaración Común de 2023[7].
De todo eso se desprende, evidentemente, que la afirmación de que la Unión Europea rivalizaría con Estados Unidos es, como mínimo, ridícula ya que la UE, o el Imperio que sería su sucesor, no es más que una creación de Estados Unidos. En cuanto a rivalizar con China, esa pretensión es sólo una tonta repetición de la visión neoconservadora del mundo, la cual supone la existencia de una inevitable «competencia» entre las grandes potencias y rechaza de plano la visión china que, por el contrario, propone una «cooperación armoniosa».

Algunas personalidades francesas denuncian el proyecto imperial de Emmanuel Macron contraponiéndole la noción de la soberanía nacional que defendía el presidente Charles de Gaulle. En lo que me concierne, yo no estaría en contra de pertenecer a un país más grande que el mío… pero al menos tendría que sentirme parte de su Pueblo… y la Unión Europea es sólo un conglomerado de pueblos diferentes, con historias y culturas muy diferentes. Antes de convertirse en presidente de Francia, Emmanuel Macron ridiculizaba la cultura francesa tildándola de obsoleta. Pero Macron no ha demostrado que exista una cultura propia de la Unión Europea, como tampoco ha demostrado la existencia de un hipotético «Pueblo» de la Unión Europea. Yo sigo sintiéndome más cercano de los españoles y los rusos que de los polacos y los lituanos.

Mi observación final es que el proyecto imperial de Emmanuel Macron no podrá concretarse porque hace mucho tiempo que se ha quedado atrás. Se basa en la creencia de que una autoridad vertical, ejercida sobre un territorio muy vasto, sería obligatoriamente poderosa. Así fue en la era industrial, cuando se razonaba en función de organizaciones enormes, formadas según el modelo de las fábricas de los grandes combinados. Pero hoy, en la era de la informática, en la era numérica y de la inteligencia artificial, sólo salen adelante las estructuras que funcionan horizontalmente en red.

Fue el profesor de Derecho Walter Hallstein quien concibió el «Nuevo Orden Europeo», que el canciller Adolf Hitler pretendió imponer. Su idea consistía en federar los diferentes Estados europeos alrededor de una Alemania ampliada, que abarcaría todos los territorios de pueblos germanoparlantes. Gracias a la superioridad numérica, Berlín gobernaría así Europa.

Walter Hallstein quizás no era nazi, pero fue designado para negociar aquel proyecto con el Duce Benito Mussolini. Mucho después, en 1958, Walter Hallstein se convirtió en el primer presidente de la Comisión Europea, lo cual demuestra que Estados Unidos y el Reino Unido habían adoptado la noción del «Nuevo Orden Europeo». Es por eso que, al principio de este artículo, señalé el parecido entre las intenciones del presidente Emmanuel Macron para los Juegos Olímpicos de París 2024 y las del canciller Adolf Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. En ambos casos, se trata de manipular las masas para ponerlas al servicio de un imposible sueño imperial.


ACLARACIONES TERMINOLÓGICAS A LA ENTREVISTA CON TUCKER CARLSON.

 

Mi entrevista con Tucker Carlson ha sido rápidamente traducida al ruso, por lo que lamentablemente existen muchas omisiones en ella. En general, se puede entender la mayor parte de lo que se dice allí, pero existen ciertos matices que es importante señalar. Antes que nada, es una conversación con un estadounidense y en ella me dirijo más que nada al público estadounidense. Y como dejan entrever los miles de comentarios que se han hecho, al parecer me han entendido muy bien. Es por esa razón que se usa en ella términos políticos muy comunes en el lenguaje político estadounidense —como, por ejemplo, woke (despierto) y wokeism (despertar)— que nosotros no utilizamos. El woke es una especie de código entre los liberales para estar constantemente alerta y denunciar a todos los que se opongan a la agenda LGBT (prohibida en Rusia), a la teoría racial crítica (teoría valiosa que puede ser abordada de forma interesante, pero que no nos interesa en este momento), el internacionalismo, el globalismo, la protección de la inmigración ilegal, etc. Además, lo woke también implica atacar a todos los que sean patriotas y conservadores (tanto contemporáneos como históricos) de ser «fascistas». Tal parece que la generación más joven del Partido Comunista de la Federación de Rusia ha comenzado a adoptar el wokismo en sus discursos, sin embargo, no es a ellos a los que me refiero en esta entrevista.

La forma de actuar de los liberales de izquierda woke es la siguiente: identifican a alguien (un conservador) y comienzan a escribir una serie de denuncias sobre él en las redes, hacen vídeos en YouTube (prohibido en Rusia), Instagram, montan denuncias y después comienza el proceso de cancelación de la persona mediante inspecciones a sus lugares de trabajo, entrevistas sesgadas que parecen interrogatorios, artículos por encargo hasta finalmente llegar al despido, el ostracismo, la persecución en las redes sociales, la vigilancia de las cuentas financieras, la prohibición de obtener préstamos, la cancelación de las cuentas bancarias y, en casos extremos, el asesinato del propio atacado o de uno de sus familiares. Este es el proceder de los terroristas liberales de izquierda. Algo parecido hacen con las figuras históricas: se censura o prohíben sus libros, pinturas o películas; los motores de búsqueda de internet ya no permiten que aparezcan en la red e incluso Wikipedia comienza a crear una sección de difamación en contra de ellos que no puede ser eliminada. Este proceder ya se le ha aplicado a figuras como Dante, Dostoievski, J. K. Rowling y a muchos otros autores que no se considera que no cumple con la corrección política. Así que cuando uso el término «woke» los estadounidenses me comprenden, pero en nuestro país sería necesario escribir un artículo entero explicando y dando ejemplos que incluso avergonzarían a nuestros liberales de izquierda o izquierdistas nacionalistas (eso en el caso de que tengan consciencia, algo que todavía está por demostrar).

Por otro lado, el concepto estadounidense de progresismo y progresista que usan los autodenominados liberales de izquierda —enemigos mortales de Trump, Tucker Carlson, el conservadurismo, la religión, la familia y los valores tradicionales— para referirse a sí mismos requiere ciertas aclaraciones. En Rusia palabras como «progresismo» (прогрессивный) o «progresista» (прогрессист) no son usadas en el sentido expuesto más arriba. Además, en el Estados Unidos contemporáneo existe una verdadera guerra entre «conservadores» y «progresistas», que sigue siendo bastante desigual, ya que los «conservadores» creen que los «progresistas», aunque están equivocados, tienen derecho a existir, mientras que los «progresistas» tachan a los «conservadores» de ser «fascistas» e insisten en que no tienen derecho a vivir o expresar sus ideas. Para los «progresistas» los «conservadores» son los «enemigos de la sociedad abierta» (Popper) a los que se debe destruir antes de que terminen por abolir a la susodicha «sociedad abierta». Esto quiere decir que los «progresistas» están despiertos y deben cancelar a los demás. Muchos de estos «progresistas» son trotskistas y se pueden encontrar tanto en el ala izquierda del Partido Demócrata como entre los neoconservadores del Partido Republicano (R. Kagan, W. Kristol, V. Nuland, etc.). En esencia, estos «progresistas» son partidarios de la Revolución Mundial liberal y globalista, al igual que del terror jacobino.

Finalmente diré que el concepto de «liberales» tiene varios significados en Estados Unidos:

Primero, este concepto es usado para referirse al sistema político estadounidense en su totalidad, es decir, como una forma de legitimar y reconocer la supremacía del capitalismo, por lo que todos lo que viven allí se denominan liberales. Por lo tanto, «liberales» en Estados Unidos son todos los que reconozcan estos principios, ya sean los liberales de izquierda del Partido Demócrata o los liberales de derecha del Partido Republicano. Los primeros están a favor de la inmigración, las perversiones sexuales y el wokismo, mientras que los segundos están a favor de los impuestos fijos y el gran capital.

En un sentido más estricto, sobre todo en las discusiones bipartidistas, se suelen tachar de «liberales» a los «liberales de izquierda» que están a favor del wokismo, la cultura de la cancelación y el «progresismo». Claro, algunos de ellos son realmente fascistas, aunque se presentan como «antifascistas», bajo la excusa de que «si no enviamos a los fascistas a un campo de concentración, entonces ellos lo harán con nosotros». Estos «liberales» creen que los republicanos, y especialmente los trumpistas (su base más conservadora), deberían ser encerrados o incluso desterrados. Solo hasta que estos conservadores sean eliminados (véase la nueva película de «The Civil War», donde queda retratado de forma muy precisa la manera en que piensan los liberales de izquierda estadounidenses) podrán existir en paz.

El término liberal es usado en otro sentido en los Estados Unidos, aunque cada vez es menos. Ese sería el de «viejos liberales» tal como el propio Tucker Carlson se concibe a sí mismo. Algunas veces se usa el término «libertarios» para referirse a ellos y en muchos aspectos son anarquistas, aunque más de derecha que de izquierda. Los «progresistas» a menudo los identifican con los «fascistas» porque interpretan el «liberalismo» de una forma muy diferente a como lo hace el liberalismo de izquierda, pues para ellos cualquiera que no siga sus ideas es considerado un «fascista» y debe ser «cancelado». Los libertarios están a favor del impuesto fijo o nulo a la renta y rechazan la intervención del Estado tanto en el gobierno como en la economía. También están a favor de portar armas (2ª Enmienda de la Constitución) y de la libertad total y sin restricciones para hacer lo que quieras, decir lo que quieras y ser como quieras. Estos «viejos liberales» creen que los «nuevos liberales» (woke, LGBT, progresistas, internacionalistas) se han apoderado del Gobierno Federal con la intención de crear un sistema «estalinista», «comunista» o un «Estado corporativo» en los Estados Unidos.

En mí entrevista con Tucker Carlson tuve que considerar a cual de estas tres definiciones del liberalismo se refería y, como se desprende de los comentarios, la audiencia estadounidense comprendió muy bien lo que decía. De haber tenido que explicar todas estas definiciones detalladamente en la entrevista con Tucker Carlson, entonces este habría encanecido y envejecido como un meme. No obstante, es importante explicar estos conceptos para el público ruso mediante un curso únicamente dedicado al liberalismo, su historia, sus orígenes y sus mutaciones (desde el derechista Hayek hasta el izquierdista Soros, y eso que esto sería únicamente la última etapa de la historia del liberalismo), además de explicar en qué contexto político se usa tal término en los Estados Unidos contemporáneos. Después sería necesario hacer un curso para mostrar que el liberalismo no tenía nada que ver con nosotros. Pero, ¿para qué dar el primer curso si bastaría con el segundo? La verdad es que he dictado muchas conferencias, cursos, vídeos largos y cortos, escrito textos y monografías sobre este tema que han aparecido en el Centro de Estudios Conservadores de la Universidad Estatal de Moscú, así como en el Instituto Tsargrad y la Escuela Superior de Política Ilyn.

Dicho todo lo anterior, puedo decir que el público estadounidense estaba preparado para recibir mis ideas y eso a pesar de que hubo una campaña en mí contra bastante grande por parte de los globalistas y liberales de izquierda. De hecho, en muchas ocasiones me han llamado «asesor de Trump» con tal de descalificarme. Para los «progresistas», «wokistas» y/o liberales soy una especie de «Dr. Malvado» de proporciones globales o, como me dicen, «el filósofo más peligroso del mundo». Resulta interesante que Dimitri Simes Jr. —hijo del destacado politólogo, pensador y analista Dimitri Simes Sr.—, el cual ha vivido toda su vida en los Estados Unidos, me contó que conoció las traducciones al inglés de mis libros cuando estaba en la escuela, pues al menos existe una docena de mis libros traducidos y publicados en los Estados Unidos. Sus compañeros incluso le mostraron copias de libros como Geopolítica y La teoría del mundo multipolar que escondían debajo de sus mesas presumiendo que se trataba de literatura disidente. Fue entonces cuando una afro-lesbiana wokista los descubrió y denunció al colegio, acabando en su expulsión. El objetivo de esta entrevista con Tucker Carlson era dirigirme a los estadounidenses, especialmente después de la magistral entrevista que este periodista le hizo a nuestro presidente Vladimir Vladimirovich Putin. Los medios globalistas solo muestran lo que les favorece, así que dicen todo tipo de cosas inventadas y absurdas sobre mí persona. De vez en cuando aparezco en los medios alternativos estadounidenses, aunque estos no tienen mucha cobertura y algunos de ellos apenas si son legales como sucede con los programas de Alex Jones o Larry Johnson. La entrevista con Tucker Carlson es diferente, porque él y sus programas hacen parte de la corriente de opinión pública principal de los Estados Unidos. Claro, él y sus seguidores están en total desacuerdo con la clase «progresista», «woke», «liberal» y «antifascista» de los Estados Unidos.


El jázaro no semita Netanyahu tilda de «antisemitas» a los estudiantes antigenocidas.

El término «semita», inicialmente aplicado a los árabes, sin importar que fuesen judíos, cristianos o musulmanes, se utiliza ahora para designar a los judíos, sean semitas (sefarditas) o europeos (askenazíes). Subrayando ese «“desplazamiento» semántico, el autor mexicano Alfredo Jalife ridiculiza la propaganda del primer ministro israelí Benyamin Netanyahu.

Es perturbadora la represión policiaca contra la revuelta de los estudiantes antigenocidas que condenan la masacre de Gaza desde los campus de una docena de relevantes universidades de Estados Unidos, entre ellas las de la prestigiosa Ivy League[1].

En 1968, la icónica universidad privada de Columbia (Nueva York) fue el epicentro de la protesta contra la guerra de Vietnam, protesta que culminó con el arresto de más de 700 alumnos y profesores.

Hoy, 56 años más tarde, la misma icónica universidad, con un total de 30.000 estudiantes, que subsume la sique colectiva del futuro hecho presente de Estados Unidos, protesta contra el genocidio de Israel en Gaza, y lleva en su haber 100 alumnos y profesores arrestados por la barbárica represión policiaca[2].

Las asombrosas protestas universitarias se han expandido no solamente a Texas y al sur de California, sino también a la icónica Facultad de Ciencias Políticas de París[3].

La célebre columna Lexington de la revista de la monarquía globalista neoliberal «The Economist» rememora que, como en 1968, el demócrata Joe Biden corre el riesgo de ser el candidato del caos y la guerra cuando hoy los estudiantes propalestinos se levantan en las universidades a lo largo y ancho de Estados Unidos[4].

Hasta los medios financieros Financial Times[5] y Bloomberg[6]controlados teológicamente por Israel, no pueden ocultar la llama votiva de la protesta de los estudiantes y profesores de la universidad de Columbia contra el genocidio que Israel perpetra en Gaza.

En un franco acto de intromisión a lo que queda de la soberanía de Estados Unidos —que insólitamente solapan los dos partidos del Congreso estadounidense—, el primer ministro Netanyahu amonestó extraterritorialmente a los universitarios propalestinos antigenocidas de Estados Unidos y los tildó de «antisemitas» (sic). «Lo que está sucediendo en los campus universitarios de Estados Unidos es horrible. Turbas antisemitas se han apoderado de las principales universidades. Piden la aniquilación de Israel. Atacan a estudiantes judíos. Atacan a profesores judíos», afirmó Netanyahu.

Como acostumbra a hacerlo, el primer ministro jázaro Netanyahu[7], que es de origen polaco no semita, califica a los contestatarios universitarios de Estados Unidos como «turbas» antisemitas que atacan la facultad judía. ¿A qué oculta «facultad judía» se refiere?

En su delirante hilo de mensajes en X, Netanyahu asevera: «Esto recuerda lo que ocurrió en las universidades alemanas en los años 30. Es inconcebible. Tiene que ser detenido»[8], mientras glorifica la represión policiaca en varias universidades.

Hoy Estados Unidos se mueve entre el totalitarismo macartista y su nueva guerra civil, como puede verse en una nueva película[9] a la que aludí en mi entrevista que alcanzó ¡más de 2,5 millones de espectadores! En Radio La Raza Los Ángeles, que detenta la máxima audiencia de mexicanos y latinos en Estados Unidos[10].

Israel se ha quedado sin discurso entre el icónico 7 de octubre (día de la sorprendente irrupción de la guerrilla palestina sunita de Hamas) y el 14 de abril —cuando «Israel exacerba su ‘deterrence’ financiero frente al nuevo ‘deterrence’ estratégico de Irán[11]—, al unísono de su genocidio en Gaza, amén de su política de apartheid contra los moradores originales palestinos, que son genuinos semitas frente a los invasores jázaros, que son «semitas fake».

La omnipotente propaganda negra de la triada antisemitismo-terrorismo-odio mediante la «técnica Hasbara»[12] ha quedado superada semióticamente por el genocidio en curso de Israel en Gaza.

Netanyahu haría bien en educarse leyendo al insigne historiador israelí Shlomo Sands en sus dos clásicos libros «El Invento del Pueblo Judío» y «El Invento de la Tierra de Israel», que desmontan toda la ideología-teología fake emanada del sionismo jázaro.