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LA SOLEDAD DE «OCCIDENTE»: UN CONGLOMERADO COMANDADO POR ESTADOS UNIDOS.

 

Occidente es hoy un conglomerado de estados comandados, con mano de hierro, por los Estados Unidos. El bloque más grande y cohesionado lo forma la Anglosfera: los propios Estados Unidos, Canadá, Reino, Unido, Australia, Nueva Zelanda así como numerosas colonias y excolonias británicas, que, siendo pequeñas, pueden ser muy relevantes en el ámbito estratégico, paradisíaco-fiscal, etc.

En un segundo nivel, pero muy integrado con la Anglosfera, se hallan los Estados derrotados en 1945: Alemania y Japón son, de facto, enormes bases militares al servicio de la OTAN y de los Estados Unidos.

En tercer lugar, en constante expansión y fortificación, se hallan los países asiáticos pro-yanquis, llamados a formar la «OTAN del Pacífico», estados cada vez más agresivos que cercan a China, en una actitud de estrangulamiento enteramente similar y paralela a la que la OTAN propiamente dicha exhibe en torno a Rusia.

En cuarto lugar, tenemos lo que el analista Pepe Escobar llama los «chihuahuas europeos»: un pintoresco elenco de estados y microestados que enseñan sus dientes a Rusia, constituyendo estas mascotas un caso insoportable de soberbia y ausencia de realismo. Ahí los tienen: sin contar propiamente con ejércitos ni presupuestos, pero gesticulando «bajo el paraguas de la OTAN»; aquí metan también, entre los perrillos ladradores, al Reino de España.

Todos estos estados juntos forman una parte minoritaria de la humanidad, y representan solamente un trozo del territorio planetario. Menos de la mitad. Todos ellos, haciendo gala de un incurable etnocentrismo, pretenden orientar a sus poblaciones hacia una posible guerra generalizada, previsiblemente nuclear. Orientar a las poblaciones hacia la aceptación de esa guerra, la conveniencia de esa guerra, la posibilidad de vencer en esa guerra… ¿Están locos?

Pero una guerra OTAN-Rusia, directa y generalizada, no por interposición y circunscrita a Ucrania, como ocurre ahora, es una locura. Esa guerra no se puede aceptar, no es conveniente, y es imposible vencerla.

No se puede aceptar porque aquí son los Estados Unidos los que se juegan existencialmente su poderío, sólo ellos. Los europeos solo podemos encontrar lluvia radiactiva, ciudades devastadas, hambre y retroceso a la prehistoria durante siglos. Europa debe incluir a Rusia entre sus aliados y socios. Toda existencia futura a espaldas de Moscú es una quimera.

No es conveniente. Europa está sumida en el caos demográfico y migratorio. De ella se ha ausentado el sentido común, el espíritu crítico, el instinto de la autodefensa. Los capitales extraeuropeos (ya sean yanquis, ya sean árabes) están estrangulando sus posibilidades productivas y reproductivas. A los Estados Unidos les da igual que una Europa concebida como enorme base de la OTAN evolucione en el futuro hacia un Califato de Europistán.

Es imposible vencer esta guerra. Todos los analistas independientes coinciden en señalar que aquí ha muerto el talento, se ha instalado la pereza. Las carencias tecnológicas son ruidosamente evidentes: los universitarios más cualificados de Occidente aprenden hoy lo que en China y Rusia han desarrollado ya hace diez años. Lo más dramático de los europeos y, en general, «occidentales» es esto: por una dosis más de placer, venderían a sus propias madres. Las naciones clásicas defienden sus valores. China, Rusia, Irán son naciones clásicas, dotadas de unos valores que a lo mejor no gustan aquí, pero los poseen y luchan por ellos. En este Occidente de una OTAN de chatarra, peligrosa pero de chatarra, la base social se educa en la lujuria, drogas blandas y molicie.

Es una guerra que no conviene y no se puede ganar. Pero tampoco, y sobre todo, no se puede aceptar. Ese Occidente no tiene razón: tira piedras y luego contrata a matones y bufones para responder a sus propias gamberradas. El gamberro ha sido «pillado in fraganti», y estará solo, nadie le defenderá.

EL SIGLO ESTADOUNIDENSE

 

El siglo XX fue el siglo estadounidense.

Vayamos hacia atrás. El XIX lo fue inglés; el XVIII francés. El siglo XVI y la mitad del XVII fueron los siglos de España, y el interregno del barroco lo cubrió Holanda. La Modernidad implicó (casi) un siglo por cada potencia. La potencia dominante o hegemón marca la pauta de toda una época: ella escribe la Historia, las otras potencias se resisten, las periferias son saqueadas y los vencidos son empujados por los designios del hegemón o, en su caso, por la potencia regional y resistente bajo cuyo dominio cae. Las potencias dominantes emplean a los demás en su propio y exclusivo beneficio. Pocas veces hay un Orden diseñado para el Bien Común. Esto es posible únicamente en aquellas situaciones en las que se erige una cosmovisión racional y de gran altura ética, muy por encima de los intereses crematísticos.

El Imperio Hispánico, mal que les pese a tantos indigenistas, poseía esa cosmovisión, y subordinó el interés crematístico a un Orden Universal, a un Bien Común. Portugal, Holanda, Inglaterra, Francia. nunca poseyeron ese designio de un Orden Universal. Fueron imperios coloniales puros, grandes negocios basados en el saqueo, la esclavitud, la piratería. No obstante, no somos ingenuos: el Imperio Hispánico no siempre actuó a la altura de su designio, ni fue algo así como el Cielo en la Tierra. Además, ha de tenerse en cuenta que la forja de un Orden Universal despierta las fuerzas contrarias: la luz existe, y también la oscuridad. El día no se comprendería sin la noche. La noche correspondiente al Mediodía de una Humanidad Católica (universal) se llamó Inglaterra: la verdadera heredera de las piraterías portuguesas, holandesas y galas, el infierno para los demás pueblos.

No siempre se recalca, pero el magno proyecto de los Austrias españoles, en especial el designio de Felipe II, fue consumar la unión no sólo con Portugal (reino hispánico o ibérico, a fin de cuentas) sino la recuperación de las Provincias rebeldes (la quimera de unos Flandes pacificados y regentados con la misma autonomía que los territorios ibéricos e italianos), así como la anexión —vía matrimonio o vía invasión— de la Pérfida Albión. Algo de esto comento en mi reciente libro sobre el Padre Suárez. El magno proyecto de Felipe, más hispánico en su matriz que el de su padre, el emperador Carlos, de haberse completado, habría dado un giro a la historia de Europa, y con ello, a la historia del mundo. En gran medida era una cuestión de «orden público», pero a escala continental.

Volviendo al siglo estadounidense, el siglo XX, vemos que éste llega a su fin. En el país del Tío Sam no hay un Felipe II, ni siquiera hay un verdadero designio de orden público universal. Tras la caída de la URSS y, con ella, el derrumbe del campo socialista, parecía haber llegado el «Fin de la Historia», esto es, la culminación del siglo estadounidense: un solo polo o hegemón, sin el contrapeso de la ideología comunista y sin amenazas serias por parte de otras pequeñas potencias no alineadas. Pero el Fin de la Historia de Francis Fukuyama resultó ser únicamente el fin de un capítulo y el inicio de otro nuevo: el capítulo del “Choque de civilizaciones” (Samuel Huntington). Los estadounidenses no vieron ya rivales al otro lado de una cortina de acero, comunistas con misiles apuntando a Occidente, sino amenazas globales procedentes de un Islamismo fanático, cuyo terrorismo se infiltraría invisible y silencioso en todas partes. El islamismo criminal sustituyó al comunismo como «Mal» absoluto y objeto hacia el cual dirigir odios y angustia.

Pero los acontecimientos para este hegemón imperial estadounidense van desvelando el propio curso de la Historia, un curso que no siempre es claro para los actores y testigos en el momento de registrarse los hechos concretos, pero que se esclarece con el paso de los años, y admite la revisión, la explicación retrospectiva que tanto interesa al geopolitólogo.

Y la retrospectiva nos dice que el siglo estadounidense, iniciado con su fraudulenta guerra contra España en 1898, y el inicio de su expansionismo al robar los territorios españoles de América y Asia, era, en puridad, el siglo de un capitalismo imperialista en tránsito hacia la economía financierizada. Este tránsito es justamente el que media entre el siglo inglés y el estadounidense. Sería fácil ver en la era de los yanquis (1898-2023) un «siglo largo» perfilado a modo de continuación del británico. Es cierto que, a fecha de hoy, yanquis y británicos coinciden en muchos intereses estratégicos (no en todos), y que, ante una Europa débil y desunida, el Reino Unido jamás ha actuado como verdadero socio leal, constructivo y «europeo» sino en mancomunidad con los EEUU. Las Islas eran, y son, una cabeza de puente de los estadounidenses en Europa, su avanzadilla desde la cual desembarcar con rapidez en costas normandas y flamencas.

Pero el modelo colonial-comercial de los británicos no es el que rige en el siglo que hoy, en la Ucrania del patético Zelensky, va muriendo poco a poco. El modelo es de un colonialismo muy distinto. Mientras los ingleses sólo imponían su lengua a las élites indígenas de las colonias, que presurosas imitaban la cultura y modales de sus amos, los yanquis imponen por vía informal y consumista un American way of life. Mientras los reyes zulús o los rajás indios podían vestirse con trajes tradicionales y exóticos para recibir a su Graciosa Majestad, los indígenas cooptados por el imperio yanqui (incluyendo alemanes, franceses o españoles) rápidamente se visten con holgadas ropas deportivas del Bronx, y colocan las gorras del beisbol con la visera hacia atrás. En las ciudades españolas nadie sabe jugar al beisbol, pero hay cientos de millares de imbéciles que se ponen la gorra al revés y aprenden con gusto el spanglish, indistinguible ya del de sus hermanos, los emigrantes caribeños. Dígase esto por vía de ejemplo, como muestra de que el imperialismo siempre es imperialismo colonizador.

En Ucrania, se está haciendo patente el fin de este siglo. No es el fin de una potencia agresiva, porque como potencia ultra-militarizada, lo va a seguir siendo. Pero los Estados Unidos de América ya no van a poder ser por mucho más tiempo los dueños del planeta ni los dueños del siglo XXI. La propia economía financierizada socava sus bases. El armamento sofisticado y caro que, junto a chatarra y piezas de museo, se le envía a Zelensky, muestra lo que hemos llamado «falta de designio». Los estadounidenses no pueden ya presumir de cambiar el curso de los acontecimientos en todas partes y a todas horas. Han sido ineficientes en todas las guerras. Incluso en su primera aventura exterior importante, contra España, ellos se apoyaron en el poder del dólar y en la compra de voluntades de separatistas, así como de la propia corte corrupta madrileña, llena de traidores entonces como ahora. Su guerra híbrida les fue siempre eficaz, pero en la confrontación militar directa son un fracaso. Sus soldados se hacen pis y tiemblan de miedo cuando no existe un importante soporte material y tecnológico cubriéndoles, y no saben qué hacer ante combatientes de verdad. Por eso eligen guerras interpuestas, revoluciones de color, sobornos, propaganda. Pero están perdiendo áreas gigantescas de influencia, están arrinconándose. La arena va a situarse en Asia-Pacífico, por más matanzas que se den en Europa del Este o en Oriente Medio. Allí, en Asia, se está concentrando el potencial nuclear y otro armamento de alta tecnología. El paso de un hegemón a varios (hasta siete, calcula Alexander Dugin en sus recientes publicaciones) no será pacífico, todo lo contrario. Será cruento y altamente arriesgado. Las armas nucleares tácticas no las poseen los ejércitos nacionales únicamente como si fueran pegatinas intimidatorias, como esas que se ponen en las tiendas diciendo «zona videovigilada», siendo en realidad una mentira para ahuyentar a los cacos más torpes. Nada de eso. Toda arma, llegado el momento, acaba usándose.

La humanidad desciende por una rampa muy peligrosa. Son pocos los imperios que mueren sin lucha, por obra de una mera descomposición interna. Y aun cuando esto sucede, las guerras intestinas, así como el ansia depredadora de antiguos rivales, poderes emergentes y vecinos revanchistas se despierta al instante. Por el propio bien de los estadounidenses, más les vale conservar la Unión, y librarse de las tendencias separatistas latentes, pues la sombra de los Balcanes (que ellos mismos arrojaron criminalmente en el corazón de Europa) ya cubre cualquier país de tamaño medio o grande sumido en el fracaso exterior y en la falta de proyecto. Este es miedo que debería aquejar a ese «constructo» que ellos llamaron Occidente: tras el fracaso viene la desunión. Y a España.

En España, a nuestra propia escala, conocemos bien lo que eso significa. Poca importancia tendría para nosotros, los hijos de la Hispanidad que vivimos a ambos lados del «charco» atlántico, que una Cataluña independiente se convirtiera en un nuevo Kosovo, esto es, un váter de la OTAN y un nuevo paraíso fiscal para la Anglosfera, los árabes y toda esa gente. El miedo lo tenemos por quienes se queden dentro, como los palestinos en apartheid, como los habitantes de los guetos. Y el miedo lo tenemos por las luchas al modo balcánico que en todo separatismo no pactado ni legal pudieran darse. Dice el refrán español: «a perro flaco, todo son pulgas». Pues eso.

La caída de Occidente es, en realidad, el fin del siglo yanqui. Los europeos podemos optar: o dejarnos caer con el coloso, o aprovechar el Kairós, la ocasión propicia. Quizá sea el momento de una nueva unión de los pueblos, una unión fuera de la OTAN y fuera del tinglado Bruselas, sin el euro y sin la burocracia de cipayos que siguen las señales que le llegan de Washington.

Fuente: Carlos X. Blanco

LA CUARTA IDEOLOGÍA DEL CAPITALISMO: LA ANTROPOFOBIA


La Modernidad es un término que equivale a capitalismo. Cuando la civilización cristiana inició su ruina (siglo XIV, siglo del nominalismo y del auge individualista y burgués) fue, justamente, el punto en que la Tierra y el Trabajo devinieron mercancías.

Pero hablar de Tierra y de Trabajo es, precisamente, hablar del hombre. El hombre sin raíces, ya no es hombre: es una unidad discreta y reemplazable. El hombre echa raíces en la Tierra, y es él mismo la Tierra. Trazando surcos y comiendo sus frutos, recorriéndola tras el rastro de presas, buscando tierras nuevas cual si fueran presas ellas mismas... El hombre es la Tierra.

Los «ambientalistas» de hoy en día han perdido la cabeza. Dicen que el hombre es una plaga. Ellos, tan preocupados como dicen estar por la Tierra, se han empapado completamente de las ideologías modernas, todas ellas derivadas del capitalismo y sólo van a contribuir a que éste siga en ascenso, dando nuevas vueltas de tuerca. Toda ideología capitalista, ya provenga de la izquierda, ya de la derecha, ve al hombre desarraigado de la Tierra: siempre, incluso bajo el colectivismo más atroz, esta ideología entiende al hombre como unidad discreta desplazable de un punto al otro de la Tierra. Así, fácilmente, se llega por vía directa a una antropofobia. El odio al hombre, es decir, el maltusianismo más o menos disimulado, se explica de esta guisa.

Hablar del hombre es también hablar del Trabajo. El hombre es el Trabajo. Todo lo verdaderamente humano es Trabajo: la crianza de los niños, el aseo y cultivo del cuerpo, buscar el sustento y el descanso merecido para, así, poder volver al Trabajo, producir ideas o cosas. Todo lo humano es trabajo. Un Estado popular y socialista es un Estado del Trabajo, no un Estado de parásitos mantenidos con la renta universal básica. Los «libertarios» también han perdido la cabeza. Ellos son un producto averiado del propio capitalismo, y hacen —sépanlo o no— la sucia labor de apuntalarlo. Maldicen el trabajo, cual «luditas» del siglo XXI, y apuestan por una erotización global de la existencia, ignorando que el propio hombre, un compuesto somatopsíquico, vive rítmicamente.

La descarga erótica y la fruición lúdica sólo se pueden dar tras periodos apolíneos, de tensión y represión productiva. Hay que producir y soportar, para luego distender y descargar. Lo que ocurre es que el capitalismo tecnologizado, que se especializa en deslocalizar y acabar con los oficios, necesita de ese nuevo Malthus disfrazado de ecologista y de libertario: «no tengáis Tierra y no tengáis Trabajo». Sed como niños, alimentados por un biberón (renta básica universal), y distendidos, «flojos», con respecto a aquello en que el hombre demuestra ser hombre y no bestia: para la guerra justa, donde los hombres se rebelan ante una violación de sus derechos, y para la producción, donde los humanos trabajan para su propio sustento e independencia, y en ello crean valores.

Libertarios y «ambientalistas» son la plaga liberal. No se crea que infestan únicamente las filas de la llamada izquierda, sea esto, «izquierda» lo que signifique en cada país, a pesar de su retórica anticapitalista. La plaga ha infestado a las masas que militan en esa nueva derecha desprendida de toda tradición, cínica, individualista, antropofóbica.

El odio al hombre se expresa de una forma extrañamente gnóstica. El capitalismo ha ido mutando en sus ideologías (liberalismo, socialismo, fascismo, las mismas que, en este orden Dugin llama «teorías políticas»). Pero la cuarta ideología que el propio capitalismo ha fabricado consiste en la condena de la propia Tierra y del propio Trabajo, esto es, la condena del hombre. «El hombre es malo, y lo que desde siempre ha servido para humanizarlo, para desprenderle de su condición de mera bestia, debe ser destruido», así reza la cuarta ideología del capitalismo tardío occidental. No se trata ya de reformar el trabajo, la propiedad de la tierra y de los demás bienes, ya no es cuestión de crear un nuevo Estado o unas distintas jerarquías de poder… Eso es viejo, se ha intentando en las tres ideologías modernas precedentes. La cuarta, que no es la de Dugin y que, de hecho, adviene de la mano de magnates anónimos y fondos especulativos depredadores, tiene un nombre: la destrucción del ser humano mismo.

El hombre sin Tierra, desprendido del campo, es la hormiga del asfalto, el animal solitario y homogéneo que vive en celdas sin familia, en la gran urbe cosmopolita (Spengler). Es, básicamente, estéril y descualificado. Se trata de un masturbador en estado puro, aun cuando juegue en pareja. A costa de reducir la realidad a una serie fantasías egoístas, él mismo se vuelve irreal, irrelevante. Es una banalidad ontológica. Se vuelve nihilista porque él es nada.

El hombre sin Trabajo es el cero a la izquierda. Le supera cualquier bestia cuando busca, famélica, una presa o recorre una provincia tras un charco de agua. La criatura meramente instintiva adelanta en dignidad metafísica al hombre que renuncia a ser productivo, anhelando ser mantenido, y posterga su capacidad fértil, yéndose del mundo sin cumplir con sus deberes reproductivos. La plebe romana se volvió peor que las fieras que, en su nombre, devoraban carne humana en los circos. Volverá el circo romano a escala mundial: el gran negocio será devorar (directa o metafóricamente) carne humana mientras la plebe expectante se conecta a los biberones.

La mercantilización del hombre, el uso extractivo de su propio cuerpo y de cada rincón del alma, son procesos que parecen imparables. Al menos en Occidente. Como el hombre de estas partes del mundo ya no produce, «se ofrece». Debe tenerse en cuenta que, en el modo de producción esclavista, no todo esclavo era productivo.

EUROPA: MUERTOS O ENTREGADOS


El hombre, al menos en Occidente, decae. Y con él, declina la moral y la belleza. El hombre es una delicada y frágil criatura. Dios la hizo por debajo del ángel, aunque con un alma inmortal. Esa inmortalidad, y todo cuanto se despliega por ella y hacia ella, consiste en su misma fuerza y dignidad. En cambio, su voluntad, es quebradiza y mutable. Con su nostalgia de la bestialidad, la recaída del hombre europeo en ser (mera) cosa, le pone en peligro cada día.

Hoy, el hombre europeo, y quien de forma cultural se ha criado como europeo en cualquier rincón del planeta, ya no se reconoce a sí mismo. Se apaga en él la llama de la moral y de la belleza. Desconoce lo que es el Bien, olvidó su resplandor que —una vez cegados por él— nos invita constantemente a su divina prosecución. El hombre de Europa lleva siglos de oscurecimiento, y no va tras el Bien. Es esta un alma sometida a tormento y encierro, pues los más infernales poderes la gobiernan.

Los poderes de la Modernidad son los poderes del dinero. Nos llenan el paisaje con mezquitas, y sustituyen a Bach con el tam-tam de la selva, pero todo esto es fruto podrido del poder del dinero. El alma colectiva de un pueblo y de una civilización suele corromperse con el dinero, justo como acontece con el alma individual. Desde el momento en que a la persona se le enseña a ser menos de lo que realmente es, se la reduce a carne, materia, estofa de la más baja, apta para ser vendida en el mercado y consumida por el «mejor» postor. Entonces, esa alma se tritura, se angosta y con la fractura también se rompe la voluntad de ser fiel a sí misma.

Todo se compró y se vendió con el auge del modo de producción capitalista. La Tierra y el Trabajo. La primera, dejó de ser el hogar y la madre nutricia del hombre. El segundo, dejó de ser servicio y prestación. Todo, absolutamente todo, devino Mercancía.

El hombre como mercancía llegó a ser el hombre europeo a partir de finales del medioevo, llegó a serlo sin perjuicio de explotar y colonizar a los hombres de otras culturas. Anteriormente, sólo una parte de la humanidad había caído en la condición de «cosa», y como cosa, mercancía. El modo de producción esclavista (antiguo) se caracterizaba por una coexistencia de esclavos, campesinos y artesanos «libres», y señores parasitarios. Pero el modo de producción capitalista es una generalización de la cosificación. Todo deviene cosa, incluso el propio cuerpo y los órganos inclusos en él. Nadie se escapa, hasta la élite burguesa y la super élite globalista sabe que, en el fondo, ella también tiene un precio. Por una determinada cantidad, alta o baja, todos se venden y el sistema entero se transforma en un inmenso entramado de Prostitución.

Cuando todo se enlodaza, el Bien, la Belleza y la Verdad también. No se mancillan ellos mismos en cuanto trascendentales, claro está, pero sí se revuelcan en el fango la percepción (otrora sana y clara) que el buen europeo tenía de ellos. Se destruye la vigencia social de sus resplandores. Una civilización enlodazada, vista como espectáculo triste, joya echada a perder por la religión de la Mercancía, se parece mucho a esa lucha pornográfica de combatientes en el lodo que sirve de espectáculo a los rijosos. El resto del mundo nos contempla desnudos y en el lodo.

El hombre europeo ha olvidado su misión. La civilización que, según Spengler, tomó lo mejor del catolicismo romano-germánico y, como un disparo, se lanzó hacia los inmensos espacios para abarcarlos, circundarlos, abrazarlos posesivamente, es hoy una entidad cadavérica. Las civilizaciones se parecen a organismos y todas ellas están condenadas a perder su lozanía, y tras esa merma, todas están llamadas a la rigidez y a la falsedad. Abandonan los últimos restos de su existencia como culturas, se despojan de la vitalidad y consienten en ser penetradas por todas las corrientes vitales ajenas. Ajenas sí, pero vitales.

El conservador europeo se concibe a sí mismo como muro de contención y como custodio de unas esencias puras, ignorando tal vez que él mismo ya es una sombra fantasmal, y un pobre enfermo que no accede a los manantiales puros que una vez el asfalto enterró. Los manantiales ya han sido envenenados por un enemigo interior, Satán o Sauron que recorre todo el solar de nuestros padres del uno al otro confín. El conservador europeo ha vivido durante décadas bajo el engaño de una protección inexistente.

Los hobbits de la Comarca, en la inmortal obra de J.R.R. Tolkien, vivieron durante generaciones ajenos a las crueldades del Gran Mundo, y como pueblo sano y alegre desconocía que su paz venía garantizada por otros «mayores» que, en silencio, guardaban las fronteras y acechaban al enemigo. La ingenuidad del conservador europeo es creerse protegido por esa falsa armadura de hierro sin alma, llamada «Occidente» y que no es otra cosa que la Anglosfera, hoy comandada por los Estados Unidos.

Debemos dejar de ser hobbits ingenuos. No hay armas para defendernos. Y la Anglosfera/Anglonia (Australia, Canadá, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Reino Unido) armada con venenos y cabezas nucleares no es nuestra civilización. Tampoco debemos seguir con la ingenuidad de los cínicos (¡sí, el cinismo puede ser una tremenda ingenuidad y un error fatal!): nadie «protege» a este continente, y si alguien guardara nuestras fronteras, que se sepa esto: nadie lo hace a cambio de nada. Europa no va a dejar de ser rígida civilización cadavérica, penetrada de americanismo, islamismo y africanidad, si no deja de ser un protectorado. La palabra es exacta: no somos simplemente una colonia. En un protectorado hay protectores y protegidos. Y quien renuncia a su propia defensa (no me refiero solamente a la defensa militar, sino a la defensa de sus valores) está muerto, entregado.