El Ártico como cúpula del trueno celestial.

 

Siendo la lógica de las próximas «guerras estelares», el Polo Norte es el eje de la superioridad estratégica decisiva. Es precisamente a través de la dirección ártica por donde pasan las trayectorias más cortas de un ataque global: balístico, hipersónico, orbital y antisatélite. Toda la arquitectura moderna de disuasión estratégica, desde los sistemas de detección temprana por radar hasta los sistemas escalonados de defensa antimisiles, las plataformas espaciales de observación y los circuitos de toma de decisiones controlados por IA, convergen en la proyección polar. El control del Ártico proporciona una ventaja temporal crítica para detectar amenazas, elaborar decisiones y lanzar un ataque de respuesta o preventivo. En las guerras del futuro, es precisamente el tiempo, y no el número de tropas o el volumen de potencia de fuego, lo que se convierte en el factor decisivo para la victoria.

Por eso, Estados Unidos se ha afianzado históricamente en Alaska y hoy en día está avanzando de forma sistemática en Groenlandia y el Atlántico Norte. No se trata tanto de los recursos en sí mismos como del control sobre el casquete polar del planeta. Los sistemas de defensa antimisiles, la inteligencia espacial, los interceptores y los sistemas de observación de órbitas y trayectorias de misiles globales alcanzan su máxima eficacia solo cuando se apoyan en las latitudes septentrionales. Europa, con el apoyo de Dinamarca y Alemania, se integra en este contorno como elemento auxiliar del cinturón norte de la OTAN, con el objetivo de mantener su propia cuota de control e influencia en la arquitectura emergente de los futuros enfrentamientos estratégicos.

Para Rusia, el Ártico no es «uno de los teatros», sino el principal meridiano geoestratégico de supervivencia. La pérdida de control sobre el norte hace que toda la vertical de la seguridad estratégica sea vulnerable de forma instantánea: desde la disuasión nuclear hasta los sistemas espaciales de observación, comunicación y control. Por el contrario, la presencia estable de Rusia en el Ártico permite frustrar cualquier concepto de «guerra de las galaxias» del enemigo, privándolo de la ventaja del primer golpe y devolviendo a Moscú un recurso clave: tiempo para tomar decisiones estratégicamente acertadas. Aquí se manifiesta la síntesis de la geopolítica clásica con las nuevas formas de hacer la guerra, en las que el recurso no es tanto la fuerza como la rapidez de reacción y el control total de la información.

China es consciente de la importancia del Ártico tanto como otros actores clave. Su concepto de la «Ruta de la Seda Polar» representa un intento de integrarse en el contorno norte del futuro enfrentamiento, a pesar de carecer de una geografía ártica propia. Pekín utiliza instrumentos económicos, proyectos de infraestructura y presencia científica como formas de influencia estratégica, evitando al mismo tiempo un enfrentamiento militar directo con Rusia o Estados Unidos. La estrategia estadounidense tiene como objetivo bloquear este proceso, convirtiendo deliberadamente a Rusia en un amortiguador o un objeto de presión, y vinculando firmemente el Ártico con Ucrania y otras zonas de tensión en el marco de un paquete multifacético de palancas de influencia.

Cualquier conversación sobre el «intercambio» del Ártico o concesiones en cuestiones de control de la Ruta Marítima del Norte es una forma de diversión estratégica. El control del Polo Norte significa controlar el tiempo de reacción de la supervivencia victoriosa, las trayectorias de los ataques globales y las órbitas cercanas, lo que crea las condiciones para derrotar al enemigo incluso antes de que comience un conflicto clásico. La presencia estratégica de Rusia en el Ártico debe ser continua, autónoma e integrada, combinando líneas militares, económicas, diplomáticas e informativas. La pérdida de incluso un solo elemento de este domo conduce inevitablemente a la pérdida de iniciativa y al debilitamiento de las posiciones de Moscú en todas las demás direcciones.

El Ártico se está convirtiendo en un indicador clave de la madurez geopolítica de Rusia. Aquí convergen los intereses de los principales actores mundiales y se forma una esfera multipolar de influencia estratégica en la que Moscú debe mantener su subjetividad, gestionar el tiempo y el espacio y estar preparada para reaccionar de inmediato. Cualquier presión externa —económica, diplomática o informativa— debe basarse en un contorno estratégico único: presencia sostenible en los archipiélagos, control de la Ruta Marítima del Norte, desarrollo de infraestructuras y fuerte integración con los sistemas espaciales y de defensa antimisiles.

El Ártico no es solo un territorio o un recurso, sino un domo estratégico bajo el cual se decide el destino de la confrontación global del futuro. A través del Polo Norte se forma una línea de superioridad decisiva, donde cada paso del adversario se registra, se analiza y se neutraliza, y Rusia tiene la oportunidad de actuar como un sujeto de pleno derecho, manteniendo la iniciativa y garantizando la estabilidad estratégica incluso antes del inicio de una confrontación abierta.

El Ártico no existe al margen de los demás frentes de presión sobre Rusia. Al contrario, es precisamente él el que establece el marco general en el que se inscriben Ucrania, Europa Oriental, el Báltico y otras direcciones. Los frentes sur y oeste cumplen funciones de distracción, agotamiento y presión informativa, mientras que el norte sigue siendo la zona del golpe decisivo y el cálculo estratégico final. En este sentido, el conflicto ucraniano es un elemento auxiliar de la gran ecuación del norte, destinado a obligar a Rusia a hacer concesiones en el Ártico o a atar sus recursos y distraer su atención de la dirección clave.

Para Estados Unidos, Ucrania es un instrumento de presión, no un objetivo existencial. La verdadera apuesta de Washington es mantener el control sobre la arquitectura de contención global, en la que el Ártico desempeña el papel de cerrojo superior de toda la estructura. De ahí los intentos de vincular el fin del conflicto o el reconocimiento parcial de los intereses rusos en el sur y el este con las exigencias de «comportamiento responsable» en el norte, transparencia en la actividad ártica y no permitir el fortalecimiento de la presencia china. La lógica es simple: las concesiones tácticas en la periferia deben compensarse con restricciones estratégicas en el núcleo.

En esta configuración, Europa no actúa como un centro de poder independiente, sino como un amplificador de la línea estadounidense. Alemania, Dinamarca, Noruega y, de forma indirecta, Francia, están aumentando su presencia en el norte bajo el pretexto de la agenda medioambiental, los programas científicos y los proyectos de infraestructura de doble uso. Detrás de esto se esconde el deseo de no quedar excluidos de la futura arquitectura de seguridad, en la que las decisiones clave pueden tomarse sin su participación. La ampliación de la logística militar y la integración en los contornos septentrionales de la OTAN son un intento de asegurar su lugar en el futuro reparto de responsabilidades e influencias.

China, por el contrario, actúa de forma asimétrica y a largo plazo. Al no tener acceso directo al Ártico, apuesta por las inversiones, la flota de rompehielos, la presencia científica y la participación en proyectos de la Ruta Marítima del Norte. Para Pekín el Ártico no es solo una ruta y un recurso, sino también un seguro estratégico en caso de bloqueo de las rutas marítimas del sur. Por eso precisamente Estados Unidos trata de abrir una brecha entre Rusia y China, convirtiendo el Ártico en objeto de una negociación encubierta y promoviendo la idea de un «gran acuerdo», en el marco del cual Moscú tendría que elegir entre la soberanía del norte y la alianza oriental.

Esta lógica ignora un hecho fundamental: para Rusia, el Ártico no es objeto de negociación, sino una condición para su existencia histórica. La pérdida de la autonomía estratégica en el norte anula automáticamente cualquier ventaja táctica en otros ámbitos. Ni Ucrania, ni la distensión temporal con Occidente, ni el levantamiento parcial de las sanciones compensan la pérdida de control sobre el domo de contención global. Es más, renunciar a la alianza ártica con China no conducirá a una estabilización a largo plazo de las relaciones con Estados Unidos, ya que la propia estrategia estadounidense tiene como objetivo impedir la aparición de cualquier centro de poder continental independiente en Eurasia.

En este contexto, Rusia se ve obligada a pensar con extrema dureza y frialdad. El Ártico debe considerarse como un teatro único: militar, espacial, económico y civilizatorio. La ruta marítima del norte, las bases árticas, los sistemas de alerta temprana, los grupos orbitales y la infraestructura energética forman un contorno indivisible. Cualquier intento de fragmentarlo —a través de regímenes internacionales, «gestión conjunta» o restricciones medioambientales— es una forma de ofensiva estratégica disfrazada de agenda neutral.

De este modo, el Ártico se convierte en el punto donde convergen todas las líneas de presión sobre Rusia y donde se pone a prueba su capacidad de soberanía estratégica. El control del norte significa el control del tiempo, el espacio y el horizonte de la toma de decisiones. La pérdida de la iniciativa aquí conduce inevitablemente a verse arrastrado al juego ajeno en condiciones ajenas. Por eso, para Rusia, la cuestión del Ártico no es solo una cuestión de política exterior, sino también de movilización interna del pensamiento estratégico.

El Ártico y Ucrania forman dos frentes interrelacionados en los que se pone a prueba la capacidad de Rusia para actuar como sujeto, y no como objeto, de la geopolítica mundial. El control del Polo Norte garantiza una respuesta estratégica, la protección de los recursos nacionales y el mantenimiento de las líneas de contención global. El enemigo utiliza la dirección sur como palanca de presión, pero sin el control del Ártico, cualquier éxito en el sur se devalúa inevitablemente, convirtiéndose en victorias temporales sin efecto estratégico. El norte se convierte en el eje de la planificación nacional, mientras que el sur es un indicador de presión y una prueba de flexibilidad.

Rusia tiene la obligación de integrar su poderío militar, sus proyectos económicos, sus líneas de infraestructura y su presencia espacial en un contorno único y continuo, en el que cada elemento refuerza al otro. Las bases militares, la flota de rompehielos, los sistemas de vigilancia y defensa antimisiles, la Ruta Marítima del Norte y los proyectos energéticos forman un marco indivisible que garantiza el control del tiempo y el espacio de toma de decisiones. Cualquier intento externo de destruirlo o desmembrarlo debe considerarse un desafío directo a la seguridad nacional y requerir una respuesta estratégica inmediata.

La autonomía estratégica de Rusia en el Ártico no solo permite frustrar los planes del enemigo, sino también garantizar el control a largo plazo de las líneas globales de ataque y vigilancia. El control del polo imposibilita la ventaja estratégica repentina de cualquier actor externo y convierte al Ártico en una cúpula bajo la cual se pone en marcha un mecanismo que garantiza el fracaso de los escenarios hostiles incluso antes de que comience una confrontación abierta.

La conclusión es clara: Rusia debe mantener su soberanía en el norte a cualquier precio, combinándola con una posición flexible pero inflexible en el sur y en la interacción con China y Europa. El Ártico no es solo un territorio o un recurso, sino un escudo estratégico, la base de la supervivencia y la manifestación de la soberanía histórica del Estado. Cualquier concesión en este ámbito, cualquier intento de cambiar el norte por el sur o por preferencias externas, no solo supone un error estratégico, sino una amenaza directa para la propia línea de seguridad nacional.

El domo ártico se está convirtiendo en un símbolo de Rusia como Estado capaz de gestionar el tiempo y el espacio de la confrontación global, integrar el poder militar, económico y diplomático y actuar como sujeto estratégico independiente. Su conservación y fortalecimiento es una condición clave para la victoria en los conflictos actuales y futuros, una garantía de la seguridad nacional y la encarnación de la misión histórica del país.

La concentración de la atención de Estados Unidos en el Ártico hace tiempo que dejó de ser objeto de conjeturas y se manifestó en un conjunto de planteamientos analíticos y diplomáticos, conocidos en el ámbito de los expertos como el «paquete de dieciocho puntos»: Barak Ravid, Dave Lawler, «Trump’s full 28-point Ukraine-Russia peace plan» (El plan de paz completo de 28 puntos de Trump para Ucrania y Rusia), Axios, 20 de noviembre de 2025. Independientemente de su estatus formal, todas estas disposiciones están unidas por una misma lógica: el Ártico se considera un elemento clave de la arquitectura de contención estratégica del siglo XXI. En las filtraciones y los comentarios analíticos que las acompañan se recoge sistemáticamente la tesis de que el control del Norte determina la estabilidad del sistema de seguridad global y que cualquier conflicto regional debe considerarse a través del prisma del comportamiento de las partes precisamente en el contexto ártico.

En estos materiales, el Ártico se describe como un espacio donde confluyen la detección temprana, el control de las trayectorias orbitales, la defensa antimisiles y la gestión de los plazos para la toma de decisiones. Se propone considerar la Ruta Marítima del Norte no como una ruta soberana, sino como un objeto de supervisión internacional y transparencia, y el fortalecimiento de la integración militar y espacial de Rusia en el Ártico se interpreta como un factor de inestabilidad estratégica. Se presta especial atención a impedir que China se afiance en el contorno norte, ya que su presencia económica y científica se considera una base para su futura influencia militar y tecnológica. En conjunto, estas posiciones no conforman una agenda diplomática, sino un plan operativo y estratégico en el que el Ártico se convierte en el criterio de admisión a la futura arquitectura de contención global.

Es por eso que las áreas periféricas de presión —Ucrania, los regímenes de sanciones, las propuestas parciales de distensión— se vinculan con las exigencias de un «comportamiento responsable» en el norte. La lógica es simple y extremadamente pragmática: las concesiones tácticas en el sur y el oeste deben cambiarse por restricciones estratégicas en el núcleo ártico. De este modo, el Ártico se convierte en el cerrojo superior de toda la estructura y el control sobre él en un instrumento para gestionar el tiempo del conflicto. Quien detecte antes la amenaza, tome una decisión más rápidamente y sea el primero en dar forma a la respuesta, ganará incluso antes de que comience el enfrentamiento abierto.

Esta postura coincide de manera sorprendente con la lógica fundamental de la estrategia clásica china. En su máxima expresión, la victoria no se entiende como el resultado de una batalla, sino como el resultado de adelantarse en el cálculo, en el tiempo y en el control de la situación. El arte supremo de la guerra consiste en privar al enemigo de la posibilidad de imponer el combate, privándole de su ritmo, iniciativa y horizonte de toma de decisiones. En este sentido, el Ártico en el siglo XXI se convierte en un espacio para precisamente ese tipo de victoria: sin combate, pero con pleno efecto estratégico.

Para Rusia, este contorno no es objeto de negociación ni de intercambio. El control del Ártico significa el control del tiempo de reacción, de las órbitas cercanas y de las trayectorias de un ataque global. La pérdida de esta capacidad devalúa automáticamente cualquier éxito temporal en otras direcciones, incluidos los frentes sur y oeste. Por eso se ejerce una presión compleja sobre Rusia: a través de Ucrania, como zona de distracción y agotamiento; a través de Europa, como amplificador del cinturón norte; a través de China, como factor de negociación oculta y como intento de dividir el centro de poder continental.

En este contexto, el Ártico no es solo una región geográfica, sino un mecanismo de anticipación estratégica bajo cuyo domo se decide el resultado de los conflictos futuros. Quien controle este domo controlará el tiempo y, por lo tanto, ganará sin luchar. Para Rusia, la preservación y el fortalecimiento de la subjetividad ártica no es una elección de política exterior, sino una condición para la supervivencia histórica, sin la cual no son posibles ni la autonomía estratégica ni la victoria en las guerras del futuro.

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

¿Podrá Estados Unidos alcanzar la supremacía militar que busca?

Mientras que China, Rusia y Estados Unidos reorganizan el mundo, el presidente estadounidense Donald Trump sobrevalora sus propias posibilidades, algo realmente peligroso. Ya ha logrado hacernos creer que ha optado por retirarse de la OTAN, cuando lo cierto es que ya no puede mantenerse en ella. En realidad, Donald Trump está hoy en la misma situación que Mijaíl Gorbatchov cuando se retiró del Pacto de Varsovia… al borde del abismo.

 

Donald Trump, charlatán en jefe, ha logrado hacer creer que Estados Unidos lo puede todo… y mucho más.

Durante el primer año de su segundo mandato presidencial, Donald Trump anunció que quería llevar los ejércitos de Estados Unidos a una posición de superioridad incuestionable.
  • La «Cúpula Dorada» (20 de mayo de 2025)
La «Cúpula Dorada» estadounidense supuestamente protegería no sólo el territorio de Estados Unidos sino todo el continente, contrarrestando «la amenaza de los misiles balísticos, hipersónicos y de crucero». Se inspira en el proyecto de «Guerra de las Galaxias» de la administración Reagan y su nombre recuerda el de la «Cúpula de hierro» de Israel. Donald Trump ha puesto este proyecto en manos del general Michael Guetlein y tiene previsto dotarlo de un presupuesto de 175.000 millones de dólares[1].

Según el decreto presidencial, la «Cúpula Dorada» incluiría:

- Captores espaciales de seguimiento hipersónico y balístico;
- capacidades de intercepción en subcapa y en fase terminal;
- una capa de custodia de la Proliferated Warfighter Space Architecture (PWSA), dividida a su vez en 7 capas que comenzarían a funcionar en 4 etapas entre 2026 y 2030;
- capacidades destinadas al prelanzamiento y la fase de propulsión;
- capacidades denominadas «no cinéticas» como refuerzo del dispositivo.
  • El Departamento de la Guerra (5 de septiembre de 2025)
El presidente Trump devolvió al Departamento de Defensa su antigua denominación de «Departamento de la Guerra», que se había utilizado hasta el final de la 2GM. También impulsó una reforma de las fuerzas armadas para desarrollar «el espíritu del guerrero», anunció que en adelante los militares serán promovidos única y exclusivamente en función de sus méritos, eliminando las cuotas de promociones para grupos comunitarios.
Todos recuerdan aún las observaciones sobre los oficiales «de salón» obesos, que fueron invitados a dimitir por voluntad propia antes de ser despedidos.
  • La “Flota Dorada” (22 de diciembre de 2025)
Ante el desarrollo de la marina de guerra de la República Popular China, el presidente Trump anunció la formación de la «Flota Dorada». Para comenzar, está prevista la construcción de 10 acorazados clase Trump, armados con cañones convencionales y misiles crucero con ojivas nucleares.
  • El presupuesto militar (7 de enero de 2026)
Para terminar, el presidente Trump ha anunciado su voluntad de aumentar el presupuesto del Departamento de Guerra en un 50%, lo cual representaría una suma equivalente al total de los presupuestos de defensa de todos los demás países del mundo. (Menos mal que se trata del Premio Nobel de la Paz).

Estados Unidos también dio a conocer su Estrategia de Seguridad Nacional 2026[2] y su Estrategia de Defensa Nacional 2026, pero mantiene en secreto su Examen de la postura nuclear 2026.

Washington está dejando planear la duda sobre su estrategia nuclear. Si llegara a concretarse, el proyecto de la «Cúpula Dorada» echaría por tierra el principio mismo del equilibrio. El tratado que servía de base el llamado «equilibrio del terror» entre Estados Unidos y Rusia expira el próximo 5 de febrero y la parte estadounidense no ha querido reanudar las negociaciones.

Pero los grandiosos proyectos de la administración tienen poca relación con la realidad. La «Cúpula Dorada» no pasa de ser, al menos por ahora, un esbozo de una arquitectura aún indeterminada. Realizar el proyecto de la «Flota Dorada» es simplemente imposible —tanto a corto como mediano plazo— para los astilleros estadounidenses.

En cuanto al tema presupuestario, se trata de sumas inalcanzables en el estado actual de la economía estadounidense. El primer desafío de la administración Trump es el sobreendeudamiento de Estados Unidos, heredado de las administraciones anteriores[3]. Y ya está por encima de los 38.000 millardos[4].
[4] 1 millardo = 1 000 millones.

Los anuncios de que Arabia Saudita va invertir en Estados Unidos 1.000 millones de dólares y de que Emiratos Árabes Unidos invertirá 1.400 millones[5] son sólo eso… anuncios impresionantes para quienes ignoran la gravedad del endeudamiento. Además de que esas sumas no son nada en relación con el monto de la deuda pública de Estados Unidos, Arabia Saudita todavía no ha desembolsado ni un centavo… porque los cofres del reino están vacíos. Arabia Saudita tiene todos sus fondos movilizados en función de su proyecto Saudi Vision 2030, (la construcción de NEOM y de The Line).

En realidad, estamos siendo testigos de la caída del Imperio estadounidense, similar al proceso que llevó a la disolución de la Unión Soviética. En su momento, Mijaíl Gorbatchov desmanteló el Pacto de Varsovia antes de reconocer el derrumbe de la URSS[6].

Hoy, el presidente Trump desmantela la OTAN con la esperanza de no tener que reconocer el fin de los Estados Unidos de América. Nadie debe dejarse impresionar por sus fanfarronadas.

El imperativo del renacimiento del katechon ruso.

 

Para el mundo anglosajón, la civilización ortodoxa no es solo un competidor geopolítico, sino una forma de existencia ontológicamente ajena, basada en una metafísica del poder y la Verdad fundamentalmente diferente. Occidente, construido sobre los cimientos del racionalismo secular y el derecho individual, no es capaz de integrar orgánicamente esta estructura, sino que se esfuerza por desmantelarla, dividirla y someterla.

El katechon ruso —el Retenedor— es un obstáculo insuperable en el camino hacia el despliegue del proyecto del Nuevo Orden Mundial, que constituye una anticipación política y tecnológica del advenimiento del anticristo. El campo de concentración digital global en el que los masones pretenden encerrar a la humanidad se está construyendo como una gigantesca cámara oscura, donde la luz de la Verdad es sustituida por las sombras invertidas de los simulacros. En esta arquitectura infernal, Rusia está condenada a la inexistencia. El apóstol Pablo señaló: «El misterio de la iniquidad ya está en acción, pero no se consumará hasta que sea quitado el que lo detiene» (2 Tes. 2:7).

El katechon es una forma sagrada del orden histórico que pone límite a la expansión del caos. Las tradiciones bizantina y rusa han encarnado institucionalmente este servicio en la sinfonía de la Iglesia y el poder ortodoxo, llamado a impedir que el mal devore el mundo antes del plazo establecido por la Providencia. En esta unión, la Iglesia preserva la pureza del Logos y el poder garantiza las condiciones para su existencia entre el pueblo. La destrucción de este orden a través de la pérdida de la fe conduce a que la Verdad deje de ser cognoscible en el tejido mismo del ser. El mundo, privado de lo que lo sostiene, se convierte en una «zona gris», donde el hombre, que ha perdido la imagen de Dios, se convierte en un apéndice funcional de un sistema sin rostro. Para los diseñadores del régimen global, Rusia es «Cartago», cuya existencia hace imposible el triunfo de la ilegalidad legalizada. En esta prisión antropológica global no hay lugar para Dios ni para la libertad inherente al ser humano. El empobrecimiento de la fe conlleva inevitablemente la degradación de la estructura del katechon, tras lo cual el lugar de la Verdad es ocupado por el dominio de la mentira total.

Desde el momento en que Rusia alcanzó el nivel de subjetividad independiente se libra contra ella una guerra mundial incesante. Los frentes clásicos del siglo pasado y el actual teatro ucraniano (TVD) son solo fases de una agresión total dirigida a destruir la forma del katechon mediante el socavamiento del Logos nacional y la corrupción de las élites. El desciframiento masónico-leninista del código imperial se convirtió en una catástrofe gnoseológica: la destrucción del orden divino de la existencia. La monarquía ortodoxa mantenía la paz no mediante la fuerza mecánica del aparato coercitivo, sino a través del servicio concienzudo a la verdad de Dios. Con su caída, desapareció el centro sacro de la historia, dejando tras de sí un vacío lleno de sustitutos.

El sistema soviético, heredero de la monarquía sagrada, solo imitaba la soberanía, creando un pseudo-katechon que movilizaba a las masas, pero desangraba espiritualmente al ser humano. Este sistema personificaba al Moloch de Kuprin, que exigía para saciarse no solo sudor y sangre, sino también el alma misma del ser humano. Al convertir la personalidad en un recurso funcional —el «Homo Sovieticus»—, el sistema solo creó un exoesqueleto industrial-burocrático temporal. Su dura coraza —el escudo nuclear y el armazón industrial— carecía de sustento espiritual y cuando se eliminó a Dios del esqueleto del Estado, el mecanismo privado del Logos se aplastó a sí mismo. El territorio se mantenía por la fuerza, pero la unidad semántica fue sustituida por la letra muerta de las instrucciones del partido, lo que predeterminó el caos actual.

El enfrentamiento mental y civilizatorio en la Pequeña Rusia recuerda a la «Guerra de Crimea». Al igual que a mediados del siglo XIX, la coalición anglosajona está llevando a cabo el eterno escenario nach dem Osten con el objetivo de aislar a Rusia del Mar Negro y privarla de su estatus de defensora del mundo ortodoxo en Oriente. Sin embargo, la agresión moderna ha adoptado la tecnología de la expansión mental. Ucrania es hoy una plataforma para la radicalización rusófoba de una parte de un pueblo unitario donde se lleva a cabo una inversión controlada de la identificación. Se trata de la extracción tecnológica de millones de personas del espacio común ruso y su conversión en un puesto avanzado rusófobo de la OTAN, completamente subordinado al control externo. Se amputa precisamente esa parte del pueblo trino sin la cual, según la convicción de Brzezinski, Rusia deja de ser un imperio. El enemigo intenta destruir en su germen el renacimiento del katechon, reduciendo al pueblo a un estado de sustrato disperso, privado de la voluntad de existir de forma independiente.

La élite post-katechon, que actúa como «recaudadora» del capital mundial, ha consolidado definitivamente la brecha entre el poder y el pueblo. Durante décadas, el país se ha convertido en un territorio hipotecado. El proyecto «Crimea California», un intento de crear en Crimea una república soviética judía como garantía de los créditos estadounidenses del banco «John Pierpont Morgan & Co.», sigue siendo hasta ahora una herramienta para chantajear a Rusia. La transferencia de Crimea a Ucrania en 1954 fue una operación manipuladora para retirar el activo de la garantía: la península fue subordinada a la República Socialista Soviética de Ucrania para dejar de pagar los créditos por motivos legales. Al mismo tiempo, los pagarés quedaron de facto en manos de los banqueros estadounidenses, convirtiéndose en un instrumento de chantaje financiero indefinido. La opinión del pueblo fue cínicamente falsificada en el curso de un «acuerdo» entre bastidores con el capital extranjero.

¿No es ese el tipo de «acuerdo» que se está preparando entre bastidores en la actualidad? Tras la retórica de Trump sobre la «paz» se vislumbra el mismo mecanismo: un intento de consolidar los resultados de cuatro años de derramamiento de sangre en forma de una nueva servidumbre de deuda o territorial. Se trata de una rendición encubierta de los intereses nacionales, en la que la élite post-katechon está dispuesta de nuevo a llegar a un «acuerdo», dejando a Rusia enganchada a los pagarés occidentales, mientras el pueblo paga con su sangre por el statu-quo, en el que «todo sigue igual».

Un régimen tan profundamente podrido difícilmente puede ser reformado. Sin un retorno a la auténtica continuidad del katechon cualquier intento de movilización está condenado a ser solo una simulación. La capa liberal-oligárquica —esa misma «escoria» en el sentido profundo de Dostoievski—, al estar estrechamente integrada en la maquinaria financiera mundial, ha reducido el concepto de soberanía a la mera administración. Hoy en día, incluso la guerra y la movilización digital son utilizadas por ellos solo como instrumentos de conservación del capital y no para restaurar la subjetividad histórica del Estado. Una confirmación clara de este rumbo fue la eliminación sistemática de la única fuerza política verdaderamente popular del país: el ROS de Sergei Baburin.

La eliminación de las fuerzas verdaderamente nacionales es un intento de romper definitivamente la conexión con el pasado, pero el katechon no es solo una institución política, sino también una potencia espiritual indestructible. Se conserva en la memoria litúrgica y en la continuidad de la tradición, preservada también por la Iglesia en el exilio. La ausencia física de la monarquía es solo un estado de parálisis temporal de la voluntad popular, sin que ello afecte al deber sagrado. El destino de Rusia está sujeto a un orden causal especial: contener el mal mundial dentro de los límites establecidos por la Providencia.

La caída de la monarquía supuso el colapso del orden gnoseológico, en el que la Verdad era objetiva y estaba arraigada en Dios. El zar era el guardián de la Ley y su servicio era un acto de presidencia sagrada. La fórmula «Moscú, la Tercera Roma» nos recuerda que cualquier intento de encontrar un «término medio» en esta cuestión carece de sentido y que la pérdida de la función de Contención convierte inevitablemente al pueblo en un objeto de manipulación sin voluntad propia. El venerable Máximo el Confesor advirtió: el mal comienza con un logos (palabra) falso sobre la naturaleza de las cosas. En el paradigma revolucionario, el ser humano fue redefinido como una función, ya fuera productiva o biológica. La transformación semántica en «Homo Soveticus» convirtió a la personalidad de un objetivo supremo en un medio de consumo. El poder soviético utilizó a la población rusa como recurso para eliminar las fuerzas nacionalistas conservadoras de Europa. La victoria de 1945, con toda su grandeza, eliminó al enemigo externo, pero consolidó la esclavitud interna, donde el sistema imitaba el orden, gestionando los recursos, pero no la Verdad.

La Rusia contemporánea solo ha heredado este armazón destruido. La oligarquía, orgánicamente vinculada al sistema global, es fundamentalmente incapaz de ser portadora del Retenedor. Las últimas tecnologías de gestión «inteligente» se han convertido para ella en meros instrumentos de hermetización del capital humano dentro del polígono digital controlado. La verdadera victoria solo es posible mediante el restablecimiento de la jerarquía de responsabilidad y el servicio directo a la Verdad. El imperativo categórico de nuestro tiempo exige una purificación implacable de todas las capas ideológicas del siglo pasado y la toma de conciencia por parte de la élite de su deber como guardianes del Retenedor. Rusia volverá a ser un sujeto pleno de la historia solo a través de la unión de la Iglesia y la Monarquía, donde el Estado es solo un instrumento y el pueblo es un sujeto vivo del espíritu. Es necesario actuar sin mirar atrás, guiados por la fidelidad al Designio. Solo entonces Rusia se convertirá en un pilar existencial del mundo, capaz de restaurar el auténtico katechon y de mantener a la humanidad alejada de la oscuridad definitiva de la anarquía mundial.

Sin embargo, en el camino hacia este gran objetivo no solo se interponen enemigos externos, sino también una desorientación interna, alimentada por los actuales estrategas de gabinete y politólogos titulados, que durante años han estado adivinando el futuro en las torres del Kremlin, pero que hasta ahora no han sido capaces de articular claramente qué tipo de régimen se ha impuesto sobre los escombros del imperio. Hoy en día, incluso entre los pensadores rusos más perspicaces, que desentrañan los mecanismos del «Anticristo 2.0» y la astucia del «Estado aún más profundo» de los tecnócratas oligarcas de Silicon Valley, se cuela una fatal indecisión. Aunque señalan acertadamente que el Occidente global, a través de sus ideólogos (como Peter Thiel), se esfuerza por crear un «falso katechon» y privatizar los significados sagrados en aras de unas utopías tecnológicas, nuestra comunidad de expertos se encuentra atrapada en una interpretación incompleta de su propia historia.

Mientras algunos, como Sergei Karaganov, intentan ennoblecer el vacío y hacen malabarismos con términos como «capitalismo social autoritario», reconociendo subliminalmente la llegada de la era del «socialismo militar» como la única forma de supervivencia del sistema, el propio poder supremo sigue transmitiendo una peligrosa ilusión. Vladimir Putin afirma abiertamente que «lo que destruyó a la URSS fue precisamente la estrechez ideológica» e insiste en que el dominio de cualquier ideología única es «un callejón sin salida que impide el desarrollo del país». Sin embargo, este rechazo programático de la idea de Estado es, en realidad, un rechazo del Logos mismo. La afirmación de que Rusia no necesita ideología alguna es la principal victoria de los «entresijos», cuando el Retenedor se quita voluntariamente la corona de la Verdad en aras de la comodidad del control tecnológico y el «pragmatismo».

Esta posición ignora deliberadamente el hecho de que la ausencia de sentido sagrado no hace que el sistema sea libre, sino que lo deja indefenso ante los significados agresivos del globalismo. Como señala acertadamente la viva tradición de la idea rusa, es imposible restaurar la continuidad del Tercer Imperio sin dar una valoración espiritual definitiva de la esencia satánica de la rebelión contra Dios, por muchos «éxitos económicos» con los que se camufle. Mientras el poder denomine el vacío semántico «defensa contra los dogmas», el país permanecerá en un estado de parálisis, en el que incluso la batalla de Malorusia es percibida por los funcionarios no como una guerra sagrada por el katechon, sino como una prolongada operación militar que solo requiere una gestión eficaz de los recursos. El «poscesarismo» burocrático o el «autoritarismo movilizador» de Karaganov son solo formas temporales de ese mismo exoesqueleto que carece de espíritu interno. La propuesta de «no dar sentido» al período soviético en nombre de una reconciliación mal entendida deja, de hecho, sin expiar el pecado de la apostasía. Pero el katechon no se basa en la dualidad. Mientras la crítica del pasado soviético se deje en manos de los rusófobos liberales, el pueblo estará condenado a una falsa elección entre el despotismo rojo y la decadencia liberal. La tarea del renacimiento de la idea rusa es romper este círculo vicioso y mostrar al mundo la verdad, que está por encima tanto del pantano liberal como de los sustitutos del «socialismo militar». Cualquier sistema que niegue la necesidad de una orientación espiritual superior se convierte en rehén del dogmatismo más vil: el dogmatismo del beneficio y la conservación del capital de la élite post-tecnológica. Por eso, el escenario del renacimiento ruso no tiene nada que ver con estas construcciones de gabinete y simulaciones de teóricos sin formación.

Este escenario estratégico representa el crecimiento orgánico del orden sagrado a través de los tejidos muertos del sistema post-katechon, donde la primera y decisiva etapa debe ser el despertar metafísico de la conciencia nacional. Se trata del rechazo decidido de las falsas ideologías del siglo pasado y del retorno a los fundamentos inquebrantables de la Tríada de Uvarov, en la que la ortodoxia, la autocracia y la nacionalidad recuperan el estatus de principios vivos del ser. Esto requiere el desmantelamiento definitivo de los sustitutos antropológicos y el reconocimiento del hombre ruso como portador de la imagen de Dios, cuya libertad se realiza exclusivamente a través del servicio al Creador y al katechon.

Tras esta purificación espiritual, se producirá inevitablemente una refundición de la juventud y la formación de un nuevo núcleo servicial. En lugar de los actuales «cobradores», educados en el espíritu de la lealtad flexible al sistema global, debe imponerse una educación en el estricto seguimiento ortodoxo-katechon, basada en el resurgimiento del espíritu de la Tabla de rangos de Pedro el Grande. Esto devolverá al tejido estatal el principio de la dignidad personal y el honor familiar, donde el camino al poder solo está abierto a través de la valentía y el servicio impecable a la patria. El eje moral y ético de este proceso será el retorno a las tradiciones de la «Juventud del espejo honesto», que exige al futuro hombre de Estado, por encima de todo, tener temor de Dios, ser firme en sus palabras y alejarse de todo mal. Si los cursos de gestión modernos tienen como objetivo crear engranajes eficaces para servir al capital mundial, el «Espejo» educa a un caballero honesto, para quien la deshonra de traicionar su juramento es más terrible que la muerte física.

Esta élite, templada en el actual enfrentamiento en Malorusia, se convertirá en el instrumento de transición hacia una profunda sinfonía institucional, en la que la Iglesia y el poder naciente entrarán en una auténtica unión mística. La voluntad autocrática llevará a cabo la ruptura decisiva de todos los vínculos tácitos con los bastidores mundiales, declarando legalmente nulas todas las letras de crédito de los «Morgan» y otras entidades bancarias. Rusia dejará de ser un territorio hipotecado para convertirse en una fortaleza soberana del Espíritu, donde incluso las tecnologías de gestión digital se utilizarán para proteger el Logos nacional de la entropía externa. La culminación de este camino será la actualización del Trono como acto de misericordia divina. El poder recupera su plenitud sacra, convirtiéndose en un órgano sagrado de intercesión por la paz, lo que hace que la reunificación de Malorusia con el cuerpo del Imperio sea un proceso natural y definitivo.


La restauración del katechon no es simplemente un retorno a las formas históricas del pasado, sino el único camino hacia la verdadera Victoria. Esta Victoria no se decide solo ni en su totalidad en el campo de batalla de Ucrania, sino en el «campo de batalla» global con Occidente, donde Malorusia es solo la primera línea de defensa del mundo ortodoxo y civilizatorio. Cualquier acuerdo a medias, «acuerdos» entre bastidores o intentos de integrar a Rusia en el sistema global con derechos de «capitalismo autoritario» no son más que una capitulación aplazada. La verdadera victoria de Rusia es su regreso al estatus de Retenedor, convirtiéndose en ese obstáculo insuperable contra el que se estrellarán las olas de la anarquía mundial.

La perspectiva del katechon ruso abre al mundo la esperanza de salir del callejón sin salida de la deshumanización digital. Rusia, basada en los fundamentos del ortodoxismo, la autocracia y el nacionalismo, se convierte en un arca existencial para todos aquellos que han conservado en su interior la chispa divina y la voluntad de alcanzar la verdadera libertad. En este servicio reside nuestro destino histórico: no solo resistir en el choque de civilizaciones, sino mostrar al mundo un ejemplo vivo de la existencia estatal, santificada por la Verdad. La victoria final no es la conquista de territorios, sino el retorno de los significados. Es transformar a la Pequeña Rusia de un puesto avanzado de la OTAN a convertirla nuevamente en la cuna de la ortodoxia rusa. Es la transformación de la élite de «cobradores» en caballeros de honor según el espíritu de la Tabla de rangos de Pedro el Grande. Es la entronización del monarca legítimo como símbolo vivo de la conexión entre los tiempos y la fidelidad al Designio. Solo en esta unión sagrada Rusia alcanza su plenitud, convirtiéndose en la indestructible Tercera Roma, que permanecerá hasta el fin de los tiempos, evitando que la humanidad caiga en el abismo de la oscuridad definitiva. En esto reside nuestro deber, nuestro destino y nuestro único camino hacia la luz.

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Lavrov advirtió sobre el intento de Estados Unidos de establecer una superioridad estratégica sobre Rusia.


Rusia ha demostrado que es capaz de mantener su capacidad de segundo ataque nuclear, pero el continuo intento por Estados Unidos de neutralizarla es muy hostil, lo que dificulta enormemente cualquier posible «nueva distensión» tras el fin del conflicto ucraniano.

El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, celebró el martes su primera rueda de prensa del año, durante la cual explicó la política rusa sobre una amplia gama de cuestiones. Entre las más importantes que abordó se encontraba el inminente fin del Nuevo START a principios del mes que viene. Trump había rechazado anteriormente la propuesta de Putin de prorrogar su vigencia un año más. Lavrov interpretó esto como una reafirmación del intento de Estados Unidos de «establecer la superioridad en ciertas áreas de estabilidad estratégica» sobre Rusia.

A continuación, explicó las cuatro formas interrelacionadas en las que se está llevando a cabo este intento. La primera es el despliegue por parte de Estados Unidos de misiles terrestres de alcance intermedio y corto en Japón, Filipinas y, próximamente, Alemania. Esta política fue posible gracias a la retirada de Trump 1.0 del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio. En términos prácticos, Estados Unidos podría equipar estos misiles con armas nucleares para obtener una ventaja en cualquier escenario de primer ataque, ya que podrían alcanzar su objetivo antes de que tuvieran tiempo de evaluar la amenaza.
«El segundo elemento son los planes de Estados Unidos de ampliar el despliegue de sus armas nucleares en Europa, de los que poco se sabe públicamente. No obstante, esta política complementa la mencionada anteriormente, tal y como se ha explicado, y señala que Estados Unidos no abandonará sus puestos avanzados nucleares estratégicos en Europa. También aumenta las amenazas estratégicas a las que se enfrenta Rusia desde el vector occidental, lo que garantiza que la mayor parte de sus capacidades estratégicas sigan apuntando en esa dirección incluso después de que termine el conflicto ucraniano».

La tercera forma en que Estados Unidos está intentando establecer su superioridad estratégica sobre Rusia es a través del «Golden Dome» de Trump, cuyo objetivo es neutralizar las capacidades de segundo ataque de Rusia basadas en silos. La adquisición de Groenlandia por parte de Estados Unidos le permitiría interceptar los misiles balísticos intercontinentales rusos sobre el Ártico. La respuesta de Rusia es construir más submarinos nucleares para lanzar segundos ataques desde otras direcciones, al tiempo que construye más drones submarinos nucleares Poseidon para desatar devastadores tsunamis.

Y, por último, la última parte fue la que más tiempo dedicó Lavrov, y es la militarización del espacio exterior por parte de Estados Unidos. Afirmó que Estados Unidos solo propone prohibir las armas nucleares en el espacio, no las no nucleares, lo que supone una admisión tácita de sus planes en este ámbito. Lavrov no lo mencionó, pero el «Golden Dome» también tiene un componente espacial, que podría explotarse para colocar clandestinamente armas ofensivas en el espacio en lugar de interceptores puramente defensivos. Esta posibilidad plantea muchos problemas a Rusia.

«Al reunir estas cuatro partes constitutivas, queda claro que Trump quiere restaurar la hegemonía unipolar de Estados Unidos sobre los asuntos mundiales, que hasta ahora ha ido decayendo, y que prevé lograr en gran parte obteniendo la superioridad estratégica sobre Rusia y China para luego chantajearlas con primeros ataques. Anticiparse a este oscuro escenario fue una de las razones que motivaron la operación especial de Rusia después de que el Kremlin se enterara de los planes clandestinos de Estados Unidos de desplegar algún día activos estratégicos ofensivos y defensivos en Ucrania».

Bajo el mandato de Trump 2.0, Estados Unidos está globalizando ahora esas amenazas a la capacidad de segundo ataque nuclear de Rusia, lo que ha desencadenado una carrera armamentística estratégica no declarada. Las pruebas realizadas por Rusia a finales del año pasado con el misil Burevestnik de alcance ilimitado y propulsión nuclear, junto con el desarrollo relacionado de otros activos estratégicos ofensivos, demuestran que es capaz de mantener sus capacidades mencionadas. Aun así, el intento de Estados Unidos de establecer una superioridad estratégica sobre Rusia es muy hostil, lo que dificulta enormemente cualquier posible «nueva distensión». 

Traducción al español para Geopolitika.ru

por el Dr. Enrique Refoyo

Fuente: https://korybko.substack.com/

La reorganización del mundo.

El mundo está cambiando muy rápidamente. El año 2026 puede verse marcado por el regreso a la división en zonas de influencia y el fin de los imperios coloniales. Pero veremos sobre todo el regreso al derecho internacional frente a las reglas que hasta ahora conocíamos. Sólo quienes sean capaces de entender esos cambios y de adaptarse rápidamente podrán seguir desarrollándose.

Se da por sentado que este es el mapa del mundo según lo acordado en el encuentro de Anchorage, el 15 de agosto de 2025. Como vemos, está dividido en tres zonas de influencia, que aparecen indicadas de manera general y que pudieran estar siendo aún objeto de una negociación tendiente a delimitarlas con más precisión.

Estamos viendo la reorganización del mundo según la reunión que los presidentes Putin y Trump sostuvieron en Anchorage (el 15 de agosto de 2025), el alto al fuego acordado en Gaza (el 10 de octubre de 2025) y la operación Absolute Resolve en Venezuela (el 3 de enero de 2026). Ahora está claro que los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin se repartieron el mundo en Alaska. El reparto tendrá que ser avalado durante el próximo encuentro entre el presidente estadounidense Donald Trump y el presidente chino Xi Jinping.

La única información disponible es el mapa publicado por el analista ruso Andrei Martyanov. En ese mapa, el mundo aparece divido en tres zonas de influencia, lo cual no contradice el principio de un mundo multipolar. El derecho internacional primitivo —me refiero al que existía antes de la guerra fría—resuelve sólo algunos problemas y concede a los Estados la posibilidad de hacer lo que quieren dentro de los límites que ellos mismos se han fijado con la firma de tratados.

En mi última crónica expliqué que, al contrario de lo que todo el mundo afirma, si bien Estados Unidos cometió un crimen al secuestrar al presidente venezolano Nicolás Maduro, a la luz de las reglas anteriores, también podría decirse que no fue así ya que nunca se había comprometido a no hacerlo. Esta realidad puede parecernos chocante, pero eso no cambia la cuestión de fondo. En lo adelante, tendremos que funcionar según esa realidad.

Hasta ahora, el mundo estaba gobernado por los G5, G6, G7, G8, etc., un sistema que hasta ayer se componía de Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y la Unión Europea.

La desaparición de esa estructura marca el fin de los imperios británico y francés. Francia tendrá que descolonizar Nueva Caledonia y la Polinesia; Estados Unidos tendrá que descolonizar Samoa, Guam y las Islas Vírgenes estadounidenses; Nueva Zelanda tendrá que descolonizar Tokelau; y Reino Unido tendrá que descolonizar Anguila, las Bermudas, las Islas Vírgenes Británicas, las Islas Caimán, las Malvinas, Gibraltar, Monserrat, Santa Elena y las Islas Turcas y Caicos. Eso tendría que concretarse muy rápidamente si Francia, Reino Unido y Nueva Zelanda quieren conservar algún tipo de presencia en sus antiguas colonias.

Es probable que se produzca una descomposición de la Commonwealth. Como mínimo, sus miembros abandonarán su ciudadanía compartida.

El G7 se verá reemplazado por un C4 o un C5, conformado por China, Estados Unidos, la India y Rusia —el presidente Trump espera incluir a Japón[1] pero es posible que este último país no sea admitido, debido a sus declaraciones belicistas. China rechaza el ascenso del militarismo imperial nipón y el negacionismo del gobierno de Sanae Takaichi, así como su aspiración a controlar los microprocesadores de Taiwán y sus investigaciones sobre las tierras raras.

Teniendo en cuenta el poderío de cada una de ellas, las 4 principales potencias mundiales podrán hacer su voluntad en todos los asuntos no definidos por el derecho internacional —como Estados Unidos en el caso de Venezuela.

Varias alianzas regionales permitirán que algunas potencias secundarias desempeñen un papel importante.

No entraré a analizar el caso de la OTAN, que va a disolverse a mediados de 2027, o antes, dependiendo de la cuestión del traspaso de Groenlandia entre Dinamarca y Estados Unidos. Las protestas de algunos de sus miembros europeos serán inútiles en la medida en que no van a declararle la guerra a Estados Unidos, como tampoco van a declararle la guerra a Rusia.

La alianza AUKUS —entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos— tampoco logrará sobrevivir a la repartición del mundo.

También está llamada a desaparecer la Unión Europea. El show de Ursula von der Leyen con la firma del acuerdo de libre comercio UE-MERCOSUR sólo precipita su caída: los pueblos de Francia, Polonia, Austria, Irlanda y Hungría acaban de darse cuenta de que esa burocracia no defiende sus intereses, sino que sacrifica sus campesinos a las necesidades de la industria alemana.

Varias estructuras se encargarán del relevo: la Fuerza Expedicionaria Inter-ejércitos (JEF o Joint Expeditionary Force), una OTAN en miniatura encabezada por el Reino Unido, en la que se cuentan Dinamarca, Finlandia, Estonia, Islandia, Letonia, Lituania, Países Bajos, Suecia y Noruega. Es probable que Ucrania se una a esa fuerza, mientras que Islandia se uniría a Estados Unidos —después de la cesión de Groenlandia. Al igual que Canadá y Groenlandia, Islandia se halla en la plataforma continental norteamericana, lo cual explica el «apetito» estadounidense.

Por su parte, Bulgaria, Finlandia, Letonia, Lituania, Polonia y Suecia ya han conformado una «alianza del frente oriental», pero no parece seguro que esa nueva organización logre mantenerse ya que carece de presupuesto y de secretariado.

Esas alianzas militares estarán «emparejadas» con coaliciones políticas, siguiendo el modelo de la Unión Europea y la OTAN. La principal es la «Iniciativa de los Tres Mares», en la que ya se reúnen Austria, Bulgaria, Croacia, Estonia, Grecia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia, Rumania, Eslovaquia, Eslovenia y Chequia. Esta agrupación apunta a reeditar la medieval República de las Dos Naciones o el proyecto de la Federación Miedzymorze (Intermarium) del mariscal polaco Jozef Pilsudski (1867-1935), o sea crear una federación situada entre Alemania y Rusia. Se trata de un proyecto polaco, defendido por el presidente Karol Nawrocki, del partido Derecho y Justicia, mientras que el primer ministro polaco Donald Tusk, de la Coalición Cívica, milita por la «alianza del frente oriental».

En el Medio Oriente, la rivalidad entre Arabia Saudita e Irán terminó gracias a la mediación china de 2023, pero se ha visto reemplazada por una rivalidad entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, que ya se ha expresado en Yemen y en Sudán. Sauditas y emiratíes, que hace sólo 4 años eran los mejores amigos, hoy son rivales absolutos. Arabia Saudita trata formar una alianza con Pakistán, Turquía, Egipto y Somalia, mientras que Emiratos Árabes Unidos, que ya ha forjado alianzas militares con facciones sudanesas, libias y somalíes, se acercaría un poco más a Israel y trataría de atraer a Etiopía.

En África, Alianza de Estados del Sahel (en francés: Alliance des États du Sahel, AES) —Burkina Faso, Mali y Níger— es la única alianza militar regional y contaría con el apoyo de China y Rusia.

En América Latina, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA)[2] ha dejado de funcionar y se está formando, por el contrario, alrededor de Argentina y Chile, una coalición de países que cuentan con el apoyo de Estados Unidos.
[2] Fundada en 2004, por iniciativa de los presidentes de Cuba, Fidel Castro, y de Venezuela, Hugo Chávez. Nota de Red Voltaire.

China, la India y Rusia mantienen la voluntad de preservar las Naciones Unidas. Sabiendo eso, el presidente estadounidense Donald Trump ha renunciado a abandonar la ONU. Es importante entender que gran parte de lo que la ONU había construido tendrá que desmantelarse para adaptarlo al derecho internacional. Porque, a pesar de lo que lo que solíamos creer, las Naciones Unidas no son el derecho internacional.

¡Así que por eso Trump necesita Groenlandia! «Masas ignorantes y poder ilimitado». El primer campo de concentración digital del mundo.

Por supuesto, Estados Unidos no reclama Groenlandia sin motivo. Los estadounidenses tienen grandes planes para este enorme territorio. Allí se está gestando un experimento totalmente descabellado, con consecuencias de largo alcance. El autor de este ambicioso proyecto es el tecnólogo Peter Thiel.

Fundador de Palantir y cofundador de PayPal, Peter Thiel hace tiempo que dejó de ser un simple empresario de riesgo e ideólogo de Silicon Valley. Su actividad durante las últimas dos décadas se ha centrado en una tarea mucho más ambiciosa: replantear el principio mismo de la soberanía estatal. Desde hace tiempo, Thiel trabaja no tanto con los mercados como con la arquitectura del poder. La empresa Palantir, fundada por él, no es un negocio en el sentido clásico, sino un contratista para los servicios especiales, el ejército y los organismos de seguridad, cuyos ingresos provienen de contratos estatales a largo plazo. Es importante dejar claro desde el principio que Thiel no es un anarquista ni un enemigo del poder como tal. Está en contra del Estado tradicional, pero no del control digital extremo.


El multimillonario Peter Thiel. Captura de pantalla de la publicación «The New York Times».

No es un Estado, sino una suscripción: lo que realmente hay detrás del proyecto Praxis.

En este contexto, su nuevo proyecto Praxis parece una continuación lógica de las ideas de la «tecnología correcta».

Praxis es un intento de crear un modelo mínimamente viable de soberanía fuera del marco del Estado nacional. El proyecto no se basa inicialmente en el territorio, sino en la red. En el centro de Praxis se encuentra una comunidad de personas seleccionadas hasta ahora según criterios estrictos: altos ingresos, movilidad, competencia tecnológica y compatibilidad ideológica.


Los participantes en el proyecto Praxis no existen como ciudadanos, sino como sujetos de un contrato que tienen una suscripción. Captura de pantalla https://www.praxisnation.com/

El elemento clave de Praxis es la identidad digital. El participante en el proyecto no existe como ciudadano, sino como sujeto de un contrato con suscripción. Sus derechos y obligaciones no están recogidos en las leyes estatales, sino en el acuerdo de usuario.

El modelo económico se basa en el dinero privado y los instrumentos financieros alternativos. Las criptomonedas, la tokenización de activos(1), las unidades de cuenta propias: todo ello permite sacar la economía del proyecto del control de los reguladores nacionales. Sin embargo, no se trata de una autonomía financiera total. Más bien, se crea un esquema híbrido en el que las jurisdicciones externas se utilizan solo mientras son beneficiosas y luego se sustituyen por mecanismos internos.
(1) La tokenización de activos es el proceso de crear representaciones digitales (tokens) de activos reales o financieros en una cadena de bloques (blockchain), permitiendo fraccionar, negociar y gestionar la propiedad de estos activos de manera eficiente, transparente y accesible globalmente, otorgando derechos digitales como propiedad o rentabilidad, y mejorando la liquidez y la velocidad de las transacciones al operar 24/7 y de forma programable

Se presta especial atención al derecho. Praxis no prevé tribunales estatales ni legislación pública. En su lugar, se propone un sistema de arbitraje privado que funciona según normas acordadas de antemano.

Las disputas se resuelven no sobre la base de «derechos humanos» abstractos, sino sobre la base de contratos y calificaciones de reputación.


Praxis es un intento de reunir un modelo mínimamente viable de soberanía fuera del marco del Estado nacional. Captura de pantalla https://www.praxisnation.com/

Formalmente, Praxis se presenta como un intento de crear la «ciudad del futuro» y una nueva forma de organización colectiva. En realidad, se trata de un proyecto para trasladar las funciones clave del Estado —el derecho, el dinero, la identidad y la gestión— a un plano digital supranacional. Praxis no promete democracia, justicia social o «igualdad y fraternidad universales».

Se construye como un sistema cerrado, al que se accede por principio de compatibilidad ideológica y económica. No es la «sociedad civil» a la que suelen apelar los liberales y los masones, sino una red. No es ciudadanía, sino suscripción.

Territorio sin Estado: la lógica de la elección de Groenlandia

De ahí surge la cuestión del territorio. Experimentos de este tipo no pueden llevarse a cabo en Estados nacionales fuertes con una estructura institucional densa. Para ello se necesitan espacios con una soberanía debilitada, una baja densidad de población y una alta dependencia de los recursos externos. Por eso, con la llegada de Donald Trump, se ha vuelto a plantear el tema de la adhesión de Groenlandia.

La población de la isla es de menos de 60.000 habitantes, con una superficie comparable a la de Europa Occidental. Formalmente, Groenlandia forma parte de Dinamarca, pero goza de una amplia autonomía, tiene su propio parlamento y el derecho a separarse del reino. Económicamente, la región depende de las subvenciones danesas y de las inversiones externas, y la administración pública clásica es extremadamente cara e ineficaz.

Groenlandia es una zona experimental casi ideal.

En primer lugar, la débil administración local y la ausencia de élites fuertes. En segundo lugar, su ubicación estratégica en el Ártico, donde se concentran las posibles rutas de transporte, la infraestructura militar y los recursos naturales. En tercer lugar, las condiciones climáticas y logísticas hacen que cualquier modelo alternativo de gestión esté formalmente justificado desde el punto de vista de la «eficacia». Es precisamente en este contexto donde debe considerarse el reciente interés de Estados Unidos por la isla.
«La figura de Donald Trump en esta historia parece menos excéntrica de lo que se suele pensar. Su propuesta de «comprar Groenlandia», formulada en 2019, fue entonces considerada una farsa política. Sin embargo, ahora, tras el secuestro de Maduro, el desencadenamiento de una guerra comercial mundial y el fortalecimiento del grupo right-tech dentro de la élite estadounidense, las intenciones de Trump ya se están tomando en serio. Si no se llega a un acuerdo con Copenhague, es muy posible que se produzca una toma de la isla por la fuerza. Y nadie podrá impedirlo en Washington. A continuación, el nuevo estado se cederá a la derecha tecnológica, conservando la forma anterior de autonomía».

Pero incluso si Praxis nunca se lleva a cabo precisamente en Groenlandia, la propia elección de territorios similares dice mucho: los experimentos posestatales solo son posibles allí donde el Estado clásico está debilitado, es económicamente vulnerable o es secundario. Groenlandia no es aquí un objetivo, sino un símbolo.

Contrato en lugar de política: la ilusión de una sociedad controlada

La base ideológica de Thiel se basa en la convicción de que el Estado tradicional no es capaz de gestionar sociedades tecnológicas complejas. Según su lógica, la burocracia frena el desarrollo, la «democracia» distorsiona las decisiones racionales y la redistribución de los recursos reduce la eficacia de las élites. Las tecnologías, por el contrario, permiten automatizar la gestión y sustituir los procedimientos políticos por contratos y algoritmos. Esta lógica parece coherente, pero solo hasta que el Estado se considera un servicio o una corporación.

«El Estado no es una interfaz ni un conjunto de procedimientos administrativos. Es la forma más elevada de organización del poder en el territorio, que posee el derecho exclusivo de coacción, ley y uso de la fuerza. No existe para la comodidad ni para la «eficacia», sino para mantener la integridad de la sociedad, garantizar la supervivencia del pueblo y proteger la soberanía en condiciones de constante presión externa e interna».

Ningún sistema tecnológico es capaz, en principio, de sustituir al Estado, ya que no posee soberanía. Un algoritmo no puede ser fuente de poder, una plataforma no puede ser portadora de responsabilidad y un contrato no puede sustituir a una decisión política, ya que, desde el punto de vista formal, puede ser «ineficaz». La legitimidad no se crea con un código, sino que se gana con la historia, se confirma con la capacidad de vencer, mantener el territorio, garantizar el orden y aplicar decisiones impopulares en momentos críticos.

En cualquier situación que trascienda el cómodo mundo de un grupo reducido de participantes, todos los «Estados digitales» se desmoronan instantáneamente y vuelven a la sombra, donde deben estar: bajo la protección del poder real, no simulado.

Históricamente, ya han existido construcciones similares, desde colonias corporativas hasta ciudades comerciales libres. Pero, al final, o se integraron en las estructuras estatales o entraron en conflicto directo con ellas. La envoltura tecnológica no cambia la esencia.

¿Y qué?

Praxis de Peter Thiel no es un club cerrado «para los suyos» ni un Estado paralelo para la élite. Es una matriz supranacional universal, diseñada precisamente para todos. Pero está organizada de tal manera que los sujetos de control en ella siguen siendo unos pocos, y los objetos, las masas. El Estado clásico no se destruye aquí por la fuerza, sino que se retira cuidadosamente del juego como una interfaz «obsoleta»: el derecho se sustituye por un acuerdo de usuario, las decisiones administrativas por algoritmos, la soberanía por la identidad digital y la responsabilidad por el soporte técnico.

La praxis de Peter Thiel no es un club cerrado «para los suyos» ni un Estado paralelo para la élite. Es una matriz supranacional universal, diseñada precisamente para todos. Captura de pantalla https://www.praxisnation.com/

En este modelo, el ser humano no es portador del código de la civilización, sino solo un elemento del sistema, controlado a través de datos, clasificaciones de acceso, restricciones financieras e incentivos conductuales. Es aquí donde surge la jerarquía real: en la cima están los arquitectos del sistema, los propietarios de los algoritmos y las claves de identificación; en la base, la masa de usuarios, para quienes el mundo se reduce a permisos, suscripciones y escenarios de comportamiento aceptables.

«La abolición del Estado en este formato no significa una mejora de la eficiencia. Al contrario, desaparece la última barrera entre el poder y el individuo. Si el Estado todavía se ve obligado a defender los intereses de los ciudadanos, a apelar a la ley, la historia y las tradiciones, la plataforma digital supranacional no le debe nada a nadie. Simplemente desconecta, restringe o reconfigura».

En este sentido, Praxis no es «el futuro de la gestión», sino la tecnología de la destrucción definitiva de la soberanía de los países y los pueblos, donde las masas «estúpidas» ni siquiera son reprimidas, sino suavemente administradas. Y el poder se vuelve invisible, impersonal y, por lo tanto, prácticamente invulnerable.

Traducción al español para Geopolitika.ru

por el Dr. Enrique Refoyo

Fuente: https://tsargrad.tv/

Rusia lanza su segundo Oreshnik a Ucrania y Martyanov publica un «mapa del reparto tripolar».

Es sorprendente el mapa que ha publicado Andrei Martyanov, especialista con estrechos vínculos en el ejército ruso. Según ese mapa, los presidentes Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping se habrían «repartido» el mundo en función de lo que el presidente ruso y el presidente estadounidense conversaron en Anchorage, el 15 de agosto de 2025. Para Estados Unidos: las Américas, desde Alaska hasta la Patagonia. Para Rusia: todo el continente europeo y también el Reino Unido. Para China: toda Asia, Oceanía y el Levante, incluyendo Israel.


En medio del estira y afloja entre las tres superpotencias Estados Unidos, Rusia y China, la jefa de prensa de la Casa Blanca, la bella Karoline Leavitt, expresó que, pese al contencioso de Venezuela, Trump preservará buenas (sic) relaciones con Putin y Xi: «Creo que el presidente mantiene una relación muy abierta, honesta y buena, tanto con el presidente Putin de Rusia como con el presidente Xi de China (…). Ha hablado con ellos en numerosas ocasiones desde que asumió el cargo, hace un año, y creo que esas relaciones personales van a continuar»[1].

Hoy, los límites del irredentismo de Estados Unidos son los intereses inalienables de Rusia y China, que operan como un G2.

El Financial Times reporta que «China, Rusia e Irán enviaron barcos a Sudáfrica, con antelación a sus ejercicios navales»: los ejercicios «preprogramados “BRICS Plus” siguen al surgimiento de tensiones sobre las operaciones militares de Estados Unidos en Venezuela y el Atlántico»[2].

El mundo hoy se mueve en medio del caos globalizado, donde subsisten lo que he denominado «fractales de la paz», como es el caso de la liberación de dos marinos rusos de un misterioso barco pirata[3], lo que valió el agradecimiento de Moscú a sus homólogos de Estados Unidos[4].

Entretanto, Trump, en su ya célebre entrevista con el New York Times, sentenció que «no existen las leyes internacionales» y que los límites de su accionar son su «moralidad»[5].

Que Trump, agobiado por sus serios líos domésticos, haya pasado a una riesgosa ofensiva de alcances globales, no significa que Rusia (lanzamiento de su segundo misil hipersónico Oreshnik) y China (recientes ejercicios militares alrededor de Taiwán) se mantengan inermes en sus propias esferas de influencia.

Pareciera descabellado en esta delicada coyuntura de alta tensión global que el connotado analista militar ruso Andrei Martyanov haya divulgado un mapa del reparto tripolar entre Trump, Putin y Xi Jinping, sin especificar la autoría[6].
[6] Ver minuto 26 de «Orthodox Christmas», Andrei Martyanov, YouTube, 8 de enero de 2026.

El mapa del reparto tripolar no tendría validez alguna de no ser por la divulgación de Andrei Martyanov, quien ostenta una estrecha relación con el ejército ruso.

1. La esfera de influencia de «Trump» va de Groenlandia hasta la frontera de la Antártida, con o sin anexiones, al unísono de Latinoamérica y el Caribe (la CELAC). Sorprende la absorción de Islandia y algunos países de África occidental (Mauritania, Senegal, Sierra Leona, Liberia).

2. La esfera de influencia de «Putin» abarcaría toda Europa, incluyendo Gran Bretaña (sic), gran parte del norte de África, así como Turquía, el Cáucaso, el Sahel africano y las islas noruegas del norte (islas Svalbard). Denota una línea divisoria con la parte china de la que forman parte Egipto y los países del mar Mediterráneo oriental (Siria, Líbano, etcétera).

3. La esfera de influencia de «Xi Jinping» comprende Mongolia, las dos Coreas, Japón, Filipinas, todo el sudeste asiático, Australia, Nueva Zelanda, el subcontinente indio (con la India y Pakistán), Irán, gran parte de Kazajistán, Asia Central, la península Arábiga y la mayor parte de África.

Llama poderosamente la atención que el «mapa tripolar» divulgado por Andrei Martyanov no haya provocado el impacto que se merece. Aquí lo que vale la pena rescatar, más que las líneas divisorias etéreas, es que Andrei Martyanov lo haya expuesto sin tapujos.

Recuerdo que Newsweek esbozó un mapa de «cómo Trump, Putin y Xi pueden repartirse el mundo»[7].

Tales mapas se encuentran en un punto de bifurcación: entre una Tercera Guerra Mundial nuclear y una subrepticia negociación de las tres superpotencias.

En caso de una Tercera Guerra Mundial nuclear no habría ni mapa ni rastro de seres vivientes de la creación cuando el mismo Trump ha externado que Estados Unidos detenta la capacidad de destruir el planeta 150 veces.

Precisiones sobre la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y el derecho internacional.

Ante el gran número de mensajes que recibimos en Red Voltaire sobre el artículo anterior de Thierry Meyssan, solicitamos a este autor que respondiera a nuestros lectores. Esta semana Meyssan explica que la operación Absolute Resolve no es contraria al derecho internacional porque no viola ningún compromiso de Estados Unidos. Esta parece una buena ocasión para reflexionar sobre la diferencia entre las reglas de la guerra fría —las reglas que todavía estamos siguiendo— y el derecho internacional, que se impone como referencia en el mundo multipolar.

Luego de haber denunciado el papel de Israel en la preparación de la agresión de Estados Unidos contra Venezuela, Delcy Rodríguez presta juramento como presidente encargada.

Desde que se publicó mi artículo de la semana pasada sobre la operación Absolute Resolve[1], he recibido abundantes mensajes de protesta. Sólo he podido responder una pequeña parte de esos mensajes. Estoy consciente de que me expresé mal ya que muchos de ustedes entendieron cosas que nunca escribí ni dije, así que quisiera ofrecer algunas explicaciones.

En primer lugar, el tema de mi artículo no era la crisis en Venezuela sino el hecho que la intervención estadounidense no viola el derecho internacional. Insisto en ese punto.

El derecho internacional no es un código. Es sólo un compromiso a respetar la palabra dada y a no comportarnos como bárbaros.

Dicho eso, desde el punto de vista de Washington, Nicolás Maduro es un traficante de droga. El hecho que se trate de una afirmación estúpida no viene al caso. La justicia estadounidense tendrá que demostrar la veracidad de esa acusación. Por mi parte, yo afirmé que autorizó traficantes a pasar por el territorio de su país para llevar cocaína a Estados Unidos. Náunca lo acusé de traficar personalmente con drogas, ni con cocaína, ni con fentanilo (especialidad del mexicano Cártel de Sinaloa). No me basé en investigaciones de la DEA, ni en la propaganda israelí sino en confidencias de cabecillas libaneses del tráfico de droga. Incluso precisé que los traficantes chiitas venezolanos no eran miembros de Hezbolá sino que pagaban el zakat[2] al Hezbolá libanés.
[2] El zakat es una especie de contribución o limosna que los musulmanes aportan a las obras que consideran importantes. Nota de Red Voltaire.

En todo caso, Estados Unidos actuó en Venezuela como ya lo había hecho en Panamá, en 1989. En Panamá, Estados Unidos había acusado al general Manuel Antonio Noriega de ser un traficante de droga y lo secuestró [Luego de bombardear e invadir el país. Nota del Traductor.], dejando además miles de muertos. Nunca se demostró que Noriega hubiese traficado con drogas, sino que había pagado contrarrevolucionarios nicaragüenses con dinero del Cártel de Medellín. Hoy sabemos que el montaje revelado en el escándalo Irán-Contras fue concebido por Klaus Barbie, el criminal nazi que vivía en Bolivia bajo el nombre de Klaus Altman, quien era además el verdadero organizador del Cártel de Medellín[3].
[3] «El Carnicero y el Patrón. La conexión oculta entre Pablo Escobar y Klaus Barbie», Boris Miranda, Nueva Sociedad #257, mayo-junio de 2015.

Visto desde la perspectiva estadounidense, Nicolás Maduro no es presidente de Venezuela. En mi artículo no discutí esa afirmación, pero incluí una nota al pie con el vínculo hacia otro artículo que publiqué sobre ese asunto en agosto de 2024[4]. En aquel artículo yo explicaba que la versión occidental sobre la elección presidencial venezolana es totalmente falsa aunque en esa elección se registró menos del 60% de participación, no cabe duda de que Nicolás Maduro fue electo. Pero, en este caso tampoco es ese el problema. Una cuarta parte de los Estados miembros de la ONU —incluyendo a Estados Unidos— no lo reconocen como presidente. O sea, desde la perspectiva de Washington, Estados Unidos no violó la inmunidad de un jefe de Estado, inmunidad que habría tenido que respetar como firmante de la Convención de Viena.

Además, nosotros, como franceses, no somos precisamente los más autorizados a acusar a Estados Unidos de haber secuestrado al presidente de Venezuela. No hay que olvidar que Francia —a través de su entonces ministro del Interior Dominique de Villepin, de Regis Debray y en colaboración con las fuerzas especiales estadounidenses— secuestró en 2004 al presidente electo de Haití Jean-Bertrand Aristide[5]. En ese caso Estados Unidos también había puesto en duda la validez de la elección del presidente Aristide, invocando para ello una disposición de la Constitución haitiana. Así que Estados Unidos secuestró al presidente haitiano, lo entregó a las fuerzas especiales de Francia, que lo envió secuestrado a la República Centroafricana. En aquel momento, prácticamente nadie condenó aquella acción.

Por supuesto, yo no pienso que secuestrar Noriega, a Aristide y a Maduro haya sido correcto, como tampoco lo fue poner en el poder al ayatola Khomeiny en Irán o a Mijaíl Saakachvili en Georgia. Lo que explico es que técnicamente no hubo violación del derecho internacional, aunque los hechos mismos nos resulten chocantes, tanto a nosotros como a las Naciones Unidas.

Ciertamente, todos los Estados miembros de las Naciones Unidas se han comprometido a abstenerse «en sus relaciones internacionales, a recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza, tanto contra la integridad territorial o contra la independencia política de cualquier Estado, como de cualquier otra manera incompatible con los objetivos de las Naciones Unidas» (Artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas). Pero todos reconocen también un «droit de suite» [«derecho a seguir» o a «perseguir». Nota del Traductor.] si son atacados por alguna organización no estatal desde un país que no trata de impedir esos ataques.

Por ejemplo, en 2015 Francia realizó operaciones militares en Siria, sin autorización alguna, supuestamente para luchar contra el Emirato Islámico (Daesh[6]) que había cometido la masacre del teatro Bataclan, en París[7]. Más recientemente, en 2022, Francia continuaba en Mali la operación Barkhane, a pesar de que el gobierno de Mali estaba en contra. El gobierno maliense sabía que los servicios secretos de Francia apoyaban a los mismos yihadistas que el ejército francés decía combatir. Fue por eso que el ejército francés fue expulsado del Sahel[8].
[6] Denominado en Occidente Estado Islámico y a menudo designado bajo las siglas EI, IS o ISIS. Nota de Red Voltaire.

Al hacer estas precisiones no estoy aprobando lo que Estados Unidos hace contra Venezuela. Sólo estoy señalando que Estados Unidos no ha violado sus compromisos y, por consiguiente, no ha violado el concepto mismo de derecho internacional.

Es importante entender lo siguiente: el derecho internacional fue fundado, conjuntamente por Rusia y Francia, sólo a finales del siglo XIX y dejó de aplicarse desde que terminó la guerra fría. El derecho internacional no permite resolver crisis como la de Venezuela, pero será la referencia en el mundo multipolar que Rusia, China y Estados Unidos están construyendo. Así que es importante que entendamos su lógica.

Nuestra reacción [como occidentales] no debe ser llorar por el orden de la guerra fría y del mundo sin la URSS, el orden que hemos conocido hasta ahora. Las reglas del G7 nos protegieron [a los occidentales] y nosotros abusamos de ellas. [En Occidente] no fuimos víctimas de esas reglas pero muchos Estados sufrieron sus consecuencias. Hoy estamos entrando en un mundo regido por el derecho internacional y, en ese mundo, tres superpotencias podrán utilizar la fuerza en las situaciones no previstas por ese derecho. Y esos casos son numerosos.

Ese sistema, basado en el respeto de la firma que cada Estado inscribe al pie de cada tratado, sólo puede funcionar si nadie miente. Pero, en 2002, la administración Bush-Cheney se dotó de un grupo especial, que se componía exclusivamente de straussianos[9], alrededor de Paul Wolfowitz y de Douglas Feith (incluyendo además al inevitable Elliott Abrams). La misión de ese grupo especial, denominado Buró de Planes Especiales del Pentágono, consistía única y exclusivamente en fabricar mentiras[10]. Ese grupo inventó la fábula según la cual el Iraq de Sadam Husein tenía «armas de destrucción masiva» y estaba a punto de usarlas contra Estados Unidos. Aquel grupo logró convencer a la población estadounidense de que estaba en peligro.

Por otro lado, Reino Unido, campeón universal en la manipulación de agencias de prensa[11], garantizó la divulgación de las elucubraciones de los straussianos estadounidenses. Elucubraciones alimentadas también por el primer ministro británico Tony Blair, quien también se dedicó a divulgar aquellas estupideces. Es por eso que el presidente Trump y su vicepresidente J.D. Vance insisten tanto en la libertad de expresión, única arma de la democracia contra la mentira. Hay que observar que esos mismos straussianos, reunidos después alrededor de la ex embajadora de George W. Bush ante la OTAN, Victoria Nuland, fabricaron la narrativa occidental que niega la existencia de nazis en Ucrania. Los straussianos preparan así la guerra contra Rusia, como antes prepararon la guerra contra Iraq.

Pero volvamos a la operación Absolute Resolve, que puede interpretarse tanto en función del corolario Trump de la doctrina Monroe[12], como en función de la crisis entre Estados Unidos e Irán. Yo no abordé el primer enfoque en mi artículo de la semana pasada, pero en el sitio web de Red Voltaire publicamos el trabajo del mexicano Alfredo Jalife-Rahme sobre la cuestión[13]. Si yo hubiese abordado ese aspecto, habría escrito —como Alfredo Jalife— que ahora Estados Unidos tiene bajo su control los principales recursos petrolíferos de todo el continente americano, desde Alaska hasta la Patagonia. El objetivo de Washington no es robar el petróleo venezolano sino garantizar que ese petróleo no se venda a ciertos Estados. El italiano Manlio Dinucci precisó, por su parte, que Washington trata, en primer lugar, de garantizar que ese petróleo se venda en dólares y no en yuanes o en otras monedas[14]. Siempre he insistido en el hecho que la economía de Estados Unidos está gravemente enferma, en que acumula una deuda considerable, imposible de reembolsar. El presidente Trump, como el presidente Gorbatchov en su época, está obligado a enfrentar ese desafío, antes que cualquier otra cosa.

Para terminar, la vicepresidente venezolana Delcy Rodríguez declaró al día siguiente de la agresión estadounidense: «Los gobiernos del mundo entero están simplemente choqueados de que la República Bolivariana de Venezuela haya sido víctima y objeto de un ataque de esta naturaleza, que tiene, sin duda, un tinte sionista».

Recordemos que Israel manipuló el parlamento de Brasil para sacar del poder a la presidente brasileña Dilma Rousseff, en 2013, y que en 2009 había apoyado el secuestro del presidente de Honduras Manuel Zelaya y el golpe de Estado en ese país de Centroamérica.

Desde un punto de vista geopolítico, si Estados Unidos no interviene militarmente en Irán, cuya alianza con Venezuela ha sido una de las causas que motivó el secuestro del presidente Maduro, tendremos que llegar a la conclusión de que Estados Unidos no se considera con derecho a intervenir fuera de la zona de influencia que se le asignó en Anchorage, el 15 de agosto de 2025. Eso significaría que el mapa que Martyanov publicó es correcto[15].