EL FIN DE MAGA Y EL FUTURO DE RUSIA.

 

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional de EE.UU., ha dimitido de su cargo. Era la última persona del equipo de Trump que se mantenía fiel a los ideales y principios con los que comenzó el segundo mandato presidencial de Donald. Se oponía a la guerra en Ucrania y a la guerra con Irán.

Esto se venía anunciando desde hacía tiempo. Ha ocurrido ahora. Tras la derrota de Thomas Messy en las primarias de Kentucky, en el Partido Republicano ya no queda nadie del equipo original de MAGA.

El triunfo del Estado profundo y de la red de Epstein sobre la política estadounidense es total. La dimisión de Tulsi Gabbard es la gota que colma el vaso. Todas las esperanzas que se habían depositado en Trump se han desvanecido definitivamente.

A juzgar por todo, Trump se está preparando para una nueva escalada en Oriente Próximo y un ataque contra Irán.

Los republicanos perderán las elecciones de mitad de mandato con toda seguridad, pero los demócratas son, en esencia, el mismo Estado Profundo y la misma clase de Epstein. Y los demócratas odian a Rusia y al mundo multipolar aún más. El final poco glorioso del intento del pueblo estadounidense de derrocar a la élite satánica ha terminado.

Antes de las elecciones de mitad de mandato, Trump probablemente intentará emprender alguna otra acción a gran escala de forma agresiva: ataques contra Irán, una invasión de Cuba, quizá algo más. Después empezará a hacer las maletas y a negociar con los demócratas para que no lo metan a él ni a su familia entre rejas. Pero aún cabe esperar seis meses más de ataques violentos y una escalada creciente.

Veo cómo crece poco a poco un descontento sordo en nuestra sociedad. Es evidente que todos quieren cambios. Y, esta vez, quienes desean cambios liberales son una minoría absoluta que es impulsada desde el extranjero, por lo que ya no cuenta.

La inmensa mayoría quiere cambios patrióticos y un nivel de justicia considerablemente mayor. La cuestión no es tanto el vector, sino la velocidad y el contenido. El vector hacia el Estado-civilización es el correcto, pero debe incluir una sociedad solidaria y la justicia social, la fidelidad a los valores tradicionales y una verdadera educación histórica. Todo eso ha sido declarado. Queda por llevarlo a la práctica. Y aquí entra en juego la cuestión de la velocidad. Hay que empezar a llevar todo esto a cabo ahora mismo y con rapidez. Ya no hay tiempo para andarse con rodeos, es una perdida de tiempo.

El escenario de inercia se vuelve cada día más peligroso. Simplemente deja de funcionar y se desvía en una dirección extremadamente negativa. Se necesitan otras velocidades, otros métodos, otras escalas, otras estructuras.

En algunos ámbitos, los problemas son muy acuciantes: la tecnología, la corrupción, la cultura. Dado que no se vislumbra ni remotamente ningún alivio o desescalada en la guerra con Occidente, solo nos queda poner a la sociedad en modo de movilización. Todo esto debería haberse hecho hace mucho tiempo, se ha hecho y se está haciendo, pero a un ritmo terriblemente lento.

¿Es España un país soberano?

 

Las relaciones internacionales poco tienen que ver con una quijotesca defensa de valores, como se hace creer a la población, o con volubles simpatías políticas o personales, que hoy están y mañana desaparecen, sino con la defensa de los intereses nacionales, que son mucho más estables y mucho más predecibles. Además, la defensa de los intereses nacionales granjea el respeto de los demás países, mientras que aquellos que no se defienden a sí mismos son despreciados.

Desgraciadamente, éste ha sido frecuentemente el caso de España, cuyo complejo de inferioridad ―un pesado lastre― le impide defender abiertamente sus intereses para alegría de sus rivales, que han fomentado dicho complejo mediante la Leyenda Negra. Parecería que no tenemos derecho a defender nuestros propios intereses y que debemos limitarnos a realizar un patético seguidismo de intereses ajenos sin aplicar el proverbial quid pro quo (¿qué me das a cambio?). En efecto, las relaciones internacionales son transaccionales: tú me das, yo te doy. Punto. Éste es el realismo que debe presidir dichas relaciones, y no el emotivismo, la apelación a inexistentes valores compartidos —una burda pantalla—, ni, mucho menos, ese complejo de inferioridad que ha caracterizado la política exterior española desde hace décadas (o, si me apuran, desde hace siglos, de forma intermitente).

Esta postura no debe confundirse con el aislacionismo, pues ningún país puede sobrevivir aislado de su entorno. El comercio libre y las relaciones pacíficas y armoniosas con los demás países son elementos constitutivos del bien común. En este sentido, España forma parte de Europa de pleno derecho como uno de sus países más importantes, geográfica e históricamente, es la madre patria de los países hermanos de Hispanoamérica y pertenece al bloque militar de la OTAN. Pero la pertenencia a distintos «clubes» internacionales no es un fin en sí mismo, sino un mero instrumento para favorecer nuestros intereses nacionales. Por cierto, nadie nos ha hecho un favor para «colarnos» en estos clubes: estamos por derecho propio o porque conviene a los demás miembros.

Una actitud realista y asertiva también nos empujaría a contemplar el retórico concepto de «socio» con mayor distancia emocional. Por ejemplo, nuestro «socio» Francia facilitó el terrorismo vasco-marxista de ETA durante más de dos décadas acogiendo en su territorio a los asesinos de españoles inocentes y considerándolos asilados políticos; y nuestro «socio» el Reino Unido mantiene una colonia en la Península Ibérica en la que vulnera periódicamente los acuerdos y las normas internacionales con una política de hechos consumados.

El ejemplo de Perejil
Un análisis sobrio de la realidad también nos obliga a recordar que, cuando el zapato aprieta, nuestros «socios» no están de nuestro lado. Pongamos un ejemplo. En 2002 Marruecos invadió el islote Perejil, de soberanía española, izó la bandera marroquí e instaló una unidad de infantería de Marina. La invasión de un pequeño pedazo de nuestro territorio por parte de un contingente de fuerzas armadas extranjeras, por exiguo que fueran ambos, constituía un casus belli y un peligroso precedente. Acertadamente, el gobierno español se negó a aceptar el fait accompli y a los pocos días desalojó a las tropas marroquíes en una impecable alborada que me hizo sentir orgulloso de mi país, pues, en aquella ocasión, España defendió sus intereses sin complejos.

¿Qué apoyo recibimos de nuestros «socios»? Recuerden: un tercero había invadido el territorio de un miembro de la Unión Europea y de la OTAN. Pues bien, la UE demostró una absoluta falta de solidaridad, manteniendo un clamoroso silencio durante casi tres días. Cuando al final se manifestó, lo hizo con enorme tibieza,[1]  e incluso eso desencadenó la oposición de Francia, que llegó a permitir que el ministro de Exteriores marroquí defendiera su postura en una conferencia de prensa desde París[2]. Cuando España expulsó a los marroquíes, por el contrario, la UE de repente se manifestó con rotunda claridad, pero para pedir una vuelta al statu quo ante, es decir, para exigir a España que retirara sus tropas, ahora estacionadas en el islote en el que ondeaba nuestra bandera.¿Y la OTAN? La OTAN lo despachó diciendo que era «un asunto bilateral» entre España y Marruecos. Por cierto, el entonces secretario de Estado norteamericano se burlaría desdeñosamente del problema causado por aquella «estúpida islita»[3]. Me pregunto qué habría hecho EEUU si Cuba hubiera desembarcado un pequeño contingente de tropas en uno de los deshabitados Cayos de Florida.

El doble rasero es evidente. A España se le exige un apoyo incondicional de intereses de terceros, pero no encuentra reciprocidad alguna cuando se trata de los nuestros. Cuando en 2018 un exagente doble ruso, liberado años antes por Rusia en un intercambio de espías y asilado en Reino Unido, fue envenenado en un extraño episodio del que se acusó a Rusia, el gobierno británico pidió a España que expulsara a diplomáticos rusos de nuestro país como muestra de solidaridad. España —no así otros países europeos— obedeció, y lo hizo sin obtener nada a cambio. ¿Habría hecho lo mismo Inglaterra si la situación hubiera sido la inversa?

Guerras ajenas
Con la guerra de Ucrania ocurrió algo parecido. El belicismo de EEUU y la incompetencia de la UE nos arrastraron a conceder ayudas económicas y militares a un país que no era miembro ni de la UE ni de la OTAN en un conflicto que nos era por completo ajeno y que tenía lugar a miles de kilómetros de nuestro territorio. ¿Qué debería haber hecho España? Pues haberse limitado a condenar verbalmente la violación de la legislación internacional que suponía la invasión rusa, llamar a la paz y a la negociación entre las partes, afirmar que se trataba de un «asunto bilateral» entre Rusia y Ucrania (o más bien entre EEUU y Rusia) y llevar a cabo una ayuda humanitaria proporcionada a la lejanía geográfica, cultural y política de aquel país. El sentido común y la defensa exclusiva de nuestros intereses nacionales invitaba a mantener una actitud mucho más prudente respecto a un conflicto lejano de responsabilidad dudosa, evitando quemar naves retóricas, negándonos a enviar dinero o armas que desde luego no nos sobran ―destinadas a matar soldados de un país que no nos había atacado― y mostrándonos renuentes a cualquier escalada. España debería haber contestado a la OTAN que el conflicto no le incumbía en absoluto, y que suficiente tenía protegiendo la frontera sur de Europa. En otras palabras, la reciprocidad invitaba a hacer por Ucrania lo mismo que Ucrania haría por nosotros si Marruecos atacara Ceuta y Melilla: nada. España debería poder elegir quiénes son sus enemigos exclusivamente en función de sus intereses nacionales, pero nuestros «socios» (en realidad, rivales, pues en la esfera internacional todos lo son) nos los imponen.

Algo parecido podría haber ocurrido con Israel. Apoyar el belicismo patológico de Netanyahu, con sus impunes crímenes de guerra en Gaza o su enésimo bombardeo —«porque yo puedo»— a Irán, nada tiene que ver con la defensa de los valores occidentales, como afirma la eficaz propaganda israelí y algunos medios españoles anclados en la Guerra Fría (o financiados por parte interesada). Es más: a pesar de la malignidad de algunos de los enemigos de Israel (actores regionales y movimientos antisemitas occidentales) y de mi personal admiración por los logros de la sociedad israelí, el principio que debe guiarnos en nuestras relaciones con aquel país también es la reciprocidad: una vez garantizada la custodia de los Santos Lugares, ¿por qué habría de preocupar al español medio la supervivencia de Israel más de lo que le preocupa al israelí medio la supervivencia de España? El hecho de que una pregunta tan lógica pueda parecer provocadora resulta muy revelador.

La OTAN 
Un campo de análisis muy interesante respecto de la defensa de los intereses de España es su pertenencia a la OTAN, cuya utilidad durante la Guerra Fría resulta tan indiscutible como lo es su carácter anacrónico tras la caída del Muro. De hecho, la inevitable crisis de identidad de la organización —fruto de su anacronismo— ha cristalizado ásperamente en el disparatado segundo mandato de Trump, lo que ha generado un cierto miedo al «abandono» norteamericano. Tomarse en serio las constantes fanfarronadas del presidente norteamericano resulta absurdo, pero quizá la más absurda de ellas sea la amenaza de retirar a EEUU de la OTAN como «castigo» por no haber apoyado sus países miembros la caprichosa y fallida agresión israelí-norteamericana a Irán. 

En primer lugar, la OTAN nació como una organización defensiva, aunque vendiera su alma al diablo al atacar a Serbia en 1999 —bombardeando, por cierto, infraestructuras civiles—. En efecto, en el artículo primero del Tratado, los países miembros se comprometían «a resolver cualquier controversia internacional en la que puedan verse involucradas por medios pacíficos, de tal manera que no se pongan en peligro la paz y la seguridad internacionales ni la justicia, y a abstenerse, en sus relaciones internacionales, de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza de cualquier forma incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas»[4]. Por tanto, es EEUU quien incumple reiteradamente este compromiso recurriendo habitualmente a la amenaza o al uso «preventivo» de la fuerza

En segundo lugar, los países miembros sólo tienen derecho a invocar el artículo 5 y exigir el apoyo militar mutuo en caso de ser atacados en territorio europeo o norteamericano (Ceuta y Melilla, nuestros puntos débiles, no están cobijadas bajo el paraguas OTAN).

Por lo tanto, el Tratado respalda la actitud distante de los países europeos, pero el motivo por el que EEUU jamás abandonará la OTAN es mucho más prosaico: no lo hará porque es su principal beneficiario. ¿Pero no es acaso EEUU el que paga la mayor parte del presupuesto de la organización? Quien paga es el contribuyente norteamericano, pero quien cobra es el complejo militar-industrial, que también es norteamericano. Europa depende de la industria norteamericana para su defensa, pero del mismo modo que un cliente depende de un proveedor importante. Debemos comprender que, desde la disolución del Pacto de Varsovia en 1991, la principal función de la OTAN ha sido conservar como clientes cautivos de su complejo militar-industrial a los países miembros y proyectar el poder de EEUU mediante la presencia de bases en Europa, en el Mediterráneo y en los aledaños del Mar Negro, única salida a mares cálidos de Rusia. Por lo tanto, si EEUU saliera de la OTAN, su industria armamentística perdería una importante fuente de ingresos y EEUU perdería proyección militar global. No va a ocurrir.

En España, por cierto, es muy difícil encontrar análisis objetivos sobre la OTAN, pues nuestros militares dependen en gran medida de ella para realizar misiones en el extranjero y desarrollar su carrera profesional y las contadas instituciones de pensamiento geoestratégico están colonizadas por el establishment político y dominadas por un «otanismo» políticamente correcto. Falta independencia, lo que en ocasiones produce la consecuencia indeseada —pues no dudo del patriotismo de unos y otros— de caer en la defensa de intereses ajenos en perjuicio de los propios.

El valor estratégico de España
España cuenta con un doble valor estratégico frecuentemente ignorado por sus propios gobiernos. En primer lugar, constituye un interlocutor privilegiado con Hispanoamérica, cuyos países hermanos formaron parte de España durante más de tres siglos y con los que compartimos cultura, lengua, religión y sangre, a través del mestizaje, fenómeno por cierto inexistente en las conquistas anglosajonas. De ahí la importancia estratégica de la protección de aquel legado civilizador ―la verdadera «memoria histórica»―, resaltando las grandes luces de ese pasado compartido, que, con mucho, superan las sombras que acompañan a toda acción humana, sujeta a la naturaleza caída del hombre. Ningún imperio a lo largo de la Historia realizó una labor civilizadora como el español en las tierras que conquistó por la fuerza de las armas, y ninguno ha sido más injustamente vilipendiado por ello. Por eso resultan tan dañinos los absurdos reconocimientos de culpa que nada tienen que ver con la búsqueda de la verdad, sino con cortoplacistas intereses políticos e ideologías —el indigenismo y el marxismo—, que, como parásitos dañinos, han infectado a parte de Hispanoamérica. El daño causado por la aceptación del relato indigenista es doble, no en balde la propia identidad de España está ligada al descubrimiento de América (por algo nuestra fiesta nacional es el 12 de octubre). No olviden que no es la Conquista per se lo que no perdona el indigenismo marxista (y la masonería), sino la labor evangelizadora católica de los conquistadores. No es odio a España; es odium fidei.

El segundo pilar en que se apoya el valor estratégico de España tiene naturaleza geográfica, pues tenemos la capacidad de controlar el Estrecho de Gibraltar. Éste no sólo supone una afortunada barrera natural entre África y Europa, sino que constituye uno de los pasos marítimos clave del planeta. En efecto, los caprichos de la Naturaleza han hecho que sólo unos pocos estrechos marítimos en todo el mundo tengan una importancia capital, sea por controlar el acceso a mares cerrados o por dominar rutas comerciales. Si omitimos las impresionantes obras de ingeniería del canal de Panamá y del de Suez, que conectan el Atlántico con el Pacífico y el Indico con el Atlántico a través del mar Rojo y del Mediterráneo, respectivamente, en todo el mundo existen tres estrechos de gran importancia comercial: el estrecho de Malaca, al extremo de la península malaya, el estrecho de Ormuz, que no necesita presentaciones, y el estrecho de Bab el-Mandeb, entre el cuerno de África y la península arábiga, que debe lógicamente su importancia al canal de Suez.

Desde el punto de vista estratégico existen otros dos estrechos importantísimos que dan acceso a mares cálidos cerrados o semicerrados. El primero lo constituye la unidad formada por los Dardanelos y el Bósforo, única salida del Mar Negro al Mediterráneo.  Ambos son estrechísimos (1,2 km y sólo 700m en su parte más estrecha, respectivamente) y poco profundos, con una sonda media de unos 60m y máxima de unos 100m. Sus dos costas pertenecen a Turquía.

El estrecho de Gibraltar
Por un golpe de suerte, el otro estrecho de gran importancia estratégica es nuestro querido estrecho de Gibraltar, que tanta relevancia tuvo en la Segunda Guerra Mundial y que constituye la única salida directa del Mediterráneo al Atlántico. Delimitado al norte por España y al sur por Marruecos, posee una anchura mínima de unos 14 kms y una profundidad máxima de más de 900 metros. España, además, cuenta con la estratégica plaza fuerte de Ceuta al otro lado del estrecho, por lo que es el único país en tener territorio a ambos lados del mismo.

El estrecho de Gibraltar vincula a nuestros dos grandes rivales históricos: Marruecos —de donde provinieron las tres destructivas invasiones musulmanas de los siglos VIII, X y XII y la ocupación del Sahara en el siglo XX— y nuestro tradicional adversario europeo, el Reino Unido. Ambos comprenden mucho mejor que nosotros la relevancia del estrecho de Gibraltar, y por eso ―y quizá también por la nostalgia del Imperio perdido― los británicos se aferran a su colonia. España, por el contrario, sólo le dio la importancia debida durante el franquismo y el principio de la democracia, cuando practicó una política firme de asfixia económica y ofensiva diplomática que incluyó el cierre de la verja. En 1982, el PSOE (cómo no) la reabrió, y su política de cesión y blandura que no hizo más que envalentonar la habitual política británica de hechos consumados, acrecentada tras la oportunidad increíblemente perdida del Brexit. Sin duda, un factor explicativo de la política antinacional de los gobiernos izquierdistas ha sido su obsesión antifranquista (si Franco era duro con Gibraltar, entonces ellos debían hacer lo opuesto), a lo que se une, con Sánchez, su patológica animadversión a España.

El control del estrecho es nuestro mayor valor geoestratégico, pero la acción de distintos gobiernos ha debilitado los intereses nacionales a través de una indolente política de abandono a intereses foráneos. En este sentido, la política alternativa favorable a los intereses nacionales es clara: en primer lugar, reforzar seriamente las infraestructuras militares de la Sierra del Bujeo, con sus impresionantes cotas de cerca de 800m sobre el estrecho y sobre la propia bahía de Algeciras; y, en segundo lugar, debilitar la posición británica mediante el desarrollo económico del campo de Gibraltar y la constante presión económica y diplomática sobre el Peñón. Ellos defienden lógicamente sus intereses; defendamos nosotros los nuestros. No se trata de patrioterismo, sino de simple sentido común.

Conclusión
En demasiados casos, España no defiende adecuadamente sus intereses nacionales y practica un seguidismo de intereses extranjeros sin exigir las debidas contrapartidas. Esta situación se explica por nuestro extraño complejo de inferioridad, por el triste antipatriotismo de una significativa parte de nuestro espectro político ―que reniega de la historia de España― y por la incompetencia de nuestra clase política. Sin embargo, esta dejación de funciones plantea en última instancia una pregunta más preocupante: ¿es España un país soberano?

Ante Xi Jinping, Donald Trump se plantea dar marcha atrás.

El encuentro entre los presidentes de Estados Unidos y China no trajo anuncios de respuestas definidas para los conflictos en marcha, desde Taiwán hasta Irán. Tampoco permitió abordar asuntos como el de los aranceles. El presidente Trump, mostrando mejor educación que de costumbre, escuchó con placer al presidente Xi y se permitió imaginar lo que podrían ser las relaciones entre los dos países si no se hiciesen la guerra.

El presidente Donald Trump se vio relajado durante la visita a su principal competidor comercial, el presidente Xi Jinping.

La visita del presidente estadounidense Donald Trump en la República Popular China, durante los días 13, 14 y 15 de mayo, sacó a relucir profundas contradicciones.

La parte china tenía como objetivo asegurarse de que Washington seguirá respetando el principio que establece que Taiwán no es un Estado independiente sino una provincia china. En Pekín también querían asegurarse de que Estados Unidos no impedirá el acceso de China a las materias primas y a las fuentes de energía y que aceptará que el gigante asiático siga desarrollando su comercio, a través de sus «rutas de la seda».

Para la parte estadounidense, el objetivo era asegurarse de que Pekín no va a «robarle» el «hemisferio occidental», como suelen decir los dirigentes estadounidenses para referirse al continente americano, sobre todo a Sudamérica. Washington también aspiraba a lograr que el mercado chino se abra a las empresas estadounidenses, fuertemente representadas en la comitiva del presidente Trump.

La visita de Trump en China se produjo en un contexto particular: el cambio de estrategia global de Estados Unidos. El Pentágono ha renunciado a la doctrina Rumsfeld-Cebrowski —luego de haber comprobado que no cuenta con los medios necesarios y que esa doctrina finalmente no es productiva para Estados Unidos— y parecía haber adoptado la «estrategia de la denegación» de Elbridge Colby. Estados Unidos secuestró al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y parece haber tomado el control del petróleo que ese país vendía a China. Después, Estados Unidos ha tratado de derrocar el gobierno de Irán y de impedir la exportación del petróleo iraní hacia China, un sueño de conquista que ha venido a estrellarse contra la resistencia del pueblo iraní.

La cuestión central de la visita era, por consiguiente, saber qué estrategia global podría escoger Estados Unidos para el futuro y si esta sería compatible con la de China. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Washington ha puesto en marcha 3 estrategias diferentes mientras que Pekín mantiene la misma.

Por supuesto, nadie creía que el presidente Donald y su administración aclararían esa interrogante esta misma semana pero todos veían la posibilidad de poder, al menos, evaluar las eventuales consecuencias que tendría la decisión final, cuando la tome.

En China, el presidente Trump, rompiendo con su habitual método de cowboy, tuvo extremo cuidado de no decir algo que pudiera interpretarse en uno u otro sentido o dar lugar a un incidente diplomático. Se abstuvo de lanzar constantes mensajes a través de Truth Social —de una cincuentena de mensajes diarios antes de su llegada a China, su «producción» cayó a sólo unas pocas y breves reflexiones en los 3 días de la visita.

Repentinamente cortés y asombrosamente bien educado, el presidente Trump se acogió a la costumbre china de invocar el pasado común para justificar la unión de hoy. Por ejemplo, sus elogios sobre la prestigiosa universidad Tsinghua, donde el presidente chino Xi Jinping hizo sus estudios, le sirvieron para llamar la atención sobre el hecho que el presidente estadounidense Theodore Roosevelt la financió en 1909. Pero evitó cuidadosamente mencionar que eso sucedió después de que la «Alianza de Ocho Naciones» (Alemania, Japón, Rusia, Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Italia y Austro-Hungría) aplastara el «Levantamiento de los Bóxers» e impusiera a la dinastía Qing el pago de reparaciones exorbitantes. En todo caso, Trump logró terminar la visita sin incidente.

Por el contrario, Trump recordó que, en 1737, Benjamin Franklin había publicado pasajes de The Morals of Confucius en su diario The Pennsylvania Gazette, saludando la importancia de la filosofía del sabio chino en la virtud personal. También recordó que Confucio aparece representado en el frontón oriental del edificio del Tribunal Supremo de Estados Unidos, junto a Moisés y Solón. En resumen, en China pudimos ver un Donald Trump encantador y rebosante de cultura, totalmente diferente del fanfarrón hablantín de los días anteriores.

En el banquete ofrecido a la delegación estadounidense en el Gran Palacio del Pueblo, el presidente Trump declaró: «Ha sido un día magnífico y, en particular, quiero agradecer al presidente Xi, mi amigo, por esta magnífica acogida (…) y por habernos recibido tan amablemente durante esta visita de Estado muy histórica».

Lo difícil era reconocer a las dos partes como iguales sin incomodar a una de ellas. Si bien es evidente que China produce más que Estados Unidos, hoy es difícil definir cuál de los dos países sobrepasa al otro en el plano militar. El armamento chino parece superior, pero sólo el ejército estadounidense puede invocar su experiencia en el terreno. En todo caso, ambos presidentes evitaron ponerse en plano de competidores y sólo hablaron de cooperación.

El presidente Xi Jinping respondió al brindis del presidente Trump: «Los dos pensamos que la relación China-Estados Unidos es la relación bilateral más importante del mundo. Debemos hacerla funcionar y nunca estropearla».

Donald Trump agregó después: «Este momento de la Historia ofrece a nuestras dos naciones una oportunidad increíble de hacer progresar la paz y la prosperidad junto a otras naciones del mundo entero».

La visita no satisfizo las expectativas de los jefes de empresas y firmas estadounidenses. Hubo pocas decisiones económicas, exceptuando las gigantescas ventas de soya y de diversos productos agrícolas estadounidenses, así como la confirmación china de un acuerdo de compra de 200 aviones Boeing —compromiso finalmente muy por debajo de lo esperado. Al parecer, ni siquiera se abordó la cuestión de los montos de los aranceles, aunque Estados Unidos sigue aplicando un arancel de 10% a todos los productos chinos y un arancel de 50% al acero y el aluminio chinos.

Las acciones de las empresas chinas de alta tecnología del índice CSI 300 (correspondiente a las bolsas de valores de Shanghái y Shenzhen) registraron un descenso de 1%, indicio de que no hubo avances en cuanto a la comercialización de las tierras raras y de los componentes electrónicos. Por demás, las empresas estadounidenses ya están invirtiendo masivamente en el sector de la inteligencia artificial en Taiwán y Corea del Sur.

La tranquilidad regresó a las potencias regionales de importancia intermedia, como Japón y Corea del Sur, que seguían la visita con gran inquietud. Finalmente, no acaban como peones sacrificados en una división entre los dos Grandes. En revancha, la inquietud se desplaza seguramente hacia Reino Unido y la Unión Europea, donde creían que Donald Trump seguía la nueva línea de Elbridge Colby y ahora ven que, por 3 días, Trump parece de nuevo «jacksoniano».

Llegamos así al fondo del problema: el estatus de Taiwán. Durante su proceso de revolución e independencia, China se dividió en dos: todo el continente dirigido por Mao Zedong y la isla de Taiwán gobernada por Chiang Kai-shek. Con el paso del tiempo, esos territorios se desarrollaron siguiendo dos sistemas económicos y políticos diferentes. Pero la China continental y Taiwán siguen siendo parte de un solo Estado, la República Popular China. Sus poblaciones aspiran a la unidad, lo cual quedó demostrado con el viaje de la presidente del Kuomintang (el partido creado por Chiang Kai-shek) a Pekín, el mes pasado. Pero también aspiran a conservar sus particularidades. Los neoconservadores estadounidenses, anulando la política iniciada por el presidente Richard Nixon y su secretario de Estado Henry Kissinger, revivieron en Taipéi una facción secesionista, a la que pertenece el actual presidente taiwanés. Pekín ha advertido constantemente que una proclamación de independencia podría llevar a un conflicto armado, mientras que Washington multiplicaba las señales contradictorias.

En presencia del presidente Trump, el presidente Xi advirtió:

«Si se manejan bien, las relaciones bilaterales pueden mantener una estabilidad global. Si se manejan mal, los dos países se verán confrontados a una colisión o incluso a un conflicto, que llevaría toda la relación China-Estados Unidos a una situación extremadamente peligrosa.

La independencia de Taiwán es fundamentalmente incompatible con la paz y la estabilidad en todo el estrecho de Taiwán. Mantener la paz y la estabilidad en todo el estrecho de Taiwán es el mayor factor de división común entre China y Estados Unidos.

Estados Unidos debe manejar la cuestión de Taiwán con la mayor prudencia».

El presidente Donald Trump se abstuvo de responder. «Es posible que las dos partes no estén enteramente de acuerdo sobre la cuestión. Otra posibilidad es que, incluso si existe cierto entendimiento táctico, este no será necesariamente escrito», comentó un experto chino, el coronel Zhou Bo.

A su regreso de China, el presidente Trump ha declarado que conversó con el presidente Xi sobre las ventas de armas a Taiwán y que él mismo «se determinaría» sobre la cuestión próximamente. Hasta ahora, Estados Unidos no reconoce Taiwán… pero le vende armas. Una venta de armamento valorado en 18000 millones de dólares está pendiente del visto bueno de la Casa Blanca. Aprobar esa transacción reduciéndola en volumen sería un gesto de buena voluntad. Pero el presidente Trump no puede simplemente rechazarla sin exponerse a la cólera del Congreso.

La decisión de la Casa Blanca sobre las ventas de armas a Taiwán será en todo caso la primera señal sobre el rumbo estratégico de Washington. Es posible incluso que permita deducir el rumbo que tomará el conflicto en el golfo Pérsico.

Persistirán importantes desacuerdos —como el despliegue militar de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico. No obstante, Pekín y Washington podrían mantener su cooperación en el plano comercial —específicamente en sectores no sensibles— y en el ámbito de la seguridad de la inteligencia artificial (IA).

El presidente ruso Vladimir Putin viaja esta semana a Pekín. Es una visita de rutina, no protocolar, programada desde hace mucho tiempo. El presidente Putin conversará con el presidente Xi sobre la estrategia común de sus países ante Estados Unidos. El presidente de Rusia parece haber pactado ya con Washington la paz en el este de Europa y la región balcánica. Además, acaba de obtener de su homólogo estadounidense la renuncia del Alto Comisionado de la Unión Europea en Bosnia-Herzegovina, el alemán Christian Schmidt, que estaba preparando una guerra en esa región.

Fuente: Thierry Meyssan

Lo que Irán hace no es defenderse ni negociar, sino seguir adelante en su búsqueda revolucionaria de justicia.

En Occidente no se entiende la posición de Irán frente a Estados Unidos y a los aliados del imperio. La guerra no sorprendió al pueblo iraní. Sabía que tendría que enfrentarla, por su posición antiimperialista. Ya en pleno conflicto, Irán no está tan interesado en negociar el fin de las hostilidades como en sentar las bases de un nuevo orden internacional. Irán acepta sufrir en aras de hacer avanzar sus intereses. Mientras Washington trata de ganar militarmente, Irán avanza políticamente.


El presidente estadounidense Donald Trump, y con él todos los dirigentes políticos y comentaristas occidentales, creen que los iraníes tendrían que tratar sólo de escapar a las bombas del Pentágono y de recuperar un nivel de vida aceptable. Así que tendrían que renunciar a su programa nuclear y abrir el estrecho de Ormuz.

Pero ya está claro que no es eso lo que preocupa a los iraníes. Los occidentales no entienden en lo absoluto lo que quieren los iraníes, un pueblo para ellos totalmente desconocido. En Occidente todavía no entienden los mensajes de Mohammad Mossadegh y de Ruhollah Khomeiny: los iraníes pueden liberar su propio país de la explotación colonial anglosajona y también liberar al mundo de la dominación colonial occidental hallando en su religión la fuerza necesaria para concretar esa revolución.

Mohammad Mossadegh demostró a principios de los años 1950 que era posible recuperar los bienes de la Nación. Nacionalizó el petroleo iraní y negoció la parte que su país concedería a las compañías extranjeras. La CIA estadounidense y el MI6 británico lo derrocaron, pero no pudieron borrar de las memorias lo que había hecho. Mossadegh ya había logrado despertar una Nación explotada.

Durante largos años, Ruhollah Khomeiny nunca dejó de soñar que cada musulmán podría seguir el ejemplo de los profetas Alí y Hussein y dedicar su vida a la justicia. Imaginó que Irán lograría liberarse de su interpretación dolorista de la leyenda dorada del islam; que sería capaz de liberarse y de liberar al resto del mundo. Ese sueño le costó verse excomulgado por los demás ayatolás… y también hizo posible que el estadounidense Zbigniew Brzezinski, el consejero de seguridad nacional del presidente James Carter, lo escogiera para sustituir al shah Mohamed Reza Pahlevi.

Es cierto que Khomeiny, extremadamente orgulloso, había combatido a Mossadegh, pero nunca cuestionó su concepción de la soberanía de Irán.

De la Revolución Islámica iraní hemos retenido sólo sus excesos y momentos de locura. Todas las revoluciones provocan derramamiento de sangre, pero no las condenamos todas de la misma manera. En el caso de Irán recordamos las condenas a muerte de iraníes acusados, con razón o sin ella, de ser agentes de las potencias coloniales o del Iraq de Sadam Hussein. Pero nunca se habla de la guerra que esas potencias impusieron a Irán. La prensa occidental nos recuerda diariamente los excesos de la policía religiosa contra las mujeres que se niegan a portar el velo tradicional, pero nunca se habla de la represión contra los hombres que se niegan a dejarse crecer la barba.

Pero en Francia también cometimos ese tipo de excesos. Nuestros ancestros condenaron a muerte a quienes apoyaban los ejércitos de las monarquías coaligadas contra la Revolución Francesa, que querían restaurar el orden del «derecho divino», e incluso llegaron perpetrar masacres históricas contra la población de la región de Vendée. Los «sans-culotte» impusieron su indumentaria y martirizaron a quienes persistían en seguir vistiéndose como en tiempos del Antiguo Régimen[1]. Pero sabemos que esos horrores no eran la Revolución sino incidentes en el proceso de creación de un nuevo orden, basado en la libertad y la igualdad.

En el Irán de nuestros días se sabe que el decenio de la terrible guerra (de 1980 a 1988) que las potencias occidentales le impusieron a través de Iraq era sólo el preludio del verdadero enfrentamiento. En aquel momento, se trataba de impedir que se constituyera la República Islámica. Hoy se trata de hacer realidad el sueño de Khomeiny.

En su momento pudimos ver como el viejo ayatola Ruhollah Khomeiny no trató de recuperar los bienes que el shah le había quitado. Lo primero que hizo al poner pie en suelo iraní, fue exhortar el ejército a ponerse del lado del pueblo y llamar todo el pueblo a ponerse del lado de los oprimidos.

Eso es lo que Irán está haciendo hoy en día.

Desde el primer momento de la agresión, Irán sabía que no podía derribar los aviones de guerra israelíes y estadounidenses. Las fuerzas armadas iraníes lograron destruir algunos bombarderos en vuelo pero Irán optó por demostrar a los Estados árabes del Golfo que las potencias coloniales los explotan y respondió a los bombardeos israelo-estadounidenses con ataques contra las bases militares de Estados Unidos en Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, en Kuwait, Qatar y Jordania. Explicó además a cada uno de esos Estados que estaban haciéndose cómplices de la agresión estadounidense, ya que habían cedido partes de sus territorios a Estados Unidos, que los utilizaba como trampolín de su agresión.

El caso del sultanato de Omán es un poco diferente. Se trata de un Estado neutral que no alberga bases militares extranjeras, pero el 12 y el 13 de marzo Omán permitió que bombarderos y drones sobrevolaran su territorio para llegar hasta Irán. Después un duro altercado con las autoridades de Irán, el gobierno de Omán puso fin a esas intrusiones. Pero los otros Estados del Golfo, que sí tienen bases extranjeras en sus territorios, no pudieron cambiar de posición y se empeñaron en enarbolar la resolución 2817 del Consejo de Seguridad, que viola el derecho internacional y acepta como superior el punto de vista occidental.

En aquel momento, nadie entendió lo que estaba sucediendo. Los comentaristas internacionales afirmaron que los iraníes adoptaban un comportamiento absurdo al atacar a sus vecinos de la región. Pero, con el tiempo, cada uno de esos 6 Estados comenzó a preguntarse si en realidad no estaba siendo culpable de los ataques que sufría, si el problema no era más bien el hecho que habían aceptado que Estados Unidos instalara bases militares en sus territorios para «protegerlos» y que en realidad esas bases los convertían en mercenarios de Occidente y en blancos legítimos para los iraníes.

Insistiendo en ese sentido, el gobierno de Irán escribió a los gobiernos de Alemania, Reino Unido, Chipre, Rumania y Bulgaria para hacerles saber que, al autorizar las fuerzas de Estados Unidos a usar sus bases militares para implementar su agresión, ellos también podían ser blanco de una respuesta militar.

Los iraníes mencionaron después la complicidad de gran parte de los Estados de todo el mundo —con excepción de Rusia, Bielorrusia y China— en el robo de los fondos de Irán depositados en el extranjero y en las sedes de los bancos iraníes con los que ya nadie se atreve a mantener relaciones. En aquel momento, nadie dio importancia a aquella observación de Irán, así que nadie entendió de qué hablaban los iraníes cuando anunciaron un procedimiento administrativo para autorizar el paso por el estrecho de Ormuz. Y otra vez los comentaristas internacionales se burlaron de lo que veían como una torpeza de los iraníes, asumiendo que querían imponer el pago de una autorización de paso a través de un canal natural.

Los iraníes explicaron que únicamente autorizarían el paso de los barcos de países no implicados en la agresión y que sólo pedían a los demás garantías bancarias en caso de accidente. Fue entonces cuando cundió el paníco entre las compañías marítimas: ¿Cómo presentar garantías bancarias al sistema bancario de Irán… excluido del sistema bancario mundial desde hace 30 años por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos?

Esta vez, Irán se dirige a todos nosotros. Nos muestra que nos hemos hecho cómplices de una política cuyo objetivo es rendirlo por hambre, y que ni siquiera nos habíamos dado cuenta de ello. Exactamente igual que Alemania, Arabia Saudita, Bahréin, Bulgaria, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Kuwait, Qatar, Rumania y Reino Unido, países que hoy son cómplices de una agresión militar sobre la que ni siquiera fueron consultados.

Ahora vamos a tener que escoger entre seguir tratando de hambrear a los iraníes, fingiendo además que no estamos conscientes de ello, o liberarnos de Estados Unidos.

Fuente: Thierry Meyssan

Una nación bajo el dios de la guerra.

Las constantes referencias del personal político estadounidense a la religión cristiana no logran esconder su implicación en el genocidio de Gaza y en la guerra contra Irán. Se proclama que Estados Unidos es una «Nación bajo Dios». Habría que decir más bien que Estados Unidos es una «Nación bajo el dios de la guerra».

Después del encuentro del secretario de Estado estadounidense Marco Rubio con el papa León XIV, en Roma, el Departamento de Estado anunció que las partes habían abordado «la situación en el Medio Oriente» y «el compromiso común de Estados Unidos y de la Santa Sede en favor de la promoción de la paz y la dignidad humana».

Pero el tipo de «compromiso» de Estados Unidos en la promoción de la paz en el Medio Oriente parece demostrarse con el hecho que, poco antes de reunirse con el Papa, el secretario de Estado Marco Rubio aprobó un nuevo suministro de armamento a Israel: 10000 proyectiles de precisión fabricados en Estados Unidos por la firma británica BAE Systems.

Datos parciales sobre el periodo 2023-2025 indican que Estados Unidos suministró a Israel armamento por un monto total de 21700 millones de dólares, armamento utilizado principalmente para continuar las agresiones militares israelíes contra Gaza, Irán y Líbano.

Al mismo tiempo, Estados Unidos gastó 12000 millones de dólares en sus propios ataques contra Yemen e Irán. O sea, en 2 años, Estados Unidos ha dedicado a la guerra contra el Medio Oriente… 34000 millones de dólares.

A lo anterior se agregan ahora los más de 25000 millones de dólares que ya se han ido en la Operación Epic Fury contra Irán y que elevan a 60000 millones de dólares la suma (aún en constante aumento) del gasto militar de Estados Unidos en su guerra en el Medio Oriente.

La implicación de Estados Unidos en la promoción de la dignidad humana en Medio Oriente también se ve en las consecuencias de las acciones militares de Israel contra la población de la franja de Gaza, con pleno apoyo militar y político estadounidense. Un informe detallado redactado en conjunto por el Banco Mundial, la Unión Europea y las Naciones Unidas resume así la situación actual en Gaza:

«Las privaciones en cuanto a alojamiento, seguridad alimentaria, salud, enseñanza y medios de subsistencia se comprueban cotidianamente y se refuerzan mutuamente. Los choques multisectoriales generan un círculo vicioso creador de hambre, enfermedades, pérdida en materia de aprendizaje, pérdida de ingresos, violencia de género y fragmentación social. El alcance y la envergadura de las privaciones vinculadas a las condiciones de vida, a los medios de subsistencia y los ingresos, a la seguridad alimentaria, a la igualdad de género y a la inclusión social han hecho retroceder el desarrollo humano en la franja de Gaza en 77 años».

En Gaza, más de un 40% de las mujeres embarazadas o que amamantan a sus bebés presentan niveles graves de malnutrición y dos terceras partes tienen anemia. En agosto de 2025, el 65% de las mujeres asistidas en las clínicas Save the Children estaban en estado de malnutrición. De cada 5 bebés nacidos en Gaza, uno es prematuro y presenta bajo peso pero el acceso a los cuidados neonatales urgentes ha disminuido en 70%. Casi todos los niños de Gaza necesitan apoyo psicológico y psicosocial. La escalada de la agresión israelí se traduce en un número creciente de niños heridos sin familiares cercanos sobrevivientes.

En Gaza hay actualmente 728000 niños y jóvenes en edad escolar que no van a la escuela desde hace más de 2 años y al menos 792 maestros, educadores y miembros del personal educativo han muerto bajo las bombas. La atención educativa a los niños con limitaciones está prácticamente interrumpida.

La falta de agua potable agrava la situación general, con más del 90% de los niños enfermos con una o varias afecciones simultaneas.

Un informe de la relatora especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, la italiana Francesca Albanese, documenta que «la tortura sistemática contra los palestinos se ha convertido en parte integrante del genocidio colonial perpetrado por Israel, sirviendo de instrumento de la violencia exterminadora dirigida contra el pueblo palestino. Cuando se perpetra la tortura sobre todo un territorio, contra una población como tal, y con el apoyo de políticas que destruyen las condiciones de vida, la intención de genocidio es evidente».

La persecución israelí también apunta contra los cristianos. El Rossing Center for Education and Dialogue, un grupo inter-religioso con sede en Jerusalén, documenta un fenómeno persistente y en plena expansión de intimidaciones, agresiones y actos de violencia perpetrados en Israel contra los cristianos y por los judíos israelíes en 2025. Ese informe describe 155 incidentes comprobados, entre agresiones físicas contra personas y ataques contra propiedades de la Iglesia. La manifestación más común consiste en escupir sobre sacerdotes o monjas, a menudo en pleno día y hasta en presencia de agentes de la policía.

A pesar de todo eso, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, mantiene su apoyo a Israel en todos los frentes, pero arremete contra el Papa, acusándolo de poner en peligro a los católicos porque supuestamente «encuentra normal que Irán tenga el arma nuclear». En realidad, Irán, país firmante del Tratado de No Proliferación y por consiguiente bajo control de la ONU, no tiene armas nucleares —aun siendo uno de los 30 Estados que, al disponer de un programa nuclear civil avanzado, tendría la posibilidad de producirlas.

Sin embargo, Israel es el único país del Medio Oriente dotado de armas nucleares y, al no ser firmante del Tratado de No Proliferación, no está sujeto a ningún control internacional. Si Israel dispone hoy de un poderoso arsenal nuclear es porque, desde el primer momento, gozó de la ayuda de los Estados Unidos de América, de Francia y de otros países de la OTAN.

Estados Unidos se proclama «One Nation Under God» (“Una Nación bajo Dios”), frase que aparecerá en el Arco del Triunfo que el presidente Trump quiere construir en Washington para conmemorar el 250º aniversario de la independencia. A modo de celebración, el presidente Trump participó, desde la Casa Blanca, con 500 líderes religiosos, gubernamentales, dueños de empresas y figuras del mundo del espectáculo, en la lectura (durante una semana) de todos los versículos de la Biblia.

En su mensaje presidencial, Trump llamó a todos los estadounidenses a «reconocer una vez más las extraordinarias bases bíblicas de nuestra Nación, a dar gracias por las innumerables maneras en que Dios ha sido la fuente sagrada de nuestra Unidad y de nuestra Fuerza Nacional, a redescubrir las verdades bíblicas que han animado los Estados Unidos de América durante dos siglos y medio y a rezar por que la Biblia siga guiándonos —como individuos, como pueblo y como nación— durante los próximos 250 años y más allá».

Fuente: Manlio Dinucci

El iraní Mossadegh se inspiró del general mexicano Lázaro Cárdenas para nacionalizar el petróleo de Irán.

La movilización popular en Irán, en apoyo al país contra los agresores israelíes y estadounidenses y sus aliados, tiene su origen en el levantamiento que acompañó la nacionalización del petróleo por Mohammad Mossadegh. La soberanía iraní, por lo tanto, es anterior a la revolución de Ruhollah Khomeini, que le otorgó una fuerza particular.

Mohammad Mossadegh, llevado en hombros por la multitud tras su discurso sobre la nacionalización del petróleo, el 27 de septiembre de 1951.

Vuelve a la palestra el tema de la expoliación del «oro negro» de Irán, agredido de nuevo por la dupla Israel/Estados Unidos, 75 años después de la nacionalización del petróleo por el primer ministro soberanista iraní Mohammad Mossadegh.

En 1938, el presidente mexicano Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo, lo que llevó a la creación de Pemex, sirviendo de inspiracióm al primer ministro iraní Mossadegh 13 años después.

Arroja intensa luminosidad la operación Ajax[1], golpe de Estado instigado por la CIA y el MI6 británico que derrocó al primer ministro iraní Mohammad Mossadegh y fortaleció el poder espurio del sha Mohammad Reza Pahlavi, depuesto 26 años más tarde por la revolución islámica de 1979.
[1] Operation Ajax: The Story of the CIA Coup That Remade the Middle East, Mike de Seve y Daniel Burwen, Verso, 2015.

La temeridad heroica de Mossadegh lo llevó a su condena de 3 años de prisión; luego permaneció bajo arresto domiciliario el resto de su vida y falleció a los 86 años. No faltan historiadores avezados que consideran que la operación Ajax sembró las semillas de la revolución islámica de 1979, que mantiene la llama votiva del soberanismo holístico de Irán desde Mossadegh hasta el presente.

Hoy, 75 años después de la operación Ajax, de nueva cuenta Irán combate por asentar su soberanía en el estrecho de Ormuz: misma repetición histórica del petróleo iraní que estaba controlado por Anglo-Iranian Oil Company (hoy rebautizada BP, uno de cuyos principales accionistas es nada menos que BlackRock) y sólo retribuía al país persa con migajas de entre ¡16 y 20%!

La nacionalización de Mossadegh provocó un severo boicot británico y una descomunal crisis financiera, que hoy vive nuevamente el país persa en una línea de tiempo de 75 años.

En su célebre discurso en la Universidad de El Cairo en 2009, «Un nuevo comienzo»[2], el muy ampuloso Obama admitió la maligna participación de Estados Unidos en el golpe de Estado de 1953 contra el gobierno elegido democráticamente por el Majlis (Parlamento) del iraní Mossadegh, quien, por cierto, era anticomunista.

A juicio del ex-diplomático británico Alastair Crooke —quien fue asesor del español Javier Solana, ex canciller de la Unión Europea—, la agresión militar de la dupla Israel/Estados Unidos ha rebobinado, renergizado y rejuvenecido a la revolución islámica iraní 47 años después, con la masiva presencia en sus manifestaciones nocturnas de mujeres y jóvenes que exhiben un asombroso fervor soberanista que ha sorteado tanto los asaltos implosivos como las teledirigidas balcanizaciones de sus pletóricas minorías étnicas (kurdos, baluchis, azerís, etcétera).

Otra jugada nihilista y desestabilizadora que le falló al premier Netanyahu y a su secuestrado político Trump fue haber intentado hacer retroceder el reloj histórico 85 años mediante la imposición militar del «príncipe heredero» —de la putrefacta «dinastía» fake del sha de Irán—, quien alberga un fétido historial familiar en la «Era Epstein/Weinstein/Weiner», debido a sus arrebatos sicalípticos que llevaron al suicidio de su hermano a los 44 años.

Suena perturbador que Netanyahu y Trump, cuando deseaban la capitulación de la República Islámica y el «cambio de régimen», hayan intentado, nada democráticamente, hacer retroceder el reloj del tiempo.

Más allá del régimen de terror y tortura de la nada secreta policía Savak[3] —tema escamoteado por los propagandistas «occidentales» controlados por el oligopolio multimediático de Israel—, creación indeleble del sha, no se puede soslayar su exilio tormentoso: rechazado por doquier como pestífero, que incluyó un asilo de 4 meses en Cuernavaca (México), para luego fallecer en Nueva York.

El derrocamiento del sha marcó el fin de 2500 años de monarquía ininterrumpida en Irán.

Para bien o para mal, la interrelación entre México y el país persa ha sido de enorme coincidencia geopolítica[4].

En la permanente batalla en su línea del tiempo, hoy Irán, con el conspicuo apoyo de Omán[5], lucha contra los embates de la dupla Israel/Estados Unidos para preservar su inalienable soberanía sobre el estrecho de Ormuz[6].


Peligra el helio compartido de Qatar e Irán en el golfo Pérsico.

Mientras continúa la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán, surgen numerosos problemas. Entre ellos, el suministro de helio procedente de Qatar y la República Islámica. Fundamental para la economía mundial, este recurso se ha vuelto escaso desde que Teherán respondió a los ataques originados en territorio qatarí bombardeando las instalaciones de Assaluyeh el 6 de abril de 2026.

Mediante sus clásicos artilugios bizantinos, Estados Unidos anuncia que su guerra contra Irán «ha terminado», mientras el ex-secretario de Defensa Chuck Hagel y el ex-subsecretario de Defensa Kurt Campbell, durante un debate sobre la guerra de Irán y China, bajo la moderación del politólogo Robert Pape de la Universidad de Chicago, enuncian la «reconfiguración del poder global» que significa un «punto de inflexión de la posición de Estados Unidos en el mundo»[1].

El bloqueo de Irán en el estrecho de Ormuz y el contrabloqueo de Estados Unidos en sus afueras —específicamente a partir del mar Arábigo que colinda con el golfo de Omán— han develado el peligro que corren varias sustancias estratégicas como el helio. Un tema poco abordado es el cableado submarino que conecta Internet entre los países ribereños en la parte occidental del golfo Pérsico, como Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, que expuse en «La ‘Carta Oculta’ Muy Previsible de Irán y la Afectación Digitalíca»[2].

Tampoco se puede soslayar la guerra de los «puntos de estrangulamiento» (choke points), como sucede ahora en el estrecho de Ormuz, que amenaza trasladarse al estrecho Bab el-Mandeb (que significa en árabe la Puerta de las Lágrimas) y puede obstruir la navegación océano Indico/golfo de Adén/mar Rojo/canal de Suez/mar Mediterráneo Oriental[3].

Según el polémico Ambrose Evans-Pritchard del rotativo monárquico británico The Telegraph, «la próxima víctima de la guerra del golfo Pérsico ya está aquí, siempre y cuando el bloqueo del estrecho de Ormuz continue: una carestía de chips puede muy bien estar en las cartas»[4]. Ambrose Evans-Pritchard revela una perogrullada: «el mundo ha perdido 40% del suministro de helio desde el inicio de la guerra del golfo Pérsico, primero desde Qatar y luego desde Rusia».

De entrada, la economía digital global pone en riesgo la burbuja de la inteligencia artificial (IA) ya que «la industria no puede fabricar chips de avanzada IA o de semiconductores debajo de 10 nanómetros» sin la magia del helio, que también afecta vehículos y computadoras. Ambrose Evans-Pritchard se encuentra hipnotizado por la «necesidad del helio para otras elevadas prioridades: energía nuclear, armamento sofisticado, aeroespacio, cables de fibra óptica, computación cuántica, cromatografía y máquinas de imagenología de resonancia magnética».

Ambrose Evans-Pritchard define apropiadamente que «no existen sustitutos sencillos» ya que «el helio líquido es la sustancia más fría en el planeta con un punto de ebullición de -269 grados Celsius». Explaya que «Qatar normalmente abastece la tercera parte (¡mega-sic!) del helio planetario, como subproducto de la producción de gas natural en su gigante North Field».


Por cierto, la congénita iranofobia de Ambrose Evans-Pritchard lo orilla a ocultar que Irán tiene pletóricas reservas significativas de helio en el gigante yacimiento South Pars —el más grande del mundo— y ha desarrollado óptimas capacidades extractivas[5]. No se puede pasar por alto que Irán posee el 17% de las reservas «probadas» (sic) de gas natural. Pese a las deletéreas sanciones que le han propinado los diversos gobiernos de Estados Unidos, Irán es el tercer mayor “productor” de gas natural, detrás de Estados Unidos y Rusia.

A 11 días de la trascendental visita de Trump a China, el South China Morning Post, con sede en Hong Kong, señala correctamente la «interacción de chips, petróleo e Irán», lo cual «ha empujado a Estados Unidos a incrementar las presiones con China en múltiples frentes estratégicos» cuando las recientes jugadas de Trump tienen como objetivo obstaculizar el acceso de los semiconductores y las pequeñas refinerías chinas de petróleo[6].

¿Cuántas cartas podrá colectar Trump en el lapso de once días antes de su visita a Pekín, que se encuentra tan resiliente como Irán? En forma simpática, los chinos acaban de regalar dos osos pandas a Estados Unidos con el fin de apaciguar los ánimos.

Los aportes de Irán al derecho internacional.

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha permitido a los Estados miembros de las Naciones Unidas comprobar que, desde su creacion, la ONU ha violado el derecho internacional en muy numerosas ocasiones. También ha permitido recordar que el derecho internacional clasifica un ataque como el de Estados Unidos e Israel contra Irán con el término «agresión»… y que 193 Estados, incluyendo a Israel y Estados Unidos, reconocieron en su momento el derecho de todo Estado agredido a considerar que son coagresores aquellos Estados que albergan bases militares de los Estados agresores.

Aunque los mueven razones diferentes, Israel y Estados Unidos asumen juntos la agresión contra Irán

Mientras nos preocupamos por las noticias de la guerra contra Irán o por las alzas de precios que provoca, el aspecto más importante del conflicto no se menciona en Occidente. Sin embargo, apoyándose en uno de los textos esenciales del derecho internacional, la República Islámica de Irán está proponiéndonos una lectura diferente de los compromisos que nuestros países contrajeron desde hace mucho.

ISRAEL Y ESTADOS UNIDOS CONTRA IRÁN, 
UNA AGRESIÓN ILEGAL
Aunque es evidente que el 28 de febrero de 2026 Israel y Estados Unidos no tenían derecho a atacar Irán, somos muy pocos en decirlo públicamente. En Occidente no está de moda asumir las implicaciones de nuestras posiciones. Son pocos los que se atreven a sostener públicamente que Israel y Estados Unidos se comportan como bárbaros.

De manera general, el derecho internacional no es un código comparable a un código penal sino una serie de compromisos a los que deberían atenerse los Estados que han contraído esos compromisos. Se trata de que los Estados no se comporten como bárbaros, de que no recurran a la propaganda de guerra, de que renuncien a la colonización y de que reconozcan el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, de que renuncien a amenazar a otros Estados, de que renuncien a agredir a sus vecinos o a hacerse cómplices de agresiones iniciadas por otros.

Hubo que esperar hasta el 10 abril para que el representante permanente de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, el embajdor Michael Waltz, declarara que la guerra tenía como objetivos «proteger a las fuerzas armadas estadounidenses en la región, garantizar la libre circulación del comercio marítimo en el estrecho de Ormuz y proteger a los aliados y socios regionales de Estados Unidos contra Irán y sus afiliados»[1]. Observen ustedes que esta justificación no tiene que ver con el inicio de la guerra sino con su continuación.

Simultáneamente, el ministro de Exteriores de Israel, Gideon Saar, explicaba que la guerra actual (la operación israelí «León rugiente») era sólo la segunda parte de la operación israelí «León rampante» y la justificaba con el hecho que Irán había respondido a los primeros bombardeos israelíes. El ministro israelí argumentaba también que en las manifestaciones de los partidarios del gobierno iraní se gritaba «¡Muerte a Israel!» y «¡Muerte a Estados Unidos!», lo cual demostraba, según él, que Irán quiere, desde hace mucho tiempo, exterminar a los israelíes. Seguidamente, el jefe de la diplomacia de Israel trataba de demostrar que Irán se disponía a fabricar una bomba atómica y que eso había llevado el gobierno de Israel a actuar antes de que fuese demasiado tarde. La carta del ministro israelí terminaba con un homenaje al «valiente pueblo iraní que trató de liberarse del yugo tiranico»[2].

Como de costumbre, Israel describía los hechos a partir del momento más conveniente para su argumentación y sin mencionar los hechos anteriores —el bombardeo del 1º de abril de 2024 contra la residencia del embajador de Irán en Damasco (Siria) y la posterior respuesta militar iraní del 1º de octubre de 2024, así como el ataque «preventivo» israelí del 13 de junio de 2025 contra Irán y la subsiguiente respuesta militar iraní. El hecho es que esas 3 operaciones contra Irán caen todas en la categoría de «agresiones», según la Carta de las Naciones Unidas.

Interpretar la consigna «¡Muerte a Israel!» como un deseo de exterminar la población israelí es absurdo. Es evidente que quienes gritan esa consigna no desean matar a los israelíes sino poner fin al Estado-canalla de Israel, que se autoproclamó el 14 de mayo de 1948. Irán no reconoce el Estado de Israel pero respeta a su población. Teherán sigue reclamando que se aplique el plan de partición de Palestina que las Naciones Unidas adoptaron el 29 de noviembre de 1947. Tel Aviv rechaza ese plan y es importante recordar que fueron terroristas judíos quienes asesinaron al mediador de las Naciones Unidas para su aplicación, el sueco Folke Bernadotte, el 17 de septiembre de 1948, cuando este mediador se hallaba en Palestina para estudiar las fronteras que iban a delimitar las zonas que las Naciones Unidas atribuirían a los judíos y a los árabes.

En cuanto al argumento de que las investigaciones nucleares de Irán son de carácter militar, eso es algo que Benyamin Netanyahu viene repitiendo desde hace casi 30 años… pero que nunca ha podido demostrar, ni siquiera cuando robó parte de los archivos nucleares de Teherán. Al contrario, siendo líderes máximos de la República Islámica, los ayatolas Rulah Khomeiny y Alí Khamenei emitieron sendas fatwas que prohíben al país las armas de destrucción masiva, incluyendo las armas nucleares. Además, durante las negociaciones de Lausana y Viena (2013-2015), China y Rusia fueron testigos de que Irán había puesto fin a las investigaciones nucleares de carácter militar en 1988 y de que nunca las había retomado, algo que Rusia sabe de primera mano como participante, hasta el mes pasado, en el programa nuclear iraní, de carácter estrictamente civil. Por último, el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) no ha hallado nunca indicios de existencia del supuesto programa nuclear militar de Irán.

En definitiva, la guerra israelo-estadounidense es ilegal. Quedaría ahora por precisar si la respuesta militar de Irán lo es o no.

El 11 de marzo de 2026, el Consejo de Seguridad adoptó, contra Irán, una resolución que viola el derecho internacional.

LA RESOLUCIÓN 2817 DEL CONSEJO DE SEGURIDAD DE LA ONU, 
ADOPTADA EL 11 DE MARZO DE 2026
Hasta ahora, se daba por sentado que un Estado agredido tenía derecho a defenderse de su agresor.

Por iniciativa de Bahréin, el Consejo de Seguridad adoptó, el 11 de marzo de 2026, la resolución 2817, cuyo texto viola el derecho internacional al condenar la respuesta militar de Irán[3]. Sólo las delegaciones de China y Rusia se negaron a aprobar ese texto. El representante permanente de Rusia, el embajador Vassili Nebenzia, recordó que «las autoridades de Teherán han subrayado en varias ocasiones que sus respuestas no apuntaban específicamente contra los países de la región sino màs bien contra las instalaciones e infraestructuras militares estadounidenses situados en sus territorios, que constituyen blancos legítimos a la luz del de derecho de legítima defensa de Irán, conforme al Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas». El embajador de Rusia mencionó específicamente la Quinta Flota estadounidense (con sede en Bahréin), la base aérea Príncipe Sultán (en Arabia Saudita), la base militar de Al Udeid (en Qatar), la base de Dhafra (en Qatar) y las bases e instalaciones militares de Estados Unidos en Kuwait, Jordania e Iraq.

Desde aquel momento, el conflicto ha ido extendiéndose y ya hoy también están implicados Reino Unido, Chipre, Bulgaria, Rumania y Australia[4].

La resolución 2817 no sólo es un texto desequilibrado —no menciona la agresión contra Irán sino únicamente la respuesta militar iraní separándola de su contexto— sino que viola el derecho internacional, que el Consejo de Seguridad supuestamente debería hacer respetar. En efecto, ese texto ignora el derecho de Irán a la legítima defensa.

China y Rusia habían propuesto como alternativa un proyecto de resolución (S/2026/159), extremadamente sobrio, que se limitaba a exhortar los beligerantes a cesar sus operaciones militares y condenaba «los ataques contra los civiles y contra las infraestructuras civiles».

Y aquí aparece el tema de desencuentro. Como sucede en cualquier guerra, Irán afectó a civiles, involuntariamente, con su respuesta militar y destruyó, voluntariamente, ciertas instalaciones civiles. Desde su creación, en 1899, el derecho internacional prohíbe atacar infraestructuras civiles… si no existen motivos militares para ello. Irán, por ejemplo, destruyó plantas de desalinización, indispensables para la vida cotidiana de la población civil, sin explicar la utilidad de esos ataques para sus objetivos militares.

Al cabo de numerosos y largos debates, la Asamblea General de la ONU adoptó, en 1974, su «definición de la agresión»

LA RESOLUCIÓN 3314 DE LA ASAMBLEA GENERAL DE LA ONU 
(14 DE DICIEMBRE DE 1974)
Según el procedimiento del Consejo de Seguridad, Irán, Estado miembro de la Asamblea General pero no miembro del Consejo, sólo pudo hacer uso de la palabra después del voto posterior al debate entre los 15 Estados miembros del Consejo. En el momento del voto, China y Rusia, que ya habían condenado la agresión ilegal de Israel y Estados Unidos contra Irán, habían olvidado la resolución 3314 de la Asamblea General, cuyo artículo 3, apartado f, estipula que «El hecho para un Estado de aceptar que su territorio, que él mismo ha puesto a la disposición de otro Estado, sea utilizado por este último para perpetrar un acto de agresión contra un tercer Estado» es también un acto de agresión[5]. Esta resolución es uno de los textos más importantes del derecho internacional ya que en ella se define que es la «agresión», precisamente lo que todos los Estados miembros de la ONU se comprometieron a no cometer cuando firmaron la Carta de las Naciones Unidas. Esa «Definición de la agresión» fue aprobada por unanimidad, sin voto, por los Estados Miembros de la Asamblea General. En otras palabras, el contenido de ese texto no se discute.

Es probable que los miembros del Consejo de Seguridad no hayan escuchado la citación que hizo el embajador de Irán, Amir Saeid Iravani, quien además observó que esa resolución es de obligatorio cumplimiento para todos (Jus cogens). El embajador iraní retomó ese texto en una larga serie de cartas al Consejo en las que justifica la respuesta militar de su país contra instalaciones en varios países del Golfo y en Jordania.

Durante varias semanas, los Estados del Golfo y Jordania se empecinaron en afirmar que habían llamado Estados Unidos a instalar bases militares en sus territorios para garantizar su propia protección y que Irán no tenía derecho a atacarlos. Pero, poco a poco, a medida que avanzaban los intercambios de cartas y denuncias, esos Estados árabes se dieron cuenta de que habían caído en una trampa y de que, al atacar Irán, el «aliado» que supuestamente iba a protegerlos en realidad atrajo sobre ellos la respuesta militar iraní. Así que han abandonado sus referencias a la resolución 2817 del Consejo de Seguridad y ahora tratan de convencer a Irán de que no quieren ser cómplices de la agresión israelo-estadounidense.

Esos Estados árabes también trataron de argumentar que la resolución 3314 no autorizaba a Irán a afectar a los civiles y que eso es la base misma del derecho internacional: «no comportarse como bárbaros». Teherán cesó inmediatamente sus ataques contra las plantas desalinizadoras pero siguió bombardeando las bases militares de Estados Unidos. Y cuando los Estados árabes del Golfo comenzaron a exigir indemnizaciones por los daños sufridos, Irán, poniendo la barra todavía más alto, acusó a los Estados del Golfo y Jordania de complicidad con el agresor y les exigió reparaciones de guerra, tal y como ya lo había hecho con Israel y Estados Unidos.

La Organización Marítima Internacional (OIM) adoptó una declaración contra Irán, también en violación del derecho internacional.

LA CONVENCIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS 
SOBRE EL DERECHO DEL MAR 
(10 DE DICIEMBRE DE 1982)
Otro aspecto del derecho internacional que esta guerra nos obliga a repensar es la cuestión de los estrechos. ¿Tiene alguien derecho a cerrar el paso a través de un estrecho o a cobrar un derecho de paso?

La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar plantea que nadie tiene derecho a prohibir el «paso inofensivo» de barcos en las aguas de sus propios estrechos pero, aunque no está especificado, es evidente que eso no se aplica en tiempo de guerra. Por otro lado, esa Convención no menciona la posibilidad de cobrar derechos de paso.

Al igual que el Consejo de Seguridad de la ONU, que como ya vimos adoptó una resolución violatoria del derecho internacional, la Organización Marítima Internacional (OMI), que es una agencia de la ONU, adoptó, el 19 de marzo y por iniciativa de Emiratos Árabes Unidos, una declaración sobre el estrecho de Ormuz[6]. En esa declaración, la OMI exige que «Irán se abstenga inmediatamente, conforme al derecho internacional, de toda acción o a amenaza tendiente a cerrar, obstruir u obstaculizar de cualquier manera que sea la navegación internacional en el estrecho de Ormuz o contra los barcos mercantes o comerciales en o alrededor del estrecho de Ormuz».

Esa declaración se adoptó recurriendo a una argucia de procedimiento que permite pasar por alto el derecho general y saltarse el preaviso de un mes obligatorio para realizar cualquier reunión de las instancias[7]. El proyecto de declaración había sido presentado por 115 de los 176 Estados miembros.

Pero las aguas del estrecho de Ormuz no son internacionales. Son aguas territoriales del Sultanato de Omán y de la República Islámica de Irán, con una pequeña zona de aguas emiratíes a la entrada del estrecho. La situacion allí es comparable a la del Paso de Calais (para los británicos el «estrecho de Dover») en el canal de la Mancha, entre Francia y Reino Unido, donde no hay aguas internacionales sino sólo aguas territoriales francesas y aguas territoriales británicas. En 1978, cuando se hundió allí el petrolero liberiano Amoco Cadiz, 60.000 toneladas de crudo contaminaron 375 kilómetros de litoral. Francia y Reino Unido hubieran podido entonces no digamos prohibir el paso a los tanqueros cargados de petróleo, pero sí exigirles el pago de un derecho de paso para financiar la descontaminación del litoral. No lo hicieron y Francia asumió el costo de la catástrofe. Hoy en día, Omán, Irán y quizás Emiratos Árabes Unidos podrían instaurar el pago de un derecho de paso por el estrecho de Ormuz en aras de dotarse de los medios materiales necesarios para enfrentar una catástrofe similar a la del Amoco Cadiz. Si decidieran hacerlo, nadie podría oponerse.

Durante las últimas semanas hemos visto a Irán cerrar el paso a los barcos vinculados a los países que lo agredieron, lo cual es perfectamente compatible, en tiempo de guerra, con la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. También hemos visto a Estados Unidos bloquear el estrecho casi por completo, lo cual es un acto de guerra contra Irán, además de obstaculizar la libre navegación de los navíos extranjeros. Y, finalmente, hemos visto a Irán cobrar un derecho de paso de hasta 2 millones de dólares por el paso de 250.000 toneladas de crudo. En tiempo de guerra, ante la destrucción causada a Irán por los agresores, nadie podría oponerse a ese tipo de medida. Pero no podría decirse lo mismo en tiempo de paz.

Aunque se ha dicho lo contrario, lo cierto es que Irán nunca cerró el estrecho de Ormuz a la navegación internacional, sólo ha impedido el paso a los Estados que le hacen la guerra[8]. En cambio, Irán ha denunciado el bloqueo naval instaurado por la marina de guerra de Estados Unidos, acto violatorio del derecho a la libre navegación[9].


Putin y China apoyan a Irán mientras Israel amenaza enviarlo a la «oscuridad y a la Edad de Piedra».

El presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, recibió por todo lo alto al ministro de Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, en San Petersburgo. Juntos celebraron la asociación estratégica pactada entre sus países y después, discretamente, el presidente Putin telefoneó a su homólogo estadounidense, Donald Trump, lo felicitó por haber salido ileso del intento de atentado del hotel Hilton, le desaconsejó un despliegue de tropas terrestres en Irán, lo invitó a aceptar la propuesta de Irán y le hizo saber que Rusia alcanzará los objetivos de la operación militar especial en Ucrania, sin que Volodimir Zelenski pueda evitarlo.


El canciller iraní Abbas Araghchi viajó a Omán —con el que Irán comparte la inalienable soberanía del estrecho de Ormuz—, y luego acudió a Islamabad, donde llevó las tres propuestas secuenciales de Irán en su negociación con Estados Unidos a través de Pakistán.

Desde Islamabad, Araghchi arribó a San Petersburgo, donde fue recibido por el zar Vlady Putin, quien en su clásico juego de sillas lo sentó con gran deferencia frente a frente.

Con radiante sonrisa, Putin sentenció que «el pueblo de Irán lucha valiente y heroicamente por su soberanía»[1].

El ministro de Exteriores de Irán agradeció a «Putin y Rusia su apoyo a la República Islámica»[2].

Putin envió un relevante mensaje al supremo líder iraní Mojtaba Khamenei (que Israel inventa se encuentra agónico): «Reafirmo que Rusia, como Irán, intenta continuar fomentando nuestras relaciones estratégicas».[3].

En fechas recientes, Trump llamó a su homólogo ruso, de lo que no se ha divulgado mucho[4]. ¿Emprenderá Putin una mediación al más alto nivel geoestratégico?

Durante el Foro Diálogo Internacional Abierto, el presidente Putin diagnosticó que «Occidente está perdiendo su dominio, dando pie a nuevos centros de crecimiento» —el clásico concepto «policéntrico» de la política exterior rusa con mayor participación del «Sur global»[5].

La visita de Abbas Araghchi a Omán denota una relevancia trascendental para la nueva configuración del golfo Pérsico, para no decir balcanización, cuando Emiratos Árabes Unidos —que Irán impugna como caballo de Troya de Israel— decidió abandonar la OPEP, lo cual agudiza la confrontación de EAU contra la dupla de Arabia Saudita/Pakistán, y beneficia a Estados Unidos con una mayor producción de petróleo en la delicada coyuntura presente[6].

En convergencia con Rusia sobre la seducción del concepto geopolítico/geoeconómico/geofinanciero del «Sur global», no fue nada sorprendente la postura del embajador chino en la ONU sobre las «operaciones militares ilegales de Estados Unidos e Israel contra Irán», como «causa primordial de la obstrucción en el estrecho de Ormuz»[7].

A propósito, los expertos chinos de Global Times ilustran que «Estados Unidos revisa el plan de paz en fases de Irán cuando persiste el impasse» y vaticinan la «probabilidad de fluctuaciones (sic) antes de que se alcance un consenso».

Llamó la atención la cáustica declaración del canciller alemán Merz, ex empleado de BlackRock, de que «Irán está humillando a Estados Unidos» cuando afirmó que «los iraníes son obviamente muy hábiles negociando, o mejor dicho, muy hábiles a no negociar, dejando a los estadounidenses viajar a Islamabad»[8].

Mientras recibe al Rey Carlos III del Reino Unido, hermano del ex «príncipe» Andrew, abrumado por los todavía inconclusos archivos Epstein —para intentar reparar la relación muy dañada de Estados Unidos con Europa y, en particular, con el premier británico Starmer—, el presidente de Estados Unidos alardeó de que Irán había solicitado la apertura del bloqueo naval del estrecho de Ormuz, lo que significa, a juicio de Trump, que «Irán se encuentra en estado de colapso» —lo cual fue todavía más abultado por el excéntrico secretario del Tesoro, Scott Bessent[9].

El ministro de Defensa de Israel, el necrófilo apocalíptico Israel Katz, quien en sus exorcismos sobre Irán y Líbano es mucho más extremista que el mismo Mileikowsky (alias Netanyahu), fulminó que «Israel espera la luz verde de Estados Unidos para regresar Irán a las edades de la oscuridad y de Piedra» y que el ejército israelí estaba listo para propinar a Irán «golpes devastadores» que provocarían «sacudida y colapso en sus cimientos»[10].

Según Hindustan Times, es probable que este fin de semana —cuando las bolsas de Occidente están cerradas, el momento que Trump prefiere para propinar sus letales bombardeos contra Irán— Abbas Araghchi visite Islamabad para un segundo round de negociaciones con Estados Unidos, de acuerdo a filtraciones de Pakistán[11].

¿Próximo fin de semana de guerra o tanteos?