Tocqueville y la democracia como destino.

Antoine Dresse (Ego Non) revisita las proféticas ideas de Alexis de Tocqueville sobre el avance imparable de la igualdad democrática. Escribiendo casi dos siglos después del viaje de Tocqueville a Estados Unidos, Dresse examina cómo el «terror religioso» del aristócrata francés al presenciar el avance de la democracia ha resultado ser notablemente profético.

El proceso democrático e igualitario se ha convertido en el horizonte insuperable de nuestro tiempo. Tal era, en cualquier caso, la firme convicción de Tocqueville hace casi dos siglos y los acontecimientos actuales más inmediatos parecen darle la razón. No pasa un solo día sin que se haga oír esta demanda hipertrofiada de reconocimiento de la igualdad de derechos. Y este movimiento hacia una democracia cada vez mayor, entendida como «igualdad de condiciones», no se limita a la vanguardia más avanzada del mundo occidental, sino que se está extendiendo progresivamente al resto del mundo.

Pero, ¿cómo podemos explicar la fuerza de este fenómeno? Para intentar comprenderlo, debemos examinar una vez más la importante y fundacional obra de Alexis de Tocqueville, De la démocratie en Amérique (La democracia en América).

A menudo se presenta a Tocqueville como un pensador «liberal», como si esta simple etiqueta bastara para resumir su pensamiento. Sin embargo, como señala Pierre Manent, toda la originalidad de su postura radica en el hecho de que adopta una posición liberal al tiempo que acepta y radicaliza el diagnóstico reaccionario de los peligros de la democracia: la democracia es ineludible, por lo que solo podemos aceptarla, pero puede llevarnos al peor de los despotismos.

Como él mismo reconoció, su libro fue escrito «bajo la constante preocupación de un único pensamiento: la llegada inminente, irresistible y universal de la democracia al mundo. Basta con releerlo para encontrar en cada página una solemne advertencia que recuerda a los hombres que la sociedad está cambiando de forma, la humanidad sus condiciones y que se avecinan nuevos destinos».

Y, de hecho, desde la primera frase de su introducción original, Tocqueville admite que lo que más le impresionó durante su estancia en Estados Unidos fue el avance de la igualdad de condiciones en la sociedad. Esta igualdad, dijo, «da a la mente pública una cierta dirección, un cierto giro a las leyes; a los que gobiernan, nuevas máximas, y a los gobernados, hábitos particulares».

Cada una de sus palabras debe leerse con seriedad. Recordemos que Tocqueville nació pocos años después de la Revolución, en el seno de una familia noble descendiente de un linaje muy antiguo, que siempre tendría presente el espectro obsesivo del Terror. De hecho, varios miembros de la familia Tocqueville fueron asesinados en aquella época. En este entorno particular, de sensibilidad legitimista, la gente se cuestionaba las causas de la Revolución. Y la idea general que reinaba entonces en este contexto familiar y social era que la Revolución había sido una catástrofe extraordinaria que había que esforzarse por borrar de la historia.

Sin embargo, Tocqueville no cree en esta posibilidad. La Revolución Francesa no fue un accidente de la historia de Francia ni de la historia mundial en general, un accidente que pudiera repararse. La Revolución fue un episodio de una gran e irresistible revolución democrática, que en realidad ha estado operando progresivamente durante mucho tiempo. La democracia le parece en su forma más pura a principios del siglo XIX en los Estados Unidos, porque este país no tenía una tradición aristocrática previa. Al no tener que derribar previamente ningún edificio jerárquico, la democracia se establece allí de forma más «natural» que en Europa. Pero esto no significa que el viejo continente no vaya a seguir el mismo camino «democrático» que América. Muy al contrario, al escribir su libro, Tocqueville invita a su lector a mirarse en el espejo que América le tiende. El lector francés verá entonces los efectos ya perceptibles del avance de la democratización en la sociedad francesa.

Con el objetivo principal de convencer a los hombres de su entorno aristocrático de que la lucha contrarrevolucionaria va en contra de la corriente de la historia, Tocqueville trabaja en la elaboración de una nueva ciencia política, con el fin de domesticar este destino ineludible que es la vida política democrática, en lugar de lanzarse a batallas de retaguardia.

Es en este sentido que debemos entender las múltiples referencias a la «Providencia» que salpican el texto de Tocqueville. De hecho, se dirige ante todo a los lectores de Bossuet, autor del Discours sur l’histoire universelle (Discurso sobre la historia universal), que el propio Tocqueville había leído detenidamente, y a los lectores de Joseph de Maistre, el gran autor contrarrevolucionario por excelencia, cuya crítica de la revolución se basaba en gran medida en una lectura providencialista de la historia: la Revolución no es más que un momento ilusorio y necesario, un desorden aparente al final del cual el orden divino recuperará sus derechos con mayor fuerza. Tocqueville adopta precisamente la postura opuesta al dar la vuelta a este argumento providencialista sobre la inevitabilidad de la democracia: «El desarrollo gradual de la igualdad de condiciones es, por lo tanto, un hecho providencial, tiene sus características principales: es universal, es duradero, escapa cada día al poder humano; todos los acontecimientos, como todos los hombres, sirven a su desarrollo. ¿Sería prudente creer que un movimiento social que viene de tan lejos podría ser suspendido por los esfuerzos de una generación? ¿Se piensa que, después de haber destruido el feudalismo y vencido a los reyes, la democracia retrocederá ante los burgueses y los ricos? ¿Se detendrá ahora que se ha vuelto tan fuerte y sus adversarios tan débiles?»

De hecho, dondequiera que dirijamos nuestra mirada, percibimos la misma revolución perpetuándose en todo el universo cristiano, dice Tocqueville. Volvamos a la Francia de hace setecientos años, escribe: la encontramos entonces dividida entre un pequeño número de familias que poseen la tierra y gobiernan a los habitantes. Mientras tanto, la igualdad se ha ido instalando gradualmente en toda la sociedad, ya sea por la influencia de la Iglesia, la política centralizadora y niveladora de los reyes, las múltiples guerras que arruinaron a los nobles, el enriquecimiento de la burguesía a través del comercio, el desarrollo y la propagación de la ciencia, etc.

La observación de Tocqueville es, por lo tanto, extremadamente contundente: cuando se examinan las páginas de nuestra historia occidental, no se encuentra casi ningún acontecimiento que, durante setecientos años, no haya redundado en beneficio de la igualdad. Si los revolucionarios de 1789, como instrumentos de Dios, se mataron entre sí, como diría Joseph de Maistre, todos los hombres durante siete siglos han sido, no obstante, objeto de la voluntad divina en beneficio de la democracia. Tocqueville concluye: querer detener la democracia sería tan vano como luchar contra la voluntad de Dios.

La democracia, esta tendencia permanente hacia la igualación de las condiciones de vida, no surge, por lo tanto, de la nada a los ojos de Tocqueville. Es un proceso muy antiguo contra el que es vano luchar. Pero, a pesar de todo, Tocqueville no se regocija por ello. Como él mismo admite al principio de De la démocratie en Amérique (La democracia en América), su libro fue escrito bajo la impresión de una especie de terror religioso ante la visión de esta revolución irresistible que lleva tantos siglos avanzando y que bien podría arrasar con todo lo que él considera valioso.

Porque la democracia designa menos una forma de gobierno que un estado de la sociedad, un sustrato igualitario fundado en el individualismo, un estado total de la sociedad que ejerce su control sobre todas las cosas humanas y, en consecuencia, marca todas las instituciones y todas las leyes con su impronta. Sin embargo, Tocqueville es, fundamental y antropológicamente, un aristócrata. Al igual que la derecha legitimista, admira la Francia del Antiguo Régimen, ama esa antigua aspiración a la grandeza que constituía la base de la antigua Francia, más que el mediocre ideal de bienestar igualitario para todos.

Por lo tanto, Tocqueville no «traicionó» a los suyos, como le acusaron algunos miembros de su familia. Simplemente, a sus ojos, la alternativa ya no es la misma. El desarrollo de la historia nos lleva hacia la democracia y la igualdad, y lo único que podemos hacer es sacar lo mejor de ello. Ya no podemos elegir entre democracia y aristocracia; podemos elegir entre una democracia moderada por principios liberales, una democracia que ciertamente no tiene grandeza, pero que garantiza un cierto orden y libertad, o una democracia desenfrenada, que se convierte en el despotismo igualitario más infernal.

Tal es, por lo tanto, la alternativa ante la que Alexis de Tocqueville situó a sus contemporáneos a principios del siglo XIX. Sin embargo, la pregunta que se plantea hoy es la siguiente: ante la oleada igualitaria que parece arrasar con todo a su paso, ¿no se convierte también el ideal de la democracia liberal moderada en un espejismo tan irreal como el retorno al Antiguo Régimen?

Publicado originalmente en Éléments n.º 204, octubre-noviembre de 2023.

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera.

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