EL SUEÑO Y SU SIGNIFICADO


Cualquier persona, incluso la más iletrada, se da cuenta de que su conciencia a veces funciona en los planos morales y amorales de la existencia. En el individuo moral el deseo egoísta se vuelve inactivo y en consecuencia las acciones se realizan según principios básicos sin tener en cuenta los resultados, que pueden ser dolorosos o placenteros. La persona amoral puede no ser inmoral respecto de lo que el mundo llama «inmoralidad»; sin embargo, está separada por un gran abismo de la persona moral y espiritual, pues el sujeto amoral actúa con motivos que se manchan con su egoísmo.

¿Qué provoca el sueño en estos aspectos divergentes que sin duda existen tanto en cada estudiante como en el mundo exterior? ¿Pueden los estados que siguen al sueño ser útiles para manejar la vida? ¿Puede el individuo —cuando está en el sueño— alcanzar las alturas akásicas y traer el conocimiento divino reunido allí a la conciencia de vigilia? La teosofía tiene respuestas para estas preguntas y un conocimiento definido sobre las disciplinas que permitirán alcanzar los niveles elevados que están abiertos para la persona durante el sueño de su cuerpo físico. Lo que se requiere es que llame a la puerta correcta y que la mano utilizada para golpear esté limpia de toda impureza.

Durante sus horas de vigilia la persona teje alrededor de sí misma un manto de pensamientos, deseos y sentimientos que pueden ser inducidos por influencias externas o autogenerarse. Es como la cantidad de comida que ingiere, pues una vez satisfecha, la persona descansa para permitir que las esencias de ese alimento sean absorbidas por los diversos aspectos de su compleja estructura. El cuerpo, la naturaleza del deseo y luego los aspectos intelectuales y morales de sí mismo recibirán todos su propia nutrición o —y esto es importante— se queda sin ella si uno ha sido lo suficientemente insensible con tal de no proporcionar alimentos para cada recubrimiento particular, por cuanto el nervio descuidado se debilita y luego se atrofia. Lo mismo ocurre con la constitución interna de la persona.

Cada composición varía de las otras en la cantidad de insumos que puede tolerar. Cuando se alcanza ese límite, sobreviene el agotamiento y los centros nerviosos y ganglios del cerebro se extenúan. La vida de vigilia se ha vuelto demasiado fuerte para el organismo físico y se alcanza el momento en que debemos romper la fuerza de la corriente vital cambiando el estado despierto por el de sueño. La comida ahora tiene que ir figurativamente a los huesos y los tendones, los tejidos y la sangre.

Durante el sueño se suspende toda volición. El cerebro cesa su actividad y permanece inactivo, sumergiéndose gradualmente para dormir en etapas fáciles. Al caer en la inconsciencia dispara llamas espasmódicas y ocasionales, siendo estas emisiones de imágenes de memoria —no volitivas sino automotoras— las que se convierten en el origen de los sueños caóticos y desconectados. Estos pueden tener su génesis en una reacción fisiológica, una irritación provocada por trastorno digestivo o una idea o evento que quedó profundamente impresa en la persona durante su estado de vigilia. Por lo tanto, algunas horas de sueño no se utilizan de manera constructiva si durante el día el cuerpo y el cerebro han sido maltratados o sometidos a abusos. Cuanto más se prolongue esta etapa del sueño, menos tiempo habrá para las fases más importantes que se avecinan y con el cierre de este primer estado caótico se alcanza el estado psíquico o swapna.

El aspecto psíquico es el plano de los deseos que aquí se hallan sin control y que adolecen de consideración respecto a la conciencia o moralidad. Es la región de la luz astral en que se almacenan las escenas de maldades humanas. Si la entidad soñadora está psicológicamente en sintonía con el mal, agrega su cuota de depravación a los registros astrales y a su vez es vampirizada por ellos. Durante el sueño del cuerpo, el principio de deseo [kámico] se activa mecánicamente mediante descargas eléctricas que recibe de los distintos centros nerviosos, y de este modo si dichos puntos están cargados con deseos carnales o han almacenado recuerdos de delitos y antojos pecaminosos, entonces son contaminantes de la atmósfera psíquica. Es sólo cuando los impulsos psíquicos disminuyen durante el descanso que la verdadera etapa de «sueño» o «sueño profundo» puede comenzar.

Ahora han terminado las secuencias de sueño causadas por reacciones biológicas y aquéllas provocadas por deseos inferiores. El egoísta, la persona impasible y el animal combativo humano yacen dormidos y sus actividades están neutralizadas por el agotamiento. La naturaleza moral desinteresada se encuentra en su elemento y liberada del peso obstructor de la materialidad y ahora respira la atmósfera de Akasha. Aquí el alma que busca puede encontrar el objeto de su indagatoria. El altruismo, la fraternidad y el conocimiento de lo imperecedero se encuentran en este paraje y es desde aquí que la parte moral y noble de la persona busca y recibe el conocimiento que es consustancial con su naturaleza.

Pero el momento de despertar está cerca. Atrás va la conciencia por donde vino; de Akasha a la luz astral y hacia la atmósfera terrenal; el alma viene de lo moral a lo psíquico, y luego a lo material. Gran parte de lo experimentado en la etapa de sueño profundo se pierde en el viaje de regreso, repelido por el plano de emociones y deseos. Lo poco que sobrevive al tránsito puede o no hacer una impresión en el cerebro, dependiendo de si este último se ha hecho poroso o impermeable a los susurros del Alma. La persona puede despertarse completamente ignorante del largo viaje emprendido a través de reinos subjetivos y desconocidos para su cerebro físico en vigilia, e incluso puede decir que no ha soñado en absoluto.

Para alguien que cree en la existencia del Alma y el Espíritu y tiene fe, se imponen ciertas disciplinas que podrían permitirle hacer un rápido tránsito a través de la atmósfera psíquica en la luz astral. Combinado con esta disciplina está la que le posibilitará permanecer más tiempo en el estado moral o Sushupti. Pero todavía se debe emprender otro entrenamiento para hacer que el cerebro sea sensible y retenga las reminiscencias del Alma.

El cerebro se vuelve tosco y su sensibilidad disminuye por el pecado, la indulgencia excesiva y una actitud que hace que el individuo segregue a la humanidad en campos opuestos de sexo, casta, color, credo, nacionalidad y estatus socioeconómico. En sentido figurado es como el empañamiento de los lentes en un instrumento de visualización que puede hacer que la percepción sea borrosa e incluso se distorsione. La práctica para despejar el cerebro de las nieblas creadas por tales causas es evidente: «superar un pecado y practicar la virtud opuesta» puede ser una perogrullada, pero si el estudiante desea progresar debe crear una nueva atmósfera y aprender a vivir en ella.

Otra medida —que limita con el ascetismo— es el giro deliberado de la conciencia al Espíritu en todos los momentos de ocio. Los deberes cumplidos, los servicios prestados y estudios concluidos deben terminar en un retorno al centro espiritual o el hogar desde el cual uno emerge para labores específicas; y sin perder tiempo ni transitar por caminos secundarios, la obligación realizada debe regresar al único refugio, el Sí mismo interno. De esta forma, el estudiante debiera realizar el esfuerzo de crear en este lado del sueño un centro apropiado en los aspectos más importantes para recibir los impulsos de sushupti, sin distorsiones y con suficiente conciencia para interpretar su significado y valor. Las influencias que se obtienen de este modo se reciben en confianza para impartir instrucción y ayuda a otros; en caso contrario los canales de comunicación se «secan» si el conocimiento reunido se usa para obtener grandeza personal o progreso para uno mismo.

Para protegerse contra los ataques del orgullo y la ambición, se impone una disciplina más que consiste en la adopción de una actitud de perro guardián hacia los actos personales frente a las obligaciones asumidas. Al final de cada día debe constituirse un tribunal donde el juez imparcial e impersonal asume la dignidad de su cargo; sus códigos normativos son las reglas de vida y las leyes especiales que el neófito se ha comprometido a observar. Cada acto, pensamiento, emoción y palabra de la jornada que acaba de cerrarse deben ser expuestos para el escrutinio del juez. El tribunal pronuncia su sentencia en base al código y se da en forma de asesoramiento y orientación, no necesariamente una solución práctica de los problemas que surgen de la revisión, pero a menudo toma el aspecto de una indicativo sobre dónde se puede buscar y encontrar la respuesta. Más tarde el estudiante puede darse cuenta de que la voz del juez no es diferente de ninguna manera de la que escucha en el silencio de la noche tranquila, una voz que resuena donde no hay nadie que hable, sino sólo la Voz del Altísimo. 

(De la revista «The Theosophical Movement», mayo de 2011). 

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