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Bach: el más grande músico y teólogo cristiano de la historia.

 

La música de Bach es una forma de estética teológica, una pauta en la que se puede percibir lo que para muchos representa la gloria divina.

Johann Sebastian Bach nació el 21 de marzo de 1685 (en el calendario juliano, equivalente al 31 de marzo en el calendario gregoriano). De cualquier manera, con Bach viene la primavera de la historia de la música, el nacimiento de la vida, la luz e, incluso, la resurrección.

Bach es probablemente el músico más importante de la historia, el músico de los músicos, y no es baladí que haya sido considerado como el más grande de todos los tiempos por los más reconocidos expertos y por los mismos músicos.

Wagner, Schönberg, Schubert y muchos otros reconocieron la inmensa grandeza de Bach. Mahler dijo:
«En Bach todas las células esenciales de la música están unidas como el mundo lo está a Dios; nunca ha habido una polifonía más grande que esta».

Beethoven comparó «El clavecín bien temperado» (su ciclo de preludios y fugas) con la Biblia.

El ateo Nietzsche escribió después de oír «La Pasión según San Mateo»: «Uno que completamente ha olvidado el cristianismo aquí lo escucha como evangelio».

Goethe notó que la música de Bach «es como si una eterna armonía se estuviera comunicando consigo misma, como habría ocurrido en el seno de Dios antes de la creación del mundo». Sugiriendo acaso que en la música de Bach la inteligencia misma del universo conversa consigo misma, Dios se revela, la imagen divina se imprime en el cosmos y el tema eterno se repite, pues la creación es, como una de las fugas de Bach, repetición en diferencia, la luz divina a través de un prisma.

Todos estos símiles religiosos son apropiados pues Bach fue una persona profundamente religiosa, «un teólogo que trabajaba con el órgano».

En su copia de la traducción de la Biblia de Lutero, Bach escribió, entre las múltiples notas que dejó: «En un recital de música devocional, Dios siempre nos honra con su gloriosa presencia». Y en otra parte: «El propósito y razón de toda la música no es más que glorificar a Dios y refrescar el alma» (y ciertamente su música es el más alto refrigerio del alma). Pese a que Lutero consideró que el teólogo cristiano Dionisio Areopagita era «más platónico que cristiano», quizá habría que equiparar a Bach con Dionisio, pues éste, como ningún otro teólogo cristiano, concibió el cosmos como una divina liturgia, como pura himnología, como éxtasis teofánico y una perfecta jerarquía que revelaba a través del orden la presencia divina, insuperablemente trascendente a la vez que íntimamente inmanente.

Un crítico de música dice que amamos a Bach «no por romper las reglas» o por una vitalidad salvaje —como nos ocurre con muchos otros compositores—, sino por ajustarse a las leyes, por su perfecta concordancia con un orden, una perfección que apenas adivinamos gracias a su música: «Todos los compositores parecen estar escribiendo novelas, pero Bach escribe no-ficción». Cierto: Bach no escribe ficción y, sin embargo, escribe siempre música religiosa, evangeliza. Una teología de proporciones matemáticas, analogia entis, imago dei. Esto para la mente secular moderna podría parecer aberrante, pero esta mentalidad mecanicista no suele percibir la belleza y lo que revela la belleza del mundo.

El teólogo David Bentley Hart escribe:

La belleza es el sorprendente recordatorio, incluso para aquellos sumergidos en la superstición del materialismo, de que aquellos que ven la realidad en términos puramente mecanicistas no ven el mundo real, sino sólo su sombra. Estando enfrente de una pintura de Chardin o Vermeer, uno puede describir el objeto en términos de puros elementos físicos y eventos pero aun así dejar de ver la pintura por lo que realmente es: un objeto cuyos aspectos visibles están cargados con un exceso de significado y esplendor, una misteriosa gloria que es el racional último de su existencia, una dimensión radiante de valor absoluto al mismo tiempo mostrándose a sí misma dentro de los límites de la forma material y trascendiéndolos.

Being, Consciousness, Bliss

Es por esto que se puede hacer la quizá polémica aseveración de que Bach hace teología, pues lo teológico es literalmente el logos de Dios, razón, proporción y palabra de Dios. Y lo que el teólogo busca es comunicar la presencia de Dios y el auténtico teólogo, como enseña la Iglesia ortodoxa, es quien reza, quien ha encontrado en su propia práctica la presencia divina.

Lo que la teología ha olvidado es la belleza. La belleza, que es siempre lo que nos invita —en el resplandor de la forma— hacia lo trascendente que se sugiere en lo inmanente, a lo infinito que aparece en lo finito (como el mismo Bach escribió: la música tiene la capacidad de hacer inmanente a la divinidad trascendente).

Quien fuera quizá el más brillante teólogo cristiano del siglo XX (y un prometedor pianista en su juventud), Hans Urs von Balthasar, celebra la estructura fractal de la música de Bach y la compara con el Evangelio:

De un brazo un arqueólogo puede reconstruir una estatua completa y un paleontólogo puede reconstruir todo un animal con un solo diente. Un musicólogo debería poder decir, a partir de un único motivo en una fuga, si se intentó como parte de una doble o triple fuga, y adivinar la estructura rítmica que el segundo y el tercer tema deben tener. Cualquiera que ha escuchado a Bach sabe, en la fuga clásica, que el arreglo rítmico está en oposición: el primer tema es lento y reposado, el segundo avanza más rápido, y el tercero contiene un martilleo rítmico; y cada oyente sabe que esta variada construcción temática es determinada a razón de la arquitectura de la totalidad de la fuga. Algo similar ocurre con el Evangelio. El tema escatológico, tomado por su propia cuenta, es incomprensible sin la cadencia del sufrimiento de Cristo...

Gloria. Estética teológica, vol. 1.

Cada parte sólo tiene significado en relación a la totalidad de la obra y, sin embargo, cada parte recapitula la obra en su totalidad, es un signo, un logoi, de esa perfección.

David Bentley Hart, uno de los herederos del acercamiento eminentemente estético a la teología de Von Balthasar, y uno de los grandes eruditos de nuestra época, va más allá y dice:

«Bach es el más grande de los teólogos cristianos, el testigo más inspirado del ordo amoris en el tejido de la existencia».

«Hart ensaya un barroquismo literario para acercarse al más grande artista barroco de todos los tiempos:

Nadie tan convincentemente demuestra que el infinito es belleza y la belleza es infinito. Es en la música de Bach y en ninguna otra parte, que el potencial ilimitado del desarrollo temático se vuelve manifiesto: cómo un tema puede desdoblarse inexorablemente a través de la diferencia, mientras que mantiene su continuidad en cada momento de repetición, sobre una superficie potencialmente infinita de repetición variada. Y es un tipo de infinito particular que está en juego, para el cual no hay otro modo estético adecuado... La música de Bach es la suprema música cristiana: refleja como no lo ha hecho ningún otro artefacto humano la visión cristiana de la Creación.

La analogía entre las obras de la mano de Dios y de Bach es audible principalmente en la capacidad ilimitada de Bach de desarrollar líneas separadas en extraordinarias intrincaciones de complejidad contrapuntística, sin jamás sacrificar la «paz»; las medidas de concordia, que gobiernan la música. Esto es especialmente evidente, obviamente, en las grandes fugas, particularmente en los últimos años: una doble, tripe o hasta cuádruple fuga nunca es demasiado densa para ser fraguada por la inventiva de Bach, para abrirse en cada vez más inesperados desenlaces, ni tampoco la pluralidad temática logra resistirse a una serie de combinaciones aumentadas, disminuidas o invertidas.

Hart lee en la música de Bach una ontología de la paz, una infinita progresión de cada vez más belleza, que se repite en su diferencia, como la unidad misma de la divinidad que encuentra su gloria en la multiplicidad del mundo creado, en una profusión más matemática que selvática. Una música que podría estar emparentada con la teología de Gregorio de Nisa y su epektasis y en oposición a la ontología de la violencia, como se puede encontrar en la música de Wagner y en la filosofía de Nietzsche. Incluso lee en la música de Bach una especie de vida trinitaria, de administración consustancial de las funciones de creación y preservación del cosmos:

Hay un dinamismo pneumatológico en la música de Bach, por así decirlo, la gracia siempre encuentra la medida de la reconciliación que preserva la variedad; y es así que ofrece una analogía estética del trabajo del Espíritu en la creación, su poder de desdoblar el tema que Dios imparte a la creación en cada vez más profusos y elaborados desarrollos, sobreponiéndose a toda serie discordante.

Es el Espíritu Santo el que inspira, el creator spiritus, el espíritu de la creatividad, la energía que ilumina la mente de los profetas y los poetas, de los místicos y los músicos, y es también el Espíritu el que guarda el patrón de la creación, el orden dinámico, la imagen en movimiento de la eternidad que se imprime en las cosas para que reflejen la gloria divina y el mundo se vuelva sinfonía. La música de Bach es realmente un acontecimiento del Espíritu, que es a fin de cuentas, como notó Valéry, el único autor.

Fuente: Alejandro Martínez Gallardo

LA ESCUELA MÍSTICA DE PITÁGORAS

LA ESCUELA DE PITÁGORAS CONSTITUYE EL GRAN MODELO DE UNA ENSEÑANZA FILOSÓFICA HOLÍSTICA, QUE LO MISMO INSTRUYE A LA MENTE QUE AL ALMA O AL CUERPO Y QUE RESPONDE A PREOCUPACIONES QUE VAN MÁS ALLÁ DE LAS BANALIDADES MUNDANAS; UN LUGAR ÚNICO EN LA HISTORIA DONDE ALUMNOS PODÍAN INICIARSE EN LOS MISTERIOS DE LA ARMONÍA UNIVERSAL, PERO SOLAMENTE UNA VEZ QUE DEMOSTRABAN SU CONVICCIÓN Y COMPROMISO TOTAL.

Como ocurre con todo gran personaje, la vida de Pitágoras está envuelta en una neblina mística que viene de la veneración de sus discípulos y posiblemente de la confusión que resulta de tomar literalmente algunos aspectos metafóricos y simbólicos de sus enseñanzas. Se dice que Pitágoras era hijo de Apolo —o que era algún tipo de manifestación avatárica del dios solar de la medicina y la música—, también se menciona que tenía un muslo de oro y que podía escuchar la música de las esferas, algo que quizás debamos de entender como una forma de referirse a su aguda percepción espiritual, capaz de penetrar el velo de la materia y acceder a los mundos sutiles. Además se le atribuyen diferentes poderes extrasensoriales como predecir terremotos, subyugar a los animales con la mirada, recordar sus vidas pasadas o poder contar cualquier serie de objetos de manera exacta con sólo verlos (por ejemplo, todos los peces que había en una red). 

De cualquier forma, más allá de que cierta corriente histórica lo ha endiosado, no podemos dudar de su grandeza intelectual. Como señala Bertrand Russell, a él le debemos nada menos que «las matemáticas puras... todo el concepto de que existe un mundo eterno que no es revelado a los sentido sino al intelecto». También fue Pitágoras quien acuñó el término filosofía y fue el primero en fundar una escuela para el aprendizaje de la filosofía. Esto último es lo que nos interesa aquí, puesto que el valor, la visión y la misión de esta escuela es un hito fundamental en la historia del pensamiento occidental. Un momento que habría que intentar trasladar a nuestra época en la que se ha perdido la enseñanza (el espíritu) fundamental de la filosofía. Esto es, la filosofía como una forma de vida, que más allá de producir un discurso lógico convincente (retórica, sofística), buscaba encarnar la verdad en todos sus aspectos, sin separación alguna entre la teoría y la práctica, ni entre la religión y la ciencia, ni entre lo divino y lo humano, puesto que la separación es ilusoria y la verdad es siempre unitaria.

El 20 de agosto de 1955 se celebraron en Samos, Grecia, 2 mil 500 años de la escuela de filosofía que fundara este filósofo. Ese día se llevó a cabo un congreso pitagórico multinacional en la tierra que vio nacer a Pitágoras. Este año hace unos días se habrían celebrado 2 mil 550 años de este acontecimiento seminal en la historia de la filosofía, que lamentablemente ha sido olvidado y que no parece sobrevivir en la forma en la que nuestras universidades enseñan. Ya desde la Grecia antigua, los pitagóricos eran vistos por el grueso de la población y por el poder político como una secta extraña, cuyas prácticas ascéticas —especialmente su renuncia a la riqueza individual— eran consideradas subversivas. Ante el triunfo del capitalismo y el materialismo, era de esperarse que la visión pitagórica de una fraternidad universal no haya predominado salvo entre pequeños grupos de iniciados y entusiastas que han entendido, siguiendo a Platón (el pitagórico más ilustre), que la filosofía debe de transformar al individuo que se entrega a ella y que han abrazado a las matemáticas, la música y la astronomía como senderos de iniciación en los misterios y de contemplación del orden universal. Hacemos aquí un intento de rescatar, en términos generales, el método pitagórico e introducir al lector a la filosofía del sabio de Samos. Consideramos que la obra sobre Pitágoras de Thomas Stanley es la mejor fuente para este acercamiento, puesto que es una suma de todos los cronistas de la antigüedad, reunida bajo el criterio erudito de Stanley, el filósofo británico que siendo sólo un adolescente ya se había graduado de Oxford y Cambridge y cuya Historia de la Filosofía es una excelente introducción a la filosofía antigua, sin el filtro revisionista-positivista que caracteriza a muchos académicos posteriores.

Localización y mapa de la isla de Samos

Vida de Pitágoras
Cuenta Jámblico que el oráculo informó al padre de Pitágoras, Mnesarco, que su esposa Patenis estaba embarazada de un niño que sobrepasaría en gloria y belleza a todos los demás. Impresionado por esta profecía, hizo que su esposa cambiara de nombre a Pitasis, en honor de la pitia, la sacerdotisa del oráculo. De ahí el nombre Pitágoras, que encierra ya su divinidad. (En esto Godfrey Higgins, en su Anacalypsis, ve una serie de coincidencias con la vida de Jesús, el hijo de Dios cuyo nacimiento también fue revelado proféticamente, asociado con la divinidad solar igual que Pitágoras).

En consonancia con estos heraldos y la nobleza de su origen, Pitágoras recibió una educación especial y rápidamente agotó lo que podía aprender en Samos, por lo que visitó a Anaximandro y a Tales de Mileto, quien, después de una breve instrucción, le recomendó que visitara Egipto, habiendo visto en él materia para hacerse iniciar en los misterios; y no había otro lugar en ese entonces más indicado que Egipto, la «tierra negra», el lugar de Osiris y de Tot. Por esto quizás no se equivocan quienes ven en Egipto el verdadero origen de la filosofía occidental, o al menos la fuente esotérica que originó a la filosofía. Pitágoras estuvo más de 20 años en Egipto, aprendiendo bajo distintos hierofantes, en Tebas y en Menfis y en otras ilustres ciudades. Antes de ser admitido al adytum, tuvo que someterse a un duro régimen para probar su dignidad; algo que parece haber replicado luego en su escuela en Crotona, donde los candidatos debían probar su valía, su amor a la sabiduría con su disciplina.

En Egipto se cree que Pitágoras aprendió los misterios de la geometría, entre otras cosas; con los magos de Babilonia, la astrología; se dice también que visitó a los brahmanes, los gimnosofistas, y de ellos aprendió la anatomía del alma y los principios del karma. Esta sed insaciable por la sabiduría hizo que Empédocles reconociera que Pitágoras «llenó su mente de la sabiduría de las edades, como si tuviera 10 o 20 vidas a su disposición». Y quizás no se equivocaba en esto, ya que Pitágoras enseñaba que la sabiduría era reminiscencia —algo que podemos trazar en la frase platónica «aprender es sólo recordar»— y se creía que recordaba otras vidas, incluyendo haber luchado en Troya bajo la encarnación del héroe Euforbo.

Escultura de un yogui en el Templo Laxmi Narayan

Escuela de Crotona
Después de estos viajes, Pitágoras regreso a Samos, donde vivió algún tiempo en una cueva y donde tomó a sus primeros alumnos. Pero fue en Crotona donde fundó su gran escuela, la cual serviría como modelo lo mismo para futuras instituciones, haciendo una fusión entre el ascetismo que podemos observar en los monasterios orientales, la secrecía de los misterios iniciáticos y la instrucción científica o académica que podemos observar en Occidente.

Pitágoras enseñaba la importancia de la purificación para poder acceder al conocimiento. Consideraba que la sabiduría no podía enraizarse en una mente inquieta o en un cuerpo allegado al vicio, por lo cual era indispensable antes someterse a un proceso ascético para poder después acceder a la doctrina. Se trabajaba evidentemente no sólo los aspectos intelectuales —lógico-racionales— sino también los aspectos morales, emocionales y se desarrollaba la percepción. Esto es algo que en el mundo contemporáneo secular está casi extinto; podemos rastrear sólo algunos esfuerzos, como los de Rudolf Steiner, de impartir lo que podemos llamar una educación integral, o una educación basada en el alma.

La vida pitagórica requería numerosos sacrificios, siempre moderación y frugalidad. Pitágoras pedía a sus discípulos que no bebieran vino, comieran y durmieran poco, se abstuvieran de la carne y en general de cualquier alimento de difícil digestión. La idea general que se esboza aquí es que sus hábitos estuvieran orientados siempre a no gastar energía en otra cosa que no fuera el estudio de la filosofía y el cultivo de sus facultades. Thomas Stanley dice que Pitágoras «procuraba a sus discípulos una conversación con los dioses en visiones y sueños, lo que no podía ocurrir a un alma perturbada por el placer o la ira, o cualquier otro transporte inadecuado, o con la impureza o la ignorancia». De aquí la importancia del régimen de purificación y por lo que podemos decir que Pitágoras consideraba, como algunos monjes orientales, que el cuerpo es un templo, pero que el valor de ese templo no es el cuerpo mismo sino su función de proveer un vehículo para la liberación y el crecimiento del alma.

La disciplina del silencio
De entre todas las exigencias que se hacían a los candidatos a la escuela de Pitágoras, la más famosa es el precepto que requería que se pasaran 5 años en silencio antes de ser admitidos. Dice Thomas Stanley que los 5 años de silencio eran una prueba de conducta por la cual «el alma podía convertirse en ella misma lejos de las cosas externas, de las pasiones irracionales del cuerpo para asumir su propia vida que es la vida eterna». Sobre esta disciplina del silencio, Clemente de Alejandría explica que «al abstraerse del mundo sensible, el discípulo podía buscar a Dios con una mente pura». Luciano agrega sobre este método que tenía la virtud de producir la reminiscencia. Lo que parece razonable, ya que el silencio parece hacernos olvidar nuestros pensamientos superficiales, para abandonarnos en la profundidad de la mente, accediendo tal vez a capas transpersonales; siguiendo la máxima platónica del conocimiento como recuerdo, podemos decir que el silencio es una ciencia de la reminiscencia, una remini-ciencia.

Stanley precisa que no todos los alumnos eran sometidos a 5 años de silencio, al parecer Pitágoras personalizaba su instrucción y algunos de espíritu naturalmente más tranquilo no tenían que pasar el lustro (a veces 2 años eran suficientes). Una vez que los pupilos cruzaban este umbral de silencio, se les llamaba Mathematici, antes eran Acoustici. «Si no has sido cambiado, estás muerto para mí», era el lema que se aplicaba a aquellos que no lograban superar el período de prueba.

Una vez aceptados, los alumnos podían ver ya al maestro (que antes hablaba a través de una pantalla, como si los alumnos estuvieran todavía dentro de la cueva a la que hace referencia Platón) e iniciaban su instrucción filosófica, cuyo fundamento era la geometría y la aritmética (no es baladí que luego Platón escribiera en la puerta de su Academia que nadie que no supiera geometría podía entrar). Uno de los versos atribuidos a Pitágoras dice: «Habiendo partido de casa, no vuelvas atrás, porque las furias serán tu compañía», una referencia a que una vez iniciado el camino esotérico no hay retorno; el poder de la conciencia y la sabiduría es una responsabilidad, un servicio, una entrega total, una obediencia a las leyes universales cuya desobediencia es duramente penalizada. Por esto el riguroso «casting» que hacía Pitágoras y que las religiones mistéricas tradicionalmente han aplicado. Los alumnos, bajo esta misma lógica, debían guardar un voto de secrecía, como ocurría también en Eleusis.

Misterios eleusinos

Los pitagóricos no se alzaban de la cama hasta que habían llamado a su mente las acciones del día anterior. Igualmente antes de dormir meditaban sobre sus acciones del día y se prohibía dormirse sin haber recapitulado. Esto era parte de un constante ejercicio de la memoria, una rendición de cuentas del pasado y un cuidado providencial del futuro. El alumno debía repasar lo que había aprendido en el día, meditar sobre en qué había fallado y suscitar piedad y compasión con todos los seres. Esta misma meditación existe en el taoísmo o en el rosacrucianismo, en donde se considera una preparación —una especie de expiación— para la muerte. Una vez realizada su meditación matutina, llevaban a cabo una caminata solitaria en la naturaleza, también con el fin de purificarse y sólo después de esto podían integrarse a la comunidad.

Un punto en un círculo era un símbolo de dios o de la mónada para los pitagóricos

Matemáticas y la filosofía del número
La importancia toral de las matemáticas tenía que ver no sólo con que acercaban al alumno a una verdad abstracta sino que, como dice Stanley, transformaban la mente, que se beneficiaba «de contemplar incorpóreas cosas eternas». Aquí vemos otra herencia órfico-pitagórica en el pensamiento platónico que llamaba también a concentrarse en aquello inmutable, en dirigir la mente a la contemplación de las Formas y Arquetipos. La idea gnóstica también de que aquel que conoce se convierte en aquello que conoce. Así el alma se separa del cuerpo perecedero y viaja hacia su inmortalidad en la dimensión de lo inteligible.

Pitágoras llamó a su disciplina de abstracción de lo inteligible matemáticas, nos dice Stanley, considerando que toda disciplina mental era reminiscencia y que esta ciencia era provocada directamente por los fenómenos, y no por una opinión, es decir, las matemáticas existían en el mundo y eran intrínsecamente aprehendidas en su perfección.

Enseñan los pitagóricos que el número es la raíz de las cosas divinas, aquello que existe antes que cualquier otra cosa en la mente divina, y de lo cual proceden todas las cosas que son digeridas en el orden (cosmos) y permanecen numeradas por una serie indisoluble. «El universo puede verse como la progresión de la multitud empezando en la Mónada y como una regresión terminando en la Mónada», dice Stanley. La Mónada (la unidad) es «estación y mansión... siempre en la misma condición... la mente, dios, lo hermafrodita, el bien».

La monadología pitagórica considera que la unidad se mantenía en todas las cosas, era principio y causa de todas las cosas; a la unidad regresan todas las cosas. Esta reintegración en el uno o en dios, ocurre a través del 10, la década o el tetraktys. El 10 es «el número del cielo, Atlas, el absoluto, el destino... la naturaleza del número al cual todas las cosas tienden y arriban»... y al arribar regresan a la mónada. Cada número tiene su propia identidad y entre todos ellos son parte de la constelación de los diferentes principios del cosmos, la procesión o del desfile de la unidad en la multiplicidad. El 2, la díada, es el número que comete «la audacia» de separarse, es la raíz de toda ilusión, y se decía que cada vez que se mencionaba el 2, los pitágoricos escupían al suelo, reprobando la ilusión de la fragmentación. El 4 es el fundamento de la estructura; el 5 el equilibrio; el 7 el número de la vida y la ley; el 8 el amor y el alma, etcétera.

La Tetraktys

Música y medicina
Dice Stanley que:
La música para los pitagóricos era la composición de los contrarios, la armonía, la unidad de la multiplicidad y el consentimiento entre la diferencia... como dios es el reconciliador de las cosas discordantes. En la música yace el acuerdo entre todas las cosas, la aristocracia del universo. Porque lo que es armonía en el mundo, en una ciudad es un buen gobierno, en una familia templanza.
Y podríamos agregar que, en la mente de un hombre, es paz y claridad.

Pitágoras, el gran heredero de la tradición órfica, utilizó la música para curar y templar el espíritu del hombre. Dice Stanley:
Hizo mixturas de estos tonos llamados diatónico, cromático, enarmónico... y con ellos cambió las pasiones de la mente que habían crecido sin razón y que producían dolor, enojo, sufrimiento, mal de amores, miedo, y todo tipo de deseo, malestares, apetitos, debilidades, e ímpetus —corrigiendo y dirigiendo cada uno de estos hacia la virtud a través de armonías convenientes como si fueran efectivas medicinas.
 Este es el verdadero origen de lo que llamamos un «tónico».

Se dice que cuando sus discípulos dormían, Pitágoras les tocaba una música para endulzar sus sueños y purificar sus mentes y cuando despertaban los liberaba del sopor de la noche y «los espabilaba con las canciones adecuadas, ya sea adaptadas con el laúd o con la voz». Aunque se dice que no tocaba propiamente ningún instrumento sino que llevaba la música por dentro. Es decir imitaba solamente la música más perfecta que escuchaba de la armonía universal, del espacio matemático entre las esferas, del movimiento de los cuerpos celestes, la música inmortal.

Por todo esto Platón dice en La República que la música puede usarse para regular la conducta de los ciudadanos y en general tenemos aquí una fuente de la noción de que el arte y la estética son fundamentalmente herramientas éticas y teúrgicas. Se cuenta que Pitágoras en ocasiones logró evitar crímenes tocando cierta música y que podía curar enfermedades y provocar experiencias místicas con la música, bajo cuyo ligero encantamiento el alma lograba separarse del cuerpo y alzarse al éter eterno.

En un mundo donde la información crece de manera exponencial y nuestra mente está saturada de estímulos desordenados, expuesta a un ruido incesante en el ambiente y en el interior, sin armonía y sin asomo de contacto con lo sagrado ni un método que nos acerque a lo divino, la escuela de Pitágoras parece una utopía, un idilio lejano que evoca un mundo perdido. Un mundo que para algunos será simplemente anecdótico, una excentricidad que no quisiéramos admitir al curso de nuestra tradición; para otros será, sin embargo, un tesoro invaluable que ya no se encuentra en ninguna parte, un momento único en la historia que ofrecía una perspectiva integral del conocimiento. Una cima brillante y secreta que se ha esfumado. ¿A dónde debe voltear hoy en día una persona que busca no sólo estudiar filosofía sino llevar a cabo una vida filosófica? ¿A las universidades que poco a poco están desapareciendo las humanidades y que se manejan como corporaciones? ¿En dónde puede encontrar el reforzamiento de la comunidad, el servicio y la experiencia de los maestros y no sólo el camino individual y la renuncia sin orientación?

Fuente: Alejandro Martínez Gallardo