LA GEOPOLÍTICA DE LA 3GM.

 

Muchos analistas plantean actualmente la hipótesis de que la 3GM ya ha comenzado y que nos encontramos en su primera fase. Sea cierto o no, lo comprobaremos en breve, pero por ahora admitamos la validez de esta hipótesis e intentemos esbozar sus contornos geopolíticos.

El sentido de la 3GM radica en un cambio radical de toda la arquitectura de la política mundial. Las instituciones internacionales existentes hoy en día hace tiempo que ya no se ajustan a la realidad. Siguen organizadas según la lógica del sistema de Westfalia y de un mundo bipolar. El modelo de Westfalia se basa en el reconocimiento de la soberanía de todos los Estados reconocidos a nivel internacional. La ONU se sustenta sobre los mismos fundamentos.

Sin embargo, en la práctica, en los últimos cien años, el principio de soberanía se ha convertido en pura hipocresía. En la década de 1930 se configuró en Europa un sistema en el que solo tres potencias eran soberanas y todas ellas estrictamente ideológicas: 1) el Occidente burgués y capitalista (Gran Bretaña, EE. UU., Francia, etc.); 2) la URSS comunista; 3) los países del Eje de ideología fascista.

Esta situación se mantuvo tras el fin de la 2GM, pero solo uno de los polos ideológicos —el fascista— desapareció. En cambio, los otros dos —el capitalista y el socialista— se fortalecieron y expandieron. Pero, de nuevo, ningún Estado nacional era soberano por sí mismo. Unos eran gobernados desde Moscú, otros desde Washington. El Movimiento de No Alineamiento oscilaba entre ambos polos.

La autodisolución del Pacto de Varsovia y el colapso de la URSS acabaron con la bipolaridad, y a partir de ese momento solo los EE.UU. asumieron el papel de portador de la soberanía. La ONU y el modelo de Westfalia se convirtieron en una mera fachada de la hegemonía global. Así surgió el mundo unipolar.

Ya en la década de 1990 quedó claro que era necesaria una revisión del derecho internacional a favor de un gobierno mundial (la variante liberal del «fin de la historia» de Francis Fukuyama) o de la hegemonía occidental directa (los neoconservadores estadounidenses). Los países europeos siguieron el guion del gobierno mundial y, como etapa preparatoria para ello, cedieron su soberanía a la UE. A todos los demás se les sugirió discretamente que se prepararan para lo mismo.

Sin embargo, a principios de la década de 2000 se manifestó una nueva tendencia: la voluntad de resurgimiento de la soberanía en Rusia y China. Moscú y Pekín se encaminaron hacia convertir la soberanía no en una ficción, sino en una realidad. Así se hizo patente la multipolaridad. A partir de entonces, se propuso que los portadores de la soberanía fueran los Estados-civilización, tanto los ya consolidados (Rusia, China, India) como los potenciales (el mundo islámico, África, América Latina). Estos fueron los que conformaron los BRICS.

Como consecuencia, el proyecto unipolar entró en conflicto con el multipolar. Tanto los globalistas como los neoconservadores se opusieron a la multipolaridad. El potencial de conflicto era evidente, y las viejas normas y reglas, heredadas de épocas geopolíticas anteriores, ya no funcionaban.

No importa si la 3GM ya ha comenzado o no, pero su contenido geopolítico es evidente: se trata de una guerra entre la unipolaridad y la multipolaridad por una nueva arquitectura mundial, por la distribución de los centros soberanos de toma de decisiones en el mundo —ya sea Occidente como el gobernante de todo o entre los Estados-civilizaciones que están ganando fuerza—.

Donald Trump llegó a la Casa Blanca para un segundo mandato en 2024 con un programa que daba motivos para pensar que aceptaría la multipolaridad: el rechazo a las intervenciones, la crítica a los globalistas, el conflicto directo con los liberales y los ataques contundentes a los neoconservadores, la concentración en los problemas internos de EE.UU., un llamamiento a volver a los valores tradicionales: todo ello permitía suponer que Trump y su administración se pondrían del lado de la multipolaridad, pero que intentarían asegurar a Estados Unidos las posiciones más ventajosas posibles en este nuevo orden.

Sin embargo, muy pronto la administración estadounidense comenzó a acercarse a los neoconservadores y a alejarse de su posición inicial. A continuación, vinieron el apoyo al genocidio en Gaza, la continuación del suministro de información de inteligencia a Kiev, el derrocamiento de Maduro, los preparativos para la invasión de Cuba y, por último, la guerra contra Irán con el asesinato de los dirigentes políticos de la República Islámica. Ahora Washington se ha alineado por completo con las posiciones de los neoconservadores y se comporta como si fuera el único en todo el mundo que poseyera verdadera soberanía: ya sin ninguna referencia a las normas ni al derecho internacional, reivindica el poder absoluto sobre todo el mundo. Y trata de demostrarlo con hechos: guerras, invasiones, secuestros de jefes de Estado y organización de operaciones para el cambio de régimen.

La 3GM la han iniciado los Estados Unidos con el objetivo de preservar, reforzar e incluso consolidar definitivamente el modelo unipolar del orden mundial. A todos los demás se les propone ser o bien vasallos obedientes o bien enemigos. Es contra estos adversarios del mundo unipolar contra quienes Washington libra la 3GM. Y por eso está en juego la soberanía. Por el momento no existe una sola fuerza capaz de hacer frente a los Estados Unidos de manera simétrica, por lo que EE.UU. despliega acciones militares en varios frentes a la vez.

El primer frente de la guerra del mundo unipolar contra el multipolar es Ucrania. Esta guerra fue provocada por los neoconservadores ya en la época de Obama, y quienes más se involucraron en ella fueron precisamente los globalistas, que veían en Rusia no solo un obstáculo geopolítico para el establecimiento de un gobierno mundial, sino también una amenaza ideológica. Trump heredó esta guerra y no le hace mucha gracia (Rusia es una potencia nuclear con una ideología conservadora contra la que el presidente estadounidense no tiene nada que oponer). Pero Moscú claramente no está dispuesta a reconocer su vasallaje ante Washington, insistiendo en la soberanía y la multipolaridad y esto ya es incompatible con la hegemonía unipolar. En cualquier caso, Washington sigue sin dejar de apoyar al régimen de Kiev, aunque cede la iniciativa a los países europeos de la OTAN, para los que este conflicto tiene un carácter de principio e ideológico. Este frente conserva su importancia, y cuanto más defienda Moscú su soberanía, más dura será la postura de Washington hacia Rusia.

El segundo frente de EE.UU. es el hemisferio occidental: el secuestro de Maduro y el establecimiento del control sobre Venezuela, la preparación de una invasión de Cuba, las acciones contra los cárteles en México, Colombia, Ecuador, etc. En esencia, se trata de una guerra contra toda América Latina, si tan solo un país de la región intenta resistirse al dictado directo de los Estados Unidos.

El tercer frente, que se encuentra ahora en su fase más candente, es el ataque israelí-estadounidense contra Irán, que ha incendiado todo Oriente Próximo. Aquí también se incluye la continuación de las operaciones militares de Tel Aviv en Gaza, Líbano y Yemen, y la reestructuración de todo el mapa de Oriente Próximo.

En esencia, Occidente libra en este momento una guerra simultánea contra los tres polos del mundo multipolar (Rusia, el mundo islámico y América Latina). En la agenda figura la apertura de un cuarto frente: el Océano Pacífico. El conflicto con China es inevitable según la lógica global de los cambios que se están produciendo en la política mundial.

India —otro Estado-civilización— mantiene por ahora una posición vacilante y, debido a sus contradicciones con China y Pakistán, se inclina hacia Estados Unidos e Israel. Pero, con su potencial, India difícilmente es apta para el papel de vasallo dócil, sobre todo porque la multipolaridad es la línea oficial de su Gobierno.

De este modo, el mapa geopolítico de la 3GM se perfila, en una primera aproximación. En ella, el bando del mundo unipolar está representado por EE.UU., Occidente en su conjunto y sus vasallos, incluyendo a Japón y Corea del Sur en el Lejano Oriente. Luchan por dos escenarios no del todo idénticos: el globalismo (la UE y el Partido Demócrata de Estados Unidos) y la hegemonía estadounidense directa (los neoconservadores). En este contexto, Netanyahu tiene sus propios planes para construir el Gran Israel, lo que difícilmente encaja con el globalismo liberal, pero cuenta con el pleno apoyo de la Casa Blanca, los neoconservadores y los sionistas cristianos. Sin embargo, en general, esta coalición se muestra relativamente solidaria ante un mundo multipolar y, a medida que aumente la escalada, se verá obligada a actuar de forma cada vez más cohesionada, dejando las contradicciones internas para más adelante.

El bando del mundo multipolar está mucho más fragmentado. Sus principales centros son Rusia y China. Rusia ya libra su guerra en Ucrania, mientras que China, por el momento, evita la confrontación directa. El mundo islámico está dividido; parte de los países musulmanes se encuentran bajo el control total de EE.UU. Irán y el mundo chiíta en su conjunto son los que se le resisten, encontrándose en la vanguardia de la confrontación con Occidente, pero, al mismo tiempo, los iraníes no comprenden del todo que otros frentes de esta guerra, en particular Ucrania, les afectan directamente. La dirección de la RPDC, que es la que más abiertamente apoya a Rusia en el enfrentamiento con Occidente en el frente ucraniano, comprende perfectamente el panorama geopolítico general. América Latina también está fragmentada. El Gobierno de Lula en Brasil se inclina por la multipolaridad, mientras que el régimen de Milei en Argentina, por el contrario, apoya el eje estadounidense-israelí. En África, los países de la Asociación del Sahel (Malí, Burkina Faso y Níger) son los que tienen una conciencia más clara de la multipolaridad. Sudáfrica, la República Centroafricana, Etiopía y algunos otros países se acercan a esta misma posición. Pero tampoco existe una posición consolidada entre ellos. La India mantiene una postura neutral: por un lado, forma parte del bloque de los países que apoyan la multipolaridad; por otro, mantiene estrechas relaciones de alianza con EE.UU. e Israel.

En general, las fuerzas unipolares, a pesar de todas sus contradicciones internas, están más consolidadas y tienen más claro contra quién luchan y por qué intereses y valores. Las diferencias en cuanto a prioridades e incluso a las visiones sobre el modelo final del orden mundial deseado por Occidente —Estados Unidos— no suponen un obstáculo para que estos apliquen una estrategia común, mantengan una estrecha cooperación en el ámbito de los servicios de inteligencia, intercambien tecnología militar, etc.

Por su parte, el bando multipolar está mucho más fragmentado. Incluso aquellos países que se encuentran bajo el ataque directo del Occidente unipolar no se apresuran a integrar su potencial ni a apoyarse mutuamente de forma directa.

Las seis condiciones de Irán y las otras 15 de Trump para el cese de la guerra.

La guerra contra Irán se está convirtiendo en un espectáculo ridículo en Occidente: el presidente Trump se jacta de una victoria aplastante, mientras que, en realidad, Irán se resiste e impone sus condiciones. Cuantos más ultimátums lanza el fanfarrón, más se imponen sus enemigos.

El fanfarrón

La guerra de Israel/EU contra Irán escaló ya alturas de amagos nucleares muy ominosos[1]. En la fase de desinformación/mendacidad/engaño/falsas banderas, exacerbada por la «propaganda-patía»de sus actores —contrastada por los increíbles medios alternativos que hoy ganan la batalla de la comunicación a los caducos multimedia tradicionales—, es más que evidente que al corte de caja de hoy, la víctima de las agresiones no sólo ha podido resistir de manera inverosímil, sino que se encamina a un triunfo estratégico de alcances tectónicos: «Irán tiene ahora el camino despejado hacia la victoria. A pesar de haber sido duramente golpeada por los bombardeos aéreos, la república islámica aún podría sobrevivir a la guerra y reconstruirse»[2].

Los agresores de Irán celebran un triunfo inexistente, si se toman como barómetro los precios del petróleo y el gas natural. El muy solvente geopolítico brasileño Pepe Escobar explica al juez Napolitano «la forma en que Irán le está ganando a EU»[3].

Pepe Escobar, con quien me reuní en Kazán en la Cumbre de los BRICS en 2024, adelantó hace más de una semana —cuando todavía Irán no exhibía sus letales cuan inesperados contrataques— las seis condiciones de Irán para aceptar el cese el fuego que anhela Estados Unidos para impedir el alza estratosférica del petróleo que hoy le está afectando más a Wall Street y a la City, en el ámbito de las geofinanzas, como resultado del cierre del estratégico estrecho de Ormuz —que, por cierto, un servidor ya había previsto en dos libros: Guerras geoeconómicas y financieras: El petróleo del Golfo Pérsico al Golfo de México[4] y Los cinco precios del petróleo[5].

Suena extraño que un país «derrotado» se atreva a plantear seis condiciones para aceptar el cese el fuego y la reciente «pausa de cinco días» de Estados Unidos.

Pepe Escobar, quien parece gozar de los susurros del Kremlin —que sin cacofonía alguna se posicionó como el supremo triunfador del Nuevo Orden Mundial, como expuse a los 11 días de la guerra «Triunfo de Rusia y China en la Guerra del Golfo y excesos de la ‘propaganda-patía’»[6]—, describió el «Mínimo de seis condiciones para que Irán acepte cese el fuego/Reapertura del estrecho de Ormuz»[7], que, 12 días después, fue retomado por el rotativo libanés Al Mayadeen, portavoz del resucitado Hezbolá[8]:

1. Eliminación de todas las sanciones contra Irán y liberación de todos los activos iraníes congelados; 2. Reconocimiento del derecho de Irán a enriquecer uranio en su propio territorio; 3. Indemnización íntegra por los daños causados por la guerra impuesta; 4. Extradición de los quintacolumnistas iraníes en el extranjero y fin de las campañas mediáticas orquestadas contra Teherán; 5. No más ataques contra Hezbolá en el Líbano ni contra Ansar Allah en Yemen, y 6. Desmantelamiento de todas las bases militares estadounidenses en Asia Occidental.

Como si no se hubieran escenificado 25 días del descontón bélico de Estados Unidos/Israel cuando Irán había cedido a todas las demandas de Estados Unidos para abandonar su proyecto nuclear, el presidente Trump ahora aboga sus mercadológicos 15 puntos tendientes a un control de daños electorero, pero que, en realidad, intenta regresar al statu quo anterior (lubricado por la asombrosa mediación de Omán[9]), entre su enviado jázaro (khazar, https://bit.ly/3QqemJr) Steve Witkoff, especialista en bienes raíces, y el muy capaz canciller iraní Araghchi.

De sus 15 puntos, Trump ha expuesto cuatro: los tres primeros versan sobre el supuesto freno a la construcción de bombas nucleares por Irán y el cuarto punto suena inviable cuando pretende compartir con el ayatolá en turno el control del estrecho de Ormuz[10]. Sería saludable que el presidente Trump se entere del secreto de la «resistencia» persa y su «religión» de la ciencia/educación[11].

ERNST VON SALOMON: UN DESTINO EXTRAORDINARIO.

 

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Entrevista a Robert Steuckers para la revista francesa «Écrits de Rome» (Angers)

1. Ernst von Salomon es considerado generalmente como un autor de la Revolución Conservadora. ¿A qué corriente dentro de este movimiento se le puede asignar con mayor precisión?
Ernst von Salomon y su obra deben clasificarse claramente en la categoría de autores «nacional-revolucionarios», según la terminología acuñada por Armin Mohler, o a veces también en la de «nacionalismo militar». Dominique Venner defendió e ilustró durante mucho tiempo este «soldadismo», que atrae especialmente a las naturalezas románticas, en sus libros Baltikum y Un fascisme allemand, así como en el prólogo de Histoire proche. Sin embargo, rara vez se tienen en cuenta las posiciones que Ernst von Salomon defendió tras la 2GM, especialmente en la década de 1960. En aquella época, este antiguo opositor radical de la «política de reparaciones» impuesta por el Tratado de Versalles de 1919, y de todas las formas de asimilación y subordinación a las potencias occidentales (Francia, Gran Bretaña, EE.UU.), se convirtió en un opositor igualmente decidido a la vinculación occidental con Washington en el marco de la OTAN. Esta postura antiamericana le llevó a manifestar su solidaridad con determinados pacifistas de izquierdas, un hecho que irritó a Venner cuando este le visitó seis meses antes de su prematura muerte en junio de 1972 (presumiblemente a causa de apnea del sueño).

La lógica que impulsó a Ernst von Salomon a lo largo de su agitada vida fue un rechazo vehemente de los modelos occidentales, a los que consideraba «burgueses» o «mercantilistas», y carentes del sentido del servicio prusiano o teutónico, del sentido del deber kantiano (si bien Kant no es visto desde la perspectiva habitual de la Ilustración) y de la continuidad nacional —percibiendo la ideología de las democracias occidentales como una máquina de amnesia de los pueblos—. En este sentido, ante la crisis actual de Europa, impregnada ideológicamente de Occidente incluso en el Este, el pensamiento de Ernst von Salomon es más actual que nunca: El rechazo al batiburrillo ideológico del panorama partidista actual en toda Europa es una necesidad de supervivencia; al igual que el rechazo a toda subordinación a los EE.UU. y a las prácticas político-antidiplomáticas de Gran Bretaña y de la Francia macronista constituye un imperativo vital para todos los pueblos europeos, sin excepción.

2. Mientras que uno de los Ernst —Jünger, por supuesto— es muy conocido, von Salomon lo es mucho menos: ¿por qué? ¿Qué relación existía entre ambos hombres?
Esta pregunta me parece un tanto ociosa. La razón principal de la gran notoriedad de Jünger radica sobre todo en el hecho de que este vivió y trabajó 26 años más que Ernst von Salomon. Sin embargo, hay otras razones además de la extraordinaria longevidad de Jünger: Jünger, que era unos años mayor, había combatido en el ejército regular durante la 1GM, fue condecorado con la «Pour le Mérite» y, tras 1918, fue promovido por los círculos de oficiales del ejército derrotado no como oficial en activo (lo que ya no era), sino como escritor militar. Tanto Ernst Jünger como Ernst von Salomon defendían un nacionalismo intransigente y estricto: Jünger al menos hasta 1926, y von Salomon entre 1927 (año de su puesta en libertad) y 1933, especialmente tras la gran crisis de 1929 y el levantamiento campesino contra las autoridades de Weimar en Schleswig-Holstein.

Ambos se negaban a adherirse a una forma de nacionalismo que se orientara por los criterios electorales del parlamentarismo de Weimar. El historiador de los Freikorps, Hansjoachim W. Koch, cita al respecto a Ernst von Salomon (también se encuentran textos similares en Ernst Jünger y su hermano Friedrich-Georg): para romper la dependencia de las potencias occidentales, debía evitarse cualquier desarrollo que condujera a tendencias de masas, ya que estas inducirían al movimiento nacional a tomar el poder con los medios del adversario, es decir, a convertirse en un «partido» (a adoptar la «forma de partido»), en una «organización» cuyo único objetivo fuera presentarse a las elecciones. De ello dedujeron von Salomon (y, a su manera, también Jünger) que «sus propios medios debían ser otros».

Para von Salomon esto supuso, a principios de la década de 1920, su participación en la famosa «Organización Consul» (OC), que organizó el atentado contra el ministro Walter Rathenau, un hombre que, con el Tratado de Rapallo de 1922, había creado en realidad las condiciones ideales para sustraerse al control económico del Occidente hostil, de forma similar a lo que hizo el excanciller Schröder a principios de la década de 2000 con el gas ruso. La referencia a von Salomon no es, por lo tanto, solo un romanticismo ingenuo de soñadores a los que les gusta «jugar a los soldados», sino un pragmatismo político de alto nivel, más aún cuando von Salomon admitió más tarde que la campaña de los Freikorps en el Báltico y el atentado contra Rathenau fueron promovidos indirectamente por los servicios secretos británicos para ampliar el «cordón sanitario» de Lord Curzon en Europa del Este y cerrar el mar Báltico a los soviéticos sin tener que desplegar tropas británicas o canadienses.

3. ¿Se puede decir que la experiencia de los Freikorps fue para von Salomon la «experiencia fundacional» de su pensamiento, como lo fue la guerra para otros?
Por supuesto, la experiencia de los Freikorps es fundamental para Ernst von Salomon, pues, a diferencia de Ernst Jünger, él no había combatido en las filas del ejército imperial durante la 1GM. En un artículo de 1928 titulado «El espíritu del nacionalismo» (citado por su biógrafo Gregor Fröhlich), von Salomon escribió que, para todo hombre de carácter, las experiencias personales (que no son transferibles a otros, y menos aún a la gente común que se pierde entre la masa) son siempre el criterio decisivo para la capacidad de juzgar correctamente las cosas y los acontecimientos.

Por ello, rechazaba el nacionalismo burgués de un Thomas Mann (que en algunas observaciones era ciertamente acertado), pues este nacionalismo era un «nacionalismo contemplativo», muy alejado de cualquier experiencia física y que causaba «sufrimiento» al hombre comprometido, como también dijo Jünger en aquella época. Esta «contemplación» de Mann es, para von Salomon, típica de un literato anclado en la «civilización», donde domina la verborrea sobre la expresión vital, obtenida de experiencias dolorosas y del sufrimiento padecido. Estos literatos de la «civilización occidental» han dado así la espalda al camino verdadero hacia el mundo real y su intelectualismo es «esterilidad espiritual» que —añadió— es «traición».

Este intelectualismo, prosigue von Salomon, debe rechazarse en nombre de la acción pura y genuina, sin vacilaciones ni dudas. En el mismo artículo, que según Fröhlich es fundamental para comprender a von Salomon, el antiguo combatiente de los Freikorps distingue el «patriotismo» a la antigua usanza, un vestigio del siglo XIX, del «nacionalismo». Para él, el patriotismo es la necedad del hombre apolítico, que evita tomar decisiones y se niega a hacer «distinciones» (la identificación del enemigo y la separación del grano de la paja). Estas posturas explican por qué von Salomon se oponía a las posiciones nacional-conservadoras de las numerosas asociaciones de veteranos y de una parte conservadora de la burguesía alemana (que se unió al NSDAP en 1933).

Para von Salomon, en 1928, el término «nación» no es sinónimo de una estructura estatal determinada, sino la expresión de un «misterio» que apenas se está revelando, sin que se sepa si alguna vez se revelará por completo. El nacionalismo es, por lo tanto, la fuerza política de una minoría, de una élite que participa en este desvelamiento, lo que le confiere un dinamismo duradero, creativo y revolucionario, pues no tolera ninguna forma rígida, ningún fijismo que la esterilice. Lo que está rígido o se está volviendo rígido debe ser eliminado, ya que es un lastre.

El camino de este nacionalismo místico, según Salomon y Jünger, debe ser un avance constante que nunca termine. La derrota alemana de 1918 no debe servir de justificación para rechazar este avance imparable del nacionalismo joven e intrépido, a pesar de la carga que suponen las masas, que carecen de voluntad y están dispuestas a aceptar cualquier traición. Este nacionalismo no se opone en principio a la idea del Estado, sino que combate al Estado (el lastre institucional) tal y como ha sido secuestrado por los políticos republicanos para obtener ventajas personales.

4. En lugar de presentar un pensamiento sistemático, von Salomon propone una «cosmovisión» que se compone de una serie de intuiciones. ¿Cuáles son las más importantes?
Para Ernst von Salomon, la consideración del «camino propio alemán» («Sonderweg Deutschlands») constituye el núcleo de su nacionalismo. Esta particularidad distingue radicalmente a Alemania de Occidente (Jacques Pirenne, por ejemplo, demostró en el caso de Bélgica por qué Europa Central, pero también España, Italia, el espacio polaco-lituano y Rusia, no pertenecen al Occidente absolutista francés o liberal inglés, y ello desde el siglo XVII).

El liberalismo occidental tiene como objetivo sustituir la estructura orgánica de cada Estado o imperio por construcciones sociales y entidades artificiales en las que la economía ya no está integrada en las relaciones sociales, sino que, por el contrario, las relaciones sociales quedan atrapadas y debilitadas en la esfera económica. La política queda así eliminada en favor de la economía.

Este desplazamiento hacia la despolitización y la economización total conduce a que el Estado ya no persiga objetivos políticos reales, sino que imponga un orden técnico y racionalista que, en teoría, debería traer la felicidad individual a todos y la prosperidad a los ciudadanos con mayor poder adquisitivo. Al final, esto priva al individuo y a los ciudadanos de todo sentido de su existencia y los sumerge en una triste banalidad que posiblemente sea la antesala de su desaparición física, como demuestra con demasiada claridad el presente. Ya no es el heroísmo de la acción, sino la maximización de los beneficios lo que ocupa ahora el centro del interés de una humanidad en decadencia; peor aún, la promoción de tales antivalores se convierte en el motivo principal de las guerras planeadas por Occidente (hoy se diría: su «Estado profundo») o por los Estados occidentalizados.

5. Como encarnación del guerrero o del héroe —en el sentido de Werner Sombart—, Ernst von Salomon parece pertenecer a una época ya pasada para siempre. ¿Qué de él y de su obra debería, en su opinión, conservarse para el presente?
Hemos visto qué imagen tenía Ernst von Salomon del soldado político en el marco de un Estado organizado por políticos incompetentes y despreciables. Las épocas del Imperio guillermino, la República de Weimar y el nacionalsocialismo han quedado efectivamente atrás, al igual que las de la Tercera República y el periodo de entreguerras en Francia, donde ahora se observa la lenta agonía de la Quinta República.

Sin embargo, es importante recordar las ideas de Ernst von Salomon entre 1945 y 1972, año de su muerte. Durante la República de Weimar, sus posiciones eran antioccidentales y antiliberales. En la nueva República Federal, proclamada en 1949 y cuya figura más destacada fue Konrad Adenauer —un defensor del mundo atlántico y de la reconciliación franco-alemana—, von Salomon era considerado un cripto-comunista o incluso un agente de la RDA. A lo que respondió en 1954 en el semanario de derecha «Deutsche National-Zeitung» (n.º 20): «¿Cómo podría ser comunista? ¿Solo porque no soporto a los estadounidenses? Si me apeteciera, me gustaría poder viajar de Colonia a Wuppertal, de… hasta Posen [hoy Poznań], sin que ninguna ideología o práctica de los ocupantes me lo impidiera jamás…»

El rechazo es, pues, doble: rechazo de la ideología traída por Estados Unidos y de los esquemas opacos del comunismo soviético. Desde un punto de vista filosófico, Ernst von Salomon nunca aceptó el comunismo dogmático, pero a finales de la década de 1950 también dejó de pertenecer a esa «derecha» (sobre todo cuando esta se alineaba con la democracia cristiana, deliberadamente subordinada a Estados Unidos).

Ernst von Salomon propone ahora una lectura independiente de los grandes teóricos de la izquierda internacional de su época: Mao, Marcuse y, sobre todo, Gramsci. La idea de un «gramscismo salomónico» debería ocuparnos especialmente. La lectura de Gramsci por parte de Salomon, según Fröhlich (p. 365), condujo a una autocrítica de su propia trayectoria como activista, cuando aún no había comprendido que la hegemonía política e institucional se prepara mediante la lucha cultural («la larga marcha a través de las instituciones», para poder infiltrarlas mejor).

Para von Salomon, se trataba de restablecer en Alemania, mediante una acción metapolítica inspirada en Gramsci, un sentimiento nacional propio que debía comenzar con el surgimiento de una «solidaridad de todos los desclasados» (estos constituían una nueva categoría, continuación lógica de los «proscritos»). Esta agrupación de los «desclasados» debía organizarse frente al dominio cultural impuesto por las potencias occidentales (una visión que compartía con Wolfgang Venohr y Armin Mohler, con quienes mantenía correspondencia). Esta solidaridad de los desclasados debía ser a la vez «revolucionaria» y «conservadora» y, en este sentido, «prusiana», más allá de las formas estatales que Prusia había adoptado a lo largo de la historia alemana: el espíritu prusiano, según von Salomon y Venohr, trasciende tales formas, que inevitablemente se cristalizan en algún momento y, por lo tanto, tienen un carácter meramente transitorio.

En el marco de estas nuevas posiciones, a la vez gramscianas y revolucionario-conservadoras, Ernst von Salomon hizo en 1961, por primera vez en su vida, un llamamiento a votar por un partido, la Unión Alemana por la Paz (DFU), un pequeño partido que recomendaba una estrategia transversal de comunistas, socialistas, neutralistas y nacionalistas, que debían luchar juntos contra la integración de la República Federal en las estructuras occidentales, atlánticas y proestadounidenses, y a favor de la reunificación de los dos Estados alemanes desde una perspectiva crítica con Estados Unidos. Pero este entusiasmo (que en Alemania aún no se ha extinguido del todo) resultó ser un fuego de paja, ya que las autoridades de la RDA, representantes de un comunismo anquilosado, por no decir caricaturesco y poco atractivo, decidieron en agosto de 1961 construir el Muro de Berlín. A raíz de ello, los círculos de la DFU se sumieron en interminables debates ideológicos de corte marxista, caracterizados por la esterilidad política y la falta de contundencia. Ernst von Salomon abandonó este círculo de tertulianos, que en las elecciones de septiembre de 1961 solo alcanzó el 1,9 %.

En otro ámbito, el desarrollo de la tecnología militar, con la bomba atómica y los misiles intercontinentales, destruyó la perspectiva militar de Ernst von Salomon: las fronteras de una nación ya no se extienden hasta los puntos que las fuerzas de sus hombres pueden alcanzar como soldados. Por consiguiente, los soldados ya no son los portadores de la nación. Hemos entrado en la era de la omnipotencia de la tecnología, impulsada por una furia destructiva (Ernst Jünger también plantea reflexiones similares). Von Salomon escribe: «La degeneración del fenómeno de la guerra no afecta en primer lugar al hombre común, ni al pueblo, sino al propio guerrero. Esta degeneración devalúa su misión, le quita el honor, le quita todas aquellas virtudes por cuya preservación luchaba el soldado» (Entrevista para la ORTF, 2 de julio de 1972).

El antiguo guerrero Ernst von Salomon se convierte en un opositor a la guerra, no porque la guerra sea una constante antropológica negativa, sino porque rechaza toda «guerra justa» en el sentido estadounidense. Este ius ad bellum, al que Washington recurre constantemente, solo sirve ya para imponer las pretensiones de universalidad del liberalismo, que exige la sumisión incondicional de los pueblos declarados «enemigos», con los que nunca se firma la paz, sino a los que se les exige una adaptación completa a las normas occidentales. La paz, concebida en su día como el objetivo de todo conflicto, ya no es alcanzable en el contexto de la americanización generalizada. Sin la perspectiva de la paz, el sacrificio del soldado en el campo de batalla ha perdido todo sentido. La occidentalización perpetúa un estado de guerra sin sentido, porque el liberalismo occidental priva a las personas de todo sentido de su existencia. A la luz de la evolución de la OTAN y de la guerra contra Irán, esto no podría ser más actual.

¿Se puede aniquilar una civilización en nombre de la democracia?

Aunque nuestros medios de difusión nos llaman a creerlo, la República Islámica de Irán no es un régimen totalitario, en todo caso no más que nuestros propios regímenes occidentales. Irán es una civilización mucho más antigua que Occidente. Sus habitantes tienen virtudes que nosotros no tenemos. No sólo nadie debe sentir orgullo por tratar de acabar con ellos sino que incluso deberíamos escucharlos.


Estamos asistiendo, estupefactos, a una guerra de nuevo tipo y sin entenderla. La intensa sucesión de fenómenos oscurece nuestro entendimiento:

Por un lado, seguimos hipnotizados por la superioridad militar de Occidente, el factor que hizo que nuestros países dominaran el mundo durante cinco siglos. Somos incapaces de reconocer que pueblos que aún caminan descalzos pueden ser más civilizados que nosotros. Pero a los iraníes no les interesan nuestras comodidades ni nuestro lujo. No por ello dejan de ser lo que son desde mucho antes que nosotros, un pueblo de ingenieros, con una educación científica mucho más profunda que la nuestra.

La civilización de los iraníes se caracteriza, primeramente, por una voluntad individual de hierro, que no podemos ni siquiera imaginar. En los museos iraníes se ven obras que son fruto de toda una vida de trabajo. Eso no existe en Occidente, donde se suele creer que creación y concentración son incompatibles. Los iraníes perciben el tiempo sólo desde la perspectiva de la duración, nunca en su brevedad. La segunda característica de su civilización es más común: ellos organizan su vida alrededor de la percepción de realidades espirituales. Así estaban organizadas las sociedades occidentales al final de la Edad Media y en tiempos del Renacimiento. Hoy no es así y en Occidente creemos que en eso consiste el progreso. Ellos no. Esas dos características de su civilización, los hace valorar la conciencia más que la ebriedad.

Por supuesto, entre los iraníes existen los mismos vicios que en Occidente. Por ejemplo, en Irán hay tantos drogadictos como en Occidente. La diferencia está en el hecho que, en Occidente, la drogadicción se ve como algo tan banal que el público ni siquiera reacciona cuando los políticos consumen cocaína, algo inconcebible para los iraníes.

Occidente está tan imbuido de su supuesta «superioridad» que ignora la cultura iraní. Pero Irán es una gran civilización, desde el primer milenio antes de nuestra era, mucho antes de que existiera la Atenas de Pericles, desde los tiempos en que los europeos no eran más que más que un puñado de tribus dispersas. En cierto sentido, es incluso normal que los occidentales ignoren esa civilización ya que en nuestras escuelas sólo se habla de su cultura cuando se mencionan las «guerras medicas», o guerras «greco-pérsicas». Hemos oído hablar vagamente de las batallas de Maratón, de las Termópilas y de Salamina… y eso es todo. Sentimos orgullo, con razón, cuando nos cuentan la victoria de los griegos, por su unidad y su astucia, y no vamos más allá.

La civilización de los iraníes está, en sí misma, profundamente marcada por su contacto con la civilización china. En el siglo V antes de nuestra era, ya había estatuas chinas en el gran palacio de Persépolis. Pero lo más importante es que la civilización de los iraníes dio origen a la civilización árabe. Los grandes matemáticos árabes, los grandes astrónomos árabes, los grandes médicos árabes, los grandes poetas de la lengua árabe no eran árabes sino persas. Algunos de los iraníes de hoy conservan incluso cierto sentimiento de superioridad en relación con los árabes.

En el siglo XVI, Irán era un imperio musulmán sunita, pero la dinastía safávida quiso dar a su imperio una identidad diferente a la de su rival, el imperio otomano. Fue así como la dinastía safávida convirtió su población al islam chiita. El reinado de Ismail I estuvo marcado por una guerra de religión cuyo objetivo fue imponer el chiismo mediante el uso de la fuerza. Para instaurar el islam chiita, Ismail I se apoyó en los ulemas chiitas del sur del Líbano.

Eso significa que la relación entre Irán y el Hezbolá libanés no es lo que se cree en Occidente. Todavía hoy los estudiantes de teología iraníes viajan al Líbano para perfeccionar sus estudios. En el Líbano, cuando Hezbolá me albergó en una de sus residencias, la mayoría de las personas albergadas allí eran ulemas iraníes.

Habitualmente se explica la diferencia entre los musulmanes sunitas y los chiitas como un pleito por la sucesión, pero en realidad se trata de dos mundos diferentes. En el mundo islámico, cada región tiene su propia cultura. El islam africano no se parece al islam de China. Los iraníes construyen sus mezquitas en lugares bajos y con pocas ventanas abiertas. Dentro de ellas, en una semi penumbra, las paredes se recubren de pedazos de espejos, creando una atmósfera que invita a la meditación, a la reflexión sobre uno mismo.

Tampoco se entienden en Occidente los lazos que unen a los chiitas árabes con Irán. El mensaje del imam Khomeiny, el padre de la revolución islámica iraní, los transformó a todos. Algunos no siguieron después al «sucesor» institucional de Khomeiny, el ayatola Alí Khamenei, cuando este último redefinió el Velayat-e faqih, o sea el papel de «los sabios» en el gobierno de la gente. Contrariamente a una creencia muy extendida, hombres como el jeque Mohammad Hussein Fadlallah, el padre espiritual de Hezbolá, nunca siguieron al ayatola Khamenei en su sueño de autoridad sobre todos los chiitas.

El Irán revolucionario ejerció una verdadera fascinación, no sólo entre los chiitas del mundo entero sino también entre los demás musulmanes e incluso entre los no musulmanes. Su mensaje era que es posible, a fin de cuentas, liberar a los pueblos del colonialismo y vivir con justicia, en un océano de injusticia, sacrificando su propia vida por ese ideal. A los chiitas que abrazaban ese ideal, Irán les enseñó a seguir el ejemplo del imam Khomeiny. Bajo los presidentes Hachemi Rafsandyani y Mohammad Khatami, Irán pensó en defenderse apoyándose en sus admiradores extranjeros. Aquella fue la época de los «proxis», como los llaman los anglosajones. Pero aquel periodo terminó con la llegada al poder del presidente Mahmud Ahmadineyad y, sobre todo, con el general Qassem Soleimani. Hoy se puede decir que Irán ya no tiene «proxis», diga lo que diga la propaganda occidental. Aunque reciban armamento de Irán, cada grupo es ahora independiente.

Hoy en día, por ejemplo, el Hezbolá libanés no lucha contra Israel por solidaridad con Irán sino porque Israel ocupa militarmente parte del Líbano, en violación del acuerdo de alto al fuego del 26 de noviembre de 2024.

En Occidente se acepta que los líderes iraníes sean asesinados. Los occidentales ven esos asesinatos como un «mal necesario». Ven a Irán como un país «totalitario» que oprime a las mujeres. Pero esa es una manera de interpretar una parte de lo que vemos sin tratar de entender todo el conjunto.

No cabe duda de que Irán está siendo gobernado por una generación que no entiende a su juventud. Pero en Occidente interpretamos ese problema generacional como una discriminación hacia las mujeres y creemos que el gobierno les cierra el acceso a los cargos de responsabilidad. No se tiene en cuenta que Irán sufrió una guerra impuesta por Iraq y que en esa guerra Irán perdió gran parte de sus hombres. Como en la Europa posterior a la 1GM, Irán tuvo que aceptar una mayoría de mujeres en la administración. Hoy las mujeres están presentes en todos los niveles de la sociedad iraní. Es cierto que no dirigen los rituales religiosos ni las fuerzas armadas, pero en Occidente las mujeres tampoco son precisamente numerosas en ese tipo de actividades.

En Occidente también se considera extraño que las mujeres tengan que usar el velo islámico, pero no tenemos en cuenta que los hombres iraníes también están obligados a dejarse crecer la barba. También ignoramos el hecho que numerosos políticos iraníes —principalmente el presidente Mahmud Ahmadineyad— trataron de dejar atrás esos comportamientos y creemos que la imposición del velo a las mujeres es lo que define al gobierno de Irán. Ignoramos que la indumentaria negra que porta una parte de las mujeres iraníes —indumentaria por demás similar a la que portan las religiosas cristianas— no es una muestra de sumisión sino parte de un código. En la administración iraní, las mujeres vestidas de negro son tan numerosas como los hombres que portan traje de dos piezas y corbata en las administraciones occidentales.

Occidente ignora el nivel intelectual de los iraníes en general. Por ejemplo, lejos de ser un individuo obcecado por un diabólico deseo de oprimir el pueblo, el asesinado Alí Larijani era un filósofo, especializado en la obra de Kant, interesado en el estudio de los criterios —¿lógica o intuición?— que llevan una persona a aceptar o rechazar una proposición. ¿Cuántos dirigentes así tenemos en Europa?

Para terminar, digamos algo sobre la violencia en Irán. En todas las épocas, Irán ha vivido en una cultura sangrienta. Todas las organizaciones de defensa de los derechos humanos han reconocido que, en los años 1960, el régimen del shah Mohamed Reza Pahlevi era el más represivo del planeta. Pero, como pueblo, los iraníes siempre han sido contrarios a los castigos colectivos. Es cierto que la República Islámica ha recurrido con frecuencia a la pena de muerte, pero nunca a castigos contra familias ni contra grupos de personas.

En Occidente se afirma que en Irán los homosexuales son enviados a la horca, eso no es cierto. En cambio, los violadores de niños sí son condenados a la horca. Y la cultura popular iraní sigue asimilando la homosexualidad a la pedofilia, como sucedía en Europa hace sólo una treintena de años. Yo mismo soy testigo de que algunos iraníes ven con desprecio a los homosexuales iraníes, pero también soy testigo de que ese prejuicio es menos frecuente en Irán que en Europa y de que los homosexuales iraníes ciertamente no hacen ostentación de lo que son… pero tampoco se esconden. El ayatola Mojtaba Khamenei, que acaba de ser designado Guía Supremo, es notoriamente homosexual. Eso indica que la República Islámica no es intrínsecamente estúpida, como tampoco lo es la oposición. Y también puedo decir que, siendo yo conocido por mi amistad con el presidente Mahmud Ahmadineyad quienes hicieron campaña contra mí por mi homosexualidad fueron los llamados «progresistas» proestadounidenses.

Los iraníes son como nosotros. Capaces de mostrarse puritanos en el ámbito público siendo liberales en privado, lo cual hace decir a quienes no los entienden que son un pueblo de hipócritas. En realidad, sólo difieren de nosotros en su definición de la libertad y de las conveniencias.

Cuando Khomeiny, en reacción al uso de gases tóxicos por parte de Iraq, declaró que la moral prohibía que Irán recurriese al uso de armas de destrucción masiva, no fue difícil para él lograr que los iraníes aceptaran su fatwa en ese sentido. Y si la guerra duró un año más fue precisamente porque la República Islámica se había impuesto a sí misma aquella limitación. Ese hecho de la historia reciente de Irán hace que sean absurdas las acusaciones de que los iraníes esconden un hipotético programa nuclear de carácter militar. Además de que el concepto de taqiyya (disimulación) no tiene absolutamente nada que ver con el islam chiita, esas acusaciones occidentales ignoran otro aspecto esencial de la cultura iraní: la responsabilidad individual. Irán rechaza toda forma de castigo colectivo.

Quiero subrayar que en Irán nunca temí al poder político ni al poder militar, pero siempre sentí que tenía que protegerme del poder judicial. Los jueces, que aplican su interpretación personal de la ley islámica, me parecieron a menudo fanáticos. Tuve la oportunidad de conversar y debatir con los más altos responsables de ese medio y me parecieron a menudo gente que condenaba a los acusados olvidando su dimensión de seres humanos.

A modo de conclusión, quiero resaltar que en Irán encontré muchísima gente sincera, personas capaces de asumir los mayores sacrificios. Sé que no todos son así y que también existen iraníes que sólo se interesan por el dinero… como los occidentales.

EL ERROR ESCATOLÓGICO DE THIEL.

 

Es positivo que Thiel hable del Anticristo y del Katechon. Estos temas son realmente relevantes hoy en día. Pero lo que dice es totalmente confuso. Reduce el Anticristo únicamente al globalismo liberal de izquierdas (Gobierno Mundial, Soros, Greta), aunque esta interpretación es parcialmente cierte y ellos hacen parte del enemigo.

Pero su interpretación el identifica a la IA, la alta tecnología y el aceleracionismo posliberal con el Katechon, idea bastante extraña y totalmente inadecuada. El Katechon de C. Schmitt es el Estado organizado verticalmente, el Leviatán. La versión más auténtica es el Imperio cristiano: bizantino para nosotros, romano para los católicos.

La transformación poshumanista de los cuerpos, el control total de Palantir, la genética y las élites de Epstein que gobiernan el mundo desde sus búnkeres no tienen absolutamente nada que ver con Katechon. Es más bien la otra cara del Anticristo. El Anticristo es el Enemigo (antikeimenos) del Katechon.

Así pues, la Rusia katechónica lucha contra el gobierno mundial, pero el proyecto de Thiel no es una alternativa. Es parte del proyecto del Anticristo.

Por cierto, la profecía cristiana ortodoxa identifica también al Mesías judío con el Anticristo. Tercer aspecto que explica nuestra actitud hacia el sionismo. La teología dispensacionalista protestante y el sionismo cristiano evangélico pertenecen al mismo grupo de conceptos.

Es interesante que la escatología islámica (no solo chiíta, sino también suní —excepto los salafistas, wahabíes y el ISIS controlados por el Mossad—) coincida más o menos con la cristiana ortodoxa. Los musulmanes interpretan el sionismo y el Occidente moderno en general como el Dajjal (=Anticristo). Exactamente igual que nosotros.

Según algunos hadices, la batalla final será entre el Dajjal (sionismo/dispensacionalistas estadounidenses) por un lado y la alianza del Islam (Mahdi) y Rum (cristianismo ortodoxo —Katechon)— por el otro.

Los «tech bros» (Alex Karp y otros) están claramente del lado del Anticristo. Simplemente invitan a quitarse las máscaras del liberalismo e imponer directamente el dominio del Anticristo.

También está el israelismo británico, que afirma que los anglosajones son las diez tribus perdidas del antiguo Israel. De ahí el mesianismo anglosajón puro, la hegemonía, Cecil Rhodes y la geopolítica talasocrática de Mackinder/Brzezinski. Una cara más del Anticristo.

Ahí es donde nos encontramos.

EL EJEMPLO DE IRÁN COMO VOLUNTAD DE VICTORIA.

 

Irán es un ejemplo de fortaleza, cohesión espiritual, serenidad, valentía e intransigencia. Es un ejemplo para nosotros. Es lo que inspira a nuestros combatientes. Y nosotros también resistiremos hasta la victoria. Irán ya está empezando a ganar. Los discursos de Trump se vuelven confusos y cada vez más lamentables. Hoy ha dicho: «Irán, al causarnos tal daño, ha actuado de forma desleal (not fair)».

Así piensan y hablan todos esos demonios occidentales. Cuando mueren niños iraníes o rusos, se lo tienen merecido. Cuando tienen que sacrificar algo (por ejemplo, a Netanyahu, que probablemente esté en coma, en el más allá o se ha fugado por motivos económicos), eso ya es «injusto». Con los seguidores de Epstein solo se puede tratar desde una posición de fuerza. Irán se comporta así y hace muy bien. Ha quemado la estatua de Baal. Baal respondió, pero también existe un poder que resiste a Baal. La civilización de la Luz destruirá la civilización de Epstein. No hay duda.

Llevamos cuatro años en guerra con Occidente, pero nunca antes ni en ningún otro sitio habíamos hablado en serio y directamente sobre la victoria sobre Occidente. En cambio, Irán habla y plantea condiciones a Occidente desde una posición de fuerza. Y vence.

Tenemos que ser más decididos. Y, por supuesto, acabar radicalmente con todo el legado de Yeltsin. Todo eso nos lastra como un peso muerto.

Por cierto, en ninguna publicación ni declaración Irán nos ha reprochado ni una sola palabra (y a China tampoco). Eso significa que lo estamos haciendo todo bien. Luchamos por un mundo multipolar. Hay que seguir así. Pero todas esas estrategias ocultas y a medias se han agotado.

Para la victoria se necesita, ante todo, una voluntad firme y duradera. Irán nos da un ejemplo de lo que eso significa en la práctica.

Y, además, creo que Rusia necesita un Cuerpo de Guardias de la Revolución Conservadora Rusa. Ese es el pilar fundamental: una estructura de poder consolidada, altamente motivada e ideológicamente extremista. Es lo mismo que el PCCh en China y el IRGC en Irán. Así es como un país está a salvo.

«La unidad no se percató de la pérdida de un combatiente». Yegor Letov reflexionaba sobre estas líneas. «No hubo principio, no hubo fin. El destacamento no se percató de la pérdida de un combatiente». ¿Qué significan?

La idea es más importante que las personas. El espíritu es más importante que la carne. La patria es más importante que la muerte. Tanto para el combatiente en el frente, como para la madre que cría a sus hijos —nuevos combatientes y madres—, para el gobernante, que desde su torre observa con inquietud la ciudad paralizada, para el funcionario que se dirige a la línea de contacto para estar junto a su pueblo, y para el artista que canta canciones que inspiran a la hazaña, para el ingeniero que inventa las armas que acercarán la Victoria. Para la gente del frente y de la retaguardia no debe haber nada más importante que Dios, el Estado y el Pueblo.

Y el Cuerpo de Guardias de la Revolución Conservadora Rusa velará por que nadie se desvíe de esta línea lo suficiente como para constituir una amenaza.

Solo juntos podremos vencer al enemigo. Y que «la tropa no note la pérdida de los combatientes». Por cada caído se levantarán miles; de su mágico cuerpo destrozado nacerán semillas de nuevas almas rusas, movilizadas al frente eterno de la guerra de la luz.

El individuo no es nada, la personalidad lo es todo solo cuando está llena de luz. Y cuanto menos «yo» haya en nosotros, más Dios habrá en nosotros.

ESTADOS UNIDOS HA COMENZADO A PERDER.

 

Presentador: El tema principal de este programa sigue siendo, sin duda, el mismo y, al parecer, nos acompañará durante mucho tiempo. Nos referimos a la guerra en el Golfo Pérsico, a la guerra en Oriente Próximo. No hay otra forma de describir lo que está ocurriendo: no se trata simplemente de un conflicto ni de un recrudecimiento temporal, sino de una guerra en toda regla. Dado que tenemos la intención de debatirlo en detalle, permítame preguntarle: en su opinión, ¿todo lo que está ocurriendo ahora en la región es realmente algo serio y duradero?

Aleksandr Duguin: Me parece que en nuestro mundo volátil, donde todo está al límite y pende de un hilo, podemos enfrentarnos a los giros más increíbles. Por eso no creo en ningún análisis que afirme: «esto va a durar mucho tiempo y/o lo sabemos con certeza» o «esto está a punto de terminar y lo sabemos con certeza». No me atrevo a asumir tal responsabilidad. Creo que hay que seguir los acontecimientos, tratando de comprender su significado y ver cómo se desarrollan. Las predicciones de que todo terminará en seis meses o se prolongará hasta el infinito se desmoronan constantemente. Me parece que no es muy responsable hacer predicciones de este tipo. Simplemente, la guerra sigue y sigue, no ha terminado.

Comparemos: Trump tenía la intención de terminarla en unas horas, luego en unos días, pero ya lleva dos semanas y se desarrolla de forma totalmente diferente a aquella guerra de 12 días entre Israel e Irán, que tuvo lugar hace poco menos de un año con la participación de EE.UU. Esta es una guerra diferente en todos los aspectos, incomparable con la anterior. Se trata de una guerra radical que ya ha acarreado pérdidas colosales a Irán: se ha destruido prácticamente todo el liderazgo religioso, político y militar del país, han muerto personas y se está llevando a cabo un bombardeo masivo de ciudades e instalaciones económicas iraníes. Irán responde a esto con una resistencia sin precedentes: no se rinde y, lo más importante, no negocia con el agresor. Irán bombardea a Israel de forma regular y masiva. Esta información es censurada porque la mayor parte de la prensa estadounidense está del lado de EE.UU. —son parte de este conflicto—, por lo que Estados Unidos oculta la situación real en Israel. Israel se está convirtiendo poco a poco en Gaza, es decir, cada vez se destruyen más instalaciones económicas, militares y civiles.

Se está gestando una auténtica revuelta, por lo que no descarto que se produzca un cambio de régimen no en Irán, sino en Israel —precisamente porque Netanyahu ha desaparecido y se está intentando explicar de alguna manera su ausencia. En algunos casos se trata, sin duda, de un bulo artificial; en otros, es difícil determinar la verdad, pero, en cualquier caso, algo está pasando en Israel: con Ben-Gvir, con Netanyahu, con la sociedad, con la estrategia militar y, sencillamente, con la población, de lo que aún no sabemos nada. A juzgar por la información fragmentaria, duramente censurada en Occidente, Israel se está convirtiendo poco a poco en Gaza. Los misiles iraníes llegan, atraviesan el «Domo de Hierro» y alcanzan sus objetivos. ¿Cuáles exactamente? ¿En qué medida? —En mi opinión, es imposible afirmar algo concreto a tal escala. Los iraníes dan su punto de vista, Occidente el suyo. A juzgar por todo, los daños que sufre ahora Israel son mucho mayores de lo que se suponía o se informa en Occidente, aunque, por supuesto, menores que según los datos de la parte iraní. La verdad está en algún punto intermedio, pero se trata de daños muy graves que Israel, sin duda, no había previsto durante la primera guerra de doce días con Irán. ¿Y cuál es la magnitud de las pérdidas? Por ahora es difícil determinarlo, pero es absolutamente evidente que Irán ha aplicado una táctica muy eficaz: ha cerrado el estrecho de Ormuz, ha lanzado ataques contra los principales centros económicos y de redes de información en los países árabes y ha alcanzado los edificios de las embajadas estadounidenses, centros de inteligencia e instalaciones energéticas.

Es decir, Irán, al no tener la capacidad de alcanzar a sus principales adversarios —Estados Unidos—, ya que realmente carece del poderío necesario para ello, lanzó ataques muy eficaces contra bases militares y objetivos locales desde cuyo territorio se le atacaba y con ello cambió por completo el equilibrio de fuerzas en esta situación. Esto ocurrió no tanto por la vía militar, aunque también por ella, como por la económica. El bloqueo del estrecho de Ormuz, así como el posible bloqueo por parte de los hutíes de otro estrecho —el de Bab el Mandeb, es decir, el acceso al mar Rojo—, pone de hecho en peligro todo el sistema energético mundial. Los «Nord Stream» rusos fueron volados por los mismos estadounidenses a través de sus satélites ucranianos; el mundo ya estaba aislado del petróleo ruso por duras sanciones y ahora pierde una segunda fuente de hidrocarburos: Oriente Próximo, que está bloqueado. Esto supondrá un golpe colosal para la economía mundial y somos testigos de ello. En otras palabras, Irán ha elegido una forma de hacer la guerra que realmente obliga al enemigo a reflexionar sobre sus acciones.

Y aquí vemos signos de pánico en la Casa Blanca, porque Trump ahora cambia sus declaraciones todos los días, incluso varias veces al día. Un momento se jacta de que él solo resolverá el problema con Irán, y al siguiente dice: «Vengan todos, ayúdennos a patrullar los petroleros en el golfo de Ormuz», e invita allí —piénsenlo bien— a China. Es decir, no solo los países europeos, a los que acaba de insultar, humillar y tildar de lo peor, sino que ahora también China debe lidiar con las consecuencias de su acción agresiva, totalmente injustificada, contra el pueblo y el Estado iraníes. ¿Y qué vemos? Que todos se niegan a hacerlo. Algunos dudaban: Starmer, Macron, Merz... unos enviarían barcos, otros no. Ahora vemos que incluso Meloni se niega a participar, aunque ella, en general, es aliada de Trump. Resulta que Trump no entiende muy bien lo que está haciendo.

Y ahora aparecen cada vez más publicaciones en las redes sociales estadounidenses: «Nos gobierna un loco, nos gobierna un maníaco que ha perdido la cabeza, un paranoico». Y si recordamos además esas oscuras historias del caso Epstein, el panorama se vuelve verdaderamente espantoso: al frente de una potencia nuclear está un maníaco impredecible e inestable, cuyas declaraciones y acciones no siguen ninguna lógica, ni siquiera la más elemental. Ya no se trata de lógica: por la mañana hace una cosa, por la tarde otra, por la noche dice una tercera y a la mañana siguiente todo vuelve a empezar. Esto se refiere al juego con las tarifas y las sanciones. Da la impresión de que al frente de la mayor potencia mundial se encuentra una persona gravemente enferma, mentalmente anómala, que, al parecer, tiene además un terrible historial criminal.

En consecuencia, ¿cómo seguir proyectando y pronosticando la situación? Todo comenzó con un único cálculo: que Irán empezaría rápidamente a negociar en los términos estadounidenses, es decir, que, en esencia, reconocería su derrota y aceptaría las exigencias de EE.UU. Pero todo sucedió de otra manera. Han llegado al poder fuerzas mucho más radicales. Ahora, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, en esencia, dirige esta guerra: se trata de personas despiadadas que han perdido a su líder espiritual y político, a sus hijos. Y Irán, en mi opinión, aguantará hasta el final. Y si resiste hasta el final, nadie sabe con certeza qué significa «el final» en esta situación. Ya sean ataques nucleares o una operación terrestre, tampoco se puede decir si surtirá efecto. ¿Sobrevivirá Israel, aguantará algún tiempo más, o simplemente dejará de existir como tal en un futuro próximo? Porque si comparamos a Israel con Irán, y más aún con el mundo islámico, comprendemos que no es más que una pequeña base militar estadounidense —muy activa, muy descarada—, pero, a fin de cuentas, no es un país, ni un Estado, ni una civilización. Es una especie de comunidad en red que vive a costa de la manipulación de otros países: Estados Unidos a través de sus lobbies, Europa y el mundo árabe.

Es decir, si ahora este conflicto se está convirtiendo cada vez más en un conflicto de civilizaciones y acaba de transformarse en tal, y el factor religioso en ambos bandos no hace más que aumentar día a día, creo que, con cierta probabilidad, se puede suponer que Israel será borrado de la faz de la tierra. En realidad, este Estado en su forma actual no existe desde hace mucho tiempo. En gran medida se trata de una construcción artificial que, en esencia, representa una especie de representante del Occidente en Oriente Próximo.

¿Hasta qué punto lo defenderán y qué quedará allí para defender? Bueno, quizá quede algo. Pero todo adquiere un carácter cada vez más siniestro y, en mi opinión, nos hemos acercado a un punto en el que una de las partes —ya sea Israel o Estados Unidos— podría lanzar un ataque con armas nucleares tácticas contra el territorio iraní. Si Irán sigue actuando con la misma eficacia y éxito, sin duda sufrirá enormes pérdidas y las ciudades iraníes también se verán afectadas, pero fíjense en el mapa: cómo es Irán y cómo es Israel. Israel, en comparación con Irán, es mucho más pequeño que Gaza en comparación con el propio Israel. Vemos que Israel ha convertido Gaza en un montón de escombros. En teoría, convertir a Israel en una Gaza igual es perfectamente posible. Sobre todo porque, poco a poco, directa o indirectamente, todos los demás se están viendo arrastrados a esta guerra. Hay quien dice que ahora no apoyará a Trump. Por cierto, Japón se ha negado a enviar allí su flota para patrullar los barcos en el golfo de Ormuz y entonces Trump declara: esto no es asunto nuestro, tenemos suficiente petróleo propio, y si necesitáis petróleo, id y patrullad vosotros mismos.

Él empezó todo esto, él asestó un golpe a Irán. Él provocó estas represalias, que han afectado a sus propios aliados —los Emiratos Árabes, Catar, Baréin, Kuwait— y ahora dice: «Me lavo las manos, tengo suficiente petróleo propio; si tenéis algún problema, id y defended vosotros mismos vuestros petroleros en el golfo de Ormuz». Esto no tiene ningún sentido. Hemos visto a diferentes dirigentes en Estados Unidos, en Europa, y también nosotros mismos hemos tenido diferentes líderes —y algunos se encontraban al límite de la cordura, es comprensible, en el mundo estas cosas pasan. Pero lo que vemos hoy, esa criatura que está al frente de Estados Unidos en este momento, es realmente motivo de gran alarma, porque no hay ninguna lógica en sus acciones. Hoy dice una cosa, mañana otra, pasado mañana una tercera. Mientras aún no se haya vuelto contra nosotros, no haya dirigido hacia nosotros su frenético arrebato de agresividad —es más, de alguna manera mantiene este tema a raya—, claramente considera que hay que actuar con coherencia. Ahora ya tiene dos frentes activos: Hispanoamérica, Venezuela, Cuba, que hay que mantener —está preparando una invasión, imponiéndole sanciones y organizando un bloqueo—. Está directamente involucrado en la guerra en Oriente Medio, que no parece que vaya a terminar, y más allá, en la agenda, está China con Taiwán. El tema de Ucrania claramente no es una prioridad para él en este momento. Pero si estas acciones agresivas le salieran bien, todo se acercaría a nosotros. Aquí hay que entenderlo bien: Irán es ahora un escudo para nosotros y para China, porque los siguientes somos nosotros. Y, por supuesto, para Trump, iniciar una agresión en todos los frentes, sobre todo en su estado de incompetencia, es demasiado. Pero debemos entender con quién estamos lidiando. Cualquier idea de que se pueda llegar a un acuerdo con este sistema, de que se pueda encontrar un lenguaje común con estas fuerzas, todo eso se ha derrumbado. Lo intentamos, nos esforzamos y, por cierto, lo hicimos muy bien. Porque cuando llegó Trump, presentó un programa bastante acertado, y a su alrededor se unieron personas bastante decentes, serias y coherentes. Ahora los ha echado a todos —a los últimos los despidió literalmente ayer—. Dijo: «Solo tengo a mi amigo Mark Levin, Laura Loomer y Lindsey Graham, y a todos los demás que no aprecian a mis amigos, los odia toda América, incluidos los conservadores, la derecha y la izquierda». En primer lugar, este trío son unos monstruos, físicamente repulsivos; en segundo lugar, son absolutamente desagradables, carecen por completo de carisma. Es decir, en el entorno de Trump, todas las personas decentes se han marchado o ahora no comentan nada: J. D. Vance, Tucker Carlson, Megan Kelly... todos han adoptado una nueva postura.

Esto es lo que quiero decir: Trump se encuentra en una situación desesperada. Eso es lo que hay que entender. Por eso, su forma de actuar tanto en la guerra como en la política internacional en general es extremadamente peligrosa. Debemos ser extremadamente cautelosos en una situación así.

Presentador: Intentemos debatir esto con algo más de detalle, pues en sus palabras hay muchos aspectos que requieren atención. Empecemos por el ataque de USRAEL (EE.UU. e Israel) a Irán y los contraataques de Irán contra las monarquías de Oriente Medio. Según la información más reciente, el PIB de Kuwait y Catar ya ha caído un 14% y sigue descendiendo: se están cerrando refinerías de petróleo y todo el sector petrolero de la región se encuentra estancado. Es evidente que Irán lo está haciendo a propósito. A juzgar incluso por las palabras de Donald Trump que usted ha citado, él también está de acuerdo en que las monarquías del Golfo Pérsico ya no le interesan como fuente de petróleo. Mi siguiente pregunta es: ¿a quién beneficia, en su opinión, este conflicto? Al fin y al cabo, las razones públicas y formales eran inventadas; todos sabemos que ya nadie se acuerda siquiera de las armas nucleares de Irán. ¿Cómo definiría usted la idea inicial de este incendio? ¿Quién debía salir ganando, quién quiere salir ganando y de qué manera?

Aleksandr Duguin: Me parece que vivimos en varios planos a la vez: el geopolítico, el económico y el de la ideología religiosa. Por lo general, solemos pensar que la ideología religiosa es una tontería sin importancia, porque solo gobiernan las fuerzas materiales. Pero eso es un error. Los tres participantes en este conflicto están motivados en gran medida por la idea del fin de los tiempos y estas ideas son diametralmente opuestas.

Por un lado, está la idea del «Gran Israel», que defiende Netanyahu: se trata de la guerra de los últimos días que libra contra el llamado Amalek, es decir, Irán. El resultado de esta lucha debe ser la llegada del Mesías y para ello se están preparando ciertos rituales. Se ha creado el Sanedrín, se han traído vacas rojas que deben ser sacrificadas y se están realizando los preparativos para la construcción del Tercer Templo. Se está formando al sumo sacerdote, que no toca el suelo y al que llevan en una litera. Se prepara una explosión en la mezquita de Al-Aqsa y hace literalmente dos días, por primera vez en toda la historia de Israel, se prohibieron los servicios religiosos durante el Ramadán. Esta es la realidad de la política israelí, que utiliza cualquier medio para impulsar el proyecto mesiánico.

El sionismo cristiano en el entorno de Trump también se ha convertido en una fuerza dominante. Paula White, líder de los dispensacionalistas evangélicos, que celebra servicios religiosos en la Casa Blanca, afirma que la profecía se está cumpliendo, que se acerca el fin del mundo y que por eso Israel es tan importante: recemos por él y matemos a todos sus enemigos. No hay que subestimar el grado de fanatismo religioso en Israel y en EE.UU. Antes parecía una excentricidad secundaria, pero ahora se ha convertido en un factor de la gran política. Irán responde de la misma manera, considerando a Trump y a Netanyahu como el Dajjal, el enemigo. La geopolítica resulta aquí secundaria.

No obstante, también hay cierta lógica en ello. Si Trump quiere afianzar el dominio unipolar de EE.UU., le interesa romper los contactos económicos entre Rusia y el resto del mundo. En este sentido, sigue consecuentemente la línea de Biden: sanciones, prohibición de comprar nuestro petróleo, ataques a nuestros petroleros... todo esto lo fomenta. Por otro lado, solo queda bloquear el segundo centro mundial de producción energética: Oriente Próximo. Estados Unidos tiene su propio petróleo y gas y está dispuesto a venderlos a precios desorbitados. A esto se suma Venezuela, que Trump considera ya capturada y ocupada con todas sus reservas. Ahí tienen una fuente alternativa de energía mundial: se trata de un modelo hegemónico unipolar y rígido.

La forma en que todo esto se lleva a cabo recuerda a un espectáculo posmoderno paranoico o a una serie sobre un asesino sanguinario. La combinación de la escatología radical que mueve a Israel, el enfrentamiento geopolítico y el cambio en el equilibrio energético dibuja un panorama sombrío: Rusia queda aislada del mundo, se deja fuera de combate una segunda fuente de recursos y todo ello para que Estados Unidos pueda afianzarse en su papel de hegemón mundial, reinando sobre todos en los «tiempos mesiánicos» que se avecinan.

Presentador: Continuemos nuestra conversación, pero desde otro ángulo. A Trump le queda menos de tres semanas para su visita a China. Por un lado, Pekín es el principal adversario geopolítico de EE.UU., algo que se ha declarado oficialmente y no se oculta. Por otro lado, es un país del que Washington no puede prescindir: China es precisamente la fuente de recursos clave y metales raros. Sin ellos, la industria estadounidense —desde la aviación hasta las producciones de alta tecnología— simplemente no puede funcionar. ¿Cómo cree que pueden resolver este dilema tanto en Washington como en Pekín? ¿Qué puede cambiar en general esta visita? Incluso se rumorea que China podría obligar a EE.UU. a ajustar su política en Oriente Próximo, utilizando su base de recursos como palanca de influencia. ¿Qué opina al respecto?

Aleksandr Duguin: En primer lugar, Trump ha declarado hoy que no viajará a China: su agenda está cambiando. Lo que estaba previsto para dentro de tres semanas, en las circunstancias actuales, se ha pospuesto hasta tiempos mejores; aquí cada minuto cuenta. Hace muy poco veía las cadenas occidentales: él dijo que no irá, que primero que envíen ellos los barcos.

De hecho, hay un lado racional: China es un enorme polo de un mundo multipolar con el que hay que contar, al igual que con Rusia, por razones económicas, políticas, militares y nucleares. Y, al mismo tiempo, es evidente que Trump no quiere hacerlo. No quiere tener en cuenta a nadie ni nada: ni a las potencias de segunda categoría, ni siquiera a las de primera. Pero, por ahora, no se atreve a iniciar un conflicto directo con China: algo lo frena, quizá los restos de su anterior cordura, perdida hace tiempo. En principio, no está dispuesto a pisar un terreno tan delicado y conflictivo.

En general, en su mente el mundo es egocéntrico: en él solo hay un centro de toma de decisiones: él mismo. De hecho, se trata de una forma muy grave de paranoia, en la que una persona considera que solo su «yo» está consolidado y es todopoderoso y que todo lo demás es un objeto de su poder y su voluntad, obligado a obedecer. Cuando alguien no obedece, esto le provoca ira, un deseo de venganza y de destruir. A nivel de los objetos más débiles, según él cree, lo consigue: lo consiguió con Maduro, logró acabar con toda la cúpula de Irán, apoyar a Israel en la destrucción de Gaza, ahora está consiguiendo apoderarse de Cuba, humillar a los socios europeos, obligándolos a actuar de la forma más lamentable. Con aquellos con quienes puede llevar a cabo una política de centro paranoico —donde él lo es todo y los demás nada—, la lleva a cabo.

Percibe a la India y a Japón como esclavos. Al parecer, la experiencia de la isla de Epstein —esa regla de dominio absoluto sobre los niños, sobre los débiles, sobre las víctimas— le inculcó esa forma de comportarse tan monstruosa y criminal. Trump se comporta como si estuviera rodeado de las víctimas de Epstein: sumisas, sin derechos, que no responderán. Epstein, para que las víctimas no le mordieran, les sacaba los dientes, ¿se imaginan? Y Trump es participante en esas orgías pedófilas. ¿Qué tiene en la cabeza? ¿Con quién estamos lidiando? Ahora Estados Unidos está horrorizado por esto.

Estamos ante un hombre con esa mentalidad. ¿Cómo ve a Rusia e Irán? Creo que nos ve tanto a nosotros como a China como competidores muy peligrosos, que pueden ser testigos de estos crímenes y son capaces de reaccionar. Por eso, supongo, nos odian de verdad. Pero hay algo que le impide atacar directamente: en economía, en el ámbito militar y en política, depende demasiado de China y de Rusia. Y él tiene otro frente de trabajo. Es decir, para ser más exactos, quizá ya ni siquiera sea un frente de trabajo. Me refiero a Europa.

Presentador: Ha abordado parcialmente la cuestión de Europa en la primera parte, que de nuevo se ha encontrado en una situación extremadamente extraña. Primero, Trump pidió ayuda a los europeos; luego se ofendió con Starmer por haber ofrecido ayuda «en el momento equivocado» y así sucesivamente. En su opinión, ¿posee Europa hoy en día al menos alguna capacidad de acción, no solo en sus relaciones con Trump, sino también en el contexto de la guerra del Golfo, ya que es ella quien sufre este conflicto en primer lugar? ¿Ha conservado la capacidad de influir en al menos alguna de las vicisitudes políticas que se están desarrollando actualmente?

Aleksandr Duguin: Europa, en este caso, si seguimos con la metáfora de la isla de Epstein, actúa como cómplice, como guardia o como peón en esos crímenes atroces que cometen los principales responsables. Tienen un derecho limitado a la libertad, pero, en esencia, no son más que empleados de esa isla. No son los principales criminales, pero tampoco son del todo víctimas. En el fondo, quizá desearían formar parte de la «primera división», pero comprenden que en cualquier momento pueden ser descartados y convertidos en víctimas. El primer ministro de Bélgica habló de la diferencia entre un vasallo y un esclavo, pero en realidad no la hay: al vasallo se le trata con respeto, exigiéndole total sumisión, y al esclavo, sin ningún respeto. En esa situación se encuentra Europa. Si Trump quisiera darle una palmada en la mejilla y decirle: «Bien, me sirves, muy bien», la llamaría «vasallo leal», como hace cuando está de buen humor. Pero si se enfada, trata a sus colaboradores como esclavos: no les da una palmada en la mejilla, sino que les muerde, les pega y les lanza el cenicero a la frente.

La posición del vasallo-esclavo es la siguiente: te han cambiado el amo, ha llegado un loco, pero ¿qué puedes hacer? Puedes esperar a que se lo lleven a un psiquiátrico, puedes sabotear poco a poco, decir que tu departamento no llevará a cabo operaciones delictivas. Pero entonces te despedirán o te relegarán definitivamente a la categoría de víctimas. La Unión Europea actual tiene pocos grados de libertad: creo que sueñan con que este horror termine, con que el maníaco se vaya a algún sitio y puedan volver a su condición de vasallos orgullosos. Mientras tanto, Trump los trata como esclavos desobedientes, ellos intentan resistirse, tratando de escapar de esta persecución hacia la isla de Epstein, encontrándose de hecho en el centro de aquellas fuerzas con las que Trump hace lo que le place.

Aquí se produce una desubjetivación de todos aquellos con quienes Trump trata: él es el único sujeto y todos los demás objetos. A quien se puede convertir en un objeto, de quien se puede burlarse con impunidad, a quien se puede matar o violar, él lo hace. Pero Europa ocupa una posición intermedia: al parecer, también son «invitados» de la isla, que en cualquier momento pueden convertirse en víctimas, pasando de la categoría de violadores a la de violados. Nosotros, China y el gran Irán, que demuestra su dignidad y su renuencia a convertirse en objeto, rechazando la desubjetivación, nos oponemos a este maníaco enloquecido. Lo contenemos: nuestro potencial, nuestras armas nucleares estratégicas, nuestra economía, nuestra voluntad, nuestro presidente y nuestra sociedad, fiel a los valores tradicionales y no a los de Epstein. Hablamos de soberanía y no estamos dispuestos a desempeñar el papel de vasallos, aunque nos mimen y nos cuiden. Ya cumplimos ese papel en 1990 y sabemos cómo acabó.

Cualquier negociación con nosotros y con China supone para Trump una dura prueba psicológica, porque allí ve a sujetos. No es tan fácil desubjetivizarnos y ahí radica el principal problema. Ahora, lo que necesitamos es, apoyando al máximo a Irán, idear una contraestrategia, porque no se puede permitir ese orden mundial: hay que pensar en cómo atar a este alborotador y meterlo en una zona de seguridad. Muchos han debatido hasta qué punto fue visionario nuestro presidente cuando dijo que Kamala Harris habría sido mejor. Todos pensamos que era ironía, creyendo que Trump haría lo que había prometido. Resultó que nuestro presidente había dado en el clavo. Es un hombre sorprendentemente perspicaz, que ve más allá y con mayor profundidad. Lo que estamos viviendo ahora es una catástrofe mundial: un equilibrio al borde de la guerra nuclear precisamente porque al frente de un país gigantesco hay un hombre mentalmente inestable, con pensamientos descabellados, una psique deteriorada y una demencia evidente. Esto es peligroso para todos, por lo que debemos pensar en cómo salvarnos. Por cierto, ya es hora de que Europa acuda a nosotros, pues somos predecibles.

Presentador: Permítame continuar precisamente con esta nota. Si dejamos de lado la personalidad de Trump, vemos que lo que está ocurriendo en Oriente Próximo —un golpe energético y económico— conduce inevitablemente a Europa hacia una catástrofe a gran escala. Prácticamente todos los expertos escriben sobre ello. Resulta que los europeos van al matadero, como esos mismos corderos. Me gustaría entender cuál es la razón de tal comportamiento: ¿es consecuencia de la miopía y la degradación de las élites, que simplemente no se dan cuenta de que esta crisis solo les traerá empobrecimiento y el colapso de la economía, o se trata de una traición consciente por parte de las cúpulas de la Unión Europea, como van der Leyen y otros, que comprenden perfectamente adónde conduce todo esto, pero siguen por ese camino? En su opinión, ¿qué motiva realmente la postura de Europa, que se comporta de forma tan suicida?

Aleksandr Duguin: Simplemente no tienen elección. ¿Acaso la tienen? Son solo parte de este sistema, son simples funcionarios.

Presentador: ¿Pero es que no pueden rebelarse contra Trump, apoyar a Irán, Rusia, China y demás? ¿Se lo imagina?

Aleksandr Duguin: No, por supuesto. ¿Acaso Macron —ese político enérgico cuya orientación es desconocida—, o Merz, el empleado de «BlackRock» que se parece a Himmler en un sueño pesado tras la muerte, o el completo idiota Starmer, van a defender la soberanía europea? Todos aquellos políticos que podían avanzar en esa dirección —Schröder en Alemania o figuras en Francia como Mitterrand y Chirac— se han ido. Esos políticos eran verdaderamente soberanos: aunque actuaran según las reglas del mundo occidental, según las reglas atlantistas, eran personas que defendían la soberanía.

Durante este tiempo se ha producido una serie de cambios en los dirigentes europeos, que se han convertido en meros títeres. Puede que se trate de personas vanidosas, pero no reflejan en absoluto ni los intereses de las sociedades europeas ni las estrategias de la geopolítica europea. En esencia, forman parte de un único sistema americanocéntrico en el que no tienen ninguna libertad. Los líderes globalistas de Estados Unidos formalizaron esa subordinación de las élites de la Unión Europea de manera cortés: hablaban de multilateralismo, de plurilateralidad y afirmaban que «la opinión de los socios es muy importante para nosotros». Es como un contestador automático: «su opinión es muy importante para nosotros», pero en realidad: guárdesela para usted.

Presentador: Entonces, ¿qué es esto, en su opinión: estupidez o traición?

Aleksandr Duguin: Es el resultado de un enorme trabajo: esto no sucedió de la noche a la mañana. No se trata simplemente de estupidez o traición: Europa perdió de hecho su soberanía después de 1945. Tan pronto como Estados Unidos se convirtió en superpotencia, asumió la responsabilidad de los principales problemas político-militares y, posteriormente, económicos de Europa, las competencias del Viejo Mundo no hicieron más que reducirse. Por supuesto, los líderes europeos intentaron en numerosas ocasiones liberarse de esta hegemonía estadounidense y afirmar a Europa como un actor soberano con sus propios intereses, objetivos, tareas y valores; recuérdese, por ejemplo, a De Gaulle, que llegó incluso a salir de la estructura de la OTAN. Pero no lo consiguieron, porque en Washington decían: «¿Para qué separarse? Compartimos valores comunes, os respetamos, sois nuestros socios». Se les llamaba socios, pero en realidad seguían siendo vasallos a los que se trataba «bien». «No hace falta que refuercen su propia identidad, eso es asunto nuestro, nosotros pensamos por ustedes». Como se decía en Alemania: «Dejen de preocuparse por la conciencia, el Führer piensa por ustedes»; ahora ocurre lo mismo: «Líderes europeos, Washington piensa por ustedes».

Y han esperado a que apareciera un maníaco en el centro de este sistema. Por supuesto, no esperaban acabar bajo el dominio de un gobernante absolutamente demente, que ha empezado a burlarse abiertamente de ellos y a humillarlos en público. Les quita la energía y, a las preguntas de «¿por qué?», responde: «porque quise y lo hice, no hay derecho internacional, solo existo yo y mi idea de lo que es moral». Si les interesa el petróleo, por favor, vayan al golfo de Ormuz y luchen contra los iraníes, yo me mantengo al margen. Es muy posible que en unos días anuncie: «He ganado, Estados Unidos ha asestado un golpe demoledor, Irán ya no existe, me lavo las manos». Y todo seguirá igual: los bombardeos de Israel, las explosiones en otras bases, pero Trump insistirá en que todo eso son noticias falsas. Ya está afirmando que todo el daño que sufre Israel es simplemente inteligencia artificial, que ningún misil ha atravesado el «Domo de Hierro», que todo va bien. En un mundo tan alucinatorio y solipsista se puede proclamar la victoria, y Europa se encargará de lidiar con las consecuencias.

¿Y adónde va a ir? El grado de libertad allí es nulo. A estos líderes no les gusta Trump, ¿y quién puede llegar a quererlo? Al mirar a Melania Trump, pienso: ¿qué pasa en su mente?, ¿con quién ha pasado su vida? Es realmente aterrador. ¿Cómo se puede amar a alguien así? Se puede soportar si te has visto en una situación de esclavitud, pero nada más. Tiene una expresión tan severa en el rostro porque comprende que la situación es muy mala, que es una víctima. Quizás incluso esté enviando señales cuando dice: «Soy clarividente, soy una visionaria»; en esencia, grita: «sálvenme».

Presentador: Entonces ella sabe mucho más que nosotros…

Aleksandr Duguin: Sin duda sabe más que nosotros y creo que ese conocimiento le está arruinando la vida. Pero dejémosla en paz. En cuanto a Europa, se ha visto en una situación que ni siquiera es la de una esposa amada, sino la de alguien mucho más desdichado en esta isla de Epstein en la que se ha convertido todo Occidente. Los líderes europeos «han caído en la trampa»: no querían esto, soñaban con otro estatus, querían ser quienes establecen las reglas, pero no ha salido bien. No siento ninguna lástima por ellos: se merecen lo que les está pasando, e incluso algo peor. Por eso debemos apoyarnos exclusivamente en nuestras propias fuerzas, ganar esta guerra, acercarnos a nuestros aliados —Irán, Corea del Norte, China— y buscar otros socios para un mundo multipolar. Hay que convencer a todos aquellos que aún son capaces de ejercer un mínimo de soberanía de lo que les amenaza si se mantiene esta hegemonía y construir nuestro mundo multipolar.

Si en Europa se producen revoluciones y las élites liberales y globalistas de allí son derrocadas, bien, creo que les tenderemos una mano amiga, incluida una «tubería» de ayuda o incluso toda una serie de tuberías. Pero para ello deben acabar ellos mismos con aquellos de quienes se han vuelto dependientes. Los pueblos de Europa sufren doblemente: los gobiernan unos maníacos que, a su vez, se han visto sometidos a un maníaco aún más temible. ¿Te imaginas cómo se sienten? Lo más importante es que ahora ni siquiera les dan de comer. Si antes al menos se proporcionaba sustento a los vasallos y esclavos, ahora el amo se ha negado a alimentarlos y el resto no tenía ninguna intención de entrar por esa puerta. Epstein y Bill Gates discutieron en su día qué hacer con los pobres y llegaron a la conclusión de que había que eliminarlos. En realidad, es posible que ese sea precisamente el plan que se está llevando a cabo ahora.