EL TOMISMO Y LA GUERRA JUSTA


Europa vuelve a gemir en la guerra y por causa de la guerra. Europa torna a ser lo que demasiadas veces fue, un inmenso campo de batalla. También es Europa un juguete en manos de una excrecencia suya cual es la Anglosfera. De la mano de una organización militar que no sirve, en modo alguno, para la defensa común de los europeos sino para la defensa de los intereses angloamericanos, Europa se encamina hacia su suicidio. Está prestándose a la loca política de expansión otanista hacia el Este, buscando hacer además el rodeo de la anaconda, para así estrangular a Rusia y dejarla sin su natural círculo de países asociados y satélites. 

Con la intervención militar especial del ejército ruso en Ucrania, es lógico que regresen a nuestras mentes las clásicas consideraciones filosófico-morales y teológicas sobre la guerra justa. Odiamos la guerra y sabemos que este jinete apocalíptico es la gran calamidad que se cierne sobre la humanidad, persiguiéndola desde que ella vive de forma civilizada por sobre la faz de la tierra. Pero no por ello somos pacifistas, pues tampoco no somos ingenuos utopistas, y vemos una gran locura y fanatismo en el pacifismo. Esto del pacifismo es de locos cuando enfrente se ciernen amenazas muy ciertas y reales. Coincidimos con Spengler cuando éste vio en el pacifismo y en el desprecio por la milicia un mero producto de la decadencia, que ya conocieron los antiguos. Las civilizaciones viejas y cansadas, entre los muros artificiales que separan al cosmopolita, al hedonista apátrida, autista con respecto de la realidad, se permiten dormir en el pacifismo hasta que, un día, se sopetón, los nuevos bárbaros (siempre aparecerán bárbaros en el horizonte) arriban y hacen montañas de cabezas cortadas. Verán las viudas violadas unas como torres de cadáveres alzadas con los pacifistas que les aguardaban con las puertas abiertas y con las manos abiertas y flores en la cabeza.
Un verdadero cristiano ama la paz, pero no es un fanático (ni de la paz ni tampoco de la guerra) y ama la milicia y a los hombres que a ella se entregan pues el caballero cristiano sabe que, en no pocas ocasiones, la fe, la patria y la paz dependen existencialmente de esa milicia. Santo Tomás de Aquino, el gran expositor del catolicismo filosófico, explica de forma meridiana que existen guerras justas. No hay más remedio que guerrear, si el malo existe, si la maldad acecha.

Hoy, en el que tantos ideólogos se lanzan a la condena de Putin, como ayer lo hicieron en los casos de Serbia, de Iraq, de Siria, conviene remover esta falsa idea del Pentágono y de todos sus perros sarnosos y amaestrados: la idea de que sólo los yanquis y sus franquicias (OTAN, UE…) son los únicos con derecho a hacer guerras o a bendecir guerras. Tendrá que llegar un día en que se restaure una civilización cristiana, que se restaure desde los dos alejados meridianos, el hispano-católico al Oeste de España, y el eslavo-ortodoxo, al Oriente de nuestro país. Desde ambos meridianos, abrazando la esfera terrestre por ambas direcciones, la palabra de Cristo Rey podrá ser escuchada por los hombres. Otro concepto de civilización, quizá, concepto cristiano pero no puritano, un concepto católico y ortodoxo, es el que puede renacer de las cenizas, como brote de vida surgido entre los huesos y la ruina, como rayo de luz en medio de la tragedia que sufren nuestros hermanos eslavos.

La guerra no siempre es pecado. Santo Tomás establece la Justicia como criterio. Para que haya guerra justa, en primer lugar, ha de haber un poder público que la emprenda, un príncipe, en el lenguaje de su época. En la Suma Teológica se condena la guerra privada. El príncipe, en lo terreno, es un ejecutor de la justicia divina.
[…] la autoridad del príncipe bajo cuyo mandato se hace la guerra. No incumbe a la persona particular declarar la guerra, porque puede hacer valer su derecho ante tribunal superior; además, la persona particular tampoco tiene competencia para convocar a la colectividad, cosa necesaria para hacer la guerra. Ahora bien, dado que el cuidado de la república ha sido encomendado a los príncipes, a ellos compete defender el bien público de la ciudad, del reino o de la provincia sometidos a su autoridad. Pues bien, del mismo modo que la defienden lícitamente con la espada material contra los perturbadores internos, castigando a los malhechores, a tenor de las palabras del Apóstol: ...porque no en vano lleva la espada, pues ministro es de Dios, un vengador que castiga al que practica lo malo (Rom 13,4), le incumbe también defender el bien público con la espada de la guerra contra los enemigos externos. Por eso se recomienda a los príncipes: Rescatad al débil y al necesitado; libradlos de la mano de los impíos (Sal 81,41), y San Agustín, por su parte, en el libro Contra Fausto. enseña: El orden natural, acomodado a la paz de los mortales, postula que la autoridad y la deliberación de aceptar la guerra pertenezca al príncipe
El segundo requisito es el de la causa justa. Queda excluido el capricho. Se proscribe la arbitrariedad. No está permitida una guerra motivada únicamente por afán de poder o por satisfacción de la concupiscencia de los príncipes o pueblos.
Se requiere, en segundo lugar, causa justa. Es decir, que quienes son atacados lo merezcan por alguna causa. Por eso escribe también San Agustín en el libro Quaest.: Suelen llamarse guerras justas las que vengan las injurias; por ejemplo, si ha habido lugar para castigar al pueblo o a la ciudad que descuida castigar el atropello cometido por los suyos o restituir lo que ha sido injustamente robado.

Queda claro en el texto que existe una justa venganza. Si ha existido una ofensa (material, sangrienta, o incluso una ofensa a la honra), en justicia se puede ir a la guerra. También hay justicia en la guerra cuando el príncipe y sus consejeros observan indicios razonables de que un enemigo, ya interno, ya externo, va a cometer su injuria. Iría en contra de la esencia de la función del príncipe, que no es sino velar por la justicia y el orden, quedarse con los brazos cruzados y esperar una injuria muy probable.

El tercer requisito que el Doctor Angélico establece es el de la recta intención:
Se requiere, finalmente, que sea recta la intención de los contendientes; es decir, una intención encaminada a promover el bien o a evitar el mal. Por eso escribe igualmente San Agustín en el libro De verbis Dom.: Entre los verdaderos adoradores de Dios, las mismas guerras son pacíficas, pues se promueven no por codicia o crueldad, sino por deseo de paz, para frenar a los malos y favorecer a los buenos. Puede, sin embargo, acontecer que, siendo legítima la autoridad de quien declara la guerra y justa también la causa, resulte, no obstante, ilícita por la mala intención. San Agustín escribe en el libro Contra Fausto.: En efecto, el deseo de dañar, la crueldad de vengarse, el ánimo inaplacado e implacable, la ferocidad en la lucha, la pasión de dominar y otras cosas semejantes, son, en justicia, vituperables en las guerras

Dios nos ha creado como hombres, no como ángeles. Entre los hombres anida el mal, y una de las formas en que puede anidar el mal es por medio de un oscurecimiento de nuestros corazones. Incluso asistiéndonos causas razonables y justas, y —por vía de ejemplo— siendo evidente que hemos sido atacados injustamente sin motivo, podemos lanzarnos al combate no ya con el legítimo deseo de reparación del mal sufrido, sino con el deseo sombrío, maligno, de aumentar el daño que le corresponde al enemigo necesitado de castigo. La cólera, el ánimo de causar un daño superior al proporcionado castigo, el deseo irrefrenable de hacer daño más allá de las causas y fuera de los cauces adecuados, esto es lo que resta buena intención a los actos. Se va a una guerra justa con recta intención. Careciendo de ella, la causa justa que permite la guerra, así como todos los antecedentes que justifican romper la paz, se rebajan a la condición de meras excusas. Y no se olvide que la guerra, si es justa, se hace en orden a una paz de nivel superior, de modo análogo a como Dios permite el mal con vistas a la instauración de un bien que también es de índole superior. El caballero cristiano es, en cierto sentido, pacífico cuando combate pues su lucha está subordinada a una paz más elevada, duradera y auténtica.

En la misma Cuestión, en el artículo 3, el Santo Doctor señala que no es lícito engañar al enemigo (estratagemas), y aun con el enemigo se deben respetar los pactos. Esto no significa revelarle los secretos, hacer públicas las intenciones:
Nadie debe engañar al enemigo. En efecto, hay derechos de guerra y pactos que deben cumplirse, incluso entre enemigos, como afirma San Ambrosio en el libro De Officiis:

...Pero hay otro modo de engañar con palabras o con obras; consiste en no dar a conocer nuestro propósito o nuestra intención. Esto no tenemos obligación de hacerlo, ya que, incluso en la doctrina sagrada, hay muchas cosas que es necesario ocultar, sobre todo a los infieles, para que no se burlen, siguiendo lo que leemos en la Escritura: No deis lo santo a los perros (Mt 7,6). Luego con mayor razón deben quedar ocultos al enemigo los planes preparados para combatirle. De ahí que, entre las instrucciones militares, ocupa el primer lugar ocultar los planes, a efectos de impedir que lleguen al enemigo, como puede leerse en Frontino. Este tipo de ocultación pertenece a la categoría de estratagemas que es lícito practicar en guerra justa, y que, hablando con propiedad, no se oponen a la justicia ni a la voluntad ordenada. Sería, en realidad, muestra de voluntad desordenada la de quien pretendiera que nada le ocultaran los demás.

Si guardar secretos o no revelarlo todo, es algo que se hace —y se puede y debe hacer— en doctrina sagrada, qué diremos sobre el arte militar. En estos tiempos que vivimos, en la llamada «sociedad de la información», los Estados son poderosos no sólo por su alcance económico, militar, tecnológico, sino por su capacidad para obtener información de los enemigos, los rivales, e incluso de los socios y amigos, y también por su capacidad para guardarla. 

En el interior de los Estados se da una especie de guerra privada a la que, si no hay derramamiento de sangre, cabría más bien llamar riña. Tomás de Aquino dice que siempre implica pecado —venial o mortal según el nivel de exceso en que la persona incurra— y de él se libra quien de manera justa y con debida moderación se limita a defenderse de las injurias. La política de los Estados democráticos es una permanente riña («demogresca» es como la califica con su fina ironía el escritor Juan Manuel de Prada). Todos riñen y se emborrachan con pasiones desordenadas. A los políticos de hoy, discutidores profesionales, habría que enviarles las palabras de la Summa:
«…la riña es como una guerra privada que tiene lugar entre personas particulares, no en virtud de la autoridad pública, sino por voluntad desordenada. Por eso implica siempre pecado».

El Aquinate distingue guerra, riña y sedición. En la guerra: para ser una verdadera guerra en sentido propio y de carácter justo, debe haber un príncipe, esto es, un poder público que mediante ella busque realmente la paz. 

En la riña, para no caer en pecado, sólo queda exculpado quien se defiende con causa y de modo proporcionado, siendo así que la riña es como una guerra, pero entre particulares. En todas las democracias actuales se vive en un estado continuado de riña. Los ciudadanos particulares, y los políticos partidistas (que también son «parte» y por tanto no representan verdaderamente al pueblo todo ni al Estado como cosa común cuando riñen) están atentando contra la paz en su «demogresca». Fomentan la guerra privada, la riña que, si incluye derramamiento de sangre y ruptura irreversible de la convivencia, nos lleva a la guerra civil. 

Conceptualmente distinta de la riña en general es la sedición. Hoy, que tanto se habla en esta desventurada España sobre el «delito de sedición», redefinido ad hoc para contentar a los políticos traidores de Cataluña (con su doble traición, contra España y contra una parte suya, Cataluña), conviene volver a Santo Tomás, que es, además de tantas otras cosas, un maestro en el rigor de las definiciones:
«…que las sediciones son tumultos para la lucha, hecho que tiene lugar cuando los hombres se preparan para contender y lo buscan. Difiere también de ella, en segundo lugar, porque la guerra se hace, propiamente hablando, con los enemigos de fuera, como lucha de pueblo contra pueblo; la riña, en cambio, es lucha de un particular con otro, o de unos pocos contra otros pocos; y la sedición, por el contrario, se produce, propiamente hablando, entre las partes de una muchedumbre que discuten entre sí; por ejemplo, cuando un sector de la ciudad provoca tumultos contra el otro. Por eso, dado que la sedición se opone a un bien especial, a saber, la unidad y la paz de la multitud, es pecado especial».

Y en la respuesta a la primera objeción, dice: 

«Se llama sedicioso al que provoca sedición, y porque ésta implica cierta discordia, es sedicioso quien provoca no cualquier discordia, sino la que divide las partes de la misma multitud. Pero el pecado de sedición no está sólo en quien siembra discordias, sino también en quienes disienten desordenadamente entre sí».

Sabido es que los tiempos modernos han convulsionado y hasta destripado el sistema de la filosofía política. La categoría «guerra» ha llenado todos los espacios, y el más crudo amoralismo domina todo género de luchas. Las agresiones a los Estados se han convertido en guerras privatizadas, y las riñas entre particulares y las sediciones internas se han vuelto, a su vez, armas con las cuales las potencias extranjeras ponen de rodillas a los Estados soberanos. 

Miren el lamentable caso de España: ¿de qué modo los anglos, los franceses y los norteamericanos, han logrado poner a esta nación de rodillas, en estado indigente y carente de cualquier voz propia en el concierto mundial? Desde la misma Guerra de Sucesión, en una primera etapa, España se ha ido oscureciendo, volviéndose colonia de Francia y, después, colonia de los anglos y de los estadounidenses. Desde la guerra contra Napoleón, en un segundo momento, no hemos ido conociendo otra cosa que riñas, matanzas cainitas, sediciones. Toda la energía nacional dilapidada en el odio a nuestro hermano de sangre y coterráneo. 

Hoy, que tan a menudo de habla de las «guerras híbridas» con las que las grandes potencias interfieren en la vida de otras naciones rivales o molestas, y cuando se da por descontado que la «información», así como grupos de particulares financiados por el extranjero, forman parte de esas guerras, deberíamos reflexionar y hacernos cargo de nuestra situación: en este mundo infectado por el pecado hasta el tuétano, sólo habría esperanza para las personas, las familias y las naciones si poseemos un alto grado de conciencia de lo que significa el Bien Común. 

Huir de las riñas, denunciar y perseguir a los sediciosos, defender virilmente lo que nos corresponde y pugnar por que nuestra Patria sea un remanso para el Reinado de Jesucristo. Si además somos conscientes de que nuestra Patria es muy grande, pues no comprende solo la península Ibérica y las islas de su conjunto, así como las partes de África correspondientes (algunas, que en mala hora se regalaron), sino también la América que aún vibra con su hispanidad, una hispanidad de habla castellana o lusa, entonces y sólo entonces comenzaremos a reparar tantos siglos de iniquidad.

Fuente: Carlos X. Blanco


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