- La evolución pone el origen de la complejidad en el mero azar, y la probabilidad de que sistemas tan complejos como los seres vivos surjan por azar es infinitesimal.
- La evolución viola el segundo principio de la termodinámica.
- La teoría de la evolución es tautológica: la supervivencia de los más aptos significa únicamente que los que sobreviven son los que sobreviven.
- La selección natural no tiene poder creativo, sólo puede eliminar individuos inadaptados. No puede generar novedades importantes y mucho menos dar lugar a nuevas especies.
- Las mutaciones son siempre dañinas. Nunca añaden información útil o beneficiosa.
- No existen en el registro fósil formas transicionales entre unas especies y otras.
- Hay un salto abismal, de tipo cognitivo o mental, entre el hombre y los simios. Ningún simio ha sido capaz de pintar nada parecido a las pinturas de Altamira.
- Nadie ha podido crear vida en el laboratorio.
- Un rasgo en un estado evolutivo inicial no puede tener valor adaptativo. Un ojo que no esté plenamente formado o un ala que no esté plenamente formada no sirven para nada.
- La teoría de la evolución es «solo» una teoría.
10 CRÍTICAS A LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN
LA POLÍTICA DEL BUMERÁN
LA OTRA GUERRA DE UCRANIA
La propaganda oficial pretende que la llamada ‘guerra de Ucrania’ ha empezado con la intervención del ejército ruso. Pero lo cierto es que se trata de una guerra sistemáticamente ignorada durante ocho años por los medios de cretinización de masas. Una guerra hasta ahora localizada en la región del Dombás que hasta diciembre de 2021 —citamos datos de la ONU— había costado 14.300 muertos y 38.000 heridos, de los cuales 3.404 muertos y más de 8.000 heridos han sido víctimas civiles indefensas. Además de esta masacre silenciosa, cientos de miles de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares; y, en general, toda la población de la región (que se reconoce como rusa, aunque ni siquiera pueda expresarse públicamente en su lengua materna) ha sido sometida a bloqueo económico y bancario. Mientras la población civil del Dombás era asesinada por el Gobierno ucraniano —con el patrocinio y la provisión de armas estadounidense—, los medios occidentales guardaban silencio; y las colonias europeas: en especial Francia y Alemania, que se comprometieron a ello, no velaban por el cumplimiento de los acuerdos de Minsk. Pero ha bastado que Rusia, tras ocho años de muerte y destrucción, haya lanzado una ofensiva para que, de repente, nos enteremos de la existencia de una guerra ante la que durante ocho años hemos cerrado los ojos. Los medios se han apresurado a divulgar (amén de muchas fotos y videos trucados) imágenes de civiles durmiendo en estaciones de metro; pero antes han ocultado durante ocho años las imágenes de civiles del Dombás en sótanos en ruinas, porque sus casas habían sido bombardeadas.
Desde luego, a Rusia se le pueden lanzar muchos reproches. Se le puede reprochar, por ejemplo, haber pretendido resolver una amputación de su territorio, perpetrada al socaire del colapso de la Unión Soviética, mediante unos frágiles acuerdos de paz que mantenían a millones de rusos (toda la población del este de Ucrania) bajo la férula de unas autoridades rusófobas. También se le puede reprochar que utilice ahora una retórica antifascista (o ‘desnazificadora’) cuando antes reconoció tanto a Poroshenko como a Zelenski, quienes han sufragado y militarizado a muchos grupos de extrema derecha. Y, desde luego, se le puede reprochar también a Rusia que su respuesta militar no se haya circunscrito al Dombás y regiones limítrofes (aunque, desde luego, si hubiese dejado operativos los centros militares ucranianos, tal vez se habría desatado una guerra más cruenta). Se le puede reprochar, en fin que acabe en fracaso (o en guerra enquistada) lo que fue concebido como una ‘blitzkrieg’; pues entonces todos los países fronterizos se incorporarán a la OTAN, que así estrechará más el cerco sobre Rusia, hasta asfixiarla.
En cambio, no creemos que se pueda reprochar a Rusia que decida intervenir para atajar una masacre de compatriotas en el Dombás que dura ocho años. ¿Cuántos muertos más eran precisos para que la intervención rusa estuviese justificada?
Fuente: ABC/Juan Manuel PradaESPAÑOLES, FRANCO HA RESUCITADO
En las épocas más oscuras de la Historia estas bestialidades se hacían por las bravas, porque los demonios del resentimiento vagaban libres y en porreta; ahora estas bestialidades se han vuelto atildaditas y asépticas, incluso con apariencia «respetuosa», porque los demonios del resentimiento se visten con toga y puñetas. Pero esta sentencia del Tribunal Supremo —como tantas otras evacuadas por este y otros órganos judiciales— nos prueba que el Derecho ha dejado de ser determinación de la justicia, para convertirse en un barrizal positivista nacido del arbitrio humano; o, dicho más exactamente, nacido del arbitrio del poderoso de turno, que utiliza las leyes y las sentencias judiciales para enmascarar sus pasiones.
Contra quienes convierten la justicia en la decisión coyuntural e interesada del más fuerte ya nos advertía Platón en el libro IX de su diálogo Las leyes: «De cualquiera que esclavizase las leyes poniéndolas bajo el imperio de los hombres, sometiere la ciudad a una facción y despertase la discordia civil, hay que pensar que es el peor enemigo de la polis». Esta sentencia, que atropella la inviolabilidad de los lugares de culto, el derecho de las familias sobre las sepulturas de sus antepasados y el respeto debido a los muertos, es también el acta de resurrección de Franco, que nunca en los últimos años había estado tan vivo como hoy. Han resucitado a Franco, a la vez que han enterrado el Derecho. Y todo por resentimiento, el resentimiento de los hijos de papá cuyas familias medraron con Franco y que ahora, encaramados en las altas instituciones del Estado, necesitan inventarse una mitología antifranquista que sepulte la terrible verdad de sus vidas.
Fuente: FNFF/Juan Manuel de Prada
El resentimiento de los hijos de papá
Políticamente, a medida que la guerra quedaba atrás, el régimen de Franco fue adquiriendo contornos cada vez más democristianos. En el ámbito laboral, sin embargo, mantuvo una legislación protectora del obrero que luego ha sido minuciosamente desmantelada por los sucesivos gobiernos de la etapa democrática. Fue tanta la falta de respuesta política a su régimen, que Franco pudo dedicar especial atención al bienestar material de sus gobernados. Así se explica, por ejemplo, que desde 1960 a 1970, la renta per cápita de los españoles pasase de 290 a 900 dólares, y que la economía nacional creciese a una media del 8 por ciento anual, hasta convertir a España en la novena potencia industrial del mundo. A la muerte de Franco, la distribución de la población activa era la propia de una economía sana y pujante (mucho más sana y pujante que la actual): un tercio dedicado a la agricultura y ganadería, un tercio a la industria y un tercio a los servicios.
Franco logró la formación de unas nuevas clases medias con trabajos estables y bien remunerados. Y pensó que este «franquismo sociológico» sería su mejor aval ante la Historia. Si se hubiese preocupado de estudiar un poco de psicología de masas, habría advertido que siempre los beneficiados acaban desarrollando resentimiento contra su benefactor. Aquellas generaciones del franquismo sociológico quisieron seguir medrando con la democracia; y, como no soportaban reconocer su adhesión servil a Franco, como no soportaban reconocer que sus patrimonios habían sido asegurados y acrecentados por Franco, se inventaron una mitología antifranquista, que sus hijos mamaron desde la cuna, hasta desarrollar ese resentimiento baboso y nauseabundo, tan peculiar de los hijos de papá que no quieren que se sepa cómo sus familias salieron del agujero. Porque no es el resentimiento de los perdedores el que desentierra los huesos de Franco; es el resentimiento de los hijos de papá del franquismo sociológico.
Fuente: Juan Manuel de Prada
HELLO ET À DIEU
Loco o santo
Y es que, en efecto, toda la obra de Hello está penetrada de un ramalazo de clarividente locura, de entusiástica santidad, que alcanza su culminación en la que sin lugar a dudas es su obra maestra, «El hombre» (1872), una colección de ensayos de intención apologética en la que se entremezclan cuestiones de índole estética, filosófica, científica y teológica. Libro incendiado de sabiduría y atrevimiento, «El hombre» podría definirse como la enmienda a la totalidad que un reaccionario inflamado de misticismo hace al mundo moderno.
Son muchos los pasajes memorables de este libro, en los que Hello refuta las más diversas idolatrías vigentes y descabeza a los santones del mausoleo ilustrado (empezando por Voltaire, a quien profesaba especial inquina); pero tal vez el capítulo más deslumbrante del libro sea el que dedica a «El hombre mediocre», al que identifica por su odio a lo bello y su sumisión a las convenciones establecidas, así como por su horror al hombre de auténtico genio (a quien siempre califica de exagerado).
Durante mucho tiempo, «El hombre» fue reeditado en versiones expurgadas, pues se consideraba que algunas de sus reflexiones vitriólicas podían ofender la sensibilidad meapilas; y, en efecto, abundan en él las afirmaciones incompatibles con el aguachirle doctrinal imperante: «La verdadera misericordia ―escribe Hello― es inseparable de un odio activo, furioso, devorador, implacable, exterminador, hacia el mal. ¿Cuándo se comprenderá que, para ser misericordioso, hay que ser inflexible; que para ser blando con el que pide perdón, hay que ser cruel contra el error, la muerte y el pecado? Desde hace mucho tiempo, la malevolencia y la tontería han conspirado para dar a las virtudes un aspecto bobo, deslucido, borroso y lamentable».
Caridad que devora
Y hay pasajes proféticos que estremecen: «El verdadero santo ―asegura― tiene caridad, pero una caridad terrible que arde, que devora, una caridad que detesta el mal, porque quiere la curación. El santo forjado por el mundo tendrá una caridad dulzona que bendecirá a cualquiera y cualquier cosa, en cualquier circunstancia. El santo forjado por el mundo sonreirá al error, sonreirá al pecado, sonreirá a todos, sonreirá a todo. Estará exento de indignación, de profundidad, de alteza, de mirada sobre los abismos. Será benévolo, dulzarrón con el enfermo e indulgente con la enfermedad. Si quieres tú ser ese santo, el mundo te amará y dirá de ti que haces amar el Cristianismo».
Para que quedara claro el modelo de santidad que postulaba, Hello publicaría «Fisonomía de los santos» (1875), una vibrante colección de semblanzas hagiográficas, llena de intuiciones prodigiosas y reflexiones fustigadoras, que tradujo maravillosamente al español el gran poeta catalán Joan Maragall; por supuesto, ninguna editorial católica española se han dignado reeditarla durante el último siglo. Algo de esto ya se olía Hello cuando escribió que «el verdadero creyente provoca un odio furioso en el falso creyente»; y también Huysmans cuando calificaba al solitario de Karoman como «inexpugnable al éxito».
LA ÚLTIMA LUZ
¿Cómo fornica la Gran Ramera con los reyes de la tierra? Allanándose ante sus leyes, transigiendo ante su dictadura ideológica (marxismo cultural), callando ante sus iniquidades, codiciando sus riquezas y honores, aferrándose a los privilegios y brillos con que la han sobornado, para tenerla a sus pies; en resumen, poniendo los poderes de este mundo en el lugar que le corresponde a Dios. ¿Y cómo embriaga a las gentes con el vino de su inmoralidad? Adulterando el Evangelio, reduciéndolo a una lastimosa papilla buenista, enturbiando la doctrina milenaria de la Iglesia, cortejando a los enemigos de la fe, disfrazando de misericordia la sumisión al error, sembrando la confusión entre los sencillos, condenando al desconcierto y a la angustia a los fieles, a los que incluso señalará como enemigos ante las masas cretinizadas, que así podrán lincharlos más fácilmente. Al final esos fieles serán muy pocos; pero, a cambio, serán terriblemente visibles, provocando el odio de la religión prostituida, que los perseguirá hasta el desierto: «Y seréis odiados por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin, ése será salvo».
Entretanto, Dios mantendrá sus promesas sobre la permanencia e infalibilidad de sus palabras: «Cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán». Y esa última luz será nuestro único consuelo, mientras nos invade la noche oscura del alma.
Fuente: Juan Manuel de Prada
LIBERTAD DE PENSAMIENTO
Fuente: LIBERTAD DE PENSAMIENTO, Juan Manuel de Prada
30 AÑOS DE ESCLAVITUD
Europa (la Europa verdadera, no esa versión de merengue que se han inventado los noños y los meapilas) nació de la ruptura con el cristianismo, la filosofía griega y el derecho romano. La Europa verdadera nació —como muy bien explica Elías de Tejada—:
- de la ruptura religiosa de Lutero,
- la ruptura ética de Maquiavelo,
- la ruptura política de Bodigo,
- la ruptura jurídica de Hobbes
- y la ruptura social de la Paz de Westfalia;
El profesor Miguel Ayuso, en EL ESTADO EN SU LABERINTO, ha estudiado los destrozos políticos que ha causado nuestra rendición a la UE. Europa ha sido, en efecto, la culpable principal del clima «postestatal» que se respira en España, mediante la «transferencia de competencias estatales que implican su abandono y no una simple delegación» a brumosos organismos burocráticos con sede en Bruselas; así como de la dispersión del poder político en grotescos entes autonómicos que sólo se reconocen en una supranacionalidad europea igualmente grotesca. Toda esta desnaturalización y desintegración política —nos refiere Ayuso— nos ha convertido en rehenes de «organismos supranacionales que se han evidenciado vacíos de toda idea moral, como no lo sea la muy vaga y hasta aniquilante del pacifismo a ultranza». Esta debilitación del Estado —señala también Ayuso— ha culminado con «la rendición de la política a la administración del economicismo» al servicio de un neoliberalismo globalizador que favorece a las grandes corporaciones multinacionales, a costa de desbaratar la economía natural de las naciones.
EL ENIGMA RUSO
Chesterton ya nos advertía hace casi un siglo que quienes execran las calamidades remotas del comunismo son los mismos que nos distraen de las cercanas tropelías del capitalismo. Y, en efecto, el anticomunismo ha sido una especie de implante emocional entre la gente de derechas que, mientras el comunismo soviético se mantuvo en pie, sirvió al capitalismo para convertirnos en una colonia descristianizada; y todavía hoy, cuando el comunismo soviético lleva muerto más de dos décadas, sigue sirviendo a modo de espantajo paranoide para alimentar entre esta misma gente la rusofobia más rabiosa y truculenta.
Pero, como afirmar que el país que defiende los valores tradicionales y ha abierto más de veinticinco mil iglesias en las dos últimas décadas es comunista empieza a resultar, en verdad, un poco chusco, los corifeos del anticomunismo engatusan a la gente de derechas más sugestionable con la matraca de la antañona pertenencia de Putin al KGB.
Pero, acaso sin pretenderlo, el ateo, masón y escritor ful Winston Churchill tenía algo de razón cuando soltó aquella charada inepta. Rusia, en efecto, guarda en su alma un enigma precioso que los corifeos del anticomunismo han tratado de oscurecer a toda costa, logrando incluso que los católicos zombis (a la postre más atentos a la propaganda anticomunista yanqui que a los mensajes de la Cueva de Iría) se tragaran sus intoxicaciones.
Pruebas de que Rusia guarda un enigma precioso en su alma es que todas las gentes infectadas de odio teológico, lo mismo progres que liberales, la denostan con efusión de espumarajos; prueba de que Rusia guarda un enigma precioso en su alma es que todos los chiringuitos del mundialismo tratan de desprestigiarla del modo más burdo ante las masas cretinizadas (muy recientemente, por ejemplo, la hedionda Amnistía Internacional); prueba de que Rusia guarda un enigma precioso en su alma es que el enemigo histórico por antonomasia de la Cristiandad, el pérfido turco, no puede disimular su rabia y su encono contra ella; prueba de que Rusia guarda un enigma precioso en su alma es que ha logrado que muchas gentes, hasta ahora apuntadas al conservadurismo panoli y al catolicismo zombi, estén empezando a abrir sus ojos legañosos de anticomunismo con la intervención de Rusia en Siria.
Y es que la intervención de Rusia en Siria nos ha enseñado muchas cosas. Nos ha enseñado, por ejemplo, que la «alianza internacional» contra el Estado Islámico era un cuento chino; nos ha enseñado que las alimañas del Estado Islámico han sido armadas y sufragadas por el mundialismo; nos ha enseñado que Turquía es un Estado criminal que comercia con un petróleo amasado de sangre y sirve de refugio a los terroristas; y muchas más cosas que no me caben en el artículo.
En alguno de sus discursos, Putin afirmó que una gran potencia no debe serlo sólo desde un punto de vista político o militar, sino también moral y espiritual. Ojalá Rusia sea fiel a este desiderátum y logre alumbrar al mundo el enigma que custodia en su alma; pues, si se conforma con la línea de «pragmatismo» que ciertos sectores de enemigos infiltrados tratan de inspirar en Putin, Rusia terminará siendo una colonia más del mundialismo.
Juan Manuel de Prada
https://espectivas.wordpress.com/2016/01/03/el-enigma-ruso-por-juan-manuel-de-prada/
LA ESPERANZA RUSA
En efecto, todas las trifulcas que las ideologías en liza escenifican son aspavientos que el sistema necesita para mantener distraídas a las masas; y la gasolina que alimenta todas las ideologías (de forma más o menos solapada o explícita) es el odio teológico contra el orden cristiano. Siempre que mis artículos sobre cuestiones políticas han provocado reacciones furibundas he descubierto entre las babas y espumarajos odio teológico, tal vez porque como señalaba Donoso Cortés en toda cuestión política subyace siempre una cuestión teológica. Confesaré, sin embargo, que hubo una ocasión en que creí ingenuamente que esta regla de oro se quebraba. Fue cuando empecé a defender la posición de Rusia en el concierto mundial, cuando empecé a ponderar los esfuerzos restauradores de una nación que había padecido la experiencia abismal del comunismo, cuando empecé a aplaudir que Rusia se erigiese como una muralla contra las pretensiones mundialistas, cuando empecé a mirar con aprecio el esfuerzo ruso por oponerse a la decadencia occidental. Sorprendentemente, los denuestos me llegaban tanto del negociado de derechas como del negociado de izquierdas; aunque he de confesar que los más alucinados procedían de ámbitos neocones, desde los cuales se me acusaba de estar a sueldo de los rusos (¡cree el ladrón que todos son de su condición!), o de concebir el paraíso como un inmenso gulag con un pope confesor del KGB en cada barracón y misa militarizada. Recuerdo que fueron estos improperios tan delirantes los que me pusieron en guardia. «Sin duda pensé entonces, aquí también se respira el perfume azufroso del odio teológico».
Por aquellas mismas fechas andaba yo releyendo LOS HERMANOS KARAMAZOV, la obra maestra de Dostoievski. Y me tropecé entonces con una aseveración que el autor pone en boca de uno de sus personajes, el asceta Paisius: «Ciertas teorías afirman que la Iglesia debe convertirse, regenerándose, en Estado, dejándose absorber por él, después de haber cedido a la ciencia, al espíritu de la época, a la civilización. Si se niega a esto, la Iglesia sólo tendrá un papel insignificante y fiscalizado dentro del Estado, que es lo que ocurre en la Europa de nuestros días. Por el contrario, según las esperanzas rusas, no es la Iglesia la que debe transformarse en Estado, sino que es el Estado el que debe mostrarse digno de ser únicamente una Iglesia y nada más que una Iglesia». Hasta aquel momento, había creído ingenuamente que los denuestos que recibía por defender las posiciones de Rusia me los propinaban por la aversión que Putin provoca tanto en el negociado progre (por sus leyes contra la propaganda homosexualista) como en el negociado neocón (por su oposición al imperialismo yanqui). Pero aquellas palabras de Dostoievski cambiaron por completo mi percepción: entendí, de repente, que la aversión que profesaban a Putin desde los negociados de izquierdas y derechas era una cortina de humo que escondía un odio más profundo. Y ese odio, en su raíz última, era como siempre ocurre de naturaleza religiosa.
Cualquier persona que se haya acercado sin anteojeras a la literatura, la filosofía o el arte rusos habrá descubierto que, más allá de sus logros estéticos o intelectuales, lo que caracteriza sus mejores obras es su trasfondo místico. Esta vocación mística del genio ruso adquiere ribetes épicos en las coyunturas históricas más sacrificadas; y cuando esta vocación se reprime o adultera o anula puede llegar a provocar cataclismos feroces. Muchos han sido los intérpretes del alma rusa —de Soloviev a Solzhenitsyn, de Dostoievski a Berdiáyev— que han augurado que la vocación de Rusia será salvar a Occidente de su decadencia. El monje Filoteo lo profetizó de modo sintético: «Bizancio es la segunda Roma; la tercera será Moscú. Cuando esta caiga, no habrá más».
Durante muchos siglos, Rusia vivió de espaldas a Occidente, primero forjándose como nación, después repeliendo las invasiones de ideas o ejércitos extranjeros. Hubo, sin embargo, épocas en que Rusia se asomó curiosa a Occidente, fascinada por los primores de su progreso material, bebiendo en las fuentes de su cultura y su pensamiento, esplendoroso en apariencia aunque ya secretamente infectado de decrepitud. Pero el espíritu ruso no pudo digerir aquella influencia, sino que se revolvió trágicamente ante ella, en parte como reacción instintiva de defensa, en parte como prueba de una contaminación letal. Si en Occidente el tránsito de una sociedad religiosa a una sociedad apóstata ha sido un proceso gradual y mitigado por los sucesivos cloroformos materiales suministrados por el liberalismo, en Rusia el tránsito fue dramático y fulminante, extendiendo una niebla de nihilismo que los espíritus más clarividentes (no hay más que leer, por ejemplo, a Dostoievski) intuyeron como el anuncio de un gran cataclismo. Cuando Rusia se rindió al veneno del paganismo extendido por Occidente que había tratado de repeler durante siglos no lo hizo al modo pacífico y conformista de las naciones que integran el pudridero europeo, sino —como señala el propio Dostoievski— con un ímpetu vengador y en un vendaval de furia. Cuando los pueblos religiosos son obligados a renegar de su fe no se hacen paganos hedonistas ni modernistas fofos, sino ateos rabiosos, locos satanizados que queman iglesias y se atiborran de sangre. Así se explica que en la mística Rusia (un país industrialmente mucho menos desarrollado que Francia, Alemania o Gran Bretaña) prendiera el comunismo con un ímpetu mayor que en cualquier nación rehén del materialismo. Mientras las naciones del pudridero europeo volvían la espalda a Dios de forma desdeñosamente finolis, borrando paulatinamente todas sus tradiciones, anulando los frenos morales y exaltando los caprichos del deseo, deificando la avaricia de riquezas lograda a costa de la explotación del pobre, Rusia volvía la espalda a Dios de la forma más violenta, convirtiendo el odio religioso en eje central de su política.
Aquella reacción trágica y destructiva nada tenía que ver con la verdadera naturaleza de la mística Rusia, que a la caída del comunismo soviético parecía extenuada y presta a servir de felpudo a Occidente. Fueron los años indignos de Gorbachov y Yeltsin, aquellos años en los que parecía que se había llegado al final de la Historia augurado por Fukuyama, con una Rusia convertida en vomitorio occidental y entregada a las fuerzas tenebrosas que querían convertirla en un burdel para turistas y en una colonia más del Nuevo Orden Mundial. Pero cuando ya parecía que su suerte estaba echada ha vuelto a emerger, al principio tímidamente pero cada vez con mayor orgullo, la Rusia opuesta al pudridero occidental, la nación fiel a su historia y a sus tradiciones que tiene el cuajo de señalar la inanidad de las colonias europeas, convertidas en felpudo del mundialismo que, a la vez que repudia sus orígenes cristianos, financia la expansión del yijadismo. «Si el siglo XX comporta alguna lección para con la humanidad —escribió Solzhenitsyn—, seremos nosotros quienes la habremos dado a Occidente, y no Occidente a nosotros: el exceso de bienestar y una atmósfera contaminante de sinvergonzonería le han atrofiado la voluntad y el juicio». Todavía no sabemos si Rusia logrará hacer realidad ese designio histórico, o si los hostigamientos que sufre lograrán rendirla. Pero en ella hay el ímpetu de una esperanza, que es una luminosa virtud teologal; por ello en la rusofobia rampante encontramos a la postre el sempiterno y azufroso odio teológico de quienes tiemblan —«creen y tiemblan»— ante la remota, pero posible, restauración del mundo que aborrecen y creían haber dejado atrás definitivamente.
https://paginatransversal.wordpress.com/2015/12/23/la-esperanza-rusa/














