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10 CRÍTICAS A LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN

 

  1. La evolución pone el origen de la complejidad en el mero azar, y la probabilidad de que sistemas tan complejos como los seres vivos surjan por azar es infinitesimal.
  2. La evolución viola el segundo principio de la termodinámica.
  3. La teoría de la evolución es tautológica: la supervivencia de los más aptos significa únicamente que los que sobreviven son los que sobreviven.
  4. La selección natural no tiene poder creativo, sólo puede eliminar individuos inadaptados. No puede generar novedades importantes y mucho menos dar lugar a nuevas especies.
  5. Las mutaciones son siempre dañinas. Nunca añaden información útil o beneficiosa.
  6. No existen en el registro fósil formas transicionales entre unas especies y otras.
  7. Hay un salto abismal, de tipo cognitivo o mental, entre el hombre y los simios. Ningún simio ha sido capaz de pintar nada parecido a las pinturas de Altamira.
  8. Nadie ha podido crear vida en el laboratorio.
  9. Un rasgo en un estado evolutivo inicial no puede tener valor adaptativo. Un ojo que no esté plenamente formado o un ala que no esté plenamente formada no sirven para nada.
  10. La teoría de la evolución es «solo» una teoría.



LA POLÍTICA DEL BUMERÁN

 

En una de sus inolvidables terceritas, Foxá comparaba con el vuelo del bumerán la política exterior de Inglaterra, cada vez que lanzaba «a ras de tierra —a ras de política, y no de Historia— sus consignas». Pero a veces el bumerán falla. Foxá narraba cómo con frecuencia la mágica madera, al retornar, golpea duramente en la sien al lanzador, descalabrándolo y arrojándolo al suelo, en medio de un charco de sangre. Aquella política debilitadora de Europa que se sostenía desde Londres acabaría hiriendo mortalmente a los ingleses, que en efecto no tardarían en perder su imperio colonial. Pero, entretanto, inconscientes de las calamidades que se estaban tramando, los ingleses seguían anunciando en sus periódicos las tormentas en el canal de La Mancha con el mismo grotesco titular: «El Continente, aislado». No se les ocurría pensar que los aislados eran ellos.

Una impresión similar nos provoca ahora el empeño de «aislar a Rusia» que se proclama desde la Unión Europea, al dictado estadounidense. Detrás de este empeño, aparentemente motivado por la guerra de Ucrania, subyacen razones geoestratégicas evidentes para cualquier persona que no tenga arrasadas las meninges por el napalm de la propaganda. Como ha señalado el siempre clarividente Fernando del Pino, existe una pugna por la hegemonía mundial «que se libra entre la unipolaridad que quiere retener un Occidente en franca decadencia (en particular, Estados Unidos y el mundo anglosajón) y la multipolaridad emergente que reclama Oriente». En la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU que intentó condenar la guerra de Ucrania, además del obvio veto ruso, China e India se abstuvieron. Y ambas potencias —cuya población duplica largamente la de Europa y América del Norte juntas— han mostrado su disposición a mantener relaciones comerciales privilegiadas con Rusia, al igual que otras naciones asiáticas en un proceso de crecimiento económico imparable —pensemos, por ejemplo, en Pakistán— que no están dispuestas a aceptar las reglas de la declinante hegemonía yanqui. Todas estas potencias —que suman más de la mitad de la población del planeta— han mostrado también su disposición a aceptar en sus transacciones las monedas nacionales, poniendo fin a la era de la supremacía del dólar en el comercio internacional.

La pretensión occidental de aislar a Rusia resulta así tan quimérica como aquellos titulares de los periódicos ingleses que a Foxá le hacían reír, cada vez que se anunciaba tormenta en el canal de La Mancha. La ‘política del bumerán’ se repite en tono de farsa, como siempre ocurre en la Historia, según el célebre diagnóstico de Marx. Sólo que ahora quien lanza el bumerán es la declinante potencia yanqui; y quien va a recibir el golpe en la sien que la descalabre y desangre es Europa. Y todo por atarse al cadáver de una unipolaridad fiambre que no es más que el fantasma de un ‘statu quo’ por completo obsoleto, diseñado tras la 2GM, que sólo beneficia al lanzador del bumerán.

LA OTRA GUERRA DE UCRANIA

No creemos que se pueda reprochar a Rusia que decida intervenir para atajar una masacre de compatriotas en el Dombás.

La propaganda oficial pretende que la llamada ‘guerra de Ucrania’ ha empezado con la intervención del ejército ruso. Pero lo cierto es que se trata de una guerra sistemáticamente ignorada durante ocho años por los medios de cretinización de masas. Una guerra hasta ahora localizada en la región del Dombás que hasta diciembre de 2021 —citamos datos de la ONU— había costado 14.300 muertos y 38.000 heridos, de los cuales 3.404 muertos y más de 8.000 heridos han sido víctimas civiles indefensas. Además de esta masacre silenciosa, cientos de miles de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares; y, en general, toda la población de la región (que se reconoce como rusa, aunque ni siquiera pueda expresarse públicamente en su lengua materna) ha sido sometida a bloqueo económico y bancario. Mientras la población civil del Dombás era asesinada por el Gobierno ucraniano —con el patrocinio y la provisión de armas estadounidense—, los medios occidentales guardaban silencio; y las colonias europeas: en especial Francia y Alemania, que se comprometieron a ello, no velaban por el cumplimiento de los acuerdos de Minsk. Pero ha bastado que Rusia, tras ocho años de muerte y destrucción, haya lanzado una ofensiva para que, de repente, nos enteremos de la existencia de una guerra ante la que durante ocho años hemos cerrado los ojos. Los medios se han apresurado a divulgar (amén de muchas fotos y videos trucados) imágenes de civiles durmiendo en estaciones de metro; pero antes han ocultado durante ocho años las imágenes de civiles del Dombás en sótanos en ruinas, porque sus casas habían sido bombardeadas.

Desde luego, a Rusia se le pueden lanzar muchos reproches. Se le puede reprochar, por ejemplo, haber pretendido resolver una amputación de su territorio, perpetrada al socaire del colapso de la Unión Soviética, mediante unos frágiles acuerdos de paz que mantenían a millones de rusos (toda la población del este de Ucrania) bajo la férula de unas autoridades rusófobas. También se le puede reprochar que utilice ahora una retórica antifascista (o ‘desnazificadora’) cuando antes reconoció tanto a Poroshenko como a Zelenski, quienes han sufragado y militarizado a muchos grupos de extrema derecha. Y, desde luego, se le puede reprochar también a Rusia que su respuesta militar no se haya circunscrito al Dombás y regiones limítrofes (aunque, desde luego, si hubiese dejado operativos los centros militares ucranianos, tal vez se habría desatado una guerra más cruenta). Se le puede reprochar, en fin que acabe en fracaso (o en guerra enquistada) lo que fue concebido como una ‘blitzkrieg’; pues entonces todos los países fronterizos se incorporarán a la OTAN, que así estrechará más el cerco sobre Rusia, hasta asfixiarla.

En cambio, no creemos que se pueda reprochar a Rusia que decida intervenir para atajar una masacre de compatriotas en el Dombás que dura ocho años. ¿Cuántos muertos más eran precisos para que la intervención rusa estuviese justificada?

Fuente: ABC/Juan Manuel Prada


ESPAÑOLES, FRANCO HA RESUCITADO

La reciente sentencia del Tribunal Supremo, por la que se autoriza la remoción de los restos fúnebres de Franco, nos permite reflexionar sobre la desintegración del Derecho. La sentencia, desde el punto de vista de la racionalidad jurídica, es un atropello despepitado de la inviolabilidad de los lugares de culto, el derecho que asiste a las familias sobre las sepulturas de sus antepasados y el respeto debido a los muertos. No sólo se salta alegremente principios básicos de cualquier ordenamiento jurídico, sino que pisotea (digámoslo así) los fundamentos mismos de la civilización. Pues el elemento común a cualquier civilización que merezca tal nombre es el respeto a los muertos, incluso a quienes en vida fueron viles, pues los muertos nos recuerdan que somos frágiles y mortales; y todo afán justiciero se aplaca ante la gravedad definitiva de un cadáver. Por mucho que se disfrace con piruetas leguleyas y coartadas democráticas, el desenterramiento y traslado de los restos fúnebres de Franco es un ejercicio macabro de barbarie y resentimiento que nos devuelve a la selva.

En las épocas más oscuras de la Historia estas bestialidades se hacían por las bravas, porque los demonios del resentimiento vagaban libres y en porreta; ahora estas bestialidades se han vuelto atildaditas y asépticas, incluso con apariencia «respetuosa», porque los demonios del resentimiento se visten con toga y puñetas. Pero esta sentencia del Tribunal Supremo —como tantas otras evacuadas por este y otros órganos judiciales— nos prueba que el Derecho ha dejado de ser determinación de la justicia, para convertirse en un barrizal positivista nacido del arbitrio humano; o, dicho más exactamente, nacido del arbitrio del poderoso de turno, que utiliza las leyes y las sentencias judiciales para enmascarar sus pasiones.

Positivismo es la ideología del demonio, y viene de antiguo

Si el Derecho todavía fuese, siquiera remotamente, determinación de la justicia, la mera posibilidad de desenterrar cadáveres causaría honda repugnancia moral; y no habría juez que se aviniese a dar cobertura legal a tal desafuero. Pero la justicia ha dejado de ser el fundamento del derecho positivo, y el poderoso de turno se convierte así en creador de un derecho que, por supuesto, ya no es expresión de la racionalidad jurídica, sino puro ejercicio del poder, acto de voluntad desenfrenada del Estado Leviatán; o, utilizando la escalofriante expresión hegeliana, «libertad del querer», puro nihilismo jurídico apoyado en conveniencias políticas cambiantes, cuando no en pulsiones y pasiones convenientemente disfrazadas de espantajos políticamente correctos. Porque nuestra época, tan atildadita, ya no puede permitir que los demonios vaguen libres y en porreta.

Contra quienes convierten la justicia en la decisión coyuntural e interesada del más fuerte ya nos advertía Platón en el libro IX de su diálogo Las leyes: «De cualquiera que esclavizase las leyes poniéndolas bajo el imperio de los hombres, sometiere la ciudad a una facción y despertase la discordia civil, hay que pensar que es el peor enemigo de la polis». Esta sentencia, que atropella la inviolabilidad de los lugares de culto, el derecho de las familias sobre las sepulturas de sus antepasados y el respeto debido a los muertos, es también el acta de resurrección de Franco, que nunca en los últimos años había estado tan vivo como hoy. Han resucitado a Franco, a la vez que han enterrado el Derecho. Y todo por resentimiento, el resentimiento de los hijos de papá cuyas familias medraron con Franco y que ahora, encaramados en las altas instituciones del Estado, necesitan inventarse una mitología antifranquista que sepulte la terrible verdad de sus vidas.

Fuente: FNFF/Juan Manuel de Prada

El resentimiento de los hijos de papá


Este macabro episodio del traslado de los restos de Francisco Franco merece recordarse como una de las expresiones más repulsivas del resentimiento patrio. Sobre Francisco Franco se pueden hacer, desde luego, muchos juicios ideológicos e históricos. Nadie podrá negar, sin embargo, que se mantuvo en el poder durante casi cuarenta años sin tener que enfrentarse a ninguna oposición reseñable, ni interior ni exterior. Mientras Franco gobernaba pacíficamente en España, entre aclamaciones y muestras de afecto colectivo, fueron muchas las dictaduras coetáneas derrocadas: podemos recordar, por ejemplo, lo ocurrido en Cuba con Batista; podemos recordar lo ocurrido con Somoza en Nicaragua; podemos recordar la portuguesa Revolución de los Claveles. Y, desde luego, podemos recordar lo ocurrido en países de la órbita comunista como Hungría, Checoslovaquia o Polonia. En todos estos lugares, la insatisfacción popular hizo saltar en mil añicos el poder dictatorial. Entretanto, en España, la mayoría de los españoles estaban encantadísimos con su Caudillo; y la oposición comunista languidecía sin apoyos entre la población, como antes le había sucedido al maquis. Alguien podría aducir aquí que en muchos de los países mencionados hubo revueltas populares porque las potencias extranjeras las alimentaron desde fuera. ¡Y tendría razón, en efecto! En cambio, las grandes democracias occidentales no tardaron en «bendecir» a Franco; y aunque siguieron cultivando una retórica antifranquista para consumo de exaltados e ilusos, se apresuraron a entablar relaciones diplomáticas y a sellar tratos comerciales con el régimen franquista. La España de Franco fue pronto aceptada en todos los organismos internacionales; y mantuvo una relación especialmente privilegiada con Estados Unidos.

Políticamente, a medida que la guerra quedaba atrás, el régimen de Franco fue adquiriendo contornos cada vez más democristianos. En el ámbito laboral, sin embargo, mantuvo una legislación protectora del obrero que luego ha sido minuciosamente desmantelada por los sucesivos gobiernos de la etapa democrática. Fue tanta la falta de respuesta política a su régimen, que Franco pudo dedicar especial atención al bienestar material de sus gobernados. Así se explica, por ejemplo, que desde 1960 a 1970, la renta per cápita de los españoles pasase de 290 a 900 dólares, y que la economía nacional creciese a una media del 8 por ciento anual, hasta convertir a España en la novena potencia industrial del mundo. A la muerte de Franco, la distribución de la población activa era la propia de una economía sana y pujante (mucho más sana y pujante que la actual): un tercio dedicado a la agricultura y ganadería, un tercio a la industria y un tercio a los servicios.

Franco logró la formación de unas nuevas clases medias con trabajos estables y bien remunerados. Y pensó que este «franquismo sociológico» sería su mejor aval ante la Historia. Si se hubiese preocupado de estudiar un poco de psicología de masas, habría advertido que siempre los beneficiados acaban desarrollando resentimiento contra su benefactor. Aquellas generaciones del franquismo sociológico quisieron seguir medrando con la democracia; y, como no soportaban reconocer su adhesión servil a Franco, como no soportaban reconocer que sus patrimonios habían sido asegurados y acrecentados por Franco, se inventaron una mitología antifranquista, que sus hijos mamaron desde la cuna, hasta desarrollar ese resentimiento baboso y nauseabundo, tan peculiar de los hijos de papá que no quieren que se sepa cómo sus familias salieron del agujero. Porque no es el resentimiento de los perdedores el que desentierra los huesos de Franco; es el resentimiento de los hijos de papá del franquismo sociológico.

Fuente: Juan Manuel de Prada

HELLO ET À DIEU

En el único retrato que conocemos del solitario Ernest Hello llaman enseguida la atención las manos sarmentosas, los rasgos macilentos, la mirada abstraída y un mechón de pelos levantiscos, tal vez sacudidos por un soplo celeste que le susurra palabras dulces o terribles al oído. Hello, hijo de un abogado bretón, estudió leyes por proseguir la tradición familiar; pero, tras licenciarse a los dieciocho años, se negó a ejercer, por no defender causas injustas.

Ernest Hello

Este rasgo levantisco no debe hacernos creer que Hello fuese un rebelde al estilo banal y diletante consagrado por el mundo. Por el contrario, fue un rebelde con Causa, la única causa que puede empujar a un hombre a reaccionar con tan insolente intransigencia. Queremos decir que Hello era católico; no al modo santurrón y anguileante que hoy se estila, sino con una oposición neta a la modernidad que lo condenó, ya en vida, al ostracismo, y en muerte al olvido.


Loco o santo

Hello, sin embargo, no lo lamentó demasiado. Tenía vocación de eremita y querencia por el campo; y casi toda su vida la pasó en una finca familiar, en Keroman, acompañado por su esposa, la también escritora Zoé Berthier, que dedicó sus mayores desvelos a cuidar con tesón de su marido, enfermo de los huesos desde niño. Discípulo confeso de Joseph de Maistre, alabado por el Cura de Ars y por Barbey d’Aurevilly, Hello publica su primer libro (una diatriba contra Renan) en 1859, a la vez que despliega una incansable actividad como polemista que le valdrá la admiración de autores como Léon Bloy, quien lo llamaba cariñosamente (le dijo la sartén al cazo) «el loco», tal vez por no llamarlo «el santo».

Juan Bautista María Vianney (1786–1859), conocido como el Santo Cura de Ars, fue un presbítero francés proclamado patrono de los sacerdotes católicos, especialmente de los que tienen cura de almas (párrocos). Su humildad, su predicación, su discernimiento y saber espontáneos, y su capacidad para generar el arrepentimiento de los penitentes por los males cometidos fueron proverbiales. Administrador del sacramento de la penitencia durante cuatro décadas a razón de más de diez horas diarias, llegó a hacerlo entre dieciséis y dieciocho horas por día durante trece años, desde 1830 hasta que enfermó en 1843. Se lo considera uno de los grandes confesores de todos los tiempos.

Y es que, en efecto, toda la obra de Hello está penetrada de un ramalazo de clarividente locura, de entusiástica santidad, que alcanza su culminación en la que sin lugar a dudas es su obra maestra, «El hombre» (1872), una colección de ensayos de intención apologética en la que se entremezclan cuestiones de índole estética, filosófica, científica y teológica. Libro incendiado de sabiduría y atrevimiento, «El hombre» podría definirse como la enmienda a la totalidad que un reaccionario inflamado de misticismo hace al mundo moderno.

Son muchos los pasajes memorables de este libro, en los que Hello refuta las más diversas idolatrías vigentes y descabeza a los santones del mausoleo ilustrado (empezando por Voltaire, a quien profesaba especial inquina); pero tal vez el capítulo más deslumbrante del libro sea el que dedica a «El hombre mediocre», al que identifica por su odio a lo bello y su sumisión a las convenciones establecidas, así como por su horror al hombre de auténtico genio (a quien siempre califica de exagerado).

Durante mucho tiempo, «El hombre» fue reeditado en versiones expurgadas, pues se consideraba que algunas de sus reflexiones vitriólicas podían ofender la sensibilidad meapilas; y, en efecto, abundan en él las afirmaciones incompatibles con el aguachirle doctrinal imperante: «La verdadera misericordia ―escribe Hello― es inseparable de un odio activo, furioso, devorador, implacable, exterminador, hacia el mal. ¿Cuándo se comprenderá que, para ser misericordioso, hay que ser inflexible; que para ser blando con el que pide perdón, hay que ser cruel contra el error, la muerte y el pecado? Desde hace mucho tiempo, la malevolencia y la tontería han conspirado para dar a las virtudes un aspecto bobo, deslucido, borroso y lamentable».


Caridad que devora

Y hay pasajes proféticos que estremecen: «El verdadero santo ―asegura― tiene caridad, pero una caridad terrible que arde, que devora, una caridad que detesta el mal, porque quiere la curación. El santo forjado por el mundo tendrá una caridad dulzona que bendecirá a cualquiera y cualquier cosa, en cualquier circunstancia. El santo forjado por el mundo sonreirá al error, sonreirá al pecado, sonreirá a todos, sonreirá a todo. Estará exento de indignación, de profundidad, de alteza, de mirada sobre los abismos. Será benévolo, dulzarrón con el enfermo e indulgente con la enfermedad. Si quieres tú ser ese santo, el mundo te amará y dirá de ti que haces amar el Cristianismo».

Para que quedara claro el modelo de santidad que postulaba, Hello publicaría «Fisonomía de los santos» (1875), una vibrante colección de semblanzas hagiográficas, llena de intuiciones prodigiosas y reflexiones fustigadoras, que tradujo maravillosamente al español el gran poeta catalán Joan Maragall; por supuesto, ninguna editorial católica española se han dignado reeditarla durante el último siglo. Algo de esto ya se olía Hello cuando escribió que «el verdadero creyente provoca un odio furioso en el falso creyente»; y también Huysmans cuando calificaba al solitario de Karoman como «inexpugnable al éxito».

Joan Maragall, 1903

Pero Hello no creía en el éxito, sino tan sólo en la gloria, que no la dan los hombres; y aguardó esa gloria poniéndose a escribir todos los días, en un pequeño pabellón o belvedere, con las cristaleras abiertas hacia el mar y el sol naciente inflamando su escritura de un estilo ardoroso que, aun tomado en pequeñas dosis, abrasa las resistencias del incrédulo y descompone a los tibios y a los eunucoides. Desde ese pabellón o belvedere dijo Hello «adieu» («¡à Dieu!») al mundo, gozoso de abrazar la fuente de su dicha.

LA ÚLTIMA LUZ

Son muchos los lectores que me escriben inquietos, algunos muy lastimados en sus creencias, otros en un estado de angustia próximo a la pérdida de la fe, suplicándome que me pronuncie sobre tal o cual desvarío eclesiástico. Durante muchos años ofrecí mi jeta desnuda para que me la partieran los enemigos de la fe; hasta que, cierto día, empezaron a partírmela también (¡y con qué saña!) sus presuntos guardianes. Hoy atravieso una noche oscura del alma de incierta salida; por lo que, sintiéndolo mucho, no puedo atender las solicitudes de mis lectores angustiados, sino en todo caso sumarme a su tribulación. En cambio, les recordaré un pasaje de las Escrituras que, en momentos tenebrosos, conviene tener presente, para que no muera la esperanza. Y estas líneas serán las últimas que dedique a esta cuestión desgarradora.

En una de las visiones del Apocalipsis se nos habla de la Gran Ramera, que «fornica con los reyes de la tierra» y «embriaga a las gentes con el vino de su inmoralidad». Esta Gran Ramera es la religión adulterada, falsificada, prostituida, entregada a los poderes de este mundo; y es la antítesis de la otra Mujer que aparece en el Apocalipsis, la parturienta vestida de sol y coronada de estrellas que tiene que huir al desierto, perseguida por la Bestia. Si la Gran Ramera simboliza la religión genuflexa ante los «reyes de la tierra», la parturienta representa la religión fiel y mártir. Estas dos facetas de la religión, que para Dios son perfectamente distinguibles, no lo son siempre para los hombres, que con frecuencia confunden a la una con la otra (a veces por candor, a veces por perfidia); y sólo serán plenamente distinguibles en el día de la siega, cuando se separen el trigo y la cizaña. Entretanto, para tratar de distinguir esta religión prostituida hemos de guiarnos por los indicios que nos brindó Cristo: es la religión convertida en sal sosa, es la religión que calla para que griten las piedras, es la religión que permite la «abominación de la desolación», adulterando, ocultando y hasta persiguiendo la verdad. «Os expulsarán de la sinagoga ―profetizó Cristo, en un último aviso a navegantes―. Y, cuando os maten, pensarán que están haciendo un servicio a Dios». Evidentemente, no se estaba refiriendo a la persecución decretada por los reyes de la tierra, sino a la persecución mucho más pavorosa impulsada por la Gran Ramera.

¿Cómo fornica la Gran Ramera con los reyes de la tierra? Allanándose ante sus leyes, transigiendo ante su dictadura ideológica (marxismo cultural), callando ante sus iniquidades, codiciando sus riquezas y honores, aferrándose a los privilegios y brillos con que la han sobornado, para tenerla a sus pies; en resumen, poniendo los poderes de este mundo en el lugar que le corresponde a Dios. ¿Y cómo embriaga a las gentes con el vino de su inmoralidad? Adulterando el Evangelio, reduciéndolo a una lastimosa papilla buenista, enturbiando la doctrina milenaria de la Iglesia, cortejando a los enemigos de la fe, disfrazando de misericordia la sumisión al error, sembrando la confusión entre los sencillos, condenando al desconcierto y a la angustia a los fieles, a los que incluso señalará como enemigos ante las masas cretinizadas, que así podrán lincharlos más fácilmente. Al final esos fieles serán muy pocos; pero, a cambio, serán terriblemente visibles, provocando el odio de la religión prostituida, que los perseguirá hasta el desierto: «Y seréis odiados por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin, ése será salvo».

Entretanto, Dios mantendrá sus promesas sobre la permanencia e infalibilidad de sus palabras: «Cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán». Y esa última luz será nuestro único consuelo, mientras nos invade la noche oscura del alma.

Fuente: Juan Manuel de Prada

LIBERTAD DE PENSAMIENTO

En «1984», explicando las artimañas empleadas por el Partido para transformar el pensamiento de la gente, George Orwell relata que ocupaba un lugar preferente hacer creer que «tanto el pasado como el mundo externo existen sólo en la mente». Ante lo que Winston Smith, el protagonista de la novela, se rebela, diciendo: «El mundo material existe, sus leyes no cambian. Las piedras son duras; el agua, líquida; los objetos sin sujeción caen hacia el centro de la Tierra. La Libertad significa libertad para decir que dos más dos son cuatro. Si eso se admite, todo lo demás se da por añadidura»...

La libertad, para Orwell, se funda en la verdad; y ya se sabe que nada ofende tanto (sobre todo en épocas de engaño universal) como la verdad. Por eso todos los tiranos que en el mundo han sido han tratado de escamotear la verdad de las cosas; y el hombre libre ha aspirado a desentrañarla. En esto debería consistir la «libertad de pensamiento». Pero... ¿de veras esta es la «libertad de pensamiento» que hoy proclamamos?

No puede serlo por la sencilla razón de que nuestra época no reconoce la existencia de la verdad, que Orwell consideraba premisa de la libertad. El subjetivismo niega que la verdad de las cosas pueda ser conocida, pues considera que el entendimiento está limitado por la experiencia. El relativismo afirma que lo que las cosas son desde nuestra perspectiva y coyuntura no lo serían si la perspectiva y la coyuntura fuesen distintas. El escepticismo, en fin, nos impone dudar de todo, pues considera que somos incapaces de alcanzar la verdad. La verdad cierta de las cosas se ha evaporado del todo, lográndose aquel anhelo del Partido que exigía que tanto el pasado como el mundo externo sólo existiesen como figuraciones mentales. Curiosamente, esto no ocurre bajo un poder dictatorial como el que imaginó Orwell, sino bajo regímenes democráticos. Pero tal vez, como afirmaba Kelsen en De la esencia y valor de la democracia, «la causa democrática aparecería desesperada si se partiera de la idea de que puede accederse a verdades y captarse valores absolutos».

Hans Kelsen

Al no reconocerse la existencia de la verdad (o ante la imposibilidad de acceder a ella), ya no puede existir adecuación del intelecto a las cosas (que era la definición aristotélica de verdad). Abolida la verdad, se invocó en un principio la objetividad, que presupone imparcialidad; pero nadie puede creer seriamente que un sujeto que no reconoce la existencia de la verdad pueda ser otra cosa sino subjetivo. Luego, el concepto de objetividad fue sustituido por los de sinceridad o autenticidad, que ya sólo pueden presumir de «decir lo que uno piensa (o siente)». La verdad se convierte, entonces, en coherencia con las ideas propias, que naturalmente habrán de ser subjetivas; pero, una vez sustraída la adecuación del intelecto a las cosas, ¿cómo sabemos que esas ideas que creemos propias no son en realidad ideas inducidas por otros? ¿Cómo sabemos que estamos diciendo lo que pensamos y no lo que otros nos han «predispuesto» o «enseñado» a pensar? ¿Cómo sabemos que estamos pensando y no tan sólo «sintiendo»? A fin de cuentas, nada hay tan «sincero», tan «auténtico», como la expresión de sentimientos. Y nada tampoco tan fácil de excitar, de estimular y, en definitiva, de inducir: no hace falta sino comprobar la facilidad con que unas imágenes lanzadas a través de la tele logran indignarnos o conmovernos; o la celeridad con la que logran «movilizarnos» a través de las redes sociales. Cuando la verdad ha sido sustraída, nada más sencillo que «suministrar» pensamientos que nos hagan sentir auténticos. Así lo creía Adam Smith, cuando afirmaba que, «en las sociedades opulentas, pensar es una operación muy especial, reservada a un reducido número de personas, que suministran todo el pensamiento que debe disponer la multitud de los que penan». Así también Rousseau, cuando explicaba cómo se «creaba» la llamada cínicamente «opinión pública»: «Corregid las opiniones de los hombres y sus costumbres se depurarán por sí mismas». En UN MUNDO FELIZ, la fábula turista de Huxley, esta «libertad de pensamiento» se creaba durante el sueño, mediante un mecanismo repetitivo que hablaba sin interrupción al subconsciente; en nuestra época, se logra a través de los métodos de control social y condicionamiento de los espíritus de todos conocidos, que nos enseñan lo que podemos pensar y lo que debemos rechazar, lo que conviene decir y lo que conviene callar, para poder seguir siendo aceptados en la manada y acogidos en el redil, donde nos aguardan en el comedero los pensamientos permitidos que podemos rumiar y deglutir tranquilamente, para alivio de nuestras penas.

Soma: el potente alucinógeno con el que se mantenía al pueblo anestesiado en UN MUNDO FELIZ de Aldous Huxley.

Fuente: LIBERTAD DE PENSAMIENTO, Juan Manuel de Prada

30 AÑOS DE ESCLAVITUD


Se anda celebrando en estos días el trigésimo aniversario de la «adhesión de España» a la Unión Europea, que es tanto como si el sifilítico terminal celebrase la fecha en la que contrajo el treponema. Treinta años de sometimiento y esclavitud, de desnaturalización y extrañamiento que han dejado a España convertida en un harapo en todos los órdenes, una colonia de cipayos que, mientras son ordeñados concienzudamente, mientras son despojados de sus tradiciones, mientras contemplan los muros desmoronados de la patria, siguen farfullando memeces sobre los años de «prosperidad» que la «adhesión» nos ha brindado y (risum teneatis) sobre una Europa de fantasía fundada en el cristianismo, la filosofía griega y el derecho romano. Como diría Manolo Morán en Bienvenido, míster Marshall: «Cursiladas y mamarrachadas».

Europa (la Europa verdadera, no esa versión de merengue que se han inventado los noños y los meapilas) nació de la ruptura con el cristianismo, la filosofía griega y el derecho romano. La Europa verdadera nació —como muy bien explica Elías de Tejada—:
  1. de la ruptura religiosa de Lutero, 
  2. la ruptura ética de Maquiavelo, 
  3. la ruptura política de Bodigo
  4. la ruptura jurídica de Hobbes 
  5. y la ruptura social de la Paz de Westfalia
Y estas cinco rupturas hallarían su desembocadura común en los procesos revolucionarios, de neta inspiración antiespañola. Pues el propósito de Europa fue siempre destruir España, algo que empezó a lograr a comienzos del XIX, hasta la rendición definitiva, consumada con la «adhesión» (en realidad rendición) de España a la UE.

El profesor Miguel Ayuso, en EL ESTADO EN SU LABERINTO, ha estudiado los destrozos políticos que ha causado nuestra rendición a la UE. Europa ha sido, en efecto, la culpable principal del clima «postestatal» que se respira en España, mediante la «transferencia de competencias estatales que implican su abandono y no una simple delegación» a brumosos organismos burocráticos con sede en Bruselas; así como de la dispersión del poder político en grotescos entes autonómicos que sólo se reconocen en una supranacionalidad europea igualmente grotesca. Toda esta desnaturalización y desintegración política —nos refiere Ayuso— nos ha convertido en rehenes de «organismos supranacionales que se han evidenciado vacíos de toda idea moral, como no lo sea la muy vaga y hasta aniquilante del pacifismo a ultranza». Esta debilitación del Estado —señala también Ayuso— ha culminado con «la rendición de la política a la administración del economicismo» al servicio de un neoliberalismo globalizador que favorece a las grandes corporaciones multinacionales, a costa de desbaratar la economía natural de las naciones.

Miguel Ayuso es Doctor en Derecho, Catedrático de Ciencia Política y Derecho Constitucional en la Universidad Pontificia Comillas, Presidente de la Unión Internacional de Juristas Católicos, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Udine, ITA y Director Científico del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II.

La UE nos ha destruido políticamente; ha arruinado nuestra economía natural (sobornando a agricultores y ganaderos, cerrando nuestras fábricas y convirtiéndonos en suministradores de «servicios»); ha aniquilado todo vestigio de justicia social (todas las reformas laborales que hemos padecido han sido impuestas por los peleles de Bruselas, al servicio de la plutocracia internacional); y, en fin, ha arrasado nuestras tradiciones seculares, convirtiéndonos en masa cretinizada, desdiosada y «multicultural». ¡Ah, y nos ha facilitado el «acceso libre al porno», como señaló orgulloso el botarate que preside el Partido Popular Europeo!

Ese descenso a la mierda es lo que celebramos en estos días. Pobre España, humillada, mendicante y genuflexa, convertida en sanatorio de sifilíticos terminales que le ponen una tarta con velitas al treponema que los convirtió en eunucos.

EL ENIGMA RUSO


Decía Churchill, ateo, masón y (lo que aún resulta más imperdonable) escritor ful, que «Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma». Lo que en verdad resulta enigmático es que Churchill se convirtiese en ídolo de todos los conservadores y católicos zombis, que llevan setenta años dándonos la matraca hagiográfica con tan nefasto personaje; los mismos, más o menos, que llevan colgados de la brocha del anticomunismo para justificar su grotesca rusofobia.

Chesterton ya nos advertía hace casi un siglo que quienes execran las calamidades remotas del comunismo son los mismos que nos distraen de las cercanas tropelías del capitalismo. Y, en efecto, el anticomunismo ha sido una especie de implante emocional entre la gente de derechas que, mientras el comunismo soviético se mantuvo en pie, sirvió al capitalismo para convertirnos en una colonia descristianizada; y todavía hoy, cuando el comunismo soviético lleva muerto más de dos décadas, sigue sirviendo a modo de espantajo paranoide para alimentar entre esta misma gente la rusofobia más rabiosa y truculenta.

Pero, como afirmar que el país que defiende los valores tradicionales y ha abierto más de veinticinco mil iglesias en las dos últimas décadas es comunista empieza a resultar, en verdad, un poco chusco, los corifeos del anticomunismo engatusan a la gente de derechas más sugestionable con la matraca de la antañona pertenencia de Putin al KGB.

Pero, acaso sin pretenderlo, el ateo, masón y escritor ful Winston Churchill tenía algo de razón cuando soltó aquella charada inepta. Rusia, en efecto, guarda en su alma un enigma precioso que los corifeos del anticomunismo han tratado de oscurecer a toda costa, logrando incluso que los católicos zombis (a la postre más atentos a la propaganda anticomunista yanqui que a los mensajes de la Cueva de Iría) se tragaran sus intoxicaciones.

Pruebas de que Rusia guarda un enigma precioso en su alma es que todas las gentes infectadas de odio teológico, lo mismo progres que liberales, la denostan con efusión de espumarajos; prueba de que Rusia guarda un enigma precioso en su alma es que todos los chiringuitos del mundialismo tratan de desprestigiarla del modo más burdo ante las masas cretinizadas (muy recientemente, por ejemplo, la hedionda Amnistía Internacional); prueba de que Rusia guarda un enigma precioso en su alma es que el enemigo histórico por antonomasia de la Cristiandad, el pérfido turco, no puede disimular su rabia y su encono contra ella; prueba de que Rusia guarda un enigma precioso en su alma es que ha logrado que muchas gentes, hasta ahora apuntadas al conservadurismo panoli y al catolicismo zombi, estén empezando a abrir sus ojos legañosos de anticomunismo con la intervención de Rusia en Siria.

Y es que la intervención de Rusia en Siria nos ha enseñado muchas cosas. Nos ha enseñado, por ejemplo, que la «alianza internacional» contra el Estado Islámico era un cuento chino; nos ha enseñado que las alimañas del Estado Islámico han sido armadas y sufragadas por el mundialismo; nos ha enseñado que Turquía es un Estado criminal que comercia con un petróleo amasado de sangre y sirve de refugio a los terroristas; y muchas más cosas que no me caben en el artículo.

En alguno de sus discursos, Putin afirmó que una gran potencia no debe serlo sólo desde un punto de vista político o militar, sino también moral y espiritual. Ojalá Rusia sea fiel a este desiderátum y logre alumbrar al mundo el enigma que custodia en su alma; pues, si se conforma con la línea de «pragmatismo» que ciertos sectores de enemigos infiltrados tratan de inspirar en Putin, Rusia terminará siendo una colonia más del mundialismo.

Juan Manuel de Prada
https://espectivas.wordpress.com/2016/01/03/el-enigma-ruso-por-juan-manuel-de-prada/

LA ESPERANZA RUSA

G. K. Chesterton

Escribía Chesterton que: la ortodoxia es la única forma de heterodoxia que nuestra época no admite. Y tenía razón. Durante los ya más de veinte años que llevo polemizando en periódicos he comprobado que el enjambre de disidencias que el mundo cobija y propicia son, en realidad, cebos (¡y placebos!) que se arrojan a las masas para alimentar la demogresca. Liberales y socialdemócratas, conservadores y progresistas, mantienen un rifirrafe banal, una disensión meramente ‘procedimental’ que encubre un acuerdo en lo fundamental; pues, a la postre, todos ellos postulan un mundo sustentado sobre los mismos cimientos y sostenido por las mismas estructuras, aunque disputen histriónicamente sobre los adornos de la fachada. La única disidencia fundamental que nuestra época no admite es la postulación de un orden cristiano, pues como afirmaba también Chesterton hay en él una dinamita capaz de renovar el mundo en cualquier época. Quien se atreve a postular ese orden cristiano (quien se atreve a ejercer la única disidencia radical que nuestra época no tolera) se tropieza de inmediato con los vituperios mancomunados de liberales, socialdemócratas, conservadores y progresistas, que sirven todos al mismo amo. Algunos ya hemos criado callo (y espolones), de tanto recibir vituperios; y en la tribulación nos consolamos con aquella formidable promesa que se nos lanzó desde una montaña: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

En efecto, todas las trifulcas que las ideologías en liza escenifican son aspavientos que el sistema necesita para mantener distraídas a las masas; y la gasolina que alimenta todas las ideologías (de forma más o menos solapada o explícita) es el odio teológico contra el orden cristiano. Siempre que mis artículos sobre cuestiones políticas han provocado reacciones furibundas he descubierto entre las babas y espumarajos odio teológico, tal vez porque como señalaba Donoso Cortés en toda cuestión política subyace siempre una cuestión teológica. Confesaré, sin embargo, que hubo una ocasión en que creí ingenuamente que esta regla de oro se quebraba. Fue cuando empecé a defender la posición de Rusia en el concierto mundial, cuando empecé a ponderar los esfuerzos restauradores de una nación que había padecido la experiencia abismal del comunismo, cuando empecé a aplaudir que Rusia se erigiese como una muralla contra las pretensiones mundialistas, cuando empecé a mirar con aprecio el esfuerzo ruso por oponerse a la decadencia occidental. Sorprendentemente, los denuestos me llegaban tanto del negociado de derechas como del negociado de izquierdas; aunque he de confesar que los más alucinados procedían de ámbitos neocones, desde los cuales se me acusaba de estar a sueldo de los rusos (¡cree el ladrón que todos son de su condición!), o de concebir el paraíso como un inmenso gulag con un pope confesor del KGB en cada barracón y misa militarizada. Recuerdo que fueron estos improperios tan delirantes los que me pusieron en guardia. «Sin duda pensé entonces, aquí también se respira el perfume azufroso del odio teológico».

Por aquellas mismas fechas andaba yo releyendo LOS HERMANOS KARAMAZOV, la obra maestra de Dostoievski. Y me tropecé entonces con una aseveración que el autor pone en boca de uno de sus personajes, el asceta Paisius: «Ciertas teorías afirman que la Iglesia debe convertirse, regenerándose, en Estado, dejándose absorber por él, después de haber cedido a la ciencia, al espíritu de la época, a la civilización. Si se niega a esto, la Iglesia sólo tendrá un papel insignificante y fiscalizado dentro del Estado, que es lo que ocurre en la Europa de nuestros días. Por el contrario, según las esperanzas rusas, no es la Iglesia la que debe transformarse en Estado, sino que es el Estado el que debe mostrarse digno de ser únicamente una Iglesia y nada más que una Iglesia». Hasta aquel momento, había creído ingenuamente que los denuestos que recibía por defender las posiciones de Rusia me los propinaban por la aversión que Putin provoca tanto en el negociado progre (por sus leyes contra la propaganda homosexualista) como en el negociado neocón (por su oposición al imperialismo yanqui). Pero aquellas palabras de Dostoievski cambiaron por completo mi percepción: entendí, de repente, que la aversión que profesaban a Putin desde los negociados de izquierdas y derechas era una cortina de humo que escondía un odio más profundo. Y ese odio, en su raíz última, era como siempre ocurre de naturaleza religiosa.

Indispensable: LOS HERMANOS KARAMAZOV, Fiodor Dostoievski

Cualquier persona que se haya acercado sin anteojeras a la literatura, la filosofía o el arte rusos habrá descubierto que, más allá de sus logros estéticos o intelectuales, lo que caracteriza sus mejores obras es su trasfondo místico. Esta vocación mística del genio ruso adquiere ribetes épicos en las coyunturas históricas más sacrificadas; y cuando esta vocación se reprime o adultera o anula puede llegar a provocar cataclismos feroces. Muchos han sido los intérpretes del alma rusa —de Soloviev a Solzhenitsyn, de Dostoievski a Berdiáyev— que han augurado que la vocación de Rusia será salvar a Occidente de su decadencia. El monje Filoteo lo profetizó de modo sintético: «Bizancio es la segunda Roma; la tercera será Moscú. Cuando esta caiga, no habrá más».

Vladímir Serguéyevich Soloviov, también conocido con la transcripción de su nombre como Vladímir Soloviev (la trascripción que él mismo usó en sus trabajos o correspondencia escritos en francés o inglés), fue un filósofo, teólogo, poeta, escritor y crítico literario ruso.

Durante muchos siglos, Rusia vivió de espaldas a Occidente, primero forjándose como nación, después repeliendo las invasiones de ideas o ejércitos extranjeros. Hubo, sin embargo, épocas en que Rusia se asomó curiosa a Occidente, fascinada por los primores de su progreso material, bebiendo en las fuentes de su cultura y su pensamiento, esplendoroso en apariencia aunque ya secretamente infectado de decrepitud. Pero el espíritu ruso no pudo digerir aquella influencia, sino que se revolvió trágicamente ante ella, en parte como reacción instintiva de defensa, en parte como prueba de una contaminación letal. Si en Occidente el tránsito de una sociedad religiosa a una sociedad apóstata ha sido un proceso gradual y mitigado por los sucesivos cloroformos materiales suministrados por el liberalismo, en Rusia el tránsito fue dramático y fulminante, extendiendo una niebla de nihilismo que los espíritus más clarividentes (no hay más que leer, por ejemplo, a Dostoievski) intuyeron como el anuncio de un gran cataclismo. Cuando Rusia se rindió al veneno del paganismo extendido por Occidente que había tratado de repeler durante siglos no lo hizo al modo pacífico y conformista de las naciones que integran el pudridero europeo, sino —como señala el propio Dostoievski— con un ímpetu vengador y en un vendaval de furia. Cuando los pueblos religiosos son obligados a renegar de su fe no se hacen paganos hedonistas ni modernistas fofos, sino ateos rabiosos, locos satanizados que queman iglesias y se atiborran de sangre. Así se explica que en la mística Rusia (un país industrialmente mucho menos desarrollado que Francia, Alemania o Gran Bretaña) prendiera el comunismo con un ímpetu mayor que en cualquier nación rehén del materialismo. Mientras las naciones del pudridero europeo volvían la espalda a Dios de forma desdeñosamente finolis, borrando paulatinamente todas sus tradiciones, anulando los frenos morales y exaltando los caprichos del deseo, deificando la avaricia de riquezas lograda a costa de la explotación del pobre, Rusia volvía la espalda a Dios de la forma más violenta, convirtiendo el odio religioso en eje central de su política.

Aquella reacción trágica y destructiva nada tenía que ver con la verdadera naturaleza de la mística Rusia, que a la caída del comunismo soviético parecía extenuada y presta a servir de felpudo a Occidente. Fueron los años indignos de Gorbachov y Yeltsin, aquellos años en los que parecía que se había llegado al final de la Historia augurado por Fukuyama, con una Rusia convertida en vomitorio occidental y entregada a las fuerzas tenebrosas que querían convertirla en un burdel para turistas y en una colonia más del Nuevo Orden Mundial. Pero cuando ya parecía que su suerte estaba echada ha vuelto a emerger, al principio tímidamente pero cada vez con mayor orgullo, la Rusia opuesta al pudridero occidental, la nación fiel a su historia y a sus tradiciones que tiene el cuajo de señalar la inanidad de las colonias europeas, convertidas en felpudo del mundialismo que, a la vez que repudia sus orígenes cristianos, financia la expansión del yijadismo. «Si el siglo XX comporta alguna lección para con la humanidad —escribió Solzhenitsyn—, seremos nosotros quienes la habremos dado a Occidente, y no Occidente a nosotros: el exceso de bienestar y una atmósfera contaminante de sinvergonzonería le han atrofiado la voluntad y el juicio». Todavía no sabemos si Rusia logrará hacer realidad ese designio histórico, o si los hostigamientos que sufre lograrán rendirla. Pero en ella hay el ímpetu de una esperanza, que es una luminosa virtud teologal; por ello en la rusofobia rampante encontramos a la postre el sempiterno y azufroso odio teológico de quienes tiemblan —«creen y tiemblan»— ante la remota, pero posible, restauración del mundo que aborrecen y creían haber dejado atrás definitivamente.

https://paginatransversal.wordpress.com/2015/12/23/la-esperanza-rusa/