De cómo Putin y Trump están poniendo fin a la guerra contra Siria.

La prensa occidental sigue apoyando a las élites financieras transnacionales y tratando de desacreditar al presidente estadounidense Donald Trump. Esa actitud obstaculiza la comprensión de los progresos a favor de la paz en Siria. Thierry Meyssan pasa revista a los acuerdos concluidos en los últimos 5 meses y los rápidos avances logrados en el terreno.


Con prudencia y determinación, la Federación Rusa y el presidente estadounidense Donald Trump están poniendo fin a la dominación del mundo por parte de los intereses transnacionales.

Convencido de que el equilibrio entre potencias no depende de las capacidades económicas de estas sino de sus capacidades militares, el presidente ruso Vladimir Putin ha logrado ciertamente restaurar el nivel de vida de sus conciudadanos pero ha tenido que desarrollar el Ejército Rojo antes de comenzar a enriquecerlos. El 1º de marzo de 2018, Putin revelaba al mundo las principales armas del nuevo arsenal ruso e iniciaba su programa de desarrollo económico.

En los días subsiguientes, la guerra en Siria se concentró en la Guta Oriental, o sea la parte este del cinturón verde de la capital siria. El general Valeri Guerásimov, jefe del estado mayor ruso, se comunicó telefónicamente con su homólogo estadounidense, el general Joseph Dunford, y le anunció que en caso de interferencia militar de Estados Unidos, los 53 navíos estadounidenses desplegados en el Mediterráneo y en el Golfo Pérsico, incluyendo 3 portaviones nucleares, serían blanco de la respuesta rusa. Lo más importante es que el jefe del estado mayor ruso invitó encarecidamente al jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos a que informara al presidente Trump sobre las nuevas capacidades militares de la Federación Rusa.

En definitiva, Estados Unidos se abstuvo de interferir en la limpieza de la Guta Oriental, lo cual permitió que el Ejército Árabe Sirio y algunas unidades rusas de infantería completaran la liberación de los alrededores de la capital siria expulsando de allí a los yijadistas que ocupaban varias localidades.

Sólo el Reino Unido trató de anticiparse a los acontecimientos, organizando el llamado «caso Skripal». Según la «lógica» de Londres, si se derrumba el orden mundial imperante hay que reinstaurar la retórica de la guerra fría, estimulando el enfrentamiento entre los «buenos» (los cowboys) y los «malos» (el oso ruso).

En junio, cuando el Ejército Árabe Sirio, con apoyo aéreo ruso, comenzó su avance en el sur de Siria, la embajada de Estados Unidos en Jordania anunció a los yijadistas que, en lo adelante, tendrían que pelear solos, sin ayuda ni apoyo del Pentágono y la CIA.

El 16 de julio, en Helsinki, los presidentes Putin y Trump fueron aún más lejos. Abordaron el tema de la reconstrucción, o sea de los daños de la guerra. Como ya hemos explicado repetidamente desde la Red Voltaire, Donald Trump es contrario a la ideología puritana, al capitalismo financiero y al imperialismo resultante de los dos anteriores. Trump estima que su país no tiene porqué cargar con las consecuencias de los crímenes cometidos por los anteriores inquilinos de la Casa Blanca, crímenes de los que también fue víctima el pueblo estadounidense. Trump sostiene que esos crímenes fueron perpetrados por instigación —y en beneficio— de las élites financieras transnacionales y que son por consiguiente esas élites quienes tienen que pagar por ellos, aunque nadie sepa aún cómo forzarlas a ello.

El presidente ruso y su homólogo estadounidense también decidieron facilitar el regreso de los refugiados sirios. Al aprobar el regreso de los refugiados sirios, Donald Trump invirtió la lógica de su predecesor, quien afirmaba que los refugiados huían de «la represión y la dictadura», cuando en realidad huían de la invasión yijadista.

En el sur de Siria, los yijadistas ahora huían de las fuerzas sirias y rusas, pero —ya completamente desesperados— algunos remanentes del Emirato Islámico (Daesh) perpetraban atrocidades inimaginables en esa región en momentos en que el ministro ruso de Exteriores, Serguei Lavrov, y el general Guerásimov, iniciaban una serie de visitas en Europa y el Medio Oriente.

En los predios de la Unión Europea, ambos responsables rusos eran recibidos con la mayor discreción posible ya que, según la retórica occidental, el general Guerásimov es una especie de conquistador que invadió y anexó Crimea… y la Unión Europea, defensora autoproclamada del «estado de derecho», prohibió en su momento que este militar ruso pisara suelo europeo. Ahora, como no había tiempo para retirar su nombre de la lista de responsables rusos sancionados, la Unión Europea no tuvo más remedio que tragarse sus sanciones mientras este héroe de la reunificación entre Crimea y Rusia se hallaba en suelo europeo. La vergüenza de los dirigentes europeos ante su propia hipocresía explica la ausencia total de imágenes oficiales de los encuentros entre los dos altos responsables rusos y los dirigentes que los recibieron en varias capitales europeas.

Guerásimov junto al «santo» de todas las Rusias

El ministro de Exteriores y el jefe del estado mayor ruso resumieron a cada uno de sus interlocutores algunas de las decisiones adoptadas en la cumbre de Helsinki. Muy sabiamente, se abstuvieron de pedir cuentas sobre el papel de cada Estado en la guerra contra Siria y prefirieron exhortar a sus interlocutores a ayudar a poner fin al conflicto retirando sus fuerzas especiales, cesando la guerra secreta, cancelando toda ayuda a los yijadistas, contribuyendo al regreso de los refugiados y reabriendo sus embajadas en la capital siria. Los dos responsables rusos subrayaron además que todos podrían participar en la reconstrucción.

Inmediatamente después de la partida de la delegación rusa, la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Emmanuel Macron interrogaron ingenuamente al Pentágono para saber si era cierto que el presidente Donald Trump tenía intenciones de forzar ciertas transnacionales —el fondo de inversiones KKR, Lafarge, etc.— a pagar, pero el único objetivo de esa averiguación era sembrar el caos del otro lado del Atlántico. En el caso del presidente francés Macron, ex-cuadro bancario, se trata de una actitud particularmente deplorable en la medida en que antes había pretendido dar una muestra de buena fe con el envío de 44 toneladas de ayuda humanitaria a la población siria, ayuda distribuida por el ejército ruso.

En el Medio Oriente se dio mejor cobertura mediática al viaje de la delegación rusa. El ministro Lavrov y el general Guerásimov anunciaron allí la creación de 5 comisiones encargadas de facilitar el regreso de los refugiados sirios desde Egipto, Líbano, Turquía, Iraq y Jordania, donde cada una de esas comisiones incluye representantes del país donde se hallan los refugiados así como delegados rusos y sirios. Nadie quiso plantear la pregunta incómoda: ¿Por qué la Unión Europea no participa en esas comisiones?

En cuanto a la reapertura de las embajadas en Siria, los Emiratos Árabes Unidos se adelantaron a los occidentales y a sus aliados regionales negociando de inmediato la reapertura de su misión diplomática en Damasco.

Quedaba pendiente la preocupación de los israelíes por obtener la retirada de los consejeros militares iraníes y de las milicias proiraníes que llegaron a Siria para luchar contra la agresión exterior. El primer ministro israelí Benyamin Netanyahu viajó varias veces a Moscú y Sochi para tratar de alcanzar ese objetivo. El general Guerásimov incluso llegó a utilizar la ironía al referirse a la pretensión de los vencidos israelíes de exigir la retirada de los vencedores iraníes. Por su parte, el diplomático Serguei Lavrov se atrincheró en el principio ruso que consiste en no inmiscuirse en las cuestiones vinculadas a la soberanía de Siria.

Rusia resolvió el problema de otra manera. La policía militar rusa reinstaló a los cascos azules de la ONU a lo largo de la línea de demarcación que separa a la República Árabe Siria del Golán ocupado por Israel, en las posiciones de donde los soldados de las Naciones Unidas habían sido expulsados por los yijadistas de al-Qaeda, cuando esos terroristas contaban con el apoyo de las fuerzas armadas de Israel. La policía militar rusa instaló además, del lado sirio, 8 puestos militares de observación. De esa manera, Moscú logra garantizar —a Siria y a la ONU— que los yijadistas no volverán a esa zona y al mismo tiempo garantiza a Israel que Irán no atacará desde Siria.

Israel, que antes apostaba por la derrota de la República Árabe Siria y calificaba al presidente Asad de «carnicero», acaba de reconocer súbitamente, por boca de su ministro de Defensa Avigdor Liberman, que Siria sale vencedora del conflicto y que el presidente Asad es su líder legítimo. Como muestra de buena voluntad, Liberman incluso ordenó un bombardeo contra un grupo del Emirato Islámico (Daesh) al que hasta ahora Israel había respaldado de múltiples maneras.

Poco a poco, la Federación Rusa y la Casa Blanca —no Estados Unidos— están poniendo orden en las relaciones internacionales y convenciendo a diversos protagonistas de que se retiren de la guerra, exhortándolos incluso a que se propongan como participantes en la reconstrucción.

Por su parte, el Ejército Árabe Sirio prosigue su campaña de liberación del territorio nacional.

Queda pendiente, por parte del presidente Trump, implementar la retirada de los militares estadounidenses presentes en el sur de Siria —en la región de Al-Tanf— y en el norte del país —concretamente al este del Éufrates— mientras que el presidente turco Erdoğan tendrá que acabar abandonando a su suerte a los yijadistas refugiados en el noroeste en la región de Idlib.

No hay comentarios:

Publicar un comentario