La propaganda bélica siempre persigue retratar las guerras como un conflicto entre buenos y malos. Semejante error —creer que la maldad de un contendiente convierte automáticamente en bueno a su adversario— ha tenido históricamente consecuencias nefastas. Así, en la II Guerra Mundial dicha creencia fue aprovechada por el genocida Stalin para transformarse en «bueno» —y con él el comunismo— por enfrentarse a Hitler, otro genocida. Aún estamos pagando las consecuencias de dicho blanqueamiento.
Por lo tanto, el hecho de que el régimen iraní sea «malo» no convierte a sus adversarios en «buenos», pues lo más habitual es que la guerra sea un conflicto entre yonquis del poder, es decir, entre malos y malos. Sólo interiorizando este concepto podremos analizar objetivamente lo que está ocurriendo.
Las lecciones del pasado
Hace unos 3.000 años, Creso, el riquísimo y arrogante rey de Lidia, sintió la necesidad de cortar de raíz el poder ascendente del imperio persa antes de que se convirtiera en un peligro para su reino. Ponderando sobre la sensatez de su proyecto, decidió consultar al oráculo de Delfos. Hombre precavido, antes de consultarlo quiso atraerse el favor de la divinidad sacrificando tres mil cabezas de ganado y fundiendo una inmensa cantidad de oro. Una vez endulzada la voluntad divina con semejantes ofrendas, el rey lidio envió una delegación a Delfos para preguntar a los oráculos qué decisión debía tomar. Como nos relata Heródoto, sus enviados plantearon así la cuestión: «Creso, rey de los lidios, persuadido de que sois los únicos oráculos veraces que hay en el mundo, os ha hecho donación de dones dignos de vuestra capacidad adivinatoria. Ahora os pregunta si debe emprender la guerra contra los persas». Como respuesta, «ambos oráculos coincidieron en anunciar a Creso que, si emprendía la guerra contra los persas, destruiría un gran imperio». Ante semejante vaticinio, «Creso quedó vivamente complacido», y, convencido de que destruiría el reino persa, le declaró la guerra.
Sin embargo, las cosas no salieron como pensaba: los persas pronto vencieron a los lidios, conquistaron su capital, Sardes, y tomaron como prisionero al propio Creso, que sólo entonces comprendió que, «conforme al oráculo, había puesto fin a un gran imperio: el suyo propio»[1].
[1] Heródoto, Historia I (Gredos).

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