El Papa y la defensa de la vida.

 

La visita del Papa León XIV a España dejó recuerdos imborrables. Para los católicos como yo, la Vigilia en la Plaza de Lima de Madrid siempre ocupará un lugar especial en nuestra memoria. Presenciar cómo medio millón de jóvenes rebosantes de alegría en el Paseo de la Castellana, en Madrid, pasaban de corear «¡Viva!» y cantar a guardar silencio, adorando el Santísimo Sacramento de rodillas en un silencio sobrecogedor —interrumpido solo por el canto vespertino de los pájaros que se despedían del día— fue inolvidable. Si la juventud del Papa es la juventud de España, entonces hay esperanza.

La imagen de la incontable multitud de fieles que se congregaron para la hermosa Misa del Corpus Christi en la Plaza de Cibeles también impactó a medio mundo: más de un millón de católicos, levantándose en plena noche y desafiando el calor del verano madrileño, dando testimonio de su fe, y un Papa de 70 años recorriendo las calles de Madrid en procesión, portando él mismo el Santísimo Sacramento.

Otro recuerdo inolvidable fue la misa en la espectacular Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona, ​​escenificada con extraordinaria belleza y elegancia. La música sacra, con orquesta y órgano —instrumento musical por excelencia en la liturgia—, contribuyó al carácter devocional de la ceremonia, que se vio reforzada por la intervención policial (que impidió su instrumentalización política por parte de los habituales agitadores separatistas catalanes). Finalmente, el crescendo de luz y música, que evocaba la liturgia de la Vigilia Pascual, puso de relieve la relación entre la verdad, el bien y la belleza.

En resumen, la visita del Papa León XIV ha sido un catalizador inesperado. Para los católicos, ha sido como «rocío que refresca nuestra sequedad», una llama de esperanza a través de la cual el Papa ha enfatizado la centralidad de la Eucaristía frente a las modas ideológicas pasajeras que recientemente han empañado a la propia Iglesia.

Pero más allá de la perspectiva católica —que puede parecer insignificante o incomprensible para los no católicos— creo que este ha sido un camino que ha dejado huella en muchos que no creen o se han distanciado de la Iglesia.

Esta receptividad refleja la sed de verdad de una sociedad, una sociedad cansada de ser alimentada con un torrente de mentiras; una sociedad privada de puntos de referencia duraderos y trascendentes que, sin embargo, continúa buscando el sentido último de la vida; una sociedad que, en resumen, anhela a Dios.

Por lo tanto, el éxito del viaje del Papa León XIV ha sido total, al igual que la respuesta de los fieles cristianos en España —quizás el protagonista más destacado de la visita—, que ha dejado una profunda impresión en el Papa.

Anécdotas de la visita
Dicho esto, la visita papal también ha servido para resaltar ciertas realidades de nuestro país, aunque de forma anecdótica. Por ejemplo, la irreligiosidad de nuestra clase política se ha hecho evidente; de ​​ninguna manera representa al 17% de la población adulta que se identifica como católica practicante, es decir, 7 millones de votantes «huérfanos»[1]

Asimismo, la visita papal ha suscitado dudas sobre la existencia de cierta desconexión entre algunos enfoques pastorales de ciertos obispos y las verdaderas inquietudes espirituales de los fieles, o del propio Papa, quien en ocasiones prefirió eludir las preguntas que se le planteaban. En efecto, la selección de ciertos testimonios que, por su carácter extremo, resultan poco representativos de la realidad cotidiana del pueblo cristiano, el sesgo en algunos enfoques y la elección de algunas actuaciones de dudoso gusto han sido sorprendentes, aunque en ningún caso han empañado la visita.

Asimismo, se evidenciaba un marcado contraste entre la experiencia del Romano Pontífice en Madrid y la que vivió en Barcelona. Madrid exhibía la fe del pueblo cristiano con multitudes impresionantes, algo que brillaba por su ausencia en una Cataluña secularizada, convertida casi en tierra de misiones; no es de extrañar que las espinas del nacionalismo y las ideologías ahoguen la fe.

Madrid también demostró su hospitalidad y su espíritu de acogida incondicional. Esta cálida bienvenida se hizo patente entre los relativamente menos numerosos fieles catalanes que acudieron a ver al Papa, pero lamentablemente no entre las autoridades locales, que lo presionaron groseramente para que utilizara, de forma extensa y desproporcionada, un idioma que desconocía: el catalán. Así, resultó ridículo que el Papa no pudiera hablar el idioma común a él y a su audiencia, obligándolo a soportar momentos visiblemente incómodos. Una vez más, la obsoleta victimización lingüística del nacionalismo catalán —también evidente en el Monasterio de Montserrat—, característica de su narcisismo estrecho de miras, ha priorizado el nacionalismo sobre las normas más básicas de cortesía. Supongo que un Papa cuyo lema alude a la unidad y que utiliza la imagen de la Torre de Babel para enseñarnos de qué debemos huir no habría pasado por alto el uso del lenguaje para dividir.

Finalmente, la elegancia y la gracia de ciertos eventos —llenos de contemplación y centrados en la espiritualidad, especialmente las misas en la Plaza de Cibeles y en la Sagrada Familia— contrastaban marcadamente con el carácter profano y banal de algunas representaciones —particularmente en Madrid—, para disgusto de los fieles presentes. Asimismo, la discreta presencia del Cardenal Arzobispo de Barcelona contrastaba con la extraña prominencia del Cardenal Arzobispo de Madrid, que en ocasiones daba la impresión de que no era el cardenal quien acompañaba al Papa, sino el Papa quien acompañaba al cardenal.

Discurso del Papa ante el Congreso
Sin embargo, en una sociedad tan politizada, ha sido imposible evitar que el discurso que el Pontífice pronunció en el Congreso se convirtiera en el discurso más comentado, un discurso que, no obstante, fue criticado por algunos periodistas que ejemplifican las plagas que asolan la profesión (con algunas raras excepciones): arrogancia, ignorancia y «esa frivolidad que es como una calabaza seca con semillas bailando dentro»[2]
[2] The Wild Bunch (Sam Peckinpah, 1962).

En este sentido, la profundidad de algunos mensajes del Papa merecen una consideración más atenta. En primer lugar, sus palabras «serenas y firmes» nos han recordado algo que muchos olvidan: que una democracia que no se rige por normas superiores e inmutables puede conducir a la tiranía. Sin duda, la idolatría de la democracia ha generado confusión sobre su verdadera naturaleza: la democracia no es sinónimo de libertad (ni de bondad, ni de justicia), y puede convertirse en su antónimo.

En efecto , «Vox populi, vox Dei» es un lema verdaderamente peligroso. La «voluntad general» —ese concepto inventado por Rousseau— transforma al pueblo en un nuevo dios, pero no en un Dios bueno y justo, sino en un tirano potencial cuyos caprichos llevan a aclamar a alguien entre vítores un día (por ejemplo, un domingo) para crucificarlo pocos días después (por ejemplo, un viernes). Por otro lado, el hombre transformado en dios —y que, por lo tanto, decide a su antojo lo que está bien y lo que está mal— tiende, por su naturaleza caída, a abusar del poder para dominar a los demás. Además, la tiranía de la mayoría tiene un componente que la hace potencialmente aún más peligrosa que la tiranía del individuo: su apariencia de legitimidad.

Si la mayoría no tiene límites, la minoría está condenada, pues pronto podrá decretar toda clase de abusos contra ella: puede robarle, exigiéndole el pago de impuestos exorbitantes o expropiándole sus bienes; o puede humillarla y discriminarla, obligándola figurativamente a llevar una estrella amarilla (o una cruz) en la solapa; o incluso puede decidir arrebatarle la libertad e incluso la vida, puesto que una mayoría deificada así lo ha decidido. Por eso no sorprende que algunos de los Padres Fundadores de Estados Unidos definieran la democracia como «dos lobos y una oveja votando sobre qué cenaremos esta noche». Quizás por eso el Papa insistió en que «lo legal debe respetar aquello que ninguna mayoría puede violar legítimamente». En una democracia, esta distinción entre lo legal —aquello aprobado por los hombres, algunos de ellos malvados— y lo legítimo —aquello moralmente justo— es crucial. Así, León XIV hizo hincapié en que «la ley debe estar al servicio del bien, y la justicia debe poner límites a la fuerza» (en particular, a la fuerza del Estado sobre el individuo, cabe añadir).

No es nuevo que un Papa se exprese en estos términos. Cuando San Juan Pablo II visitó el Parlamento Europeo en 1988, argumentó que el consenso social —o, más frecuentemente, la imposición por la fuerza de la voluntad de la mayoría (ya que el consenso, después de todo, no es más que una utopía) — «no puede contradecir las normas del orden moral natural»[3]. De esta manera, destacó las dos visiones opuestas que chocan en Europa. Por un lado, está la visión que reconoce la existencia de normas que «el hombre, individual o colectivamente, no puede disponer a su antojo, al capricho de las modas o los intereses cambiantes», y una libertad «que no puede ser arbitraria e ilimitada, sino que debe estar dirigida hacia la verdad y el bien»[4].

Por otro lado, existe otra perspectiva que, al no considerar al hombre una criatura de Dios sino más bien equivalente a Dios, «abole toda subordinación (…) a un orden trascendente de verdad y bondad, considerando al hombre en sí mismo como el principio y el fin de todas las cosas, y a la sociedad, con sus leyes, como su creación absolutamente soberana. La ética, entonces, no tiene otro fundamento que el consenso social«[5]

Una democracia que no está sujeta a límites y que es ajena a la Ley Natural, tarde o temprano, conducirá a la injusticia y la tiranía, y cuanto más poder ejerza el Estado —como ocurre en los actuales Estados de bienestar, con sus claras tendencias totalitarias—, más acuciante se vuelve este peligro.

El tema del aborto
Un claro ejemplo de cómo una mayoría puede contradecir las normas del orden moral y natural es el ataque a la dignidad de la vida humana perpetrado por las leyes sobre el aborto y la eutanasia, especialmente en España. De hecho, no ha pasado desapercibido que el Papa haya defendido la vida ante un Congreso que, en los últimos 20 años —bajo dos gobiernos cuyas ideologías solo difieren en el nombre—, ha aprobado leyes de aborto y eutanasia cada vez más agresivas, que han superado con creces la legislación de la mayoría de los países del mundo.

En este sentido, el Papa argumentó —como era de esperar— que la vida «debe ser reconocida y protegida desde la concepción hasta su fin natural». Esta referencia alude al tema moral más significativo de nuestro tiempo, uno que confunde progreso con barbarie: el aborto, un tema de debate dominado por una propaganda muy agresiva. Por ello, es importante aclarar primero algunos datos.

En primer lugar, el aborto legal es un fenómeno relativamente reciente, con la excepción del bloque comunista: Estados Unidos lo legalizó en 1973, y muchos países europeos lo hicieron entre 1975 y 1990, aunque Portugal no lo legalizó hasta 2007 e Irlanda hasta 2018. Desde entonces, y a pesar de la presión propagandística, la opinión pública mundial sigue dividida sobre este tema. En África, Brasil y los países musulmanes, la oposición al aborto es feroz: entre el 70% y el 90% de la población cree que debería ser ilegal en todos los casos o en la mayoría. En el extremo opuesto se encuentra Europa, la región del mundo más favorable al aborto, lo que, en mi opinión, es una señal más de su triste decadencia civilizatoria. Así, en países protestantes como Suecia, o agresivamente seculares como Francia, la oposición al aborto legal se sitúa en solo el 4% y el 11%, respectivamente, mientras que en países con tradición católica, el porcentaje de oposición —aunque sigue siendo minoritario— es mayor (que oscila entre el 20% en Italia y casi el 40% en Polonia)[6]. América Latina ocupa una posición intermedia, con una oposición al aborto cercana al 50%, y una situación similar existe en los EE.UU., donde el peso demográfico de los cristianos evangélicos —y, en mucha menor medida, de los católicos— significa que casi el 40% de la población se opone al aborto[7].

El perfil de las mujeres que eligen abortar también es muy diferente del que retrata la propaganda. En España, el 90% son mayores de 20 años, y casi la mitad (45%), mayores de 30, siendo «el perfil socioeconómico más común el de una mujer soltera que trabaja y mantiene una relación con una pareja que también trabaja; por lo tanto, la mujer que aborta no suele tener ninguna semejanza con el estereotipo de la adolescente asustada o la mujer que ha sido violada»[8]. De hecho, el 95% de los abortos se realizan a petición de la madre, el 5% se deben a un riesgo para la vida o la salud de la mujer embarazada o a una anomalía fetal grave [9], y solo el 0,02% son resultado de una violación, según los últimos datos tabulados[10].

Algunos análisis extraen lógicamente de estas métricas la conclusión de que la razón principal del aborto es el «costo financiero, las molestias en el trabajo, la pérdida de libertad y el aumento de las obligaciones personales»[11]. En otras palabras, el aborto tendría poco que ver con los derechos de las mujeres o la «salud reproductiva», sino más bien con los signos de los tiempos, como el hedonismo y el materialismo de las sociedades occidentales, su concepto infantil de libertad sin responsabilidad y la deificación de la voluntad soberana del individuo, no sujeta a ningún límite moral superior, pero, curiosamente, obediente como ovejas a la miríada de reglas caprichosas y cada vez más tiránicas que emanan de la voluntad de otros hombres reunidos en el Parlamento (o en la Comisión Europea). 

Preguntas sin respuesta
El debate sobre el aborto también se ha visto empañado por el engaño y el secretismo, pues en un Occidente dominado por la estética, su terrible realidad no encontraría muchos adeptos. Cabe preguntarse por qué, en una era de imágenes omnipresentes, nunca se muestran vídeos de abortos[12], o por qué, en una sociedad que se enorgullece de su apertura, este tema es literalmente tabú, hasta el punto de que en España se impide a las madres ver una ecografía de su hijo antes de decidir abortar. Por este motivo, en la mayoría de los casos, el aborto no es una elección libre, puesto que la decisión se toma por ignorancia impuesta —sin ofrecer a la mujer embarazada alternativas reales— y bajo la presión de su entorno o de sus propias circunstancias. 

Dado el profundo amor natural de una madre por su hijo y la tendencia de toda sociedad civilizada a proteger a sus miembros más vulnerables, la propaganda proaborto se ha centrado en despersonalizar al feto. Sin embargo, el debate sobre el aborto debería limitarse a una sola pregunta: ¿Es el feto una vida humana con derecho a la vida, o no lo es? Dada la enorme gravedad de lo que está en juego, la carga de la prueba debería recaer sobre quienes apoyan el aborto. Por lo tanto, prefiero abordar el tema desde una perspectiva socrática.

En primer lugar, si un embarazo deseado es motivo de alegría porque «voy a tener un hijo», ¿puede la mera voluntad arbitraria de la madre —con su aprobación o rechazo— alterar la naturaleza del ser vivo que late en su vientre? ¿Acaso, por ser un embarazo no deseado, el «niño» —cuya pérdida a mitad del embarazo, de haber sido deseada, habría traumatizado a la madre— se transforma en un cúmulo de células o en una forma de vida indeterminada que puede ser interrumpida violentamente?

En segundo lugar, si un recién nacido es un ser humano con derechos, ¿acaso se consideró un día antes del nacimiento? ¿Y dos meses antes, como en el caso de los fetos de siete meses? ¿Qué hecho científico o biológico indica exactamente ese punto de inflexión que cambia la esencia misma de ese ser vivo una vez concebido? Dado que la gestación es un proceso continuo, ¿no debería la duda razonable llevarnos, en un tema tan delicado, a ejercer la máxima cautela antes de poner fin a la vida de un corazón que ha estado latiendo desde la quinta semana de embarazo?

Tercero: si los bebés y los niños pequeños, y muchas personas enfermas y ancianas, dependen de otros para su supervivencia sin que su derecho a la vida se vea disminuido como resultado (un eslogan como «nosotros cuidamos de ellos, nosotros decidimos sobre ellos» sería inaceptable), ¿cómo podemos aceptar el argumento de que, porque el niño por nacer depende de la madre, ella puede decidir negarle el derecho a vivir que no se le negó a ella?

Creo que algún día el aborto será visto como un rasgo característico de una sociedad moralmente decadente. Mientras tanto, mientras católicos y muchos no católicos siguen luchando por la vida «desde la concepción hasta su fin natural», como dijo el Papa, que este artículo sirva como homenaje a aquellas mujeres valientes que, contra todo pronóstico y a pesar de sus miedos y la presión de quienes las rodeaban, decidieron llevar sus embarazos a término —a veces solas— y defender la vida de sus hijos: ustedes son, literalmente, mis heroínas.

Listo el memorándum Islamabad entre Estados Unidos e Irán, pero Netanyahu trata de torpederlo.

Todos los observadores coinciden en que sólo Israel está empeñado en hacer fracasar el «Memorándum de Islamabad». Pero difieren sobre un aspecto crucial de la cuestión: ¿Es Israel o es solamente la coalición de Netanyahu? Ese detalle puede marcar la diferencia entre una paz estable y una simple tregua.


Para que Estados Unidos e Irán estén a punto de firmar el «memorándum Islamabad»[1], algo muy grande debió suceder durante las más recientes escaramuzas alrededor del estrecho de Ormuz: derribo real o de falsa bandera de un helicóptero estadounidense en aguas de Irán; destrucción de dos depósitos de agua en Irán; bombardeos iraníes contra bases de Estados Unidos en Bahréin, Kuwait y Jordania, con la probable destrucción de una base de aviones F-15; cierre total del estrecho de Ormuz; alza de hidrocarburos y caída de las bolsas, etc.

A mi juicio, los dos factores más severos del toma y daca entre Estados Unidos e Irán fueron las caídas bursátiles, con el alza de los hidrocarburos y la destrucción de dos depósitos de agua en Irán[2]. Es evidente que las dos potencias nucleares, una mayúscula (Estados Unidos) y otra mediana (Israel) son militarmente superiores a Irán, que se defiende con su exitosa «guerra asimétrica».

La Brookings Institution aduce que «el agua, no el petróleo, es el bien más preciado en Medio Oriente»[3]. En mi entrevista con el canal español NegociosTV aduje que entre las varias guerras invisibles multidimensionales, que se han condensado en el estrecho de Ormuz, se sitúan las guerras del agua[4].

El portavoz de la cancillería iraní, Esmaeil Baghaei, comenta que «Teherán permanece pesimista sobre la diplomacia con Estados Unidos debido al récord de Washington de renegar sus compromisos»[5]. El ex diplomático británico Alastair Crooke desglosa tanto la «crisis económica al borde del precipicio» en Estados Unidos como la «derrota estratégica» de Israel[6].

Las tres fases acumuladas de la guerra regional han convergido en el estrecho de Ormuz: militar, geoeconómica y geofinancieramente. El iranófobo diario británico The Telegraph filtra que Emiratos Árabes Unidos devolverá a Irán una parte de sus fondos incautados a cambio de que cese los bombardeos contra su territorio[7].

Mientras, el ex comandante de la marina de guerra israelí, Eliezer Marom, sentenció: «Hemos visto lo que pueden causar los misiles iraníes, por limitados que sean» cuando «los daños en Israel son enormes... enormes». Marom comentó que una parte importante de esos daños «no son visibles para los israelíes, debido a la censura militar»[8].

En paralelo, el connotado geopolítico y académico de la Universidad de Chicago, John Mearsheimer, advirtió que «Israel puede lanzar un ataque nuclear contra Irán en caso de perder la guerra» y propone como «única solución: desarmar a Israel… o eliminar enteramente su existencia» ya que «el mundo no puede aceptar esta pesada carga»[9].

Theodore Postol, insigne académico del MIT y ex consejero del Pentágono, sentencia: «Israel es la mayor amenaza nuclear en Medio Oriente; los iraníes están en una posición enorme de provocar daño a Israel» mediante «su entera generación de nuevos misiles, imposibles de interceptar», por lo que «la supervivencia de Israel puede eventualmente estar en tela de juicio»[10].

Nada menos que Tucker Carlson, el más cotizado comentarista de TV en Estados Unidos, señala que Trump, de quien fue propagandista gratuito durante la campaña presidencial, se encuentra secuestrado por Israel y sólo ejecuta instrucciones de Netanyahu, quien es capaz de descarrilar cualquier arreglo entre Estados Unidos e Irán[11].

El rotativo francófono libanés y anti-Jezbolá, L’Orient-Le Jour pregunta si el acuerdo de Trump con Irán constituye «un progreso diplomático o una simple tregua regional» cuando «entre amenazas militares y diplomacia, el proyecto de memorándum busca ante todo evitar un nuevo incendio sin arreglar los diferendos de fondo»[12]. L’Orient-le jour se inclina más por una «tregua» —¿coincidente con la duración del Mundial de 39 días?— cuando la «performatividad secuencial del memorándum» duraría 60 días.


El pensamiento estratégico iraní.

Desde sus primeros años de existencia, la República Islámica de Irán desarrolló una visión del mundo y un pensamiento estratégico. Ante la guerra que Israel y Estados Unidos le impusieron, Irán ha tenido que coordinar sus fuerzas armadas y su diplomacia, mientras que sus logros militares le han permitido plantearse la manera de continuar adelante con sus objetivos revolucionarios y garantizar simultáneamente la protección de su pueblo.

LA VISIÓN DEL IMAM KHOMEINY
1. El imam Ruollah Khomeiny no era un especialista de las relaciones internacionales. Pero para él era evidente que el Reino Unido y Estados Unidos eran los adversarios de siempre de Irán. El imam Khomeiny pensaba también que Israel era una posición avanzada de los anglosajones en el Medio Oriente[1].

2. Durante la «guerra impuesta» a su país por las potencias occidentales desde Iraq (1980-1988), el imam Khomeiny vio con horror el uso de los misiles cargados de gases venenosos que se abatían sobre las ciudades iraníes. Pensó entonces que su país nunca debería rebajarse a usar armas de destrucción masiva como aquellas… o como las bombas atómicas. En 1988, cuando la guerra alcanzaba ya casi 10 años de duración sin perspectivas de victoria a la vista, el imam Khomeiny redactó una fatwa en la que ordenaba el desmantelamiento del programa nuclear militar heredado del régimen de shah y de Francia. Fue una decisión difícil y el imam Khomeiny la tomó sabiendo que aquella decisión prolongaría la guerra.

Aquella fatwa del imam Khomeiny fue ratificada por su sucesor, el ayatola Alí Khamenei. Es estúpido creer que los Guardianes de la Revolución —una fuerza basada en una fuerte doctrina— aceptarían violar una fatwa[2] o que permitirían que otros iraníes la violaran.
[2] Una fatwa es un decreto religioso de obligatorio cumplimiento para todos los creyentes. Nota de Red Voltaire.

3. Una tercera posición del imam Khomeiny consistió en considerar que su primera obligación era defender la unidad del mundo islámico (Umma), incluso antes que garantizar la victoria en una guerra. Khomeiny había concluido un pacto de no agresión con Hassan al-Banna, el fundador de la Hermandad Musulmana. Khomeiny y al-Banna se habían visto en 1938 y habían acordado un pacto de no agresión en 1947[3]. Pero Khomeiny y al-Banna nunca tuvieron la misma visión del islam y, a partir de 1949, la Hermandad Musulmana se convirtió en una secta secreta esencialmente controlada por los británicos.

Hoy en día, Irán mantiene relaciones con la Hermandad Musulmana y la invita a sus congresos panislámicos anuales mientras que, por otro lado, Teherán lucha contra organizaciones terroristas como Al-Qaeda y Daesh, cuyos dirigentes han sido, o son, miembros de la Hermandad Musulmana.

En 2005, el entonces presidente de la República Islámica, Mahmud Ahmadineyad industrializó el país, que hasta aquel momento había vivido únicamente del petróleo. Ahmadinayad emprendió después un vasto programa científico, dirigido a descubrir los secretos de la fusión nuclear. El objetivo del presidente Ahmadineyad era revitalizar la revolución antimperialista del imam Khomeiny gracias al descubrimiento de una fuente de energía que pondría fin a la dominación de las compañías petroleras y liberaría el Tercer Mundo —un proyecto sistemáticamente saboteado por Israel, que se dedica a asesinar los científicos nucleares iraníes.

EL DERECHO A RESPONDER MILITARMENTE A LA 
AGRESIÓN Y A LIBERAR LOS ESTADOS OCUPADOS
La guerra que Israel y Estados Unidos iniciaron contra Irán, el 28 de febrero de 2026, abrió del lado iraní una reflexión estratégica. Ante la imposibilidad de responder atacando el territorio de Estados Unidos, a 10.000 kilómetros de las costas iraníes, los Guardianes de la Revolución atacaron las bases militares estadounidenses en el golfo Pérsico… y se sorprendieron al ver las importantes consecuencias de su respuesta militar. Sin sus bases en la región, el agresor estadounidense se vio gravemente disminuido —para mantener sus ataques contra Irán, tendría que disparar desde la isla de Diego García o desde Alemania.

Fue entonces cuando los diplomáticos iraníes también entraron en acción, recordando que el derecho internacional reconocía como legítima la respuesta militar de su país. Los diplomáticos iraníes sacaron a la luz la resolución 3314 (XXIX) de la Asamblea General de la ONU, que estipula que el derecho a responder a la agresión permite al Estado agredido extender su respuesta militar a los Estados que albergan bases militares al servicio de los Estados agresores[4].

Algunos de los Estados de la región alcanzados por la respuesta militar iraní, como Emiratos Árabes Unidos, habían organizado —durante cerca de 50 años— las redes que permitían a Irán burlar el asedio económico estadounidense —o sea, las medidas coercitivas unilaterales impropiamente denominadas «sanciones» en Occidente. Los estrategas occidentales consideraban impensable que Irán atacara a esos países, por considerarlos «aliados». Pero los Guardianes de la Revolución decidieron atacarlos para demostrarles que Estados Unidos no los protegía sino que, al contrario, sólo los utilizaba y los ponía en peligro. Los diplomáticos iraníes recordaron a sus vecinos árabes que, según el derecho internacional, van a tener que prohibir que las bases militares existentes en sus territorios sean utilizadas para agredir la República Islámica porque ese tipo de acción los convierte en cómplices de la agresión.

Pero las élites políticas árabes, sobre todo las del golfo Pérsico, siguen siendo sumisas ante las antiguas potencias coloniales. Generalmente, incluso las admiran. Emiratos Árabes Unidos es independiente sólo desde 1971. Hasta entonces, era sólo un «dominio» del Imperio británico, una pieza más del «Imperio de Indias».

Todos esos factores hicieron que los ataques iraníes tuvieran el efecto de la clásica ducha fría sobre los Estados del golfo Pérsico al mostrarles que:
1) Estados Unidos, la primera potencia militar de la guerra fría, era incapaz de protegerlos;
2) las Naciones Unidas tampoco podían protegerlos dado el hecho que la resolución 2817, adoptada por el Consejo de Seguridad el 11 de marzo, en realidad viola el derecho internacional;
3) por consiguiente, las naciones árabes del golfo Pérsico se hallaban indefensas ya que ninguna dispone de un ejército realmente digno de ese nombre —los ejércitos de Arabia Saudita y de Qatar se componen principalmente de soldados extranjeros.

Fieles a la enseñanza del imam Khomeiny, los Guardianes de la Revolución programaron sus ataques con la intención de desorganizar las sociedades árabes del golfo Pérsico y, simultáneamente, hacer que sus Estados perciban la necesidad de liberarse de los anglosajones.

EL CONTROL DEL ESTRECHO DE ORMUZ Y LA 
LIBERACIÓN DE LOS BANCOS EXTRANJEROS 
SOMETIDOS AL DEPARTAMENTO DEL TESORO
El Sultanato de Omán fue el primero en dar el paso. Ese país no albergaba bases estadounidenses, pero cerró su espacio aéreo y sus aguas territoriales a la aviación y a los buques de guerra de Estados Unidos.

Viendo como los armadores occidentales eran presa del pánico, los Guardianes de la Revolución comprobaron que el control sobre el estrecho de Ormuz les permitía influir efectivamente en la economía de Occidente, que desde 50 años ha venido apoyando el asedio que los anglosajones imponían a Irán. Reforzando esa postura, los diplomáticos iraníes subrayaron que el derecho internacional autoriza el cierre del estrecho al paso de los países agresores.

Los Guardianes de la Revolución decidieron entonces prohibir el paso a los barcos con banderas anglosajonas o vinculados a compañías de los países anglosajones. Los diplomáticos señalaron que el derecho internacional no autoriza el cobro de un «peaje» por el paso a través de un estrecho pero que sí autoriza los Estados ribereños a adoptar medidas destinadas a proteger el medioambiente. Por ejemplo, Irán y Omán pueden exigir juntos garantías a los petroleros en previsión de una catástrofe medioambiental como la del Amoco Cadiz.

El 1º de mayo, con la creación de la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico (PGSA, siglas en inglés), incluso antes de haber obtenido el visto bueno de Omán, los Guardianes de la Revolución convirtieron esta guerra en una herramienta de su revolución antimperialista. Para cruzar el estrecho de Ormuz, los buques occidentales van a tener que depositar, en ciertos bancos iraníes, fondos de garantía que podrán recuperar después del tránsito por esa vía marítima.

El problema para Occidente es que el asedio contra Irán incluye el acceso de ese país al sistema Swift de transacciones bancarias: todos los bancos occidentales se comprometieron con el Tesoro estadounidense a no comerciar con Irán, bajo la amenaza de multas astronómicas. Por ejemplo, el banco francés BNP, que mantenía intercambios con Irán y con Cuba, tuvo que pagar una «multa» de 9000 millones de dólares. Eso significa que ningún banco occidental está dispuesto a «violar» el asedio que los anglosajones imponen contra Irán… a menos que, claro está, los armadores empujen los responsables políticos a liberarse de los anglosajones.

Eso demuestra que la cuestión alrededor del estrecho de Ormuz no es la imposición de un «peaje» —que nunca existió. El problema reside en la sumisión de los aliados de Estados Unidos a la Foreign Account Tax Compliance Act (FACTA, una ley estadounidense sobre la conformidad fiscal de las cuentas extranjeras), sumisión que los convierte en cómplices de las maniobras estadounidenses.

Vale la pena recordar aquí que la «civilización» occidental se forjó en la Edad Media, alrededor de la condena, por parte de la Iglesia católica, de los asedios militares, y que esa misma Iglesia católica hoy sigue condenando los asedios impuestos contra países como Cuba, Irán y Corea del Norte.

Por otro lado, Irán ha solicitado al movimiento yemenita Ansar Allah que cierre el estrecho de Bab el-Mandeb a los barcos vinculados a los países agresores. Ese movimiento ya anunció que los barcos israelíes y estadounidenses deben abstenerse de transitar por allí.

ALTO EL FUEGO EN LÍBANO Y ALEJAMIENTO 
ENTRE ESTADOS UNIDOS E ISRAEL
Sin haberse resuelto aún la cuestión de la complicidad de Occidente con las medidas anglosajonas de asedio, los iraníes comprobaron que, a pesar de que el 11 de abril Estados Unidos había aceptado, en Islamabad, el principio de un alto al fuego «en todos los frentes», incluyendo Líbano, Washington no reaccionaba ante los ataques de Israel contra ese país. El 16 de abril, el presidente estadounidense Donald Trump incluso había proclamado un alto al fuego entre Israel y Líbano[5].
[5] «Au Liban, un cessez-le-feu fragile entre Israël et le Hezbollah», Luc Bronner y Helene Sallon, Le Monde, 17 de abril de 2026.

Los iraníes se interrogan entonces sobre las relaciones entre Estados Unidos e Israel. Unos piensan que Estados Unidos e Israel persiguen los mismos objetivos de dominación, otros que Washington y Tel Aviv se han repartido los papeles de «policía bueno» y «policía malo». Pero un tercer grupo estima que Donald Trump y Benyamin Netanyahu ya no están en sintonía.

En todo caso, todos juntos deciden hacer lo posible por alejar las posiciones estadounidenses de las de Israel. Irán anuncia que los ataques israelíes contra Líbano violan los acuerdos preliminares de Islamabad y, por consiguiente, el alto al fuego, y amenaza con reanudar sus propios ataques contra Israel. El presidente de Estados Unidos, donde el apoyo a Israel es una cuestión histórica e indiscutible, se ve impedido de lograr la paz en el golfo Pérsico a causa de los ataques de Benyamin Netanyahu contra Líbano.

Inicialmente, el presidente Trump impone el inicio de negociaciones de paz, en Washington, entre Israel y el gobierno libanés. Esas conversaciones comienzan en presencia del subsecretario de la Guerra de Estados Unidos, el principal teórico de la agresión estadounidense contra Irán. Los israelíes exigían el desarme total del Jezbolá mientras que el gobierno libanés, expresando su conformidad con esa exigencia de Israel, reclamaban, primero que todo, la aplicación del «mecanismo», o sea del alto al fuego pactado entre las dos partes el 27 de noviembre de 2024.

En este punto, se impone una mirada a la historia. En 1948, varios Estados árabes iniciaron una guerra contra el Estado israelí, autoproclamado en violación del plan de «partición de Palestina» de las Naciones Unidas. Los combatientes libaneses, encabezados por el emir druso Majid Arslan lograron varias victorias, pero Reino Unido, favoreciendo a la comunidad judía en Palestina, lanzó contra ellos el «ejército cisjordano», encabezado por el general británico John Bagot Glubb y dirigido por sus oficiales británicos. Aquella guerra entre árabes e israelíes se presentó falsamente en Occidente como una victoria israelí, cuando en realidad fue una victoria de los británicos.

En 1965, la Liga Árabe decidió cesar todo contacto con el autoproclamado Estado de Israel. Líbano adoptó entonces una ley que prohíbe a los nacionales libaneses cualquier tipo de acuerdo —sea financiero, cultural o intelectual— y todo tipo de relación, en cualquier ámbito, con entidades o particulares israelíes. Esa ley libanesa contempla penas de 3 a 10 años de trabajos forzados para todo libanés que la infrinja. Además, según los artículos 273, 275 y 285 del Código Penal libanés todo «contacto con el enemigo» israelí constituye un crimen punible con la pena de muerte. Sin embargo, las delegaciones del gobierno libanés y de Israel se reunieron en Washington sin que el parlamento libanés derogara esas disposiciones.

El 29 de mayo, mientras las delegaciones del gobierno libanés y de Israel iniciaban en Washington una nueva ronda de negociaciones —ilegales a la luz de las leyes libanesas—, el ejército israelí arremetía nuevamente contra varias localidades del sur de Líbano, ordenando a sus pobladores abandonar sus casas y bombardeándolas. El 31 de mayo, las tropas israelíes ocuparon el castillo medieval de Beaufort, en suelo libanés. Habiendo comprobado que Israel negociaba en Washington sólo para ganar tiempo, los Guardianes de la Revolución iraníes reanudaron sus ataques contra Israel.

Furioso, el presidente Trump inicialmente lanzó entonces todo tipo de amenazas contra Irán. Pero luego cedió, obligó Israel a detener sus ataques y aceptó los principales reclamos de la parte iraní. Irán lograba así instaurar una seria divergencia entre Washington y Tel Aviv. La relación entre Estados Unidos e Israel, antes coordinada, es ahora de naturaleza jerárquica.

Fuente: Thierry Meyssan

La “Doctrina Dahiya” y el uso desproporcionado de la fuerza por parte de Israel en Beirut.

Tratando de evitar otra derrota como la que sufrió en Líbano, en 2006, Israel aplica hoy su «doctrina Dahiet», que consiste a tratar a la población como si fuese una fuerza armada, sin importar las masacres de civiles que resultan de ese comportamiento. Esa es la doctrina que el ejército de Israel aplicó en la franja de Gaza y que ahora aplica en Líbano. Y desde Teherán se anuncia que Irán ha decidido abandonar su anterior estrategia de «contención» ante las agresiones.


El Institute for Middle East Understanding (IMEU) expuso, desde 2024, la «Doctrina Dahiya y el Uso por Israel de la Fuerza Desproporcionada»[1], que aboga por «el uso desproporcionado de la fuerza masiva y el ataque deliberado contra civiles (¡mega-sic!) y contra infraestructura civil».

Su nombre proviene del suburbio Dahiet [transliterado en inglés como «Dahiya»] de Beirut, «donde tiene su sede el grupo paramilitar libanés Jezbolá, que el ejército israelí arrasó durante su ofensiva contra Líbano en el verano de 2006, en la que murieron cerca de mil civiles —un tercio de niños— y causaron enormes daños a la infraestructura civil, incluidas centrales eléctricas, plantas depuradoras, puentes e instalaciones portuarias».

El general Gadi Eisenkot, ex jefe del Comando Norte de Israel en 2008, alardeó la tónica de una «guerra futura en Líbano, como en el barrio Dahiya en 2006, que sucederá en cada ciudad desde donde se ataca a Israel». Sin rubor, el general Gadi Eisenkot afirma que «no existen ciudades civiles, todas son bases militares», y agrega que «no se trata de una recomendación. Es un plan» que «ha sido aprobado».

El IMEU expone que la «Doctrina Dahiya» fue instaurada como «doctrina militar oficial de Israel después de su ataque contra Líbano en 2006». ¡Nada nuevo!

¡Adiós a la «guerra justa» de San Agustín de Hipona! (Réplica a Fausto el Maniqueo, año 400 d. C.): uno de los fundamentos más importantes de la ética cristiana sobre la guerra. La «guerra justa» constituye el sustento de la genuina civilización occidental —«La guerra misma no se hace para que no exista, sino para que se alcance una paz sin injusticia»— así como del desarrollo por Hugo Grocio (1625) del Derecho Internacional Humanitario: organizados más tarde por el aristotélico Santo Tomas de Aquino (Suma Teológica, 1274).

A propósito, a partir de la creación de la «Doctrina Dahiya» en 2006, Israel ha exacerbado su aplicación, desde el año pasado en Gaza, hasta ahora en el suburbio chiita de Beirut y en la región libanesa Bekaa/Baalbek, donde se asienta la numerosa comunidad chiita árabe vinculada teológicamente con sus correligionarios persas[2].

El ex diplomático británico Alastair Crooke aduce en forma persuasiva que «es probable que esta fase del conflicto iraní sólo termine cuando Occidente caiga por el precipicio económico que se avecina»[3].

Tanto Alastair Crooke como Robert Pape se refieren a las finanzas «visibles», pero no abordan la parte explosivamente ominosa de los insanos «derivados financieros» que han alcanzado en forma «invisible» ¡ocho veces el conspicuo monto del PIB global[4] que asciende a 126 billones de dólares (trillones en anglosajón)!: esto representa la yugular financiera que descubrió Irán en su contraofensiva al cerrar el estrecho de Ormuz, lo cual desencadenó su secuencia militar/geoeconómica (alza de hidrocarburos, fertilizantes, alimentos, helio, etc.)/geofinanzas[5], que puede intensificar la «guerra regional» en curso y, quizá, desembocar en una tercera guerra mundial nuclear.

El ex agente de la CIA Larry Johnson comenta que la «nueva política de Irán puede constituir un game changer (giro paradigmático)» en Medio Oriente[6] y refiere que el prominente clérigo chiita iraní Sadeq Larijani (hermano del asesinado Alí Larijani, asesor de Seguridad Nacional) «anunció que la intervención de Teherán en apoyo de Líbano constituye una declaración formal de una nueva doctrina estratégica»[7]: «ataques contra cualquier componente del Eje de la Resistencia (Jezbolá y los palestinos) desencadenarán una respuesta que va más allá de los límites geográficos y reconfigura las ecuaciones regionales».

Debido a la doble agresión israelo-estadounidense, Irán pasó de la defensa de su existencia, a una contraofensiva en defensa del Eje de la Resistencia de los chiitas en Líbano, de los palestinos en Gaza/Cisjordania y de Ansaralá en Yemen: el triángulo superestratégico estrecho de Ormuz-estrecho Bab el-Mandeb-Mar Mediterráneo Oriental.


Por qué Irán gana su «guerra asimétrica» frente a dos potencias nucleares, según Arreguin-Toft.

Se suele despreciar la forma en que los pueblos del Tercer Mundo hacen la guerra y se les califica de «terroristas». Pero en el caso de Irán frente a Estados Unidos, este último ya es el evidente derrotado. Sin embargo, Irán no se conforma con su victoria y ahora busca consolidar su revolución haciendo que las monarquías del golfo Pérsico, y también las potencias occidentales, reconozcan que han vivido dependientes de los crímenes de Estados Unidos.

Reunión secreta de los actuales líderes iraníes

El libro del 2005 (¡sic!) Cómo los débiles ganan las guerras: teoría del conflicto asimétrico[1], del académico de la Universidad de Chicago y anteriormente analista de inteligencia militar Ivan Arreguin-Toft, parece ser el manual de cabecera del gobierno iraní, agredido por la superpotencia nuclear que es Estados Unidos y por la mediana potencia nuclear Israel —que goza de la deliberada complicidad del filosionista argentino Rafael Grossi, desacreditado director de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), que se hace de la vista gorda ante los arsenales nucleares clandestinos de Netanyahu, libre de la inspección de la ONU y no firmante del Tratado de No Proliferación que Estados Unidos exige en forma asimétrica e inicua a Irán.
[1] How the Weak Win Wars: A Theory of Asymmetric Conflict, Cambridge Studies in International Relations, Series Number 99, Ivan Arreguin-Toft, Cambridge University Press, 2005.

En el siglo V a. C., los omnipotentes enviados atenienses —en el célebre Diálogo de los Melios narrado por Tucídides en la Guerra del Peloponeso— exigieron la capitulación de la isla de Melos con la formulación del hiperrealismo político: «Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben».

Netanyahu y Trump, ¡2455 años después!, conminaron los iraníes a la misma capitulación perentoria.

En su notable libro, Ivan Arreguin-Toft arguye en forma persuasiva que las «guerras asimétricas» dependen de la interacción entre las estrategias respectivas del fuerte y del débil, más que del poder material crudo y rudo.

A juicio de Ivan Arreguin-Toft, cuando el fuerte y el débil usan estrategias similares suele vencer el primero, mientras que cuando utilizan estrategias opuestas (¡megasic!) aumentan las probabilidades de victoria del débil, ya que el endeble vence cuando convierte la superioridad del fuerte en desventaja política, lo cual implementó al pie de la letra la República Islámica de Irán: «La probabilidad de victoria o derrota en conflictos asimétricos depende de la interacción de las estrategias que usan los actores débiles y fuertes» ya que «cuando los actores emplean enfoques estratégicos opuestos, los débiles tienen muchas más probabilidades de vencer».

Ivan Arreguin-Toft analiza 197 conflictos asimétricos y alega que los fuertes ganan hasta el 75% de los casos en general (cuando los débiles combaten frontalmente contra los fuertes), mientras que, desde la Segunda Guerra Mundial, los débiles logran triunfos mayores a 50% cuando optan por tácticas opuestas[2].

Ivan Arreguin-Toft se centra en varios ejemplos desde 1800 (sic) que llevan agua a su molino y que van desde la guerra de Vietnam hasta Afganistán, pero que, a mi juicio, hoy no son extrapolables.

El débil gana guerras no porque sea más poderoso, sino porque logra que el poder del fuerte sea políticamente disfuncional, estratégicamente costoso y vulnerable a la atrición.

Dicho de otra forma, la metástasis del impacto geoeconómico/geofinanciero del cierre del estrecho de Ormuz atrapó a Estados Unidos y, por extensión, a Occidente, en su fase de decadencia —según el notable libro La derrota de Occidente del galo Emmanuel Todd, publicado hace 2 años—, como bien señaló el presidente Xi frente a su visitante Trump, quien sólo atinó a asentir sin dejar de atribuir la decadencia de Estados Unidos al binomio Obama/Biden.

Después del derrocamiento espurio del primer ministro soberanista iraní Mohammad Mossadegh[3], hace 75 años, pasando por la nacionalista revolución islámica de hace 47 años, propongo el teorema más holístico de 4 puntos diacrónicos:
1. La singular resiliencia, que no masoquismo malentendido, del martirologio del chiísmo que se condensa en el «síndrome Karbala»;
2. Los indetectables misiles hipersónicos de Irán, de los que carecen Estados Unidos e Israel;
3. La genial jugada estratégica del cierre del estrecho de Ormuz: yugular geoeconómica/geofinanciera de Trump; y
4. La prodigiosa educación científica pública (sic) iraní, con los primeros sitiales del ranking STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas).

Amén.

La nueva cortina de hierro.

En 1946, el gobierno británico planeaba un bombardeo atómico contra la Unión Soviética mientras denunciaba la «cortina de hierro» en Europa. Ochenta años después, el gobierno de Reino Unido prevé ataques contra la profundidad del territorio ruso y denuncia la «invasión rusa» en Ucrania. La historia se repite.

Hace 80 años, el 25 de marzo de 1946, en un discurso que pronunciaba en Estados Unidos, Winston Churchill describía su visión de la situación en Europa: «…ha caído sobre el continente una cortina de hierro…»[1]

Aquel discurso del británico Winston Churchill, coordinado con el presidente estadounidense Harry Truman, marcaba el inicio de la guerra fría contra la Unión Soviética, a penas un año después del fin de la Segunda Guerra Mundial, que había terminado con la victoria de los Aliados (Estados Unidos, Gran Bretaña y la URSS) contra la Alemania nazi. A partir de aquel discurso, en efecto, Europa se mantuvo dividida durante 45 años. Hoy, Europa vuelve a estar dividida por una «cortina de hierro», en cierta medida más peligrosa que la anterior.

En estos días, el mando británico de la OTAN ocupó, en Londres, la estación del metro de Charing Cross para «comprobar su propia capacidad para rechazar una ofensiva rusa simulando el inicio de operaciones de ataque en profundidad contra Rusia». Hasta este momento, Reino Unido ha asignado a Ucrania alrededor de 11.000 millones de libras esterlinas y seguirá entregándole 3.000 millones al año hasta 2031, además de haber entrenado hasta ahora más de 60.000 soldados ucranianos.

Londres ha anunciado además el mayor «paquete» de drones a Ucrania, con la entrega este año de al menos 120.000 drones al régimen de Kiev. Eso quiere decir que la mayoría de los drones que golpean el territorio ruso desde Ucrania no son ucranianos: se trata de drones de ataque suministrados a Kiev por Reino Unido y otros países de la OTAN, con personal militar entrenado para usarlos y sistemas de guía que los dirigen hacia los blancos en Rusia.

Otro gran proveedor de apoyo militar al régimen de Kiev contra Rusia es la Unión Europea. En casi 4 años la Unión Europea ha entregado a Kiev más de 200.000 millones de euros. A esa suma se agrega ahora un «préstamo» de 90.000 millones, para un total de alrededor de 300.000 millones de euros. Hasta el momento, la Unión Europea ha entrenado y armado unos 100.000 soldados ucranianos. Además, la UE ha suministrado a Ucrania más de un millón de proyectiles de artillería de gran calibre, las piezas de artillería necesarias para utilizarlos y ha garantizado el entrenamiento del personal para el uso de ese armamento.

Por otro lado, la Unión Europea está acelerando el proceso de admisión de Ucrania como país miembro. Es evidente que, con Ucrania como miembro de la UE, el régimen de Kiev reforzaría el papel de avanzada ofensiva de Occidente contra Rusia, papel que ya desempeña junto a Polonia.

Polonia, el aliado modelo de Estados Unidos, ya dedica al sector militar el 5% de su PIB, conforme a los deseos de Washington, y ya está recibiendo 32 aviones de combate F-35A, de fabricación estadounidense, cuya característica descollante es su capacidad de ataque nuclear.

Polonia quiere un papel más activo en la «distribución nuclear de la OTAN» y acogería en su territorio armas nucleares estadounidenses, como las nuevas bombas atómicas B61-12 que Estados Unidos ya ha desplegado en Italia y en otros países europeos. Aviones y pilotos polacos ya participan en los ejercicios de guerra nuclear que la OTAN organiza, bajo las órdenes de Estados Unidos.

Además, una base estadounidense de «defensa contra misiles balísticos» ya está funcionando en la región polaca de Redzikowo. Bajo la denominación «Aegis Ashore» esa base estadounidense en suelo polaco dispone de rampas de lanzamiento vertical que, según su fabricante Lockheed Martin, son capaces de lanzar no sólo misiles antimisiles sino también todo tipo de misiles de ataque, incluyendo los misiles crucero de largo alcance capaces de recibir ojivas convencionales y también nucleares.

Todo eso quiere decir que, como ya ocurrió en tiempos de la guerra fría, Washington ha logrado nuevamente —con la complicidad de las élites europeas— dividir Europa con una nueva «cortina de hierro», poniendo así el continente europeo en la primera línea de la confrontación nuclear con Rusia, e incrementando la influencia y el control de Estados Unidos sobre sus «aliados» europeos.

Hacia la dislocación de Alemania.

Reino Unido y Ucrania empujan Alemania a preparar una guerra contra Rusia. Pero la «Alemania reunificada» se derrumba. El país está profundamente dividido en dos pueblos diferentes y su identidad se ve cuestionada. De hecho, la disolución de la Alemania federal ya parece inevitable. Al mismo tiempo, como consecuencia del arreglo pactado entre Washington y Moscú, Transnistria y una porción de Ucrania pasarán a ser parte de la Federación Rusa. Mientras tanto, la Unión Europea se aparta de los valores que tanto dice defender y esa deriva va a provocar su desaparición.

Los ministros de Defensa de Ucrania y Alemania han firmado un acuerdo para la fabricación de drones. El jefe del régimen de Kiev y el canciller alemán se regocijan de este acercamiento de sus industrias militares.

Aunque todavía no se habla de ello, la derrota de Zelenski en Ucrania está a punto de provocar la dislocación de Moldavia, de Alemania y de la Unión Europea. Esa es la hipótesis de trabajo de Rusia, China y Estados Unidos. Pero en Europa nadie está preparado para eso. De hecho, los dirigentes políticos y los medios de prensa europeos ni siquiera hablan de ello.

LA SEPARACIÓN DE LAS DOS ALEMANIAS
Nunca se ha mencionado el hecho que la «reunificación alemana», promovida en 1989 por el canciller alemán Helmut Kohl y el presidente de Francia Francois Mitterrand, se concretó en violación del derecho internacional ya que la población de la República Democrática Alemana (RDA, la llamada «Alemania oriental») nunca fue consultada al respecto.

Pero la opinión pública occidental aceptó aquel proceso porque tenía la impresión de que se trataba de algo lógico y también porque en 14 meses Angela Merkel, quien había sido responsable de la propaganda de la juventud comunista en la RDA, se convirtió en ministro de la Juventud de la RFA, como miembro de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU)[1].

Sin embargo, la trayectoria personal de Angela Merkel no es representativa de lo sucedido con la población de la RDA. En Occidente, lo sucedido en Alemania se ve únicamente desde el punto de vista de la población de Alemania occidental (RFA), que contaba 62 millones de habitantes en el momento de la «reunificación», y se pasa por alto la visión de los 16 millones de alemanes del este que conformaban la población de la desaparecida RDA.

El hecho es que la «reunificación» se tradujo en un verdadero saqueo de la industria de Alemania oriental en beneficio de la Alemania occidental. El desempleo, que afecta a un 5,7% de la población en Alemania occidental, se elevó a 7,5% entre los «alemanes del este». El salario medio bruto es de 3973 euros en el este de Alemania, mientras que en el oeste es de 4810 euros. En los 5 Lander del este de Alemania el PIB por habitante es de 37711 euros mientras que en los Lander del oeste se eleva a 54162 euros.

Otro hecho incuestionable es el enfrentamiento político entre los electores de las «dos Alemanias». Los alemanes «del este» votaron en masa por la formación Alternativa por Alemania (AfD), mientras que los alemanes «del oeste» votaron por los demócrata-cristianos (CDU) y los social-demócratas (SPD). La realidad es que no hay una sino dos Alemanias[2].
[2] Le second Anschluss. L’annexion de la RDA. L’unification de l’Allemagne et l’avenir de l’Europe (En español, «El segundo Anschluss. La anexión de la RDA. La unificación de Alemania y el futuro de Europa»), Vladimiro Giacché, éditions Delga, 2015.

La Alemania reunificada está siendo gobernada por su componente mayoritario, la población del oeste, que está tratando de impedir la expresión política del componente del este. El 2 de mayo de 2025, la clasificación del partido político Alternative für Deutschland (AfD, Alternativa para Alemania) como organización «extremista de derecha» fue confirmada por la Oficina para la Protección de la Constitución. Pero el surgimiento de la AfD es la reacción del pueblo del este de Alemania ante el proyecto de confederación europea, proyecto que tiene sus raíces en el Neuordnung Europas (Nuevo Orden Europeo) concebido por Walter Hallstein —el primer presidente de la Comisión Europea— cuando trabajaba para un canciller alemán llamado Adolf Hitler.

También vale recordar que en Múnich la Oficina para la Protección de la Constitución dio empleo a los ex-agentes de la Gestapo, en los años 1950, y que hoy supervisa la represión contra los periodistas y pensadores que pudieran influir en los a priori de los alemanes[3]. O sea, mucho nos hablan de los horrores que cometió la Stasi en la RDA, pero nadie menciona la represión que sufrieron los comunistas y los homosexuales en la República Federal de Alemania.

La actual Alemania reunificada está bajo el control de un pequeño grupo de hijos de nazis que, al final de la Segunda Guerra Mundial, colaboraron con los ocupantes anglosajones (Estados Unidos y Reino Unido). El actual canciller Friedrich Merz es nieto de un dignatario nazi, cuyos principios anti-eslavos adoptó. El canciller Merz no tiene reparo en trabajar con los nacionalistas integristas ucranianos, que no se consideran a sí mismos eslavos sino descendientes de los vikingos Varegos. La tradición germánica rechazaba la cooperación con los rusos —lo cual dio lugar al cisma que dividió el Sacro Imperio Romano Germánico y Constantinopla, en 1054, o sea un siglo después de que Ucrania y Rusia se convirtieran al cristianismo— pero sólo los nazis se fijaron como misión exterminar los pueblos eslavos y apoderarse de sus tierras para garantizar el lebensraum, o sea el «espacio vital» de Alemania.

En todo caso, la actual Alemania reunificada no cuestiona la nazificación de Ucrania, iniciada con la independencia de 1991 y convertida en doctrina pública a raíz del golpe de Estado del «Euro-Maidan», en 2014. Esa Alemania ignora olímpicamente los cientos de monumentos erigidos en toda Ucrania para glorificar el recuerdo de los nazis y de sus colaboradores ucranianos.

La Alemania reunificada incluso pasa por alto el proyecto de la administración de Zelenski que prevé construir un «Panteón de Glorias Ucranianas», donde se depositarán los restos mortales de los ucranianos que más se destacaron como colaboradores del III Reich[4]. A diferencia del Memorial Yad Vashem, Berlín ha rechazado comentar los honores de Estado que el régimen de Kiev organizó para reinhumar los restos del criminal de guerra Andriy Melnyk, el pasado 25 de mayo[5].

EL FUTURO DE TRANSNITRIA Y LA DISLOCACIÓN DE MOLDAVIA
A raíz del desmembramiento de la Unión Soviética, Transnistria proclamó su independencia, el 2 de septiembre de 1990. El territorio denominado Transnistria (o Prisdnestrovia) es un pequeño valle que bordea el río Dniéper, donde los soviéticos habían creado una ciudad científica. Casi un año después de que Transnistria proclamara su independencia, Moldavia también se declaró independiente, el 27 de agosto de 1991. En tiempos de la URSS, Transnistria había sido parte de la República Socialista Soviética de Moldavia.

El 28 de febrero de 1992, Estados Unidos hizo incorporar a las Naciones Unidas 8 repúblicas independientes de la entonces ya desaparecida Unión Soviética. Entre esas 8 repúblicas ex soviéticas estaba Moldavia, pero no Transnistria. Actualmente, la ONU considera que Transnistria es parte de Moldavia, ignorando el hecho que los transnistrios se proclamaron independientes antes que Moldavia. Inmediatamente después, la CIA estadounidense trató de conquistar Transnistria mediante una guerra que los europeos han preferido olvidar[6].

Desde el fracaso de aquella guerra contra Transnistria, en 1992, Moldavia y esa República no reconocida por la mayoría de los miembros de la ONU se han desarrollado separadamente. Por cierto, la población de Transnistria sigue considerándose soviética ya que ha realizado el sueño que Mijaíl Gorbachov decía defender —conciliar la construcción del comunismo con la democracia—, aunque no ha logrado resolver el problemas de las mafias, como lo ha hecho Rusia con Vladimir Putin.

Hoy en día, Transnistria recibe un suministro gratis de gas ruso ya que su posición geográfica permite a Rusia, que dispone de una fuerza de paz en suelo transnistrio, vigilar el área donde convergen varios gasoductos rusos hacia Europa oriental, central y occidental[7].

A partir de 2019, el complejo militar-industrial de Estados Unidos se pronunció a favor de debilitar a Rusia llevándola a tener que implicarse en conflictos en Ucrania y en Transnistria[8].

En 2005, Angela Merkel, desde su posicion de canciller federal de Alemania, recluta como consejera a Ursula von der Leyen y las dos impulsan la creación de la European Union Border Assistance Mission to Moldova and Ukraine (EUBAM o “Misión de Asistencia en las Fronteras de la Unión Europea en Moldavia y Ucrania”). Esa estructura creada por la Unión Europea se da a la tarea de imponer un cerco a Transnistria, utilizando para ello los territorios de Moldavia y de Ucrania, a pesar de que esos dos países no son miembros de la UE.

El acuerdo al que habían llegado los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin en Anchorage, el 15 de agosto de 2025, prevé el reconocimiento del Dombás y Novorrusia como territorios rusos. Eso significa que Odesa no sería liberada por la fuerza sino simplemente reconocida como rusa en un tratado de paz. Odesa está a menos de 100 kilómetros de Tiraspol, la capital de Transnistria, y el presidente Putin acaba de otorgar, hace 2 semanas, la ciudadanía rusa a todos los ciudadanos de Transnistria mayores de edad que decidan solicitarla[9]. Así que, cuando termine la guerra en Ucrania, Transnistria será rusa, lo cual marcará prácticamente el fin de Moldavia.

LA DISLOCACIÓN DE LA UNIÓN EUROPEA
Para los europeos, la unidad de la Unión Europea está fuera de discusión. Pero el Reino Unido, que se había hecho miembro de la UE en 1973, la abandonó en 2020.
—Mucho antes, en 2005, los electores franceses y neerlandeses ya la habían rechazado en sendos referéndums sobre la Constitución Europea. Pero sus dirigentes se negaron a escucharlos y la Unión Europea se apartó así de los «valores democráticos» que decía defender.
—En 2013, la «troika europea» —en aquella época Alemania, Francia y Reino Unido— impuso a los chipriotas nada más y nada menos que la confiscación de los depósitos bancarios de más de 100.000 euros. La Unión Europea seguía apartándose de sus «valores democráticos y liberales».
—En 2024, la Comisión europea intervino secretamente en la elección presidencial en Rumania, dando así el clásico tiro de gracia a sus «valores».
 Ahora, en 2026, los Estados miembros de la Unión Europea —con excepción de Eslovenia y Hungría— cuestionan el principio de unanimidad que siempre ha regido el funcionamiento del Consejo Europeo.

Mientras tanto, Reino Unido, que ya no es miembro de la Unión Europea, está creando una nueva alianza militar, denominada «Marinas del Norte», en la que ya ha logrado enrolar a las fuerzas armadas de Dinamarca, Estonia, Finlandia, Países Bajos, Islandia, Lituania, Letonia, Noruega y Suecia. Supuestamente, los ejércitos de Alemania, Polonia y Turquía también deberían sumarse. También podrían hacerlo las fuerzas armadas de Francia, pero los conciliábulos entre París y Londres ahora parecen cosa del pasado. En todo caso, esa alianza de «Marinas del Norte» parece destinada a ocupar el lugar de la OTAN, cuando Estados Unidos se retire de esta, a mediados de 2027, según los planes de la administración Trump.

Pero esa nueva alianza no es compatible con la existencia de la Unión Europea, que es resultado de una de las cláusulas secretas del Plan Marshall de 1948.

Ya puede verse que el rearme alemán está siendo financiado simultáneamente por la Unión Europea y Reino Unido. ¿Es necesario recordar que Reino Unido financió el rearme alemán en los años 1930? ¿Y que lo hizo para lanzar a Alemania contra la URSS? Sólo después de los Acuerdos de Munich —firmados en septiembre de 1938— y de que la URSS, ya convencida de que sería la siguiente presa del III Reich, firmara el acuerdo germano-soviético —el 23 de agosto de 1939— la Alemania nazi se volvió en contra de Gran Bretaña.

Delicada «fase financiera» del estrecho de Ormuz: Estados Unidos rechaza pagar reparaciones de guerra a Irán.

Las divergencias que impiden el avance de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán no tienen que ver con la cuestión nuclear ni con la libertad de navegación a través del estrecho de Ormuz sino con el tema de las reparaciones de guerra. Y el problema no es tanto el monto de esas compensaciones sino el hecho que son una forma de reconocimiento de la victoria de Irán. La solución podría ser que, en vez de que Estados Unidos las pague directamente, esas compensaciones de guerra se paguen a través de los Estados árabes del golfo Pérsico. Al menos esa es la propuesta que China y Pakistán han puesto sobre la mesa.

Se recalientan los enfrentamientos entre Estados Unidos e Israel contra Irán alrededor del estrecho de Ormuz, con ataques que el Pentágono califica como «defensivos» cuando la distancia entre Washington DC y la isla de Qashem/puerto Bandar Abbas de Irán es de 11263 kilómetros.

Los dos negociadores iraníes, el relecto líder del parlamento Mohammad Ghalibaf y el canciller Abbas Araghchi, viajaron a Qatar a impulsar su «defensa» financiera para recuperar los fondos de Irán embargados por Estados Unidos, así como los ingresos petroleros persas incautados en Doha[1].

Estados Unidos insiste extrañamente en que sus bombardeos «defensivos» —que arrojaron la muerte de 4 militares iraníes que manejaban lanchas rápidas— «no alteran el curso de las conversaciones»[2].
[2] «US-Iran tensions rise, putting peace talks at risk», Julia Manchester y Filip Timotija, The Hill, 26 de mayo de 2026.

En medio de la escalada contra Irán, Trump convocó a una reunión coreográfica de emergencia con su gabinete en Camp David: el retiro presidencial en Maryland, donde se suelen tomar medidas no pocas veces dramáticas.

Irán exige la liberación de 24000 millones de dólares de sus fondos bloqueados antes de avanzar hacia un posible acuerdo con Estados Unidos.

Uno de los términos del «memorándum de entendimiento» precisa que «la mitad de los recursos, unos 12000 millones de dólares, deberían estar disponibles al inicio del anuncio del acuerdo, mientras el resto se transferiría en un plazo de 60 días»[3].

Si la dupla Estados Unidos-Israel practica la dureza militar, Irán ejerce la presión financiera que ha expuesto el bloqueo del estrecho de Ormuz.

La guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán ha pasado de la «fase militar» a la «fase geoeconómica» —donde atraviesan hidrocarburos, fertilizantes, helio, ácido sulfúrico, etcétera— y ahora ya entró a su muy delicada «fase financiera», cuando Irán ha descubierto el talón de Aquiles pecuniario de Trump.

La guerra, con sus sobresaltos de alto al fuego nada respetados, se encuentra en su «fase financiera», sin contar el daño que puede propinar Irán al cableado submarino de fibra óptica de Internet en el fondo del estrecho de Ormuz, que interrumpiría la conectividad financiera, primordialmente con Asia, de toda la costa occidental del golfo Pérsico (específicamente de las seis petromonarquías árabes).

La «fase geoeconómica» ha sido evaluada por TASS al advertir sobre la «crisis que enfrenta el mundo, como en 2008, en caso de que el estrecho de Ormuz permanezca cerrado»[4].

No hay que perder de vista que Trump contempla la guerra como un «gran negocio» cuando colocó como influyente subsecretario de Guerra al polémico empresario jázaro Steve Feinberg: mandamás del pestilente «fondo buitre» Cerberus Capital Management, que destila fuerte olor a azufre[5].

En medio de la delicada «fase financiera», no se puede soslayar el advenimiento del también jázaro Kevin Warsh: flamante gobernador de la Reserva Federal y yerno (¡mega-sic!) de Ronald Lauder, de 82 años, presidente del Congreso Judío Mundial[6], heredero de la multimillonaria empresa de cosméticos Estée Lauder[7] y ¡ex subasistente del secretario de Defensa para Asuntos Europeos y de la OTAN de 1983 a 1986 con Ronald Reagan!

En forma farisea, Lauder, desde el Congreso Judío Mundial ¡envió sus condolencias a Bahréin y a Emiratos Árabes Unidos[8] por la supuesta agresión iraní!

Los activos iraníes congelados directamente en Estados Unidos ascenderían a 2000 millones de dólares[9], mientras el total global de los depósitos iraníes incautados por las sanciones de Estados Unidos alcanzarían la estratosférica suma de 120000 millones en bancos de Qatar (¡6 mil millones!), de Corea del Sur, Japón, la India, China, etcétera.

Ante el rechazo de Trump a pagar a Irán reparaciones de guerra que ascenderían a 270000 millones de dólares[10], no suena nada descabellado que Estados Unidos se los endose a 5 de las 6 petromonarquías, con la excepción de Omán, que gestionan 6 billones de Fondos Soberanos de Riqueza[11].

Fuente: Alfredo Jalife-Rahme

Los obstáculos a la paz en Europa no son los que todos creen.

El compromiso que los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin parecían haber alcanzado el 15 de agosto de 2025 sigue sin concretarse en Ucrania. Pero los obstáculos no son los que Estados Unidos había previsto. Ucrania no ayuda, mientras que Alemania y Reino Unido simplemente empujan a la guerra.

Durante su visita en Pekín, el presidente estadounidense Donald Trump reconoció al presidente chino Xi Jinping como su par. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, los presidentes de Estados Unidos siempre se creyeron superiores a los demás, por ser el más poderoso y el más rico.

Por el contrario, desde el punto de vista chino, el presidente Xi Jinping se considera igual no sólo al presidente Donald Trump sino a todos sus homólogos. Los chinos no creen que el hecho de disponer de más medios que los demás convierta a alguien en una persona superior. De hecho, creer que entre las naciones existe algún tipo de jerarquía es una concepción puramente occidental.

En la semana siguiente a la visita del presidente Trump, fue el presidente ruso Vladimir Putin quien viajó a Pekín. Los comentaristas occidentales aseguraron entonces que el presidente ruso estaba a los pies del presidente chino.

Esa creencia es otra demostración de que Occidente no entiende la relación entre Rusia y China. Esa relación no es resultado de los intereses respectivos de esas dos naciones sino de su historia. Hechos históricos como el saqueo del Palacio de Verano de Pekín y el intento de los nazis de exterminar a los eslavos, han demostrado a los chinos y a los rusos hasta qué extremos de barbarie son capaces de llegar las potencias occidentales. Los dirigentes de esas dos grandes naciones han llegado así a la conclusión de que, para resistir, sus dos países tienen que mantenerse juntos. Es por lo tanto absurdo tratar de hacer otra vez lo que Richard Nixon y Henry Kissinger hicieron con Rusia y China en 1972: separarlas.

El 15 de agosto de 2025, en su encuentro de Anchorage, Donald Trump y Vladimir Putin se plantearon juntos la posibilidad de que sus dos países comerciaran entre sí y concluyeran la paz en Ucrania. A pesar de sus esfuerzos en ese sentido, Estados Unidos no ha logrado alcanzar esos objetivos… porque primero quería vender armas a los europeos, algo que ahora parece más difícil ya que los europeos comienzan a fabricarlas ellos mismos.

Ahora, el presidente Trump ha comenzado a retirar de Europa las tropas estadounidenses, anunció que retirará al menos 5000 hombres de Alemania, y también parece renunciar a la guerra que el Pentágono planeaba extender a Transnistria y a Bosnia-Herzegovina. Por su parte, el presidente Putin emitió un decreto en virtud del cual Rusia otorgará la nacionalidad rusa a todo transnistrio adulto que la solicite. Para completar el panorama, Donald Trump retiró el apoyo de Estados Unidos al Alto Comisario de la Unión Europea que fungía como «administrador» de Bosnia-Herzegovina, lo cual era una violación del Acuerdo de Dayton, firmado en 1995. Al mismo tiempo, el general Michael Flynn, quien fue brevemente consejero de seguridad nacional al inicio del primer mandato presidencial de Donald Trump, está organizando una serie de inversiones estadounidenses en la parte serbia de Bosnia-Herzegovina.

Esos hechos hacen pensar que Estados Unidos es favorable a una paz en Ucrania, paz que reconocería como rusa toda la Novorossiya. Eso sería histórica y culturalmente justificado, pero exigiría la organización de un referéndum de autodeterminación. Por ahora, las fuerzas rusas no han tratado de tomar Odesa, aunque el eventual tratado de paz podría reconocerla como rusa.

También en ese sentido, las dificultades no están donde todos creen.

Las 3 principales dificultades son ahora:

1) lograr que se reconozcan el carácter nazi de la ideología del actual régimen de Kiev y la necesidad de desnazificar Ucrania;

2) lograr que se reconozcan el carácter antidemocrático de la unificación alemana y la independencia de Alemania oriental;

3) lograr que se reconozca la obsesión antirrusa de Reino Unido y que se ponga fin a la «Unión Europea de la Defensa» antes de su formación definitiva.

UCRANIA
Aunque las potencias occidentales siguen fingiendo creer que la operación militar especial rusa en Ucrania es un intento de anexión y el inicio de una expansión rusa hacia el oeste, la realidad es muy diferente. Rusia no invadió Ucrania sino que puso en aplicación la resolución 2202 del Consejo de Seguridad de la ONU, texto de cuya aplicación se había hecho garante ante ese órgano de la ONU, al igual que Francia y Alemania.

Afirmar que Rusia ha invadido Ucrania es tan absurdo como decir que Francia invadió Ruanda en 1994, cuando fuerzas militares francesas intervinieron en ese país africano para poner fin a un genocidio, amparadas en una resolución del Consejo de Seguridad.

El gobierno ucraniano actual es ilegítimo. El mandato presidencial de Volodimir Zelenski terminó hace mucho tiempo. Zelenski extiende cada 3 meses una ley marcial cuyo único objetivo es impedir la realización de elecciones. Su último decreto en ese sentido prolonga la ley marcial desde el 2 de mayo hasta el 4 de agosto. Si al final de ese periodo se organizaran elecciones habría que iniciar un amplio proceso de actualización de las listas de electores, en las que todavía figuran los nombres de los miles de soldados ucranianos muertos o desaparecidos en combate. Nadie tiene una idea exacta de cuántos son, pero su número podría representar entre uno y dos tercios de los nombres inscritos en las listas de electores.

El parlamento ucraniano es otro problema. Sólo una tercera parte de los diputados participan en las sesiones del parlamento, que adopta leyes y disposiciones cada vez más dudosas. Por ejemplo, el parlamento ucraniano aprobó la destrucción de 100 millones de libros de autores rusos o simplemente impresos en Rusia, desde libros de autores contemporáneos hasta las obras de los grandes nombres de la literatura clásica. Este parlamento ucraniano también ha prohibido la Iglesia más importante del país y todos los partidos opositores. Es interesante señalar que en la sede misma del parlamento ucraniano hay una oficina de la CIA estadounidense cuyo trabajo consiste en preparar las leyes que serán aprobadas. La mision de los diputados es sólo aprobarlas.

El primer reclamo de Rusia es que se garantice la desnazificación de Ucrania. Así lo precisó el presidente Putin desde el inicio de la operación militar especial. Desde el punto de vista ruso, la desnazificación no es negociable. Es lógico, la identidad de la Federación Rusa no reside en el recuerdo de la emperatriz Catalina II de Rusia (Catalina La Grande) sino en la lucha de los soviéticos contra el nazismo (la Gran Guerra Patria). La ideología nazi preveía la exterminación de todos los pueblos eslavos (sin incluir inicialmente a los judíos y los gitanos), como se explica claramente en Mein Kampf. Aunque nadie lo menciona en Occidente, la Segunda Guerra Mundial no se inició para llevar a cabo el Holocausto sino para asesinar la población eslava.

Pero el régimen ilegítimo del «presidente» Zelenski rechaza de plano toda medida de desnazificación. Hoy existen en Ucrania numerosos monumentos que glorifican a los nazis y a los colaboradores ucranianos del III Reich, los llamados «nacionalistas integristas». Estos últimos han reescrito toda la historia de Ucrania, con ayuda del MI6 británico y de la CIA estadounidense, para hacer olvidar que la gran mayoría de los ucranianos participó activamente en la lucha contra los nazis. La propaganda de los nacionalistas integristas trata de hacer creer que los «banderistas», o sea los seguidores de Stepan Bandera, lucharon contra los nazis, lo cual es absolutamente falso. De hecho, los banderistas no lucharon contra los nazis porque… los banderistas eran nazis.

Convencidos de que nunca llegará la desnazificación, los nacionalistas integristas que componen el régimen de Zelenski están planificando la construcción de un «panteón» dedicado a los colaboradores ucranianos del III Reich. El 28 de marzo, el general Kyrylo Budanov, ahora jefe de la administración presidencial, organizó la repatriación de los restos de varios culpables de crímenes contra la humanidad, que fueron enterrados en diversos países en tiempos de la guerra fría. En Europa, los primeros ministros de Países Bajos y de Luxemburgo ya dieron luz verde al traslado de los restos del fascista Yevhen Konovalets y del nazi Andriy Melnyk.

ALEMANIA
En Occidente existe la convicción de que Alemania es un Estado democrático que logró reunificarse en 1990. El vicepresidente del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa, Dimitri Medvedev, acaba de señalar que la reunificación alemana es sólo una ilusión: Alemania occidental nunca pidió la opinión de los alemanes del este para saber si querían aquella reunificación. En resumen, a la luz del derecho internacional la «reunificación» no es válida.

Las elecciones legislativas alemanas de 2025 arrojaron resultados muy diferentes, incluso antagónicos, en el oeste de Alemania y en los territorios de la antigua RDA. Los alemanes «occidentales» votaron por la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y el Partido Socialdemócrata (SPD), mientras que los alemanes «del este» se pronunciaban por la Alternativa para Alemania (AfD). Por cierto, es precisamente por eso que hoy se clasifica a la CDU y el SPD como «demócratas» mientras que a la AfD se le impone la etiqueta de «extrema derecha».

Pero los hechos muestran que el canciller alemán Friedrich Merz (cristiano demócrata de la CDU) reprime a quienes cuestionan su política, que además son calificados de «complotistas». Utilizando la Oficina de Protección de la Constitución (una rama del órgano federal que acogió a numerosos responsables de la policía del III Reich después de la Segunda Guerra Mundial), el canciller Merz hizo prohibir varios medios de prensa y encarceló cierto número de periodistas.

Al mismo tiempo, Alemania está reconstituyendo su ejército, con ayuda financiera de Reino Unido… exactamente como lo hizo antes bajo otro canciller, Adolf Hitler, quien reconstituyó el ejército alemán con ayuda del gobernador del Banco de Inglaterra, Lord Montagu Norman. El actual canciller alemán Friedrich Merz acaba de reinstaurar el servicio militar y ahora todos los alemanes del sexo masculino están obligados a prevenir las autoridades antes de viajar al extranjero.

Alemania está reconstituyendo también su complejo militar-industrial, esta vez con fondos europeos. De hecho, Alemania está preparándose para una guerra como la de Ucrania, olvidando por cierto que una nueva guerra contra Rusia ya sería de otra índole. En todo caso, la industria alemana está produciendo drones ucranianos y los vende a las monarquías del golfo Pérsico para que los utilicen contra Irán.

Siguiendo esa lógica, Berlín quiere meter a Ucrania en la Unión Europea, a pesar de que ese país no satisface los criterios de adhesión previstos en los tratados de la UE. La solución que propone el canciller Merz es crear un nuevo estatus, el de «miembro asociado», concebido especialmente para Ucrania. Si recordamos que los franceses y los neerlandeses se negaron, en sendos referéndums realizados en 2005, a ser miembros de la Unión Europea, la «solución» de Merz sería una decisión más adoptada sin consentimiento de los pueblos europeos.

El canciller alemán Friedrich Merz, nieto de un dignatario nazi, no puede imaginar que Alemania no esté del lado de los nacionalistas integristas ucranianos, cuyos abuelos sirvieron al III Reich. Claro, tampoco puede imaginar que Alemania debería pedir cuentas a los autores de la voladura de los gasoductos Nord Stream, verdaderos responsables del derrumbe de la industria alemana.

REINO UNIDO
Desde el siglo XIX, Reino Unido ve a Rusia como su único rival, no sólo en Europa sino incluso a nivel mundial. George Curzon, o Lord Curzon, virrey y gobernador general de la India de 1899 a 1905, concibió la colonización de Asia Central como medio de «neutralizar» el Imperio ruso. La estrategia británica sigue siendo la misma.

Los sucesivos gobiernos de Reino Unido siempre describen a Rusia como el centro de un poder oscurantista. Ya ni siquiera se trata de inventar falacias como la del «telegrama Zinoviev» —para hacer creer que los soviéticos querían intervenir en las elecciones británicas— sino de imponer la idea de que en el Kremlin siempre hay un loco capaz de derribar aviones de pasajeros sobre Ucrania o de envenenar opositores en cualquier lugar del mundo.

El más reciente invento británico es la historia de los misteriosos drones no identificados que sobrevuelan aeropuertos europeos. La verdad no importa, los sucesivos gobiernos británicos utilizan esos cuentos para convencer a los Estados del Mar del Norte de que tienen que unirse a la «Fuerza Expedicionaria Conjunta» (Joint Expeditionary Force), que Londres acaba de convertir en una alianza militar denominada «Marinas del Norte», alianza militar que se sitúa bajo las órdenes… ¡de Londres! Reino Unido abriga la esperanza de que todos los Estados miembros de la Unión Europea, y Turquía, se unan a esa nueva alianza bélica.

Es por eso que los lords hereditarios restantes están haciendo todo lo posible para mantener a Keir Starmer en el 10 de Downing Street. El primer ministro Starmer es un «laborista» que en realidad trabaja para el gran capital, una especie de agente secreto que, a espaldas de «su» partido, participaba en las reuniones de la Comisión Trilateral de los Rockefeller. También fue así, a espaldas de todos, como Keir Starmer nombró a Peter Mandelson —cómplice del criminal Jeffrey Epstein— embajador de Reino Unido en Washington.

En este momento, lo importante para Londres es hacer creer que Reino Unido no tiene nada que ver con Israel y tampoco con Jamás, seguir escondiendo el hecho que los principales jefes militares israelíes eran recibidos secretamente en Whitehall durante el genocidio contra la población de Gaza, y que, a través de sus fuerzas armadas, Reino Unido participó activamente en ese genocidio.

Para el gobierno británico lo mejor es fingir, como dice su nuevo embajador en Washington, Christian Turner, que el único Estado que mantiene una «relación especial» con Estados Unidos es Israel.