Inmigración.

 

El problema de la inmigración entra de lleno en el terreno de la aritmética. En efecto, dentro de nuestras fronteras viven 50 millones de personas y fuera de ellas 8.200 millones, la inmensa mayoría de las cuales habita en países más pobres e inestables que el nuestro. Por lo tanto, dado que 8.200>50, la presión es estructural y no podemos hacer un llamamiento general para que todos los que quieran entrar, entren, porque no caben.

Pero intentemos explicarlo de un modo más gráfico. Imaginen una guerra en un país lejano. Del único puerto operativo va a salir el último barco de refugiados. En el muelle se aglomera una gran multitud. Desesperados en medio del caos, todos esperan poder subir a bordo y abandonar ese infierno, pero el barco sólo tiene capacidad para 500 pasajeros y en el muelle se arremolinan 80.000 personas. No cabe duda de que, o hay una pasarela estrecha y un severo control de accesos, o muy pronto el barco será asaltado por una turba descontrolada, escorará, volcará y zozobrará.

El problema no termina ahí. Se sabe por experiencia que una parte de los refugiados que embarquen no respetará las normas impuestas a bordo: no sólo se negarán a echar una mano, sino que desacatarán la autoridad de los tripulantes y causarán conflictos con otros pasajeros. A pesar de todo ello, hay quienes gritan que, por motivos humanitarios, en el barco deben poder entrar todos aquellos que lo deseen, y que defender lo contrario es discriminatorio, xenófobo, inhumano e incluso poco cristiano. ¿Cómo abordar esta cuestión?

La pregunta no es ociosa, pues la inmigración no es sólo un problema de organización social, sino una cuestión humanitaria y de búsqueda del bien común que hay que resolver con inteligencia. En efecto, sin el uso de la inteligencia, la caridad («actitud solidaria con el sufrimiento ajeno») corre el riesgo de hacer más mal que bien. Por eso, el problema de la inmigración debe abordarse desde el amor a la verdad, con datos y realismo, y no desde una visión «abstracta» y buenista, como señalaba el cardenal Biffi hace 26 años: «Las exaltaciones genéricas de la solidaridad y del primado de la caridad evangélica —que en sí mismas y en principio son legítimas y, de hecho, obligatorias— se revelan más bienintencionadas que útiles cuando no se enfrentan realmente a la complejidad del problema y a la crudeza de la realidad efectiva»[1].
[1] G. Biffi. La città di San Petronio nel terzo millennio: nota pastorale (2000).

La inmigración en la visita del papa León XIV
En la reciente visita de León XIV, el asunto de la inmigración ha tenido un gran peso. En su discurso ante el Congreso ocupó un espacio muy relevante, y su visita a Canarias giró fundamentalmente sobre esta cuestión. Dirigiéndose al problema concreto de la inmigración ilegal que llega por mar en peligrosas travesías organizadas por mafias, el Papa reconoció la enorme complejidad del tema, eludiendo simplismos y abordándolo de forma holística, tal y como demandaba el difunto cardenal Biffi.

En efecto, León XIV reclamó un examen de conciencia a todas las partes involucradas para que cada una asumiera su responsabilidad. En primer lugar, se dirigió a las naciones de origen, «que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo». En efecto, es el fracaso social, económico e institucional de los países de origen, y su corrupción rampante —es decir, la ausencia de bien común—, la causa primera del fenómeno de la inmigración. Cabe insistir en que, para el emigrante (con e, caramba), abandonar su tierra y a su familia para ganarse la vida constituye casi siempre un mal. Por eso el Papa habló del derecho a no tener que emigrar, del derecho «a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños»[2].

En segundo lugar, el Papa mencionó «a las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no dejar a los débiles en manos de redes criminales». Este llamamiento choca con la frecuente actuación de dichas naciones cuando explotan la inmigración como arma de presión geopolítica con total frialdad y sin preocuparse en absoluto del bienestar de los emigrantes, como hace Marruecos de forma recurrente o hizo Turquía durante la guerra de Siria.

En tercer lugar, se encuentran las mencionadas «redes criminales», esas «mafias que comercian con la vida humana (…) y trafican con la desesperación». Frente a estos «tratantes que esclavizan mujeres y niños», a los que calificó de «monstruos», el Santo Padre tuvo palabras extremadamente duras: «Quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Deténganse. Conviértanse. Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. Por cada vida perdida, por cada familia engañada (…), cada mujer amenazada, cada trabajador explotado, habrán de comparecer ante la justicia divina»[3].

En cuarto lugar, y alejándose del paternalismo con el que se suele abordar esta cuestión (también desde ámbitos católicos), el Papa también reclamó responsabilidad a los propios emigrantes, algo consecuente con su mensaje de respeto a la dignidad humana que estos poseen. En efecto, aun con sus condicionantes, los emigrantes son personas libres y, por tanto, responsables, pues «la dignidad reconocida como derecho florece cuando se convierte en responsabilidad». Por eso el Papa se dirigió directamente a ellos, para que no pusieran en peligro sus vidas de forma irresponsable: «No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No crean a quienes prometen paraísos fáciles (…); esas falsas promesas son “cantos de sirenas”, son industrias de muerte». Asimismo, León XIV recordó a los emigrantes que tienen derechos, pero también deberes: «A ustedes, queridos hermanos emigrantes, les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones»[4].

Finalmente, el Santo Padre reclamó a los países de destino y, en particular, a Europa, que no se acostumbren «a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». En rigor, la responsabilidad de estas tragedias recae en los países de origen, en los países de tránsito y en las mafias mucho más que en los países de acogida. Los países de destino, cuyos servicios de salvamento marítimo acuden prestos en cuanto les es posible hacerlo, son inocentes de los naufragios que se producen, frecuentemente lejos de sus costas.

La responsabilidad de Europa, en todo caso, recae en los efectos llamada. En primer lugar, en su insostenible modelo de Estado de Bienestar, que permite vivir sin trabajar y tener acceso a los servicios sociales, lo cual resulta muy atrayente; y, en segundo lugar, en las políticas de inmigración desacertadas o maliciosas, como la reciente regularización masiva decretada por el gobierno español con el sorprendente —y, en mi opinión, imprudente— aplauso de la Conferencia Episcopal. Estos efectos llamada sí son responsables indirectos de que «el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas», y no la supuesta dureza de corazón de las poblaciones de los países de acogida. Por el contrario, la existencia de políticas disuasorias ―filtros de entrada rigurosos y mecanismos de expulsión inmediata― tiene la capacidad de reducir dichas muertes.

Finalmente, el Papa recordó a la Iglesia que su principal misión es evangelizar y que, por tanto, además de aportar «pan, techo, trabajo y protección», la Iglesia debe compartir «el tesoro que sostiene nuestra acción (…), es decir, anunciar a Cristo sin imponerlo, respetando siempre la libertad de cada persona»[5]. Esta llamada coincide con la que hizo en su día el cardenal Biffi al hablar de inmigración, cuando recordó que «es deber estatutario de la Iglesia Católica dar a conocer a todos explícitamente a Jesús de Nazaret (…), acción evangelizadora que es universal y no tolera exclusiones deliberadas de destinatarios (…), misión que puede ser apoyada, pero en ningún modo sustituida por ninguna actividad asistencial»[6]. Parece lícito preguntarse si Cáritas o algunos obispos tienen claras sus prioridades.
[6] G. Biffi. La città di San Petronio nel terzo millennio : nota pastorale (2000).