ESCUELA DE CALOR 2026

 

Publicar bajo este título un artículo sobre cambio climático en plena canícula veraniega se ha convertido en una tradición.

Publicar bajo este título un artículo sobre cambio climático en plena canícula veraniega se ha convertido en una tradición. Así combatimos la habitual campaña de alarmismo estival, que hiberna como los osos para resurgir con fuerza cada verano aprovechando las olas de calor propias de la estación (verano: «época más calurosa del año») y que sigue siempre el mismo patrón: temperatura del mar, insectos amenazantes, sofocantes olas de calor e incendios forestales supuestamente ligados al calentamiento global. Dada la magnitud de los incendios de este verano, en este artículo me centraré en esta última cuestión.

Incendios forestales
El grave incendio de Ávila y Madrid, que por producirse en zona poblada ha afectado a decenas de miles de personas, se suma al sufrido hace pocas semanas en Andalucía, cuya gravedad fue determinada por la trágica pérdida de vidas humanas. En aquel momento, la reacción de las autoridades políticas —el presidente del gobierno y el de Andalucía— consistió en activar el escudo deflector para evitar asumir responsabilidad alguna y en un pacto de silencio tácito para no culparse mutuamente.

Así, primero culparon a las pobres víctimas, que ya no pueden defenderse y que actuaron como mejor supieron en una situación extrema, y luego ambos aludieron, cómo no, al cambio climático. En sus comparecencias, Sánchez y Moreno también hicieron una llamada a los ciudadanos para avisar con mayor antelación, trasladando de nuevo sibilinamente la responsabilidad a otros. Sin embargo, los datos del propio gobierno muestran que los ciudadanos son mucho más diligentes que el Estado en alertar de estos desastres, pues, en el 67% de los casos, quienes avisan de los incendios son las llamadas de particulares[1].

Por el contrario, ninguno de los dos responsables políticos dijo una sola palabra de las inversiones que deberían haberse acometido en medios de extinción: España, por ejemplo, cuenta con sólo 7 viejos aviones apagafuegos operativos, frente a los 18 de que dispone Italia con una superficie forestal un 50% inferior a la nuestra. Sánchez y Moreno tampoco dijeron nada sobre protocolos de prevención, actuación y respuesta rápida, o sobre gestión forestal y limpieza de los montes, dificultada por la dictadura ecologista de la UE y por la incompetencia de nuestra clase política.

Sin embargo, aunque a casi nadie le sorprenda el cinismo de los políticos, la gente sigue cayendo víctima del sensacionalismo de los medios, que aprovechan la natural empatía que sentimos hacia las pobres familias que han perdido su hogar para crear histerias colectivas basadas en relatos catastrofistas (incendios «inextinguibles»).

Disociando los incendios de la temperatura ambiente
En este sentido, la fuerza de la propaganda climática es tal que logra hacernos creer que la temperatura ambiente contribuye enormemente o incluso puede ser responsable de un incendio de estas características. Lógicamente, esto no es sí. En efecto, para que haya una combustión hacen falta tres elementos: un combustible (en este caso, madera seca), un comburente (el oxígeno del aire) y una fuente de calor, que debe ser intensísima. Por eso, si juntan unas ramitas secas en el porche de su casa o en la acera de su calle en pleno mes de julio al sol de mediodía, aquello no arderá por combustión espontánea, aunque el termómetro alcance 50°. Sin embargo, si hacen la misma prueba un día nublado de otoño o invierno, pero, en esta ocasión, prenden las ramitas secas con una cerilla —que puede alcanzar entre 600° y 800°C de temperatura—, aunque haga frío, aquello arderá como una tea. En efecto, la fuente de calor necesaria para que se produzca fuego sólo puede provenir de la acción humana (causante de más del 90% de los incendios) o de un rayo.

Por lo tanto, una elevada temperatura ambiente no es condición necesaria para desencadenar un incendio. En el caso de España, el hecho de que la región con más hectáreas quemadas con respecto a su superficie forestal haya sido tradicionalmente la fresca y húmeda Galicia también es un indicio de que la temperatura ambiente no es un factor relevante. Naturalmente, el factor primordial para que un incendio se extienda es el viento, que aumenta tanto el combustible —por propagación de las fuentes de calor— como el comburente.

Pongamos otros ejemplos. En Canadá —donde este año se han quemado 3 millones de hectáreas— hay en este momento activos grandes incendios forestales en zonas de British Columbia que tienen estos días temperaturas máximas en torno a 20° y mínimas de sólo 7°C[2]. Y en el sur de África la temporada alta de incendios forestales coincide con el invierno austral, cuando las temperaturas mínimas rondan los 8°C, pues es entonces cuando se produce la estación seca[3]. Dicho de otro modo, los montes no arden porque haga calor, sino porque la maleza está seca; en muchas regiones del mundo —como es el caso de Europa—, la estación cálida y la estación seca coinciden en el tiempo, pero en otras regiones del globo ocurre lo contrario.

En nuestro país, cerca del 60% del total de incendios cuya autoría se conoce son incendios provocados (no sólo maliciosos), mientras que el 34% son consecuencia de accidentes o negligencias y un 6% son debidos a la acción de los rayos[4]. En EEUU estas cifras son similares[5], aunque en la despoblada Canadá cerca del 50% de los incendios son causados por los rayos.

Las principales negligencias y accidentes tienen que ver con quemas agrícolas, chispas provenientes de motores y máquinas, fallos de líneas eléctricas, trabajos forestales, colillas indebidamente apagadas, hogueras, barbacoas o eliminación de basuras.

No es el cambio climático
Por lo tanto, ligar un incendio forestal al calentamiento global es un insulto a la inteligencia, como cada vez perciben más ciudadanos. En efecto, desde 1979, el aumento de temperaturas en el planeta ha sido de 0,16ºC por década, es decir, de pocas centésimas de grado por año[6]. Como es obvio, esta diferencia de medición —tan ridículamente exacta como los cálculos de crecimiento del PIB— resulta imperceptible. Este ligero aumento de temperatura global tampoco ha producido un aumento detectable en la frecuencia y severidad de las sequías, como reconoce hasta el IPCC[7].
[7] IPCC. AR6, WG I, Table 12.12.

Pero es que, además, en las últimas décadas ha disminuido la superficie quemada por incendios forestales en el planeta. Han leído bien: cada vez arden menos hectáreas debido a incendios forestales. La FAO, por ejemplo, realiza un análisis por continentes (2007-2019) que ofrece el siguiente resultado[8]:


En el mismo sentido, un estudio publicado en la revista Science concluyó que la superficie quemada en el planeta había descendido un 25% desde 1999 hasta 2017[9]. En la misma línea, otro estudio más reciente reitera que «el número e intensidad de incendios a nivel mundial, y la superficie quemada, han disminuido en las últimas dos décadas»[10]España no ha sido una excepción, y la superficie quemada por incendios en los últimos 50 años también ha disminuido, según el propio Ministerio de Transición Ecológica[11]:


Este dato nos invita a realizar una reflexión: en efecto, el ligero aumento de temperaturas globales ha coincidido con la disminución en la superficie quemada en el planeta, pero eso no significa que cuanto más calor haga, menos incendios habrá: correlación no implica causalidad. Asimismo, que el ligero aumento de temperaturas globales de las últimas décadas haya coincidido con un aumento de CO2 en la atmósfera no significa necesariamente que haya sido el CO2 el causante de dicho aumento de temperatura, pues hablamos de sistemas multifactoriales, complejos y caóticos que eluden explicaciones simplistas. Lo mismo ocurre con los incendios, en los que influyen la pluviosidad primaveral, la sequía estival, los vientos, la orografía, la capacidad de medios de extinción y el mantenimiento y limpieza de los montes.

Cabe añadir que la disminución de incendios forestales, la reforestación y el incremento del maravilloso CO2 (alimento por antonomasia de árboles y plantas), que ha aumentado significativamente el verdor del planeta, ha provocado que la deforestación haya dejado de ser un problema a nivel global. En efecto, un análisis de 35 años de datos de satélite durante el período 1982-2016 publicado en su día en la revista Nature, concluyó que «la superficie forestal mundial había aumentado en 2,24 millones km2 (un 7% más)». España no ha sido una excepción: siendo el tercer país con mayor masa forestal de Europa, ha visto aumentar sus bosques un 32% desde 1990[12].

Olas de calor
La otra cuestión que querría tratar brevemente en este artículo son las olas de calor. En efecto, el anticiclón de las Azores, principal controlador de nuestro clima, cambia periódicamente de extensión y posición (latitud y longitud) y permite —junto a otros factores— que masas de aire africano nos invadan por el sur y conviertan grandes partes de la Península en un horno. Como afirmaba el exdirector del Instituto Nacional de Meteorología (hoy AEMET) Inocencio Font en su magna obra Climatología de España y Portugal, «puede haber períodos anormalmente calientes en cualquier mes, aunque junio es en este aspecto el más anómalo, ya que por término medio una vez cada tres años tienen lugar durante dicho mes intensas olas de calor»[13].
[13] I. FONT. Climatología de España y Portugal (Ed. Universidad Salamanca, 2007) 230ss.

Font indica que en la estación veraniega en su conjunto las grandes olas de calor se producen de media una vez cada cuatro años. Estas afectan más a la mitad sur de la Península, aunque ocasionalmente también pueden afectar al norte: San Sebastián, 38° (31-7-75), La Coruña, 40° (28-8-61) o Bilbao, 42° (7-9-1987) son claros ejemplos. Finalmente, Font hace una afirmación reveladora: «De todas las olas de calor registradas en la Península, la más importante tuvo lugar entre julio y agosto de 1876 [hace 150 años], cuando en Sevilla se llegaron a alcanzar los 51°»[14].
[14] Ibid.

En julio de 1995 hubo otra gran ola de calor en España y se registraron 47° en Córdoba y Sevilla, pero también el norte sufrió altísimas temperaturas: Orense alcanzó los 42°, y Zamora, los 41°. En aquella época la ideología climática aún no había corrompido las instituciones científicas, por lo que un informe del Instituto Nacional de Meteorología criticaba el sensacionalismo mediático (en vez de alimentarlo, como hace hoy la AEMET): «Cuando se presentan fenómenos meteorológicos extremos de esta naturaleza, es frecuente leer o escuchar comentarios en los medios de difusión (prensa, radio, etc.) que valoran el fenómeno como excepcional». Para contrarrestar dicho sensacionalismo, los autores del informe llegaron a la conclusión de que los 47° registrados en 1995 en Sevilla «se presentaban por término medio una vez cada 50 años, lo que supone que la ola de calor que produjo tal temperatura no es muy frecuente, pero no es un fenómeno excepcional»[15]. De hecho, los autores recalcaban que valores superiores a los 46°. también se habían registrado, por ejemplo, en julio de 1901, en agosto de 1909 y en agosto de 1949.

En 2003 España (y con ella toda Europa) sufrió también una ola de calor veraniego insoportable que superó en duración y extensión a la de 1995, pero en aquella época la revista oficial del entonces Instituto Nacional de Meteorología no mencionaba en absoluto el calentamiento global, limitándose a titularlo Ola de calor excepcional[16].

Conclusión
Para rematar la cuestión de las temperaturas estivales, debo añadir que la propia AEMET reconoce en su Informe sobre el estado del clima en España 2025 que el gráfico de temperaturas medias máximas correspondiente al día más cálido «no presenta ninguna tendencia significativa» desde 1975[17]:


En la misma línea, el propio IPCC se vio obligado a reconocer en su AR5 (2013) que sólo tenía una «confianza media» en la afirmación de que la duración y frecuencia de olas de calor hubieran aumentado desde mediados del siglo XX a nivel global, mientras que «existía evidencia de que algunas regiones del globo habían tenido más olas de calor en períodos anteriores a 1950 (por ejemplo, EEUU en los años 30)»[18].
[18] IPCC, AR5, WGI, 2.6.1.

Siempre ha habido y siempre habrá olas de calor e incendios forestales. Estos fenómenos, completamente normales, serán en algunos años especialmente severos. Es en estas ocasiones cuando más alerta debemos estar para no dejarnos arrastrar por la cultura del miedo que nos inculca el sensacionalismo mediático, y también para ignorar las cortinas de humo de nuestros políticos culpando a una inexistente emergencia climática para encubrir su incompetencia y corruptelas: es a estos mismos políticos a quienes debemos exigir, por el contrario, que dejen de mentir y pongan los medios necesarios para mitigar el daño producido por dichos fenómenos.

A la carencia de medios para extinguir incendios se suman los apagones generales causados por el mismo fanatismo ecologista que impide limpiar los montes, los descarrilamientos de trenes o las carreteras llenas de baches, por lo que la pregunta es: ¿cambio climático o incompetencia supina de una panda de caraduras?


El soft power en un mundo post-hegemónico: crisis conceptual y nuevos actores de la influencia cultural.

 

El intercambio cultural ha acompañado durante mucho tiempo las interacciones políticas y económicas entre los Estados, pero no fue hasta el siglo XX cuando la diplomacia cultural surgió como una política estatal deliberada. A partir de la década de 1960, el ámbito de la diplomacia pública se amplió más allá de la difusión cultural para incluir la formación de la opinión pública extranjera, la comunicación de objetivos políticos y la lucha contra los estereotipos.

En los años noventa, el término «soft power» (poder blando) entró en el discurso común. Aunque se superpone en gran medida con la diplomacia pública y cultural, también tiene un alcance más amplio: el soft power puede emanar no solo de actores estatales, sino también de la sociedad civil, el mundo empresarial y la cultura popular.

El fenómeno en sí, por supuesto, es anterior a la terminología utilizada para describirlo. La cultura y el poder siempre han estado históricamente entrelazados. Las conquistas de Alejandro Magno estuvieron acompañadas por la difusión de la cultura helenística de occidente a oriente; la influencia cultural de los primeros siglos del islam se irradió simultáneamente en múltiples direcciones. Es interesante notar que la expansión de las culturas no depende necesariamente de la victoria militar: la derrota de Napoleón, por ejemplo, no contribuyó significativamente a disminuir el atractivo de la cultura francesa en Europa y más allá.

No es casualidad que el concepto de «soft power» surgiera al final de la Guerra Fría. Los valores y estilos de vida occidentales, transmitidos a través de canales informales y —más raramente— oficiales, desempeñaron un papel importante en la erosión de las ideologías oficiales dentro del bloque del Este y, en consecuencia, en determinar el resultado de la confrontación bipolar. Aunque el término «instrumentalización» solo ha entrado recientemente en el lenguaje común, la cultura fue ampliamente instrumentalizada durante la Guerra Fría, como demuestra de forma convincente Frances Stonor Saunders en su libro Who Paid the Piper? En los años siguientes, animadas por el éxito percibido, las naciones occidentales llevaron a cabo campañas para ganar los corazones y las mentes del mundo no occidental, estableciendo numerosas organizaciones dedicadas a la promoción del soft power.

Hoy en día, sin embargo, los instrumentos del soft power son objeto de mucho menos debate que hace diez o quince años. En Occidente, la retórica del poder «duro» clásico gana cada vez más resonancia. La movilización de la opinión pública europea contra Rusia y las amenazas de Donald Trump de «destruir» la civilización iraní se han convertido casi en rutina según los estándares actuales. Al mismo tiempo, el soft power occidental atraviesa una grave crisis de reputación. La brecha entre los valores proclamados y las políticas efectivas —tanto en términos de doble rasero en la gestión de conflictos como en la gobernanza económica global— hace que los mensajes culturales y diplomáticos sean cada vez menos persuasivos para el público no occidental. Donde antes se transmitía una visión de un futuro deseable, esos mensajes ahora se perciben cada vez más como instrumentos de coerción.

En los años posteriores a la Guerra Fría, los Estados no occidentales adoptaron en gran medida el modelo occidental. A través de diversas instituciones culturales —así como de medios de comunicación dirigidos a un público extranjero y en gran parte modelados según patrones occidentales—, países como Rusia y China han replicado sustancialmente los modelos occidentales de influencia cultural. Sin embargo, ellos también han encontrado resistencia, como demuestran las sanciones contra Rossotrudnichestvo, el cierre de los Institutos Confucio en países occidentales, y la censura de RT y Sputnik. Aunque en el pensamiento liberal occidental dominante es un dogma que las «democracias» siempre disfrutarán de una ventaja sobre las «autocracias» en el libre mercado de las ideas, ha tenido lugar un cambio discursivo significativo.

El soft-power de los Estados no occidentales ahora se considera cada vez más, por defecto, como potencialmente dañino para los intereses occidentales —rebautizado como «sharp power» (poder afilado)—. Joseph Nye, quien acuñó el término, advirtió en su momento sobre la necesidad de distinguir entre ambos conceptos y no obstaculizar los esfuerzos legítimos del soft-power de los países no occidentales; la experiencia reciente, sin embargo, sugiere lo contrario.

El futuro del soft-power en el diálogo bilateral entre Rusia y China (Hua Han).

China y Rusia ya no se limitan a poner en práctica instrumentos y estrategias de soft-power paralelos, sino que están convergiendo gradualmente hacia una configuración híbrida que puede describirse como «soft-power estratégico». Esta forma emergente de influencia combinada integra infraestructuras, medios de comunicación, conectividad de recursos clave y plataformas institucionales en una arquitectura geopolítica unificada. El análisis de la crisis del estrecho de Ormuz, el conflicto en Ucrania, la emisora rusa RT, la china CGTN, la red mediática TV BRICS, la cooperación ártica y la iniciativa china «Belt and Road» demuestra cómo el soft-power se ha vuelto inseparable de la conectividad material y la alineación geopolítica determinada por las crisis, escribe Hua Han, cofundador y secretario general del Beijing Club for International Dialogue.

En China, el reconocimiento de los límites del soft-power ha dado lugar a un creciente debate sobre el «poder discursivo», es decir, la capacidad de dar forma a la agenda internacional, elaborar narrativas y determinar los marcos de referencia en los que se debaten los temas clave. El objetivo ya no es simplemente ser apreciados, sino expresarse en un lenguaje que los demás se vean obligados a escuchar. La eficacia de este enfoque sigue siendo objeto de debate, pero el cambio de énfasis es en sí mismo revelador.

La experiencia reciente de Rusia ofrece otro ejemplo instructivo, desde una perspectiva diferente. Los intentos de «cancelación cultural» de Rusia desde 2022 han abarcado un amplio espectro: desde la exclusión de atletas rusos de competir bajo su propia bandera hasta la eliminación de obras de compositores rusos de los programas de conciertos. El alcance de estas medidas no tiene precedentes en las últimas décadas. Sin embargo, la cultura rusa no ha desaparecido de la escena mundial; la lengua rusa ha mantenido su posición en regiones donde tradicionalmente es fuerte; y la percepción de Rusia en el Sur Global ha cambiado solo marginalmente —en algunos casos, incluso para mejor.

La cultura, a diferencia de los flujos financieros o el suministro de equipamiento, es difícil de bloquear completamente mediante medios administrativos.

Esto nos lleva a la cuestión más amplia de la eficacia de las instituciones estatales de diplomacia cultural. Los canales informales, la llamada «segunda vía», suelen obtener resultados mucho mejores. Una etiqueta estatal inevitablemente infunde un mensaje político en los mensajes culturales, y el público reacciona en consecuencia. Esto no significa que el Estado deba retirarse completamente de esta esfera. Sin embargo, su papel podría replantearse de forma más útil: no como productor y distribuidor de contenido cultural, sino como promotor de condiciones en las que los intercambios informales puedan prosperar: políticas de visados, movilidad académica, accesibilidad a infraestructuras digitales y ausencia de restricciones excesivas a las exportaciones culturales.

En este contexto, las nuevas tecnologías —sobre todo la inteligencia artificial— merecen una atención especial. Históricamente, las barreras lingüísticas han sido uno de los principales obstáculos para la difusión orgánica de las culturas. Hoy en día, el desarrollo de herramientas de traducción automática para contenidos de vídeo, por ejemplo, está ayudando a superar ese obstáculo. Los espectadores en Brasil o Indonesia que tienen acceso directo a materiales audiovisuales rusos, chinos o iraníes en sus lenguas maternas, se forman su propia percepción de estos países. Esto no garantiza simpatía —la exposición directa puede generar tanto atracción como rechazo—, pero al menos ofrece la posibilidad de una percepción más compleja y matizada, capaz de superar el peso de los estereotipos arraigados.

En este sentido, los avances tecnológicos abren posibilidades completamente nuevas. La diplomacia cultural del mañana podría ser mucho menos obra de los Estados y de instituciones especializadas, y mucho más patrimonio de algoritmos, plataformas y millones de usuarios individuales que nunca hubieran imaginado convertirse en protagonistas de la diplomacia. La influencia cultural, por tanto, no está desapareciendo: simplemente se canaliza a través de vías cada vez más informales. Los Estados que reconozcan este hecho y elaboren políticas que dejen espacio para dichos canales, estarán en una posición más fuerte que quienes persistan en intentar controlar desde arriba este instrumento indisciplinado.

Edward T. Sturdy - 'Padre de la teosofía en Nueva Zelanda'.

 

En mayo de 1887, HPB llegó a Londres y se alojó con Mabel Collins (autora de Luz en el camino e El idilio del loto blanco) en una casa de campo llamada Maycot, en Norwood, cerca del famoso Palacio de Cristal, vinculado al príncipe Alberto. Su relación fue algo turbulenta, pero durante este tiempo Maycot fue un hervidero de actividad teosófica. 

Tras cuatro meses, Madame Blavatsky volvió a mudarse, esta vez a Lansdowne Road, Notting Hill, donde Bertram Keightley y su sobrino Archibald (mayor que ella) la cuidaron. Más tarde, Mabel vivía en Clarendon Road y su jardín lindaba con el de Lansdowne Road. Así que, aunque no formaba parte del hogar de HPB, las dos mujeres adquirieron la costumbre de comunicarse mediante señas a través de los jardines cuando querían hablar.

En julio de 1890, HPB y su equipo se mudaron de Lansdowne Road a la casa de Annie Besant en el #19 de Avenue Road, St Johns Wood, muy cerca de Regents Park. En un mes, formó el «Grupo Interior» de la Sección Esotérica, compuesto por doce miembros: seis hombres y seis mujeres. Estos discípulos personales de HPB son figuras muy conocidas en la historia de la teosofía: la condesa Constance Wachtmeister, la Sra. Isabelle Cooper-Oakley, la Srta. Emily Kislingbury, la Srta. Laura M. Cooper, la Sra. Annie Besant, la Sra. Alice L. Cleather, el Dr. Archibald Keightley, el Sr. Herbert Coryn, el Sr. Claude Falls Wright, el Sr. GRS Mead, el Sr. ET Sturdy y el Sr. Walter Old. También había dos personas «ajenas» invitadas especialmente: Rai BK Laheri y el Dr. William W. Westcott, a quienes posteriormente se unió WQ Judge. 

Alice L. Cleather describe en su libro HP Blavatsky, tal como la conocí… 

El grupo celebraba sus reuniones semanalmente en una sala construida especialmente para ello, contigua al dormitorio de HPB. Nadie más que ella y los miembros del grupo entraban en ella. Cada miembro tenía su propio sitio y silla; y durante las clases, HPB se sentaba con sus seis alumnos varones a su derecha y las seis mujeres a su izquierda, en formación semicircular.

Uno de los miembros de este «Grupo Interior» tiene una estrecha relación con Nueva Zelanda: Edward T. Sturdy. Nacido en 1860 en Toronto, CAN, de donde proviene su segundo nombre, llegó a Nueva Zelanda a los 19 años.  Durante su vida fue un erudito del sánscrito, estudiante de hinduismo y budismo, y miembro de la Sociedad Teosófica. Como ya se mencionó, formó parte del Grupo Interior creado por H.P. Blavatsky y fue quien transcribió lo que hoy se conoce como el Diagrama de Meditación de HPB.

En 1884, vivía en Woodville, que por aquel entonces formaba parte de la región de Hawkes Bay. Había oído hablar de la Sociedad Teosófica a través de un amigo y, muy interesado, le escribió a Adyar. Se unió a la Sociedad el 10 de octubre de 1885, siendo uno de los diez primeros neozelandeses en hacerse miembro (fue el noveno). El coronel Olcott se refería al Sr. Sturdy como el «Padre de la Teosofía en Nueva Zelanda». 

Edward Sturdy estaba interesado en la filosofía india, así que al año siguiente viajó a Adyar con la esperanza de contactar con «hindúes eruditos» En Islas del Amanecer se describe cómo fue el Bhagavad Gita lo que despertó el interés teosófico de Sturdy... «Sentí que en el 'Gita' había una enseñanza que llevaba mucho tiempo buscando». 

Durante un breve periodo, alrededor de marzo de 1887, se unió a H. S. Olcott, quien se encontraba de gira por el noroeste de la India. El coronel Olcott cuenta que Sturdy y los demás miembros de Allahabad lo recibieron en la estación a su llegada desde Benarés. Posteriormente, Sturdy partió hacia Ceilán (actual Sri Lanka) para atender algunos asuntos de la Sociedad Teosófica. Más tarde, viajó a Londres y conoció a Madame Blavatsky, quien se había mudado allí en mayo y se estaba instalando en Maycot. 

Tras pasar unos meses en Londres, el Sr. Sturdy regresó a Nueva Zelanda. Y en el viaje fue cuando conoció a William Quan Judge. Una vez de vuelta en Nueva Zelanda, cuenta que «vivió en una cabaña en las afueras de Wellington», donde reunió a un grupo de estudiantes entusiastas, lo que finalmente condujo a la formación de la primera logia en Nueva Zelanda, la Logia Wellington, que recibió su carta fundacional en noviembre de 1888. 

Entre sus miembros se encontraban Sir Harry Albert Atkinson, Primer Ministro de Nueva Zelanda; su esposa Anne E. Atkinson; su hijo, E. Tudor Atkinson; M. van Staveren, un rabino judío; HM Stowell (Hare Hongi), un tohunga (sacerdote) maorí; y Edward Tregear, un poeta y erudito maorí que escribió un libro sobre las similitudes entre las lenguas hindú y maorí. 

Sturdy impulsó una intensa actividad teosófica con la revista Hestia, y más tarde con The Monthly Review, descrita en su portada como «Una revista dedicada a las enseñanzas de los antiguos sabios y al estudio de la filosofía y la ciencia». Robert Ellwood (Islas del Amanecer) afirma que «constituyó un esfuerzo notable en esa dirección tan elevada para un entorno como Nueva Zelanda en 1888». El Sr. Sturdy partió hacia Inglaterra en diciembre de 1888, sin regresar jamás a Nueva Zelanda, para convertirse en discípulo de Madame Blavatsky en su Grupo Interior. Tras su partida, la Logia Wellington dejó de existir, aunque fue refundada en 1894.

Edward Sturdy fue miembro del Consejo de la Sociedad Teosófica Europea (EST, por sus siglas en inglés), designado por H.P. Blige (HPB), y también formó parte del Consejo Asesor Europeo, creado en julio de 1890 para asistir a HPB en su nueva función como presidenta de la Sociedad Teosófica en Europa. Los demás miembros del Consejo son figuras destacadas en la historia de la teosofía: Annie Besant, W. Kingsland, Herbert Burrows, A.P. Sinnett, H.A.W. Coryn y G.R.S. Mead. 

En 1895, Swami Vivekananda se encontraba en Estados Unidos y fue invitado a Londres por la señorita Henrietta Müller, quien ya lo había conocido allí. El Sr. E. T. Sturdy solicitó que el Swami se hospedara en su casa en Inglaterra. Vivekananda dio una conferencia el 22 de octubre de 1895 en el Prince's Hall, con el Sr. Sturdy como presidente. Posteriormente, Swami Vivekananda y el Sr. Sturdy comenzaron a trabajar juntos en una traducción al inglés de los aforismos Bhakti de Narada. Tras una estancia de dos meses en Inglaterra, antes de partir, Vivekananda dispuso que el Sr. Sturdy impartiera clases en Londres hasta la llegada de un nuevo Swami procedente de la India. 

Otro testimonio de su interés por la filosofía oriental proviene del escritor griego Lafcadio Hearn (también conocido como Koizumi Yakumo, su nombre japonés), quien escribió a un amigo en abril de 1898: 

He conocido a un hombre extraordinario… Se llama E.T. Sturdy. Ha vivido en la India, en el Himalaya, durante años, estudiando filosofía oriental; y las exquisiteces de los hoteles no le sientan bien, pues es vegetariano. Es amigo del profesor Rhys-Davids, quien me lo recomendó, y ha financiado la publicación de varios textos orientales, como el pali. Sin duda alguna, es la persona más notable que he conocido en Japón. Imagínense a un hombre independiente, fuerte, culto, con propiedades en Nueva Zelanda y otros lugares, que recorre voluntariamente el Himalaya en compañía de peregrinos y ascetas hindúes, en busca de lo Innominado y lo Eterno. Sin embargo, no es exactamente teósofo ni espiritualista. No llegué a entablar mucha amistad con él; posee esa extrema reserva inglesa que engaña bajo una apariencia de franqueza casi juvenil; pero creo que podríamos hacernos muy amigos si viviéramos en la misma ciudad. Me contó algunas cosas que jamás olvidaré, cosas muy extrañas. 

Sturdy se casó en 1894 y tuvo un hijo y una hija, pero lamentablemente enviudó en 1901. Fue un exitoso promotor inmobiliario y lo encontramos mudándose de Londres a Dorset con sus hijos pequeños a un pueblo llamado Burton Bradstock, donde remodeló la hermosa «Norburton House». Vivió en esta casa durante 50 años. La inscripción en sánscrito sobre la chimenea del salón principal (alrededor de 1906) dice «SATYAT NASTI PARA DORMA», que el Museo Británico tradujo como «No hay ley superior a la verdad». 

El texto original en sánscrito es Satyan nasti paro dharmah. Este era el lema familiar del Maharajá de Benarés y es un pasaje ligeramente modificado del Mahābhārata. El coronel Olcott lo adoptó para la Sociedad Matriz alrededor de diciembre de 1880. Otra chimenea, la del comedor, estaba adornada con serpientes. La serpiente, o «Nagas» en sánscrito, es un símbolo de «Sabiduría» y se encuentra en el emblema de la Sociedad Teosófica. 

El Sr. Sturdy escribió varios artículos, entre ellos Gurus y Chelas, al que Annie Besant respondió, y un libro titulado Teosofía y Ética. En 1894, el Sr. Sturdy renunció a la Sociedad para trabajar de forma independiente, inspirado no solo por H.P. Blavatsky y la teosofía, sino también por el Advaita Vedanta y el budismo Mahāyāna.

En 1947, escribió: «Creo que debí de ser el más escéptico de todos los miembros del grupo íntimo de H.P. Blavatsky». A continuación, afirma que con el tiempo llegó a creer en Madame Blavatsky y también en los Maestros de la Sabiduría como «individuos concretos» y no solo como ideales. 

En una carta a Boris de Zirkoff fechada el 18 de abril de 1947, escribió: «Soy el último de todo su Grupo Íntimo. Vivo casi como un ermitaño, pues mi contacto con el mundo exterior es casi exclusivamente por carta». 

El 13 de marzo de 1957, el Sr. Sturdy sufrió un leve derrame cerebral del que se recuperó. Sin embargo, dos días después, el 15 de marzo, falleció repentinamente tras el almuerzo, a la edad de 97 años, sin emitir un solo suspiro. Se dice que estaba leyendo un artículo sobre la vida después de la muerte en el budismo, escrito por su amigo Christmas Humphreys.

TRUMP CONTRA LA IZQUIERDA

 

Hasta ahora, la labor de la administración de Trump ha estado plagada de decepciones y éxitos. La guerra con Irán y las amenazas contra Groenlandia son quizás los ejemplos más claros de lo primero; las campañas para neutralizar los bastiones institucionales y demográficos de la izquierda, de lo segundo. Aunque ha quedado eclipsado por lo primero, el intento de Trump de controlar las universidades radicalizadas y la inmigración masiva ha sido algo bastante nuevo en la política occidental de la posguerra.

La doble cara de la administración de Trump puede explicarse, por un lado, geopolíticamente —los intereses del imperio estadounidense solo se superponen parcialmente a los de Europa— y, por otro, estructuralmente, a través de su relación con la revolución gerencial. Desde el punto de vista geopolítico, el imperio estadounidense y la Europa fragmentada forman parte del mismo Occidente, pero también existen líneas de conflicto (compárese, entre otras cosas, el dicho de que el objetivo de la OTAN es «mantener a Alemania a raya y a Rusia fuera»). Estas líneas de conflicto no disminuyen por el hecho de que Estados Unidos haya pasado de ser una república de raíces europeas a un imperio multiétnico. Como europeo, uno puede enfocarse aquí en el papel de liderazgo de EE.UU. en un Occidente en crisis y restar importancia a los evidentes conflictos de intereses (compárese el atlantismo o la relación entre Roma y Grecia). Pero también se puede optar por trabajar por una Europa independiente y fuerte, con o sin eurócratas y con relaciones más o menos amistosas con EE.UU. Un análisis de clase del fenómeno Trump explica otros aspectos tanto de la política exterior como de la interna. MAGA es una expresión de lo que Gramsci denominó «clases subalternas» y Samuel Francis, el «proletariado posburgués». Se trata de la «gente común», que incluye tanto a trabajadores, empresarios, jubilados por enfermedades y otros. Sus intereses son sistemáticamente pisoteados por las élites gerenciales, lo que da lugar a diversas formas de populismo (incluido el MAGA). Estos tienen varias debilidades en comparación con los estratos gerenciales que se han apoderado del Estado ampliado, entre ellas la dificultad de desarrollar una cosmovisión genuina sin ideólogos a tiempo completo y dentro de los límites del marco de opiniones que los estratos gerenciales han construido. La falta de líderes y cuadros también es un problema; la mayoría de los líderes potenciales hacen carrera dentro de las instituciones del sistema gerencial y evitan los riesgos asociados con sumarse al populismo (compárese con el número de maestros que abiertamente simpatizan con el SD). La excepción suelen ser los tipos de personalidad atípicos, en parte idealistas y en parte grupos menos deseables como los narcisistas (esto, dicho de paso, constituye la base estructural del «grifting»). Las dificultades estructurales para desarrollar una cosmovisión y formar cuadros hacen que movimientos como MAGA sean vulnerables a las élites con intereses parcialmente distintos. Esto se hace evidente en las iniciativas menos positivas de la administración de Trump.

Pero a veces los intereses de estas élites y del pueblo se superponen; un ejemplo son precisamente las campañas de Trump contra las bases materiales del dominio de la «izquierda» en EE.UU. Se trata de todo, desde el reemplazo de la población y los sistemas electorales inseguros hasta las universidades radicalizadas, la acción afirmativa y el poder judicial politizado. Esto perjudica a los estadounidenses comunes y corrientes y además dificulta la política exterior que Trump desea llevar a cabo. Es probable que también sea consciente de que la izquierda radicalizada en EE.UU. representa potencialmente una amenaza mortal para toda su familia si no se detiene su avance.

Por ello, Trump ha roto con las prácticas habituales y ha hecho lo que «no se hace». Un ejemplo de ello es la ofensiva contra las ramas militantes de la «izquierda». Históricamente, el enfoque del establecimiento en los grupos «que aprueban la violencia» se ha centrado en la derecha y, en cierta medida, en el islam, mientras que a sectores de la izquierda radical a menudo se les ha encomendado investigar precisamente a la derecha. Tras el asesinato de Charlie Kirk y varios otros actos de violencia, la retórica de Trump se ha centrado en una izquierda radicalizada. Ayer, representantes de varios países se reunieron por invitación de la Casa Blanca para hacer frente a la amenaza de la izquierda que aprueba la violencia. La iniciativa es interesante por varias razones.

Marco Rubio describió en su discurso cómo la izquierda es responsable hoy en día de un número creciente de actos de violencia y cómo las instituciones han hecho la vista gorda ante ello durante mucho tiempo. Dijo, entre otras cosas, que «por demasiado tiempo, nuestra doctrina antiterrorista ha tenido un punto ciego en lo que respecta a la violencia extremista de la izquierda política» y que «el terrorismo político de extrema izquierda no es una novedad. No es una ficción inventada por políticos conservadores. Durante la mayor parte de la época moderna fue la forma dominante de violencia política». Rubio describió cómo ha aumentado la violencia de la izquierda y cómo afecta a personas desde Estados Unidos hasta Grecia. Es particularmente interesante su descripción de las fuerzas impulsoras detrás de esta violencia, una descripción que recuerda la idea de Jonathan Bowden de que la derecha burguesa debe adoptar «ideas de la extrema derecha» para poder enfrentar a «la izquierda». Rubio, y más aún Stephen Miller, recordaron en su discurso a Nietzsche, Stoddard, Spandrell y Dutton en el análisis de la psicología de la izquierda. Mientras que Nietzsche hablaba de resentimiento, Dutton de «mutantes rencorosos» y Spandrell de «bioleninismo», Rubio afirmó que «esto es lo que es el izquierdismo radical. Puede adoptar diversos lemas e ideologías según el lugar y la época —anticapitalista, antiimperialista, comunista, anarquista, marxista—, pero su carácter fundamental es siempre el mismo. Es un resentimiento venenoso encubierto bajo el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación; una necesidad abrumadora de derribar lo que hombres más grandes han construido, de destruir lo que es bello y correcto, en nombre de personas que solo están llenas de fealdad y no tienen nada más que ofrecerle al mundo». Miller opinó que, además de ser «idiotas útiles», los activistas de izquierda están impulsados «por la envidia, el odio y los celos» y también hizo comentarios sobre su apariencia. La descripción de la izquierda radical como una amenaza existencial para Occidente también era algo parcialmente nuevo en este contexto, al igual que el intento de atacar las finanzas de estas redes transnacionales.

En conjunto, la iniciativa implica que la administración estadounidense está desplazando su enfoque de la derecha popular hacia la izquierda radical, retóricamente, pero cada vez más también en la práctica. La ruptura con el SPLC fue un paso en esta dirección; el discurso de Rubio, otro más. Algunos de los motivos detrás de esto son claramente de política exterior; otros, no. Lo más probable es que la idea sea sustituir al SPLC por contrapartes más liberales de derecha o conservadoras, comparables a Douglas Murray. Pero esto también abre oportunidades para que la derecha más genuina avance en sus posiciones, sobre todo porque lo que comienza en el corazón del imperio estadounidense tiende, a la larga, a llegar también a las satrapías de Europa. Los conflictos dentro de la élite son potencialmente favorables en este sentido. Al mismo tiempo, por supuesto, por el momento se trata únicamente de posibilidades, que requieren inversiones en forma de tiempo y dinero para poder traducirse en resultados positivos.

LA GUERRA CULTURAL: DE LAS RUINAS A UN NUEVO COMIENZO.

 

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

La derecha cree que está ganando la guerra cultural, pero Alain de Benoist sostiene que no ha ganado nada en absoluto: la izquierda progresista simplemente se derrumbó por su propio agotamiento, dejando que la misma clase dominante siga marcando la pauta. Lo que parece una victoria es un paisaje de ruinas y la única salida pasa por un populismo dispuesto a romper con el liberalismo en lugar de limitarse a heredar su maquinaria.

Hoy se habla de un «giro hacia la derecha del mundo» o de una «ola neorreaccionaria global» o incluso de un «regreso de los años oscuros». Estas expresiones no son más que fórmulas polémicas simplistas. Sin embargo, muchos en la derecha sacan de ellas la conclusión de que están a punto de ganar la «guerra cultural». ¡Qué idea tan extraña! ¿De qué guerra estamos hablando? ¿Qué batalla se ha ganado cuando el sistema mediático-político dominante sigue recurriendo exclusivamente a «autoridades incontestables» que piensan lo contrario de lo que piensa la mayoría de la gente?

La verdad es que la guerra cultural, en el mejor de los casos, solo se ha ganado por defecto. La izquierda progresista ha perdido; la derecha conservadora no ha ganado. El adversario no fue derrotado; se derrumbó por sí solo. Pero, a pesar de todo, no ha perdido poder. A los intelectuales de la clase dominante ya no les queda nada que decir; se conforman con repetir los mismos mantras, pero siguen siendo ellos quienes marcan la pauta. El progresismo está muerto y la teoría de género y el «wokeismo» no son más que sus coches-escoba, pero, aún así, ocupan el centro del escenario.

Salir del liberalismo

En una época de ciegos voluntarios y sordos por principio, del circo mediático y sus boletines parroquiales, en la que las comunidades —a falta de cualquier gran proyecto colectivo— se reducen a impulsos identitarios o narrativas de victimismo, los pocos centros intelectuales que quedan han perdido todo control sobre los acontecimientos. Los grandes autores, las «mentes que guiaban a los jóvenes» que alguna vez tuvieron autoridad, han muerto sin ser reemplazados. Quedan algunos talentos aquí y allá, pero siguen marginados, confinados a los márgenes. Por lo demás, hemos pasado de la era de los estadistas a la de los expertos en la especialización —de Jaurès a Olivier Faure, de Édith Piaf a Aya Nakamura—. Difícilmente puede llamarse progreso.

Todas las fuerzas políticas clásicas se encuentran en fase de descomposición. La izquierda socialista ha sido reemplazada por un producto «societal» indigesto y sintético desde que renunció a la defensa de los trabajadores y a la crítica de las relaciones de producción, limitándose a ampliar los derechos subjetivos en el marco del régimen dominante de alienación.

La derecha sigue ocupada en preservar sus ganancias, incluso a costa de reducir el nivel de vida general —todo ello con el telón de fondo de la sórdida quiebra del Estado burgués y de una deuda pública creciente cuyo único objetivo es sostener el consumo de manera artificial.

Hay una derrota del sistema, una derrota de los intelectuales progresistas y una derrota de una derecha que no se ha reformado y que cree haber obtenido la victoria, mientras que no produce nada históricamente capaz de alimentar un proyecto civilizatorio coherente. Hay un paisaje de ruinas.

¿Quién cuestiona seriamente el control de la ideología dominante sobre el mundo de la cultura? ¿Cómo lanzarse a una batalla cultural sin siquiera saber cómo se llama el significante cultural? ¿En nombre de qué modelo antropológico? ¿De qué imaginario simbólico? ¿Cómo defender la singularidad (de los pueblos y las culturas) sin pensar en lo singular? Lo que prevalece con demasiada frecuencia es la pereza intelectual y la timidez a la hora de mirar más allá de las etiquetas cómodas.

La ola populista ha dado lugar principalmente a partidos o regímenes liberal-conservadores cuyas ideas son, muy a menudo, meros resurgimientos de nociones obsoletas o de banalidades aceptadas que de ninguna manera anuncian una línea de pensamiento a la altura de los desafíos del momento. En economía o en política exterior, por ejemplo, se limitan a repetir la vulgata.

Estos movimientos y regímenes que dicen defender al pueblo aún no han entendido que el liberalismo es una ideología que solo reconoce a los individuos y no otorga ningún estatus particular a las entidades colectivas —a empezar por los pueblos y las culturas—, que ve en la inmigración nada más que el desplazamiento de un número x de individuos de un país a otro y que, además, siempre ha abogado por la libre circulación de personas, capital y mercancías. El populismo liberal es una contradicción en sí mismo.

Hay una gran diferencia entre llegar al poder por haber ganado unas elecciones y acabar con la hegemonía dominante. Reemplazar a un hombre de izquierda del sistema por un hombre de derecha del sistema no te saca del sistema. La reciente controversia entre el actual ministro de Cultura italiano, Alessandro Giuli, y el ensayista Marcello Veneziani —quien reprochó a la derecha de Giorgia Meloni no haber cambiado nada de manera fundamental en la sociedad italiana (solo fuffa, «solo humo y espejos»)— fue reveladora en este sentido. Solo se puede salir del sistema adoptando una posición de ruptura. Para disponer de una estrategia de ruptura destinada a influir en el momento histórico se necesitan mentes estructuradas por una misma concepción del mundo, del hombre y de la sociedad. Eso es precisamente lo que falta.

Los líderes populistas harían bien en reflexionar sobre el hecho de que son las clases populares las que tienen mayor interés en una transformación radical de la sociedad (y las clases burguesas, el mayor interés en su preservación). Incluso se podría caer en la tentación de decir que, frente a las tres grandes ideologías del mundo moderno —el conservadurismo, el liberalismo y el socialismo—, el populismo solo podrá servir verdaderamente al pueblo oponiéndose resueltamente a la segunda y buscando forjar una síntesis original de las otras dos. Esto significa que los populismos necesitan un programa que sea a la vez conservador y revolucionario, uno que les permita fundar un nuevo sujeto histórico en la lucha por la hegemonía.

La idea de otra sociedad es, hoy en día, difícil de imaginar: «Aquí estamos, condenados a vivir en el mundo en el que vivimos», dijo François Furet. Y, sin embargo, la historia está abierta. Solo hay que dar un paso atrás para verlo. Entonces se verá, por la misma razón, que hoy algo está terminando y algo está (re)comenzando. Y que todo queda por hacer.

Después del Memorándum de Islamabad.

De la guerra contra Irán, los árabes del golfo Pérsico han aprendido que Israel siempre está en busca de una nueva presa y que Estados Unidos no es el gendarme del mundo. Pero los estadounidenses todavía no saben qué pensar de Netanyahu y su coalición. Los sionistas revisionistas están tratando de introducir candidatos favorables a Israel en el Partido Republicano y en el Partido Demócrata pero los electores estadounidenses ya no quieren seguir apoyando un Estado genocida.

El israelo-estadounidense Rahm Emanuel y el primer ministro de Israel Benyamin Netanyahu

El Memorándum de Islamabad o Memorándum de Entendimiento entre Estados Unidos e Irán[1] no sólo pone en el orden del día el restablecimiento de la paz en el golfo Pérsico. También plantea que Irán va a recibir 300.000 millones de dólares, no como «reparaciones de guerra» sino como «inversiones». Sin decirlo, eso significa que la victoria pertenece a la República Islámica.

Esa victoria de Irán es sobre todo una derrota política para una facción estadounidense en particular. Los perdedores son los que, habiendo apoyado tradicionalmente a Israel, hoy se niegan a reconocer las masacres de civiles que el llamado «Estado hebreo» está perpetrando en Palestina y en el Líbano.

LA DERROTA DE LOS SIONISTAS REVISIONISTAS
La ceguera de los cómplices del Estado de Israel viene de su incapacidad para juzgarlo a partir de sus acciones y no de lo que dice ser. Confunden la imagen soñada de una patria que serviría de refugio a las víctimas de los pogromos europeos y la cruda realidad, que es la de un Estado gobernado por fascistas, en el sentido histórico de la palabra.

Esta confusión parece sorprendente sobre todo cuando se piensa que, en el momento de la operación «Diluvio de Al-Aqsa», una parte de esos elementos habían diferenciado a los civiles de los combatientes. Algunos de ellos no negaban entonces el derecho inalienable de los palestinos a la resistencia frente a la ocupación israelí, pero denunciaban las muertes de civiles. Incluso, recordaban que Izz al-Din al-Qassam (1882-1935), cuyo nombre llevan las brigadas armadas del Hamas, no era un combatiente de la resistencia sino sobre todo un antisemita que se jactaba de haber matado civiles judíos.

Pero hoy, los sionistas revisionistas, o sea los discípulos de Vladimir Jabotinsky, se reagrupan alrededor de Benyamin Netanyahu (cuyo verdadero apellido es Mileikowsky), con intenciones de derrocar al presidente Donald Trump, y apoyan a los que viven en la confusión anteriormente descrita.

Hay que recordar que los «sionistas revisionistas», discípulos de Jabotinsky, han sido siempre violentamente opuestos a los «sionistas» a secas de Theodor Herzl. Una verdadera guerra ha existido entre esos dos grupos desde que Jabotinsky, el gurú de los sionistas revisionistas, se alió a los nacionalistas integristas ucranianos en la matanza de judíos soviéticos, apoyó al líder del fascismo italiano Benito Mussolini[2] y negoció con los nazis para apoderarse de los bienes de los judíos húngaros[3]. En el momento de la creación del Estado de Israel, el primer primer ministro israelí, David Ben-Gurion (cuyo verdadero apellido era Grun), puso en pausa el conflicto entre los sionistas y los sionistas revisionistas, aunque imponiendo como condición que los restos de Jabotinsky no fuesen inhumados en Israel.

Aquel conflicto resurge ahora, con el «golpe de Estado legislativo» de los sionistas revisionistas, que han enmendado las Leyes Fundamentales de Israel preparando así el camino hacia la dictadura. Durante los 3 últimos años, la mayoría de los israelíes ha salido a las calles en manifestaciones contra esas «reformas». Esos manifestantes han obtenido el apoyo de la inmensa mayoría de los ex responsables del ejército y ex dirigentes de los servicios de seguridad.

Las masacres que hemos visto no han salido de la nada. Son la aplicación concreta de una política que ya se aplicaba en los años 1920, o sea antes del nazismo, una política que fue universalmente condenada al final de la Segunda Guerra Mundial.
[3] מדוע חוסל קסטנר (¿Por qué fue asesinado Kastner?). Nadav Kaplan, Steimatzky, 2024.

LA SUCESIÓN DE DONALD TRUMP
En Estados Unidos, los partidarios de esa política se han reagrupado alrededor de la Fundación Adelson, que lleva el apellido del fallecido Sheldon Adelson, importante propietario de casinos en Las Vegas. En 2016, financiaron a Marco Rubio como candidato a la nominación del Partido Republicano a la elección presidencial. Después, en 2023, financiaron la candidatura de Donald Trump. Hoy, con vista a la futura elección presidencial, apoyan nuevamente a Marco Rubio, en el Partido Republicano y, en el Partido Demócrata, a Rahm Emanuel[4].

Rahm Emanuel, cuyo nombre completo es Rahm Israel Emanuel, es hijo del sionista revisionista Benjamin Auerbach, quien fue miembro de la organización terrorista Irgun y huyó de Israel después del asesinato del enviado especial de las Naciones Unidas, el conde Folke Bernadotte, en 1948. Durante la presidencia de George Bush padre, Rahm Emanuel se enroló como voluntario en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) para participar en la guerra contra Iraq[5].
[5] Israel nunca envió tropas a ese conflicto. Nota de Red Voltaire.
  • Posteriormente, Rahm Emanuel estuvo entre los consejeros del presidente Bill Clinton.
  • Durante la presidencia de George Bush hijo, fue miembro de la Cámara de Representantes por el Estado de Illinois.
  • Durante el primer mandato presidencial de Barack Obama, Rahm Emanuel fue jefe de la oficina presidencial, o sea jefe del personal de la Casa Blanca.
  • Durante el segundo mandato de Barack Obama y el primero de Donald Trump, fue alcalde de Chicago. Desde ese cargo, Rahm Emanuel cerró alrededor de 50 escuelas públicas en los barrios negros e hispanos —fue la mayor cantidad de escuelas públicas cerradas en toda la historia de Estados Unidos—, aumentó sustancialmente los precios del transporte público y las tarifas de estacionamiento y privatizó la Chicago Transit Authority (Operadora de la red de transporte público de Chicago). Pero lo más importante es que trató de hacer desaparecer los videos que mostraban el asesinato del adolescente Laquan McDonald, de 17 años, abatido por la policía en 2014[6].
  • Bajo la presidencia de Joe Biden, Rahm Emanuel fue nombrado embajador en Japón, donde supervisó la «compra» de diputados del Partido Liberal Demócrata (PLD) a los que la Iglesia de la Reunificación (la llamada «Secta Moon») distribuyó millones de dólares, actuando por cuenta de la CIA.
Muy belicoso, algunos lo llaman «Rambo», Rahm Emanuel no vacila en utilizar un lenguaje grosero y en llegar al enfrentamiento físico. Este personaje tiene 2 hermanos. Uno de ellos, el Dr. Ezequiel Emanuel, fue consejero especial para la política de salud de la administración Obama. El otro, Ari Emanuel, fundó y dirigió la agencia de empresario Endeavor. Cuando Israel trató tomar el control de Twitter, Ali Emanuel propuso a su «amigo» Elon Musk modificar la imagen de la red social… a cambio de 100 millones de dólares, lo cual marcó el fin de aquella «amistad».

Dado el rechazo que las masacres perpetradas por el primer ministro israelí Benyamin Netanyahu han suscitado entre los electores del Partido Demócrata, los sionistas revisionistas también tienen en reserva un segundo candidato demócrata menos polémico que Rahm Emanuel: el actual gobernador de Pensilvania Josh Shapiro.

En el Partido Republicano, el candidato de los sionistas revisionistas es el actual secretario de Estado, Marco Rubio, quien ya gozó del apoyo del fallecido Sheldon Adelson en 2015. El entonces ya anciano propietario de casinos, estadounidense de origen ucraniano que también ostentaba la nacionalidad israelí, veía en Marco Rubio el hijo de inmigrante que él mismo había sido y le tomado afecto.

SALVAR LOS ACUERDOS DE ABRAHAM
Una consecuencia del Memorándum de Islamabad es el nuevo cambio de posición de Emiratos Árabes Unidos. En el pasado, Emiratos Árabes Unidos fue un importante pilar de la causa palestina, llegando incluso a financiarla generosamente a través del príncipe Ahmed, uno de los hijos del jeque al-Zayed, hermano menor del actual soberano de Abu Dabi y presidente de los Emiratos Árabes Unidos, el jeque Mohamed ben Zayed. Pero el príncipe Ahmed fue asesinado por la CIA en Marruecos, en 2010, y el presidente de los Emiratos cambió nuevamente de posición en 2020, decidió aliarse con Israel en contra de Irán, a pesar de que los emiratíes debían a Teherán gran parte de su riqueza nacional —el puerto de Dubái era utilizado para burlar el asedio estadounidense contra Irán. Emiratos Árabes Unidos firmó entonces los Acuerdos de Abraham, junto a Bahréin.

Pero cuando Israel y Estados Unidos iniciaron su agresión contra la República Islámica de Irán, las autoridades emiratíes afirmaron no entender por qué Irán respondía bombardeando su territorio y trataron por todos los medios de obtener una votación contra la República Islámica en el Consejo de Seguridad de la ONU[7] y en la Organización Marítima Internacional[8], antes de entender —y de admitir— que, ante un ataque exterior, ellas habrían actuado igual que Irán, o sea atacando el territorio de todo país que sirviese de trampolín a la agresión[9]. Finalmente, los emiratíes aceptaron, la semana pasada, sentarse a la mesa de negociación con los iraníes.

De la misma manera, Arabia Saudita, que en 2023 había restablecido sus relaciones diplomáticas con Irán gracias a la mediación de China, hizo saber al presidente Trump, antes de la agresión, que no pondría reparo a que Estados Unidos derrocara la República Islámica de Irán. Pero luego protestó, ante la respuesta militar iraní contra su territorio. Hoy, las autoridades sauditas también parecen haber aprendido las enseñanzas más evidentes de este conflicto: Israel está empeñado en convertirse en un imperio y Estados Unidos no protege a sus vasallos del golfo Pérsico sino que más bien los convierte en blanco de la respuesta militar de Irán. Como resultado de esa reflexión, el Reino de Arabia Saudita está preparando una «Cumbre de la Reconciliación» entre los Estados árabes del golfo Pérsico y la República Islámica de Irán.

Es en ese contexto que el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio visitó consecutivamente, del 23 al 25 de junio, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y finalmente Bahréin, donde se reunió con todos los Estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), en un esfuerzo por revivir los Acuerdos de Abraham[10], sobre todo porque la persona a cargo de ese dosier, el yerno judío del presidente Trump, Jared Kushner, ya no esconde que considera al primer ministro israelí Benyamin Netanyahu un enfermo mental.

En todo caso, los esfuerzos de Marco Rubio fueron inútiles.

LA CUESTIÓN LIBANESA
A su regreso a Washington, el secretario de Estado impuso a la embajadora libanesa, Nada Hamadé Mouawad, la firma, el 27 de junio, de un «acuerdo marco» con Estados Unidos e Israel. Ese documento es una especie de «revisión» del Memorándum de Entendimiento de Islamabad negociado por Jared Kushner y el vicepresidente J.D. Vance y ya firmado entre Estados Unidos e Irán.

Por ejemplo, el Memorándum de Islamabad firmado entre Estados Unidos e Irán estipula en su artículo 1º «El fin permanente de la guerra en todos los frentes, incluyendo el Líbano». Pero en el artículo 5 del «marco» de Marco Rubio se afirma que «El Gobierno israelí subraya que sus acciones militares en el Líbano son únicamente consecuencia de los ataques, de la amenaza que representan y de la intención hostil de grupos armados no estatales, en particular Jezbolá»[11].

De esa manera se trata de avalar la retórica israelí, según la cual el Estado hebreo nunca quiso anexar el Líbano sino que se ha limitado a responder a los ataques de un grupo «terrorista». Pero esa narrativa pasa por alto el intento del político francés León Blum (1872-1950) de fundar el Estado de Israel en Líbano, en 1936; la guerra arabo-israelí de 1948 y las invasiones israelíes contra el Líbano, en 1982 y 2006.

Ese «marco» niega el hecho que Jezbolá es el núcleo de la resistencia libanesa frente a la invasión israelí. Trata de hacernos creer, contra toda lógica, que la ocupación israelí es consecuencia de la resistencia, cuando en realidad es al revés: la resistencia es la respuesta a la ocupación.

Por cierto, el texto del «acuerdo marco» firmado en Washington ni siquiera se ha publicado en el sitio web de la Presidencia de la República Libanesa. El presidente del parlamento libanés, Nabih Berri, anunció inmediatamente que ese texto no será ratificado y numerosos líderes libaneses ya lo han rechazado. No es una cuestión comunitaria sino de «libanidad».

Después de la firma del Memorándum de Entendimiento de Islamabad entre Estados Unidos e Irán, Jezbolá instaló, a lo largo de la autopista que atraviesa el Líbano, grandes carteles en los que podía verse a los dos Khamenei, el asesinado Alí y su hijo Mojtaba, con la inscripción «Gracias Irán». El sábado los retiró, reemplazándolos por carteles del ministerio de Turismo. Pero el domingo, esos carteles fueron a su vez reemplazados por otros en los que aparecía la bandera libanesa con la inscripción «Líbano primero». Muchos de esos posters amanecieron quemados.

El alma de España.


Al igual que ocurrió en el 2010, el éxito de la selección nacional en el Mundial 2026 ha reavivado algo que parece dormitar en la conciencia de los españoles: las ascuas de un fuego aún no extinguido del todo, esto es, nuestro orgullo nacional. ¿Por qué resurge sólo en estas ocasiones?

Al igual que ocurrió en el 2010, el éxito de la selección nacional en el Mundial 2026 ha reavivado algo que parece dormitar en la conciencia de los españoles: las ascuas de un fuego aún no extinguido del todo, esto es, nuestro orgullo nacional. ¿Por qué resurge sólo en estas ocasiones?

El logro de un grupo de jugadores procedentes de todos los rincones de España, unidos por un mismo objetivo y que se sienten parte de un mismo equipo, es todo un símbolo. Sin embargo, la identidad de una nación no puede nutrirse sólo de esporádicos éxitos deportivos, sino que, como un árbol, requiere de raíces profundas, es decir, de un pasado de cuyos éxitos pueda sentirse genuinamente orgullosa y de un destino compartido. También necesita de un tronco común, que incluye una lengua común, una religión, una ética, unas costumbres compartidas y una forma determinada de entender la sociedad y la familia. De ese tronco saldrán luego distintas ramas cuya diversidad embellece el conjunto, pero sin raíz y tronco comunes, ¿qué queda del árbol?

Pues bien: España es una nación maltratada a la que desde hace décadas se le niegan sistemáticamente sus raíces y su tronco, por lo que no es de extrañar que haya perdido su sentido de pertenencia, su identidad y su autoestima.

En efecto, las raíces de una nación son su historia. En este sentido, los dos principales hitos de nuestra Historia, unánimemente considerados como tales hasta bien entrado el s.XX, son la Reconquista y la Conquista de América. Estos éxitos, de extraordinario calado, constituyen los cimientos sobre los que se basa nuestra nación y, precisamente por serlo, han sido denigrados durante las últimas décadas por los enemigos de España, conscientes de que, si destruyes los cimientos identitarios de un país, éste se desmoronará como un castillo de naipes.

La Reconquista
En el 711 España sufre una primera invasión musulmana bajo el califato omeya. En dos décadas, las tropas norteafricanas logran conquistar toda la Península salvo la cornisa cantábrica, y, en su empuje, llegan hasta Francia, donde son brusca y definitivamente frenadas por Carlos Martel en la batalla de Poitiers (732). Los franceses tuvieron más suerte entonces que ahora.

Desde ese momento y hasta la toma de Granada por parte de los Reyes Católicos en 1492, la marea musulmana será contrarrestada por una marea cristiana que reconquistará todo el territorio perdido. Para el historiador norteamericano Stanley Payne, «no ha habido ningún otro caso en el que, después de que un reino fuera conquistado por cualquier otra civilización extranjera para ser no sólo sometido, sino profundamente transformado y aculturado por esa civilización foránea, dicho reino fuera, sólo siglos después, totalmente recuperado por los vestigios del reino conquistado, que no se conformó con imponerse a los invasores, sino que aculturó de nuevo todo el territorio extirpando finalmente la civilización atacante»[1].
[1] S. Payne. España: una historia única (Espasa, 2020), 117.

Sin duda, la reconquista no fue lineal en el tiempo, manteniendo siempre una vertiente política de lucha de poder entre reyes cristianos —muchas veces por conflictos hereditarios—, de alianzas temporales entre cristianos y musulmanes para combatir a sus respectivos enemigos y de vasallajes económicos que sustituían al conflicto armado y ralentizaban el ritmo de la Reconquista. De hecho, ésta prácticamente había finalizado en 1270 tras la toma de Sevilla por parte del rey Fernando III el Santo y las posteriores conquistas de su hijo Alfonso X el Sabio, y, sin embargo, la conquista del reino de Granada se retrasaría aún dos siglos.

Dicho eso, la columna vertebral de ese movimiento de liberación multisecular llamado Reconquista fue el rechazo a un sistema político-religioso (una hierocracia) tremendamente opresivo para la población cristiana. En este sentido, la ocupación musulmana de España tuvo muchas más sombras que luces. Si bien no se produjo una persecución sangrienta sistemática de cristianos —como sí se produciría de forma salvaje en el genocidio católico perpetrado por socialistas, comunistas y anarquistas en pleno siglo XX—, la mayoría cristiana fue sometida y discriminada por la minoría musulmana en el poder. Esto ocurrió desde el principio, pues la dinastía omeya, con sus «inquisiciones, decapitaciones, empalamientos y crucifixiones»[2], no fue más permisiva y avanzada que la posterior dominación de almorávides y almohades, como suele argumentarse. Entre otras cosas, «bajo los Omeyas, Al-Ándalus se convirtió en un centro mundial para el comercio y distribución de esclavos: muy jóvenes esclavas sexuales, esclavos castrados para servir de eunucos en los harenes, niños utilizados como juguetes sexuales de los poderosos…»[3]. Muy civilizado todo, como pueden observar.
[2] D. Fernández-Morera. El mito del paraíso andalusí (Almuzara, 2023).
[3] Ibid. 220.

En Al-Ándalus existía una inferioridad jurídica del cristiano: por ejemplo, si un musulmán mataba a un cristiano no debía ser castigado con la muerte, pero si un cristiano mataba a un musulmán libre, aunque fuera en defensa propia, debía ser ejecutado[4]. Asimismo, los hogares cristianos pagaban muchos más impuestos que los musulmanes, y sus actividades religiosas quedaban restringidas. No se permitía la construcción de nuevas iglesias, «prohibiéndose el toque de campanas y cualquier otra actividad fuera de los templos». Asimismo, «las actividades de proselitismo dirigidas a musulmanes estaban penadas con la muerte y cualquier musulmán que se convirtiera era susceptible de recibir también la pena capital». Cabe añadir que, a mediados del siglo IX, «judíos y cristianos debían llevar una indumentaria especial para indicar su religión, no podían casarse con musulmanas, carecían de igualdad en los procesos judiciales y tenían que ceder el asiento siempre que un musulmán quisiera ocuparlo»[5]. Por todo ello, sorprende poco que el arabista Serafín Fanjul calificara el sistema político en Al-Ándalus de «apartheid»[6].
[4] Ibid.
[5] S. Payne, op. cit. 94.
[6] S. Fanjul, op. cit.

La quimera de Al-Ándalus
Después de lo dicho, quedará claro que, tras el intento de crear el mito rosa de «la convivencia de las tres culturas» o, más bien, «la quimera de Al-Ándalus»[7] —en palabras del arabista Serafín Fanjul—, subyace una cierta cristianofobia que dejaría en mal lugar a la sociedad cristiana frente a la supuestamente superior civilización musulmana. Prueba de ello es que la época de tolerancia es referida por sus propagandistas sólo a los territorios dominados por el islam, pero nunca a los territorios reconquistados por el cristianismo, donde la tolerancia religiosa hacia los musulmanes, aun siendo muy relativa, fue sin embargo mucho mayor que a la inversa.

La diferencia entre la sociedad cristiana y la musulmana tenía un carácter religioso y cultural. Por eso, más que de una convivencia se trató de un «choque de civilizaciones», como acertadamente apunta el historiador medieval Armando Besga. En efecto, cristianos y musulmanes «se diferenciaban en casi todo». En el derecho de familia, por ejemplo, nada tenía que ver la monogamia con la poligamia. De hecho, «el matrimonio musulmán no era por la mezquita, sino una compraventa de una mujer; por no hablar de las concubinas, normalmente esclavas sexuales, cuyo número no estaba limitado». Por otro lado, el repudio era muy fácil en el islam, mientras que tanto el concubinato como el divorcio están prohibidos por el cristianismo. Tal y como lo describe este historiador, desde el punto de vista religioso también existían profundas diferencias escatológicas, pues tampoco era lo mismo desear «reunirte con tu cónyuge en la otra vida que considerar que esa existencia transcurrirá con huríes, “esas vírgenes (…) creadas con el fin exclusivo de colmar de placer a los hombres bienaventurados”»[8].
[7] S. Fanjul. La quimera de Al-Ándalus (Siglo XXI de España Editores, 2003).
[8] A. Besga. La reconquista: la restauración de España (Letras inquietas, 2022).

El experto medievalista Darío Fernández-Morera, doctor por Harvard, también desmonta la supuesta «convivencia de las tres culturas» en su detallada obra El mito del paraíso andalusí, basada en fuentes primarias de la época, cuyo objetivo explícito es «cuestionar la creencia ampliamente difundida de que fue un lugar maravilloso de tolerancia y diversidad de las “tres culturas” bajo la supervisión benevolente de ilustrados gobernantes musulmanes que reemplazaron, de manera bastante pacífica, una preexistente cultura cristiana muy pobre con una brillante civilización multicultural»[9].
[9] D. Fernández-Morera. El mito del paraíso andalusí (Almuzara, 2023).

Sin embargo, quizá el debate definitivo sobre Al-Ándalus fue el que se produjo a mediados del siglo XX entre el filólogo Américo Castro y el historiador y académico Claudio Sánchez-Albornoz, que este ganó de forma rotunda con su obra España: un enigma histórico (1956). Por eso, cuando un anciano Sánchez-Albornoz fue preguntado al respecto a su vuelta a España tras haber sido presidente del gobierno de la República en el exilio, no pudo evitar exteriorizar su impaciencia: «Estoy habituado a la estúpida negativa de que a los largos siglos que median entre la batalla de Covadonga y la rendición de Granada deban llamarse Reconquista. Sin la Reconquista, nuestra historia moderna sería inexplicable. Para mal de España entraron los islamitas en ella, y para nuestro bien fueron vencidos y expulsados». Y dirigiéndose a los andaluces en vísperas de la creación de la Comunidad Autónoma, les dijo: «El motivo por el que vosotros, amigos andaluces, podréis gozar de la autonomía política que ahora deseáis es que los cristianos norteños conquistaron Andalucía, la del Guadalquivir, primero, y la granadina, después. Es decir: que sólo por ser nietos de los conquistadores cristianos podréis vivir autónomos dentro de España»[10].
[10] Citado por A. Besga op. cit.

Pues bien, los genios políticos de la Transición hicieron justo lo contrario: convirtieron en héroe regional a un desconocido Blas Infante (1885-1936), que identificaba Andalucía con el mito de Al-Ándalus y se había hecho musulmán en 1924, y seleccionaron la bandera por él diseñada (de color verde, símbolo del islam) como enseña de Andalucía.

La conquista de América
Por su parte, con sus muchas luces y algunas sombras, la conquista de América fue una gesta de tal magnitud que el historiador norteamericano Charles Lummis la describiría como «la más grande y la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la Historia»[11]. Así fue considerada también en todo el mundo hasta épocas bien recientes, cuando el indigenismo de corte marxista comenzó a mitificar a las civilizaciones precolombinas y a culpar a la Conquista —quinientos años más tarde— de los colosales fracasos de algunos países hispanoamericanos, como es el caso de México.
[11] C. Lummis. Exploradores españoles del siglo XVI (Edaf, 2017) 11.

Esto es un fenómeno nuevo, pues en la celebración del V centenario del descubrimiento de América en 1992 no hubo críticas a la Conquista por parte de los presidentes iberoamericanos presentes, antes bien al contrario: el tono de aquel encuentro fue tan distinto a las tonterías que escuchamos hoy que cuesta creer que hayan pasado sólo tres décadas: «Nos reunimos a los quinientos años del encuentro de dos mundos, a lo largo de los cuales se han ido forjando los vínculos que nos hacen reconocernos hoy como miembros de una comunidad»[12].

La proeza sin igual que llevó a cabo España en la Conquista tiene varias vertientes. La primera es la náutica: por primera vez en la Historia, tres navíos se aventuraron mar adentro en un viaje de 3.600 millas náuticas sin saber si encontrarían tierra al otro lado. A efectos comparativos, ni la gesta de Bartolomé Díaz ni, desde luego, la supuesta travesía de 200 millas de Erik el Rojo desde Islandia a Groenlandia (un paseo por el parque) tuvieron el mismo mérito.

La segunda proeza es militar, y tampoco tiene mucho parangón en la historia: al mando de unos pocos centenares de valientes y ayudado por miles de indígenas hartos de la sangrienta tiranía azteca, Cortés conquistó un imperio extensísimo y poderosísimo. Más tarde, Pizarro haría lo mismo en la gran civilización inca.

La tercera proeza es civilizacional. Como escribí hace algún tiempo, «los conquistadores pasaron de la Europa de Aristóteles, Séneca, Santo Tomás de Aquino, Shakespeare o Cervantes, de Miguel Ángel y la basílica de san Pedro, a una cultura que no conocía el arado ni la rueda (inventada 6.000 años antes), y cuya arquitectura (que no conocía el arco de medio punto), si bien monumental, palidecía en comparación con las catedrales góticas o los templos griegos y romanos construidos siglos y milenios atrás. Pero el mayor choque fue que los españoles venían de una sociedad basada en el Derecho y ordenada por los principios cristianos y llegaron a una sociedad en la que decenas de miles de personas eran sacrificadas anualmente mientras la mayoría de la población vivía semi esclavizada. Un testigo como Bernal Díaz del Castillo relata cómo “cortaban brazos, piernas y muslos y se los comían como en nuestro país se come la carne de carnicería”»[13].

La labor civilizacional de España comenzó de inmediato. «El primer hospital fundado en Méjico (el Hospital de Jesús) fue construido en 1521; la primera escuela, en 1523, la primera Universidad, en 1553, y el primer diccionario español-náhuatl se publicó en 1555. Cuando Méjico se independizó en 1821 tras tres siglos de dominio español, su PIB per cápita era sólo un 25% inferior al de España (habiendo llegado a superarlo en períodos anteriores), su tasa de alfabetización era sólo un poco inferior y su esperanza de vida era muy parecida.

A efectos comparativos, en la India, Inglaterra se dedicó a rapiñar y saquear todo lo que pudo sin mezclarse con la población nativa ni crear una sola escuela, hospital o universidad hasta bien entrado el s. XIX. Cuando la India se independizó en 1947 tras más de tres siglos de presencia inglesa, seguía siendo un país paupérrimo y analfabeto: su PIB per cápita era la décima parte del de Inglaterra (un 90% inferior), sólo un 12% de sus habitantes sabían leer y escribir (frente a un 95% de ingleses) y su esperanza de vida era de 32 años, frente a los 69 de Inglaterra»[14].

No obstante, es la cuarta proeza de la Conquista la que puede considerarse de lejos la más trascendente. En efecto, de la mano de los sacerdotes y frailes que los acompañaban, los conquistadores españoles llevaron la bella religión cristiana a una sociedad que rendía culto a dioses «cuyos templos eran osarios invadidos por el hedor y las moscas y cuya ira debía ser apaciguada con la inmolación de vírgenes, niños y prisioneros a los que se arrancaba el corazón para embadurnar de sangre las paredes y luego precipitar los cadáveres fuera del edificio para que fueran devorados»[15].
[15] Jean Sévillia. Históricamente Incorrecto (Criteria 2009).

El alma de España es católica
Sin embargo, lo más relevante es que la melodía de fondo que engarza las grandes gestas de nuestra historia es ésta: no existe en todo el mundo un país cuya historia esté tan inextricablemente unida a la religión católica como el nuestro. Por ello no debe sorprender que, en sus palabras de bienvenida a León XIV, el rey Felipe mencionara este hecho crucial: «La fe católica está enraizada en nuestro país y, sin ella, nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían». Esto debería ayudar a comprender la importancia simbólica de que el propio rey acuda a la Misa de Pascua ―la celebración católica más importante del año― y a la ofrenda floral a Santiago, patrono de España.

En efecto, el cristianismo llegó a España en el siglo I de manos de dos apóstoles, y desde los primeros Concilios de Toledo y la conversión del rey Recaredo en el 587 d. C. —hace casi 1.500 años— puede afirmarse que España ha sido católica.

Por tanto, no debe sorprender que la ligazón entre España y la religión católica constituyera el cuerpo central del primer discurso de san Juan Pablo II en tierra española en 1982: «Vengo a encontrarme con una comunidad cristiana que se remonta a la época apostólica (…), una tierra objeto de los desvelos evangelizadores de san Pablo; que está bajo el patrocinio de Santiago (…); que propició la conversión a la fe de los pueblos visigodos; que vivió la empresa de la Reconquista; que descubrió y evangelizó América; que iluminó la ciencia desde Alcalá y Salamanca, y la teología en Trento». Y añadió: «Vengo atraído por una historia admirable (…): gracias sobre todo por esa simpar actividad evangelizadora [por la que] la porción más numerosa de la Iglesia de Cristo habla hoy y reza a Dios en español. Tras mis viajes apostólicos, sobre todo por tierras de Hispanoamérica y Filipinas, quiero decir: ¡Gracias, España (…)! Esa historia, a pesar de las lagunas y errores humanos, es digna de toda admiración y aprecio»[16].

Dos décadas antes, en la conmemoración del XIX centenario de la llegada del apóstol Pablo a España, el papa san Pablo VI también se había dirigido agradecido a España por llevar la fe «a mundos lejanos, de lo que da testimonio el racimo de naciones que con tu lengua han recibido este don de dios», recordando ese «jalón inconmovible en la historia humana: el de completar el planeta y borrar los antiguos linderos del mundo»[17].

Sin embargo, el clima cultural dominante hoy en día nos ha hecho olvidar todo esto. Prueba de ello es que el primer discurso del papa León en su reciente viaje a España cayó en la mitificación de Al-Ándalus y, lo que es más sorprendente, omitió toda mención a la Conquista de América a pesar de que, gracias a la labor evangelizadora de España, «heraldo del Evangelio y paladín del catolicismo», en palabras de san Juan XXIII, casi la mitad de los católicos del mundo rezan hoy a Dios en nuestro idioma[18].

Recuperar nuestro orgullo de ser españoles
La identidad española está siendo socavada desde hace décadas por nuestros rivales extranjeros, por los separatismos regionales y por la ingeniería social puesta en marcha por esa parte del izquierdismo masónico que odia la fe católica ―lo que le conduce indefectiblemente al antipatriotismo―. Dicha ingeniería social, consolidada por ese falso partido de derechas llamado PP, busca destruir cualquier vestigio de nuestra diversa cultura identitaria y, en última instancia, el alma católica de España.

Sin duda, la visión negativa de nuestra historia de este espectro político refleja también una reacción pendular frente al hecho de que la dictadura franquista adornara ciertos acontecimientos históricos como núcleo de su nacionalcatolicismo, aunque, en honor a la verdad, debo decir que la versión sesgada de nuestra historia defendida por el franquismo era muchísimo más veraz y respetuosa con los hechos históricos que el «Himalaya de falsedades» (Besteiro dixit) propugnados hoy desde el pensamiento político dominante.

Está en nuestras manos revertir el proceso. Podemos soplar sobre estas ascuas y despertar ese fuego interior de nuestro orgullo nacional que aún pervive dentro de nosotros, sin chauvinismos excluyentes, pero sin complejos. Posiblemente no sea esta una lucha política, sino cultural, moral y espiritual, pero una cosa debemos tener clara: la propia existencia de España depende de ello.