Platón parte del principio fundamental de una homología directa entre el cosmos, el Estado y la estructura del alma.
En el diálogo del Fedro describe esta triple estructura del alma mediante las siguientes imágenes: «Comparemos el alma con la fuerza combinada de un par de caballos alados y un auriga. En el caso de los dioses, tanto los caballos como los aurigas son nobles y nacidos de nobles, mientras que en otros casos son de ascendencia mixta. En primer lugar, nuestro gobernante conduce el carro y luego, entre los caballos, uno es hermoso, noble y nacido de alta estirpe, mientras que el otro es todo lo contrario, con antepasados de otro tipo. Inevitablemente, la tarea de gobernarnos es difícil y problemática».
Aquí es importante que Platón compare la estructura del alma humana con la estructura de las almas de los dioses: solo se diferencian entre sí en la calidad y la nobleza de sus partes.
Platón continúa su descripción: «Al principio de este relato, dividimos cada alma en tres tipos: dos partes que comparamos en forma con los caballos, y la tercera con un auriga. Que esta división siga vigente también ahora. De los caballos, decimos que uno es bueno y el otro malo. Aún no hemos explicado en qué consiste la bondad del uno o la maldad del otro, y eso es lo que debemos hacer ahora. Uno de ellos, pues, tiene una postura más elegante: recto y bien proporcionado, de cuello alto, con una nariz ligeramente aguileña, de color blanco, ojos negros, amante del honor combinado con la moderación y la reverencia; un compañero de opinión verdadera, que no necesita látigo, guiado solo por la orden y la palabra. El otro es torcido, pesado, de constitución torpe, de cuello grueso y corto, nariz chata, color negro, ojos claros, de sangre caliente, compañero de la insolencia y la jactancia; peludo alrededor de las orejas, sordo, y apenas cediendo al látigo y al aguijón».
Como subraya Platón, los dos caballos son desiguales: uno es mejor, el otro peor; uno es blanco (pero con un ojo negro —μελανόμματος—), el otro negro (con ojos claros —γλαυκόμματος—). Así, se establece una jerarquía dentro del alma:
- el auriga
- el caballo blanco (bueno);
- el caballo negro (no bueno, malo).
En el cuarto libro del diálogo La República, Platón desarrolla aún más este tema, definiendo los tres componentes del alma en los siguientes términos:
- el auriga representa el intelecto (νοῦς, λόγος);
- el caballo blanco encarna el principio enérgico (θυμός);
- el caballo negro representa el deseo (ἐπιθυμία).
Platón correlaciona directamente estos con las tres clases de su estado:
- la parte más elevada del alma corresponde a los filósofos-reyes (los guardianes);
- el principio energético corresponde a los guerreros (los auxiliares de los guardianes);
- el deseo es la fuerza dominante entre los trabajadores y los agricultores (el resto de la población).
En Fedro Platón describe la causa de la caída del alma en el cuerpo como consecuencia de la rebelión del caballo negro. Mientras que el caballo blanco obedece la voz del auriga, el caballo negro no lo hace y se esfuerza continuamente en una dirección opuesta al intelecto. El alma cae en el cuerpo y pierde sus alas precisamente por un impulso centrífugo intrínseco en sí misma, encarnado en el caballo negro, en la propiedad del deseo. No hay una frontera estricta entre el deseo y el cuerpo; el cuerpo mismo es el deseo convertido en piedra.
Pero desde otra perspectiva, el caballo negro está relacionado con el blanco: ambos son caballos, aunque de origen diferente, como destaca Platón. Ambas cualidades —thymos (θυμός) y epithymia (ἐπιθυμία)— derivan de un único fundamento, de la palabra thymos, que para los griegos también servía como sinónimo de alma. La raíz indoeuropea de esta palabra, dʰuh₂mós, significaba originalmente «humo», un significado asociado con el fuego y el aire. El deseo, por lo tanto, es ante todo espíritu; sin embargo, si el espíritu (thymos), la virtud marcial más elevada, es el deseo en su forma pura, entonces el deseo (epithymia) es el deseo que se ha vuelto pesado, endurecido y condensado. El espíritu puro conduce a la destrucción (hacia la corporeidad); por lo tanto, la vocación de los guerreros es soportar la muerte. El espíritu agobiado, o el deseo, conduce a la creación; por lo tanto, la vocación de los campesinos y los trabajadores es la creación de productos y cosas, así como la procreación de hijos.
El rey filósofo es aquel en quien el auriga es plenamente capaz de subordinar a ambos caballos y dirigir el curso del carro verticalmente hacia arriba. Es precisamente en esta dirección en la que se construye el Estado: a lo largo del eje entre el Cielo y la Tierra y hacia el Cielo. El Imperio es una escalera que conduce al Cielo.
La política, según Platón, es una estructura de ascenso antropológico, que corresponde a la elevación del alma y la purificación de sus propiedades. Es precisamente esta conexión inmediata entre el ser y la política lo que hace que el Estado, en el entendimiento platónico, sea sagrado.
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

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