Mostrando las entradas para la consulta globalismo ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta globalismo ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

El eje Pakistán-Arabia Saudita logra un memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán.

El protocolo de paz negociado entre Estados Unidos e Irán, con Pakistán y China como mediadores, no menciona la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz ni una hipotética renuncia de Irán a la bomba atómica… porque se trata de dos problemas que simplemente no existen. En cambio, sí menciona la restitución de los fondos iraníes «congelados» y el pago a Irán de reparaciones de guerra. Estados Unidos no admitirá su derrota y hará que sean los Estados árabes quienes paguen en su lugar, mientras que Israel sale de esta situación sin pagar por las destrucciones que ha causado.


Hace casi un año manejé la hipótesis del «cisne negro» que epitomizó la parusía de Pakistán que hoy luce como supremo mediador[1].

Casi un año después, la mediana potencia nuclear, Pakistán, dotada de 170 bombas nucleares —que equilibra la terrorífica disuasión nuclear de la «Opción Sansón» de Israel—, consigue un arreglo impensable para ignaros/neófitos/leguleyos cuando el jefe de su Estado mayor, el general Asim Munir logra asombrosamente un Memorándum de Entendimiento, que traduce los posicionamientos de los grandes jugadores regionales acoplados a los axiomas de la «estabilidad geoestratégica» tripolar[2].

Por la «naturaleza de las cosas», como solían instruir los clásicos griegos, el posicionamiento de Pakistán pudo (con)vencer a tirios y troyanos: supremo cófrade de China[3]; potente interlocutor de Trump, íntimo aliado de Arabia Saudita y vecino amigable/indispensable de Irán.

Dejo de lado la conspicua visita del primer ministro pakistaní Shahbaz Sharif a China[4] —coincidentemente a posteriori de las visitas de Trump y de Putin a Xi. También soslayo que dos «taikonautas» pakistaníes entrenan con sus homólogos chinos para viajar al espacio sideral[5].

¿Arregló China el contencioso iraní?

Será muy amigo de Trump el general Asim Munir —lo cual indispuso al notable geopolítico británico Alastair Crooke—, pero lo único que Trump pudo obtener en su visita a Xi, para intervenir en el contencioso del estrecho de Ormuz, fue la participación de Pekín para incitar a su aliado pakistaní a contribuir a la resolución del conflicto. El talento de la mediación pakistaní fue haber sabido medir la situación regional medioriental con la «estabilidad estratégica constructiva» pactada entre Xi y Trump con el tácito apoyo de Putin ¡con quien Xi se ha reunido 46 veces desde 2013!

Entre varios rubros, en el Memorándum de Entendimiento que publica Al Mayadeen de Líbano, medio cercano a Jezbolá y a Irán[6], se epitomiza el descongelamiento de varios miles de millones de dólares de los fondos de Irán bloqueados por el embargo directo y las sanciones de Estados Unidos.

El doble levantamiento del bloqueo de Estados Unidos y la apertura del Estrecho de Ormuz exponen el paroxismo de la «fase financiera» de la guerra asimétrica[7]. Mas allá del inevitable no regreso de las bases de Estados Unidos, severamente dañadas, como exponen los rotativos estadounidenses, de la «vecindad inmediata» (sic) de Irán, se decanta que el Golfo Pérsico se ha vuelto un Golfo Pérsico al cuadrado.

Mucho se debatirá si la entrega del Golfo Pérsico por Trump a Irán equivale a su relativa desnuclearización.

Más importante que detentar una bomba atómica son las «cuatro bombas nucleares metafóricas» de Irán:
1) el martirologio consustancial al chiísmo persa;
2) sus indetectables cuan pletóricos misiles hipersónicos;
3) la soberanía sobre el estrecho de Ormuz compartida con Omán: una de las 6 petromonarquías del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que expuso la vulnerabilidad financiera del globalismo neoliberal del eje resquebrajado de Wall Street y la City; y
4) la impactante educación científica de las universidades públicas del «país-Civilización» de Irán, uno de los líderes del ranking del STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) global.

Estos cuatro puntos nodales fueron subestimados lastimosamente por el Mossad y por Trump, quien se dejó empujar por el talmúdico genocida Netanyahu, quien ahora no pudo obstaculizar un arreglo que está transformando la faz del «Gran Medio Oriente», como lo hizo en su momento el acuerdo anglo-francés Sykes-Picot.

¿Existe un arreglo entre Estados Unidos, Irán, Pakistán y Arabia Saudita, sin la obstrucción perniciosa de Israel?

No faltarán críticos y apologistas del esbozo de resolución del conflicto entre Estados Unidos e Irán —cada cual con sus muy respetables argumentos. A mi juicio, Irán leyó perfectamente el momento geoestratégico del planeta y actuó en consecuencia.


UNA CIVILIZACIÓN CONTRA SÍ MISMA.

 

La lucha de los evangélicos dispensacionalistas (la administración de Trump) contra la Iglesia católica es la fase final de la Reforma radical. Muchos cabos sueltos que quedaron sin resolver en el siglo XVII resurgen ahora, como la Quinta Monarquía. Ahí está la clave. Y Sabbatai Zevi, por supuesto.

El socialismo hizo que la empatía y la compasión fueran obligatorias, demasiado formales. Pero si no tienes esas cualidades, no eres humano. La ironía calvinista de Elon Musk sobre la empatía es moralmente repugnante. En Trump vemos lo malvados, crueles y horribles que son el egocentrismo y el narcisismo.

Ayn Rand y su «filosofía» es puro satanismo. Es el manifiesto de las élites de Epstein. Pero no se trata de una idea marginal. Es la esencia misma del capitalismo occidental (principalmente anglosajón). Sombart ha explicado a fondo el origen del capitalismo y su vínculo con la usura.

Cada vez es más evidente que Estados Unidos necesita urgentemente un tercer partido (movimiento, corriente). Ni el globalismo liberal de izquierda, ni el trumpismo satano-calvinista y sionista. Este movimiento necesita de una ideología, filosofía, sociología, historia de las religiones, moral y economía propias.

El cristianismo en Occidente es solo un dolor fantasma. Fue aniquilado hace mucho, mucho tiempo por la Modernidad basada en la ciencia materialista, el ateísmo, el individualismo, la democracia y el capitalismo. La Modernidad ha transformado a Occidente en una civilización no cristiana sino anticristiana.

Hay un plan geopolítico en la sombra del evidente delirio de la América trumpista. Es la estrategia para salvar la unipolaridad por los medios más duros: genocidio masivo, 3GM, armas nucleares, múltiples intervenciones que provoquen guerras regionales simultáneas. Ya han agotado los demás medios.

Detrás de la locura de Trump podemos leer el plan B del globalismo: la destrucción de la humanidad como precio a pagar por el control de la élite occidental. Es la lógica del globalismo radical. El liberalismo fue aplastado debido a su (hipócrita) «empatía» y a su obsesión woke.

Todo se estructura en torno al dilema entre unipolaridad y multipolaridad. Occidente ha sacrificado su identidad, cultura, tradiciones y valores por una sola cosa: el poder global. Lo tuvo durante el momento unipolar (1989-actualidad), pero esté ha empezado a resquebrajarse.

Occidente considera que aún puede conservar el poder global sacrificando cada vez más su identidad (plan globalista liberal). El plan de Trump/Israel consiste en reafirmar la identidad occidental (sionista/sionista cristiana) con una lucha desesperada por conservar su fuerza y hegemonía. Ambos son insuperables.

La multipolaridad es la única y exclusiva salida a la situación. Solo se podría conservar América y/o Europa compartiendo el poder global con otros polos. No pueden quedárselo todo para ustedes, al menos ya no. De eso trata la 3GM.

Estados Unidos está en manos de un loco cruel. La UE es una junta de globalistas pervertidos y desquiciados. Los líderes prooccidentales son payasos, maníacos locos y patéticos. El retrato colectivo del Occidente actual es un auténtico desastre. No tiene nada de atractivo. Es repulsivo. Y el futuro promete algo peor.

LA GEOPOLÍTICA DE LA 3GM.

 

Muchos analistas plantean actualmente la hipótesis de que la 3GM ya ha comenzado y que nos encontramos en su primera fase. Sea cierto o no, lo comprobaremos en breve, pero por ahora admitamos la validez de esta hipótesis e intentemos esbozar sus contornos geopolíticos.

El sentido de la 3GM radica en un cambio radical de toda la arquitectura de la política mundial. Las instituciones internacionales existentes hoy en día hace tiempo que ya no se ajustan a la realidad. Siguen organizadas según la lógica del sistema de Westfalia y de un mundo bipolar. El modelo de Westfalia se basa en el reconocimiento de la soberanía de todos los Estados reconocidos a nivel internacional. La ONU se sustenta sobre los mismos fundamentos.

Sin embargo, en la práctica, en los últimos cien años, el principio de soberanía se ha convertido en pura hipocresía. En la década de 1930 se configuró en Europa un sistema en el que solo tres potencias eran soberanas y todas ellas estrictamente ideológicas: 1) el Occidente burgués y capitalista (Gran Bretaña, EE. UU., Francia, etc.); 2) la URSS comunista; 3) los países del Eje de ideología fascista.

Esta situación se mantuvo tras el fin de la 2GM, pero solo uno de los polos ideológicos —el fascista— desapareció. En cambio, los otros dos —el capitalista y el socialista— se fortalecieron y expandieron. Pero, de nuevo, ningún Estado nacional era soberano por sí mismo. Unos eran gobernados desde Moscú, otros desde Washington. El Movimiento de No Alineamiento oscilaba entre ambos polos.

La autodisolución del Pacto de Varsovia y el colapso de la URSS acabaron con la bipolaridad, y a partir de ese momento solo los EE.UU. asumieron el papel de portador de la soberanía. La ONU y el modelo de Westfalia se convirtieron en una mera fachada de la hegemonía global. Así surgió el mundo unipolar.

Ya en la década de 1990 quedó claro que era necesaria una revisión del derecho internacional a favor de un gobierno mundial (la variante liberal del «fin de la historia» de Francis Fukuyama) o de la hegemonía occidental directa (los neoconservadores estadounidenses). Los países europeos siguieron el guion del gobierno mundial y, como etapa preparatoria para ello, cedieron su soberanía a la UE. A todos los demás se les sugirió discretamente que se prepararan para lo mismo.

Sin embargo, a principios de la década de 2000 se manifestó una nueva tendencia: la voluntad de resurgimiento de la soberanía en Rusia y China. Moscú y Pekín se encaminaron hacia convertir la soberanía no en una ficción, sino en una realidad. Así se hizo patente la multipolaridad. A partir de entonces, se propuso que los portadores de la soberanía fueran los Estados-civilización, tanto los ya consolidados (Rusia, China, India) como los potenciales (el mundo islámico, África, América Latina). Estos fueron los que conformaron los BRICS.

Como consecuencia, el proyecto unipolar entró en conflicto con el multipolar. Tanto los globalistas como los neoconservadores se opusieron a la multipolaridad. El potencial de conflicto era evidente, y las viejas normas y reglas, heredadas de épocas geopolíticas anteriores, ya no funcionaban.

No importa si la 3GM ya ha comenzado o no, pero su contenido geopolítico es evidente: se trata de una guerra entre la unipolaridad y la multipolaridad por una nueva arquitectura mundial, por la distribución de los centros soberanos de toma de decisiones en el mundo —ya sea Occidente como el gobernante de todo o entre los Estados-civilizaciones que están ganando fuerza—.

Donald Trump llegó a la Casa Blanca para un segundo mandato en 2024 con un programa que daba motivos para pensar que aceptaría la multipolaridad: el rechazo a las intervenciones, la crítica a los globalistas, el conflicto directo con los liberales y los ataques contundentes a los neoconservadores, la concentración en los problemas internos de EE.UU., un llamamiento a volver a los valores tradicionales: todo ello permitía suponer que Trump y su administración se pondrían del lado de la multipolaridad, pero que intentarían asegurar a Estados Unidos las posiciones más ventajosas posibles en este nuevo orden.

Sin embargo, muy pronto la administración estadounidense comenzó a acercarse a los neoconservadores y a alejarse de su posición inicial. A continuación, vinieron el apoyo al genocidio en Gaza, la continuación del suministro de información de inteligencia a Kiev, el derrocamiento de Maduro, los preparativos para la invasión de Cuba y, por último, la guerra contra Irán con el asesinato de los dirigentes políticos de la República Islámica. Ahora Washington se ha alineado por completo con las posiciones de los neoconservadores y se comporta como si fuera el único en todo el mundo que poseyera verdadera soberanía: ya sin ninguna referencia a las normas ni al derecho internacional, reivindica el poder absoluto sobre todo el mundo. Y trata de demostrarlo con hechos: guerras, invasiones, secuestros de jefes de Estado y organización de operaciones para el cambio de régimen.

La 3GM la han iniciado los Estados Unidos con el objetivo de preservar, reforzar e incluso consolidar definitivamente el modelo unipolar del orden mundial. A todos los demás se les propone ser o bien vasallos obedientes o bien enemigos. Es contra estos adversarios del mundo unipolar contra quienes Washington libra la 3GM. Y por eso está en juego la soberanía. Por el momento no existe una sola fuerza capaz de hacer frente a los Estados Unidos de manera simétrica, por lo que EE.UU. despliega acciones militares en varios frentes a la vez.

El primer frente de la guerra del mundo unipolar contra el multipolar es Ucrania. Esta guerra fue provocada por los neoconservadores ya en la época de Obama, y quienes más se involucraron en ella fueron precisamente los globalistas, que veían en Rusia no solo un obstáculo geopolítico para el establecimiento de un gobierno mundial, sino también una amenaza ideológica. Trump heredó esta guerra y no le hace mucha gracia (Rusia es una potencia nuclear con una ideología conservadora contra la que el presidente estadounidense no tiene nada que oponer). Pero Moscú claramente no está dispuesta a reconocer su vasallaje ante Washington, insistiendo en la soberanía y la multipolaridad y esto ya es incompatible con la hegemonía unipolar. En cualquier caso, Washington sigue sin dejar de apoyar al régimen de Kiev, aunque cede la iniciativa a los países europeos de la OTAN, para los que este conflicto tiene un carácter de principio e ideológico. Este frente conserva su importancia, y cuanto más defienda Moscú su soberanía, más dura será la postura de Washington hacia Rusia.

El segundo frente de EE.UU. es el hemisferio occidental: el secuestro de Maduro y el establecimiento del control sobre Venezuela, la preparación de una invasión de Cuba, las acciones contra los cárteles en México, Colombia, Ecuador, etc. En esencia, se trata de una guerra contra toda América Latina, si tan solo un país de la región intenta resistirse al dictado directo de los Estados Unidos.

El tercer frente, que se encuentra ahora en su fase más candente, es el ataque israelí-estadounidense contra Irán, que ha incendiado todo Oriente Próximo. Aquí también se incluye la continuación de las operaciones militares de Tel Aviv en Gaza, Líbano y Yemen, y la reestructuración de todo el mapa de Oriente Próximo.

En esencia, Occidente libra en este momento una guerra simultánea contra los tres polos del mundo multipolar (Rusia, el mundo islámico y América Latina). En la agenda figura la apertura de un cuarto frente: el Océano Pacífico. El conflicto con China es inevitable según la lógica global de los cambios que se están produciendo en la política mundial.

India —otro Estado-civilización— mantiene por ahora una posición vacilante y, debido a sus contradicciones con China y Pakistán, se inclina hacia Estados Unidos e Israel. Pero, con su potencial, India difícilmente es apta para el papel de vasallo dócil, sobre todo porque la multipolaridad es la línea oficial de su Gobierno.

De este modo, el mapa geopolítico de la 3GM se perfila, en una primera aproximación. En ella, el bando del mundo unipolar está representado por EE.UU., Occidente en su conjunto y sus vasallos, incluyendo a Japón y Corea del Sur en el Lejano Oriente. Luchan por dos escenarios no del todo idénticos: el globalismo (la UE y el Partido Demócrata de Estados Unidos) y la hegemonía estadounidense directa (los neoconservadores). En este contexto, Netanyahu tiene sus propios planes para construir el Gran Israel, lo que difícilmente encaja con el globalismo liberal, pero cuenta con el pleno apoyo de la Casa Blanca, los neoconservadores y los sionistas cristianos. Sin embargo, en general, esta coalición se muestra relativamente solidaria ante un mundo multipolar y, a medida que aumente la escalada, se verá obligada a actuar de forma cada vez más cohesionada, dejando las contradicciones internas para más adelante.

El bando del mundo multipolar está mucho más fragmentado. Sus principales centros son Rusia y China. Rusia ya libra su guerra en Ucrania, mientras que China, por el momento, evita la confrontación directa. El mundo islámico está dividido; parte de los países musulmanes se encuentran bajo el control total de EE.UU. Irán y el mundo chiíta en su conjunto son los que se le resisten, encontrándose en la vanguardia de la confrontación con Occidente, pero, al mismo tiempo, los iraníes no comprenden del todo que otros frentes de esta guerra, en particular Ucrania, les afectan directamente. La dirección de la RPDC, que es la que más abiertamente apoya a Rusia en el enfrentamiento con Occidente en el frente ucraniano, comprende perfectamente el panorama geopolítico general. América Latina también está fragmentada. El Gobierno de Lula en Brasil se inclina por la multipolaridad, mientras que el régimen de Milei en Argentina, por el contrario, apoya el eje estadounidense-israelí. En África, los países de la Asociación del Sahel (Malí, Burkina Faso y Níger) son los que tienen una conciencia más clara de la multipolaridad. Sudáfrica, la República Centroafricana, Etiopía y algunos otros países se acercan a esta misma posición. Pero tampoco existe una posición consolidada entre ellos. La India mantiene una postura neutral: por un lado, forma parte del bloque de los países que apoyan la multipolaridad; por otro, mantiene estrechas relaciones de alianza con EE.UU. e Israel.

En general, las fuerzas unipolares, a pesar de todas sus contradicciones internas, están más consolidadas y tienen más claro contra quién luchan y por qué intereses y valores. Las diferencias en cuanto a prioridades e incluso a las visiones sobre el modelo final del orden mundial deseado por Occidente —Estados Unidos— no suponen un obstáculo para que estos apliquen una estrategia común, mantengan una estrecha cooperación en el ámbito de los servicios de inteligencia, intercambien tecnología militar, etc.

Por su parte, el bando multipolar está mucho más fragmentado. Incluso aquellos países que se encuentran bajo el ataque directo del Occidente unipolar no se apresuran a integrar su potencial ni a apoyarse mutuamente de forma directa.

EL ERROR ESCATOLÓGICO DE THIEL.

 

Es positivo que Thiel hable del Anticristo y del Katechon. Estos temas son realmente relevantes hoy en día. Pero lo que dice es totalmente confuso. Reduce el Anticristo únicamente al globalismo liberal de izquierdas (Gobierno Mundial, Soros, Greta), aunque esta interpretación es parcialmente cierte y ellos hacen parte del enemigo.

Pero su interpretación el identifica a la IA, la alta tecnología y el aceleracionismo posliberal con el Katechon, idea bastante extraña y totalmente inadecuada. El Katechon de C. Schmitt es el Estado organizado verticalmente, el Leviatán. La versión más auténtica es el Imperio cristiano: bizantino para nosotros, romano para los católicos.

La transformación poshumanista de los cuerpos, el control total de Palantir, la genética y las élites de Epstein que gobiernan el mundo desde sus búnkeres no tienen absolutamente nada que ver con Katechon. Es más bien la otra cara del Anticristo. El Anticristo es el Enemigo (antikeimenos) del Katechon.

Así pues, la Rusia katechónica lucha contra el gobierno mundial, pero el proyecto de Thiel no es una alternativa. Es parte del proyecto del Anticristo.

Por cierto, la profecía cristiana ortodoxa identifica también al Mesías judío con el Anticristo. Tercer aspecto que explica nuestra actitud hacia el sionismo. La teología dispensacionalista protestante y el sionismo cristiano evangélico pertenecen al mismo grupo de conceptos.

Es interesante que la escatología islámica (no solo chiíta, sino también suní —excepto los salafistas, wahabíes y el ISIS controlados por el Mossad—) coincida más o menos con la cristiana ortodoxa. Los musulmanes interpretan el sionismo y el Occidente moderno en general como el Dajjal (=Anticristo). Exactamente igual que nosotros.

Según algunos hadices, la batalla final será entre el Dajjal (sionismo/dispensacionalistas estadounidenses) por un lado y la alianza del Islam (Mahdi) y Rum (cristianismo ortodoxo —Katechon)— por el otro.

Los «tech bros» (Alex Karp y otros) están claramente del lado del Anticristo. Simplemente invitan a quitarse las máscaras del liberalismo e imponer directamente el dominio del Anticristo.

También está el israelismo británico, que afirma que los anglosajones son las diez tribus perdidas del antiguo Israel. De ahí el mesianismo anglosajón puro, la hegemonía, Cecil Rhodes y la geopolítica talasocrática de Mackinder/Brzezinski. Una cara más del Anticristo.

Ahí es donde nos encontramos.

HOY IRÁN, MAÑANA RUSIA.

 

Presentador: Estimados amigos, tenemos un tema importante y serio en la agenda. Todo el mundo está hablando de ello, y cómo no hacerlo, porque se trata de un acontecimiento histórico. Les recuerdo a nuestros oyentes que el 28 de febrero de 2026 se inició una operación conjunta de las fuerzas de los Estados Unidos de América e Israel/USRAEL. Se lanzaron ataques contra Irán, como resultado de los cuales fue martirizado el líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei; además, muchos otros altos cargos fueron asesinados como consecuencia de este ataque. Irán comenzó a responder tanto contra Israel como contra las bases estadounidenses en el «Golfo» y, en consecuencia, en estos momentos se están produciendo enfrentamientos armados. Es interesante, pero en realidad hay muchas preguntas sobre cuáles serán las consecuencias, quién se verá más afectado y si Irán podrá hacer frente a la situación. Pero lo primero que hay que entender es: ¿a dónde nos lleva todo esto?

Aleksandr Duguin: Se trata de un acontecimiento realmente importante, es muy posible que sea el comienzo de la 3GM, porque hay fuerzas demasiado grandes en juego. Las acciones de los estadounidenses, de Trump junto con Netanyahu contra los líderes políticos de Irán, han resultado ser demasiado drásticas.

Después de todo, este es ya el segundo intento: primero, Estados Unidos secuestró a Maduro, estableciendo un control directo sobre Venezuela, ocupando de hecho el país. Ahora han destruido todo el liderazgo militar, político y religioso de Irán. En cuanto a su importancia, esto es comparable a la destrucción del Papa o del Patriarca ortodoxo, porque el líder espiritual de los chiítas, el Rahbar, el ayatolá Jamenei, no solo era venerado en Irán, sino que era el jefe de todo el mundo chiíta, es decir, de cientos de millones de personas en todo el mundo. Antes, Israel había eliminado a los líderes de Hamás, lo cual es un caso particular, y luego a los líderes de Hezbolá, lo cual es más grave.

Ahora, la dirección de Irán ha sido destruida de forma directa y descarada, lo que significa que ya no hay normas internacionales, no hay reglas, la ONU no existe. Esta organización ha quedado en el pasado, convirtiéndose en un fantasma. Trump lo dijo así: no hay derecho internacional, lo que hago es moral. Esto lo cambia todo. El orden mundial anterior se ha derrumbado. Nos hemos ido deslizando gradualmente en esta dirección, pero se ha superado el punto de no retorno. Si un país es capaz, sin ningún motivo, de destruir el liderazgo militar, político y religioso de un Estado soberano, significa que vivimos en un mundo completamente diferente, donde todo está permitido, donde no decide la ley, sino la fuerza, donde se aplica el principio: «si puedo, lo hago».

El comportamiento de Trump es notable: todo esto ocurrió durante las negociaciones con Kushner y Witkoff e Irán, según la información disponible, aceptó casi todas las exigencias de Estados Unidos. Literalmente todas. Y, a pesar de ello, se produjo este golpe directo a los dirigentes del país. En primer lugar, debemos comprender que, en esta situación, nosotros somos los siguientes. Venezuela, Irán, antes Siria, Hezbolá... Todos ellos son regímenes o sistemas políticos a los que ahora apunta Estados Unidos y son nuestros aliados.

De hecho, si se puede actuar así con nuestros aliados, si todo esto queda impune, si Trump consigue salirse con la suya, entonces en la siguiente etapa, también durante las negociaciones de Kirill Dmitriev con Kushner y Witkoff, podría producirse una operación similar para cambiar el régimen en nuestro país.

¿Y con qué nos protegemos? ¿Con armas nucleares? Pero la cuestión de si las utilizaríamos sigue sin resolverse. En un caso extremo, Occidente tiene serias dudas de que estemos preparados para dar ese paso: amenazamos con demasiada frecuencia, pero no actuamos. Al mismo tiempo, se está rodeando a nuestro presidente. Nuestro presidente es, sin duda alguna, la persona que lo sostiene todo. Tanto en nuestro país como, quizás, en el mundo, todo se sostiene gracias a él. Él es el que retiene, el katechón, del que hablaba nuestra tradición ortodoxa. Ahora es simplemente un hecho geopolítico, un hecho del orden mundial.

Pero si los estadounidenses, el mismo Trump, están seguros de que otros líderes rusos, que Dios no permita que sustituyan a nuestro presidente, serán más complacientes con Occidente —y eso era precisamente lo que se esperaba en Irán cuando se eliminó físicamente a los líderes soberanos de ese país, cuya política no coincidía con los intereses de Estados Unidos—, ¿qué les impedirá llevar a cabo ese escenario aquí?

Trump está llevando a cabo una política geopolítica neoconservadora de ataque totalmente coherente. Aquellos a quienes atacaron los globalistas con Biden, con Obama, con Clinton, son los mismos, no es nada nuevo. Y a pesar de los escándalos y las protestas de los aliados europeos de la OTAN, al final se alinean con Estados Unidos en la misma posición. Por eso es muy grave para nosotros. Es la última llamada de atención.

Presentador: Permítame volver a la cuestión de la 3GM. Recuerdo que el año pasado discutimos la situación en torno a Irán —entonces fue la «guerra de los 12 días»— y también dijimos que esto podría conducir a una crisis global. Sin embargo, esto no sucedió. ¿Es posible que esta vez todo dure, digamos, 12 o 13 días y termine, o se trata de un acontecimiento de otra magnitud?

Aleksandr Duguin: En teoría, nadie sabe si se trata de la 3GM o no. Pero otra cosa es que, cuando decimos con demasiada frecuencia, y lo he comprobado por mí mismo, «esta es la 3GM», «esta es la 3GM», y luego no, ahora es la 3GM, surge la sensación contraria: que la 3GM no puede empezar, nunca empezará y que todo está bien. Y ahí precisamente está el problema: si lo has dicho antes de tiempo, dos veces antes de tiempo, y luego, cuando de repente empiece, tú mismo tendrás miedo de expresar lo que está sucediendo ante tus ojos.

Por eso hay que ser realmente cautelosos a la hora de evaluar lo que está sucediendo. Parece el comienzo de la 3GM, pero puede que no lo sea; puede que se detenga. Y usted ha formulado correctamente la pregunta. Ahora casi todo depende —por cierto, y el destino, en general, si se quiere, nuestro destino— de cuánto tiempo pueda resistir Irán. Porque si la coalición estadounidense-israelí logra sofocar rápidamente su resistencia durante la operación «Furia épica», como la llaman los estadounidenses... Pero ahora todos añaden: «La furia épica de Epstein». Bueno, en realidad, es obvio que Estados Unidos —Trump— ha iniciado esto para desviar la atención de los archivos de Epstein, en los que, sin duda, aparece de la forma más desagradable. Es evidente que se trata de una influencia del chantaje israelí, de lo que nadie tiene ninguna duda.

Los israelíes siguen una línea completamente diferente. Se trata de la construcción escatológica del «Gran Israel», la espera de los últimos días, la llegada del Mesías. Es una motivación muy importante en esta guerra, que en Israel se denomina «Escudo de Judá». Y los iraníes... Los iraníes han entrado en la batalla final. En la etapa anterior, en esa guerra de 12 días, era evidente que no se trataba de una guerra real, sino de una especie de preparación, e Irán definitivamente no se involucró. Quizás ahora tampoco se habría involucrado si no fuera por las acciones tan radicales de los propios estadounidenses y ahora Irán no tiene otra salida que luchar hasta el final, hasta el último momento: atacar todo lo que sea posible, cerrar el estrecho de Ormuz a los barcos estadounidenses u occidentales, a los barcos de los países que se han opuesto a él, atacar bases militares, cualquier objetivo, levantar una revuelta chiíta en todo Oriente Medio y dondequiera que sea posible, y librar la lucha, la batalla final, hasta el final.

Los iraníes estaban dispuestos a evitarlo, pero ahora no les han dejado otra opción. Y han llamado a esta operación (es importante señalarlo) «El fin del diluvio». Recordemos que la operación de Hamás con la que todo comenzó —la historia de Gaza, el genocidio en Gaza, y antes de eso el ataque de Hamás contra Israel— se llamó «El diluvio» o también «El diluvio de Al-Aqsa». Al-Aqsa es el segundo lugar sagrado más importante del mundo musulmán, es un templo, una mezquita situada en Jerusalén, en el Monte del Templo. Y para proteger este segundo lugar sagrado, los palestinos levantaron esta revuelta. ¿Por qué hay que defender el lugar sagrado? Porque Netanyahu y su círculo más cercano —Ben-Gvir, Smotrich— planean volar la mezquita de Al-Aqsa y despejar el terreno para construir el Tercer Templo, lo que significaría el comienzo de la era mesiánica. En realidad, todos los preparativos para el «Gran Israel» conducen precisamente a eso. Los palestinos de Hamás decidieron defender la mezquita de Al-Aqsa, que Ben-Gvir prometió personalmente en repetidas ocasiones volar y arrasar. Pero, en realidad, todo terminó en el genocidio de Gaza.

Ahora, la operación «El fin del diluvio», anunciada por los iraníes, es, en realidad, la batalla final. Y precisamente en la filosofía iraní, chiíta y, en general, islámica, al final de los tiempos tendrá lugar la batalla final entre las fuerzas del islam, encabezadas por Mahdi (el imán oculto en el que creen los chiítas), contra Dajjal, contra ese anticristo islámico. Y esta batalla entre el Mahdi y el Dajjal es el sentido del fin de los tiempos. Todo esto ocurrirá en Siria, en Tierra Santa, y bajo el Dajjal, todos los teólogos islámicos, sin excepción, tanto chiítas como sunitas, reconocerán a Estados Unidos e Israel como el Gran Shaitán. Por lo tanto, aquí también hay mucho en juego.

Pero si hablamos de forma más estratégica, más abstracta, la cuestión ahora es cuánto tiempo podrá resistir Irán. Porque con cada día de resistencia, con cada día de defensa de su soberanía, la situación puede cambiar. Trump está decidido a librar una guerra muy breve. En general, pensaba que tras la destrucción del liderazgo militar-religioso y militar-político de Irán... contaba con una «quinta columna».

Presentador: Pasemos a la cuestión de la posibilidad de mantener la estabilidad en Irán: tras estos acontecimientos —la destrucción del líder supremo y de una parte significativa de la élite—, ¿se ha logrado restablecer rápidamente la jerarquía, nombrar nuevos dirigentes, o existe el riesgo de que el sistema se «rompa» y, en algún momento, se produzca un giro brusco, por ejemplo, cuando los misiles se dirijan hacia Teherán?

Aleksandr Duguin: Ya sabes, la historia es algo abierto. No sabemos muy bien qué está pasando en Irán: allí han desconectado completamente Internet. Según mis fuentes, ahora mismo no hay ninguna protesta contra el régimen. Incluso aquellos que se oponían al régimen de «Vilayat-e Faqih» tras el brutal asesinato de unas doscientas escolares inocentes por un misil israelí, la opinión de la oposición iraní está radicalmente en contra de Estados Unidos y de Israel y, por lo tanto, no hay, en mi opinión, ningún motivo para esperar que el poder le sea entregado a Trump en bandeja de plata.

Es decir, probablemente ahora Irán está más unido que nunca tras la muerte de toda la cúpula dirigente y tras este brutal ataque contra la escuela. Y esto ha cambiado la mentalidad de muchísimas personas. El pueblo iraní es muy orgulloso, muy fuerte, y quizá a algunos no les gustara el régimen de «Vilayat-e Faqih», aunque esto también fue exagerado en Occidente por los servicios israelíes, pero, sin embargo, ahora todos se unirán en torno a la idea nacional de Irán, sobre todo porque, creo, los líderes actuales comprenderán que deben acercarse un poco a los círculos seculares iraníes, entre los que prácticamente no hay liberales. Hay nacionalistas iraníes que no son tan estrictamente religiosos como el régimen político, pero también son nacionalistas, son patriotas de Irán. Y si ahora se canaliza su energía y su voluntad hacia la resistencia a la agresión sionista-estadounidense, la resistencia puede durar bastante tiempo, porque incluso Gaza resistió durante mucho tiempo, e Irán no es Gaza, es un país enorme.

Los chiítas son una parte importante de la población de Oriente Medio. Las élites de estos regímenes proestadounidenses y proárabes están completamente corruptas, son simplemente una continuación de «La isla de Epstein»: todos ellos viven en Qatar, Dubái, Bahréin. Y en Bahréin, por ejemplo, el mismo pueblo chiita es mayoría. Creo que ahora puede haber levantamientos chiitas, revoluciones por todas partes. Y, en principio, si Irán aguanta, es absolutamente desconocido quién saldrá victorioso en esta guerra. Sobre todo porque vemos que se está produciendo una escalada del conflicto entre Afganistán y Pakistán. Y aún no está claro quién, Pakistán o Afganistán, apoyará a Teherán. A Israel no le gustan ni unos ni otros, ni los pakistaníes ni los afganos. Y, como resultado, todo esto puede terminar en una catástrofe tanto para Trump como para Estados Unidos y, en última instancia, para Israel. Un mar de musulmanes podría simplemente borrarlo de la faz de la tierra. Ahora ya se ha perforado el «Domo de Hierro», Tel Aviv está en llamas y algunas imágenes ya recuerdan a Gaza. La gente huye de allí y, de hecho, dicen que todo seguirá así: Irán, sin duda, vencerá.

Aún no se sabe, pero Irán no se rindió el primer día, no se rindió tras ese terrible golpe, con lo que sin duda contaba Trump. Ahora Trump habla de varias semanas, de un mes. En principio, desde el punto de vista jurídico, tiene la posibilidad de librar la guerra durante unos tres meses sin la aprobación del Congreso, y es posible que el Congreso le apoye. Pero si esta guerra se prolonga, si Irán se resiste desesperadamente, si tiene suficientes fuerzas, energía interna, potencial y poder, el resultado de esta batalla no está decidido. Sobre todo porque, fíjense, la apuesta por el «Escudo de Judá» es quizás el punto más débil, el más vulnerable para la coalición estadounidense-israelí. En general, ¿qué tipo de escudo es ese, cuando atacaron y mataron a los líderes de un país que, en realidad, no estaba en guerra con ellos? Este ataque, este ataque de Judas, esta traición de Judas, durante las negociaciones. Aquí hay muchos Judas, pero el escudo no es muy bueno. Así que, si esto continúa de cierta manera, los cambios en el mundo pueden ser realmente radicales.

Por lo tanto, ahora la cuestión no es quién ganará. Los primeros días aguantaron, los primeros resistieron, los iraníes lograron sobrevivir al primer golpe. Su liderazgo político, que ahora ha sustituido a Rahbar Jamenei y su familia, asesinada, por cierto... Es algo monstruoso: la nieta, una niña pequeña, de 14 meses, un año y dos meses. Hijos, nietos... Todos, los mataron a todos sin excepción.

Es decir, como de costumbre, es lo que vimos en Gaza: la crueldad de la agresión estadounidense-israelí, la hegemonía es tan monstruosa, su falsedad y su bajeza son tan grandes que, en realidad, la humanidad debería estremecerse ante lo que estamos presenciando, pero no lo hace, porque en su lugar contarán otras historias, dirán que Irán tiene la culpa, que se ha matado a sí mismo. Bueno, y no estamos acostumbrados a las mentiras del régimen estadounidense, de Occidente en general, de los sionistas, lo hemos oído todo. Por lo tanto, Irán no puede contar con la indignación de la opinión pública. Irán solo puede contar consigo mismo y con las fuerzas que pueden apoyarlo.

Si ahora Irán se reagrupa y es capaz de llevar esta guerra durante bastante tiempo, a cualquier precio, entonces, por supuesto, Israel intentará convertir a Irán en Gaza. Y, de hecho, ya ha empezado a hacerlo. Pero, al fin y al cabo, es un país muy grande. Sobre todo porque los misiles iraníes alcanzan el territorio de Israel y golpean importantes objetivos estratégicos. Y durante algún tiempo más seguirá este tipo de bombardeos y ataques con misiles, creo que Israel se sentirá incómodo frente a esto.

En consecuencia, los estadounidenses y los europeos también se sentirán incómodos. Hundir esos acorazados ahora... sabemos que, dado que nosotros mismos sufrimos grandes pérdidas en el Mar Negro durante la guerra contra el régimen nazi de Kiev, hundir un acorazado ahora es pan comido. Con los drones actuales, submarinos y de superficie, hundir toda esta flota capturada es una tarea tecnológica elemental. Vivimos en una era de la información y en un siglo de guerra completamente diferentes. Por lo tanto, todo este poderío de los portaaviones es en realidad algo exagerado, son solo imágenes bonitas.

Los helicópteros, con la velocidad con la que volaron a Venezuela, pueden estar allí 30 segundos con gente normal con armas, o con drones normales, o con el armamento que tiene nuestra unidad habitual en la línea de combate en Ucrania. A esa velocidad, un helicóptero no volará mucho tiempo, 30 segundos. Por eso, en realidad, aún no saben lo que es la guerra. Ni los estadounidenses ni los israelíes lo saben. Ahora lo van a descubrir.

Si Irán aguanta, todo es posible. Pero no digo que estén destinados a la victoria. No digo que esa victoria esté garantizada para nadie. Pero si no está garantizada y no es rápida, en el caso de Trump e Israel, los iraníes obtendrán una victoria colosal para todos los partidarios de un mundo multipolar. De hecho, es una guerra también contra nosotros. Hay que entenderlo: nosotros somos los siguientes. Y ahora Irán... ¿quién es? Un escudo, el escudo del Katechón. Eso es Irán. En general, ellos han recibido el golpe que, en principio, estaba destinado a todos nosotros. Y si resisten, será un gran éxito, también para nosotros.

Presentador: Hablemos de la cooperación, en gran medida de Rusia. Moscú está haciendo declaraciones en este momento: Dmitri Peskov dice que Moscú está en contacto permanente con los dirigentes de Irán. Rusia mantiene su compromiso con la solución política y diplomática incluso después del ataque de Estados Unidos contra Irán. Vladimir Putin ha mantenido hoy conversaciones telefónicas internacionales relacionadas con la situación en torno a Irán. El presidente se reunirá hoy con el gobernador de la región de Amur, pero eso ya es otra cosa. ¿Qué opina usted? ¿Qué medidas debemos tomar ahora: aplicar medidas duras o adoptar una postura expectante? 

Aleksandr Duguin: Si simplemente adoptamos una postura expectante, eso significa esperar a que Irán se derrumbe y los siguientes golpes se dirigirán contra nuestro liderazgo militar y político.

Presentador: ¿De qué manera?

Alexander Dugin: Se está librando una guerra contra nosotros en Ucrania y es bastante dura, pero tras la llegada de Trump, con su estrategia y política, en general bastante sensatas en una primera etapa, en nuestro país se ha creado la impresión en nuestro liderazgo, de que Trump puede salir de esta confrontación y que es necesario negociar con él a través de Witkoff y Kushner, y a través de alguien más, para suavizar la escalada, al menos con Estados Unidos. Es decir, estamos en guerra con Ucrania, estamos en guerra con la Unión Europea, pero Trump saldrá de esto porque tiene una posición diferente. De hecho, tenía una posición diferente hasta cierto momento. Pero después de un par de meses en la Casa Blanca como presidente, de repente cambió radicalmente y se volvió aún más radical, aún más entusiasta en la aplicación de la misma política globalista y hegemónica, pero de forma más abierta, cruel y franca.

Este momento de cambio de Trump, la transición de la postura MAGA, que, en general, hizo posible la reunión en Anchorage, a un dictado hegemónico radical —especialmente en el que algo sale bien y sale bastante rápido en otras operaciones—, tal vez no lo hayamos registrado del todo. Es decir, Trump ha cambiado, se ha convertido en un conductor de una voluntad que no es la suya. Ha renunciado por completo a su electorado básico. Ahora es rehén de las mismas fuerzas que iniciaron la guerra contra nosotros en Ucrania.

Y en esta situación, en mi opinión, el ataque a Irán pone el punto final: intentar considerar a Trump como portador de la ideología MAGA, es decir, que se centrará en los problemas de Estados Unidos, dejará de interferir en los asuntos internacionales, se ocupará de sus propios enormes fracasos en la política, la economía y la cultura, que, en realidad, era el programa inicial de Trump, todo eso no va a suceder. Trump seguirá aplicando la política de los neoconservadores. Para nosotros, este es un momento extremadamente importante.

Ataca a nuestros aliados; de hecho, si Irán cae —o, más precisamente, en caso de que Irán caiga y cuando Irán caiga—, no solo nos veremos sometidos al ataque de las fuerzas a las que ya estamos sometidos en este momento, sino que, sin duda, cegados por la sangre, como un toro que se lanza hacia su objetivo, Trump, sintiendo que todo le sale bien y que todo le resulta fácil, podrá interpretar fácilmente nuestra racionalidad y moderación, nuestra coherencia y nuestro compromiso con los principios simplemente como debilidad. Entonces no tendrá otros términos y conceptos para definir nuestra política.

Presentador: ¿Cómo debemos actuar entonces ahora mismo?

Aleksandr Duguin: Creo que con la máxima dureza, pero esa decisión la toma el presidente. Verá, ahora hay muchos asesores, y todos nosotros, desde taxistas hasta expertos, tanto militares como civiles, le decimos al unísono que es necesario lanzar un ataque. En primer lugar, está claro que ya no existe el derecho internacional, podemos hacer lo que queramos, porque la victoria lo cubrirá todo. Sin duda, es necesario eliminar a los líderes militares y políticos de Ucrania: eso es absolutamente cierto. Lo hicieron con nuestro aliado y nosotros, según las reglas del gran juego, estamos obligados a hacer lo mismo con sus representantes, con aquellas estructuras que nos están haciendo la guerra.

Creo que es extremadamente importante utilizar armas muy potentes, tan convincentes que sea imposible silenciarlas o ignorarlas. Y no descarto que sea necesario poner en su sitio a algunos países que apoyan la guerra en Ucrania, sintiéndose absolutamente impunes y considerando nuestra cortesía y coherencia como una debilidad. Rusia ya no puede permitirse parecer débil. No lo somos, pero eso es lo que parecemos. Nos ven como débiles, indecisos, vacilantes, inseguros, sin suficiente potencial. Se puede resistir la agresión de cualquier hegemón si se tiene la voluntad y la fuerza y una potencia nuclear sin duda es capaz de hacerlo. La gran Rusia es capaz de hacerlo. Pero ellos ven en nosotros una falta de voluntad.

Esto, en mi opinión, es un error: tenemos voluntad, solo que por ahora la ocultamos cuidadosamente, envueltos en el proceso de negociación. Ahora esto está empezando a funcionar en nuestra contra cada vez más y más. Pero todo el mundo aconseja esto al presidente, esa es mi impresión, aunque quizá alguien piense lo contrario.

Ahora hay consenso en que Rusia debe revisar fundamentalmente su estrategia de guerra contra Ucrania: debemos emprender acciones decididas e incondicionales que no puedan interpretarse de otra manera. Es decir, un golpe y no habrá Bankova, no habrá liderazgo, no habrá Zelensky, no habrá nadie, y no estará claro con quién seguir negociando. Podemos proponerles que ellos mismos designen a las personas con las que estaremos dispuestos a dialogar. Es algo que se impone por sí solo.

Presentador: Alexander Guélievich, por otro lado, podría suceder que, tras la destrucción de su liderazgo, eligieran a otros nuevos, tal vez incluso más radicales, como ha ocurrido, en esencia, en Irán, donde el liderazgo ha cambiado rápidamente. Y aquí es interesante su opinión sobre el escenario con Irán: ¿qué pasaría si tomáramos medidas drásticas para apoyarlo? Supongamos que Rusia, junto con China, envía su flota al Golfo Pérsico. ¿A su juicio, a qué conduciría eso?

Alexander Duguin: Nos respetarían. Y nos temerían. Eso es lo que pasaría, para ser sinceros. Eso es todo.

Presentador: Entonces, ¿no habría comenzado una confrontación directa...?

Aleksandr Duguin: La confrontación directa ya está en marcha. Simplemente, ellos creen que nos controlan y nos dirigen, mientras que nosotros seguimos pensando que estamos manteniendo negociaciones entre socios. Existe una diferencia fundamental de opiniones, una diferencia en la interpretación de lo que está sucediendo. Sin embargo, no aconsejo a nuestro presidente que haga nada: él mismo lo entiende perfectamente.

En cuanto al temor de que la destrucción de los dirigentes en Kiev lleve al poder a fuerzas aún más radicales: allí ya no hay fuerzas más radicales. Pueden llevar al poder a otras iguales. Pero si tampoco nos satisfacen, debemos hacer lo mismo con las siguientes, y con las siguientes, y con las siguientes, eliminándolas simplemente como capas. Sobre todo, porque Ucrania no es Irán. Si ahora nos involucramos de verdad en este enfrentamiento, no solo tendremos la oportunidad de ganar, sino también la posibilidad de detener la escalada y evitar la 3GM. Trump está demostrando que ha comenzado la política de la fuerza y la fuerza no reconoce las palabras. Solo se detiene cuando se encuentra con un poder contrario. Es necesario mostrar ese poder. Hablamos sin cesar del potencial nuclear, de los «Oreshniki», pero es hora de dejar de hablar y mostrar ese poder. Eso es lo que se espera de nosotros. Solo entonces Trump comprenderá que los rusos están realmente enfadados y que ha ido demasiado lejos.

Ahora es necesario un ataque masivo que sea imposible de ignorar, achacándolo a «fanfarronería» o «ataques a objetivos secundarios». Dónde y cómo ocurrirá esto no lo decidimos nosotros, pero la lógica de la historia y el estado de ánimo de nuestros combatientes en el frente, que se han visto desmoralizados por las negociaciones de paz, exigen determinación. Cuando cada día se transmite la expectativa de que «ahora todo va a terminar», es psicológicamente imposible luchar: surge la falsa sensación de que solo queda esperar un poco más. Hay que reconocer con honestidad que la guerra no terminará hasta que no alcancemos todos los objetivos de la operación militar especial. Hay que reunir toda la voluntad y hacer lo que hace tiempo que se debería haber hecho. Antes se podía posponer, pero ahora ya no hay tiempo para esperar.

Es importante comprender que las palabras tienen un significado enorme. Fíjese en el nombre de la operación «Furia épica»: incluso a aquellos estadounidenses que se oponían al ataque contra Irán, este lema les inspira y les anima. «Mi país está furioso y yo estaré con él»: esto funciona. En nuestro caso, el nombre técnico «OME» no inspira a nadie, no tiene un significado profundo. «Furia épica», «Escudo de Judá» para los israelíes, «El fin del diluvio» para el mundo chiíta son códigos semánticos poderosos. Creo que debemos renombrar la operación militar especial como «La espada del Katechon»: nosotros somos los que defendemos, esa es nuestra misión, nuestro papel ruso, nuestra identidad ortodoxa. En esto nos apoyarán también los musulmanes, que comprenden perfectamente la unidad de la lucha. Debemos movilizar a la sociedad, dar un segundo aliento a la guerra, renombrarla. Al principio fueron «Z», «V», «O»: era un enfoque publicitario sin profundidad. Ahora es necesario centrar la atención en aquello por lo que luchamos, sin ocultar la magnitud de la victoria. Tenemos la obligación de ser honestos con aquellos que dan su vida por la patria, por el Estado, por el poder y por el pueblo. Luchamos por el bien común y la gente debe sentir este significado.

Hoy en día, se están movilizando masas colosales: militares, políticas, religiosas. Aquí no somos observadores ni árbitros, somos participantes en la Gran Guerra. Quizás la última. No hay que adelantarse a los acontecimientos hablando de fechas del fin del mundo: los ortodoxos saben que nadie las conoce, ni siquiera Cristo dijo saberlas, salvo el Padre. Pero sabemos que habrá un final, porque Dios creó este mundo y Dios lo juzgará. Esto forma parte de nuestra fe y nuestras tradiciones, una parte muy importante. Por lo tanto, no hay motivos para el pánico.

Vivimos en los últimos tiempos: mirad Occidente, mirad la lista de Epstein. Qué detalles estamos descubriendo sobre las élites que gobiernan Occidente: es la verdadera civilización de Baal. Es un culto a Satanás, una religión. ¿A qué se dedican las élites? Corrompen a menores, comen personas, cazan afroamericanos. En las listas de los archivos de Epstein hay indicaciones directas: violan a niños, organizan orgías. Y eso es en ese lado. Estamos luchando precisamente contra esta civilización. No es casualidad que en Irán quemaran la estatua de Baal en vísperas de esta invasión y que, en respuesta, lanzaran misiles. En la conciencia del mundo islámico, estas cosas están relacionadas: la lista de Epstein, Baal y aquellos que queman sus ídolos. La guerra adquiere un carácter profundamente religioso. Los dispensacionalistas estadounidenses, al comentar la Biblia de Scofield, están convencidos de que ahora, en el momento del enfrentamiento entre Irán e Israel, Rusia entrará inevitablemente en guerra del lado de Irán. Para ellos, «hoy Irán, mañana Rusia» es un hecho consumado. En su mente, ya estamos allí.

Es importante comprender la psicología del enemigo: no coincide con los hechos ni con nuestras ideas racionales. En combinación con la energía desenfrenada de Trump y la exaltación escatológica de los líderes israelíes, que creen que ahora o nunca, que es precisamente ahora cuando debe llegar el Mesías y crearse el «Gran Israel», esta realidad no nos deja ninguna posibilidad de ocuparnos de «asuntos económicos». La historia, la geografía, la religión y la política nos privan de la posibilidad de ser observadores imparciales. Nos encontramos en el centro de los acontecimientos y tenemos nuestro propio papel que desempeñar.

Presentador: ¿Cómo cambiará el panorama geopolítico si Europa realmente decide participar directamente en los bombardeos? Por ejemplo, la radio israelí ha informado de que Alemania está discutiendo con Estados Unidos la posibilidad de participar directamente en la operación. En otras palabras, podrían pasar a realizar ataques independientes, dejando de limitarse al suministro de armas. ¿Cómo cambiarían las cosas en ese caso?

Aleksandr Duguin: Todo apunta a ello. Los problemas entre Trump y la Unión Europea ahora se han resuelto o se han dejado de lado porque, en esencia, Trump ha adoptado una política que se ajusta plenamente a los intereses de los globalistas y los neoconservadores. Anteriormente, el conflicto de Trump con Europa estaba condicionado por el movimiento MAGA, su rechazo al globalismo y al «Estado profundo». Pero si ahora Trump se está acercando a estas estructuras, las diferencias con Europa se relativizan y pasan a un segundo plano. Por supuesto, es necesario considerar a Occidente como un todo, como un Occidente colectivo. De hecho, hemos vuelto a la situación anterior a Trump: ese momento histórico en el que se proclamaban otras ideas, otros planes para Estados Unidos, por desgracia, ha quedado atrás. Ahora ya no estamos tratando tanto con Trump como con el mismo «Estado profundo» que estaba detrás de Nuland, Blinken o Kamala Harris: en esencia, son las mismas fuerzas.

Por consiguiente, todas las contradicciones entre los Estados Unidos y la Unión Europea se han nivelado ante la confrontación radical con las fuerzas que son adversarias ideológicas y geopolíticas del Occidente colectivo, sobre todo los partidarios de un mundo multipolar, del que formamos parte nosotros y China.

En cuanto a su pregunta sobre nuestra participación directa, que sea el presidente quien decida. Personalmente, creo que es necesario participar. Cuanto más activos, audaces y decididos seamos en todos los aspectos, mejor. De lo contrario, cualquier otra acción será percibida por ellos como una debilidad y la debilidad es una provocación directa, una invitación a hacernos lo mismo que le hicieron a los líderes iraníes. Después de todo, nuestro presidente se reunió con Rahbar Jamenei, y antes con el presidente Raisi, con otros líderes políticos, como Maduro.

Presentador: Siguiendo con este tema: ¿debemos actuar solos o en coalición con China? ¿Cuál es nuestra estrategia?

Aleksandr Duguin: Por supuesto, es mejor actuar en coalición con China. Pero China esperará. Fíjese: si, Dios no lo quiera, cae Irán, lo que seguirá será una confrontación directa con nosotros y, después, con China, ya que es precisamente a ella a quien apuntan. Todos los que creen que podrán quedarse al margen —tanto nosotros como China y el mismo Irán, que no entró en guerra tras el inicio de la operación terrestre del ejército israelí contra Gaza (su «Hezbolá» esperó y esperó hasta que los destruyeron a todos)— cometen un error. Cuanto más esperemos, cuanto más tardemos en entrar en un conflicto pleno con Occidente, más posibilidades tendrá de vencernos uno por uno, uno tras otro.

Nos han engañado de nuevo, Lavrov lo ha dicho: Israel ha transmitido la información de que van a atacar Irán. Nos engañan una y otra vez: «Por ahora manténganse al margen, no intervengan bajo ningún concepto», y al final no quedará nadie que pueda apoyarnos. Por eso estoy convencido de que debemos responder con la máxima dureza, en todos los frentes. No es necesario intervenir inmediatamente en este conflicto concreto, pero debemos actuar con la máxima firmeza contra nuestros enemigos directos: el régimen nazi de Kiev. De eso no hay ninguna duda. Y hay que hacerlo de tal manera que nadie se haga ilusiones: los rusos, si quieren, pueden. Y si no podemos, nos irá muy mal.

Nuestra respuesta debe ser simétrica y lo más dura posible. Lo ideal sería en coalición. Pero si no es en coalición, entonces en solitario. Si actuamos ahora, ya no estaremos solos. Y si esperamos, nos quedaremos solos. O China esperará y se quedará sola. Debemos detener el mal, detener la civilización de Baal. Esa es nuestra misión sagrada.

LOS TRATADOS DE LIBRE COMERCIO: UN ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA.

 

Después de la caída del comunismo soviético, después de la caída del simbólico «muro de Berlín», entramos en un periodo histórico en que las ciencias sociales y la teoría política quedan prácticamente huérfanas del paradigma, pues el modelo teórico marxista, que las había alimentado en las décadas de los 60, 70 y 80 ha quedado falsado. Esto no significa que todos los conceptos teóricos elaborados por el marxismo hayan perdido validez, ni mucho menos: plusvalía, explotación, alienación o ideología son categorías que siguen teniendo utilidad para el análisis de la realidad social y política. Pero deben verse ya a la luz de un paradigma nuevo, de una nueva ordenación teórica de la realidad: la caída del socialismo real, derrotado económica y políticamente por el capitalismo (sin derrota militar) ha falseado al marxismo como interpretación total de la historia y, sobre todo, como teoría de la revolución.

La caída del comunismo ha provocado también transformaciones radicales en las sociedades capitalistas. El capitalismo de base nacional y con ciertas preocupaciones «sociales» inspiradas en el miedo a la revolución o en la necesidad de estabilidad política, ha dada paso a otra forma de capitalismo: el capitalismo mundialista o globalismo, que es el tema de este artículo

¿Qué es el globalismo? En primer lugar, es importante señalar que, aunque se nos presente como una cuestión puramente económica (la economía global o globalizada) es mucho más: es un sistema ideológico, político y de control mundial, que tiene además la ventaja de no contar prácticamente con adversarios. A nivel ideológico, el practico desmantelamiento de la izquierda marxista ha dejado el camino despejado a los ideólogos «neocon» (muchos de ellos antiguos marxistas). La «izquierda» socialdemócrata no aspira a desmantelar al capitalismo, solamente a «gestionarlo de forma progresista». El movimiento antiglobalización de cierta izquierda alternativa prácticamente ha desaparecido y, actualmente, solamente fuerzas políticas patrióticas e identitarias se manifiestan en contra de este fenómeno.

Poco antes de la caída del comunismo soviético el capitalismo ya empieza su reconversión. Aparecen las empresas multinacionales, es decir aquellas grandes empresas que se inician en un país determinado pero que empiezan a extender su capital y sus instalaciones por países diversos, buscando siempre las condiciones sociopolíticas más adecuadas y esquivando las legislaciones que no le son favorables. Los estados nacionales, las fronteras, las soberanías e incluso las identidades empiezan a ser un obstáculo para este capitalismo transnacional.

Con la caída del bloque soviético se produce una profunda «revolución» en el mundo capitalista. Hay una importante ofensiva ideológica: teóricos como Hayek o Fufuyama, teorizan sobre el «final de la historia» que ahora no va ser el «paraíso» comunista, sino otro escenario igual de «paradisíaco»: el mundialismo de libre mercado. La mayoría de la población empieza a percibir las «leyes» del mercado y de la oferta y la demanda como leyes «naturales», tan naturales como la ley de la gravitación universal.

Las empresas multinacionales crecen en poder económico y político. Algunas acumulan más poder que muchos estados. Los estados nacionales entran en crisis por arriba y por abajo. Muchos antiguos estados de la Europa del Este son fragmentados, balcanizados en microestados de calderilla. Si alguna nación, como Serbia, se opone a este proceso es masacrada, bombardeada y criminalizado por una supuesta «comunidad internacional».

El componente económico del globalismo se puede resumir como la conjunción de tres elementos: la libre circulación de capitales, la libre circulación de mercancías y la «libre» circulación de personas. Una serie de tratados internacionales, impuestos por organizaciones transnacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Comunidad Económica Europea hacen posible esta libre circulación. Destacaremos entre ellos el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), el Tratado de Maastricht, y el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), y el más reciente, el tratado de MERCOSUR.

Al hablar de los tratados de libre comercio hay que distinguir entre aquellos que nacen del acuerdo entre estados concretos, como una relación recíproca, de aquellos otros que parten de la idea globalista de un gobierno mundial, bajo el cual se van a distribuir las funciones económicas y de producción entre los diversos países. Ya en los documentos de la denominada Comisión Trilateral (años 80) se hablaba de países «centrales» del desarrollo (USA, Europa Central y Japón), dedicados a la industria y a la tecnología de alto nivel, países «periféricos» (tercer mundo) dedicados a la agricultura y a industrias básicas deslocalizadas, y países «semiperifericos» (como España) dedicados básicamente al turismo y sin acceso a la alta tecnología.

El reciente tratado de libre comercio de la UE con el MERCOSUR es un ejemplo paradigmático de aplicación de libre comercio dogmático fundado en la utopía de un gobierno universal. En función de este tratado la UE exportará productos industriales, mientras que importará alimentos en forma de productos agrícolas y agropecuarios. El modelo es la distribución de funciones económicas por los diversos países del globo, los países centrales industrializados y los periféricos dedicados a una agricultura de monocultivo.

Los críticos con el MERCOSUR alegan, con razón, que este tratado puede significar la muerte de la agricultura y la ganadería española y francesa. Pero es que este es el objetivo de la UE. En su delirante utopía globalista, Francia debe ser industrial y España el bar de copas de Europa. Hay una voluntad política de acabar con la agricultura y la ganadería (también con la pesca) en Europa, y que toda la alimentación sea importada. Además, el agricultor, como persona ligada a la tierra, no casa con el modelo humano de nómada sin raíces en que se fundamenta la utopía globalista.

Frente a todo ello, los movimientos patrióticos, opuestos al globalismo, deben desarrollar una alternativa. No se trata de propugnar economías absolutamente cerradas y autárquicas, pero si de promover los mercados internos y de destinar a la exportación los excedentes. Veamos un ejemplo muy sencillo: si un país es un productor natural de naranjas (caso de España) estas deben destinarse al consumo interno, y únicamente los excedentes deben dedicarse a la exportación. En ningún momento deben importarse naranjas, y en caso de importación debe gravarse con aranceles que la desincentiven.

Lo que es absolutamente irracional es que un país productor de naranjas se dedique a exportarla, y después importe naranjas, a veces de dudosa calidad, para el consumo interno.

Los tratados de libre comercio impulsados por el globalismo (la UE) destruyen las economías locales y nacionales, provocan la destrucción de la agricultura y la ganadería y, por tanto, la despoblación del campo, y, para mas «inri», generan un movimiento mundial de mercancías con la consiguiente producción masiva de CO2, en flagrante contradicción con la supuesta «agenda verde» que este mismo globalismo impulsa.

Los tratados de libre comercio son armas de destrucción masiva.

El imperativo del renacimiento del katechon ruso.

 

Para el mundo anglosajón, la civilización ortodoxa no es solo un competidor geopolítico, sino una forma de existencia ontológicamente ajena, basada en una metafísica del poder y la Verdad fundamentalmente diferente. Occidente, construido sobre los cimientos del racionalismo secular y el derecho individual, no es capaz de integrar orgánicamente esta estructura, sino que se esfuerza por desmantelarla, dividirla y someterla.

El katechon ruso —el Retenedor— es un obstáculo insuperable en el camino hacia el despliegue del proyecto del Nuevo Orden Mundial, que constituye una anticipación política y tecnológica del advenimiento del anticristo. El campo de concentración digital global en el que los masones pretenden encerrar a la humanidad se está construyendo como una gigantesca cámara oscura, donde la luz de la Verdad es sustituida por las sombras invertidas de los simulacros. En esta arquitectura infernal, Rusia está condenada a la inexistencia. El apóstol Pablo señaló: «El misterio de la iniquidad ya está en acción, pero no se consumará hasta que sea quitado el que lo detiene» (2 Tes. 2:7).

El katechon es una forma sagrada del orden histórico que pone límite a la expansión del caos. Las tradiciones bizantina y rusa han encarnado institucionalmente este servicio en la sinfonía de la Iglesia y el poder ortodoxo, llamado a impedir que el mal devore el mundo antes del plazo establecido por la Providencia. En esta unión, la Iglesia preserva la pureza del Logos y el poder garantiza las condiciones para su existencia entre el pueblo. La destrucción de este orden a través de la pérdida de la fe conduce a que la Verdad deje de ser cognoscible en el tejido mismo del ser. El mundo, privado de lo que lo sostiene, se convierte en una «zona gris», donde el hombre, que ha perdido la imagen de Dios, se convierte en un apéndice funcional de un sistema sin rostro. Para los diseñadores del régimen global, Rusia es «Cartago», cuya existencia hace imposible el triunfo de la ilegalidad legalizada. En esta prisión antropológica global no hay lugar para Dios ni para la libertad inherente al ser humano. El empobrecimiento de la fe conlleva inevitablemente la degradación de la estructura del katechon, tras lo cual el lugar de la Verdad es ocupado por el dominio de la mentira total.

Desde el momento en que Rusia alcanzó el nivel de subjetividad independiente se libra contra ella una guerra mundial incesante. Los frentes clásicos del siglo pasado y el actual teatro ucraniano (TVD) son solo fases de una agresión total dirigida a destruir la forma del katechon mediante el socavamiento del Logos nacional y la corrupción de las élites. El desciframiento masónico-leninista del código imperial se convirtió en una catástrofe gnoseológica: la destrucción del orden divino de la existencia. La monarquía ortodoxa mantenía la paz no mediante la fuerza mecánica del aparato coercitivo, sino a través del servicio concienzudo a la verdad de Dios. Con su caída, desapareció el centro sacro de la historia, dejando tras de sí un vacío lleno de sustitutos.

El sistema soviético, heredero de la monarquía sagrada, solo imitaba la soberanía, creando un pseudo-katechon que movilizaba a las masas, pero desangraba espiritualmente al ser humano. Este sistema personificaba al Moloch de Kuprin, que exigía para saciarse no solo sudor y sangre, sino también el alma misma del ser humano. Al convertir la personalidad en un recurso funcional —el «Homo Sovieticus»—, el sistema solo creó un exoesqueleto industrial-burocrático temporal. Su dura coraza —el escudo nuclear y el armazón industrial— carecía de sustento espiritual y cuando se eliminó a Dios del esqueleto del Estado, el mecanismo privado del Logos se aplastó a sí mismo. El territorio se mantenía por la fuerza, pero la unidad semántica fue sustituida por la letra muerta de las instrucciones del partido, lo que predeterminó el caos actual.

El enfrentamiento mental y civilizatorio en la Pequeña Rusia recuerda a la «Guerra de Crimea». Al igual que a mediados del siglo XIX, la coalición anglosajona está llevando a cabo el eterno escenario nach dem Osten con el objetivo de aislar a Rusia del Mar Negro y privarla de su estatus de defensora del mundo ortodoxo en Oriente. Sin embargo, la agresión moderna ha adoptado la tecnología de la expansión mental. Ucrania es hoy una plataforma para la radicalización rusófoba de una parte de un pueblo unitario donde se lleva a cabo una inversión controlada de la identificación. Se trata de la extracción tecnológica de millones de personas del espacio común ruso y su conversión en un puesto avanzado rusófobo de la OTAN, completamente subordinado al control externo. Se amputa precisamente esa parte del pueblo trino sin la cual, según la convicción de Brzezinski, Rusia deja de ser un imperio. El enemigo intenta destruir en su germen el renacimiento del katechon, reduciendo al pueblo a un estado de sustrato disperso, privado de la voluntad de existir de forma independiente.

La élite post-katechon, que actúa como «recaudadora» del capital mundial, ha consolidado definitivamente la brecha entre el poder y el pueblo. Durante décadas, el país se ha convertido en un territorio hipotecado. El proyecto «Crimea California», un intento de crear en Crimea una república soviética judía como garantía de los créditos estadounidenses del banco «John Pierpont Morgan & Co.», sigue siendo hasta ahora una herramienta para chantajear a Rusia. La transferencia de Crimea a Ucrania en 1954 fue una operación manipuladora para retirar el activo de la garantía: la península fue subordinada a la República Socialista Soviética de Ucrania para dejar de pagar los créditos por motivos legales. Al mismo tiempo, los pagarés quedaron de facto en manos de los banqueros estadounidenses, convirtiéndose en un instrumento de chantaje financiero indefinido. La opinión del pueblo fue cínicamente falsificada en el curso de un «acuerdo» entre bastidores con el capital extranjero.

¿No es ese el tipo de «acuerdo» que se está preparando entre bastidores en la actualidad? Tras la retórica de Trump sobre la «paz» se vislumbra el mismo mecanismo: un intento de consolidar los resultados de cuatro años de derramamiento de sangre en forma de una nueva servidumbre de deuda o territorial. Se trata de una rendición encubierta de los intereses nacionales, en la que la élite post-katechon está dispuesta de nuevo a llegar a un «acuerdo», dejando a Rusia enganchada a los pagarés occidentales, mientras el pueblo paga con su sangre por el statu-quo, en el que «todo sigue igual».

Un régimen tan profundamente podrido difícilmente puede ser reformado. Sin un retorno a la auténtica continuidad del katechon cualquier intento de movilización está condenado a ser solo una simulación. La capa liberal-oligárquica —esa misma «escoria» en el sentido profundo de Dostoievski—, al estar estrechamente integrada en la maquinaria financiera mundial, ha reducido el concepto de soberanía a la mera administración. Hoy en día, incluso la guerra y la movilización digital son utilizadas por ellos solo como instrumentos de conservación del capital y no para restaurar la subjetividad histórica del Estado. Una confirmación clara de este rumbo fue la eliminación sistemática de la única fuerza política verdaderamente popular del país: el ROS de Sergei Baburin.

La eliminación de las fuerzas verdaderamente nacionales es un intento de romper definitivamente la conexión con el pasado, pero el katechon no es solo una institución política, sino también una potencia espiritual indestructible. Se conserva en la memoria litúrgica y en la continuidad de la tradición, preservada también por la Iglesia en el exilio. La ausencia física de la monarquía es solo un estado de parálisis temporal de la voluntad popular, sin que ello afecte al deber sagrado. El destino de Rusia está sujeto a un orden causal especial: contener el mal mundial dentro de los límites establecidos por la Providencia.

La caída de la monarquía supuso el colapso del orden gnoseológico, en el que la Verdad era objetiva y estaba arraigada en Dios. El zar era el guardián de la Ley y su servicio era un acto de presidencia sagrada. La fórmula «Moscú, la Tercera Roma» nos recuerda que cualquier intento de encontrar un «término medio» en esta cuestión carece de sentido y que la pérdida de la función de Contención convierte inevitablemente al pueblo en un objeto de manipulación sin voluntad propia. El venerable Máximo el Confesor advirtió: el mal comienza con un logos (palabra) falso sobre la naturaleza de las cosas. En el paradigma revolucionario, el ser humano fue redefinido como una función, ya fuera productiva o biológica. La transformación semántica en «Homo Soveticus» convirtió a la personalidad de un objetivo supremo en un medio de consumo. El poder soviético utilizó a la población rusa como recurso para eliminar las fuerzas nacionalistas conservadoras de Europa. La victoria de 1945, con toda su grandeza, eliminó al enemigo externo, pero consolidó la esclavitud interna, donde el sistema imitaba el orden, gestionando los recursos, pero no la Verdad.

La Rusia contemporánea solo ha heredado este armazón destruido. La oligarquía, orgánicamente vinculada al sistema global, es fundamentalmente incapaz de ser portadora del Retenedor. Las últimas tecnologías de gestión «inteligente» se han convertido para ella en meros instrumentos de hermetización del capital humano dentro del polígono digital controlado. La verdadera victoria solo es posible mediante el restablecimiento de la jerarquía de responsabilidad y el servicio directo a la Verdad. El imperativo categórico de nuestro tiempo exige una purificación implacable de todas las capas ideológicas del siglo pasado y la toma de conciencia por parte de la élite de su deber como guardianes del Retenedor. Rusia volverá a ser un sujeto pleno de la historia solo a través de la unión de la Iglesia y la Monarquía, donde el Estado es solo un instrumento y el pueblo es un sujeto vivo del espíritu. Es necesario actuar sin mirar atrás, guiados por la fidelidad al Designio. Solo entonces Rusia se convertirá en un pilar existencial del mundo, capaz de restaurar el auténtico katechon y de mantener a la humanidad alejada de la oscuridad definitiva de la anarquía mundial.

Sin embargo, en el camino hacia este gran objetivo no solo se interponen enemigos externos, sino también una desorientación interna, alimentada por los actuales estrategas de gabinete y politólogos titulados, que durante años han estado adivinando el futuro en las torres del Kremlin, pero que hasta ahora no han sido capaces de articular claramente qué tipo de régimen se ha impuesto sobre los escombros del imperio. Hoy en día, incluso entre los pensadores rusos más perspicaces, que desentrañan los mecanismos del «Anticristo 2.0» y la astucia del «Estado aún más profundo» de los tecnócratas oligarcas de Silicon Valley, se cuela una fatal indecisión. Aunque señalan acertadamente que el Occidente global, a través de sus ideólogos (como Peter Thiel), se esfuerza por crear un «falso katechon» y privatizar los significados sagrados en aras de unas utopías tecnológicas, nuestra comunidad de expertos se encuentra atrapada en una interpretación incompleta de su propia historia.

Mientras algunos, como Sergei Karaganov, intentan ennoblecer el vacío y hacen malabarismos con términos como «capitalismo social autoritario», reconociendo subliminalmente la llegada de la era del «socialismo militar» como la única forma de supervivencia del sistema, el propio poder supremo sigue transmitiendo una peligrosa ilusión. Vladimir Putin afirma abiertamente que «lo que destruyó a la URSS fue precisamente la estrechez ideológica» e insiste en que el dominio de cualquier ideología única es «un callejón sin salida que impide el desarrollo del país». Sin embargo, este rechazo programático de la idea de Estado es, en realidad, un rechazo del Logos mismo. La afirmación de que Rusia no necesita ideología alguna es la principal victoria de los «entresijos», cuando el Retenedor se quita voluntariamente la corona de la Verdad en aras de la comodidad del control tecnológico y el «pragmatismo».

Esta posición ignora deliberadamente el hecho de que la ausencia de sentido sagrado no hace que el sistema sea libre, sino que lo deja indefenso ante los significados agresivos del globalismo. Como señala acertadamente la viva tradición de la idea rusa, es imposible restaurar la continuidad del Tercer Imperio sin dar una valoración espiritual definitiva de la esencia satánica de la rebelión contra Dios, por muchos «éxitos económicos» con los que se camufle. Mientras el poder denomine el vacío semántico «defensa contra los dogmas», el país permanecerá en un estado de parálisis, en el que incluso la batalla de Malorusia es percibida por los funcionarios no como una guerra sagrada por el katechon, sino como una prolongada operación militar que solo requiere una gestión eficaz de los recursos. El «poscesarismo» burocrático o el «autoritarismo movilizador» de Karaganov son solo formas temporales de ese mismo exoesqueleto que carece de espíritu interno. La propuesta de «no dar sentido» al período soviético en nombre de una reconciliación mal entendida deja, de hecho, sin expiar el pecado de la apostasía. Pero el katechon no se basa en la dualidad. Mientras la crítica del pasado soviético se deje en manos de los rusófobos liberales, el pueblo estará condenado a una falsa elección entre el despotismo rojo y la decadencia liberal. La tarea del renacimiento de la idea rusa es romper este círculo vicioso y mostrar al mundo la verdad, que está por encima tanto del pantano liberal como de los sustitutos del «socialismo militar». Cualquier sistema que niegue la necesidad de una orientación espiritual superior se convierte en rehén del dogmatismo más vil: el dogmatismo del beneficio y la conservación del capital de la élite post-tecnológica. Por eso, el escenario del renacimiento ruso no tiene nada que ver con estas construcciones de gabinete y simulaciones de teóricos sin formación.

Este escenario estratégico representa el crecimiento orgánico del orden sagrado a través de los tejidos muertos del sistema post-katechon, donde la primera y decisiva etapa debe ser el despertar metafísico de la conciencia nacional. Se trata del rechazo decidido de las falsas ideologías del siglo pasado y del retorno a los fundamentos inquebrantables de la Tríada de Uvarov, en la que la ortodoxia, la autocracia y la nacionalidad recuperan el estatus de principios vivos del ser. Esto requiere el desmantelamiento definitivo de los sustitutos antropológicos y el reconocimiento del hombre ruso como portador de la imagen de Dios, cuya libertad se realiza exclusivamente a través del servicio al Creador y al katechon.

Tras esta purificación espiritual, se producirá inevitablemente una refundición de la juventud y la formación de un nuevo núcleo servicial. En lugar de los actuales «cobradores», educados en el espíritu de la lealtad flexible al sistema global, debe imponerse una educación en el estricto seguimiento ortodoxo-katechon, basada en el resurgimiento del espíritu de la Tabla de rangos de Pedro el Grande. Esto devolverá al tejido estatal el principio de la dignidad personal y el honor familiar, donde el camino al poder solo está abierto a través de la valentía y el servicio impecable a la patria. El eje moral y ético de este proceso será el retorno a las tradiciones de la «Juventud del espejo honesto», que exige al futuro hombre de Estado, por encima de todo, tener temor de Dios, ser firme en sus palabras y alejarse de todo mal. Si los cursos de gestión modernos tienen como objetivo crear engranajes eficaces para servir al capital mundial, el «Espejo» educa a un caballero honesto, para quien la deshonra de traicionar su juramento es más terrible que la muerte física.

Esta élite, templada en el actual enfrentamiento en Malorusia, se convertirá en el instrumento de transición hacia una profunda sinfonía institucional, en la que la Iglesia y el poder naciente entrarán en una auténtica unión mística. La voluntad autocrática llevará a cabo la ruptura decisiva de todos los vínculos tácitos con los bastidores mundiales, declarando legalmente nulas todas las letras de crédito de los «Morgan» y otras entidades bancarias. Rusia dejará de ser un territorio hipotecado para convertirse en una fortaleza soberana del Espíritu, donde incluso las tecnologías de gestión digital se utilizarán para proteger el Logos nacional de la entropía externa. La culminación de este camino será la actualización del Trono como acto de misericordia divina. El poder recupera su plenitud sacra, convirtiéndose en un órgano sagrado de intercesión por la paz, lo que hace que la reunificación de Malorusia con el cuerpo del Imperio sea un proceso natural y definitivo.


La restauración del katechon no es simplemente un retorno a las formas históricas del pasado, sino el único camino hacia la verdadera Victoria. Esta Victoria no se decide solo ni en su totalidad en el campo de batalla de Ucrania, sino en el «campo de batalla» global con Occidente, donde Malorusia es solo la primera línea de defensa del mundo ortodoxo y civilizatorio. Cualquier acuerdo a medias, «acuerdos» entre bastidores o intentos de integrar a Rusia en el sistema global con derechos de «capitalismo autoritario» no son más que una capitulación aplazada. La verdadera victoria de Rusia es su regreso al estatus de Retenedor, convirtiéndose en ese obstáculo insuperable contra el que se estrellarán las olas de la anarquía mundial.

La perspectiva del katechon ruso abre al mundo la esperanza de salir del callejón sin salida de la deshumanización digital. Rusia, basada en los fundamentos del ortodoxismo, la autocracia y el nacionalismo, se convierte en un arca existencial para todos aquellos que han conservado en su interior la chispa divina y la voluntad de alcanzar la verdadera libertad. En este servicio reside nuestro destino histórico: no solo resistir en el choque de civilizaciones, sino mostrar al mundo un ejemplo vivo de la existencia estatal, santificada por la Verdad. La victoria final no es la conquista de territorios, sino el retorno de los significados. Es transformar a la Pequeña Rusia de un puesto avanzado de la OTAN a convertirla nuevamente en la cuna de la ortodoxia rusa. Es la transformación de la élite de «cobradores» en caballeros de honor según el espíritu de la Tabla de rangos de Pedro el Grande. Es la entronización del monarca legítimo como símbolo vivo de la conexión entre los tiempos y la fidelidad al Designio. Solo en esta unión sagrada Rusia alcanza su plenitud, convirtiéndose en la indestructible Tercera Roma, que permanecerá hasta el fin de los tiempos, evitando que la humanidad caiga en el abismo de la oscuridad definitiva. En esto reside nuestro deber, nuestro destino y nuestro único camino hacia la luz.

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Ante la crisis, otra Europa.

 

La crisis está en Europa, Europa está en crisis. Lo analizamos en 2012. Si bien la situación ha empeorado, los orígenes de la crisis económica siguen siendo los mismos: la crisis de las economías y las sociedades europeas es, ante todo, una crisis del dominio de una determinada economía, la economía financiera. En detrimento de los productores europeos.

El presente texto es el resultado de una entrevista. Data del 18 de octubre de 2012 y fue publicado en el libro colectivo Face à la crise, une autre Europe (Ante la crisis, otra Europa), editado por Synthèse nationale éditions en 2012, bajo la dirección de Roland Hélie. Hemos actualizado esta entrevista en 2021. Los últimos diez años no han desmentido nuestros análisis, sino que han aumentado nuestros motivos para estar preocupados por el curso actual de los acontecimientos. Pero también nuestros motivos para luchar y nuestro deseo de no dejar el país en manos de sus sepultureros: los agentes del poder del dinero y de un pacto mundial de corrupción del que el Great Reset es un elemento importante.

1. Se dice que la crisis se remonta a 2008. ¿Considera usted que sus causas son mucho más antiguas?
Desde 2007 se han sucedido una crisis financiera (las «hipotecas subprime», créditos a tipos de interés elevados que provocaron una subida vertiginosa de los precios inmobiliarios) y una crisis bancaria, con la quiebra de algunas entidades de crédito en 2008. Esto generó una crisis de los propios Estados, que se hicieron cargo de los déficits de los bancos, los reflotaron y los salvaron. Esto se ha manifestado en un aumento del déficit de sus presupuestos, especialmente los sociales, pero también en una reducción de sus gastos, incluso en ámbitos soberanos (defensa, policía, justicia). A continuación, fueron los bancos, rescatados por los Estados, los que prestaron dinero a los Estados, incapaces de cerrar sus presupuestos sin déficit.

Dada la globalización de los sistemas financieros, la crisis procedente de Estados Unidos se extendió por todas partes. La sola crisis de las «hipotecas subprime» provocó la pérdida de unos 2 billones de dólares, es decir, aproximadamente el PIB de Francia en aquel momento (2008). Luego se puso en marcha el plan de rescate de los bancos estadounidenses. Ascendió a unos 700.000 millones de dólares. A continuación, los Estados elaboraron planes de reactivación de la economía: se trataba de planes nacionales. Su efecto fue muy modesto. En 2012, en la mayoría de los países europeos se confirmó el estancamiento, cuando no una recesión pura y simple. El desempleo se agrava, los planes de reducción del déficit son evidentemente insostenibles, y no solo en Grecia.

Dado que a principios de 2020 no se había resuelto ningún problema económico, el COVID fue un pretexto para iniciar una devaluación masiva del dinero (del capital) mediante la mutualización parcial de las deudas estatales y un plan de reactivación (subvenciones y préstamos por valor de 750.000 millones de euros). Fue el helicóptero Covid el que vertió estas sumas, creadas por la imprenta de billetes, sobre Europa. Estas sumas no corresponden a ningún valor en la economía real. Todo esto se había previsto anteriormente en nombre de la «urgencia» ecológica. Pero ha sido más fácil hacer pasar estas medidas en nombre del Covid-19, a partir de una hábil orquestación del miedo a una enfermedad muy poco letal. El Covid (es decir, el virus del Covid y no la enfermedad del Covid) ha sido así la ocasión para saltarse las barreras que eran cada vez menos sostenibles y cada vez menos respetadas: el 3% de déficit de los presupuestos públicos y la tasa del 60% de endeudamiento. Con estos dos criterios, Francia se sitúa en un 9% de déficit y un 120% de deuda. En otras palabras, el Covid ha sido el medio, que no debe mucho al azar, para llevar a cabo una transformación de la gestión del capital. Es lo que se denomina el Gran Reinicio (Great Reset), en referencia a Klaus Schwab, quien defendió el proyecto en un libro.

Philippe de Villiers, autor de Le Jour d’après (Albin Michel, 2021), escribe: «Con la creación de la OMC en 1995, los grandes actores de la globalización querían un mundo sin fronteras, unos por interés, para abrir un mercado planetario de masas; otros por ideología, para sustituir los muros por puentes y fomentar la fraternidad cósmica. Conocían el riesgo inherente a este mundo sin barreras: un planeta altamente patógeno y contagioso. Lo sabían y se preparaban para ello. Esperaban la "ventana de oportunidad" para cambiar la sociedad. La operación ha tenido bastante éxito». Y continúa: «Las grandes tecnológicas se han enriquecido y el biopoder se ha instalado de forma duradera con el higienismo de Estado. (…) La biopolítica ha matado a la política. Knock ha aplicado la eutanasia a Aristóteles: el animal social se ha convertido en un asintomático desocializado» (Figarovox, 14 de mayo de 2021) La vigilancia comercial se fusiona con la vigilancia digital. El encierro digital se vuelve obligatorio. Las comunidades, los vínculos, las naciones se ven obligadas a dar paso a la soledad gregaria y consumista.

Tras haber llevado a cabo la desindustrialización total de nuestro país, nuestros gobernantes solo se han quedado con un objetivo: el control de la población y los beneficios de los grandes accionistas. Ya Jospin, entre 1997 y 2002, había sido privatizado en gran medida. De 2012 a 2017, el Gobierno de Hollande se embarcó en una política de mayor sumisión a las finanzas. «Dentro de cinco años, Hollande será un gigante o un enano», afirmaba Emmanuel Todd (Marianne, 5 de octubre de 2012). Ya hemos visto el resultado. La política de Macron desde 2017 ha consistido, por un lado, en intentar reducir el gasto público —pero sin reducir en absoluto la inmigración, sino todo lo contrario—, en particular los gastos soberanos indispensables, y, por otro, en malvender al extranjero lo que quedaba de nuestras joyas industriales. A Macron solo le interesan los beneficios financieros (es su actividad principal) y solo esos beneficios preocupan a quienes lo llevaron al poder como delegado del Capital. Esas personas son, por supuesto, enemigos de nuestro país.

* * *

Sin embargo, hay que remontarse a antes de 2008 para comprender la crisis. Sus raíces son más antiguas. Se remontan al fin de la convertibilidad del dólar en oro (1971), a la sobreacumulación de capital, cuya génesis se analiza en El capital de Marx (libro III, capítulo 15), a su consiguiente pérdida de rentabilidad, a las diferentes formas de devaluación de este capital por obsolescencia acelerada, al encarecimiento de las materias primas debido a su carácter limitado y al creciente coste de su extracción.

Más profundamente, la crisis económica está relacionada con el agotamiento del modelo fordista, basado en un compromiso entre, por un lado, el desarrollo capitalista y la búsqueda de beneficios y, por otro, la expansión de un gran mercado rentable de productores-consumidores con un poder adquisitivo en aumento. Este modelo fordista daba prioridad al directivo sobre el accionista. Era la época de los organizadores analizada por James Burnham, o el «Nuevo Estado Industrial» de John K. Galbraith. Eran las políticas económicas aplicadas en Francia bajo De Gaulle y en Estados Unidos bajo John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson. Era el fordismo, eran los treinta gloriosos, y era la realidad de un cierto progreso material y de un relativo ascenso social. Era, por lo tanto, también una cierta forma de circulación de las élites. Son los años que Eric Zemmour recuerda con nostalgia, no sin razón (aunque también era la época de los ritmos infernales en las fábricas).

Desde el fin del fordismo, no tenemos un modelo viable. La riqueza se concentra en un polo de la sociedad y la pobreza en todos los demás. Es la «sociedad en forma de reloj de arena» (Alain Lipietz, 1998). El 50% de los estadounidenses se reparten algo más del 1% de la riqueza del país. El 50% de la población mundial se reparte el 2% de la riqueza mundial. No hace falta ser un igualitarista acérrimo para darse cuenta de que esta diferencia es excesiva, malsana e incluso suicida. Si hace un siglo un empresario ganaba unas 30 veces más que su trabajador peor pagado, ahora la diferencia ha pasado a ser de 400 o 500 veces más. El trabajo escasea, las máquinas han sustituido a los hombres y, lo que es más, los hombres peor pagados sustituyen sin cesar a los que aún cobran un poco más. Los camboyanos sustituyen a los trabajadores chinos, a la espera de ser sustituidos a su vez por los africanos cuando estos se integren plenamente en el mercado mundial.

Sismondi pedía en el siglo XIX que la inversión en maquinaria diera lugar a una renta para los trabajadores que se habían quedado sin empleo. Puede tratarse de un salario indirecto, como el derecho a la formación, el acceso a la asistencia sanitaria, etc. También puede tratarse de seguros de desempleo o de una renta mínima. Sin embargo, en todos los ámbitos sociales, incluidos los relacionados con la salud (con la supresión de cientos de miles de camas de hospital), se está produciendo un enorme retroceso social. «El poder del dinero permite neutralizar todos los intentos de regular las finanzas», señala acertadamente Paul Jorion. Hay una razón para ello, y explica por qué no se puede volver a los Treinta Gloriosos, aunque los gobernantes no hayan dejado de prometer durante 35 años una salida de la crisis, tras nuevos «ajustes», es decir, nuevos desmantelamientos de las protecciones sociales. En efecto, según la lógica del productivismo, el «Estado estratega», el Estado keynesiano que aspiraba al pleno empleo, no podía ser más que una etapa. Y así fue. Habría sido necesario salir del dominio de la política por la economía, reformando profundamente el Estado, convirtiéndolo en un «Estado de todo el pueblo». Si la economía es realmente el destino, la desregulación es inevitablemente hacia lo que tendemos. Pero la desregulación es un todo, al igual que la globalización. La desregulación afecta al mercado laboral, los salarios, los flujos migratorios, las finanzas e incluso las costumbres. «La crisis impone suprimir la referencia a la duración legal del trabajo», explicaba François Fillon (10 de octubre de 2012). Este es el programa que ha aplicado Macron. Para los globalistas, siempre se necesita más desregulación. Las primeras víctimas son los pueblos. Estos tienen entonces la solución de sufrir o cambiar radicalmente las reglas del juego, como ha hecho Islandia.

«Lo universal es lo local menos las paredes», dice Miguel Torga. Es hora de rehabilitar lo local, porque lo universal que pretenda prescindir de lo local mataría la vida misma en su carne. No es casualidad que sea un pueblo «pequeño» como el islandés, heredero de una larga tradición democrática, el que haya dado la señal de la independencia recuperada. Del mismo modo, es en la «pequeña» Suiza donde aún quedan algunos elementos de una verdadera democracia. «Lo pequeño es bello». En cualquier caso, lo pequeño puede ser más eficaz que el gigantismo.

2. Más allá de una simple crisis económica, ¿cree que nos enfrentamos a una crisis mucho más profunda?
Nos enfrentamos a lo que Pier Paolo Pasolini llamaba un «cataclismo antropológico». Es decir, que los propios marcos de la vida, los marcos de las representaciones, se están rompiendo. La crisis de la transmisión y, por lo tanto, de la educación, que es un subproducto de ella, es la consecuencia de esta crisis.

La crisis económica es, ante todo, una crisis del dominio de la economía sobre la vida. «El economicismo es sin duda la gran ideología actual», escribe Peter Ulrich. «Anteriormente, ninguna otra forma de argumentación ideológica había ejercido una influencia comparable en el mundo. La crítica del economicismo o la crítica de la ratio económica exenta de toda limitación consiste, desde la perspectiva de las ciencias humanas, en recuperar en parte lo que logró el siglo de las Luces». Esa es, en efecto, la paradoja: la Ilustración pretendió llevar a cabo un proyecto de emancipación, pero acabó conduciendo a una nueva credulidad, a un nuevo oscurantismo: la creencia en el poder omnipotente y autorregulador de la economía. Es la traducción filosófica de una realidad sociológica y política, que ha sido denunciada acertadamente con el nombre de dictadura del dinero.

«El dinero, el gran dinero, no está ni ha estado nunca ni en la derecha ni en la izquierda. Para salvar sus ventajas más abusivas, no ha dejado de jugar alternativamente con la izquierda y la derecha, la mayoría de las veces incluso con la izquierda, explotando una serie de ideologías», escribía Emmanuel Beau de Loménie (La Parisienne, n.º «La derecha», octubre de 1956). (Es cierto que Emmanuel Beau de Loménie sacaba conclusiones insuficientemente rigurosas al culpar, casi en exclusiva, a una casta surgida del 18 de Brumario, los «jacobinos acaudalados» o «el síndico de defensa de los regicidas» de los que habla Louis Madelin). La crisis económica es, en realidad, una crisis del dominio de la economía. Más profundamente, el problema de nuestro tiempo es que el dominio del dinero hace que todos los bienes se reduzcan a mercancías. Todo es calculable en dinero y todo se calcula en dinero. Por lo tanto, todos los bienes se vuelven alienables. En este sentido, el hombre ya no es dueño de nada, ni de su oficio, ni de una casa familiar, ni de un patrimonio espiritual, ni del derecho a decidir el sentido de su vida. «El dinero es la mercancía que tiene por carácter la alienación absoluta, porque es el producto de la alienación universal de todas las demás mercancías. Lee todos los precios al revés y se refleja así en el cuerpo de todos los productos, como en la materia que se le entrega para que se convierta él mismo en valor de uso», escribe Marx (El capital, 1867). Lo que vivimos es, por lo tanto, en rigor, una crisis no de la economía, actividad que debería limitarse a satisfacer las necesidades del pueblo (la gestión de los «asuntos de la casa»), sino una crisis de la crematística, es decir, una crisis de la acumulación de bienes y, más aún, de la acumulación de dinero.

Con el Habeas Corpus de 1679, pasamos de la idea de una sociedad buena a la de justicia en las relaciones sociales, que no es lo mismo. La equidad en las relaciones entre individuos es necesaria, pero solo tiene sentido en el marco de un pensamiento del bien común. Luego, con el triunfo del individualismo en el siglo XVIII, pasamos a la referencia a la idea del interés como único factor de legitimación: dar rienda suelta a la búsqueda del propio interés sería la mejor manera de aumentar la riqueza social global, identificada con lo que queda del bien común. Lo que es bueno para mí sería automáticamente bueno para todos. Es la Fábula de las abejas (1714-1729) de Bernard Mandeville. Es una forma hábil de moralizar la búsqueda del interés individual. No hay por qué estar convencido.

Si el bien común es solo lo que se puede medir, entonces, efectivamente, ¿cómo encontrar algo más rigurosamente medible que la riqueza monetaria? Por eso no tiene sentido una solución puramente económica a una crisis que no es solo económica. «La negativa de los partidos en el poder en casi toda Europa a considerar otros enfoques de la crisis, su incapacidad para pensar más allá de lo económico (es decir, lo liberal) no es ni una conspiración ni una falta de imaginación. Refleja tanto las relaciones de poder actuales entre los actores como lo desfasado que está el marco de referencia de los políticos con respecto a la crisis actual», escribe Michel Leis. Una civilización muere cuando sus élites no comprenden la naturaleza de un proceso en curso, o cuando son cómplices del mismo, que es lo que ocurre en este caso. Las «élites», o más bien las clases dirigentes, son el motor del productivismo desenfrenado, de la globalización capitalista, del consumo y la destrucción del planeta por parte del hombre.

La crisis actual es de naturaleza muy diferente a las crisis anteriores, como por ejemplo la que siguió a la derrota de 1870. Mientras que la educación se extendía en los años 1870-1880, ahora nos enfrentamos a una descivilización, como escribe Renaud Camus. El hombre se está volviendo primitivo. Es la obsolescencia del hombre, y no solo la de los objetos, lo que supone una amenaza. La tecnofilia (technophilie), convertida en tecnolocura (technofolie), esclaviza al hombre. Equipado con auriculares en los oídos, atado con una correa a sus propios instrumentos, convertido en un apéndice de sus propias prótesis, un periférico de sus propios dispositivos, el hombre se ha convertido en el objeto de sus objetos.

El culto a la tecnología lleva a pensar que todo lo que es posible debe realizarse. De ahí surge una nueva barbarie sofisticada, quizá la peor de todas. Günther Anders afirmaba en 1977 que «la tarea moral más importante hoy en día consiste en hacer comprender a los hombres que deben preocuparse y que deben proclamar abiertamente su miedo legítimo» (Et si je suis désespéré, que voulez-vous que j'y fasse?, París, Allia, 2001). No se podría decir mejor.

3 ¿Podemos imaginar por un momento que los políticos franceses y europeos actuales sean capaces de resolver esta crisis?
No hay ningún nuevo De Gaulle capaz de tomar decisiones históricas drásticas, por dolorosas que sean. No es que todos los políticos franceses y europeos sean mediocres. Jean-Pierre Chevènement, Arnaud Montebourg y algunos otros han formulado análisis interesantes en ocasiones. El problema es que a la mayoría de los políticos les cuesta elevarse por encima de las preocupaciones económicas a corto plazo. De hecho, todo se hace para ello, toda la lógica del sistema consiste en convertir a los representantes electos en transmisores del sistema. La devaluación e incluso el olvido de la cultura general, las humanidades y la cultura histórica también contribuyen a privarles de la perspectiva necesaria para superar las preocupaciones administrativas a corto plazo.

Al mismo tiempo, se hace todo lo posible para limitar, o incluso prohibir, la expresión del pueblo sobre temas esenciales. Sin embargo, solo el pueblo puede provocar un cambio, en conexión, por supuesto, con las actividades militantes. «Hay épocas violentas en las que el Estado renace, por así decirlo, de sus cenizas y recupera el vigor de la juventud… pero estos acontecimientos son raros», escribe Rousseau (Contrato social, libro II, capítulo VIII).

Se necesita un acontecimiento desencadenante. Las tapas mejor sujetadas acaban saltando bajo la presión. El mañana está en manos del pueblo. «El pueblo, que tiene el futuro y no tiene el presente; el pueblo, huérfano, pobre, inteligente y fuerte; situado muy abajo y aspirando muy alto; con las marcas de la servidumbre en la espalda y las premeditaciones del genio en el corazón» (Victor Hugo, prefacio de Ruy Blas).

4. Ante esta crisis, ¿es concebible otra Europa? Si es así, ¿cuál?
Deseo que las naciones de Europa pesen en el mismo sentido: independencia respecto a Estados Unidos, acercamiento sin servilismo a Rusia. Sé que las naciones de Europa pesarán más juntas que separadas. Siempre y cuando algunas de ellas no sean el caballo de Troya de potencias no europeas. Soy europeo de corazón y quiero una Europa poderosa, pero no solo una Europa poderosa, también quiero una Europa como modelo de civilización. Una Europa equilibrada frente a los excesos de la modernidad.

Rechazamos «el hormiguero americano y el soviético», decían los inconformistas de 1930. Hoy en día, se trata de rechazar tanto a la financiarización/desindustrialización de las economías americana y europea como el control social de la China «popular» y su modelo de desarrollo (¿a qué precio humano y ecológico?) ¿Una dictadura capitalista-comunista, en el marco de una sociedad de vigilancia y una ciudadanía «por puntos»? No, gracias. También hay que rechazar la desindustrialización en nuestro país y el desarrollismo a toda costa en otros lugares por otra razón: una es la condición de la otra, una es la otra cara de la otra. Es porque ya no hay industria en Europa, y sobre todo en Francia, por lo que está en Asia.

Sin duda, Europa debe recuperar una economía industrial, que solo Alemania conserva (relativamente, por cierto, ya que está ampliamente subcontratada en Europa del Este). Pero este retorno a la industria debe realizarse de forma ordenada y responsable con el medio ambiente. (Cabe señalar que nuestra agricultura productivista es infinitamente más devastadora para el medio ambiente que lo que lo serían muchas de las industrias desaparecidas del paisaje de nuestro país).

En cuanto al método, el objetivo de una Europa confederal, lo que yo denomino el Imperio europeo (un Imperio no imperialista, que sería la organización de la diversidad de los pueblos europeos), me parece deseable, pero es evidente que una Europa confederal solo tiene sentido si está en manos de los pueblos. Sin embargo, la actual «construcción» europea está muy lejos de ello. Por lo tanto, hay que saber dar un paso atrás cuando se va en la dirección equivocada. Por eso, aquellos que predicen la salida del euro y piensan que debemos anticiparla, o aquellos que piensan que el euro debería convertirse en una simple moneda común (si es posible), y no en una moneda única, no me parecen necesariamente «malos europeos».

La condición imprescindible para una Europa diferente es que los pueblos recuperen el control de su destino. El soberanismo nacional no me parece sostenible a largo plazo, pero puede ser un paso previo a la construcción de una Europa autocentrada, antes de un proteccionismo europeo, un control europeo de las fronteras, un soberanismo europeo. Una economía autocentrada (André Grjebine, 1980). Actualmente, los pueblos tienen la sensación de haber sido desposeídos de sí mismos y consideran que Europa tal y como es, la UE, contribuye a esta desposesión. De hecho, la Europa actual es profundamente antidemocrática. Hay que devolver la democracia al centro de la acción política, hay que hacerla vivir a nivel local, porque lo local es un fragmento de lo global. Digámoslo claramente: los pueblos deben decidir. Deben decidir todo y en todas partes. La democracia no es el «poder del pueblo», recordaba Rousseau. El globalismo —y la pseudogobernanza mundial que se perfila— se hace en nombre de un cosmopolitismo que Rousseau ya calificaba de «virtud de papel». La dimensión mundial de muchos problemas no significa en absoluto que los pueblos deban desaparecer y fundirse en un molde único: el productor-consumidor del gran mercado mundial uniformizado. A problemas mundiales, soluciones locales. La diversidad de pueblos, culturas y civilizaciones es la oportunidad del mundo.