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GLOBALISMO


El término «globalismo» es un neologismo que se refiere a una teoría de la conspiración e hipotética ideología que trataría de acabar con el estado-nación como marco para la administración política y la referencia de identidad

Se usa notablemente en ciertos círculos nacionalistas para describir la marcha hacia la creación de un gobierno mundial bajo el doble efecto de la globalización económica y cultural. Se ha utilizado para describir los esfuerzos internacionales iniciados después de la 2GM, como las Naciones Unidas, la Unión Europea o la Comisión Trilateral y a veces las políticas liberales y neoconservadoras posteriores al final de la Guerra Fría. Hoy en día es un término ampliamente utilizado por el populismo de derecha y la derecha alternativa, así como en círculos marginales de la izquierda política.​ Su definición es bastante similar a la de cosmopolitismo, término ampliamente utilizado en el Siglo XX, sobre todo en la Unión Soviética y el Bloque del este.

Concepto
El concepto de globalismo comienza a formularse en los años inmediatamente posteriores al final de la 2GM con la creación de numerosos organismos supranacionales como la ONU, un organismo cuya creación era vista como un atentado contra la soberanía nacional de sus integrantes a ojos de los distintos círculos nacionalistas. El nacionalismo como tal había sufrido un duro golpe tras el final de la guerra mundial con la derrota de las ideologías fascista y nacionalsocialista, así como la del autoritarismo japonés, frente al marxismo-leninismo soviético y el liberalismo estadounidense y británico. El término «Naciones Unidas» fue acuñado por el gobierno de Franklin Roosevelt durante la guerra, primero como sinónimo de Aliados y luego como un proyecto para sustituir la Sociedad de Naciones, que había fracasado.

La percepción de las Naciones Unidas como un gobierno que buscaba acabar con la soberanía nacional de los distintos Estados fue bastante popular en los primeros años de la Guerra Fría y de la descolonización, sobre todo debido al apoyo de la organización al derecho de autodeterminación de las colonias europeas. Personajes públicos como el general estadounidense Edwin Walker llegaron incluso a tachar a las Naciones Unidas de comunista. 

En cierta manera, el término globalismo supone la contraparte derechista al concepto de cosmopolitismo burgués, utilizado ampliamente en los países del Bloque del Este. Si bien el marxismo abogaba, por lo menos en su forma original, por una unión global bajo un modelo comunista, ya antes de la 2GM comenzó a desarrollarse el concepto de patriotismo socialista, opuesto tanto al nacionalismo como al cosmopolitismo. Después de la guerra, en la República Democrática Alemana, se denunció al cosmopolitismo burgués como una ideología capital-imperialista contraria al derecho de las naciones a la independencia, la soberanía nacional y al internacionalismo proletario. Se afirmaba que el cosmopolitismo burgués promovía el desmantelamiento de las tradiciones nacionales, patrióticas y de la cultura nacional de la patria socialista y se decía que era defendido por el «imperialismo anglo-americano» con el objetivo de establecer una hegemonía mundial capitalista y así mantener la explotación del hombre por el hombre. Se defendía el amor a la patria socialista como uno de los sentimientos más profundos del pueblo trabajador, expresado en la lucha contra los conquistadores y opresores capitalistas. ​Pero hay que aclarar también que el comunismo es de hecho una doctrina globalista (pero en el sentido colectivista de la palabra, eso sí) ya que propugna la unificación de toda la humanidad en una única sociedad pero cuyas características son la propiedad común de los medios de producción, la inexistencia de las clases sociales, del estado y del mercado, por lo tanto los comunistas han propugnado y siguen propugnando la creación de la República Socialista Internacional de los Soviets (un estado socialista cosmopolita, que a su vez estará conformado por estados socialistas más pequeños, los cuales mantendrán su soberanía a pesar de pertenecer a un estado socialista más grande, el cuál será de carácter universal), que será remplazada por la sociedad colectivista mundial sin estado cuando se haya avanzado al comunismo​.

Aunque la ideología tiene una larga historia, el globalismo emergió como un conjunto dominante de ideologías asociadas a lo largo de finales del siglo XX. A medida que estas ideologías se afianzaron y se intensificaron varios procesos de globalización, contribuyeron a la consolidación de un imaginario global conectado.​ En sus escritos recientes, Manfred Steger y Paul James teorizaron este proceso en términos de cuatro niveles de cambio: cambios de ideas, ideologías, imaginaciones y ontologías. La empresa de denunciar el globalismo a menudo se ha centrado en personalidades u organizaciones, en su mayoría capitalistas, que se identifican como impulsoras de este proyecto, entre ellas: Richard Coudenhove-Kalergi, Clarence Streit, David Rockefeller, la Sociedad Fabiana, el grupo Bilderberg o la Comisión Trilateral.

Concepto en geopolítica
Theo Belok, autor del libro «TRUMP CONTRA EL GLOBALISMO», desde una perspectiva soberanista, define la diferencia esencial entre «globalismo», «globalización», «mundialización», y «tecnificación». Conceptos que muchas veces pueden confundirse:

Globalismo: es un sistema ideológico, que promueve la concentración del poder a escala mundial y la transferencia de la soberanía de las naciones, a entidades supranacionales, para conformar una estructura de poder global totalitaria. Para lograrlo propaga un conjunto de ideas que de manera directa o indirecta, conllevan a la disolución del Estado–Nación soberano y las libertades individuales.

Mundialización: es un proceso de desnacionalización del poder político.

Globalización: es un proceso de desnacionalización del poder económico y financiero.

Tecnificación: es el proceso de avances tecnológicos e industriales surgidos en Occidente, que revolucionaron para siempre el transporte y las comunicaciones. (Theo Belok, 2021) TRUMP CONTRA EL GLOBALISMO. Editorial Autores de Argentina. pp. 183.

Descripción
Paul James define el globalismo, «al menos en su uso más específico [...] como la ideología dominante y la subjetividad asociadas con diferentes formaciones históricamente dominantes de extensión global. La definición implica que hubo formas premodernas o tradicionales de globalismo. y la globalización mucho antes de que la fuerza impulsora del capitalismo buscara colonizar todos los rincones del mundo, por ejemplo, volviendo al Imperio Romano en el siglo II d. C., y quizás a los griegos del siglo V a. C.»​

Manfred Steger distingue entre diferentes globalismos como el «globalismo de la justicia», el «globalismo de la yihad» y el «globalismo de mercado». El globalismo de mercado incluye el liberalismo como ideología. En su libro de 2005 El colapso del globalismo y la reinvención del mundo, el filósofo canadiense John Ralston Saul trató el globalismo como colindante con el liberalismo y la globalización liberal. Argumentó que, lejos de ser una fuerza inevitable, la globalización ya se está dividiendo en partes contradictorias y que los ciudadanos están reafirmando sus intereses nacionales de manera positiva y destructiva.

Alternativamente, el politólogo estadounidense Joseph Nye, cofundador de la teoría de las relaciones internacionales del liberalismo, generalizó el término para argumentar que el globalismo se refiere a cualquier descripción y explicación de un mundo que se caracteriza por redes de conexiones que abarcan distancias multicontinentales; mientras que la globalización se refiere al aumento o disminución del grado de globalismo.​ Este uso del término se originó y continúa utilizándose en debates académicos sobre los desarrollos económicos, sociales y culturales que se describen como globalización.​ El término se usa de una manera específica y estrecha para describir una posición en el debate sobre el carácter histórico de la globalización (es decir, si la globalización tiene precedentes o no).

Los argumentos en contra del globalismo son similares a los movidos contra la globalización, entre los que se encuentran la pérdida de la identidad cultural, la eliminación de la historia comunitaria, el conflicto de civilizaciones, la pérdida de representación política y el colapso del proceso democrático a favor de una sociedad abierta gestionada globalmente.​ Sin embargo, el término «globalista» también se ha utilizado como un peyorativo dirigido a enemigos políticos: en la izquierda en el contexto del movimiento antiglobalización y las protestas de la década de 1990, y en la derecha como un peyorativo de los «cosmopolitas» o de quienes favorecen a los proyectos internacionalistas sobre los nacionales. Por ejemplo, durante la elección y mandato del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, él y miembros de su administración utilizaron el término «globalista» en múltiples ocasiones, algo que sus críticos denominaron un «silbato de perro» antisemita, con el fin de asociar a sus opositores con una conspiración judía.​ El término también se ha usado negativamente durante la pandemia de COVID-19 para describir a quienes promueven los confinamientos, mandatos de mascarillas y vacunas.



LOS TRATADOS DE LIBRE COMERCIO: UN ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA.

 

Después de la caída del comunismo soviético, después de la caída del simbólico «muro de Berlín», entramos en un periodo histórico en que las ciencias sociales y la teoría política quedan prácticamente huérfanas del paradigma, pues el modelo teórico marxista, que las había alimentado en las décadas de los 60, 70 y 80 ha quedado falsado. Esto no significa que todos los conceptos teóricos elaborados por el marxismo hayan perdido validez, ni mucho menos: plusvalía, explotación, alienación o ideología son categorías que siguen teniendo utilidad para el análisis de la realidad social y política. Pero deben verse ya a la luz de un paradigma nuevo, de una nueva ordenación teórica de la realidad: la caída del socialismo real, derrotado económica y políticamente por el capitalismo (sin derrota militar) ha falseado al marxismo como interpretación total de la historia y, sobre todo, como teoría de la revolución.

La caída del comunismo ha provocado también transformaciones radicales en las sociedades capitalistas. El capitalismo de base nacional y con ciertas preocupaciones «sociales» inspiradas en el miedo a la revolución o en la necesidad de estabilidad política, ha dada paso a otra forma de capitalismo: el capitalismo mundialista o globalismo, que es el tema de este artículo

¿Qué es el globalismo? En primer lugar, es importante señalar que, aunque se nos presente como una cuestión puramente económica (la economía global o globalizada) es mucho más: es un sistema ideológico, político y de control mundial, que tiene además la ventaja de no contar prácticamente con adversarios. A nivel ideológico, el practico desmantelamiento de la izquierda marxista ha dejado el camino despejado a los ideólogos «neocon» (muchos de ellos antiguos marxistas). La «izquierda» socialdemócrata no aspira a desmantelar al capitalismo, solamente a «gestionarlo de forma progresista». El movimiento antiglobalización de cierta izquierda alternativa prácticamente ha desaparecido y, actualmente, solamente fuerzas políticas patrióticas e identitarias se manifiestan en contra de este fenómeno.

Poco antes de la caída del comunismo soviético el capitalismo ya empieza su reconversión. Aparecen las empresas multinacionales, es decir aquellas grandes empresas que se inician en un país determinado pero que empiezan a extender su capital y sus instalaciones por países diversos, buscando siempre las condiciones sociopolíticas más adecuadas y esquivando las legislaciones que no le son favorables. Los estados nacionales, las fronteras, las soberanías e incluso las identidades empiezan a ser un obstáculo para este capitalismo transnacional.

Con la caída del bloque soviético se produce una profunda «revolución» en el mundo capitalista. Hay una importante ofensiva ideológica: teóricos como Hayek o Fufuyama, teorizan sobre el «final de la historia» que ahora no va ser el «paraíso» comunista, sino otro escenario igual de «paradisíaco»: el mundialismo de libre mercado. La mayoría de la población empieza a percibir las «leyes» del mercado y de la oferta y la demanda como leyes «naturales», tan naturales como la ley de la gravitación universal.

Las empresas multinacionales crecen en poder económico y político. Algunas acumulan más poder que muchos estados. Los estados nacionales entran en crisis por arriba y por abajo. Muchos antiguos estados de la Europa del Este son fragmentados, balcanizados en microestados de calderilla. Si alguna nación, como Serbia, se opone a este proceso es masacrada, bombardeada y criminalizado por una supuesta «comunidad internacional».

El componente económico del globalismo se puede resumir como la conjunción de tres elementos: la libre circulación de capitales, la libre circulación de mercancías y la «libre» circulación de personas. Una serie de tratados internacionales, impuestos por organizaciones transnacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Comunidad Económica Europea hacen posible esta libre circulación. Destacaremos entre ellos el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), el Tratado de Maastricht, y el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), y el más reciente, el tratado de MERCOSUR.

Al hablar de los tratados de libre comercio hay que distinguir entre aquellos que nacen del acuerdo entre estados concretos, como una relación recíproca, de aquellos otros que parten de la idea globalista de un gobierno mundial, bajo el cual se van a distribuir las funciones económicas y de producción entre los diversos países. Ya en los documentos de la denominada Comisión Trilateral (años 80) se hablaba de países «centrales» del desarrollo (USA, Europa Central y Japón), dedicados a la industria y a la tecnología de alto nivel, países «periféricos» (tercer mundo) dedicados a la agricultura y a industrias básicas deslocalizadas, y países «semiperifericos» (como España) dedicados básicamente al turismo y sin acceso a la alta tecnología.

El reciente tratado de libre comercio de la UE con el MERCOSUR es un ejemplo paradigmático de aplicación de libre comercio dogmático fundado en la utopía de un gobierno universal. En función de este tratado la UE exportará productos industriales, mientras que importará alimentos en forma de productos agrícolas y agropecuarios. El modelo es la distribución de funciones económicas por los diversos países del globo, los países centrales industrializados y los periféricos dedicados a una agricultura de monocultivo.

Los críticos con el MERCOSUR alegan, con razón, que este tratado puede significar la muerte de la agricultura y la ganadería española y francesa. Pero es que este es el objetivo de la UE. En su delirante utopía globalista, Francia debe ser industrial y España el bar de copas de Europa. Hay una voluntad política de acabar con la agricultura y la ganadería (también con la pesca) en Europa, y que toda la alimentación sea importada. Además, el agricultor, como persona ligada a la tierra, no casa con el modelo humano de nómada sin raíces en que se fundamenta la utopía globalista.

Frente a todo ello, los movimientos patrióticos, opuestos al globalismo, deben desarrollar una alternativa. No se trata de propugnar economías absolutamente cerradas y autárquicas, pero si de promover los mercados internos y de destinar a la exportación los excedentes. Veamos un ejemplo muy sencillo: si un país es un productor natural de naranjas (caso de España) estas deben destinarse al consumo interno, y únicamente los excedentes deben dedicarse a la exportación. En ningún momento deben importarse naranjas, y en caso de importación debe gravarse con aranceles que la desincentiven.

Lo que es absolutamente irracional es que un país productor de naranjas se dedique a exportarla, y después importe naranjas, a veces de dudosa calidad, para el consumo interno.

Los tratados de libre comercio impulsados por el globalismo (la UE) destruyen las economías locales y nacionales, provocan la destrucción de la agricultura y la ganadería y, por tanto, la despoblación del campo, y, para mas «inri», generan un movimiento mundial de mercancías con la consiguiente producción masiva de CO2, en flagrante contradicción con la supuesta «agenda verde» que este mismo globalismo impulsa.

Los tratados de libre comercio son armas de destrucción masiva.

Trump y el Estado profundo global. La escisión de Occidente.

 

Tras la llegada de Donald Trump y su equipo a la Casa Blanca, toda la arquitectura de las relaciones internacionales empezó a cambiar de manera fundamental. Uno de los fenómenos más importantes de esta nueva imagen global del mundo fue la escisión acelerada de Occidente. Mucha gente escribe y habla sobre ello, pero este fenómeno aún no ha recibido un análisis geopolítico e ideológico exhaustivo.

En primer lugar, la división de Occidente es de naturaleza ideológica. Los aspectos geopolíticos son secundarios. El hecho es que Trump y sus partidarios, que ganaron las elecciones estadounidenses en otoño de 2024, se oponen radicalmente al globalismo liberal. Y no se trata de una circunstancia momentánea o partidista, sino de una cuestión seria e importante. El actual jefe de la Casa Blanca basa toda su ideología, su política y su estrategia en una tesis central: la ideología liberal de izquierdas que dominó Occidente (y el mundo en su conjunto) durante varias décadas hasta la llegada de Trump y el inicio de los movimientos populistas en la UE, y que se vio especialmente reforzada tras el colapso del Bloque de Varsovia y la URSS, ha agotado por completo su potencial, no ha sabido hacer frente a las tareas de liderazgo mundial, ha socavado la soberanía de EEUU, que era el principal motor y cuartel general de la globalización, y ahora debe ser descartada de forma decidida e irreversible. Trump, a diferencia de los republicanos clásicos de las últimas décadas (por ejemplo, George W. Bush Jr.), no iba a corregir el globalismo en el espíritu de los neoconservadores, que insistían en el imperialismo agresivo directo para promover la democracia y fortalecer la unipolaridad sin contradecir a los demócratas en lo esencial. Trump, en cambio, está decidido a abolir por completo la globalización liberal en todas sus dimensiones proponiendo su propia visión de una arquitectura mundial. Si logrará hacer realidad sus ideas es una incógnita: la resistencia a las políticas de Trump crece día a día, pero la posición del presidente estadounidense es lo suficientemente fuerte y su apoyo popular lo suficientemente grande como para al menos intentarlo. Trump lo está intentando.

El trumpismo —al menos en teoría y en las expectativas de sus representantes más radicales— rechaza sistemática y consecuentemente el liberalismo de izquierda global. El sujeto para los liberales es toda la humanidad, que debe estar unida bajo un Gobierno Mundial (formado por liberales). Para ello es necesario fortalecer la hegemonía global de las democracias occidentales según el modelo de la unipolaridad y cuando todos sus oponentes (Rusia, China, Irán, Corea del Norte) y los que dudan sean derrotados y desmembrados, crear un mundo no polar.

Los Estados-nación deberán transferir gradualmente sus atribuciones a una autoridad supranacional (el Gobierno Mundial), que no será sólo el Estado profundo estadounidense u occidental, sino un Estado profundo mundial. De hecho, ya existe en la actualidad este Estado profundo en red: sus agentes y partidarios existen en prácticamente todas las sociedades, a menudo en puestos clave de la política, la economía, los negocios, la educación, la ciencia, la cultura y las finanzas. De hecho, la élite internacional moderna (mayoritariamente liberal, sea cual sea la sociedad a la que pertenezca) es la infraestructura en la que se basa dicho proyecto globalista.

La ideología de los liberales promueve el individualismo extremo, negando toda forma de identidad colectiva —étnica, religiosa, nacional, de género— e incluso la pertenencia a la propia especie humana, como se refleja en el programa de los transhumanistas y los defensores de la ecología profunda. Por lo tanto, la promoción de la migración ilegal, la política de género y la protección de cualquier minoría, hasta e incluyendo la teoría racial crítica (es decir, el racismo al revés), es parte integrante de la ideología liberal. Aquí, en lugar de naciones y pueblos, aparecen conjuntos puramente cuantitativos.

Mientras tanto, las élites liberales internacionales son cada vez más intolerantes con cualquier intento de criticarlas. Por eso están promoviendo activamente técnicas de control totalitario de la sociedad, entre ellas la creación de un perfil biológico de cada individuo, almacenado en Big Data. Bajo el lema de la «libertad», los liberales pretenden establecer, en esencia, una dictadura de tipo orwelliano.

Es precisamente esta ideología y las instituciones globales basadas en ella —tanto legales como ocultas— las que dominaban EEUU, Occidente y el mundo en general hasta la llegada de Trump. Naturalmente, con la excepción de Rusia, China, Irán y Corea del Norte, así como en parte Hungría, Eslovaquia y otros países que tomaron el camino de preservar y fortalecer su propia soberanía contra la presión de las estructuras globalistas.

El principal enfrentamiento se produjo entre los liberal-mundialistas, por un lado, y los países orientados a la multipolaridad, por otro. En su forma más radical, esto se manifestó en el conflicto ucraniano, donde el régimen nazi de Kiev fue especialmente creado, armado y apoyado por los liberal-globalistas para infligir una «derrota estratégica» a Rusia como polo de un orden mundial multipolar alternativo. En los países islámicos, las fuerzas islamistas radicales como ISIS, Al-Qaeda y sus derivados se utilizan con el mismo fin. De hecho, el régimen político globalista títere de Taiwán entra en la misma categoría.

Esto era lo que se llamaba comúnmente el Occidente colectivo antes de la llegada de Trump. En esta configuración, las posiciones de los países individuales y los gobiernos nacionales no jugaban un gran papel. El Estado profundo global tenía sus propios programas, objetivos y estrategias, donde los intereses nacionales simplemente no se tenían en cuenta. Esto se aplicó también a los Estados Unidos: los globalistas liberales del Partido Demócrata aplicaron sus políticas sin tener en cuenta los intereses de los estadounidenses de a pie. De ahí el crecimiento de la desigualdad social, los experimentos salvajes en política de género, la inundación de EE.UU. con inmigrantes ilegales, la desindustrialización del país, la degradación catastrófica del sistema sanitario, el fracaso de la educación, el fuerte aumento de la delincuencia, etcétera. Todo esto fue secundario frente a la dominación global de las élites liberales del mundo, que han puesto rumbo hacia una singularidad política, es decir, una transición universal hacia una nueva imagen posthumana del futuro, cuando la tecnología tenga que suplantar finalmente a los humanos.

Por supuesto, los países del Sur Global se resistieron pasivamente y el papel de Rusia de promover activamente un mundo multipolar planteó un desafío existencial al globalismo liberal. Pero, en general, el Occidente colectivo actuó de forma bastante sincronizada y consiguió consolidar en torno a sí, si no a la mayoría, sí a una parte significativa de la humanidad.

El Occidente colectivo siguió estas pautas hasta el último momento y se habría consolidado si Kamala Harris, la candidata del Estado profundo global, hubiera ganado las elecciones estadounidenses. Pero algo salió mal para los globalistas y Trump ganó: él no es su protegido. Además, el programa de Trump es directamente opuesto a los planes de los liberal-globalistas.

En primer lugar, Trump se opuso al Estado profundo, aunque, al principio, sólo en relación con Estados Unidos, contra la cúpula del Partido Demócrata y el ecosistema que los globalistas habían construido en la sociedad estadounidense durante las décadas de su gobierno. Sus redes lo han impregnado todo: el aparato administrativo, las agencias de inteligencia, el poder judicial en todos los niveles, la economía, el gobierno, el Pentágono, el sistema educativo, las escuelas, la medicina, las grandes empresas, la diplomacia, los medios de comunicación, la cultura. Durante años Estados Unidos ha sido un puesto avanzado del Occidente colectivo y la influencia de Estados Unidos en Europa y el resto del mundo se ha identificado firmemente con el liberalismo y el globalismo. Trump, sin embargo, ha declarado la guerra contra esas ideas.

Los primeros pasos de su administración estuvieron dirigidos a desmantelar el Estado profundo. La creación del DOGE bajo la dirección de Elon Musk, el cierre de la USAID, las reformas radicales en educación y medicina, el nombramiento de asociados (Vance, Hegseth, Patel, Gabbard, Bondi, Savino, Homan, Kennedy Jr.) convencidos y comprometidos con la ideología de Trump en puestos clave del Gobierno, el Pentágono y los servicios de inteligencia, se convirtieron en auténticas operaciones políticas e ideológicas dirigidas contra los liberales.

En su primer día en la Casa Blanca, Trump abolió por orden ejecutiva la política de género, la ideología woke y el DEI (promoción activa de las minorías). Inmediatamente comenzó la lucha contra la inmigración ilegal, la delincuencia y la entrada sin trabas de los cárteles mexicanos de la droga en Estados Unidos.

Una vez en el poder, Trump comenzó esencialmente a sacar a Estados Unidos del sistema colectivo occidental, colapsando las estructuras del Estado profundo global y destrozando el ecosistema de redes creado por los liberales durante décadas.

Al principio lo hizo de forma abierta y dramática. Elon Musk, en su red social X.com, asumió el papel del anti-Soros y comenzó a apoyar activamente a las fuerzas populistas de derechas en Europa y África, oponiéndose directamente a los globalistas. Los antiglobalistas recibieron el apoyo tanto del ideólogo de Trump Stephen Bannon como del vicepresidente Vance.

En consecuencia, la geopolítica de Trump presenta un panorama muy diferente al de los globalistas. Rechaza el internacionalismo liberal, exige un giro hacia el realismo en las relaciones internacionales y proclama que el objetivo supremo es la soberanía nacional de Estados Unidos como gran potencia. No reconoce ningún argumento a favor de la prioridad de promover el liberalismo a escala mundial en detrimento de los intereses estadounidenses. Endureció la política de inmigración hasta llegar a extremos, intentando que las industrias críticas vuelvan a Estados Unidos, sanear el sistema financiero y hacer realidad los intereses estratégicos en las inmediaciones de Estados Unidos, lo que significa que Canadá, Groenlandia y la seguridad de la frontera sur con México son la prioridad.

Es en este contexto general en el que debe verse la tan cacareada guerra de Rusia en Ucrania. Para Trump, como ha dicho muchas veces, esta no es su guerra. Fue preparada, instigada y luego librada por el Estado profundo global (esencialmente el Occidente colectivo). Al convertirse en presidente de Estados Unidos, Trump heredó esta guerra, pero dado que su ideología, políticas y estrategia se construyen casi en completa oposición a los globalistas, esta guerra es una guerra que quiere terminar lo antes posible. No sólo no es su política, sino que es lo contrario de su propio programa. Está mucho más preocupado por China que por Rusia, que no amenaza los intereses nacionales estadounidenses desde ninguna dirección en absoluto.

Los primeros pasos hacia la adopción de una estrategia liberal-globalista de la política exterior estadounidense fueron dados por Woodrow Wilson inmediatamente después del final de la Primera Guerra Mundial. Y desde entonces, con diversos giros y episodios, ha sido dominante en EEUU. Trump está decidido a abandonar esta política en favor del realismo clásico, la prioridad incondicional de la soberanía nacional y, de hecho, el reconocimiento de un mundo multipolar en el que pueden existir otras grandes potencias junto a Estados Unidos, aunque sus sistemas políticos no tengan que ser necesariamente liberal-democráticos. Y Trump niega categóricamente la idea de abolir los Estados-nación en favor de un gobierno mundial. En cuanto a la política de género, la migración, la cultura de la abolición y la legalización de la perversión, todo esto le resulta francamente repugnante a Trump, cosa que no oculta.

¿Qué conclusión podemos sacar de nuestro breve repaso? En primer lugar: la escisión del Occidente colectivo está en pleno apogeo y poco a poco un nuevo orden mundial, que recuerda mucho más a la multipolaridad, está ocupando el lugar de un sistema liberal-globalista único y monolítico con sus ramificaciones planetarias (de hecho, también en Rusia, desde finales de 1980 y sobre todo desde 1990, las redes liberales han penetrado hasta lo más alto y casi dominado el Estado hasta la llegada de Putin). En general, este giro corresponde a los intereses de Rusia tanto a corto como a largo plazo y la crisis del proyecto liberal-globalista, el debilitamiento y probable colapso del Estado profundo mundial sólo nos beneficiaran. De hecho, esto es por lo que estamos luchando: por un mundo en el que Rusia sea una gran potencia soberana, un sujeto y no un objeto.

La gravedad y profundidad de los cambios en la política mundial desde la llegada de Trump es un fenómeno muy importante. No es seguro que todo esto sea irreversible, pero, en cualquier caso, lo que Trump ha hecho, está haciendo y probablemente hará para dividir al Occidente colectivo, contribuye objetivamente al establecimiento y fortalecimiento de la multipolaridad. Dicho esto, no hay que subestimar las fuerzas de resistencia. El Estado profundo global es un fenómeno poderoso, muy serio, minucioso y profundamente escalonado. Y sería errado descartarlo precipitadamente. Estas estructuras siguen controlando los principales países europeos y siguen siendo extremadamente fuertes en Estados Unidos, y es el estado profundo global el que creó la Ucrania nazi moderna como estructura terrorista. Es con el Estado profundo global con el que estamos realmente en guerra. No con Occidente ni con Estados Unidos. Sólo el liderazgo en los Estados ha cambiado y con ello cambia el panorama. Pero el Estado profundo global no es reducible a Estados Unidos, la CIA, el Pentágono o Wall Street, sigue existiendo y continúa aplicando su política a escala mundial. Es muy probable —e incluso seguro— que los representantes del Estado profundo traten de influir en Trump, empujarlo a cometer errores y dar pasos fatales, sabotear sus esfuerzos e iniciativas, o simplemente eliminarlo en algún momento. Tales intentos, como sabemos, ya se han producido.

Por lo tanto, hoy más que nunca, valdría la pena emprender un examen serio y profundo de lo que realmente nos ocupa en la democracia liberal, sus teorías, sus valores, sus programas, sus objetivos, estrategias e instituciones. Esto no es tan fácil como parece: nosotros mismos estuvimos hasta hace poco bajo su control e influencia y quizá en cierto modo todavía lo estemos. Hasta que no comprendamos la verdadera naturaleza del enemigo, tendremos pocas posibilidades de derrotarlo. En Ucrania no estamos en guerra con los ucranianos, ni con Estados Unidos, ni siquiera con el Occidente colectivo, que se está derrumbando ante nuestros ojos. La naturaleza de nuestro enemigo es diferente. Queda por ver cuál es.

UNA CIVILIZACIÓN CONTRA SÍ MISMA.

 

La lucha de los evangélicos dispensacionalistas (la administración de Trump) contra la Iglesia católica es la fase final de la Reforma radical. Muchos cabos sueltos que quedaron sin resolver en el siglo XVII resurgen ahora, como la Quinta Monarquía. Ahí está la clave. Y Sabbatai Zevi, por supuesto.

El socialismo hizo que la empatía y la compasión fueran obligatorias, demasiado formales. Pero si no tienes esas cualidades, no eres humano. La ironía calvinista de Elon Musk sobre la empatía es moralmente repugnante. En Trump vemos lo malvados, crueles y horribles que son el egocentrismo y el narcisismo.

Ayn Rand y su «filosofía» es puro satanismo. Es el manifiesto de las élites de Epstein. Pero no se trata de una idea marginal. Es la esencia misma del capitalismo occidental (principalmente anglosajón). Sombart ha explicado a fondo el origen del capitalismo y su vínculo con la usura.

Cada vez es más evidente que Estados Unidos necesita urgentemente un tercer partido (movimiento, corriente). Ni el globalismo liberal de izquierda, ni el trumpismo satano-calvinista y sionista. Este movimiento necesita de una ideología, filosofía, sociología, historia de las religiones, moral y economía propias.

El cristianismo en Occidente es solo un dolor fantasma. Fue aniquilado hace mucho, mucho tiempo por la Modernidad basada en la ciencia materialista, el ateísmo, el individualismo, la democracia y el capitalismo. La Modernidad ha transformado a Occidente en una civilización no cristiana sino anticristiana.

Hay un plan geopolítico en la sombra del evidente delirio de la América trumpista. Es la estrategia para salvar la unipolaridad por los medios más duros: genocidio masivo, 3GM, armas nucleares, múltiples intervenciones que provoquen guerras regionales simultáneas. Ya han agotado los demás medios.

Detrás de la locura de Trump podemos leer el plan B del globalismo: la destrucción de la humanidad como precio a pagar por el control de la élite occidental. Es la lógica del globalismo radical. El liberalismo fue aplastado debido a su (hipócrita) «empatía» y a su obsesión woke.

Todo se estructura en torno al dilema entre unipolaridad y multipolaridad. Occidente ha sacrificado su identidad, cultura, tradiciones y valores por una sola cosa: el poder global. Lo tuvo durante el momento unipolar (1989-actualidad), pero esté ha empezado a resquebrajarse.

Occidente considera que aún puede conservar el poder global sacrificando cada vez más su identidad (plan globalista liberal). El plan de Trump/Israel consiste en reafirmar la identidad occidental (sionista/sionista cristiana) con una lucha desesperada por conservar su fuerza y hegemonía. Ambos son insuperables.

La multipolaridad es la única y exclusiva salida a la situación. Solo se podría conservar América y/o Europa compartiendo el poder global con otros polos. No pueden quedárselo todo para ustedes, al menos ya no. De eso trata la 3GM.

Estados Unidos está en manos de un loco cruel. La UE es una junta de globalistas pervertidos y desquiciados. Los líderes prooccidentales son payasos, maníacos locos y patéticos. El retrato colectivo del Occidente actual es un auténtico desastre. No tiene nada de atractivo. Es repulsivo. Y el futuro promete algo peor.

OLA MULTIPOLAR

 

El seguimiento de la multipolaridad es ahora más pertinente que nunca. Es a través del prisma del auge de la multipolaridad y del declive de la unipolaridad como deben interpretarse los grandes acontecimientos mundiales.

Por ejemplo, el escándalo diplomático entre Canadá e India por el asesinato de un sij en Canadá. India empieza poco a poco a demostrar su soberanía de forma más activa.

El candidato presidencial estadounidense Vivek Ramaswamy, con su programa estrictamente paleoconservador y antiglobalización (como Trump), es otro síntoma. Sí, Rishi Sunak es un globalista hindú y un atlantista, ahora una India diferente se está dando a conocer.

Por cierto, la India ya no existe. Ese nombre colonial ha sido sustituido por un nombre anticolonial, antiguo y soberano: Bharat.

Cada vez más hindúes consideran a Narendra Modi un avatar. Y la dimensión avatárica del gobernante es la base divina de la soberanía profunda.

La victoria electoral de Fico en Eslovaquia es otro claro ejemplo de la ola multipolar. Su retirada del apoyo a los nazis de Kiev, los más ardientes propiciadores del globalismo, también es un síntoma.

Pasemos ahora a los propios EEUU. El cierre de EEUU como explicó Dimitri Symes, no detendrá por completo el apoyo a los terroristas ucranianos, pero aumentará la volatilidad en EEUU, el centro del sistema unipolar. Un poco, pero también bastante multipolar.

Cuantos más problemas tiene la unipolaridad, mejor le van las cosas a la multipolaridad. Es como los vasos comunicantes: si uno entra, el otro sale.

Rusia mantiene el frente, y eso es muy importante para la ola multipolar. Quizá más importante que cualquier otra cosa. Al fin y al cabo, fue Rusia la primera en entrar en conflicto militar directo con el sistema globalista obstinadamente unipolar que la administración Biden y los neoconservadores que la orquestan tratan desesperadamente de salvar. El mundo empieza cada vez más a darse cuenta de ello, especialmente los BRICS y los países árabes.

En África Occidental, el Imperio precolonial de Malí está reviviendo en la meseta de Manden. Malí, Burkina Faso, Níger y Guinea están formando un bloque anticolonial como núcleo de la resistencia panafricana al globalismo. La entrada del único país de África que nunca ha perdido su independencia, Etiopía, en el BRICS es otro momento simbólico de la ola multipolar.

Así que poco a poco todo se va sumando en el mosaico de un nuevo orden mundial.

Las escapadas de Elon Musk en Twitter, que ahora es X (como portal de los polacos antiglobalización y euroasiáticos) y propiedad del propio Musk, son también un síntoma. La red X también ha desbloqueado mi cuenta, que antes había sido destruida. Sin la censura globalista, el antiguo tuitero fue acusado de ser un «portavoz de la propaganda y la desinformación rusas». La libertad de expresión en cualquiera de sus formas se considera ahora «propaganda rusa». El salvajismo de la agonizante élite globalista, que trata feroz y desesperadamente de salvar su hegemonía agrietada a toda costa, es cada vez más evidente incluso en Occidente. Quizá esta administración estadounidense pase a la historia como el último intento de preservar el mundo unipolar.

Las agencias de noticias, citando a un funcionario europeo anónimo entrevistado por Politico, informan de que los países de la UE ya no suministrarán a Kiev armas de sus propios arsenales debido a la amenaza a la seguridad dentro de la propia Europa. Quizá sea ésta la forma que tiene la UE de prepararse para la guerra con Rusia. O quizá, por el contrario, ya se está orientando a salir del modo de escalada.

Otra consideración. Parece que hay algún centro en lo más alto de la propia Rusia que no acepta la ola multipolar y quiere que todo vuelva a ser como antes. Tal vez no sean agentes de influencia directa, sino aquellos que comparten sinceramente los principios y valores del globalismo liberal. Su presencia afecta a todas partes. De hecho, hay una corriente invisible en marcha dentro de la propia Rusia, donde el enemigo resiste tan ferozmente como el régimen de Kiev en Ucrania e incluso intenta organizar un contraataque de vez en cuando. Ya sea mediante encuestas sociales falsas, en las que supuestamente una minoría apoya la Victoria, o saboteando la movilización de la sociedad, o guardando silencio sobre la SWO, o contribuyendo a la desestabilización social mediante una política provocadora de migración incontrolada, o siguiendo una estrategia económica y financiera que mina nuestras fuerzas desde dentro. No es fácil descubrir el núcleo de esta fuerza hostil, su cuartel general, su residencia clave. Pero me temo que sin esto nos resultará muy difícil librar una guerra en dirección a la victoria.

Rusia debe prepararse para la acometida. La purga de sus propias filas es inevitable.

Fuente: Aleksandr Duguin

ALEKSANDR DUGIN: «DE HECHO, NOS HEMOS CONVERTIDO EN EL MODELO DE TRUMP».

 

El filósofo Aleksandr Dugin dijo al portal BUSINESS Online, al margen del Foro Económico de Moscú, que: «Ahora nos encontramos en un caso único en el que ellos quieren lo que nosotros tenemos, nosotros queremos lo mismo que Trump. En principio, podemos estimularnos y apoyarnos mutuamente en la determinación y la voluntad de acabar con el globalismo y el liberalismo». Sergey Glazyev llamó a romper el círculo vicioso de la política monetaria del Banco Central en la sesión plenaria, mientras que Dugin habló sobre los beneficios de la autarquía y la creación de edificios de un solo piso. El fundador del foro, Konstantin Babkin, debatió sobre el «mundo multicolor».

«Estoy profundamente convencido de que nuestro país lo tiene todo para desarrollarse de forma dinámica en términos económicos y sociales», declaró hoy con confianza Konstantin Babkin, Presidente de la asociación Rosspetsmash, al inaugurar el Foro Económico de Moscú (FEM). El evento, en el que se dan cita los principales patriotas de Rusia, se celebra por segundo año consecutivo en el Digital Business Space, en pleno centro de la capital. En esta ocasión, el foro estuvo dedicado al tema de la «Demografía: tradición e industrialización». El por qué Rusia, siendo un país rico en recursos y talento, está desarrollando y reproduciendo de forma muy lenta su población, es un tema que debatirán los expertos del IEF durante dos días. Y la primera sesión plenaria, inaugural, llamada «Nueva industrialización y multiplicación de la población», de hecho, marcó la pauta de todas las siguientes.

«El tiempo para el inicio de un desarrollo dinámico se nos escapa constantemente, nos elude, y vemos que nuestro país se está quedando atrás en el ritmo de desarrollo en comparación con muchos otros países del mundo», se lamentó Babkin. En su opinión, la razón principal es que quienes ahora determinan la política económica en Rusia, razonan bajo las categorías del dinero, creyendo que la economía es la esfera de producción del dinero aumentando el PIB. «Y estamos hablando de que, de hecho, el ganador en la competición económica no será la sociedad, ni el Estado que tenga más dinero, sino el que atraiga a más población de su lado. La sociedad que ganará será la que cree oportunidades para que la gente muestre su talento y la estimule a dedicarse a actividades creativas», describió el moderador.

Está seguro de que esto contradice fundamentalmente la lógica de hacer dinero que siguen los economistas en el poder. Por ejemplo, el Ministerio de Hacienda trata de recaudar el mayor número posible de impuestos para que el Estado tenga dinero. Según Babkin, el resultado es que se grava en exceso a quienes trabajan en empresas industriales, ya que es más fácil recaudar de ellos. Por eso esas personas pagan el 53% de sus ingresos, frente a los autónomos, que sólo tributan el 6%. «Y nosotros decimos: “Necesitamos desarrollo”. Y los economistas que miden el éxito en dinero dicen: “El desarrollo es secundario, necesitamos dinero”. Así que recaudaremos muchos impuestos». Y no importa que el desarrollo y la industria se ralenticen», continuó Babkin.

Existe el mismo conjunto de contradicciones en otros ámbitos. En lugar de una política monetaria que estimule la creación, existe otra que garantizaría la estabilidad financiera. En lugar del progreso tecnológico y de una sociedad sana que preservara la continuidad y las tradiciones de los antepasados, existe el deseo de «convertir a la humanidad en una masa gris homogénea, a la que conviene vender productos estandarizados». «Las estructuras estatales no hacen nada para evitar esos procesos. Vemos la denigración de la historia de Rusia, la propagación del individualismo, la imposición de estándares culturales ajenos, sueños ajenos y el estímulo de la emigración», subrayó Babkin.

Está seguro de que Rusia necesita un «mundo multicolor» que no vista la misma ropa ni escuche la misma música. «Un mundo multicolor tiene muchas más oportunidades de desarrollarse en armonía, sin conflictos. Nuestras naciones, civilizaciones y comunidades pueden enriquecerse mutuamente. Esto es tan importante para la preservación de la humanidad como la diversidad de especies lo es para la diversidad de la vida en la Tierra», afirmó Babkin.

El profesor de la Academia Rusa de Ciencias, el economista Sergei Glazyev cree que hay tres razones para el desastre demográfico: la monstruosa desigualdad social, los bajos salarios de una parte significativa de la población activa y el culto al consumismo. «Todo esto junto destruye las familias, no da la oportunidad de formar familias numerosas a la mayoría de los ciudadanos», dijo el ponente. Para él, la salida está en una política de nueva industrialización.

Glazyev recordó que a finales de 2024 Rusia registró altas tasas de crecimiento, que se lograron no gracias a la actual situación macroeconómica, sino a pesar de ella. Como resultado, el bloque económico simplemente subestima las posibilidades de desarrollo económico. Como ejemplo, citó al Banco Central, donde se tiene la certeza de que Rusia está al límite de producción. Glazyev cree que «las oportunidades son enormes», ya que la utilización de las capacidades de producción no supera el 65% e incluso es menor en la construcción de maquinaria. Al mismo tiempo, las exportaciones de capital en los últimos 15 años han alcanzado cerca de un billón de dólares. «Si este dinero se invirtiera en inversiones, la tasa de acumulación sería 1,5 veces mayor, podríamos desarrollarnos más rápidamente», opina el economista.

Al mismo tiempo, el Banco Central cree que la economía funciona al límite de su potencial, ya que el país tiene un bajo desempleo. Se guían por la curva de Phillips, que «la ciencia económica rechazó hace 50 años». Su esencia es que supuestamente existe un patrón: a menor desempleo, mayor inflación. «Así, luchan contra el empleo, pero en realidad deberíamos hablar de sobreexplotación del trabajo. Nuestro trabajador produce 3 veces más por unidad de salario que en Europa. Hoy, los salarios son incluso más bajos que en China», explicó Glazyev.

El crecimiento del orden estatal, respaldado por el crecimiento desmesurado de la inversión en varios sectores, ha resuelto este conflicto en los últimos años. «Hay potencial de crecimiento, es al menos del 8% anual. Podríamos producir una cuarta parte más de lo que producimos si nos aseguráramos de que todos los recursos disponibles se dedican al proceso de producción», afirma el economista.

Sin embargo, no se puede despegar aún más, porque el crédito, sin el cual el desarrollo económico es imposible, no está disponible. Si no hay crédito, no puede haber inversión, que sólo es irrealizable en capital circulante. Por lo tanto, Rusia necesita aumentar el crédito y la inversión, así como incrementar el gasto en la introducción de nuevas tecnologías. «Seguimos invirtiendo la mitad que en los últimos años de la Unión Soviética. El ritmo de acumulación de capital es insuficiente incluso para la simple reproducción, por no hablar del desarrollo», señaló Glazyev.

En su opinión, las autoridades monetarias no han hecho más que llevar al país a un círculo vicioso, en el que combaten la inflación subiendo los tipos de interés y reprimiendo la demanda. Como resultado, los tipos de interés más altos provocan una reducción de la inversión, lo que se traduce en un retraso tecnológico, que lleva a una disminución de la competitividad, por la que la devaluación del rublo tiene que pagar el precio. «La devaluación del rublo es el principal factor de las oleadas inflacionistas. Este círculo vicioso hace imposible alcanzar los objetivos de inflación. Llevan más de 10 años dedicados a los objetivos de inflación, y estamos muy lejos del objetivo de inflación del 4%, que es su tope», señaló Glazyev.

En su opinión, la inflación sólo puede reducirse mediante el progreso científico y tecnológico, porque permite reducir costes, fabricar productos, aumentar la productividad laboral, mejorar la calidad y garantizar la estabilidad a largo plazo. «Por lo tanto, para alcanzar el desarrollo avanzado con una tasa de al menos el 8% anual, es necesario romper el círculo vicioso de la política monetaria y llegar al círculo de la prosperidad económica», subrayó el economista.

El filósofo Alexander Dugin contó que Andrei Belousov celebró una sesión estratégica sobre el desarrollo de Rusia cuando era Viceprimer Ministro. Entonces llegaron a la conclusión de que era necesario definir el tema del desarrollo. Para los globalistas, se trata de la economía mundial. Este enfoque dominó hasta el comienzo de la Operación Militar Especial. «El presidente ya rechazó esta idea, la de que existe un único sujeto global de desarrollo», asegura el filósofo.

Dugin propuso dos modelos. En primer lugar, es posible considerar sujeto del desarrollo a un Estado soberano, que intenta compensarlo todo mediante la sustitución de importaciones. Rusia ya lo está haciendo: toma las esferas y áreas que se están desarrollando en Occidente e intenta encontrar un equivalente, de hecho, intenta sustituir a la civilización occidental. Esto significa que es necesario no sólo dedicarse a la sustitución de importaciones de tecnologías occidentales, sino «encontrar su propio camino hacia una meta particular».

Al mismo tiempo, Dugin recordó que a Vladimir Putin no le gusta el concepto de «autarquía» y ha dicho muchas veces que el país no seguirá ese camino. «Pero si hablamos de una civilización soberana, debemos aceptar la teoría de Friedrich List sobre la autarquía de los grandes espacios», opina el filósofo. Y añadió que Rusia es precisamente un gran espacio.

Dugin subrayó que la misma senda sigue ahora Estados Unidos, que ha descubierto que el globalismo es un callejón sin salida. «Es la confirmación de que tenemos razón. Ahora Estados Unidos quiere construir su propio Estado-civilización», declaró el filósofo al corresponsal de «BUSINESS Online» al margen del foro. Estados Unidos está abandonando el globalismo y volviendo a los valores tradicionales. De hecho, actuamos como modelo para Trump. Los trumpistas vienen y dicen: «Queremos ser como vosotros». Este es un caso único en el que ellos quieren ser como nosotros, nosotros queremos ser como Trump. En principio, podemos estimularnos y apoyarnos mutuamente en la determinación y la voluntad de acabar con el globalismo y el liberalismo. Por lo tanto, el filósofo está seguro de que el acercamiento de Rusia a la América trumpista no hará sino reforzar el deseo y la aspiración de  los Estados-civilización de construir un mundo multipolar.

Para la autarquía y el desarrollo soberano, cree el filósofo, Rusia necesita aumentar drásticamente sus indicadores demográficos, es decir, el número de familias con muchos hijos. Para ello es necesario, en primer lugar, volver a la sociedad tradicional, donde la maternidad es un deber sagrado, y, en segundo lugar, desarticular las megaciudades. «La tierra empuja a la gente a tener hijos, a criarlos, en grandes números. La creación de una Rusia de un solo piso impulsará el desarrollo tecnológico», aseguró Dugin.

Nacionalización del Banco de Rusia y un impuesto del 20% para los hombres sin hijos

El diputado de la Duma Nikolai Kolomeitsev, del CPRF, empezó a criticar al bloque económico del Gobierno, en concreto a Elvira Nabiullina, a quien calificó de «hiperliberal seguidora de Chubais», y a Anton Siluanov, quien, «salvo en el Ministerio de Finanzas, nunca ha trabajado en ningún sitio», pero ha pasado por la escuela de Anatoly Chubais y Alexei Kudrin. Tanto el jefe del Banco Central como el ministro de Finanzas, en opinión del diputado, predican «el principio del consenso de Washington».

Kolomeitsev se refirió además a la dualidad que se produce cuando las estadísticas muestran resultados positivos en 2024, pero en realidad las empresas se encuentran en un estado previo a la quiebra. Por un lado, crece el número de familias numerosas, pero al mismo tiempo 50 millones de rusos tienen préstamos, de los cuales un tercio tiene de tres a cinco préstamos, y otros 8 millones tienen préstamos de organizaciones microfinancieras. Como resultado, 431.000 rusos se declararon en quiebra el año pasado y más de 1,5 millones de personas se han declarado en quiebra desde hace varios años. «Esto demuestra que la tendencia al empobrecimiento de la sociedad es evidente», subrayó Kolomeitsev.

Pero los bancos están «engordando»: ganaron 4 billones de rublos para 2024, mientras que 19 sectores de la economía tienen una rentabilidad inferior al 13% y 10 sectores por debajo del 10%. Esto sugiere que el tipo de interés básico ha acabado con las ganas de invertir de todos los bancos. «¿Por qué invertir en negocios arriesgados cuando pueden poner y obtener dinero del helicóptero?», se indignó el diputado, señalando que de esta forma «se comen el futuro».

«¡Necesitamos nacionalizar el Banco de Rusia!», instó Kolomeitsev, lo que provocó un aplauso desenfrenado en la sala. Pero antes, en su opinión, el Banco Central debe responsabilizarse del crecimiento económico. Calificó el tipo director del 21% de «matar la economía» y de intento de «combatir la parafina con fuego». Así, el miembro del partido comunista está seguro de que la política de objetivos de inflación no está determinada por nada, salvo por el deseo de estrangular la economía. Al mismo tiempo, Kolomeitsev prometió que la facción del PCFR planteará la cuestión de la censura a Nabiullina cuando ésta se presente ante la Duma Estatal.

«La tradición es lo más correcto que puede revivirnos. Tenemos que pasar de la economía de absorción de fondos a la economía de resolución de problemas. Entonces resolveremos muchos problemas e iniciaremos la reactivación del país, en lugar de estar estancados pasando de crisis en crisis», subrayó Kolomeitsev.

Stanislav Naumov, diputado de la Duma Estatal por el LDPR, se mostró preocupado por la política migratoria cuando, en lugar de aumentar la productividad laboral, Rusia abre sus puertas a los trabajadores inmigrantes ilegales. «Este es el riesgo más importante y una amenaza para la solución de las tareas demográficas», opina. Por eso, dijo, la Duma Estatal aprobó 14 leyes en 2024 destinadas a combatir a los inmigrantes ilegales. Sin embargo, el Gobierno de Mijaíl Mishustin aún no ha presentado un nuevo concepto de política migratoria. «Es importante no repetir el error de la década de 2000, no engañarnos pensando que con la ayuda de mano de obra barata y extranjeros poco cualificados podemos resolver las tareas de la nueva industrialización. Hay que mirar al futuro y fomentar las familias con muchos hijos, y en algún lugar el nacimiento del primer hijo», aseguro Naumov.

Victor Taranin, director general de Dashkovka, tenía su propia y curiosa opinión sobre la solución de los problemas demográficos. En primer lugar, propuso pagar subsidios a las mujeres no hasta el año y medio, sino hasta los tres años. En segundo lugar, para resolver el problema de los abortos, Taranin cree necesario abrir hogares para bebés y dar a las mujeres la oportunidad de llevar a sus hijos a allí. En tercer lugar, habría que introducir un impuesto del 20% por no tener hijos y ampliarlo a los hombres solteros de entre 25 y 45 años.

- ¡Ooh! - reaccionó un joven en primera fila.

- Joven, ¿por qué no te casas?, dijo Taranin.

- Las mujeres quieren diamantes, Dubai…, empezó a responder el hombre al público.

Pero el orador, al parecer, no le entendió y creyó que el joven quería diamantes y un viaje a Dubai. «¡No tendrás nada en el futuro, y tu apellido caerá en el olvido!», respondió Taranin, indignado por el hecho de que sea posible divorciarse «en la cama».

- Toda accesibilidad y permisividad conducen a que nuestra tasa de natalidad sea mala», se lamentó el orador.

- ¿Por qué no gravar a las mujeres, sino a los hombres?, volvió a indignarse un joven de la primera fila.

- Porque usted es un hombre, sonrió Taranin entre risas y aplausos del público. Un hombre siempre debe ser dirigido por una mujer.

Después pasamos a las preguntas que recibieron los ponentes. Por ejemplo, a Dugin se le preguntó sobre cuál debería ser la verdadera élite del futuro y de dónde procedería. El filósofo respondió que Putin ve la nueva élite en los héroes de la Operación Militar Especial. «En su tiempo, Hegel dijo que el Estado crea una clase de hombres valientes. Esta clase de hombres valientes son héroes, traen la victoria a su pueblo. Luego son constructores, creadores. Y luego empiezan a dejar de lado sus obligaciones. De hecho, los que pelean en la guerra, que buscan la victoria, merecen ser la élite», explicó Dugin. También cree que la élite puede estar formada por pasionarios que «hacen 100 veces más que los demás». Ahora la élite, según Dugin, está formada por gente de a pie.

«Rusia es el mejor lugar del mundo para crear, para inventar. Para mostrar talentos, para hacer tecnología, para lanzar drones y conquistar Marte», resumió Babkin en la sesión plenaria. «Para que los drones puedan llevar nuestros deseos y sueños a los distintos confines del Universo. Rusia es el punto de partida. Pero tenemos que adecuar la política económica, demográfica y cultural a las exigencias de la modernidad y entonces lo tendremos todo».

CINCO FRENTES CONTRA EL GLOBALISMO Y LA UNIPOLARIDAD

 

Ahora que estamos en vísperas del 2024 vale la pena hacer un repaso del panorama mundial y en especial de las principales tendencias geopolíticas. A grandes rasgos, nos encontramos en un momento de transición de la unipolaridad a la multipolaridad y este año la multipolaridad ha sido impulsada por la ampliación de los BRICS-10 (Argentina, que acababa de ingresar a esta organización, se ha salido debido al triunfo del payaso globalista Javier Milei). La reciente visita triunfal de Vladimir Putin a los Estados Árabes Unidos y Arabia Saudí, seguida de largas conversaciones con el presidente iraní Raisi, demuestran que Rusia se ha tomado en serio el tema de la multipolaridad, especialmente de cara al 2024 cuando asuma la presidencia de los BRICS durante todo ese año. Resulta interesante que a finales de este año otro síntoma de la transición a la multipolaridad se haya manifestado: el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ha anunciado su deseo de reclamar parte del territorio de la Guyana Británica como suyo. En su canal de Telegram, «Escritos de un Tradicionalista», Maxim Medovarov sostiene que la Guyana fue creada por el maligno político atlantista Lord Palmerston quien «apoyó el desmembramiento de la Gran Colombia después de la muerte de Bolívar, además de arrebatar el pedazo del Esequibo para que formara parte de la Guyana Británica»(1). El Esequibo, junto con las Malvinas, es otro de los frentes de la multipolaridad, siendo estos, tanto potenciales o reales, un total de cinco:
  1. El primero es la guerra abierta de Rusia contra el Occidente colectivo y especialmente el globalismo estadounidense (anglosajón) en Ucrania. Esta última es una guerra civil entre los rusos partidarios del imperio contra los rusos partidarios del atlantismo y que han traicionado su identidad rusa. Los rusos atlantistas están siendo utilizados por las fuerzas al servicio de la unipolaridad occidental.
  2. La consolidación del mundo islámico (aunque demasiado lentamente) en contra de Israel y el genocidio sistemático de la población árabe. Occidente apoya a Israel en Medio Oriente, considerándolo su principal representante.
  3. El bloque de países anticolonialistas que esta surgiendo en África Occidental (Malí, Burkina Faso, Níger, RCA, Gabón) en contra de los regímenes pro-colonialistas (atlantistas) y en particular en contra de la Francia globalista liderada por Macron. Este es otro de esos escenarios geopolíticos donde un gran conflicto regional puede estallar en cualquier momento.
  4. La potencial confrontación entre Taiwán y la China continental que preocupa a los Estados Unidos y que puede desembocar en un conflicto abierto.
  5. Las declaraciones de Venezuela a favor de retomar el Esequibo en contra de una entidad colonialista y atlantista creada artificialmente. A esto se suma el conflicto por las Malvinas que podría acelerarse en el caso de que se produzca una destitución del payaso globalista que hoy gobierna Argentina (es lo que pasa cuando el peronismo revolucionario capitula ante el liberalismo, como lo hizo Sergio Massa).
Por otro lado, la India (Bharat) ocupa un lugar muy especial en esta heptarquía multipolar: se trata de un Estado-Civilización independiente que estratégicamente es cercano a los Estados Unidos debido a sus conflictos con China y Pakistán y, más ampliamente, con el mundo islámico. Al mismo tiempo, la India mantiene buenas relaciones con Rusia, África y América Latina. La India no tiene disputas directas con el globalismo, salvo el terrible legado de la colonización británica. Anteriormente, Occidente apoyaba el Islam radical y Pakistán. Esto sigue aconteciendo parcialmente, pero hoy los globalistas buscan una confrontación directa entre la India y China.

Los atlantistas y los partidarios de la unipolaridad buscan este objetivo a cualquier precio y resulta interesante que Liz Truss, en abril del 2022, cuando era Ministra de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, habló de «un retorno de la geopolítica»(2). Truss fue por un breve período de tiempo Primera Ministra de Gran Bretaña, durante este período realizó una gira por los Estados Unidos intentando influir a los republicanos para que apoyaran, según el espíritu atlantista, la guerra de Kiev contra Moscú. En ese entonces declaró que «Ucrania, Israel y Taiwán no son guerras diferentes, sino la misma»(3). Tal punto de vista es geopolíticamente correcto y puede aplicarse tanto a las actuales tenciones en el África Occidental como al Esequibo. Toda la heptarquía multipolar (Occidente, Rusia, China, India, el mundo islámico, África, América Latina) se ha divido de acuerdo a una lucha de Occidente en contra de los otros seis polos de poder. Los globalistas se han dado cuenta de ello, aunque consideran que el único polo real es Occidente, los demás polos son vasallos (no soberanos) y deberían estar en conflictos entre ellos, no contra Occidente. Es extremadamente importante que Rusia comprenda esto claramente, ya que esta confrontación global de los otros seis polos soberanos en contra de Occidente es fundamental. En un articulo publicado por la revista Razvedchik, titulado «2024: el año del despertar geopolítico», el jefe del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia, Serguéi Narishkin, dice que «el próximo año estará marcado por una intensificación de la confrontación entre el principio geopolítico anglosajón de divide y vencerás contra el principio continental de une y gobernarás. Los síntomas de esta confrontación se manifestarán en todas las regiones del mundo, incluyendo las más remotas: desde el espacio postsoviético, el más importante para nosotros, hasta Sudamérica y el Océano Pacífico»(4). Así que tendremos que «unir y gobernar» los territorios eurasiáticos, en primer lugar Ucrania, que nos ha traicionado. Nuestros enemigos seguirán intentando «dividirnos y vencernos», tratando por todos los medios de enemistar entre sí a los otros seis polos emergentes de la heptarquía multipolar: Rusia, India, China, el mundo islámico, África y América Latina. Nuestros enemigos solo quieren que exista un mundo: el suyo. Es por eso que rechazan y demonizan la existencia de otros mundos que no sean el occidental, especialmente el mundo ruso. Debemos comprender claramente que los cinco frentes de lucha que están apareciendo en contra del mundo unipolar y la hegemonía occidental son todos frentes de una misma guerra.

LA SOBERANÍA ESPIRITUAL

 

El ABC de Aleksandr Dugin

En la primavera de 2017, el pensador ruso Aleksandr Dugin visitó la Argentina. Por esas cosas del destino, o mejor aún, de la Providencia, el 20 de noviembre, jornada en la que en esta bendita tierra celebramos el Día de la Soberanía Nacional, Dugin habló ante un grupo de argentinos en la mediterránea provincia de Córdoba. La ocasión lo ameritaba y Dugin, tomando en sus manos la antorcha imaginaria de la rebeldía gaucha frente a los intereses internacionales, hizo hincapié en la idea de soberanía para exponer aquello que hemos denominado, un «ABC» de sus ideas metapolíticas. 

La tesis central de la ponencia de Dugin fue la siguiente: la forma más importante de la soberanía, es la soberanía del espíritu. El espíritu es la instancia de la decisión libre, el locus de la libertad, la morada en la que el logos habla. 

Ahora bien, esta soberanía como realidad y tarea de orden espiritual, no se limita a lo individual. Desde el momento en que nacemos atravesados por una lengua común, suponemos una comunidad, un ethos cultural, una identidad.

Frente a esta soberanía, se levanta como amenaza, un proceso de globalización, que es a su vez la expresión de la hegemonía liberal. Dugin sostiene que la esencia del liberalismo, traducida hoy en globalismo, es justamente la des-soberanización. Planteada esta amenaza, el pensador ruso siguiendo a Carl Schmitt sostiene que es la identidad de los pueblos, su soberanía espiritual la que justamente funda la posibilidad de un pluriverso. Ese otro distinto a mí, es la condición para descubrir y afirmar lo propio. Sobre este punto quisiéramos aportar una breve nota: si bien los otros son causa dispositiva para la reafirmación de mi propia identidad, ello no indica que mi razón de ser se subsuma en un mero sed contra. Si bien la tensión dialéctica es parte esencial de la geopolítica, filosóficamente es peligroso definir mi propia identidad como «contraria a», y esto, por una clarividente razón: si es así, yo no soy. Soy, en la medida que existe un otro frente a mí.

La hegemonía globalista entonces impone frente a lo esencial de cada comunidad, valores «universales» y lo destacamos entre comillas porque estos valores universales, no tienen nada que ver con la objetividad apriórica del valor desarrollada por Max Scheler; es más, esta hegemonía globalista es hija putativa de los restos de Kant, frente al cual asentó su ética material de los valores el gran filósofo muniqués. Expone Dugin al respecto:

«Cuando consideramos en qué consiste la universalidad de los valores que imponen los globalistas, nos damos cuenta que no son valores occidentales en sentido estricto, porque la mayoría de la historia occidental no ha compartido nunca estos valores. La Antigüedad grecolatina, la Edad Media, el Renacimiento y el comienzo de la Modernidad, tampoco los compartieron». A. Dugin: Identidad y Soberanía. Ed. Nomos, Buenos Aires, 2018: p. 37-38.

Dugin ve claramente que no solo en aquella filosofía que se ha dado en llamar «clásica» se pueden rastrear los valores que forjaron una civilización occidental y cristiana (que hoy ha devenido accidental y cretina), sino también en el Renacimiento e incluso en la primera Modernidad aparecen irrevocablemente estos elementos. De lo contrario, ¿Qué lugar le cabe a la tesis de la dignitas homine enarbolada en Campanella por ejemplo, cuando habla del hombre como un «dio secondo mirácolo del Primo»? ¿Condenamos por ser modernos a Pascal o a Giambattista Vico por ejemplo?

Los nuevos amos del mundo –sostiene Dugin– intentan imponer su agenda a todos los pueblos y lo hacen reduciendo su soberanía a cero. Para ello, cuenta con algunos brazos sutiles, a saber: la economía, la técnica (que al decir del pensador ruso no es neutral sino metafísica) y las instituciones supranacionales. La agenda impuesta mira siempre a las minorías, de ellas proviene y a ellas sustenta. Es más, los pueblos deben ser fragmentados en minorías, tarea que parecen llevar a cabo las democracias contemporáneas, verdaderas dictaduras liberales bajo el barniz del respeto y la tolerancia. Aquellos intentos soberanistas que se rebelen frente al globalismo son tildados de fascistas, palabra fetiche para los nuevos apóstoles de la libertad

La Cuarta teoría política es, en este sentido, una mirada que lúcidamente comprende que al liberalismo no hay que oponerle ideologías pretéritas como el fascismo y el comunismo, que pecan además de la misma miopía metafísica. Sostiene Dugin en este sentido: 

«La Cuarta teoría política es la invitación a luchar por el hombre. (…) Esta lucha, es una lucha por conservar, reafirmar y salvar la esencia del hombre; por salvar al ser humano de su destino pos-humanista». A. Dugin: Identidad y Soberanía. Ed. Nomos, Buenos Aires, 2018: p. 43.

El tiro certero al corazón de la dignidad humana marca un recorrido inequívoco: primero la socavación de los Estados nacionales para arribar a una sociedad civil global, luego las políticas de género, para desarraigar al ser humano de su naturaleza y subsumirlo en la paradoja de una subjetividad sin contornos y, por último, el trans-humanismo cómo última forma de «liberación». Tres pasos para la consumación del nihilismo. 

«Hablamos de lucha y, justamente, el 20 de noviembre se erige como el recuerdo vivo de una gesta. Una gesta que, de algún modo, muestra enfrente a los mismos enemigos, quizás metamorfoseados, pero en el fondo, parientes en los mismos intereses. Al borde del Paraná, el General Lucio N. Mansilla arengó así a sus Patricios»:
«¡Allí los tenéis! Considerad el insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! Tremola el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea».

Los obtusos analistas políticos y las cotorras de parlamento, aún siguen dividiendo al mundo maniqueamente, entre izquierdas y derechas. Hoy la geopolítica nos exige que auscultemos la realidad de otro modo, hoy va de soberanía o globalismo, identidad o masa amorfa, individualismo o comunidad; en síntesis: nihilismo o vida plena de sentido.

Ellos, como los invasores de aquella tarde de 1845, cuentan con la fuerza, pero carecen de espíritu, que es el lugar de la verdadera libertad. 

Fuente: Diego Chiaramoni

MÁS ALLÁ DE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA: EL FUTURO DEL ANTIGLOBALISMO.

 

Buenas tardes,

«Más allá de la izquierda y la derecha, contra el globalismo» es un eslogan que puede encontrarse en las publicaciones de Phoenix. Un eslogan que no sólo deja claro a qué se opone la organización en la sociedad, sino que también lleva un mensaje que trasciende las divisiones tradicionales de nuestro panorama político.

Ahora bien, ¿por qué es esto algo que me atrae? Permítanme comenzar esbozando mis propios antecedentes políticos personales. Desde muy joven me ha fascinado la política y he participado activamente en círculos de izquierda, especialmente en círculos marxistas, durante muchos años. Dentro de esto, me he sumergido principalmente en los acontecimientos políticos internacionales y en lo que se conoce como geopolítica. La invasión de Libia por la OTAN y sus desastrosas consecuencias fueron para mí una gran motivación para dedicarme más al estudio del imperialismo, especialmente del papel de las alianzas occidentales como la OTAN en él. Para decirlo con palabras de Lenin, el imperialismo es la fase superior del capitalismo, y la contradicción entre el imperialismo y sus víctimas es la contradicción más importante a nivel mundial.

Al estudiar y evaluar las luchas de diferentes países y culturas por su individualidad y soberanía, a menudo me topé con la extraña contradicción entre las sociedades occidentales y el Sur Global. En la mayoría de los países, preservar y proteger la cultura propia es algo lógico, algo fundamental y evidente. En países como Bélgica, curiosamente, es muy distinto. ¿Qué sigue siendo en realidad nuestra propia cultura? A menudo ya no hay fundamentalmente mucha diferencia en la sociedad entre, digamos, Bélgica, Alemania, Inglaterra o incluso Estados Unidos. La globalización, especialmente el papel de EE.UU. en ella, ha puesto una especie de superestructura en nuestra sociedad, una de valores liberales de libre mercado y pensamiento unitario cosmopolita. En Europa, la idea de defender los valores tradicionales ha sido a menudo monopolizada por lo que se conoce como la derecha, pero de una forma que no suele ser demasiado profunda. En el lado de la derecha de la oposición tradicional, vemos a menudo un miedo exagerado a «lo extranjero», a los no nativos, a la gente de otros colores y a otras religiones. Pero a menudo se pasa por alto la cuestión: el hecho de que las tradiciones están siendo aplastadas bajo el sistema cosmopolita liberal-capitalista y los cambios socioculturales que vienen con él.

Por otra parte, la izquierda a menudo pasa por alto completamente este punto cultural. Los izquierdistas se atreven a cuestionar la naturaleza económica de este sistema y sus consecuencias antisociales, aunque incluso esto se ha atrevido a hacerlo cada vez menos fundamentalmente en los últimos 30 años. Pero la conexión con la singularidad de la cultura y la sociedad a menudo se pasa por alto por completo. Hacer preguntas sobre los valores tradicionales, las cuestiones éticas y la soberanía nacional de las naciones está casi fuera de lugar, porque estos son, después de todo, temas que se califican como «de derechas».

Este tipo de división rígida de temas no existe en absoluto en gran parte del mundo. Los cubanos partidarios de Castro tienden a ser extremadamente patrióticos, los comunistas chinos tienen fuertes valores tradicionales y respeto por las tradiciones confucianas y budistas de su país, y los políticos musulmanes conservadores de Malasia, por ejemplo, suelen tener programas económicos más izquierdistas que los que vemos en el socialdemócrata europeo medio. La obstinada adhesión al pensamiento izquierda-derecha que se remonta al siglo XVIII es perniciosa para poder nombrar correctamente los problemas y formular soluciones.

Los ejemplos que he citado son, por supuesto, sólo ilustrativos. No estoy defendiendo aquí la adopción de sistemas como si fueran un modelo para la sociedad belga. La cuestión es que es posible luchar simultáneamente contra conceptos «de derechas» como el libre mercado liberal, la política de austeridad, la obsesión privatizadora y las intervenciones imperialistas en el extranjero, así como contra ideas «de izquierdas» como la eliminación de la religión de la vida pública, la ideología de género, la excesiva atención a las identidades LGBT y la «ciudadanía global» sin raíces ni base tradicional o nacional.

De hecho, esto debería sobrar. De hecho, los propagandistas del capitalismo liberal y del globalismo ya combinan y promueven estos temas denominados «de derechas» y «de izquierdas». «Socialmente liberal pero económicamente conservador» suele llamarse esto: «capitalismo desenfrenado combinado con la "libertad" personal de buscar refugio en las drogas, el sexo o cualquier otra forma de distracción». Una sociedad que permite casi cualquier cosa con tal de que no toque los beneficios que pueden obtener los de arriba. Lo que hoy conocemos como derecha se ha apoderado con demasiada frecuencia de la oposición liberal «progresista» a las identidades tradicionales y a la religión organizada, y viceversa, la idea de una especie de modelo occidental superior que debe propagarse al resto del mundo incluso en contra de su propia voluntad está ahora también muy presente en la izquierda.

Contra esto, hay que crear una respuesta que vaya más allá de la vieja narrativa izquierda-derecha. El problema no reside en el migrante en sí, sino en el sistema que ha hecho de la migración un negocio multimillonario. Y el problema tampoco reside en el blanco heterosexual Fleming, sino en el sistema que le roba su seguridad laboral, sus sistemas de pensiones e incluso su seguridad básica. Los prejuicios que existen tanto en la izquierda como en la derecha se interponen en el camino de una solución fundamental a los problemas de la sociedad.

Debería ser posible combinar la justicia social y la humanidad económica con la preservación y la protección de los propios valores tradicionales y de la soberanía nacional del país. De hecho, así fue como trabajaron los partidos socialistas durante décadas, antes de dar paso a la vaga agenda progresista de las últimas décadas.

Vivimos en un mundo en cambio extremadamente rápido. La estructura de la política mundial establecida tras el final de la Guerra Fría se está desintegrando. En lugar de un modelo unipolar dominado por EEUU y apoyado por la OTAN, ha surgido un orden multipolar. Un mundo en el que cada civilización tiene la oportunidad de desarrollarse según su propia identidad y sus propias normas y valores. Los países de Europa también tienen ahora la oportunidad de hacer exactamente esto: volver a poner su individualidad en primer plano y alejarse de la visión desarraigada de la sociedad que nos impone la élite neoliberal. El consumismo capitalista y el individualismo cosmopolita no son la cultura de este país, ni siquiera de este continente. Es una estructura verticalista que puede, y debe, romperse.

Por eso me siento atraído por Phoenix y su mensaje «más allá de la izquierda y la derecha». La principal contradicción política es entre el imperialismo, ahora disfrazado de globalismo, y el resto del mundo. Esta lucha trasciende la anticuada oposición en la que nuestro sistema político sigue atascado con demasiada frecuencia.

Fuente: Brecht Jonkers

LA GUERRA DE RUSIA CONTRA EL NWO ORWELLIANO

 
Bandera del Imperio ruso

Desde el punto de vista ideológico, el mundo sigue viviendo a la sombra de la polémica de los años 90 entre Francis Fukuyama y Samuel Huntington. Independientemente de las críticas que puedan hacerse a las tesis de ambos autores, su importancia no ha disminuido en absoluto, ya que el dilema sigue existiendo y, de hecho, sigue siendo el contenido principal de la política y la ideología mundiales.

Permítanme recordarles que tras el colapso del Pacto de Varsovia y luego de la URSS, el filósofo político estadounidense Francis Fukuyama formuló la tesis del «fin de la historia». Se reduce al hecho de que en el siglo XX, y especialmente después de la victoria sobre el fascismo, la lógica de la historia se redujo a una confrontación de dos ideologías: el liberalismo occidental y el comunismo soviético. El futuro, y por tanto el sentido de la historia, dependía del resultado de su enfrentamiento. Así, según Fukuyama, el futuro había llegado, y ese momento fue el colapso de la Unión Soviética en 1991 y la llegada al poder en Moscú de los liberales que reconocieron la supremacía ideológica de Occidente. De ahí la tesis del «fin de la historia». Según Fukuyama, la historia es una sucesión de guerras y enfrentamientos, fríos y calientes. En la segunda mitad del siglo XX, todos los enfrentamientos y guerras se limitaban a la oposición del Occidente capitalista-liberal contra el Oriente comunista. Cuando el Este se derrumbó, las contradicciones desaparecieron. Las guerras se detuvieron (o eso le pareció a Fukuyama). Y, en consecuencia, la historia terminó.

El fin de la historia... pospuesto, pero no rechazado
De hecho, esta teoría es la base de toda la ideología y la práctica del globalismo y la mundialización. Los liberales occidentales siguen guiándose por ella. Es la idea que defienden George Soros, Klaus Schwab, Bill Gates, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Barack Obama, Bernard Henri Levy, Hillary Clinton y... Joe Biden.

Los liberales admiten que no todo ha ido bien desde los años 90. El liberalismo y Occidente se han enfrentado a diversos problemas y nuevos retos (con el islam político, el nuevo ascenso de Rusia y China, el populismo, —incluso en la propia América en forma de Trump y su forma de entender la política— etc.). Pero los globalistas están convencidos de que, aunque el fin de la historia se haya retrasado un poco, es inevitable y llegará muy pronto. Bajo el lema de un nuevo esfuerzo —para hacer realidad el fin de la historia y cimentar de forma irreversible el triunfo global del liberalismo— se llevó a cabo la campaña del globalista Joe Biden (Build Back Better, que significa: «Volver a la globalización, y esta vez con más éxito, habiendo construido nuestra retaguardia»), inscrita en el programa planetario Great Reset de Klaus Schwab. Es decir, no se ha descartado a Fukuyama y su tesis, sólo que se ha pospuesto la aplicación de este plan, ideológicamente impecable desde el punto de vista de la cosmovisión liberal en su conjunto. Sin embargo, el liberalismo ha seguido impregnando la sociedad durante los últimos treinta años: en la tecnología, los procesos sociales y culturales, la difusión de las políticas de género (LGBTQ+), la educación, la ciencia, el arte, los medios sociales, etc. Y esto no sólo ocurrió en los países occidentales, sino incluso en sociedades semicerradas como los países islámicos, China y Rusia.

El nuevo fenómeno de las civilizaciones
Ya en los años 90, otro autor estadounidense, Samuel Huntington, presentó una visión alternativa a Fukuyama sobre los procesos mundiales. Fukuyama era un liberal convencido, partidario del Gobierno Mundial, de la desnacionalización y de la progresiva anulación de los Estados tradicionales. Huntington, por su parte, se adhirió a la tradición del realismo en las Relaciones Internacionales, es decir, reconoció la soberanía como el principio más elevado. Pero a diferencia de otros realistas que pensaban en términos de Estados-nación, Huntington creía que tras el final de la Guerra Fría y la desaparición del bloque oriental y la URSS, no habría un fin de la historia, sino nuevos actores que competirían entre sí a escala planetaria. Por ello, denominó a las «civilizaciones» y predijo en su famoso artículo (Choque de Civilizaciones) su enfrentamiento entre ellas. Huntington partió de lo siguiente: los campos capitalista y socialista no se crearon en un vacío de planos ideológicos abstractos, sino sobre las bases culturales y de civilización muy definidas de los diferentes pueblos y territorios. Estos fundamentos se establecieron mucho antes de la Nueva Era y sus ideologías simplistas. Y cuando la disputa de las ideologías modernas llegue a su fin (y lo hizo con la desaparición de una de ellas, el comunismo), los contornos profundos de las antiguas culturas, cosmovisiones, religiones y civilizaciones emergerán de debajo del formato superficial.

Verdaderos y falsos enemigos del liberalismo global
La explicación de Huntington se hizo especialmente evidente en la década de 2000, cuando Occidente se enfrentó al islamismo radical. Para entonces el propio Huntington había muerto antes de disfrutar de su victoria teórica, mientras que Fukuyama admitió que se había precipitado en sus conclusiones, e incluso avanzó la tesis del «islamofascismo», cuya derrota traería «el fin de la historia», pero no antes.

Sin embargo, Huntington no sólo tenía razón sobre el Islam político. Además, el islam demostró ser tan heterogéneo en la práctica que no se fusionó en una fuerza unida contra Occidente. Y a los estrategas occidentales les convenía manipular hasta cierto punto el factor de la amenaza islámica y del fundamentalismo islámico para justificar su injerencia en la vida política de las sociedades islámicas de Oriente Medio o de Asia Central. Un proceso mucho más serio fue la búsqueda de la plena soberanía por parte de Rusia y China. Una vez más, ni Moscú ni Pekín contrastaron a los liberales y globalistas con ninguna ideología en particular (especialmente desde que el comunismo chino, tras las reformas de Deng Xiaoping, reconoció el liberalismo económico). Se trata de dos civilizaciones que se desarrollaron mucho antes de la Nueva Era. El propio Huntington las llamó civilización ortodoxa (cristiana oriental) en el caso de Rusia y civilización confuciana en el caso de China, reconociendo muy acertadamente en Rusia y China una conexión con culturas espirituales profundas. Estas culturas profundas se dieron a conocer justo cuando la confrontación ideológica entre el liberalismo y el comunismo terminó en una victoria formal, pero no real (¡!) de los globalistas. El comunismo desapareció, pero el Este, Eurasia, no.

A fines de la década de 1970, Deng lanzó el programa «Boluan Fanzheng», que corrigió los errores de la Revolución Cultural y devolvió al país al orden. Bajo su liderazgo, la República Popular China emprendió las reformas económicas (Reforma y Apertura) de liberalización de la economía socialista.

Victoria en un mundo virtual

Pero los partidarios del fin de la historia no han sido complacientes. Están tan enredados en sus modelos fanáticos de globalización y liberalismo, que no reconocen ningún otro futuro. Y así empezaron a insistir cada vez más en un final virtual de la historia. Como, si no es real, hagamos que parezca real y todo el mundo lo creerá. En esencia, se está apostando por la política de control mental, a través de los recursos de información global, la tecnología de redes, la promoción de nuevos artilugios y el desarrollo de modelos de cohesión hombre-máquina. Se trata del Gran Reajuste enunciado por el creador del Foro de Davos, Klaus Schwab, y abrazado por el Partido Demócrata estadounidense y Joe Biden. La esencia de esta política es la siguiente: los globalistas no controlan la realidad, pero dominan completamente el mundo virtual. Poseen todas las tecnologías básicas de red, protocolos, servidores, etc. Por ello, apoyándose en la alucinación electrónica global y en el control total sobre la conciencia, comenzaron a crear una imagen del mundo en la que la historia ya había terminado. Era una imagen, nada más. Pero la cola decidió seriamente mover al perro.

Así que Fukuyama conservó su importancia, pero ya no como analista, sino como tecnólogo político global que trata de imponer percepciones rechazadas obstinadamente por gran parte de la humanidad.

La guerra de Putin contra el orden liberal
Por ello, la evaluación de Fukuyama sobre la operación militar especial en Ucrania tiene cierto interés. A primera vista, podría parecer que su análisis resulta entonces totalmente irrelevante, ya que se limita a repetir los clichés habituales de la propaganda anti-rusa occidental que no contienen nada nuevo ni convincente (al estilo del periodismo rusófobo banal). Pero si se examina más de cerca, el panorama cambia un poco si se ignora lo más llamativo: el odio rabioso a Rusia, a Putin y a todas las fuerzas que se oponen al fin de la historia.

En un artículo publicado en el «Financial Times», Fukuyama expresa ya en el propio título la idea principal de sus afirmaciones contra Rusia: «La guerra de Putin contra el orden liberal». Y esta tesis en sí misma es absolutamente correcta. La operación militar especial en Ucrania es una decisión clave para establecer a Rusia como civilización, como polo soberano de un mundo multipolar. Esto encaja perfectamente con la teoría de Huntington, pero está completamente en desacuerdo con el «fin de la historia» de Fukuyama (o la sociedad abierta de Popper/Soros).

Sí, eso es exactamente: «la guerra contra el orden liberal».

El papel clave de Ucrania en la geopolítica mundial
La importancia de Ucrania para el resurgimiento de Rusia como potencia mundial plenamente independiente ha sido claramente reconocida por todas las generaciones de geopolíticos anglosajones, desde el fundador de esta ciencia Halford McKinder hasta Zbigniew Brzezinski. Anteriormente se formuló así: «Sin Ucrania, Rusia no es un Imperio». Si pusiéramos el término «civilización» o «bloque geopolítico» en lugar de «Imperio», el significado sería aún más transparente.

El Occidente global ha apostado por Ucrania como la anti-Rusia y para ello ha dado luz verde de forma instrumental al nazismo ucraniano y a la rusofobia extrema. Cualquier medio era bueno para luchar contra la civilización ortodoxa y el mundo multipolar. Sin embargo, Putin no aceptó está situación y entró en la batalla, pero no contra Ucrania en sí, sino contra el globalismo, contra la oligarquía mundial, contra el Gran Reinicio, contra el liberalismo y contra el concepto de fin de la historia.

Y aquí es donde surgió lo más importante. La operación militar especial está dirigida no sólo contra el nazismo (la desnazificación —junto con la desmilitarización— es su principal objetivo), sino aún más contra el liberalismo y el globalismo. Al fin y al cabo, fueron los liberales occidentales quienes hicieron posible el nazismo ucraniano, lo apoyaron, lo armaron y lo enfrentaron a Rusia, como el nuevo polo de un mundo multipolar. Incluso McKinder llamó a las tierras de Rusia «el eje geográfico de la historia», ese fue el título de su famoso artículo. Para que la historia termine (la tesis globalista, el objetivo del «Gran Reinicio»), el eje de la historia debe ser roto, destruido. Rusia como bloque, como actor soberano, como civilización simplemente no debe existir. Y el plan diabólico de los globalistas era socavar a Rusia en la zona más dolorosa, para enfrentar a los mismos eslavos orientales (es decir, a los mismos rusos), e incluso a los ortodoxos. Para ello, había que colocar a los ucranianos dentro de la matriz globalista, para conseguir el control de la conciencia de la sociedad con la ayuda de la propaganda informativa, las redes sociales y una gigantesca operación de control de la psique y la conciencia, de la que han sido víctimas millones de ucranianos en las últimas décadas. Los ucranianos han sido persuadidos de que forman parte del mundo occidental (global) y que los rusos no son hermanos, sino enemigos acérrimos. Y el nazismo ucraniano en tal estrategia coexistió perfectamente con el liberalismo, al que sirvió esencialmente de forma instrumental.

El Gran Reinicio, el fin de la libertad tal como la conocemos

La guerra por un orden mundial multipolar
Esto es exactamente lo que Putin se empeñó en una lucha decisiva. No en contra de Ucrania, sino a favor, aunque suene paradójico. Fukuyama tiene toda la razón en este caso. Lo que está ocurriendo hoy en Ucrania es «la guerra de Putin contra el orden liberal». Es una guerra contra el propio Fukuyama, contra Soros y Schwab, con su patético «fin de la historia» y contra el globalismo, y su hegemonía real y/o virtual, con el «Gran Reinicio».

Los acontecimientos dramáticos deciden el destino de lo que será el próximo orden mundial. ¿Se convertirá el mundo en verdaderamente multipolar, es decir, democrático y policéntrico, donde se dará voz a las diferentes civilizaciones (y esperamos que esto sea exactamente lo que ocurra, este es el significado de nuestra próxima victoria), o (¡Dios no lo quiera!) se hundirá finalmente en el abismo del globalismo, pero de una forma más abierta, donde el liberalismo ya no se enfrentará al nazismo y al racismo, sino que se fusionará inseparablemente con él. El liberalismo moderno, dispuesto a explotar el nazismo y a pasarlo por alto cuando se trata de los intereses de las naciones, es el verdadero mal. El mal absoluto. Es eso, y es contra lo que se está librando la guerra ahora.

12 tesis de Francis Fukuyama, basadas en una falsa premisa
Francis Fukuyama, director editorial de American Purpose, una revista dedicada al análisis político, enumeró 12 predicciones sobre cómo podría terminar la invasión de Rusia a Ucrania y las consecuencias que podrían acarrear para el pueblo ruso la drástica e injustificada decisión adoptada por Vladimir Putin el pasado 24 de febrero. En un artículo titulado «Preparing for Defeat», el politólogo norteamericano señaló que la planificación militar del Kremlin fue «incompetente» y pronosticó que perder es el único camino al que se conduce a las tropas. ¡Analizaremos esas predicciones en su totalidad! Digamos de antemano que se trata de una completa y grosera desinformación y de propaganda enemiga, al fin y al cabo. 

«Rusia se dirige a la derrota total en Ucrania. La planificación rusa ha sido incompetente, basada en la suposición errónea de que los ucranianos son favorables a Rusia y que sus fuerzas armadas se derrumbarán inmediatamente después de la invasión. Obviamente, los soldados rusos llevaban uniformes de gala para el Desfile de la Victoria en Kiev, no municiones ni raciones adicionales. En este momento, Putin ha comprometido a la mayor parte de sus Fuerzas Armadas en la operación, no hay grandes reservas a las que pueda recurrir para participar en la batalla. Las tropas rusas están atascadas en las afueras de las distintas ciudades ucranianas, donde se enfrentan a enormes problemas de abastecimiento y a constantes ataques ucranianos».
La primera frase es la más importante. «Rusia se dirige a la derrota total en Ucrania». Todo lo demás se basa en el hecho de que representa la verdad absoluta y no se cuestiona. Si se tratara de una analítica, comenzaría con un dilema: si los rusos ganan, entonces..., si los rusos pierden, entonces.... Pero aquí no existe tal cosa. «Los rusos perderán porque los rusos no pueden evitar perder, lo que significa que los rusos ya han perdido. Y no se consideran otras opciones, porque serán propaganda rusa». ¿Qué es? En esto consiste el nazismo liberal. Pura propaganda ideológica globalista, que sitúa al lector desde el principio en un mundo virtual donde «la historia ya ha terminado».

Entonces todo se vuelve predecible, lo que sólo aumenta la alucinación. Estamos ante un ejemplo de «Psychological operations (PSYOP)».

«El colapso de sus posiciones podría ser repentino y catastrófico, en lugar de producirse lentamente, en una guerra de desgaste. El ejército en el campo llegaría a un punto en el que no podría ser abastecido ni retirado y la moral se evaporaría. Esto es cierto al menos en el norte; los rusos lo están haciendo mejor en el sur, pero estas posiciones serán difíciles de mantener si el norte se derrumba».
No hay pruebas, son puros deseos. Los rusos deben ser perdedores porque son perdedores. ¡¡¡Y esto lo escuchamos del perdedor ejemplar Fukuyama, todas sus predicciones han sido desmentidas de forma demostrable!!!

En general, se basa en la suposición de que Moscú se estaba preparando para una operación que iba a durar dos o tres días y que culminaría con un saludo victorioso con flores de una población liberada. Como si los rusos fueran tan idiotas que no se dieran cuenta de los treinta años de propaganda rusófoba, del entrenamiento por parte de Occidente de las formaciones neonazis y de un ejército enorme (para los estándares europeos) y bien armado (por el mismo Occidente) y entrenado en la época soviética (y el entrenamiento era serio entonces), que iba a iniciar una guerra en el Dombás y luego en Crimea. Y si una operación especial de los rusos en tal situación no se completó en quince días, es un «fracaso». Otra alucinación.

Occidente sacrificó a los ucranianos
Y luego Fukuyama pasa a decir una cosa bastante importante:

«Antes de que eso ocurra, no hay solución diplomática para la guerra. No hay ningún compromiso concebible que sea aceptable ni para Rusia ni para Ucrania, dadas las pérdidas que han sufrido hasta ahora».
Esto significa que Occidente sigue creyendo en su propia propaganda virtual y no va a comprometerse con Rusia y aplicar un control de la realidad. Si Occidente espera a que Rusia sea derrotada para iniciar las negociaciones, éstas nunca comenzarán.

«El Consejo de Seguridad de la ONU ha demostrado una vez más su inutilidad. Lo único útil ha sido la votación en la Asamblea General, que ayuda a identificar a los actores sin escrúpulos o evasivos en el mundo».
En esta tesis, Fukuyama se refiere a la necesidad de disolver la ONU y crear en su lugar una Liga de las Democracias, es decir, Estados completamente subordinados a Washington, que estén dispuestos a vivir bajo la ilusión del «fin de la historia». Este proyecto fue formulado por otro nazi liberal rusófobo, McCain, y ha comenzado a ser implementado por Joe Biden. Todo va según el plan del «Gran Reinicio».

El Gran Reinicio es una monstruosidad propia de gente muy enferma, o directamente de la mente retorcida de ángeles caídos.

«Las decisiones de la administración Biden de no declarar una zona de exclusión aérea y de no ayudar a entregar los MiG polacos fueron las correctas; mantuvieron la calma en un momento muy emotivo. Es mucho mejor que los ucranianos derroten a los rusos por sí mismos, privando a Moscú de la excusa de que la OTAN les atacó, y evitando todas las posibilidades obvias de escalada. Los MiG polacos, en particular, añadirían poco a las capacidades ucranianas. Mucho más importante es un suministro constante de Javelins, Stingers, TB2s, suministros médicos, comunicaciones y equipos de intercambio de inteligencia. Supongo que las fuerzas ucranianas ya están siendo dirigidas por la inteligencia de la OTAN que opera fuera de Ucrania».
En cuanto a la primera frase, en cambio, se puede estar de acuerdo con Fukuyama. Biden no está preparado para el inicio de un duelo nuclear que seguiría inmediatamente al anuncio de una zona de drones y otros pasos directos para que la OTAN intervenga en el conflicto. Lo de que «los propios ucranianos derrotaron a los rusos» suena cínico y cruel, pero el autor no entiende lo que dice: Occidente primero enfrentó a los ucranianos con los rusos y luego permitió que se enfrentaran solos a ellos al abstenerse de prestarles ayuda efectiva. Los ucranianos son victoriosos prácticamente sólo en un mundo donde la historia ha terminado. Y debería, según el pensamiento de Fukuyama, alegrarse por ello. Es un asunto menor: queda derrotar a los rusos.

«Por supuesto, el precio que está pagando Ucrania es enorme. Pero el mayor daño lo causan los misiles y la artillería, a los que ni los MiG ni una zona de exclusión aérea pueden hacer frente. Lo único que puede detener la carnicería es la derrota del ejército ruso sobre el terreno».
Cuando Fukuyama dice que «el precio es enorme», queda claro por su expresión despreocupada que no sabe de qué está hablando.

Putin y el nuevo comienzo del populismo
A continuación, Fukuyama reflexiona sobre el destino del presidente Putin. Todo en la misma línea de soñar con el fin de la historia. En términos inequívocos declara:

«Putin no sobrevivirá a la derrota de su ejército. Consigue apoyo porque se le ve como un hombre fuerte; ¿qué podrá ofrecer cuando demuestre su incompetencia y sea despojado de su poder coercitivo?»
Otra tesis construida enteramente sobre la primera premisa. La derrota de los rusos es inevitable, lo que significa que Putin está acabado. Y si los rusos ganan, Putin es sólo el principio. Esto es lo que importa, no ya para el delirante Fukuyama, sino para nosotros.

«La invasión ya ha hecho un enorme daño a los populistas de todo el mundo que, antes del ataque, expresaban sistemáticamente su simpatía por Putin. Entre ellos están Matteo Salvini, Jair Bolsonaro, Eric Zemmour, Marine Le Pen, Viktor Orban y, por supuesto, Donald Trump. La política de la guerra ha expuesto sus tendencias abiertamente autoritarias».
En primer lugar, no todos los populistas están tan directamente influenciados por Rusia. Matteo Salvini, influenciado por los nazis-liberales y los atlantistas de su círculo íntimo, ha cambiado su actitud, antes amistosa, hacia Rusia. Tampoco hay que exagerar las simpatías pro-rusas de los demás. Pero aquí también hay un punto curioso. Incluso si se acepta la posición de Fukuyama de que los populistas están orientados a Putin, sólo pierden si los rusos son derrotados. ¿Y en caso de victoria? Después de todo, esta es «la guerra de Putin contra el orden liberal», y si la gana, entonces todos los populistas ganan junto con Moscú, ¿no?... Y por tanto sería el fin de la sinarquía mundial de carácter orwelliano.

Eric Zemmour, del partido conservador Reconquista, junto a Marion Marechal, una de las políticas más lindas de Europa

Una lección para China y el fin del mundo unipolar
«La guerra hasta ahora ha sido una buena lección para China. Al igual que Rusia, China ha desarrollado un ejército aparentemente de alta tecnología durante la última década, pero carecen de experiencia en combate. Es probable que el fracaso de la fuerza aérea rusa lo repita la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación, que también carece de experiencia en la gestión de operaciones aéreas complejas. Podemos esperar que los dirigentes chinos no se engañen a sí mismos sobre sus capacidades del modo en que lo hicieron los rusos al contemplar futuras acciones contra Taiwán».
De nuevo, todo esto es cierto si «los rusos ya han perdido». ¿Y si han ganado? Entonces el significado de esta lección para China sería justo el contrario. Es decir, Taiwán volverá a su puerto natal antes de lo que se podría suponer.

«Queda por esperar que la propia Taiwán despierte y se dé cuenta de la necesidad de prepararse para la guerra, como han hecho los ucranianos, y restablezca el servicio militar obligatorio. No seamos prematuramente derrotistas».
Sería mejor ser realista y ver las cosas como son, teniendo en cuenta todos los factores. Pero tal vez el hecho de que Occidente tenga ideólogos como Fukuyama, hipnotizados por sus propios delirios, sea una ventaja para nosotros.

«Los drones Bayraktar de Turquía se han convertido en un éxito de ventas».
Ahora, los fragmentos de estos «bestsellers» son recogidos por vagabundos y saqueadores en los vertederos de Ucrania.

«La derrota de Rusia hará posible un 'nuevo nacimiento de la libertad' y nos sacará de nuestro ensueño sobre el declive de la democracia mundial. El espíritu de 1989 seguirá vivo, gracias a un grupo de valientes ucranianos».
He aquí una gran conclusión: Fukuyama ya conoce «la derrota de Rusia», como conocía «el fin de la historia». Y entonces, el globalismo se salvará. ¿Y si no? Entonces no habrá más globalismo.

Y entonces —«bienvenidos» de vuelta al mundo real, al mundo de los pueblos y las civilizaciones, las culturas y las religiones, al mundo de la realidad y la libertad del campo de concentración liberal totalitario.