CARL SCHMITT Y EL KATECHON.

 

Siempre he sentido un gran interés y he prestado mucha atención a la obra de Carl Schmitt. He traducido sus obras. Algunas cosas, como por ejemplo su lectura del Leviatán de Hobbes, su interpretación del Hamlet de Shakespeare o su crítica al romanticismo político, me provocaban cierto rechazo. Pero, en general, consideraba y sigo considerando hasta ahora que la mayoría de sus ideas y conceptos son sumamente relevantes.

Su definición de lo político como la división entre amigo y enemigo es un clásico indiscutible. Lo principal aquí —de carácter realista y maquiavélico— es la separación de dos ontologías: la moral y la política. Amigo/enemigo no significa en absoluto bueno/malo. La esfera de la moral es absoluta, el mal no puede convertirse en bien y viceversa. La esfera de lo político es relativa. En política (se considera que) el enemigo de ayer es el amigo de hoy, todo depende de los intereses.

Este es el fundamento sobre el que se basa toda la filosofía política de C. Schmitt. En lo que respecta a la política internacional y a una interpretación realista de la soberanía —y Schmitt defendía precisamente este enfoque—, resulta totalmente adecuado. Sobre esto, Schmitt, y tras él Alain de Benoist, construyen la teoría del Pluriverso. Aquí el amigo/enemigo funciona de forma general y la crítica implícita al liberalismo es plenamente operativa.

Pero. Si aplicamos el principio amigo/enemigo a la política interna, obtendremos la más auténtica justificación de la democracia radical y el parlamentarismo, que Schmitt odiaba. En política interior, el reconocimiento del principio amigo/enemigo divide a la sociedad, la polariza. Es decir, la definición básica de Schmitt resulta inaceptable en su mitad.

La ontología amigo/enemigo en política exterior, también, al examinarla más de cerca, resulta no tan convincente como parece, aunque encaja perfectamente en el realismo y el sistema de Westfalia. Pero en la transición hacia un mundo multipolar —hacia el Estado-Civilización—, el origen realista del contenido ideológico, a pesar de todo el reconocimiento de la soberanía civilizacional, pierde su evidencia. La civilización del Katechon no puede ponerse al mismo nivel que la civilización del Anticristo tal y como exige formalmente la ontología de lo Político en el modelo amigo/enemigo.

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