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MONÁRQUICOS

 

Encabezado por el Conde de Romanones (FOTO), el círculo más próximo al Borbón le convenció para que abandonase el país.

Me sugiere mi amigo Jaime Alonso (dice Pío Moa) una crítica a las separatas semanales de ABC sobre el franquismo, encomendadas nada menos que a Paul Preston. Podría ser escandaloso, pero no lo es si atendemos a la trayectoria monárquica, resumible en unos pocos puntos:
  • La monarquía estaba en 1923 en las últimas, debido al carácter tan  mediocre como intrigante de los políticos monárquicos y a la escasa consistencia de Alfonso XIII. La salvó in extremis la dictadura de Primo de Rivera, cuyos seis años largos de gobierno fueron los más productivos para España y para la propia monarquía desde principios del siglo.
  • La mediocridad e intrigas de los monárquicos lograron expulsar a Primo de Rivera y traer la 2Re mediante una especie de autogolpe. A aquellos monárquicos no les importaban los beneficios para España de la suave dictadura de Primo. Deseaban volver a los chanchullos tradicionales y estaban asustados por las acusaciones de la izquierda y los separatistas al «rey perjuro». Perjuro por haber tenido que aceptar una dictadura formalmente contraria a la Constitución monárquica. ¡Lo más grotesco del caso era que quienes acusaban al rey de perjurio siempre habían rechazado y combativo, incluso violentamente, aquella Constitución!
  • La monarquía, por lo tanto, se suicidó literalmente y abrió paso a la república. Los jefes monárquicos, con alguna excepción, tienen responsabilidad directa en el cambio de régimen.  Esta duró solo cinco años, pero vale la pena comparar el orden productivo y con alto índice de libertad política de la «dictadura» de Primo con el quinquenio violento y estúpido de la república, derivado finalmente al Frente Popular y destrozada por este. ¡Ahora, la mayoría de los historiadores y políticos, incluso monárquicos, critican o condenan muy serios a Primo de Rivera y muestran un curioso respeto por Azaña y otros prohombres de la república!
  • Suicidada la monarquía, no había necesidad de que volviera. Si Franco se propuso traerla de nuevo, tras un período largo en que cicatrizasen las heridas dejadas por la guerra, fue por considerarla un factor de moderación política y símbolo de continuidad histórica. ¡Sin embargo, fueron de nuevo los monárquicos los que conspiraron contra el proyecto!
  • Durante la 2GM, los monárquicos (no todos pero sí los más próximos al pretendiente Don Juan) se acercaron primero a Alemania cuando esta iba ganando, y a continuación a los anglosajones, intrigando peligrosamente contra Franco para retornar a una monarquía tutelada por el Imperio anglouseño. Sobre el servilismo abyecto del proyecto ha dado el mismo Ansón algunos datos bien relevantes en su biografía de Don Juan. Obviamente, ese no era el proyecto de Franco, y la monarquía solo pudo llegar, entonces, previa ruptura de la continuidad  dinástica en Juan Carlos. En otras palabras, se debió totalmente a la voluntad de Franco, sin la cual no habría podido establecerse.
  • La monarquía actual, como la democracia, proceden y no pueden proceder más que del franquismo, la oposición al cual siempre fue antidemocrática. Pero, debido a la nulidad intelectual y pobreza moral —sin duda con excepciones— del personal monárquico,  pronto Juan Carlos trató por todos los medios de acercarse a los enemigos tradicionales de la monarquía (PSOE y separatistas) tratando de hacer olvidar sus propios orígenes.  Esta era una «estrategia» que venía de lejos, ya recomendada por Gil-Robles después de la 2GM: tratar de congraciarse con la izquierda, pues la derecha, «por la cuenta que le traía», tragaría con todo. Algo así había pasado en 1930, cuando los monárquicos renegaron de Primo de Rivera, pero la lección no fue aprendida.
  • El «congraciamiento» con sus enemigos naturales llevó a que estos hicieran firmar a Juan Carlos, y luego a su hijo, unas leyes de deslegitimación del franquismo que a su vez deslegitiman la monarquía. Por asombroso que suene, hoy la monarquía está deslegitimada de derecho. No lo está de hecho porque para ello sus enemigos precisan de una fuerza de la que por el momento carecen. Aunque cada vez se sienten más fuertes. El PSOE acabó con la república cuando se sintió lo bastante fuerte para ello, y de nuevo vuelve a sentirse peligrosamente fuerte, junto a sus aliados separatistas de siempre para acaba ahora con la monarquía. ¡Y la unidad de España y la democracia vuelven a estar en serio peligro!
  • Los artículos «antifranquistas» del ABC, órgano por excelencia de la monarquía, se entienden fácilmente si se tiene en cuenta este lamentable historial, que pareció corregirse con la decisión de Franco, pero que no ha sido así. Bien es verdad que la monarquía se ha visto desasistida de quienes deberían ser sus valedores intelectuales y políticos, sobre todo después de la condena de Aznar al franquismo.

LA REPRESIÓN DE LA POSGUERRA


Acaba de salir a las librerías el libro de Miguel Platón «La represión de la posguerra. Penas de muerte por hechos cometidos durante la guerra civil». Este estudio acaba con la mayor parte de las falsedades sobre las cifras de ejecuciones y la supuesta arbitrariedad de los juicios, que viene difundiendo desde hace más de cuarenta años una historiografía degradada en simple charlatanería. Ya es significativo que esa supuesta historiografía no se haya tomado el trabajo, emprendido por Platón, de investigar en los archivos, sino de guardar las exigencias de método más elementales. Todo se justificaba porque de lo que se trataba era de deslegitimar al franquismo y legitimar a su vez al Frente Popular. La deslegitimación del franquismo se ha conseguido políticamente al punto de que hoy prácticamente nadie osa vindicar, siquiera investigar, la realidad histórica.

Y se ha conseguido por el simple método de olvidar o negar la significación política del Frente Popular, hasta el extremo de definirlo como republicano y demócrata, pese a la evidencia de que destruyó la legalidad republicana e impuso un régimen de verdadero terror caótico, como he demostrado fehacientemente. Y digo que lo he demostrado porque este hecho decisivo casi nunca queda claro en historiografía de derecha, la cual sigue empleando el concepto de «bando republicano» y otra terminología elaborada por la propaganda de izquierda, principalmente comunista. Terminología que en sí misma desfigura por completo la historia. El FP era en esencia un compuesto de partidos sovietizantes y separatistas, que por su misma composición no solo acabaron con la república, sino que amenazaban con destruir la unidad de España, su continuidad histórica, su cultura tradicional y las libertades civiles. Esto explica por qué se libró la guerra.

Una vez establecida su falacia básica, lo que Julián Marías llamó la profesionalización de la mentira, se aparta la atención del carácter del FP, de lo que se jugaba en la guerra y de la responsabilidad en el hundimiento de la legalidad, y se concentra en la represión, sobre todo la de posguerra. Ahí se exagera sin tasa y se olvida o difumina el terror del FP…, el cual queda justificado: en definitiva, ¿cómo podía ser legítimo, aceptable, cómo podría tener razón un régimen que se había levantado contra una república democrática y progresista y había asesinado tan masivamente a sus representantes y partidarios? Como puede verse, el método de la falsificación es simple y muy poco refinado, pero ha tenido un enorme éxito mediante la colaboración del PP y sus historiadores en él.

Platón expone los arbitrarios (y malintencionados) datos de una serie de historiadores charlatanes que han tratado el asunto con gran proyección mediática e internacional, opacando los estudios muy superiores de R. Salas Larrazábal, A. D. Martín Rubio y otros especialistas, o mi estudio de conjunto Los crímenes de la guerra civil. Charlatanes como Gabriel Jackson, Tamames, Beevor, P. Anderson, Álvarez Junco, Solá y Sabaté, Moradiellos, Fusi, A. Schubert, M. Richards, F. Moreno, S. Juliá, Casado Rabanal, Espinosa Maestre y, cómo o, P. Preston, que en las turbias falsedades sobre la guerra y el franquismo viene a ser el abanderado en España y en Inglaterra. Acerca de la curiosa «metodología» y desvergüenza de criterio de los principales he escrito recientemente el estudio Galería de charlatanes.

ALTERNATIVAS EN LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA


En 1976 el destino de España se jugó, sin que casi nadie lo percibiera claramente, en torno al paso de las vías franquista y antifranquista a la democracia. La primera consideraba legítima e históricamente necesaria la «era de Franco», por cuanto había salvado al país de la disgregación y la sovietización, y había creado una sociedad moderada y próspera, ajena a los odios y la miseria que destruyeron la república. Pero para esas fechas el franquismo estaba en descomposición, de modo que podría decirse que «moría de éxito». Fue un año de amplias libertades políticas prácticas y de masivas movilizaciones de la izquierda en demanda de «libertad», amnistía y autonomías.

La vía antifranquista se articulaba en torno a dos organismos: la Junta llamada «democrática», articulada en torno al Partido Comunista, la más totalitaria organización política de la historia de España, aunque apostase a una provisional «democracia burguesa»; y la Plataforma también «democrática», en torno al PSOE, probablemente el partido más corrupto de nuestra  historia y que, al contrario que los comunistas, ni siquiera había hecho oposición reseñable al franquismo…, pero que enarbolaban un antifranquismo y anticapitalismo más extremos que los del PCE. Se asociaban a ambos partidos «demócratas», diversos grupúsculos y personajes irrelevantes dispuestos a hacer carrera política en las nuevas condiciones. Y presionaban también grupos separatistas cuya debilidad les hacía presentarse como meramente autonomistas.

Todos ellos negaban legitimidad al franquismo y se la adjudicaban, por el contrario, a los derrotados en la guerra civil, es decir, al Frente Popular. El cual había destruido la república pero era presentado como «el bando republicano y democrático», en flagrante usurpación o falsificación histórica. Aceptada también por sus contrarios (¡hasta hoy!). Por lo tanto, la democracia debía «romper» con el franquismo y partir del Frente Popular, habiendo sido este, precisamente, una alianza entre sovietizantes (PSOE y PCE principalmente) y separatistas catalanes y vascos. Alianza que por sí misma explica el sentido de la guerra civil..., pero a ella correspondería la legitimidad.

En contra de unos y de otros había grupos decrecientes que creían poder mantener el franquismo, y terroristas de izquierda (ETA, GRAPO, FRAP y otros) que tachaban al PCE y al PSOE de traidores a los principios revolucionarios y al propio Frente Popular, por aceptar una democracia «burguesa»,  aunque fuera provisionalmente Estos grupos recurrieron al terrorismo y causarían al nuevo régimen daños graves, pero no decisivos.

La vía franquista constó de dos fases: la autodisolución de sus Cortes en noviembre, y, en diciembre, un referéndum que reconociera el paso a la democracia «de la ley a la ley», es decir, desde la legitimidad del franquismo. La oposición, unida en la llamada «Platajunta», se  volcó contra esa vía mediante una huelga general, que fracasó por completo, seguida de una campaña de boicot al referéndum, que repitió el fracaso. Y el GRAPO propinó al proceso el golpe más fuerte y violento, prolongado durante dos meses. Nada de ello impidió que la vía franquista a la democracia fuese votada por la  inmensa mayoría de la población, ante todo porque esa mayoría estimaba positiva o muy positivamente tanto al franquismo como a la figura de su Caudillo. Lo habían vivido y ninguna «memoria histórica» podía entonces confundirlos.

Esta vía fue diseñada por Torcuato Fernández Miranda, ex secretario general del Movimiento, el teórico —pero no real— partido único del franquismo. Y fue seguida (y pronto desvirtuada parcialmente)  por Suárez, también ex secretario del Movimiento y hombre de escasa enjundia intelectual y política. Y  por Juan Carlos, designado rey directamente por Franco. Y respaldada o aceptada por la gran mayoría de políticos y militares  del régimen. Cuando hablamos de la transición, hablamos de dicha vía franquista, triunfante entonces sobre la opuesta.

Entender lo que ocurría en 1976 permite entender la evolución posterior, que puede resumirse así: Pese a que su derrota obligó a los antifranquistas a adaptarse a los hechos, nunca dejaron de basar su estrategia en negar el franquismo y legitimar al Frente Popular (al que confundían intencionadamente con la República). Acometieron, pues, una intensa labor de falsificación histórica, que en sí misma socavaba la democracia surgida evidentemente del franquismo. Labor posibilitada por dos factores: el fracaso, ya muy anterior, del franquismo en la universidad, en la que se habían impuesto en gran medida los comunistas, muchos de ellos pasados oportunamente a socialistas; y por la presión ideológica de algunos países europeos que habían apoyado al terrorismo en España y a los que el franquismo había desafiado con éxito  durante casi cuarenta años.

A estos dos factores, universidad y presión exterior, se unió en la propia derecha ex-franquista el dominante sector democristiano, ansioso de distanciarse del anterior régimen y de hacer olvidar su pasado (que le recordaban con fruición sus contrarios). Y ello pese a que aquella tenaz falsificación de la historia corroía la legitimidad y las bases mismas de la transición. Bases, no obstante, lo bastante fuertes para resistir largo tiempo, debido a la inercia de la nueva sociedad creada por el franquismo. La derecha fabricó una versión paralela, igualmente falsaria, según la cual la transición, la democracia y la monarquía nada debían al franquismo, siendo producto de una concordia entre demócratas ex-franquistas (democristianos salidos del Concilio Vaticano II) con los demócratas de la Platajunta.

El proceso llegó a un momento crucial en 2002, cuando el PP condenó el 18 de julio, es decir, el franquismo. Con ello negaba el referéndum de diciembre de 1976, otorgando implícitamente la legitimidad al Frente Popular, quitándosela por tanto a la transición y poniendo en cuestión desde la monarquía hasta la unidad de España. Lo que ha ocurrido después (rescate de la ETA, gran impulso a los separatismos, leyes de memoria o de género contra la democracia, etc., hasta el golpismo actual), viene a ser la consecuencia lógica de aquella condena. Consecuencia a su vez de la inanidad intelectual del PP combinada con el oportunismo democristiano (recuérdese, también eran democristianos los separatistas vascos y catalanes).

Incidentalmente: solo unos pocos francotiradores nos opusimos a aquellas derivas. Que mucha gente sentía o sospechaba la falsedad de la historia impuesta por la izquierda y aceptada o complicada por la derecha, quedó de relieve con el éxito de mi libro Los mitos de la guerra civil, que realmente asustó a unos y a otros y ha conducido al intento de imponer las versiones chequistas del pasado por ley totalitaria y creciente silenciamiento de los disidentes. Algo que muchos ven como hechos secundarios y casi anecdóticos, con escasa influencia actual y real, cuando condensan todo un programa político golpista contra la unidad de España y la democracia, como corresponde a los herederos del Frente Popular. Y  complicado ahora con la llamada agenda 2030. El pueblo debe saberlo y reaccionar.  

¿CRÍMENES DEL FRANQUISMO?

 

Un sinvergüenza del negocio de la «memoria histórica» ha escrito en Le Figaro, en réplica a mi entrevista, un artículo sobre los que llama «crímenes del franquismo». Así que para aclarar la cuestión vamos a empezar por los crímenes de la izquierda española.

Antes de un mes de comenzada la república en abril de 1931, las izquierdas se dedicaron a quemar iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza católicos, más de un centenar, creando ya un clima de terror que envenenaría el nuevo régimen. Comunistas y anarquistas llamaron desde el principio a destruir la república «burguesa», y enseguida se produjeron insurrecciones anarquistas. Azaña, según explica en sus diarios, ordenó ejecutar sobre la marcha a los anarquistas a quienes se encontrasen con armas en una revuelta en Cataluña, y algo después la republicana guardia de asalto asesinó, prácticamente quemó vivos, a un grupo de campesinos anarquistas en Casas Viejas. En Cataluña, y bajo la protección de la Generalidad, los anarquistas aprovecharon para asesinar a 22 obreros no adictos y dejar a otros sin trabajo, lo que significaba hambre para sus familias. En los dos años iniciales de la república se registraron unos 400 asesinatos y homicidios, prácticamente todos de origen izquierdista a veces entre las propias izquierdas.

Cuando, ante aquel panorama, al que se sumaban el hambre y el desempleo crecientes, las derechas ganaron las elecciones por amplia mayoría, en noviembre de 1933, las violencias, atentados y crímenes izquierdistas aumentaron, incluyendo un intento de huelga general del campo en la época de la cosecha, obra de los socialistas, que habría creado una gran hambruna. Y culminaron en la insurrección socialista-separatista de octubre del 34, planteada abiertamente como guerra civil y apoyada por toda la izquierda, en la que fueron asesinados numerosos clérigos y «fascistas» (fascista podía ser cualquiera que repudiase aquellas acciones). En total hubo muertos en la mitad de las provincias, hasta un total de unos 1400. La insurrección se acompañó, como era ya costumbre, de incendios de bibliotecas, como la de la universidad de Oviedo, y de edificios de gran valor artístico-histórico.

La derrota de la insurrección calmó momentáneamente los ánimos, y en 1935 no habría más de 43 muertos, como siempre casi todos de origen izquierdista. Luego vinieron las elecciones falsificadas por el Frente Popular (alianza de hecho de partidos sovietizantes o afectos, y de separatistas), a continuación de las cuales el terror se extendió causando en solo cinco meses más de 300 muertos, algunos en reyertas entre socialistas y anarquistas. Todo ello acompañado de cientos de incendios de iglesias, algunas de gran valor artístico, registros de la propiedad, de sedes de partidos y prensa derechista. La oleada de terror culminó con el asesinato del entonces jefe de la oposición, Calvo Sotelo, que ya colmó el vaso de la paciencia de muchas personas. Luego vino la guerra, o más propiamente, se reanudó después de que el PSOE la declarase en 1934.

Estos atentados y crímenes, aquí muy resumidos, se produjeron durante la república y los primeros meses del Frente Popular, y tuvieron por objetivo derrumbar la legalidad republicana, llamada «burguesa» por las izquierdas. Y apenas recomenzada la guerra, ya el terror rojo subió al delirio, incluido el terror entre las propias izquierdas, así como surgió el terror de réplica de una derecha que había soportado durante cinco años las violencias, crímenes y demagogias que estaban hundiendo al país, amenazando su integridad nacional y tratando de sovietizarlo.

¿Acaso no conoce estos hechos el fulano de la memoria histórica? Por supuesto, los conoce de sobra. Pero aquí casi siempre se produce un equívoco en la discusión, porque se da por supuesto que, al invocar constantemente fechorías reales o supuestas del franquismo, esta gente se indigna ante cualquier crimen, también de la izquierda. Pero no es así. En realidad dan por buenos todos esos asesinatos y atentados. Y hasta, cuando se sinceran, piensan que fueron insuficientes, que el terror fue insuficiente, y de ahí la derrota.

Fuente: Luis Pío Moa Rodríguez

VARELA ORTEGA, FRANCO Y CHURCHILL (Luis Pío Moa Rodríguez)

Para enfocar debidamente la talla histórica de Franco debemos empezar por los hechos evidentes, que pueden resumirse así: venció siempre a todos sus enemigos militares y/o políticos, incluso partiendo de una situación prácticamente desesperada que habría disuadido a casi cualquier otro. Venció indirectamente a Estalin en España. A continuación evitó entrar en la guerra mundial y luego derrotó a un criminal aislamiento impuesto desde el exterior por regímenes comunistas, ¿democráticos? y dictaduras varias. En pleno  aislamiento venció asimismo a una peligrosa guerrilla comunista interior. Tanto la neutralidad en la 2GM como la derrota del aislamiento fueron dos batallas diplomáticas cruciales, libradas con éxito en las más arduas circunstancias;  y en otra hazaña diplomática humilló en la ONU a Inglaterra a propósito de Gibraltar. Y presidió la época de mayor prosperidad y con mayor ritmo de crecimiento que haya vivido España antes o después.

Por encima de cualquier matiz, detalle o revés secundario, basta mencionar estos éxitos indudables, alcanzados en las más desfavorables y a menudo peligrosas circunstancias, para concluir que la talla de Franco como estadista y militar descuella ampliamente sobre cualquier otro español en varios siglos.

Sin embargo la pintura que de él traza Varela Ortega y los anglómanos en general, coincidentes en esto (y en otras cosas) con los lisenkianos, es la de un personaje intelectualmente irrisorio, de «carencias culturales estridentes», «cursilería provinciana», «equipaje cultural rancio y raquítico»,   que «no hablaba idiomas (inglés, claro) ni apenas había viajado fuera de España», aficionado para más inri  a «pintorescas incursiones literarias». Se destaca asimismo su mediocre estatura, su voz «atiplada» y cierta pronunciación que «delataba, ante cualquier gallego culto, sus orígenes aldeanos  no superados». Varela, como Preston y los anglómanos en general, le conceden inteligencia, pero muy limitada, poco más que una astucia aldeana o «gallega».

De economía no solo lo ignoraba todo, sino que además tenía ideas fantásticas o pueriles al respecto. Y del mundo exterior algo parecido, de ahí sus ilusiones respecto a Hitler, o sus supuestos deseos de entrar en la 2GM, aunque pidiendo demasiado, o sus propuestas ridículas proponiendo al final de la guerra en Europa una alianza con Inglaterra frente al expansionismo soviético. A esta última propuesta habría respondido Eden, según Tusell, otro historiador anglómano: «Lástima que el general Franco tenga una idea de la realidad internacional tan desenfocada». Lo cita con mofa Varela porque «ilustra las limitaciones de nuestro dictador». En realidad ilustra las grandes limitaciones de Eden y del gobierno inglés, que imaginaban garantizar la estabilidad europea mediante el acuerdo entre Londres y Moscú, y poder barrer a Franco sin apenas dificultad. Ilustra también las graves limitaciones intelectuales de los propios Varela, Tusell, Preston, Moradiellos y tantos más.

En otro párrafo, Varela cita al más ecuánime Paul Johnson, que tiene a Franco por «una de las figuras políticas más exitosas del siglo», pero le añade la coletilla: «exitosa en la medida de sus intereses, que eran mandar sin restricciones y durar sin limitaciones». Al parecer, lo único que ocurrió en los cuarenta años de franquismo fue el mando omnímodo del «dictador», que mantuvo su poder gracias a su «astucia aldeana». En fin, no es difícil percibir que en la figura mediocre, gris y aldeana como ven a Franco estos historiadores hay más una proyección inconsciente de sí mismos que un verdadero retrato político del propio Franco.

Entre tanto, vale la pena comparar a Franco con Churchill venerado con absoluta falta de sentido crítico por la literatura anglómana, Moradiellos en particular. De que era más viajado y más culto y un poco más alto que Franco, no cabe duda; también de que estaba muy alcoholizado, etc. Pero estos aspectos son irrelevantes en cuanto a su significación histórica y política. Ciertamente la influencia mundial de Churchill fue también  muy superior a la de Franco, porque Inglaterra era hasta 1939 la primera potencia mundial con un imperio gigantesco, mientras que Franco partía de una España inferiorizada por más de un siglo de profunda decadencia muy agravada por el Frente Popular. Nunca tuvo Churchill, como Franco, que afrontar una guerra partiendo de una situación de inferioridad material desastrosa, debiendo además improvisar al mismo tiempo un nuevo estado y un nuevo ejército. Pero Churchill sufrió en su carrera graves derrotas militares y políticas, y aunque vencedor en la 2GM, dejó a su país prácticamente en quiebra, endeudado hasta las orejas y con racionamiento. Siendo él mismo un producto típico del imperialismo inglés, tuvo que presenciar el comienzo de la disolución del imperio, la sumisión de su país a la tutela useña, a menudo humillante, muy condicionado también por el poderío soviético;  y  además fue expulsado del poder en las elecciones hacia el final de la contienda. Si los medimos por el modo de conducir la guerra, resultó sin duda bastante más cruel que el español.

Después de ser derrotado en las elecciones generales de 1945 frente a los laboristas de Clement Attlee, Churchill lideró la oposición. En 1951 consiguió volver a ser primer ministro, hasta su retiro en 1955. A su muerte en 1965, la reina Isabel II le concedió el honor de un funeral de estado en el que se dio una de las mayores reuniones de jefes de Estado nunca antes vistas. Churchill es recordado como uno de los hombres más influyentes en la historia del Reino Unido.

Si comparamos a las dos figuras por sus logros políticos y económicos, no parece difícil concluir que, salvando la diferencia de escala de uno y otro en cuanto a proyección mundial, Franco no solo tuvo que afrontar mayores y más difíciles retos, sino que también tuvo un éxito mucho mayor en todas sus empresas políticas y militares. Claro que para los anglómanos, todos los fallos, incluso crímenes, de Churchill, quedan disculpados porque era demócrata y Franco no. Por eso es necesario un comentario al respecto.

EN LA GUERRA CIVIL SÍ HUBO BUENOS Y MALOS

Pío Moa, único y tan irrepetible como necesario

VOX ha presentado una propuesta en Castilla-León contra la Ley de Memoria Histórica diciendo que no hay que mantener una historia de buenos y malos.
Creo que ha cometido un grave error. Si va en plan neutral de «ni buenos ni malos» cae enseguida en la trampa. La cuestión no debe plantearse en esos términos sentimentales y seudomoralistas, sino como una ley totalitaria, inadmisible en democracia, que dice a los españoles lo que deben pensar sobre su historia. Obviamente quienes defienden esa ley no son demócratas, y ese es el segundo punto a denunciar. Si no quieren ir más allá, pueden señalar que hay mucha gente que tiene una visión de la guerra civil muy diferente de la que señala dicha ley y sus antidemócratas defensores. Y que harían bien en leer a un tal Pío Moa, en vez de evitar citarme porque la izquierda y los separatistas quieren declarar mi muerte civil y la derecha les obedece. Por lo demás, sí fue una historia de buenos y malos. Muy malos, precisamente.

Pero reconocerá la dificultad de cambiar de pronto una visión que se ha impuesto, que la han impuesto todos los partidos.
Precisamente porque es difícil, el esfuerzo debe ser mayor. No tiene VOX por qué decir ahora mismo que los malos y principales asesinos fueron los perdedores, pero debe ir preparando la idea. Y el primer paso es señalar que se trata de una ley antidemocrática hecha por enemigos de la democracia.

Pero saldrán con lo de las cunetas y los represaliados por pensar de otra forma.
Hay que decir dos cosas: que el Frente Popular asesinó y torturó a mansalva, incluso entre ellos mismos, y que lo de las cunetas exagera enormemente el asunto. Incluso decir que se ha convertido en un negocio sucio. Precisamente mi libro sobre el Frente Popular debería ser promocionado masivamente por VOX y por cualquier persona preocupada por las derivas actuales. Hay que combatir la ignorancia y la falsificación de la historia por todos los medios, pues de ello depende el rumbo que sigan las políticas actuales. En cuanto a que pensaban de otra forma es cierto: pensaban y actuaban para disgregar España e implantar regímenes totalitarios. Es lógico que los antidemócratas autores de la ley se identifiquen con ellos.

He leído algunas reseñas de su novela Sonaron gritos y golpes a la puerta, y coinciden en que no es un relato de buenos y malos.
Una novela trata de destinos personales. Indudablemente hubo personas buenas, malas y regulares en los dos campos, y una novela debe tenerlo en cuenta para no convertirse en un panfletillo de propaganda. Pero la historia tiene otro carácter, es un hecho colectivo en el que se dilucidan objetivos políticos e ideológicos generales. El Frente Popular se componía, como ahora mismo, de separatistas y totalitarios, más algunos liberales que les servían de disfraz. Por consiguiente, un bando libró la guerra para disgregar España e imponer uno o varios estados totalitarios, erradicar la cultura cristiana, la propiedad privada y la familia tradicional. Y el bando contrario luchó para impedir tales cosas. Claro está,  para quienes prefieren una España disgregada y totalitaria, los buenos solo pueden ser los del Frente Popular, pero como no lo pueden decir abiertamente, aseguran que ellos era simplemente demócratas. Cómo puede tener  algún crédito una patraña tan gigantesca es algo que asombraría si no tuviéramos en cuenta el ínfimo nivel intelectual de las élites españolas actuales. A ver si mi libro contribuye un poco a cambiar las cosas.

Pero los franquistas tampoco eran demócratas.
Al analizar la guerra debemos olvidar la falsa cuestión de si eran demócratas unos u otros y menos aún la de si unos y otros cometieron atrocidades. En las guerras muere mucha gente, de un bando y de otro. y, si se quiere ir por ahí, las atrocidades peores, más sádicas, las cometió el Frente Popular. No estaba en cuestión la democracia porque precisamente el Frente Popular la arruinó, la hizo imposible y la desacreditó para muchos años. Estaban en cuestión los asuntos mencionados, mucho más básicos. No puede haber convivencia en paz y en libertad, que eso es lo que significa la democracia, si se intenta disolver la nación, que es el suelo en que se asientan los regímenes, y por supuesto la democracia. Se luchó por cuestiones más básicas, como digo: la unidad nacional, la cultura cristiana y la libertad personal, aunque se restringieran las libertades políticas. Y ahora vuelven a plantearse las mismas cosas con el régimen zapaterista, un nuevo frente popular informal pero real, impuesto como por descuido. Descuido culpable, delictivo, del PP, si se quiere ver así. No podemos andarnos con paños calientes, porque ni la izquierda ni los separatistas ni el PP han aprendido nada de la historia, con lo que vuelven a plantearse problemas que debían estar completamente superados. Hay que defender la verdad, con habilidad pero sin miramientos. Y para eso hay que empezar por enterarse un poco y valorar de lo que pasó realmente.

VOX defiende que nuestros abuelos de los dos bandos se abrazaron y reconciliaron, y que esa ley vuelve a crear divisiones.
Los sentimentalismos en estas cuestiones son muy perjudiciales. Los abuelos no se abrazaron, simplemente hubo una reconciliación de hecho, sin necesidad de abrazos y lágrimas, ya en los años 40, como he demostrado. Y esa reconciliación se demostró radicalmente en el inmediato posfranquismo, cuando los partidos de la ruptura querían impedir esa reconciliación y volver a las andadas. Según ellos, el pueblo español sufría lo indecible bajo el franquismo y añoraba la república. El pueblo español les demostró radicalmente lo contrario y eligió evolucionar a la democracia pero desde la legitimidad franquista, de la ley a la ley. Esa gente ha tenido que volver a levantar, empecinada y estúpidamente, un Himalaya de mentiras sobre la guerra y el franquismo para llegar a la situación actual, con leyes totalitarias golpe de estado permanente y amenazas muy serias de disgregación, como hace 83 años.

¿Debería VOX, entonces, apoyar abiertamente al franquismo?
Mire, eso es una cuestión de estrategia y de táctica. Tácticamente debe evitar ese debate, porque hoy por hoy la ignorancia y el fanatismo están demasiado extendidos. Lo que debe hacer es denunciar el carácter totalitario de la ley y defender el derecho de los españoles a pensar sobre su pasado de modo distinto a como pretenden los antidemócratas. Al mismo tiempo debe facilitar que la gente se vaya enterando de la realidad histórica, tal como el PSOE y los separatistas han estado bregando durante decenios para implantar su falsedad histórica. Derogar la ley es posible a corto plazo denunciando su carácter totalitario: es política de ocasión. Combatir la ignorancia y falsificación entre la gente va a requerir más tiempo, es política estratégica, de fondo. Un partido que olvide la política de fondo cae inevitablemente en el oportunismo y se condena a medio, incluso a corto plazo. Solo hay que ver el caso de Ciudadanos.

Pero no puede negarse que el franquismo fue una dictadura.
Lo fue, pero la historia demuestra que las dictaduras son a veces necesarias. Y que quienes las hacen necesarias son los demagogos y fanáticos, que fue lo que pasó con el Frente Popular. Una dictadura puede ser estéril o fructífera, y la de Franco fue  fructífera en grado sumo. Y una democracia no garantiza ni siquiera la estabilidad si está gobernada por «la estupidez y la canallería», que decía el liberal Gregorio Marañón. El Frente Popular destruyó lo que tenía de demócrata la república, y el nuevo frente popular actual está haciendo lo mismo con la democracia decidida de la ley a la ley en 1976. Un análisis político que carezca de perspectiva histórica puede ser muy inteligente pero termina reduciéndose a mero chismorreo político. Es lo que hoy predomina entre lo analistas y en los medios. Mi libro sobre el Frente popular no es «de ocasión». Va directamente a clarificar estas cuestiones, porque la democracia no puede construirse sobre el fraude historiográfico que tanto predomina hoy.

Fuente: Pío Moa/El Correo de Madrid

¿QUÉ FUE EL FRANQUISMO Y QUE ENTENDEMOS POR DEMOCRACIA?

Dice usted que hay que aprender del franquismo. ¿Qué, en definitiva?
Eso habría que discutirlo mucho. Pero si el franquismo fue capaz de derrotar a totalitarios y separatistas, de evitar la guerra mundial, de desafiar y sostenerse contra la hostilidad realmente delictiva de medio mundo, de reconstruir el país sin deudas políticas, económicas y morales externas, de conseguir una salud social, una estabilidad social y una esperanza de vida muy destacadas en un país tradicionalmente poco lucido en ambas cosas, en hacer de España una potencia económica considerable… Si consiguió todo eso y otras cosas, algo habrá que aprender de él, seguramente. Creo que es el gran tema de pensamiento político que habría que abordar. No se puede despachar con esa estupidez de la dictadura y la democracia ni con las palmarias falsedades de la memoria histórica. Si queda algo de democracia actualmente viene de la herencia de estabilidad que dejó, no de los autodenominados demócratas, que en España han sido demasiadas veces bandas de botarates y corruptos. Eso ya lo decía Azaña, tan lúcido con sus compañeros como ciego hacia sí mismo.

Sin embargo el franquismo ha sido analizado por arriba y por abajo, desde la izquierda y desde la derecha, y desde el propio franquismo.
Un análisis que no tenga muy en cuenta los hechos mencionados, sus logros reales, la transición a la democracia, y que se dedique a denigrar a aquel régimen en nombre de una democracia de pandereta… Si no empieza por ahí no irá muy lejos. Porque en España no existe pensamiento democrático, todo se reduce a cuatro tópicos simplones. O que ensalce al franquismo, pero como un régimen en definitiva normal… Todo eso vale poco.

Se entiende que para usted el franquismo no fue un régimen normal.
Claro que no lo fue. Fue una excepción en Europa. Y una excepción positiva. Observe usted la frase-programa de Ortega: «España el problema, Europa la solución». Una frase estúpida, pero que ha tenido tal éxito que la opinión casi generalizada es que ¡por fin, después del franquismo, habíamos «entrado en Europa»! Se había cumplido el programa de Ortega y ya éramos «normales». Lo de Ortega tiene interés por otra causa: porque al volver del exilio en el 46, encontró al país «con una salud casi insultante» en medio del desastre moral y político del resto del continente. Creo que fue un giro radical en su punto de vista, que no llegó a desarrollar, en parte por la hostilidad que le manifestó la jerarquía eclesiástica. Hostilidad, hay que decirlo, sin ningún efecto práctico de persecución o cosa así. El franquismo fue muy poco despótico, culturalmente.

¿España debería distanciarse de Europa, entonces?
Yo creo que España es diferente, como decía aquel lema del franquismo. No es que lo crea, es que es así. Aunque en cierto modo es no decir nada, porque Europa es un continente repleto de diferencias nacionales, cada país tiene su historia y características culturales muy marcadas, dentro de una raíz más o menos común. Así que hay que especificar en qué consiste esa diferencia. Por lo pronto, en el siglo XX España se ha desmarcado de las dos grandes guerras que en cambio afectaron a casi todas las demás naciones. No cayó luego bajo la tutela useña, se reconstruyó con sus propias fuerzas, siempre insisto en esto porque me parece crucial, mantuvo con más fuerza que otros la raíz cristiana, etc.  Estas diferencias tienen su valor. Pero la actitud de los políticos y de gran parte de la población es de un servilismo inaudito hacia lo que llaman «europa» y que ellos mismos no saben de qué se trata.


¿Europa, entonces, no ofrece nada a España?
A nuestros políticos parece que les ofrece mucho, pero creo que al país le ofrece su desaparición histórica y cultural. Lo voy a exponer de otro modo: no hay debate sobre Europa porque casi nadie sabe gran cosa del asunto, ni tampoco le interesa. Es una palabra mágica para un pensamiento mágico. En cambio sí hay un debate, aunque nada racional, sobre la guerra civil, que se quiere presentar como una guerra entre demócratas y fascistas o reaccionarios o como se les quiera llamar. La cuestión es totalmente falsa. La cuestión real es: ¿por qué ganaron los nacionales y por qué fueron capaces de construir un régimen tan fructífero? Hay que elevar el debate en esa dirección. Y, claro, especificar qué entendemos por democracia. Los que dicen que el Frente Popular representaba la democracia nos aclaran que para ellos la democracia consiste en elecciones falsificadas, en aplastar y asesinar a la oposición, en reparto de armas a los sindicatos, en terror entre los mismos componentes del Frente Popular, en dependencia total, militar y política, de Stalin, etc.  El debate es ese: ¿qué aprender del franquismo?, lo que exige analizarlo en profundidad, y qué entender por democracia. A partir de ahí se podría abordar el papel de España en Europa y en Hispanoamérica.

CARTA ABIERTA AL PAPA

A veces uno se siente «en una soledad, poblada de aullidos»

Sin ser creyente, siento gran respeto por la cultura católica, raíz fundamental de la cultura española. Solo tengo que viajar un poco por el país para percatarme de la acumulación inmensa de arte, belleza y cultura en general que ha producido; y repasar la historia para constatar el altísimo número de escritores, artistas y pensadores generados por la Iglesia española a lo largo de siglos.

Pero durante la pasada guerra civil, la Iglesia sufrió la persecución quizá más sangrienta y sádica de su historia, abundantemente documentada. Unos 7.000 clérigos fueron asesinados cruelmente así como numerosos cristianos por el hecho de serlo, miles de templos, monasterios, ermitas, bibliotecas y centros de enseñanza fueron incendiados y expoliados. Aquellas acciones constituyen técnicamente un genocidio, el único perpetrado en aquella contienda, y se realizó en nombre de una democracia o libertad negadas por los propios partidos que lo cometieron: se trataba de totalitarios socialistas y estalinianos, más ácratas, auxiliados por golpistas y grupos racistas-separatistas. Los cuales, por cierto, también  se persiguieron y masacraron abundantemente entre ellos mismos. Y  si el exterminio de la Iglesia no fue total, se debió primordialmente al general Francisco Franco, que derrotó a los exterminadores, restableció el culto y favoreció extraordinariamente a la Iglesia tras haberla salvado, literalmente, de la aniquilación en España.

Cabría pensar que aquellos partidos, una vez vencidos, habrían recapacitado, se habrían vuelto demócratas y abandonado las exaltaciones que les llevaron a tales crímenes. De haber aprovechado la lección de la historia, habría sido posible una reconciliación por otra parte necesaria para evitar el resurgir de los odios. Pero vemos que no es así. Hoy proliferan, en la calle y en la prensa, burlas, insultos y agresiones como las que preludiaron la Gran Persecución. Y el PSOE —en el poder sin pasar por elecciones y apoyado por los partidos auto-considerados herederos de los mismos genocidas— planea una cumplida venganza empezando por ultrajar la tumba de Franco, destruir el Valle de los Caídos o su significación, acosar a la Iglesia y suprimir las libertades de opinión, expresión, investigación y cátedra para cuantos discrepen de la versión de la historia fabricada por los suyos, al modo de países como Corea del Norte o Cuba.

Por la significación histórica de Franco, calumniado de los modos más burdos y odiosos; por el hecho de tratarse de un edificio religioso de primera categoría debido a su magnitud, originalidad  y austera belleza; por el ataque que supone a la libertad de los cristianos, es decir, de todos, porque las libertades son indivisibles… Por todo ello consideramos muchos, creyentes y no creyentes, que tiene Vd, como máximo representante de la Iglesia Católica, referente moral de cientos de millones de personas, el deber ineludible de usar su gran autoridad moral y espiritual para oponerse a la tremenda fechoría  que proyectan unos continuadores de aquel Frente Popular que jamás han expresado pesar alguno por su terrible persecución. Comprendo que la Iglesia afronta otros problemas muy serios, pero no salir al paso de este sería generalmente interpretado como omisión de auxilio e incluso colaboración pasiva con el crimen; y ni yo ni millones de otros españoles creemos que tal cosa pueda ocurrir.

MANIFIESTO CATÓLICO POR FRANCO

Los actuales planes del gobierno —secundado con más o menos fervor por los demás partidos en las Cortes— de profanar y ultrajar los restos de Franco, han dado lugar a un manifiesto en contra firmado por numerosos militares. Creo indispensable otro de los católicos en el mismo sentido, para el que propongo el siguiente texto u otro semejante.

Como es sabido, el Frente Popular fue esencialmente una alianza de separatistas, totalitarios y golpistas, con fuertes  rivalidades y odios internos, manifiestos en represalias, torturas y asesinatos entre ellos, cosa que se trata de olvidar, borrando arbitrariamente parte significativa de la realidad histórica. No obstante esos odios, había al menos una cosa en la que estaban todos de acuerdo: la Iglesia católica debía ser aniquilada y erradicada del presente y en lo posible del pasado de España.

Nadie puede negar, con un mínimo de rigor, que la Iglesia, con cerca de 8.000 sacerdotes y religiosas martirizados en la guerra civil (entre ellos 119 jesuitas que decidieron quedarse en la clandestinidad) consideró a Franco como su salvador, entre otras cosas porque los obispos de entonces (trece de ellos fueron brutalmente asesinados) tenían muy presente la horrible persecución que acababan de sufrir.

En consecuencia, el Frente Popular organizó durante la guerra civil y aún antes, el exterminio, a menudo con sadismo extremado, del clero y de muchas personas distinguidas por su catolicismo,  la destrucción sistemática de templos, a menudo de gran mérito artístico, monasterios de poso histórico, bibliotecas valiosísimas y hasta cruces de los cementerios. Se trató, técnicamente, de un genocidio. Esa labor fue acompañada del saqueo de bienes y tesoros artísticos, utilizados luego para asegurar un exilio bien llevadero a los dirigentes. En esa tarea participaron todos los partidos, unos con más intensidad que otros, y alguno encubriendo o justificando la persecución ante el exterior. Una persecución que acarreó un grave descrédito al Frente Popular en los países democráticos, incluso en aquellos tradicionalmente hostiles al catolicismo, donde la mayor parte de la opinión pública la vio como la explosión de barbarie que sin duda fue.

La razón de esa política que, mirada en retrospectiva, deja una impresión de alucinamiento, estribaba y estriba en la noción ideológica de que la Iglesia era la causante de un atraso español muy exagerado por la propaganda de esos partidos; y de todos los males sociales concebibles. Por tanto su influjo debía ser sustituido por el de unas ideologías que traerían al país, o a algunas de sus regiones separadas, una brillante ilustración, libertad y prosperidad. De hecho se trataba de ideologías importadas y vulgarizadas al nivel de simples consignas, que no solo originaban odio a la Iglesia, sino entre esas mismas ideologías. Quizá fue ello lo que llevó al escritor liberal Gregorio Marañón, uno de «los padres espirituales de la república», a tacharlas acremente de «estupidez y canallería». No hará falta extenderse sobre las realidades que han generado en varios países europeos.

Pero cualquiera sea la opinión sobre la Iglesia o las ideologías hostiles a ella, el hecho histórico evidente es que el cristianismo constituye la base y raíz de la cultura tanto española como europea, habiendo generado una acumulación simplemente gigantesca de arte, ciencia y pensamiento manifiesta en la obra de miles de escritores, arquitectos, pintores, pensadores o científicos. Este mero hecho exige, tanto para creyentes como para no creyentes, una actitud de esencial respeto, cualquiera sea su criterio sobre la relación actual entre religión y política. La experiencia prueba que la pérdida de ese respeto conduce directamente a la barbarie, como ocurrió en España.

Pues bien, los católicos, y los no católicos que admitimos estas evidencias, tenemos la absoluta obligación moral y política de reconocer la importancia histórica de Francisco Franco en el salvamento de la Iglesia y de la cultura cristiana. Esta obligación corresponde en primer lugar al papa, los obispos y otras jerarquías eclesiásticas. Y por tanto, debemos denunciar y oponernos con energía a los planes del actual gobierno de ultrajar los restos de aquel gran personaje histórico. No deben admitirse en modo alguno sus pretensiones de encubrir con la bandera de la democracia unos designios radicalmente antidemocráticos, provocadores de odios que nos retrotraen precisamente a aquellos tiempos de barbarie.

Fuente: http://www.piomoa.es/?p=7788