Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional de EE.UU., ha dimitido de su cargo. Era la última persona del equipo de Trump que se mantenía fiel a los ideales y principios con los que comenzó el segundo mandato presidencial de Donald. Se oponía a la guerra en Ucrania y a la guerra con Irán.
Esto se venía anunciando desde hacía tiempo. Ha ocurrido ahora. Tras la derrota de Thomas Messy en las primarias de Kentucky, en el Partido Republicano ya no queda nadie del equipo original de MAGA.
El triunfo del Estado profundo y de la red de Epstein sobre la política estadounidense es total. La dimisión de Tulsi Gabbard es la gota que colma el vaso. Todas las esperanzas que se habían depositado en Trump se han desvanecido definitivamente.
A juzgar por todo, Trump se está preparando para una nueva escalada en Oriente Próximo y un ataque contra Irán.
Los republicanos perderán las elecciones de mitad de mandato con toda seguridad, pero los demócratas son, en esencia, el mismo Estado Profundo y la misma clase de Epstein. Y los demócratas odian a Rusia y al mundo multipolar aún más. El final poco glorioso del intento del pueblo estadounidense de derrocar a la élite satánica ha terminado.
Antes de las elecciones de mitad de mandato, Trump probablemente intentará emprender alguna otra acción a gran escala de forma agresiva: ataques contra Irán, una invasión de Cuba, quizá algo más. Después empezará a hacer las maletas y a negociar con los demócratas para que no lo metan a él ni a su familia entre rejas. Pero aún cabe esperar seis meses más de ataques violentos y una escalada creciente.
Veo cómo crece poco a poco un descontento sordo en nuestra sociedad. Es evidente que todos quieren cambios. Y, esta vez, quienes desean cambios liberales son una minoría absoluta que es impulsada desde el extranjero, por lo que ya no cuenta.
La inmensa mayoría quiere cambios patrióticos y un nivel de justicia considerablemente mayor. La cuestión no es tanto el vector, sino la velocidad y el contenido. El vector hacia el Estado-civilización es el correcto, pero debe incluir una sociedad solidaria y la justicia social, la fidelidad a los valores tradicionales y una verdadera educación histórica. Todo eso ha sido declarado. Queda por llevarlo a la práctica. Y aquí entra en juego la cuestión de la velocidad. Hay que empezar a llevar todo esto a cabo ahora mismo y con rapidez. Ya no hay tiempo para andarse con rodeos, es una perdida de tiempo.
El escenario de inercia se vuelve cada día más peligroso. Simplemente deja de funcionar y se desvía en una dirección extremadamente negativa. Se necesitan otras velocidades, otros métodos, otras escalas, otras estructuras.
En algunos ámbitos, los problemas son muy acuciantes: la tecnología, la corrupción, la cultura. Dado que no se vislumbra ni remotamente ningún alivio o desescalada en la guerra con Occidente, solo nos queda poner a la sociedad en modo de movilización. Todo esto debería haberse hecho hace mucho tiempo, se ha hecho y se está haciendo, pero a un ritmo terriblemente lento.

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